Un acostón inofensivo
Llevaba años diciendo que no le faltaba al marido más allá de un pensamiento, pero esa mañana la tentación no fue un pensamiento, fue un joven sudoroso en su jardín. ¿Qué pasa cuando la esposa 'común' decide dejar de mirar y empezar a tocar? La línea entre lo inofensivo y lo prohibido se borra bajo la ducha.
‘Si no te vas a casar con él Mariana, nadamás te lo vas a dar para sacarte al diablo’. Aquellas palabras se quedaron dando vueltas en la mente de Mariana durante semanas después de escucharlas salir de la boca de su amiga Perla.
Mariana era una mujer perfectamente común, de esas que se pierden entre la multitud sin ningún problema. Una casada de mediana edad, rondando los 40’s, madre de dos niños, esposa de un empleado de clase media, con un par de kilitos de más gracias a la maternidad, un rostro estándar y un cuerpo bien proporcionado que, tal vez le llamaría la atención a uno o dos hombres de no ser por la holgada y poco atractiva ropa que siempre vestía.
Claro que le gustaba mirar a uno que otro chico atractivo mientras tomaba el café o desayunaba con sus amigas a media mañana, y a pesar de que lanzaba comentarios como ‘a ese me le ponía en cuatro antes de preguntarle su nombre’ o ‘mira a ese, como la traiga se la como toda’ en todo de burla, la realidad era que jamás le había faltado a su marido más allá de un pensamiento pecaminoso.
El resto de sus amigas eran igual, con excepción de Perla, que pasaba desapercibida ante los ojos de las otras, pero al ser la mejor amiga de Mariana desde la preparatoria, la conocía mucho más a fondo y sabía sus movidas. Mariana sabía que a pesar de ser casada y llevarse de maravilla con su marido, a Perla le gustaba, de vez en cuando y cuidando cada uno de los detalles por más mínimos que fueran, ‘echarse una canita al aire’ sin contárselo ni presumírselo a nadie.
Aquella mañana se habían quedado solas en el café, pues sus otras tres amigas excusaron tener compromisos y no asistieron, así que la conversación fue más relajada que de costumbre. Al poco de estar en la mesa, Mariana notó que Perla le sonreía a un mesero del café, que constantemente pasaba frente a su mesa.
¿Estás loca? Le preguntó Mariana. Ese tipo es como 15 años menor que tu y aparte ve a saber quién sea y qué costumbres tenga, le dijo.
Perla se sonrió, le dijo que no fuera tonta, que esos eran los que convenían, pues jamás la volvería a buscar en su vida, y dejaría hasta el último aliento en la cama para no quedar mal en un acostón aleatorio. Si no te vas a casar con él Mariana, nadamás te lo vas a dar para sacarte al diablo, es un acostón inofensivo’.
Desde ese momento, y durante las dos semanas siguientes, Mariana trajo ‘metido el diablo’ todo el tiempo.
Miraba con atención a los empleados de la gasolinera, a cada uno de los albañiles que pasaban por su casa para ir a una obra cercana, sonreía a los jardineros de la colonia y a los guardias de seguridad y, todos ellos, o al menos eso le pareció a ella, le respondían con miradas lascivas. Estos no tendían reparo en darme hasta por el culo, pensaba cada vez que un tipo la miraba de pies a cabeza.
Lo pensó tanto que hasta comenzó a perder el interés en el famoso ‘acostón inofensivo’ que tanto le había platicado su amiga Perla, hasta que el destino le puso el escenario en bandeja de plata.
Cada 15 días Don Gera, un jardinero de unos 60 años, tocaba a su puerta para ver si quería que le cortara el jardín trasero, pero aquella mañana de miércoles fue un chico quien lo hizo: Buen día doña, soy Jesús, sobrino de Don Gera, me mandó para ver si quiere que le corte el jardín porque hoy no pudo venir.
Jesús entró por la puerta lateral y comenzó a trabajar en el jardín de Mariana, mientras ella debatía con su diablo interior limpiando la cocina. El chico no debe tener ni 22 años pensaba, y luego se respondía a si misma diciendo que era ideal pues no buscaría nada complicado. Es sobrino de Don Gera pensaba, y luego se respondía a si misma: Don Gera ni siquiera sabe mi nombre, solo soy una cliente para él.
Subió a su recámara y miró al chico por la ventana. Estaba empapado en sudor, y eso lo hacía ver más atrayente. Parecía escuálido, pero sus músculos se marcaban cuando levantaba las macetas para moverlas de un lado a otro. Le miró el culo, le miró el paquete para ver si se notaba algo debajo de aquel pantalón de mezclilla sucio y, para cuando se dio cuenta, notó que su frecuencia cardiaca estaba muy alta, y su pantie ya un poco húmeda.
¡Al demonio! pensó Mariana, y mientras lo pensaba entraba a toda prisa al vestidor para quitarse esa ropa de casa y ponerse algo que llamara la atención del muchacho, así que se puso los leggins más ajustados que tenía y un bra de ejercicio, por supuesto, sin nada debajo que pudiera evitar que el chico mirara sus respingones pezones.
Bajó las escaleras con las piernas temblorosas por el miedo de lo que estaba a punto de hacer, y salió al patio para plantarse frente al chico y preguntarle ¿Cómo vas Jesús?
El chico comenzó a responder mientras cortaba el pasto, pero se quedó mudo cuando levantó la cabeza. Miró a Mariana de pies a cabeza; tal como estaba planeado, sus pezones estaban algo endurecidos y muy a la vista, su desnudo torso sumido para no soltar la poca lonjita que esos kilitos de más le habían dejado, y el leggin apenas pintando los labios de la entrepierna de ‘la doña’ como él mismo le había llamado.
Se puso bastante nervioso, bajó la mirada, respondió como pudo y continuó haciendo su trabajo con prisa. Mariana entró en la casa, sirvió un vaso de limonada helada, y salió para ofrecérselo al chico.
Sentía el control de la situación, y eso le estaba gustando. El chico tomaba la limonada y notablemente quería dirigir la mirada hacia todos lados menos hacia ella, pero la tentación lo hacía regresar cada 4 o 5 segundos a mirarle las tetas o la entrepierna.
Hace muchísimo calor, le dijo Mariana, mira, en ese baño de ahí -mientras apuntaba al baño de visitas en el jardín – puedes refrescarte tomando una ducha, déjame te presto una toalla. El chico no alcanzó ni a responder cuando Mariana ya se había metido a por la toalla.
Se le adelantó para que el chico pudiera irle mirando el culo mientras caminaban al cuarto de visitas, y para no dejarle mucha opción de decisión, Mariana le abrió la llave de la regadera indicándole que se duchara mientras ella barría las hojas caídas.
¿Habrá entendido el mensaje? Pensaba mientras caminaba hacia afuera, y sola se respondía que sería bastante tonto si no. Luego una sonrisa se pintó en su rostro cuando escuchó que el agua de la regadera dejó de caer en el piso y comenzó a caer sobre lo que seguramente sería el desnudo cuerpo de su víctima.
Esperó pacientemente unos minutos ardiendo en ansiedad, y luego escuchó que la regadera se cerró.
Las piernas comenzaron a temblarle nuevamente, aquello ya no era un juego, y con dudas en su cabeza pero con las hormonas alteradas al mismo tiempo, comenzó a caminar hacia el cuarto de visitas y abrió la puerta.
Si, el chico había entendido el mensaje. Jesús estaba de pie mirando a la puerta, como esperando a que Mariana entrara, aun con el torso y cabello mojados, y vistiendo solamente la toalla alrededor de su cintura. Apenas la vio entrar en la habitación y soltó suavemente la toalla para que cayera al piso.
Mariana se quedó helada, si bien aquello había sido emocionante para ella desde que lo planeó hasta todos los movimientos de cachondeo que hizo, lo que tenía enfrente ya implicaba un paso que no había dado jamás: Serle infiel a su marido.
El chico la miraba fijamente sin expresión alguna en su rostro. Su torso, delgado pero marcado lucía aun escurriendo el agua de la ducha que acababa de tomar, y debajo de éste, un arbusto de vello púbico encumbrado por un pene no circuncidado – algo que Mariana jamás había visto en persona – que daba pequeños ‘brinquitos’ cuando el chico le bombeaba sangre.
¿Salgo corriendo? ¿Le brinco encima? ¿Lo dejo que me desnude? ¿Me desnudo y me recuesto? ¿Qué demonios se hace ahora? Pensaba Mariana mientras miraba al chico de pies a cabeza una y otra vez. La inercia le sobrepasó el análisis, y comenzó a sacarse la ropa con movimientos urgidos y torpes, incluso dando tumbos para sacarse los leggins de los pies, hasta que quedó completamente desnuda frente al jardinero veinteañero.
Que hermosa es señora, le dijo Jesús mientras en su mano le crecía la verga y se retiraba el prepucio de encima. Mariana miraba aquella acción que solo había visto en videos porno cuando se cachondeaba por la mañana en su habitación, y fiel a lo que recordaba de los videos, lo único que le salió de la boca en ese momento fue decirle: Que rica tu verga, la quiero en mi.
El chico sonrió y comenzó a caminar hacia Mariana, que no podía ni moverse del miedo. Ya con el pene completamente erecto se postró frente a ella, y sin quitarle la mirada fija de sus ojos estiró sus manos y las puso sobre las tetas de ‘la doña’.
Mariana sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo. Hacía más de 20 años que unas manos que no fueran las de su marido tocaban sus tetas, y por si fuera poco, aquel chico las masajeaba de una forma diferente, cuidadosa y hasta cariñosamente.
Cuando apenas se calmaba para comenzar a disfrutar el masaje, Jesús dio dos pasos al frente, y aquella dura verga que solo había estado viendo a unos metros se fue apretando poco a poco contra su vientre haciendo que ella intentara dar un paso atrás, pero siendo detenida aquel chico que la tomaba de los hombros y la apretaba contra su cuerpo. Mariana cerró los ojos y solo pudo pensar en lo dura y caliente que se sentía aquella cosa que invadía su desnudez.
De poco en poco, el cuidado y cariño que el chico había mostrado de inicio fue desapareciendo. Sus manos recorrieron la espalda de Mariana aplicando cada vez más presión hasta llegar a sus carnosas nalgas, que después de darles una repasada suave, le aplicaron tremendo agarrón levantándolas hasta donde dieron y abriéndolas de par de en par.
Una de sus manos se quedó paseando por el culo mientras la otra vino al frente de su cuerpo y fue directo a una teta, pero en esta ocasión ya no hubo suavidad, sino un levantón apretujado que le produjo mitad dolor y mitad excitación.
En pocos segundos, Mariana se encontró indefensa, permaneciendo inmóvil mientras aquel chico al que seguramente le llevaba 15 años, disfrutaba de manosearla por todos lados a placer y le tallaba su dura verga por todos lados dejando hilos de caliente fluido por donde pasaba.
Su cuerpo ardía como hacía muchos años no le pasaba, quería moverse para manosearlo ella también, pero sus puños permanecían cerrados y apretados para no dejar escapar un orgasmo precoz y parecer una de esas mujeres desesperadas por cariño, pero aquel chico tenía otros planes, pues apenas sintió como Mariana se estremeció al pasar sus dedos sobre la húmeda rajita y se dedicó a ponerla a gritar y temblar introduciendo cada uno de sus dedos en ella hasta que aquella cachonda señora se ahogó en un profundo grito mientras le encajaba las uñas en sus firmes brazos.
Dime que esto no será todo, pensó Jesús, pero antes de que pudiera expresarlo con palabras, Mariana se dejó caer de rodillas en aquel cuarto de visitas en el traspatio y, después de mirar aquella dura verga erguida frente a su rostro durante un segundo, la tomó entre sus manos y se la metió en la boca como una adolescente desesperada a la que tienen a mil en el asiento trasero de un coche.
Con su marido era cuidadosa, incluso desentendida del momento, pues se había comido la misma verga por años y ya no le causaba ningún interés adicional al de cumplir como mujer, pero acá era diferente, intentaba comportarse como las actrices porno metiéndola casi hasta la garganta aunque le causara asco, la lamía, la chupaba tan duro como podía, y a diferencia de las últimas 200 mamadas que habría hecho en su vida, estaba disfrutando mucho el extraño sabor de aquella peluda y dura verga en su boca.
Mientras se la comía recordó aquella primera vez, aquella que había mantenido en secreto de su esposo toda la vida cuando le decía que la suya era la primera que se había comido, aquella tarde en el coche de Manuel, su exnovio, donde tras la furia con la cual lo había manipulado, el chico le había descargado la leche en la boca, algo que jamás volvió a vivir en su vida. ¿Me los irá a soltar en la boca este muchacho? Pensaba Mariana mientras chupaba y jaloneaba la verga del jardinero con pasión, pero nuevamente el chico le cambió los planes, pues de pronto la tiró del cabello para retirar su rostro de su cuerpo y dio un paso atrás.
Mariana levantó la mirada y vio la verga de Jesús escurriendo saliva mientras se incorporaba poco a poco y pensaba en cuál sería el siguiente paso.
Jesús tenía furia en sus ojos, una cachondez que Mariana no había visto en años, la misma furia con la que el chico la tomó de la cintura y la llevó a tumbos hasta el borde de la cama y la puso empinada deteniéndose con sus temblorosas manos.
Mariana no tuvo tiempo más de que de tener miedo, pues el chico le abrió las nalgas lo más que pudo con sus manos mientras ella temía que el muchacho la quisiera embestir por el culo – algo que muchas veces le había negado a su marido cuando se ponía creativo - pero muy pronto su miedo se convirtió en un gemido ahogado, cuando sintió aquella dura verga entrar de un tirón por entre sus labios vaginales hasta que la pelvis del muchacho le golpeó las nalgas.
La mente de Mariana era una montaña rusa. Pedía adrenalina en cada golpe pélvico del chamaco y luego indagaba en sus recuerdos para ver si se había tomado la pastilla ese mes, pegaba un grito de satisfacción y luego sudaba pensando que se la estaban cogiendo sin condón, y no su marido como cada fin de semana, sino un completo desconocido, que cabe mencionar, la estaba haciendo pasar el mejor momento que había vivido en muchos, muchos años.
Mariana estaba a nada de tener su segundo orgasmo de la mañana cuando el muchacho la desenfundó. Llevó su mano a la entrepierna pensando que el chico ya le había tirado la leche adentro pero no encontró nada y, cuando se incorporó, Jesús la giró de frente a él y la tiró de espaldas en la cama tomando cada una de sus piernas con sus manos y jalándola hasta el borde mientras se las abría con fuerza.
Tuvo un segundo para disfrutar del espectáculo. El marcado y sudado torso de aquel chico frente a ella y una tremenda verga gorda, o al menos así le pareció cuando la vio acercarse a su pelvis, que en pocos segundos ya la había penetrado nuevamente y la había hecho arrugar las sábanas de la cama del cuarto de visitas mientras miraba al techo con la vista nublada por la cachondez.
Volvieron entonces los recuerdos a la mente de Mariana, no de su primera vez, sino de la primera vez que su ahora marido se la había dado aun cuando ella le había pedido esperar. Fue un buen palo, pensaba mientras disfrutaba el que le estaban dando en ese momento, incluso, tuvo momento de analizar que en realidad su marido era quien mejor se la había cogido, o bueno, tal vez hasta ese día.
El chico hizo su trabajo ¡y de qué manera! Pues por varios minutos más siguió dándole a su ‘doña’ hasta que la hizo venir nuevamente y, cuando sintió que Mariana se había calmado un poco, salió de dentro de ella y con dos o tres jalones más comenzó a descargar lo que para la abnegada esposa fueron litros y litros de caliente leche que caían por todos lados, en su cuerpo, en su cabello y en aquella cama que salvo su hermana cuando se había quedado a dormir con el novio ocasionalmente, jamás había visto a una pareja desgarrándose de pasión de aquella forma.
Jesús le regresó el favor a su clienta y fue hasta el baño para abrir la regadera y calentar un poco el agua para que Mariana, quien ya venía en camino escurriendo leche por todos lados, se metiera a limpiarse los residuos de semen y de culpa de aquella caliente mañana.
Jesús se había ido para cuando ella salió del baño, sin cobrar, aunque tal vez con un sueldo mucho mejor del que obtenía en otras casas, y Mariana se dedicó a limpiar y aromatizar afanosamente el cuarto y las sábanas, con una sonrisa en la boca, y con mucha menos culpa de la que se había imaginado que sentiría. Si, había sido un acostón inofensivo definitivamente.
¿Su marido? Pues bueno, tal vez fue el más beneficiado de todos. ¿Has estado viendo porno cochina? Le preguntó cuando terminó de cogérsela, por tercera vez en esa semana y ésta última en el cuarto de visitas a solicitud de Mariana, a lo que ella respondió: Puede ser que si, ¿Aguantas más? Porque quiero saber que se siente que me los echen en el cuerpo.
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