Recogiendo a mi hija en un cumpleaños
Carmen no es una mujer común, y Javier lo sabe desde hace tiempo. Cuando el destino los deja solos en la bolera, la tensión sexual se vuelve insoportable. ¿Podrán resistirse a la tentación de consumar su deseo prohibido justo enfrente de las niñas?
- Cariño, tienes que ir a recoger a la niña…
- ¿¿¿Ahora??? –no me lo podía creer, era llegar a casa el viernes por la tarde de trabajar y ya estaba mi mujer poniéndome tareas estúpidas.
- Si, está en un cumpleaños, de su amiga Marta, ¿sabes quién es?
Eso ya era la guinda, que me tuviese que acordar de todas las amiguitas de mi hija de seis años.
- Sí, la hija de Carmen, la que nos encontramos el otro día por la calle…
Eso ya era otra cosa, la hija de Carmen… Seguía sin ninguna ganas de ir pero por lo menos me alegraría la vista. Porque Carmen, la mamá, era una de esas mujeres que sin ser guapas, sin ni siquiera llegar a ser atractivas en el sentido pleno de la palabra tienen ese morbo que la hacen tremendamente apetecibles.
Más bien alta de estatura y con un rostro bastante común –a excepción de una boca amplia y generosa– era su cuerpo sin duda lo que más destacaba de ella. De formas sensuales pero nada exuberantes, su belleza estaba solo al alcance de hombres con cierto tacto, aquellos capaces de ver en una mujer normalita lo extraordinario que habita en ella. Enfundada en unos vestidos nada provocativos pero que sí apretaban ahí donde deben de apretar, sus modelitos decían a las bravas “no soy una buscona, pero si me entras bien estaré desenado de que me folles”. Unas tetas bien proporcionadas y unas piernas femeninas y bien torneadas eran prácticamente nada al lado de unas caderas que parecían haberse creado con el firme propósito de, a cuatro patas, ser follada día sí y día también. Y es que esa era la imagen que me venía a la mente las veces en que me había cruzado con ella. Desnuda, con los pezones empitonadas, a cuatro patas y gimiendo como una puta.
A parte de ese tractivo que destilaba su cuerpo, había otro motivo de alegría: se había separado hacía menos de un año y si bien habría pasado su duelo, seguro ahora tendría hambre atrasada, hambre de sexo de me refiero, hambre de polla, de la mía…
Sea como fuere salí de casa, cogí el coche, y con la polla dura de tanto mecerme en fantasías eróticas con Carmen llegué a la bolera, ahí donde me dijo mi mujer que había decidido celebrar el cumpleaños. Entré dentro y aunque mi idea original era coger a la niña, dar dos besos en señal de agradecimiento e irme escopetado, la verdad es que lo que vi me hizo quedarme: Carmen estaba sencillamente espectacular. Vestida con un elegante vestido negro y adornada con unos bonitos zapatos de tacón, su cuerpo quedaba subrayado ahí justo donde hacía falta marcando ligeramente sus bonitos pechos, su cintura y cómo no sus caderas. Además, como había llegado un poco tarde ya quedaban pocos invitados y con Carmen apenas estaban otro par de mujeres que ni sabía sus nombres ni me causaron ningún efecto.
- Hola Carmen, no te acordarás de mí, soy el padre de Martina.
- Hola, cómo no me iba a acordar….¿qué tal?
Y mientras terminaba la frase se acercó a mí y me dio dos besos que hicieron que mi polla adquiriera una palpitante dureza. Sí, estaba para follársela, recuerdo haber pensado. Olía a mujer, sonreía como mujer, y se movía contoneando las caderas como una mujer.
- Tómate algo mientras terminan de jugar… invito, si te parece bien.
- Bueno, no quisiera incomodar, ya debes de estar cansada de toda la tarde…
- No te preocupes, ya están terminando, es hora de relajarse un poco. Además Martina y Marta han hecho muy buenas migas, no quisiera que os vayáis tan pronto.
Dicho eso no tuve más remedio que pedirme un gin-tonic y esperar a que las cosas se desarrollasen libremente. Es verdad que me notaba encendido pero tampoco, como hombre casado, esperaba sinceramente que pasase nada. Me senté con ellas y para mi sorpresa, y un poco mi asombro, las demás mujeres empezaron a irse casi de inmediato quedándome al rato solo con Carmen. Sabia en mi fuero interno que debía irme pero algo me mantenía imantado a esa silla. Ese algo, y aunque trataba de engañarme diciéndome que simplemente estaba siendo cortés, era bastante fácil de describir: una boca húmeda y un cuerpo de mujer que, intuía, hacía tiempo que no había sido incendiado por las manos de ningún hombre.
- Pensaba que iba a venir tú mujer…
- Ya, pero ya sabes cómo son estas cosas, me tocó… -dije sonriendo.
- Sí, esto suele ser cosas de mujeres, espero que no te haya venido mal.
- ¿Mal? Todo lo contrario Carmen, un lujo estar aquí, también yo deseaba desconectar un poco.
- Si te digo la verdad prefiero que hayas venido tú, tanta mujer a veces me descoloca y se agradece la presencia masculina.
Touché. Apenas nos habíamos quedado solos Carmen enseñaba alguna de sus cartas.
- Ya sabes, desde que me separé solo vivo para mi hija… A veces una echa de menos alguna otra compañía –dijo mientras no dejaba de mirarme con esos ojos atrincherados detrás de unas gafas que me ponían más y más cachondo.
- Pues aquí estoy, todo para ti.
Hacía tiempo, mucho tiempo, que había dado carpetazo a mi vida de ligón, pero si mal no recordaba aquella conversación se parecía mucho a otras que, antaño, mantenía con mujeres como antesala de una noche de sexo. Queriendo probar mis límites abordé a Carmen sin ningún remilgo.
- ¿Es dura la separación? Siempre puedes contar conmigo para lo que quieras… Bueno, con nosotros.
Carmen me sonrió y recogiendo el guante que le había lanzado me lanzó el órdago que, con miedo, acepté.
- Sobre todo el sexo… Siempre he sido una mujer muy fogosa y ahora cuesta estar sola, porque tampoco me apetece liarme con el primero que aparezca.
- Bueno, además de fogosa eres una mujer tremendamente atractiva, a mi desde luego siempre me lo has parecido –dije tratando de ocultarme detrás del último sorbo a mi gin-tonic.
- ¿Sí?, ¿te lo parezco? Estás de broma…Además, tú estás casado…
Mientras dejaba el vaso vacío en la mesa reuní las fuerzas necesarias para, ya sin ningún doble sentido, lanzarme a tumba abierta.
- Bueno Carmen, dejemos a mi mujer en paz….Y sí, me pareces una mujer tremendamente atractiva, tienes un cuerpo de escándalo.
Carmen me miró de una forma extraña que jamás olvidaré y, acto seguido, echó su cuerpo para atrás en la silla dando un ligero suspiro. Estaba bellísima y como efecto de ese movimiento de su cuerpo el vestido se había ajustado de un modo perfecto a su cuerpo dejando que la forma redonda de sus tetas se me revelasen en todo su esplendor.
- Ufff… no sé qué me pasa, quizá he bebido demasiado, quizá esté cansada.
Si ella fingía estar cansada yo estaba totalmente desconcertado. Tenía a Carmen ahí donde ni en mis mejores sueños hubiese nunca pensado: tremendamente excitada y a solas conmigo. Pero si habíamos sido nosotros solos quienes habíamos llegada hasta allí no había ninguna razón para bajarnos a mitad de trayecto. Así que con timidez pero con seguridad puse mi mano en uno de sus muslos mientras sentía al instante una corriente salvaje de deseo atravesando mi cuerpo.
- Carmen…
Asustada se giró hacia mí pero sin hacer ningún gesto para que apartase mi mano.
- ¿Puedo subir la mano…?
Los dos miramos rápidamente a nuestro alrededor y dado que estábamos solos decidí yo mismo tomar la decisión subiendo mi mano hasta sus pechos.
- Carmen… –estaban duros, muy duros.
- Uffff…. No sigas, para….
De inmediato paré pero sabía, sabíamos los dos, que los diques se habían roto y que ya no teníamos ninguna voluntad.
- No me malinterpretes, no soy una puta ni quiero liarme contigo, conozco a tu mujer…
- No te preocupes Carmen, son cosas que pasan, nos hemos dejado llevar, te pido disculpas.
Y conociendo un poco la psicología femenina decidí probar a jugármelo todo a una carta.
- Es mejor que nos vayamos Carmen… –ese era el movimiento que tocaba hacer, quizá para perderlo todo pero también, mostrando que sabía esperar, que la entendía y que no era un simple aprovechado, el giro de guión necesario para que nada fuese forzado y creer los dos que hemos salido triunfadores de un encuentro que ya estaba más que gestado.
- Sí, mejor vámonos, no te preocupes, he sido yo, estoy un poco sensible, sensible y cansada y agobiada…
Fingiendo una tregua que no era más que la simulación de un plan que me estaba pareciendo perfecto, la cogí de la mano y con esa tremenda suavidad que soo aparece cuando el deseo lo puedo todo le dije que tranquila, que la entendía, que yo iba a por nuestras hijas y que fuese recogiendo todo.
- Por cierto Carmen, ¿has traído coche?
- Eh…no, no, pensaba volver andando, vivimos aquí al lado…pero….tendría que volver con tantos regalos, y la tarta…uf…fíjate, ha quedado más de la mitad.
- Aquí la única tarta eres tú –dije sonriendo y sabiéndome ganador. Porque la siguiente jugada estaba más que clara. Recogeríamos todo y yo la llevaría, a su casa, en coche.
Llamamos a nuestras hijas y con acelerado nerviosismo recogimos todo y nos subimos en el coche. Yo estaba temblando y ella estaba simplemente espectacular. Sería el saberse deseada, el burbujeo espumeante del placer que recorría ya su cuerpo, lo que la confería a Carmen una nueva corporalidad, más esbelto, más femenino, más redondo, más apetecible. El vestido apenas la cubría los muslos y mirándola de soslayo la respiración entrecortada de su deseo le confería a sus tetas una nueva vida extra. No, aunque me costase la vida no la iba a dejar escapar. Me moría de ganas de follarme a la mamá de la amiga de mi hija, de recorrer con mi lengua la dureza insospechada de sus pezones.
- ¿Es aquí, verdad Carmen? –dije probando mis nervios.
- Ehhh….si…si, aquí mismo nos puedes dejar, muchas gracias, todo un detalle..
Y mientras las niñas salían fuera y cerraban la puerta sujete a Carmen por la muñeca…
- Carmen…sabes que no me puedo ir..
Y entonces, no sin antes comprobar como buena madre que las dos niñas jugaban despreocupadas en la acera, me besó en la boca deslizando una lengua húmeda y femenina hasta mi garganta. Yo tardé un segundo en recomponerme, lo justo en cantar mi victoria bien merecida y en alargar mi mano hasta esas tetas que tan loco me estaban volviendo. Su cuerpo lo sentía vibrar y sus pezones los sentía duros como almendras. Pero eso no era nada con lo que estaba por llegar.
- No digas nada….-me dijo mientras me palpaba la entrepierna para comprobar que mi dureza no era en absoluto fingida-. Necesito tu polla, necesito comerme tu polla…estoy desbocada…
Entonces pasó lo que tenía que pasar. Le ayudé a sacarme la polla del pantalón y nada más verla se lanzó a por ella como una loba enfebrecida.
- Ummmm…Carmen…joderrrrr
Era desde luego una experta felatriz, no sé si de sus tiempos de casada o de antes pero lo cierto es que tenía la maña que la delataba como sabia mamadora de pollas. Se la metía toda entera en la boca para después, y mientras con maestría le daba lengüetazos al capullo, la sacaba fuera para coger aire. Luego mamaba de la punta para después y sin previo aviso volver a metérsela en la boca mientras sus gemidos le daban a la escena el punto de obscenidad requerido.
- Carmen me corro…
Y entonces, en lugar de detener sus embestidas y sacarse la polla de la boca para terminar por pajearme fuera, imprimió mayor ritmo a sus mamadas y el frenesí con que su lengua pulía mi polla creció exponencialmente hasta el punto en el que ya sin poder aguantar más me vacié entero en su boca.
- Ahgggg…Carmen…me corro entero…
Entonces aquella mujer empezó a tragarse una corrida salvaje, empezó a, sin sacarse mi polla en ningún momento de la boca, llenarse de leche y yo a flipar con lo que estaba viendo y experimentando. Era, sin ningún género de dudas, la mejor mamada que me habían hecho nunca.
Todavía con restos de mi corrida en sus labios, Carmen me miró intensamente a los ojos, y vislumbrando en mi hombría alguna posibilidad, me dijo la plegaria que estaba deseando oír.
- Necesito que me follen… Javier, lo necesito…
Esas palabras hicieron que el océano de la lujuria se abriese ante mí y que no viese ningún peligro en lo que mi mente me mostraba como el siguiente paso a dar. Miré de soslayo a las chicas que jugaban en la acera ajenos a todo lo que estaba pasando y como si fuese lo más natural del mundo me abalancé a la boca de Carmen. Aún con el regusto amargo de mi semen en su paladar era sin duda una boca que se ofrecía abierta a cualquier deseo masculino. Y sin querer remediarlo y mientras nuestras lenguas se calentaban en la promesa de lo que sin duda iba a pasar, me agarré a una de sus tetas que duras y palpitantes hicieron que mi polla volviese a entrar en acción. Fue sentir en la yema de mis dedos la dureza inflamada de sus pezones que no tuve más remedio que ofrecerme en sacrificio:
- Carmen, quiero follare, ahora mismo…
Apenas lo dije una luz neonada surcó su rostro y sin más palabras salimos del coche, cogimos todas las cosas que había que subir a su casa y nos dirigimos los dos a apagar la sed de nuestro deseo.
- Chicos venga –dije con voz temblorosa– vamos a subir estas cosas a casa de la mamá de Paula y nos vamos.
Fue decir esto y el negro velo de la infidelidad surcó mi mente. Pero no había vuelta atrás. Era la boca de Carmen, sus labios, sus ojos inyectados ahora sí en sexo, y esa figura de hembra ansiosa lo que hizo que no tuviese ningún reparo en dejar a mi esposa de segundo plato para ese fin de semana. Caminando delante de mí un par de pasos, Carmen se esforzaba por bambolear su culo de forma hiperseductora y ya en el ascensor, mientras los chicos jugaban inocentemente, no tuve ningún reparo en agárrame a sus caderas para palpitar el ansia femenina a ser devorada.
- Venga, poneos un momento la tele que ahora nos vamos –dije dándolo todo por hecho.
Y efectivamente: Carmen me sonrió y mientras los chicos encendían la tele ella me cogió de la mano y me hizo pasar a su dormitorio para, nada más cerrar la puerta, comernos la boca con pasión desbordada. Los dos sabíamos que no disponíamos de mucho tiempo y que, además, estábamos tremendamente cachondos. Así que sin andarme mucho por las ramas, saltándome esa parte de preámbulo que parece siempre necesaria, la puse de espaldas y después de pasar mis manos por todo su cuerpo dejándola electrificada de sexo, bajé la cremallera de su vestido dejando que éste cayese al suelo por el propio efecto de la fuerza de la gravedad. Qué maravilla, solo con sus tacones negros, unas minúsculas braguitas y un sujetador a juego, Carmen era la viva imagen de la lujuria. Sí, estaba clara: no quería hacerla el amor; quería follármela.
Ella misma puso las manos en la cómoda y abriendo las piernas me dio a entender que con bajarle las braguitas era suficiente, que no hacía falta más para follármela. Pero, y aunque así estuve a punto de hacerlo ya que mi polla la sentía durísima dentro todavía de mis pantalones, no iba a dejar pasar la oportunidad de dedicarme con ahínco a recorrer todo su cuerpo de hembra hambrienta. Así, y aunque noté un ligero rictus de incomodidad por no ir directo al grano, le deslicé los dos tirantes del sujetador por los hombros hasta que sus dos tetas aparecieron ardiendo. Las masajeé y sin esperar mucho empecé a comerme esas dos almendras que como misiles apuntaban ya al cielo.
- Ummmm… Javier, por favor, fóllame, me matas…
Sin sacar esa dureza de mi boca acerté a meter una mano por su braguita para al tiempo que le mordisqueaba un pezón meterla un dedo por un coño que estaba ya abierto y chorreando. Asombrado por la humedad de su intimidad empecé a follarla con ambos dedos hasta que del placer alcanzado las piernas de Carmen empezaron a temblar tanto que, de no ser porque la sujetaba fuerte con un brazo, se hubiese caído al suelo.
- Diossss…me corro…me corro…ahggggg
Fue lo único que supo decir mientras sus ojos bizqueaban y su cuerpo entero se agitaba por la corriente de electricidad que la recorría de arriba abajo. Con un gesto de desaforada pasión, buscando ella misma la forma de que el orgasmo durase el mayor tiempo posible, se llevó una mano a los pezones para pellizcárselo mientras, con la otra mano, trataba de sujetarse a la cómoda. Son esos gestos femeninos los que sin duda más caliente me ponen, esa forma de buscar el placer ajeno a la sabiduría torpe del hombre y esa forma de conocerse de manera tan íntima y personal que a uno simplemente le asombra y fascina.
Sin duda, pensé con malicia, que tenía hambre atrasada y que yo, esa polla que amenazaba con reventarme en el pantalón, la iba a saciar de todas sus necesidades. Así que en cuanto fue evidente que se había repuesto mínimamente del orgasmo que mis dedos le habían provocado, pasé sin mayor dilación a mayores misiones.
- ¿Quieres que te folle, cielo?, ¿quieres que te la meta? –le susurré al oído tirándola del pelo ligeramente hacia atrás.
- Ummmm, por favor…
Entonces la empujé a su cama y le dije que se pusiese de rodillas, a cuatro patas, que se la iba a meter hasta la garganta y que le iba a llegar mi leche hasta el velo del paladar. La verdad es que no me reconozco en esas palabras, pero estaba tan ansioso por meter mi polla en ese cuerpo de mujer que creo enloquecí un poco.
Ella obedeció al instante y yo tuve que darme prisa por sacar mi polla del pantalón para seguirla el ritmo. Le bajé las braguitas por los muslos y aspiré ese aroma a coño de hembra que tanto me gusta. Uf, estaba divino, precioso, como una almeja apareciendo entre sus muslos. Además, Carmen, como una sacerdotisa del sexo, movía sus caderas y arqueaba la espalda preparando su cuerpo y su mente a las embestidas que la iban a atravesar en breve
Tan cachondo me puso contemplar ese coño que en breve me iba a follar que jugándome el todo por el todo –imaginé que mi mujer me pillaba por el regusto a coño de mujer en mi lengua- me arrodillé ligeramente para pasar mi lengua por toda su raja y saborear los flujos que ya resbalaban por sus muslos.
- Ummmm….-tuvo que ser por lo inesperado que Carmen empezó a gemir fuerte, muy fuerte, tanto que tuve comerla la boca una vez más, para callarla y para que ella misma se saborease a sí misma. Así soy yo, desprendido en los momentos más íntimos
- ¿Quieres polla Carmen? –como un sátiro volví a jugar con el momento culmen en que mi sable la partiese en dos.
- Si, por favor, hazlo ya…métemela…
Y eso hice. Me puse detrás y simplemente me dejé caer sobre sus nalgas para que mi polla entrase en ella de manera ultranormal. Fue entonces cuando un grito rasgó las paredes provocando que de no ser por un férreo control mental sobre mi cuerpo me vaciase al momento. Aguanté como pude ese primer momento y cuando mi polla se aclimató al calor efervescente que manaba de su coño empecé a follarla despacio, manteniendo un ritmo constante que nos permitiese, a ambos, disfrutar del momento. Y es que sabía que las barreras no iban a aguantar mucho y que tanto ella como yo nos correríamos en breve. Metí una mano por debajo de su vientre y me hice con una de sus tetas que tremendamente dura ardía combustionada en todo ese tiempo de ayuno que ese cuerpo rotundo de mujer había tenido que soportar sin que ningún hombre la follase. Pellizqué con fuerza el pezón y fue entonces cuando ya todo se vino abajo y cuando, del propio temblor de su cuerpo, supe que me iba a correr.
- Carmen…me corro…
- Si cariño, báñame de tu semen…
- ¿Me corro dentro? –pregunté como un caballero.
- Si…por favor…
Tuvo que pensárselo pero creo que tanto ella como yo sabíamos que esa era la única manera de acabar lo que nuestro deseo había empezado. Me agarré entonces a esas caderas con las que había estado fantaseando toda la tarde y ya sin red empecé a darle unas embestidas enfebrecidas, unas embestidas cuya única misión era aguardar ya el momento en que su cuerpo me indicase ese era el momento. Y llegó, a los pocos segundos, el instante en que los diques se abrieron. Fue al sentir como su cuerpo adquiría nuevas proporciones, como se hinchaba y se sobredimensionaba por el placer que estaba recibiendo que sin decir nada, simplemente dando un grito, me corrí como un bendito dentro de ella.
- Siiiiii…..me corro Javier, me corro….
Tuvo que ser al sentir dentro de ella esa oleada de leche caliente que también su cuerpo se vino abajo, que también ella experimentó la sensación de ser aplastada por un tormenta de placer, que se congestionó de placer y, al igual que yo, explotó. Seguí empotrándola un tiempo indefinido más esperando que terminase de surfear sobre su propio deseo, que su sed se viese aplacada y los resortes de sus femineidad se viesen colmados. Pero viendo que no llegaba, que Carmen seguía buscando la forma en que el orgasmo no parase, noté como mi polla adquiría de nuevo una proporción adecuada para que ella, sus manos, sus gemidos, esa forma de conocerse tan perfectamente, volviese a alcanzar la cima de otro orgasmo, esta vez pequeño pero tremendamente reconfortante que me hizo saber que estaba delante de una diosa del sexo, de una mujer efervescente.
Me hubiese quedado follando con aquella hembra toda la noche pero, era obvio, el tiempo apremiaba. Así que no tuvimos más remedio que vestirnos, recolocar nuestras ropas y salir fuera del dormitorio. Las niñas seguían viendo la tele y aunque en nuestras miradas el fuego no se había consumido era momento de despedirse.
- Hablamos Carmen…¿qué quieres que diga?
- No digas nada, no quiero que digas nada…
Al llegar a casa mi mujer me preguntó que qué tal.
- Bueno, ya sabes, un poco rollo…
- ¿Has tardado mucho, no?
- Tuve que ayudar a la pesada de tu amiga a recoger las cosas, es que yo no sé para qué celebrar tanto cumpleaños…
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