Antonio se venga de una zorrita chantajista
La cabina del camión es una jaula de cuero y sudor donde el aire no entra y el miedo sí. Eva creyó haber ganado el juego con un chantaje, pero Antonio tiene otras cuentas que ajustar. En cuarenta minutos de carretera, la universitaria de buen vivir aprenderá a qué sabe realmente la humillación.
Habían pasado tres semanas desde aquella noche en el apartamento de Benito. Tres semanas en las que Antonio había masticado la mezcla de orgullo herido y admiración cabrona por la jugada maestra de Eva. Cien pavos. La niñata les había soplado cien pavos a cada uno y, encima, se había quedado con la última palabra.
Martín se lo había tomado a risa, diciendo que era el precio más barato que había pagado nunca por un polvo de esa categoría, pero a Antonio le escocía algo más profundo. No era el dinero. Era el recochineo. Esa sonrisita de suficiencia de la cría mientras borraba el vídeo. Antonio era un camionero de la vieja escuela, un hombre de asfalto, tabaco negro y códigos no escritos, y en su libro de ruta, nadie se iba de rositas después de vacilarle de esa manera. El destino, o quizás la simple estupidez de Benito, le puso la revancha en bandeja de plata.
Era martes por la mañana cuando el teléfono sonó. Benito, con esa voz de buena persona que a veces daban ganas de abofetear para que espabilara, le pidió el favor.
—Antonio, macho, que me tienes que hacer un cable de los gordos. El coche se me ha jodido, la junta de la culata o yo qué sé qué hostias, y la niña, Eva, ha quedado con unos amigos en una casa rural cerca de Tordesillas. Yo no puedo llevarla con el camión y no hay autobuses hasta allí. Tú pasas por la A-6 hoy, ¿no? ¿Te importaría acercarla? Te pilla de paso, sólo sería desviarse un poco.
Antonio sintió cómo una sonrisa lenta, depredadora y cargada de mala leche se dibujaba bajo su barba cana. El universo se alineaba.
—No te preocupes, Benito —respondió con una voz ronca, arrastrando las palabras con una calma engañosa—. Yo me encargo de la chiquilla. Ya sabes que para mí es como de la familia. La recojo en una hora.
Colgó el teléfono y miró su camión, su bestia. Un Scania V8 que rugía como un demonio y olía a gasoil, sudor y vida nómada. Antonio llevaba dos días en la carretera. Dos días de solana, de cargar y descargar palets bajo un calor de justicia, de dormir mal en áreas de servicio ruidosas. Y, lo más importante, llevaba desde la mañana anterior sin tocar una ducha.
Se olió un sobaco. Un tufo ácido, potente, de hombre curtido macerándose en su propio jugo. Se rascó la entrepierna a través de los vaqueros gastados. Allí abajo la cosa estaba peor, o mejor, según se mirase. El sudor se había secado y vuelto a humedecer varias veces, creando un caldo de cultivo denso, un aroma almizclado y pesado, a "queso" fuerte y orina rancia de las meadas rápidas en el arcén donde no siempre se sacude uno bien la última gota.
—Hoy vas a aprender lo que es un hombre de verdad, niñata —masculló para sí mismo, arrancando el motor. No pensaba lavarse antes de pasar a recogerla. Ni de puta coña. Ese iba a ser el condimento especial de su venganza.
Cuando llegó al portal de Benito, Eva ya estaba allí, esperándole con una maleta pequeña y esa actitud de reina del mambo que tanto le ponía y le irritaba a la vez. Llevaba unos vaqueros ajustados que le marcaban todo el contorno de los muslos y una camiseta de tirantes que dejaba ver sus hombros bronceados. Al ver el enorme camión detenerse, con el bufido de los frenos de aire, ella sonrió. Benito bajó a despedirla, dándole un beso en la frente y agradeciéndole a Antonio el favor a través de la ventanilla.
—Cuídamela, Antonio, que esta niña es mi tesoro.
—Como si fuera mía, Benito. Descuida.
Eva trepó a la cabina. El contraste fue inmediato. Ella olía a champú de frutas y desodorante caro; la cabina de Antonio olía a tabaco rancio, cuero viejo y a la humanidad potente de un tío de cincuenta y tantos años que vive pegado al volante.
—Hola, Antonio —dijo ella, soltando la mochila a sus pies y acomodándose en el asiento del copiloto con descaro—. Gracias por el paseo. ¿Me vas a cobrar tarifa de taxi o esta vez invita la casa?
Lo dijo con sorna, recordándole el chantaje. Antonio no la miró. Metió primera, el camión dio una sacudida brusca y empezaron a moverse. Su mano derecha, grande, peluda y callosa, manejaba la palanca de cambios con violencia.
—Tú tranquila, muñeca —gruñó Antonio, mirando al frente, con las gafas de sol puestas—. Que las cuentas las vamos a ajustar ahora.
Salieron de la ciudad y pronto el asfalto de la autovía se abrió ante ellos. El ruido del motor hacía que tuvieran que hablar un poco más alto, creando una burbuja de aislamiento. Antonio dejó pasar unos diez kilómetros. El aire acondicionado estaba estropeado, y el calor dentro de la cabina empezaba a subir. Antonio sudaba. Notaba cómo las gotas le bajaban por la espalda y, sobre todo, cómo la humedad se concentraba en su entrepierna, reactivando el olor de su paquete fermentado. Mantenía la vista fija en la carretera, pero sentía los ojos de la cría clavados en él como dos punzones.
Eva, lejos de amilanarse por el calor asfixiante o el ambiente cargado de la cabina, se había repantingado en el asiento, observando cada movimiento del camionero con una fascinación descarada y sucia.
Se quedó mirando de reojo ese perfil de perro viejo: la barba canosa, pinchuda y descuidada, y los brazos como troncos, cubiertos de un vello oscuro y fuerte que se pegaba a la piel por el sudor. Cada vez que Antonio metía una marcha con ese brazo rudo, los músculos se tensaban bajo la piel curtida, y a Eva le dio un vuelco el estómago. No era asco. Era… otra cosa.
Mientras el rugido del V8 inundaba el habitáculo, Eva empezó a recordar la noche en el piso de su padre, en su dormitorio. Cerró un momento los ojos y visualizó a Antonio y a Martín, dos bestias hechas de carretera y asfalto, turnándose para embestirla sin piedad. Recordó el peso de sus cuerpos, la virilidad bruta que emanaban y, sobre todo, el tamaño de sus pollas. La niñata no había calculado bien el calibre de lo que se iba a meter entre las piernas.
“Joder”, pensó Eva, humedeciéndose los labios mientras miraba el intimidante bulto que Antonio marcaba en los vaqueros gastados, “si llego a saber que me iban a dejar el coño tan reventado, les saco el doble”.
Recordó cómo al día siguiente apenas podía caminar. Tenía los labios vaginales hinchados, al borde del desgarro, y unas agujetas que le subían por los muslos hasta el ombligo. Aquellos dos animales la habían follado con una saña que ningún crío de su edad podría soñar jamás. Había ganado cien pavos por barba con el chantaje, sí, y se sentía orgullosa de su jugada, pero viendo ahora a Antonio sudar como un cerdo, con ese olor a macho rancio y a cojones recalentados golpeándole la pituitaria, Eva sintió que el dolor de aquella noche había sido una inversión demasiado barata.
Miró sus manos peludas apretando el volante y se imaginó esas mismas manos agarrándola del pelo otra vez para hundirle la cara en la tapicería. Antonio era un trozo de carne curtida, vello y mala leche, y Eva, a pesar de su sonrisa de suficiencia, no podía evitar que se le mojaran las braguitas al pensar en el destrozo que el camionero le había hecho. Y que, sospechaba, estaba deseando volver a hacerle.
—Hace calor, ¿no? —se quejó Eva, abanicándose un poco con la mano.
—Es lo que hay. Esto es un camión de trabajo, no una limusina para princesitas chantajistas —soltó él, secamente.
Ella se giró, un poco sorprendida por el tono. Antonio aprovechó para mirarla. Le recorrió el cuerpo con la mirada, deteniéndose en sus labios rosados, esos mismos labios que habían chupado su polla y la de Martín con tanto vicio.
—Escúchame bien, Eva —dijo Antonio, bajando la voz hasta convertirla en un gruñido peligroso—. Tu padre cree que te estoy haciendo un favor. Tú te crees muy lista por habernos sacado la pasta el otro día. Pero aquí, en mi camión, se hace lo que me sale a mí de los cojones. Literalmente.
—¿De qué vas, Antonio? —preguntó ella, intentando mantener la chulería, aunque se le notó un temblor en la voz—. No tengo el móvil grabando ahora, pero si te pasas…
—¿Si me paso qué? —la cortó él, soltando una carcajada seca—. ¿Vas a llamar a papá? ¿Le vas a decir que te follaste a sus dos mejores amigos y luego les cobraste? No tienes cojones, niña.
Antonio se desabrochó el cinturón de seguridad para tener más libertad de movimiento. Luego, con un gesto rápido y vulgar, se desabrochó el botón de los vaqueros y se bajó la cremallera. El sonido metálico resonó en la cabina.
—¿Qué haces? —Eva se pegó contra la puerta, abriendo los ojos como platos.
—Tengo un dolor de huevos que no me aguanto, niña. Y tú tienes una deuda pendiente. Esos cien pavos... digamos que solo cubrían la entrada. Ahora vas a pagar el resto.
Antonio metió la mano en sus calzoncillos, unos slips de algodón gris que habían visto días mejores, y sacó su polla. Estaba semi erecta, gorda y pesada, y la dejó descansando sobre su muslo izquierdo. Pero lo que golpeó a Eva no fue la vista, fue el olor.
Al liberarla de la prisión de tela sudada, una bofetada de aroma acre inundó el espacio entre los dos asientos. Era un olor primitivo, sucio. Olía a orina seca, a requesón acumulado bajo el prepucio, a sudor rancio de horas y horas sentado sobre el cuero sintético. Un tufo a macho cabrío que hizo arrugar la nariz de la chica al instante.
—Joder, Antonio... —murmuró ella, tapándose un poco la nariz—. Eso... eso apesta. ¿No te has lavado?
—No he tenido tiempo, princesa —se rió él, disfrutando de su mueca de asco—. He estado trabajando como un mulo para ganar los billetes que te gustan tanto. Y ahora, vas a limpiar tú lo que no ha limpiado el agua.
—Ni de coña. ¡Estás loco! Huele a queso podrido...
Antonio agarró el volante con la mano izquierda y con la derecha, sin previo aviso, agarró a Eva por la nuca. Sus dedos, fuertes como tenazas, se enredaron en su pelo.
—No te he preguntado si te apetece. Te he dicho lo que va a pasar. Estamos a cuarenta minutos de tu destino. Si quieres llegar, vas a venir aquí y me la vas a dejar como los chorros del oro. Y si no... paro el camión en medio del páramo y te bajas aquí mismo. Tú verás.
Eva miró por la ventanilla. El paisaje era un secarral desierto. Estaba atrapada. Miró de nuevo a la entrepierna de Antonio. La verga, gruesa y oscura, con venas que parecían cables, latía con impaciencia. La cabeza del glande, rosada y ancha como un puño, brillaba levemente con una capa de preseminal mezclado con la suciedad acumulada. Se veía una ligera costra blanquecina en el borde del capullo, esmegma acumulado de dos días de sudor y falta de higiene.
La chica tragó saliva. La mezcla de asco y esa sumisión forzada que había descubierto la otra noche le provocó un cortocircuito en el cerebro. Era repugnante, sí, pero la autoridad bruta de Antonio, ese "aquí mando yo y te jodes", le encendía una chispa oscura en el bajo vientre.
—Venga, zorrita. Al pilón —ordenó Antonio, empujando suavemente su cabeza hacia abajo—. Quiero sentir tu lengua quitándome toda la mierda.
Eva se desabrochó el cinturón y se deslizó, reticente, hacia el espacio central. El olor se hizo insoportable a esa distancia. Era un hedor denso, salado y amargo que se le metía en la garganta antes siquiera de tocarlo.
Antonio abrió las piernas todo lo que el espacio de conducción le permitía, exponiendo el nido de vello canoso y enmarañado, perlado de gotas de sudor, y la zona del perineo, oscura y húmeda.
—¿A qué esperas? ¿A que te ponga una servilleta? —bramó él, dando un volantazo suave que hizo que Eva perdiera el equilibrio y su cara chocara contra el muslo sudado.
—Eres un cerdo, Antonio... —susurró ella, pero ya estaba ahí.
La chica sacó la lengua, dudosa, y dio una primera lamida tímida al tronco de la polla. El sabor fue un latigazo. Sabía a sal pura, a piel agria y a esa sustancia pastosa y amarga del esmegma. Le dieron ganas de vomitar, una arcada le subió por el esófago, pero Antonio le apretó la nuca.
—Eso es... Lame bien, coño. Límpiame la ricota. Que no quede ni rastro.
Antonio cerró los ojos un instante, sintiendo la lengua suave y experta de la universitaria luchando contra la suciedad de su polla. El contraste era brutal. La delicadeza de ella contra la inmundicia de él. La diferencia de edad, de estatus, de poder. Él era el rey de la carretera, sucio y poderoso, y ella era su puta personal, obligada a tragarse su esencia más concentrada.
—Abre la boca y métetela entera —ordenó él, harto de los lametones superficiales.
Eva obedeció, no le quedaba otra. Abrió la boca y dejó que la cabeza del glande, con su corona de suciedad y su sabor picante, entrara. La garganta se le cerró por el gusto repulsivo, pero Antonio empujó las caderas hacia delante, levantándose un poco del asiento, clavándosela hasta la campanilla.
—¡Aggggh! —Eva se atragantó, los ojos llenándosele de lágrimas.
—Traga, joder. Traga mi sabor. Eso es lo que te mereces por lista.
El camión seguía devorando kilómetros. Antonio conducía con una mano, mirando de reojo hacia abajo. Ver a la hija de Benito allí, arrodillada en la alfombrilla llena de polvo, con la cara hundida en su entrepierna pestilente, era la visión más gloriosa que había tenido en meses.
La chica empezó a coger ritmo, obligada por las embestidas de las caderas de Antonio. Su nariz estaba aplastada contra el vello púbico, respirando obligatoriamente el aroma concentrado de sus huevos sudados y su ano sin lavar. Cada vez que inhalaba, se llenaba los pulmones de ese olor a macho sucio, a camionero que lleva días sin ver el agua. Era mareante y, misteriosamente, también de lo más estimulante.
Antonio notaba cómo la saliva de ella se mezclaba con la mugre, creando una lubricación espesa y resbaladiza.
—Baja más... chúpame los huevos —ordenó él.
Eva bajó, casi llorando. Los testículos de Antonio colgaban pesados, rugosos y cubiertos de sudor. Al pasar la lengua por ellos, notó la textura arenosa de la piel sucia y el sabor metálico. Tuvo otra arcada violenta que le hizo contraer el estómago, pero Antonio le dio una palmada sonora en la cabeza.
—¡Sin ascos! ¡Lame como si fueran dos bolas de helado, hostia! Quiero que me dejes los huevos relucientes.
La humillación era total. Eva estaba limpiando con su boca las partes más íntimas y sucias de un hombre que podría ser su abuelo, un hombre rudo que la trataba como un trapo. Y sin embargo, en algún lugar retorcido de su mente, el morbo de ser usada así, de ser reducida a un mero orificio de limpieza y placer, la estaba mojando.
Antonio le dio un tirón seco en la nuca, obligándola a separarse de su entrepierna.
—¡Quieta, joder! —bramó, con la respiración entrecortada—. Descansa de fregar los bajos o harás que me corra antes de tiempo. Levanta la cabeza y sácate las tetas. Quiero ver la mercancía.
Eva obedeció al instante, agradecida de poder despegar los labios de aquella carne venosa y sudorosa, y de que el aire, aunque viciado, entrase en sus pulmones en lugar del hedor a orín y encierro de pantalones. Con los dedos torpes, se bajó el escote de golpe, liberando sus pechos. Cayeron pesados, blancos y redondos, contrastando violentamente con la mugre de la cabina del camión y la piel curtida de él.
Los ojos de Antonio se separaron peligrosamente de la carretera para clavarse en ellos como los de un tratante de ganado evaluando una res en la feria. Se le dibujó una sonrisa torcida, mostrando los dientes amarillentos.
—¡Virgen santa! —exclamó, relamiéndose—. ¡Vaya par de melones gastas, zagala! Tienes ahí más carne que en el mostrador de la carnicería.
Al cabrón se le hizo la boca agua al instante, inundándosele la lengua de una saliva espesa y caliente. Las recordaba mucho más pequeñas de aquella noche en que se la tiraron en el dormitorio, seguramente porque la penumbra del cuarto disimulaba el volumen. Pero allí, desparramadas y bamboleándose con el traqueteo del motor, parecían dos cántaros inmensos, carne fresca y pesada pidiendo guerra. Antonio sintió una punzada bestial; solo podía pensar en agarrar esas tetas con sus manos callosas y estrujarlas sin miramientos hasta dejarles la marca de sus dedos grabada a fuego en la piel.
Sin previo aviso, su mano callosa, áspera como una lija del doce, se cerró sobre el pecho izquierdo. Pinzó el pezón entre el pulgar y el índice, uñas negras de tierra incluidas, y lo retorció con saña, como si estuviera cerrando un grifo oxidado o sintonizando una radio vieja.
Eva ahogó un gemido de dolor, arqueando la espalda, pero antes de que pudiera recuperarse, la otra mano de Antonio voló hacia el pecho derecho.
¡Plaaaaaf!
El sonido de la bofetada contra la carne blanda retumbó en el silencio del cuarto. El pecho de Eva tembló por el impacto, enrojeciendo al instante bajo la huella de los dedos del hombre. Antonio soltó una carcajada ronca, deleitándose en cómo la carne rebotaba y en la mueca de ella, mezcla de dolor y sumisión.
—¡Mira cómo tiemblan, hostia! —gruñó, satisfecho, sin dejar de retorcer el pezón—. Tienes unas buenas ubres, sí señor. De aquí se saca nata para alimentar a un regimiento entero. Me pones más berraco que un toro semental, guarra.
Antonio volvió a obligarla a que se metiera su polla en la boca. Ahora estaba dura como una piedra, palpitante de sangre y furia. Empezó a follarle la boca con violencia, sin importarle que ella se golpeara contra el volante o la palanca de cambios.
—Mírate… la universitaria… el “tesorito” de papá, tragando polla de camionero —se mofaba Antonio, jadeando—. ¿A qué sabe, eh? ¿A qué sabe el tío Antonio? Sabe a hombre, ¿verdad? No como los maricones de tu facultad que saben a jabón y huelen a Axe.
Eva no podía responder. Tenía la boca llena de carne venosa y caliente, palpitante. La saliva le caía por las comisuras, mezclada con los restos de la suciedad que ya había limpiado. Antonio aceleró el camión. La vibración del motor V8 subía por el asiento y se transmitía a sus cuerpos, añadiendo una intensidad eléctrica al acto.
El habitáculo del camión era una olla a presión de olores primarios: sudor rancio, cuero viejo, el aroma dulzón de los Farias fumados allí adentro y ese rastro metálico del motor que lo impregnaba todo. Eva, de rodillas sobre la alfombrilla gastada, sentía cómo la vibración del V8 le recorría la columna vertebral, como si el propio camión fuera una extensión de la musculatura de aquel hombre.
Por su mente pasaban, como diapositivas borrosas, las aulas de techos altos, las conferencias sobre ética y los cafés con leche de soja junto a compañeros de manos suaves y mirada asustadiza. Todo aquello parecía ahora una mentira, un decorado de cartón piedra frente a la realidad brutal que tenía entre las manos. Sentía un asco lacerante, una náusea que le nacía en el estómago al notar el sabor a sal y a carretera en su lengua, pero, al mismo tiempo, una corriente eléctrica y oscura la recorría. Era la fascinación por lo prohibido, por esa testosterona pura y sin domesticar de un hombre que podría ser su padre, pero que la trataba como si fuera poco más que una herramienta de placer.
Aquel "macho" no pedía permiso; él sencillamente existía, ocupando todo el espacio con su corpulencia de estibador y su piel curtida por el sol de mil rutas. Eva se veía a sí misma como una criatura pequeña, una gacela que, por un extraño delirio, había decidido arrodillarse ante el león. Tampoco él le dejó otra alternativa.
Le costaba. Cada centímetro que intentaba ganar era una batalla contra su propia anatomía. Aquella barra de carne, tensa como un cable de acero, parecía no tener fin. Antonio, con la vista fija en la cinta negra de la nacional, ni siquiera la miraba al principio, como si su presencia allí fuera un derecho adquirido, una parte más del mantenimiento de su máquina.
—¡Traga, zorra! —rugió él, con esa voz de lija que parecía salirle de las entrañas—. Que se note que en la facultad os enseñan a aprovecharlo todo. ¡Dale, que se te escapa la merienda por las comisuras!
Eva sentía sus ojos humedecidos por el esfuerzo. Era un bendito padecimiento. El dolor en la mandíbula, la presión en la garganta que la hacía arquearse, se mezclaba con una humillación que, para su propio horror, la excitaba hasta el paroxismo. Se sentía sucia, degradada, reducida a lo más básico, y sin embargo, nunca se había sentido tan viva, tan lejos de la burbuja aséptica de su vida cotidiana.
De pronto, el asfalto traicionero de la secundaria les jugó una mala pasada. El camión golpeó un bache profundo, una grieta en el tiempo que sacudió las toneladas de hierro y carne. El cuerpo de Eva se desplazó bruscamente y, por un instante, sus dientes rozaron la piel tensa de Antonio.
El rugido de él fue un trueno que llenó la cabina, cargado de una furia animal.
—¡Me cago en tu estampa, niñata! ¿Qué quieres, dejarme sin rabo?
Antes de que Eva pudiera recuperar el equilibrio o pedir perdón, sintió la mano de Antonio —una mano que olía a grasa y a mando de dirección— cerrarse con fuerza sobre su cabellera. Le tiró del pelo con una violencia que la hizo soltar un gemido ahogado, obligándola a levantar la cara. Sus ojos se encontraron: los de ella, empañados y suplicantes; los de él, encendidos por un fuego primario y despótico.
Sin mediar palabra, Antonio le cruzó la cara con el dorso de la mano. No fue un golpe de caballero, fue el correctivo bruto de quien domina a una bestia. El sabor a sangre se mezcló con la saliva en la boca de Eva. Acto seguido, él acumuló el desprecio en su garganta y le escupió directamente en la boca, un gesto tan soez y humillante que le arrancó a ella un sollozo de pura sumisión.
—¡Límpiame eso ahora mismo! —ordenó con un tono que no admitía réplica—. Y como me vuelvas a rozar con esos dientes de leche, te dejo tirada en la cuneta como la puta que eres. ¡Vuelve abajo!
La mano enorme de Antonio, pesada como el plomo, se posó sobre la nuca de Eva, empujándola de nuevo hacia su regazo con una fuerza que no dejaba lugar a la duda. Ella, temblando, con la mejilla ardiente y el rastro del escupitajo como una marca de propiedad, retomó la labor.
Ahora lo hacía con un fervor renovado, con una urgencia casi religiosa. El miedo y el deseo se habían fundido en un solo sentimiento indistinguible.
Mientras Antonio seguía devorando kilómetros, mascullando tacos y mofándose de su "tesorito", Eva se entregaba al abismo de aquel camión, aceptando que, bajo las luces de neón de las gasolineras, no era la brillante hija universitaria de papá, sino la presa voluntaria de un camionero que olía a hombre de verdad.
—Me voy a correr… —avisó Antonio, tensando los muslos—. Y te lo vas a tragar todo. Y pobre de ti que escupas una sola gota, porque te juro que te hago lamer el tapizado del suelo.
Con un gruñido gutural, Antonio soltó el volante por un segundo para agarrar la cabeza de Eva con ambas manos y clavársela hasta el fondo de la garganta, bloqueándole la respiración.
—¡Traga, puta! ¡Traga!
La descarga fue brutal. Espesa, caliente y abundante. Antonio se corrió con la fuerza de quien lleva días acumulando ganas y rencor. Su lefa inundó la boca de Eva, mezclándose con el sabor rancio que ya tenía impregnado en el paladar. Ella notó los espasmos de la polla golpeando su garganta, bombeando chorro tras chorro de leche hirviendo.
La mantuvo ahí, asfixiada, hasta que se vació por completo, asegurándose de que cada gota fuera directa a su estómago. Eva se agitaba roja como un tomate, los ojos desorbitados, mientras golpeaba los muslos del hombre al ser obligada a engullir aquella mezcla infame de fluidos y suciedad.
Cuando Antonio finalmente la soltó, ella echó hacia atrás la cabeza, tosiendo, jadeando, con la cara manchada de sudor y rojeces, y un hilo de baba y semen colgándole de la barbilla.
Antonio se recostó en el asiento, suspirando, con una sonrisa de satisfacción absoluta. Se subió la cremallera con calma, sin limpiarse, dejando que los restos se secaran ahí.
—Buen trabajo, guapa —dijo, volviendo a poner las manos en el volante—. Ya casi estamos.
Antonio deslizo los ojos del parabrisas a la jovencita postrada entre sus piernas, clavando en ella una mirada gélida que cortó de golpe los jadeos de Eva. La sonrisa de satisfacción se transformó en una mueca de superioridad depredadora.
—No pongas esa cara, que te van a salir arrugas —soltó con una risita seca, aunque sus ojos no se reían—. Una mamada así me habría costado 50 pavos en cualquier club de carretera, pero allí las chicas al menos fingen que les gusta.
Eva intentó articular palabra, pero él la interrumpió levantando un dedo, recuperando el control total del espacio. El silencio en el camión se volvió asfixiante, solo roto por el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto.
—Pero no te relajes demasiado —añadió, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro amenazante—. Aún queda por cobrarme la otra mitad de tu mierda de chantaje. Así que vete preparando, porque el día menos pensado te vuelvo a poner de rodillas.
Hizo una pausa deliberada, disfrutando del temblor evidente en las manos de la chica.
—Y un consejo de amigo, preciosa: reza. Reza mucho para que a Martín no se le antoje también recuperar lo suyo, porque él no es ni la mitad de paciente que yo.
Eva se limpió la boca con el dorso de la mano, aún con ganas de vomitar por el regusto amargo y salado que le había quedado impregnado en la lengua. Se sentó en su asiento y volvió a cubrirse los pechos con la camiseta, temblando, sin atreverse a mirarlo. Diez minutos después, el camión se detuvo frente a la casa rural. Los amigos de Eva estaban en el porche, saludando.
—Venga, bájate —dijo Antonio, encendiendo un cigarrillo Ducados y echándole el humo a la cara—. Y enjuágate esa boca, que te huele el aliento a camionero desde aquí.
Eva abrió la puerta, humillada, sucia por dentro, pero con las piernas temblando de una forma que no sabría explicar. Antes de bajar, Antonio la agarró del brazo.
—Ah, y Evita... —le guiñó un ojo, rascándose la barba—. La próxima vez que quieras jugar con los mayores, recuerda que nosotros ponemos las reglas. Y lávate tú también el coño… que a la vuelta igual me apetece postre.
La chica bajó del camión sin decir palabra, con la cara ardiendo, mientras Antonio arrancaba de nuevo la bestia, riéndose a carcajadas mientras se alejaba por la carretera, dejando una nube de humo negro y la certeza de que la deuda estaba, por ahora, saldada.
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