Ritmo y Rendición I: El Vestuario
La clase terminó, pero para Nicolás la verdadera lección apenas comenzaba. En el silencio húmedo del vestuario, la mirada de hielo de su profesora lo atrapó, y supo que esa noche no saldría indemne de su disciplina.
La música del estudio se apagó de golpe, dejando en el aire el eco sordo de los últimos pasos marcados en el piso de madera. Las respiraciones agitadas de los alumnos llenaban el silencio, mezcladas con el chirrido de zapatillas, el roce de telas húmedas y el olor denso de cuerpos sudados.
Camila cruzó la sala como si la poseyera. Su silueta altísima cortaba el espacio entre los alumnos como una lanza hecha de curvas. Vestía un conjunto negro ajustado de lycra: top deportivo que contenía —con dificultad— sus tetas grandes y redondas, y unos leggins tan apretados que parecían pintados sobre su piel dorada, marcando la cintura delgada, las caderas provocadoras, el culazo que hipnotizaba cada vez que giraba. Llevaba el cabello negro lacio recogido en una coleta tensa que dejaba su cuello expuesto, largo y dominante. Los labios, pintados de rojo, contrastaban con su mirada de hielo azul.
—Buen trabajo —dijo al grupo, sin mirar a nadie en particular— Algunos... mejores que otros. Y cuando dijo “mejores”, sus ojos se clavaron en Nicolás.
Él tragó saliva. Su respiración era un jadeo controlado, el pecho marcado por el esfuerzo, las gotas de sudor bajando por su cuello y empapando la camiseta gris ajustada. Tenía el rostro enrojecido, las piernas temblorosas por la rutina exigente, y una mezcla peligrosa de orgullo y vergüenza en los ojos verdes que no sabía cómo sostenerle la mirada a Camila.
Ella lo notó. Lo olió.
—Pueden irse —ordenó, ya dándose media vuelta— Nicolás, vos no.
Él se quedó inmóvil. Sintió el peso de la mirada de sus compañeros, pero ninguno dijo nada. Algunos salieron rápido, otros lanzaron una mirada cómplice. Nadie quería meterse con Camila. Nadie sabía muy bien cómo hacerlo. No había rumor que le hiciera justicia.
Cuando la sala quedó vacía, Nicolás se quedó solo frente a ella. Camila no se acercó enseguida. Caminó hasta el espejo del fondo, se miró de perfil, se acomodó la coleta, y luego, finalmente, giró sobre sus talones.
—Tenés talento —dijo, caminando hacia él con paso lento, casi como un depredador al acecho— Pero no disciplina. Y eso… eso me calienta y me enoja.
Nicolás no sabía si agradecer o pedir disculpas. La forma en que ella decía “calienta” le dejó el cuerpo helado y la pija reviviendo por dentro de las mallas. Ella se detuvo muy cerca, tan cerca que pudo oler su perfume mezclado con sudor, un aroma femenino pero salvaje, que le llenó los pulmones como una droga.
—¿Qué pasa, estás nervioso? —preguntó con una media sonrisa torcida, los labios tan cerca que podía sentir su aliento caliente.
—No, profe… o sea, sí, un poco —respondió, bajando la mirada.
—¿Te molesta cómo te hablo?
—No…
—¿O te gusta?
Camila no esperó respuesta. Dio un paso más y lo obligó a retroceder. Él lo hizo, torpemente, hasta que su espalda chocó con la pared de espejos. El golpe fue suave, pero definitivo. Estaba atrapado.
Camila lo miró fijo. El cuerpo de ella apenas rozaba el de él, pero era suficiente para que Nicolás sintiera todo: la fuerza, la altura, el calor… el poder. Y entonces, sin previo aviso, levantó una mano y le tomó el mentón con dos dedos, obligándolo a mirarla.
—Tenés que aprender a moverte como un hombre, pero obedecer como un buen perrito.
Nicolás tragó saliva. Su respiración se aceleró. La mano de Camila se deslizaba ahora por su cuello, apenas tocándolo, bajando por el pecho húmedo de sudor.
—¿Vos obedecés, Nicolás? ¿O tengo que enseñarte con el cuerpo?
Él no pudo hablar. Solo asintió. Y Camila sonrió. Una sonrisa que no prometía nada bueno. Una sonrisa que decía: ya te tengo.
Nicolás caminaba detrás de ella con pasos torpes, como hipnotizado. El vestuario estaba vacío. El resto del grupo ya se había ido, dejando tras de sí el eco del agua en las duchas y un olor a jabón barato, transpiración y humedad. Las luces frías del techo hacían brillar el piso de cerámica, y cada uno de sus pasos resonaba como una confesión.
Camila no dijo nada mientras se quitaba los guantes de entrenamiento, uno por uno. Se sentó en el banco de madera frente a las duchas abiertas y lo miró como si fuera un objeto que todavía no había decidido si iba a romper o a lamer.
—Sacate la remera —ordenó, sin levantar la voz.
Él obedeció. El algodón húmedo se le pegaba a la piel, haciéndole difícil quitársela. Pero lo hizo. Camila lo observó todo: la forma en que la camiseta se enredó en su espalda, el momento en que el pecho quedó al descubierto, ese vientre apenas marcado por la danza, ese cuerpo joven que todavía no entendía lo que estaba entregando.
—Ahora las zapatillas.
Nicolás las desató con las manos temblorosas. No podía mirarla a los ojos. Había algo en su mirada que le vaciaba las ideas, que lo hacía sentir desnudo aun con el pantalón puesto.
—¿Tenés idea de lo que sos, Nicolás? —dijo Camila, levantándose por fin del banco.
Se acercó despacio, con el sonido de sus propias zapatillas suaves sobre el piso húmedo, hasta quedar frente a él. Su altura lo envolvía. Su cuerpo imponente lo cubría como una sombra cálida y peligrosa.
—Sos un pibe bueno. Uno de esos que todavía cree que se puede decir que no cuando el cuerpo dice sí.
Sus dedos se deslizaron por el cuello de él, bajando por su pecho sudado, y se detuvieron justo en la cintura del pantalón.
—Y lo que más me calienta de vos… es cómo te negás mientras tu pija me dice todo lo contrario.
Nicolás se mordió el labio. La tela del pantalón deportivo ya estaba abultada, y el roce de los dedos de Camila sobre el elástico lo hizo jadear.
—¿Querés que pare? —susurró ella, cerca de su oído, tan cerca que su aliento caliente le erizó la piel.
—N-no sé…
—Claro que sabés. Pero sos cagón para decirlo.
Lo empujó con una sola mano en el pecho. Nicolás cayó sentado en el banco, casi con las piernas temblando. Camila se puso de cuclillas entre sus piernas, manteniéndole la mirada.
—¿Estás duro por mí, putito?
Él solo asintió, con la respiración agitada.
—Entonces decilo.
—Estoy... estoy duro por vos.
—¿Por qué?
Nicolás tragó saliva, pero lo dijo.
—Porque me gustás, Camila. Porque me volvés loco.
Ella sonrió, esa sonrisa torcida y malvada que parecía más una amenaza que una caricia.
—Eso está mejor. Ahora vas a aprender cómo se rinde un hombre.
Sus manos se deslizaron dentro del pantalón de él. Nicolás soltó un gemido bajo al sentir los dedos fuertes de Camila presionar su pija a través del bóxer. Apenas la rozaba, pero la sensación era eléctrica. La vergüenza y el deseo le subían por la garganta.
—Estás tan sensible que te puedo hacer acabar con dos dedos —murmuró ella— Pero no todavía. Primero quiero que me chupes el sudor.
—¿Qué… qué?
Camila se puso de pie, se giró y se inclinó hacia adelante, apoyando una pierna en el banco. Su culazo perfecto, redondo, marcado por la lycra pegada a la piel bronceada y húmeda quedó a centímetros de la cara de Nicolás.
—Lamelas. Las medias, las piernas. Quiero sentir tu lengua en mi sudor. Mostrame qué tan desesperado estás.
Nicolás no respondió. Solo se inclinó hacia adelante y pasó la lengua, temblando, por el borde de la media, subiendo por la parte trasera del muslo de Camila, hasta que la lengua tocó la tela caliente, empapada por el entrenamiento. El sabor a sal, a esfuerzo, a ella, lo volvió loco. Gimió sin querer.
—Eso es, perrito —dijo Camila con voz ronca—. Sabés chupar, ¿eh? Ahora entendés quién manda acá.
Ella se giró despacio y se sentó sobre el banco, abriendo las piernas. Su entrepierna seguía cubierta por las mallas ajustadas, pero el bulto era imposible de ignorar ahora que estaba tan cerca. Nicolás no sabía qué veía exactamente, pero su instinto lo empujaba a rendirse.
Camila le tomó la cara con una mano y lo obligó a mirarla.
—¿Querés que me saque la ropa?
Nicolás asintió, los ojos abiertos, jadeando.
—Decímelo.
—Quiero... quiero verte desnuda, Camila.
—¿Querés ver lo que soy?
—Sí…
Camila se relamió los labios.
—Entonces sacámela. Con los dientes. Como un buen putito obediente.
Nicolás se inclinó con las mejillas encendidas. Estaba jadeando, con la boca entreabierta y los ojos clavados en Camila. El calor de su cuerpo lo envolvía como una fiebre. Sus manos temblaban mientras se acercaba para obedecer.
Iba a morder la pretina de las mallas. Lo haría. Iba a desnudarla con la boca, como ella le había ordenado. Lo haría sin pensar. Estaba rendido.
Pero justo cuando sus labios rozaron la tela húmeda, Camila rió. Un sonido bajo, ronco y cargado de burla.
—No tan rápido, Nicolás.
Él se detuvo, congelado.
Ella lo agarró del cabello con una mano y lo levantó, obligándolo a mirarla. Tenía esa sonrisa perversa en los labios rojos, esa que quemaba más que cualquier caricia.
—¿Con tantas ganas me vas a desnudar así de fácil? Camila ladeó la cabeza, sus ojos azules perforando los suyos.
—No, nene. Vos todavía no te ganaste eso. —Pero yo... —balbuceó él, con la voz quebrada.
—Shhh. —Le puso un dedo en los labios— Vas a tener que rogar por eso. Desnudarme es un privilegio. Y vos, por ahora, solo te lo estás ganando a lengüetazos.
Volvió a reír, y esa risa le sacudió la pija a Nicolás como si fuera una mano invisible.
—Yo decido cuándo. Vos solo te empalmás y me obedecés.
Se acomodó en el banco, sentándose con las piernas abiertas, dejando su entrepierna a centímetros de la cara de Nicolás.
—¿Querías chupar? Chupá entonces. Pero mis medias. Mis piernas. Mi sudor.
—¿Y vos?
—Yo te miro. Me calienta verte trabajar.
Nicolás tragó saliva. Bajó la cabeza. Se arrodilló. Pasó la lengua por el borde de la media, luego más arriba, y más arriba, saboreando el sudor salado de Camila, su piel caliente, su aroma almizclado. La tela estaba húmeda, tensa sobre sus músculos. El olor era embriagador.
—Buen perrito —susurró ella— Más arriba.
Él subió, hasta el interior del muslo. Su lengua rozó el borde de la tela, sin tocar el centro del bulto que lo llamaba como un imán. Camila jadeó, apenas. Y eso lo hizo temblar.
—¿Sentís mi calor? —dijo ella, con la voz ronca— ¿Sentís cómo me chorrea el deseo sin que ni siquiera me saques la ropa?
Él asintió sin levantar la cabeza. Tenía la boca húmeda, la cara caliente. Su propia pija estaba palpitando bajo el pantalón, al borde del estallido.
—Te voy a decir algo, Nicolás… —susurró ella, inclinándose para hablarle al oído— La próxima vez que intentes desnudarme sin que yo lo ordene, te dejo seco sin tocarte.
Él gimió. No podía más. No podía pensar. Solo obedecer.
—Ahora sacate los pantalones. Quiero verte como una puta: en bolas, arrodillado, con la pija empalmada. Y vas a hacer lo que yo te diga, sin que me saque ni una puta prenda.
Nicolás se bajó los pantalones y el bóxer de un tirón. Su pija saltó libre, dura, roja, con el glande brillante y una gota gruesa temblando en la punta.
Camila lo miró con hambre, con burla, con poder.
—Mirá lo que sos. Todo empalmado, temblando por una mina que ni siquiera está en bolas.— Se pasó la lengua por los labios. —Y te juro, pendejo, que todavía no viste nada.
Nicolás estaba de rodillas, desnudo, con la cara enrojecida, la piel erizada y la pija dura como una barra viva que palpitaba con cada segundo que pasaba sin tocarse. Camila lo miraba desde el banco, todavía vestida, las piernas abiertas, ese bulto imponente oculto bajo la lycra negra, como una promesa, como una amenaza.
—Tocáte —ordenó ella, sin moverse.
—¿Qué?
—La pija. Tocátela. Pero despacio. Quiero ver cómo te hacés mierda solo, sin que yo levante un dedo.
Nicolás obedeció. Se envolvió con una mano temblorosa, cerrando los dedos alrededor del tronco como si estuviera tocando algo sagrado. La primera caricia lo hizo gemir. Estaba tan caliente, tan sensible, que el solo roce le hizo temblar las piernas.
Camila cruzó una pierna sobre la otra y apoyó un codo sobre la rodilla, contemplándolo como si fuera una obra de arte. O un esclavo.
—Eso es. Pajéate para mí como un buen putito obediente. Quiero ver cómo te empalmás por una mina que ni siquiera se dignó a mostrarte lo que tiene.
El movimiento de la mano de Nicolás se aceleró. Su respiración se volvió más agitada, los gemidos más altos. La mirada de Camila lo perforaba. Ella no hacía nada. Ni se tocaba. Ni jadeaba. Solo lo miraba, con una sonrisa torcida en los labios rojos, ese brillo azul en los ojos que quemaba más que mil caricias.
—Mirá cómo se te marca el glande —susurró— Estás a punto de reventar. ¿Querés correrte?
—Sí… —dijo él entre jadeos.
—¿Querés chorrearte todo como un perrito desesperado?
—Sí… por favor…
Camila se inclinó hacia adelante, clavando los codos sobre las rodillas. Su voz se volvió un susurro letal:
—Entonces no lo hagas.
Nicolás se congeló, los músculos tensos, la mano temblando aún rodeando su pija.
—¿Q-qué?
—Soltála. Ahora. —Su tono era de hierro.
—Pero… estoy… a punto…
—¿Y quién decide cuándo acabás?
Él tragó saliva.
—Vos…
—Eso es. Yo. No tu cuerpo. No tu calentura.
—Mirá qué hermoso estás —dijo con una sonrisa casi dulce— La pija empapada, las bolas tensas, los ojos a punto de llorar.
Camila se puso de pie de golpe. Su figura se alzó como una sombra poderosa frente a él.
—Ahora abrí la boca.
Nicolás obedeció, aún jadeando, sin entender.
Camila llevó una mano a su muslo y se pasó los dedos por debajo de la entrepierna, presionando su propio bulto por encima de la tela, haciendo un movimiento lento y obsceno que lo dejó paralizado. Sus dedos quedaron brillantes de humedad. El olor llegó como una descarga eléctrica: fuerte, cálido, excitante.
—Probá —dijo ella, y le metió los dedos en la boca.
Él los succionó con desesperación, como si fueran la única fuente de vida.
—Así me gusta. Que me chupes los dedos como si fuera mi pija. Aunque todavía no te merecés verla.
Camila lo obligó a lamerlos limpios, cada gota de su aroma, su transpiración, su preseminal escondido tras la lycra.
—Y ahora bajá la cabeza.
Nicolás lo hizo.
—Limpialo. Mi sudor. El que está goteando de mis medias. Quiero verte lamer el piso si es necesario.
Y él lo hizo. Como un perrito. Como un obediente. Sus labios recorrieron la media, su lengua subió hasta rozar el borde de la entrepierna. Cada vez más cerca. Cada vez más desesperado.
Camila jadeó, al fin, apenas.
—Mmm… estás aprendiendo. Quizás, si me seguís obedeciendo así, en algún momento te deje tocarme de verdad.
Nicolás la miró con los labios húmedos, con la cara roja, con la pija vibrando sin control.
—¿Cuándo…?
—No hoy —respondió Camila, tajante.
—¿Entonces qué…?
—Hoy vas a acabar sin tocarme. Vas a correrte como una puta, solo, mientras me mirás a los ojos. Y después… vas a lamerte toda la leche como castigo por querer desnudarme antes de tiempo.
Nicolás tembló. La humillación lo hizo más duro. Y lo supo. Ya no había vuelta atrás.
Estaba atrapado.
Nicolás estaba jadeando, desnudo, de rodillas, con la pija empapada de preseminal, las piernas temblando y la cara húmeda con el sudor de Camila. Ella seguía de pie frente a él, imponente, su cuerpo cubierto aún por la ropa ajustada, ese conjunto negro que marcaba cada curva con una precisión peligrosa.
—Ahora sí —dijo ella, y su tono cambió. Era más bajo. Más oscuro.
Camila llevó ambas manos al elástico de la lycra, lo bajó con lentitud medida, como si cada centímetro fuera un castigo o una recompensa. Nicolás observaba, con la boca entreabierta, el corazón golpeándole en la garganta.
Primero se deslizó la tela por las caderas anchas. Luego, por ese culo redondo, firme, perfecto, que lo había vuelto loco desde la primera clase. Y entonces bajó más.
Nicolás vio lo que nunca había imaginado. Allí estaba. Dura. Gruesa. Larga. La pija de Camila saltó libre, venosa, vibrante, con el glande rosado y brillante goteando líquido denso, viscoso, caliente.
—¿Te sorprende? —preguntó ella con media sonrisa.
Nicolás no podía hablar. Solo la miraba, con la boca seca y la pija latiéndole como nunca.
—Ahora mirame bien —ordenó Camila, bajándose también las medias hasta los tobillos, quedando completamente desnuda, como una estatua viva de poder sexual. Su cuerpo era una sinfonía salvaje: tetas grandes, piel bronceada, cintura estrecha, piernas musculosas, y esa pija gloriosa que parecía hecha para destruirlo.
—Esto soy yo. Y ahora… —se acercó, agarrándolo del mentón— Vas a sentirlo. Todo. —Pero… —intentó decir él— ¿Así?
—¿Querés que te lo meta? —interrumpió ella.
—Sí… pero...
—Entonces callate. Y ponete en cuatro.
Nicolás se giró. Apoyó las manos temblorosas sobre el banco, levantó el culo, y se quedó así: expuesto, jadeando, con el agujero apretado brillando de humedad y miedo.
Camila escupió en su mano. Un escupitajo grueso, caliente. Se lo frotó sobre la pija, extendiendo su propio líquido preseminal como lubricante.
—No te voy a dar tiempo. No te lo ganaste.
Apoyó el glande contra el culo de Nicolás. Presionó.
Él se tensó, los dedos aferrándose al banco con fuerza.
—Respirá, zorrita —gruñó Camila— Te voy a partir como nunca antes.
Y empujó.
El glande entró de golpe, forzando la entrada con un ardor brutal. Nicolás gritó, un sonido ahogado de dolor y placer mezclado. Pero no se movió. No se resistió.
—Así me gusta —murmuró Camila— Sentiendo mi pija empujarte las entrañas.
Siguió empujando. Centímetro a centímetro. Su pija gruesa y caliente lo abría con cada movimiento. Las venas rozaban las paredes internas, el glande empujaba más allá del límite. Hasta que entró toda.
—Mierda… —jadeó Nicolás, con la voz quebrada— Me estás rompiendo…
—Callate. Esto recién empieza.
Camila comenzó a moverse. Sus caderas chocaban contra el culo de Nicolás con un slap húmedo, su pija entrando y saliendo, estirando cada fibra de ese agujero virgen con brutalidad. Cada embestida era más profunda, más dura, más sucia.
—¿Te gusta, eh? —gruñó ella— ¿Te gusta que una mina con pija te coja como si fueras mi juguete?
—¡Sí! —gimió él—. ¡Me encanta!
—Decilo bien, putito.
—¡Me encanta que me folles! ¡Que me rompas el culo!
Camila lo agarró por las caderas con fuerza, lo levantó un poco, ajustó el ángulo y embistió más profundo aún.
—Eso. Sos mío. Este culo es mío. Esta pija —le dio una nalgada fuerte— no es tuya. Es mía.
Los gemidos de Nicolás se volvían gritos rotos. El dolor ardía, pero el placer lo llenaba. Su propia pija goteaba sin control, colgando bajo él, temblando, cada vez más cerca del límite.
Camila jadeaba con fuerza. El sudor le caía por el pecho, por las tetas, por el cuello. Su pija palpitaba dentro de él, cada embestida más rápida, más brutal, más profunda.
—Voy a correrme dentro tuyo —dijo entre dientes— Y vas a quedarte quieto. Vas a recibirlo todo. Como buena puta obediente.
Nicolás solo asintió, temblando.
Camila empujó una vez más, hasta el fondo. Su cuerpo entero se tensó.
Y entonces… se vino.
Los chorros calientes de su semen inundaron el culo de Nicolás, espeso, abundante, quemándole por dentro. Él gemía con los ojos cerrados, el rostro contra el banco, sintiéndola llenar cada rincón.
—Así se marca a un putito —susurró Camila, aún empujando cada gota— Quedate así. No te muevas.
Él obedeció. La pija de Camila todavía dentro de él, palpitando. Su propio cuerpo temblaba.
Y supo, mientras sentía el semen caliente chorrear de su culo… Que quería más.
Si has llegado hasta aquí y algo se ha quedado contigo, si este capítulo ha tocado una parte que normalmente no hablas en voz alta, puedes escribirme.
No es una invitación abierta. Es solo para quien ha sentido algo y no quiere dejarlo pasar en silencio. [email protected]
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