Lección y castigo
Nunca imaginó que la corrección de un trabajo terminaría corrigiendo su propia voluntad. Cuando ella irrumpió en su despacho, no buscaba justicia, sino sumisión. Ahora, de rodillas y desnudo, comprende que la lección más dura acaba de comenzar.
Irrumpe en mi despacho como una furia, provocándome un repullo, y me arroja el trabajo a la cara.
—Ya estás corrigiendo esto ahora mismo. ¡¿Un miserable notable después de pasarme semanas buscando información que añadir a la mierda que nos diste, redactándolo con cuidado horas y horas y presentarte un trabajo excelente?! Te corroe la envidia porque sabes que soy mil veces mejor que tú y piensas que me puedes putear. ¡Aquí la única que putea soy yo!
Su voz es firme y su presencia realmente intimida, con lo joven y guapa que es. Me quedo unos instantes en shock antes de poder balbucear unas palabras.
—Pero señorita…, esas no son formas…
—¡A callar! Cuando yo hablo tú cierras el pico y prestas atención. ¡Y mírame a los ojos o agacha la mirada como el patético ser inferior que eres, pero no te quedes mirando mis tetas, joder! Eres un puto baboso, un cerdo asqueroso. ¿Te crees que no me doy cuenta de cómo me miras en clase, que no sabemos todas cómo nos desnudas con la mirada y seguramente luego te tocas esa mierda de polla que tienes pensando en nosotras, que podríamos ser tus hijas? ¡Pervertido de mierda! —escupe el insulto con un desprecio absoluto y yo siento la cara arderme de pura vergüenza, seguramente la tengo roja como un tomate—. Vamos a hablar con la decana y se te va a caer el pelo.
—¡No, no, por favor! ¡Lo siento, lo siento mucho, de verdad!
Ella me clava la mirada de sus bellos ojos castaños y siento como si me atravesara un cuchillo. Me hiere su desprecio y a la vez siento un fuego abrasador dentro de mí que me hace perder la razón. Ya antes me volvía loco con su figura juvenil y esbelta, su blanca piel y su carne firme tan deseable, su cara de niña perfecta y su melena pelirroja, pero ahora además, que me ha mostrado todo el poder, confianza y seguridad en sí misma que lleva dentro y yo no veía, su carácter orgulloso y altivo, mi mente está envuelta en una niebla, no puedo pensar en nada que no sea complacerla como pueda y obedecerla de inmediato.
—Desnúdate.
Es como si me leyera el pensamiento. Sabe que me tiene en su poder. Me levanto sin dudarlo y me empiezo a quitar la chaqueta, la corbata, la camisa, el pantalón… Si entrara alguien ahora mismo y me encontrara desnudándome ante una alumna mi carrera se iría por el desagüe en un segundo y tendría muchos problemas, el escarnio público, la reprobación incluso de mis familiares y amigos…, pero ahora mismo todo eso me da igual, sólo me importa obedecer a esta niña descarada… no, perdón, a esta Diosa.
—El calzoncillo también, gilipollas, y ponte de rodillas ante mí, aprende a tener el respeto que una babosa insignificante como tú debe a todas las mujeres, tus superiores en todos los sentidos, y a mí especialmente. Mírate. Te has puesto cachondo con mis insultos, me reiría de ti si no me dieras tanto asco. Ahora mismo ni siquiera quieres que me quite la ropa, ni quieres tirarte encima de mí y manosearme y besarme, follarme con ese gusanito que tienes entre las piernas y que se está poniendo durísimo con lo que te estoy diciendo. No. Te mueres porque te roce con la punta de mi zapato.
—Por favor, se lo suplico.
—No. No te lo mereces para nada. Pero voy a dejar que te agarres esa ridícula picha corta y te la menees hasta correrte. Ya ves que hasta puedo ser buena cuando quiero. Dame las gracias, perro.
—Gracias, Diosa.
Esas palabras salen de mi boca y salen de lo más profundo de mi alma, de un lugar que no conocía y me siento liberado. Totalmente desnudo ante esta extraordinaria belleza de mujer, con mi cuerpo fofo que me avergüenza y de rodillas, comienzo a acariciarme mi pollita que siempre me ha acomplejado las pocas veces que he compartido intimidad y lecho con una mujer. Contemplo profundamente embelesado a esta joven que ha derretido mi voluntad y me ha sometido sin esfuerzo, entorno los ojos mientras sigo masturbándome y suspiro y gimo. Qué potente y deliciosa humillación.
—Aprieta bien fuerte y haz como si fueras a romperla como una rama, y con la otra mano apriétate los huevos. Ya.
Y obedezco, por supuesto, sin importarme lo que pueda sucederles a mis míseros genitales. Me doblo y caigo al suelo retorciéndome de placer y dolor al mismo tiempo y me derramo en mi mano entre gemidos y todo mi cuerpo se afloja después de experimentar el mejor orgasmo de mi vida.
—¡Qué patético eres! Ahora quiero que te comas tu corrida. Lámela bien, chúpate los dedos y no dejes ni una gota.
Y obedezco otra vez. Al principio esta orden me toma por sorpresa. Miro mi mano manchada con el líquido blancuzco, pegajoso e inconsistente, la acerco a mi cara y saco tímidamente la punta de la lengua. Mi gesto de desagrado ante el sabor del semen arranca una sonora carcajada a mi dominadora que es música para mis oídos. Me decido finalmente y doy una generosa lamida a la palma de mi mano, me la meto en la boca y la saboreo bien como si fuera el más rico manjar; luego chupo mis dedos casi con deleite y me como hasta la última gota.
—¡Bravo! Así me gusta. Al final vas a ser un buen sumiso y todo.
Igual que todas las humillaciones pasadas, esta felicitación de la Diosa me produce una sensación muy intensa y profunda, pero esta vez es de orgullo y satisfacción.
—¿Has aprendido la lección?
—Sí, Diosa. Debo obediencia y respeto a todas las mujeres y especialmente a usted, como Superior a mí en todos los aspectos.
—Bien, pero no hay lección sin castigo. Coge el cinturón que tienes ahí a mano y date 20 latigazos en la espalda.
Voy a experimentar una nueva faceta de esta relación diferente de dominación y sumisión que he descubierto y me resulta tan fascinante. Con pulso tembloroso, porque me da miedo el dolor, cojo este objeto tan cotidiano y lo convierto en un instrumento de castigo y tortura. Torpe y vacilante al principio, el cinturón cae 20 veces sobre mi desnuda y desprotegida espalda provocándome un prolongado escozor que unido al dolor de mis rodillas se convierte en una penosa experiencia masoquista.
—Mírame.
En su voz hay una ligera nota de dulzura, la expresión de su rostro es menos severa e incluso sonríe. Una perversa sonrisa de satisfacción que compensa con creces todo el dolor y los insultos padecidos.
—Sé que las rodillas te están matando pero te vas a quedar quince minutos más así, en silencio y asimilando todo lo que acabas de vivir. Luego te levantas, corriges mi trabajo y ya te podrás vestir.
No encuentro palabras para agradecerle todo lo que me ha enseñado; mis lágrimas y expresión hablan por mí. Continúo postrado y en una nube escuchando cómo sus pasos firmes y elegantes se alejan de mí, sabiendo la Diosa y yo que mi recién descubierta alma sumisa va para siempre con Ella.
Relatos similares
- Dominación
El castigo de mi amo en el metro
El metro se llena de miradas y secretos. Ella sabe que debe obedecer, pero no imagina que cada vagón esconde una nueva prueba de su sumisión.
Comparte:Bdsm suaveDominacion femeninaHeterosexual general
- Dominación
Dominado sin darme cuenta (I)
Carmen siempre fue invisible, pero esa tarde en Cáceres decidió que su silencio era solo una invitación.
Comparte:Dominacion femeninaBdsm suaveHeterosexual general
- Trios
Laura, Osvaldo y yo Parte 2
Laura no solo quería repetir la noche anterior, quería reescribir las reglas. Con Osvaldo a su lado, Antonio descubrió que su sumisión no terminaba…
Comparte:Bdsm suaveHeterosexual generalDominacion femenina
- Dominación
El baile (II)
Ella sabe que él la desea, pero solo le permite disfrutar cuando ella lo decide. En la privacidad de un ropero durante una boda, la línea entre la…
Comparte:Dominacion femeninaBdsm suaveRelacion profesor alumna
- Hetero: General
Mayra: Episodio Cinco
La noche los tiene unidos en la oscuridad, pero es el amanecer lo que revela la verdadera naturaleza de su pacto.
Comparte:Bdsm suaveDominacion femeninaRelacion profesor alumna
- Dominación
Mi plaza soñada XI
Martín ha traído a dos jóvenes a su casa, pero no para que limpien, sino para que sirvan. Juana, su esposa, nunca había tenido autoridad real hasta…
Comparte:Bdsm suaveDominacion femeninaRelacion profesor alumna