La Esposa Correcta. Capítulo 2
Clara siempre fue la esposa correcta, pero esa tarde, bajo la mirada de Luis, algo se rompió dentro de ella. Ahora, el silencio de la noche no es de arrepentimiento, sino de promesa: mañana volverá a pasar por ese camino.
Salimos a pasear una tarde templada, Clara y yo, por el camino de tierra que serpentea entre los naranjos. El aire olía a fruta madura y a campo húmedo. Ella iba relajada, con un conjunto deportivo que se ajustaba demasiado bien a su cuerpo. Cada paso hacía que su pecho se marcara sin pudor, redondo, vivo, imposible de ignorar.
Al llegar a los campos de Luis lo vimos trabajando. Se incorporó al reconocernos y se acercó con esa forma suya, directa, sin prisa. La saludó primero a ella. Sus ojos bajaron apenas un segundo… pero fue suficiente. Clara lo notó. Yo también.
—Te mantiene en forma el paseo, ¿eh? —le dijo, con una media sonrisa que no era del todo inocente.
Clara sonrió, incómoda al principio, pero no se apartó. Se recolocó el pelo, como si de pronto fuera consciente de su propio cuerpo. Luis hablaba despacio, lanzando frases que parecían triviales, pero que cargaban el ambiente. Yo sentía cómo la sangre me golpeaba con fuerza, cómo el simple hecho de que otro hombre la mirara así me encendía por dentro.
Nos despedimos al poco. Al retomar el camino, ninguno de los dos dijo nada. Anduvimos unos metros hasta que Clara se detuvo entre los árboles. El silencio era espeso, lleno de lo que no se había dicho. Nos miramos. No hacía falta hablar.
Allí, ocultos entre los naranjos, nos buscamos con una urgencia contenida, casi nerviosa, como si la mirada de Luis aún nos persiguiera. Fue rápido, torpe incluso, impulsado más por la tensión que por el deseo en sí. Cuando todo terminó, Clara bajó los ojos, respirando hondo, como si acabara de cruzar una línea invisible.
Esa noche, en casa, apenas habló. Se duchó más tiempo de lo normal y se metió en la cama dándome la espalda. Pensé que, como otras veces, el silencio acabaría apagándolo todo. Pero no fue así.
La noté inquieta. Se movía despacio, midiendo cada gesto. En la oscuridad, sin mirarme, murmuró casi en un susurro:
—No debería haberme gustado…
No supe qué responder. El nombre de Luis no se dijo, pero estaba allí, flotando entre nosotros. Clara se giró por fin. En sus ojos no había vergüenza esta vez, sino algo nuevo… curiosidad. Y miedo.
—Hoy —añadió—, cuando nos miraba… sentí algo distinto.
Se quedó callada. Yo también. Afuera, el silencio del campo parecía escuchar.
Antes de dormirse, dejó una última frase suspendida en el aire:
—Mañana volveré a pasar por ese camino.
Y comprendí que el paseo entre naranjos no había sido un accidente, sino el comienzo.
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