Joven Otra Vez 1
A los 65 años, Lorena solo ve arrugas y dolor en el espejo. Pero una joven de belleza sobrenatural le ofrece algo imposible: recuperar la juventud perdida. El precio no es dinero, sino un beso que borra la conciencia y despierta un deseo olvidado.
Me miré en el espejo esa mañana, como todas las mañanas, y el reflejo me devolvió una versión de mí que odiaba. A los 65 años, las arrugas habían conquistado mi rostro, mi piel colgaba floja en lugares donde antes era tersa, y mi cuerpo... Dios, mi cuerpo parecía un mapa de batallas perdidas contra el tiempo, me sentía deprimida, invisible, como si la vida me hubiera robado algo que nunca podría recuperar.
Era lunes por la mañana, mi rutina semanal, el único momento en que me obligaba a moverme y fingir que aún tenía vitalidad, llegué al estudio de yoga un poco temprano, el aire fresco de la mañana me dio un leve consuelo. Extendí mi esterilla en el suelo, respiré profundo y traté de enfocarme en el presente, como siempre nos decían, la clase comenzó, y me perdí en los movimientos: perro boca abajo, loto, guerrero, intentaba ignorar el dolor en mis articulaciones en cada movimiento y entonces la vi. Entró tarde, con una gracia felina que hizo que todos volteáramos, era una joven de 20 y tantos años, de una belleza sobrenatural: cabello largo y oscuro que caía como una cascada, ojos profundos y brillantes, y sobre todo un cuerpo perfecto, curvilíneo y atlético. Llevaba ropa de yoga ajustada que acentuaba cada línea de su figura. Me quedé mirándola, hipnotizada, sintiendo un tirón inexplicable hacia ella, como si su presencia me envolviera en un hechizo. Me obligué a apartar la vista, concentrándome en mi respiración, pero mi mente volvía a ella una y otra vez.
Al final de la clase, mientras recogía mis cosas, noté que se acercaba, su sonrisa era cálida, casi compasiva, y sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me dejó sin aliento.
— ¿Estás bien? — me preguntó con una voz suave, como un susurro. — Pareces afligida.
No sé por qué, pero algo en ella me hizo abrirme. Tal vez era esa atracción confusa, o quizás solo necesitaba desahogarme.
— Es solo... el tiempo — murmuré. — Me miro en el espejo y veo a una vieja. He envejecido tanto, mi cuerpo ya no es el que era. Me siento fea, cansada, como si todo lo bonito se hubiera ido para siempre.
Ella ladeó la cabeza, su expresión no era de lástima, sino de comprensión profunda, se acercó un poco más, su perfume sutil, de flores exóticas, me envolvió.
— Lorena — Dijo. Me sorprendió que supiera mi nombre, aunque quizás lo había oído de la instructora. — ¿Y si te dijera que puedo ayudarte? No solo a recuperar tu juventud, sino a darte algo más, una belleza mayor de la que jamás soñaste.
Mis ojos se abrieron como platos. ¿Cómo sabía eso? En mi juventud, había fantaseado con un cuerpo voluptuoso y seductor; pero la vida real me había dado algo más modesto, a los 65 años esas palabras parecían una broma cruel.
— ¿Qué... qué estás diciendo?", balbuceé, mi corazón latía con fuerza.
Ella tomó mi mano, su piel era suave y cálida, pero a pesar de ello sentí un escalofrío por mi espina, como si hubiera tocado un tempano de hielo.
— Ven conmigo. — susurró. —Te lo mostraré, solo di sí.
En ese momento no pensé en lo imposible que era aquello, solo escuche una promesa de renacimiento, y esa extraña, hermosa mujer que me hacía sentir tan extraña y confundida. Asentí, y el mundo a mi alrededor pareció desdibujarse. La seguí fuera del estudio de yoga como en un sueño, sin cuestionar nada, su mano aún sostenía la mía con una calidez que me hacía temblar por dentro.
Caminábamos por la calle principal, el sol de media mañana iluminando todo, y no podía evitar notar cómo la gente la miraba, hombres que se detenían en seco, mujeres que volvían la cabeza con una mezcla de envidia y admiración, ella parecía no darse cuenta, o tal vez estaba acostumbrada; caminaba con esa gracia natural, como si el mundo girara a su alrededor. Entramos en una boutique de ropa interior que nunca había visto antes, aunque estaba a solo unas cuadras del estudio, era un lugar elegante, con luces tenues y música suave. Ella empezó a elegir prendas con seguridad: conjuntos de encaje negro, rojo intenso, blanco translúcido, sujetadores con push-up exagerado, tangas diminutas.
— Ven — me dijo con una sonrisa juguetona.
Me llevó al probador más grande, cerró la cortina y, sin ningún pudor, comenzó a desnudarse delante de mí, me quedé paralizada, con las mejillas ardiendo. Nunca había visto un cuerpo así tan de cerca: piel perfecta, sin una sola marca, senos grandes y firmes, pezones pequeños y puntiagudos, cintura imposiblemente estrecha, caderas anchas, un trasero redondo y un pubis depilado perfectamente.
Se probó el primer conjunto, era negro; el encaje se adhería a ella como si hubiera sido hecho a medida, giró lentamente, mirándose en el espejo, y luego me miró a mí.
— ¿Te gusta? preguntó sonriendo.
Yo solo pude asentir, confundida, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que lo oiría.
Se comenzo a probar diferentes conjuntos. mientras hablábamos de tonterías, de telas, de colores, pero mis ojos no podían apartarse de ella, sentía calor en el rostro, en el pecho, y en… otros lugares. De pronto, su expresión cambió, se acercó un paso, el probador se sintió diminuto.
— ¿Qué estás dispuesta a darme a cambio de esa juventud, Lorena? — preguntó, ahora su voz era más profunda, ronca, casi como un rugido.
El miedo me golpeó como un balde de agua fría.
— ¿Dar? Yo... yo no tengo mucho dinero, y... no soy…— Balbuceé, quería decirle que no soy lesbiana. — No pretendo darte nada... sexual.
Retrocedí hasta tocar la pared del probador, buscando la cortina para salir, pero ella fue más rápida, su mano se posó en mi hombro, deteniéndome con una fuerza suave pero implacable.
— No tienes que tener miedo — susurró, y antes de que pudiera protestar, sus labios encontraron los míos.
Fue como si un rayo me atravesara, un calor inmediato, abrasador, se extendió desde mi boca hasta la punta de los pies. Nunca, ni siquiera en mis años jóvenes con mi esposo, había sentido algo así: una excitación tan intensa, tan absoluta, que borró todo pensamiento. Mis manos subieron solas a su cintura, mis labios respondieron sin permiso, me perdí en ese beso, en su sabor dulce y extraño, en el roce de su cuerpo casi desnudo contra el mío. El mundo desapareció, y entonces... nada.
Desperté en mi cama, con la luz del sol filtrándose por las persianas, parpadeé confundida, el reloj marcaba martes por la mañana ¿martes? Pero si ayer fue la clase de yoga ¿Me habría agotado tanto que llegué a casa y dormí toda la tarde y la noche? Mi cabeza estaba embotada, como después de un sueño demasiado vívido, me incorporé lentamente y algo no encajaba. Mi cuerpo no dolía, ni la espalda, ni las rodillas, ni ese peso constante en los hombros que llevaba años acompañándome, me sentía ligera, casi flotando, al apoyar los pies en el suelo noté que llegaban más lejos de lo normal, parecía... más alta. Corrí al baño, tropecé un poco, me movía con gran agilidad, me planté frente al espejo y lo que vi me dejó sin aliento: Era yo, pero no la yo de 65 años, era la Lorena de 25, la que recordaba de fotos antiguas, solo que... mejor, mucho mejor. El rostro perfecto: pómulos altos, labios llenos, ojos grandes y brillantes, piel tersa y luminosa. El cabello rubio, espeso y brillante cayendo en ondas. Y el cuerpo... Dios mío, los senos grandes y firmes, la cintura estrecha que siempre envidié, las caderas anchas, el trasero redondo y levantado. Era exactamente el cuerpo que había soñado toda mi vida, pero ahora parecía… real.
Toque el espejo con dedos temblorosos, toqué mi propio rostro, mis brazos largos y firmes, si era más alta, no era mi imaginación, estire mis brazos y alcance partes que antes necesitaba de un banquito para alcanzar. Me quedé allí, muda, mirando a esa mujer imposible que me devolvía la mirada ¿Cómo? ¿Qué había pasado en ese probador? Recordaba el beso, el calor, y luego... oscuridad.
Tenía los ojos llenos de lágrimas, de pura incredulidad y alegría. Era yo, era realmente yo, pero como si el tiempo hubiera retrocedido cuarenta años, y de paso, hubiera decidido regalarme todo lo que siempre quise.
Con manos temblorosas, me quité el camisón viejo, ese de algodón gastado, largo y sin gracia que había usado noche tras noche durante los últimos años, cayó al suelo como si perteneciera a otra persona, a la Lorena que ya no existía. Desnuda por completo, me miré de nuevo: los pezones rosados, erectos, apuntando hacia arriba como si fueran de piedra, los senos grandes, firmes, redondos, perfectos, bajé la vista, el estómago plano, sin una sola marca de estiramiento ni de los embarazos que tuve, solo una suave firmeza natural. Más abajo, mi sexo… rosado, terso, casi como el de una virgen, debajo de bello púbico rubio que parecía exacto, ni mucho, ni poco, la cantidad exacta que esperaba ver, las piernas largas, las caderas anchas, el trasero redondo, voluminoso, firme, fantástico.
No sé cuánto tiempo pasé tocándome, mis dedos recorrieron cada centímetro como si necesitaran confirmar que era real, desde el cabello espeso y sedoso, hasta los dedos de los pies. Cada roce me provocaba escalofríos de emoción y asombro.
De repente, una risa burbujeó en mi garganta y salté, literalmente salté, como una niña, mis pies se despegaron del suelo con una facilidad que me dejó boquiabierta, corrí al dormitorio, todavía desnuda, y me lancé sobre la cama, reboté, reí a carcajadas, rodé de un lado a otro, me levanté de un brinco y empecé a correr por la casa, del dormitorio al salón, de la cocina al pasillo, saltando, girando, sintiendo el aire en la piel desnuda, el balanceo de mis senos enormes, el movimiento libre de mis caderas, me paré frente al espejo del pasillo y me admiré otra vez, frente al del armario y en cuanto lugar pude, en cada reflejo encontraba algo nuevo que amar: la forma en que mi cabello se movía, la curva de mi espalda, la longitud de mis piernas. Intenté algo que siempre había visto en películas y nunca pude hacer: una vuelta de carro, me agaché, puse las manos en el suelo del salón y… ¡lo logré! Mi cuerpo giró en el aire con una agilidad imposible, aterricé de pie y solté un grito de victoria, me tapé la boca, riendo, incrédula ¡Yo! ¡Lorena! haciendo acrobacias desnuda.
Me tiré al sofá, todavía jadeando de emoción, y empecé a soñar despierta. El precio… en algún rincón de mi mente, sabía que había un precio; pero en ese momento, tumbada desnuda en el sofá, con el sol entrando por la ventana y acariciando mi piel nueva, no me importaba. Lo que fuera que hubiera dado, valía la pena, por primera vez en décadas, me sentía viva, completa y gloriosamente viva.
Y el día apenas comenzaba.
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