Compañeros 2
Llevaban años mirándose en silencio. Ahora, con el divorcio como único obstáculo pendiente, Daniel y Nuria deciden que la espera ha terminado. Esta vez no hay barreras que frenar el deseo, solo la urgencia de consumar lo que siempre sintieron.
Segunda parte de esta historia: “Compañeros”. La espera ha sido un poco larga, agradezco la paciencia que habéis tenido y sólo deseo que la misma haya merecido la pena.
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- Hola Daniel. Deberíamos vernos.
Este es el escueto mensaje que ha llegado al teléfono móvil de Daniel. Su autora es Nuria. No han vuelto a hablar desde el día en el que, tras encontrarse por sorpresa en un curso de formación, ambos decidieron romper todas las barreras y acostarse juntos. Follaron y se recrearon el uno con el cuerpo del otro, hasta terminar exhaustos y plenamente satisfechos.
Ambos se despidieron aquella tarde con un largo y sensual beso, pero desde entonces no han vuelto a hablar, y ya ha pasado más de una semana.
Nuria está divorciada desde hace apenas tres años. Nada la impide ponerse el mundo por montera y follarse a quién la plazca, aunque nunca ha sido de ese tipo de mujeres a las que les gusta follar únicamente para satisfacer el placer carnal. Con Daniel lo hizo porque siempre se ha sentido atraída por él, siempre le ha admirado profundamente, y porque, desde que él se marchó a trabajar a otro lugar, siempre le ha echado de menos.
En cambio, Daniel está casado. Está inmerso en un matrimonio que, a duras penas, se mantiene en pie. También a él Nuria le ha gustado desde siempre, desde el primer día en que la vio, cuando no pudo evitar dejarse embaucar por el hipnótico bamboleo del redondo y ligeramente respingón culo de la que sería compañera de trabajo durante casi 17 años.
Y ahora que todas las barreras han caído, Daniel se haya ante una encrucijada, intentando hallar la respuesta adecuada a sus preguntas.
- Hola Nuria. Me parece bien. Dime cuándo y dónde te viene bien.
Es la respuesta que Daniel ha enviado a Nuria. Corta, pero clara. Él también quiere hablar con ella, quiere verla. Necesita hacerlo.
Con un rápido intercambio de mensajes la pareja queda en verse al día siguiente, después del trabajo de ambos, en una cafetería elegante del centro de Madrid.
Daniel elige cuidadosamente la ropa para esa cita. No se la plantea como una cita romántica, no deberían acabar de nuevo follando, pero algo en su interior le lleva a vestirse del modo más atractivo posible. Para ello lo hace con el pantalón que mejor le sienta, de color gris oscuro, una camisa de fondo blanco, jalonada con pequeños motivos de diversas formas geométricas, también en el mismo tono de color que el pantalón, bajo el cual lleva su bóxer más nuevo y ajustado, de color negro con la cintura de color rojo. Limpia los zapatos concienzudamente. Un hombre que se precie siempre debe de llevar los zapatos limpios, es algo que aprendió hace muchos años.
Por su parte, esa mañana Nuria también ha pasado un buen rato frente al armario, antes de vestirse. Finalmente se ha decidido por un pantalón de cuero negro, en el que su culo resalta especialmente. En la parte superior una blusa de color rojo, convenientemente desabotonada para ofrecer la mejor perspectiva posible de su generoso pecho. La ropa interior la componen un conjunto de sujetador y tanga, ambos de color negro, con un lazo rojo de adorno cada uno de ellos. Sobre la ropa lleva un abrigo que oculta la sensualidad de su cuerpo. Una vez vestida se sube sobre sus zapatos negros favoritos. Unos lo suficientemente cómodos como para aguantarlos durante todo el día sin problemas, pero medianamente altos y elegantes, que estilizan adecuadamente sus piernas enfundadas en el sensual cuero negro.
La mañana transcurre despacio, terriblemente lenta. Ambos han comprobado la hora más veces de las habituales, pareciendo querer empujar las agujas del reloj con su mirada. Hasta que, el final de la jornada laboral de cada uno de ellos acaba llegando. Nuria se dirige hacia la cafetería en la que ha quedado con Daniel utilizando un taxi. No quiere demorar el momento del encuentro utilizando el metro que, a esas horas, además estará atestado de viajeros. Por su parte, Daniel conduce su coche hasta un parking cercano a la cafetería en la que ha quedado con su antigua compañera. Hace muchos años que dejó de utilizar el transporte público, y mucho menos quiere hacerlo hoy, antes de su cita con Nuria. Los nervios y el exceso de viajeros pueden hacerle sudar, y eso es lo último que desea.
El primero en llegar es Daniel. Echa una ojeada al interior del establecimiento y comprueba que Nuria no ha llegado aún. No se retrasará, Nuria es una mujer muy puntual. Decide esperarla en la puerta. Corre una ligera brisa, aún fresca gracias a las intensas lluvias de los últimos días. Apenas 5 minutos después, un taxi se detiene frente a la puerta de la cafetería, y de él se baja Nuria, tan preciosa y atractiva como siempre, con lo que Daniel “sufre” una pequeña subida de tensión.
Los dos maduros se abrazan y se dan un par de suaves besos en las mejillas antes de introducirse en el interior del local. Se acomodan en una mesa tranquila y algo distante de la puerta. Daniel ayuda a su excompañera a quitarse el abrigo y a sentarse, acercándole la silla. No puede evitar recorrer el sinuoso cuerpo de la mujer con su mirada, como tantas otras veces ha hecho, aunque esta vez lo hace conociendo perfectamente la tersura de su piel, la forma de sus pechos, el poder de sus caderas, la humedad de sus orificios…
Ojean la carta de cafés y dulces, intercalando alguna frase y comentario sin la mayor trascendencia. Nuria alterna el objeto de sus miradas entre la carta de la cafetería y el rostro de Daniel. Está guapo. Para ella siempre lo ha estado. Aunque de su mirada no podría decirse que sea la de un hombre feliz. Su mirada es sincera, demasiado sincera como para poder ocultar que está preocupado por algo, y ella cree saber por qué.
- ¿Estás bien, Daniel? -pregunta ella.
- Sí, estoy bien. Bueno, eso creo -responde el hombre.
- Pue si sólo lo crees, es porque muy bien no estás. ¿Estás arrepentido de… bueno de lo que sucedió el otro día? -continúa preguntando Nuria.
- No, no estoy arrepentido. De eso sí estoy seguro -responde el hombre de forma clara y rápida, mirando con sus profundos ojos a la mujer.
- Entonces ¿qué te ocurre? -vuelve a preguntar Nuria, sinceramente interesada por el estado del hombre.
- Sabes que mi matrimonio con Lucía no es precisamente idílico. Muchas veces me has oído discutir con ella por teléfono, y he hecho comentarios que te harán tener una idea de cuál es nuestra situación. Y ahora, después de lo que nos ocurrió la semana pasada…, no quiero dar un paso en falso. Quiero estar contigo, Nuria, si tú quieres. Y para ello, tengo que dejar a Lucía, voy a pedirle el divorcio -se sincera el hombre.
- Pues adelante, hazlo. ¿Qué te lo impide? -pregunta de nuevo Nuria.
- Nada, no me lo impide nada, pero necesitaba decírtelo antes a ti, saber cuál es tu opinión.
- Mi opinión es que debes hacer lo que tu corazón te dicte. Si no la amas, tienes que dejarla, dejar de vivir en ese permanente engaño en el que vivís. ¿Qué más da con quién te acuestes, si lo que no quieres es compartir nada con ella? No vincules tu divorcio con lo que tú y yo podamos vivir. A mí también me gustó mucho lo que nos sucedió el otro día. Y ojalá que vuelva a suceder, una y mil veces más. Pero yo no puedo retenerte, ni forzarte a nada. Eres tú, y sólo tú, quién tiene que tomar las decisiones que afectan a tu matrimonio y a tu vida -explica Nuria, más segura de sí misma de lo que ella misma imaginaba.
- Siempre dices lo que necesito escuchar para sentirme mejor -se sinceró Daniel, que estira una de sus manos hasta rozar la de su amante.
- Digo lo que siento, Daniel. Lo que me descoloca de todo esto que me acabas de decir es que, si yo no te hubiese escrito ayer, ¿habríamos hablado? -inquiere Nuria.
- Tenía miedo de que no quisieras verme. De que todo hubiera sucedido por un simple un calentón, con la única intención de pasar un buen rato con un viejo amigo, y poco más -responde el hombre.
- Pues no es así. Siempre me he sentido atraída por ti, Dani. Nunca antes pasó nada entre los dos, no por falta de ganas, si no por la situación de ambos. Pero el otro día…, bueno, el otro día no me lo pensé más. Nos volvimos a encontrar por casualidad, cuando hacía demasiado tiempo ya que no sabíamos nada el uno del otro, y no estaba dispuesta a desaprovechar esta nueva oportunidad, que quizá fuera la última entre nosotros. Ya no tengo edad para dejar pasar trenes de largo -sentencia Nuria, siendo ahora ella quién acaricia una de las manos de su querido compañero.
Por un momento el silencio vuelve a reinar entre los dos, sólo roto por la joven camarera que se acerca para atenderles.
- Buenas tardes pareja, ¿saben ya que van a tomar? -pregunta de forma jovial la chica.
Nuria pide un café bombón y una porción de tarta de queso. Por su parte, Daniel se decanta por un capuccino y una tarta de chocolate con helado de nata.
- Somos los dos un poco golosos -dice Daniel, esbozando una cálida sonrisa.
- Sí, al menos yo sí que lo soy -responde Nuria-. ¿Te has dado cuenta de cómo se ha referido a nosotros la camarera? Nos ha llamado pareja -añade la mujer.
- Sí, me he dado cuenta. ¿Acaso no lo somos? Somos dos, ese es el requisito para ser pareja -responde Daniel.
- Si, claro, eso ya lo sé. Pero ya me entiendes por dónde voy -explica Nuria.
- También en ese sentido somos una pareja. Somos un hombre y una mujer. Dos adultos que se han vuelto a encontrar y que no quieren dejar desaprovechar el regalo que la vida les ha hecho -añade el hombre.
- ¿Sabes una cosa? -pregunta de nuevo la mujer.
- No, no la sé. Pero estoy seguro de que tú me la vas a enseñar -responde de nuevo Daniel, cada vez más risueño y desenfadado.
- Jajajaja. Empiezas a estar gracioso, en tu estado natural. La cosa es que hablas muy bien, siempre te lo he dicho. Pero además, el otro día comprobé que también sabes dar placer con el mismo nivel de maestría -remata Nuria, terminando la frase con la punta de su lengua relamiéndose el labio inferior de su boca.
En ese momento la camarera les sirve lo que han pedido, momento que Daniel aprovecha para invitar a Nuria, pagando él la cuenta de lo que van a consumir.
- ¿De verdad te gustó tanto? -pregunta el hombre
- Me fascinó como no te imaginas. Todos los días… lo recuerdo, ya me entiendes lo que quiero decirte -añade la mujer, acompañando a su respuesta con la más provocadora de sus miradas.
- Yo también lo recuerdo a diario, del mismo modo en que tú lo haces -responde Daniel, sabedor de que la tarde discurre por el mejor de lo caminos.
La pareja devora los dulces que les han servido, observando el modo en que el otro lo hace, observando los movimientos de los labios y de la boca en su conjunto, apreciando la manera en el que las lenguas salen de su escondite para relamer los restos del bocado que impregnan sus labios, sintiendo como el deseo y el calor se incrementan en paralelo.
- Te necesito, Nuria. Te necesito de un modo total y absoluto -dice por fin Daniel.
- Yo también te necesito, Dani. Te deseo con todas mis fuerzas, te deseo como nunca había deseado a un hombre. Te quiero dentro de mí -añade Nuria.
Ambos apuran sus cafés y, sin terminar de comer las porciones de dulce, se levantan sin decir una palabra más. Abandonan el local cogidos de la mano.
- ¿Hacia dónde vamos? -pregunta Daniel.
- A mi casa. No vamos a necesitar más hoteles -responde Nuria.
- ¿Y tú hijo? -pregunta Daniel, más por curiosidad que por preocupación.
- Está fuera de Madrid, no volverá hasta dentro de dos días -responde Nuria.
Daniel y Nuria se encaminan decididos hacia el parking en el que él ha estacionado su vehículo. Lo hacen con los cuerpos tan pegados que se rozan constantemente al caminar, cogidos de la mano, y besándose en los dos semáforos en los que deben esperar para cruzar las calles. Lo hacen con la pasión y la entrega con la que lo hacen dos cuerpos decididos y ardientes. Lo hacen ante la mirada atónita de los espectadores involuntarios y anónimos que no pueden evitar fijarse en aquella pareja de maduros, cuyo comportamiento se asemeja más al de dos adolescentes en plena efervescencia hormonal que al que se espera de dos personas adultas de su edad.
Nuria se embriaga del aroma de la piel de su amante. Es una mezcla perfecta y arrebatadora formada por el olor del perfume que utiliza junto con el aroma de la piel del hombre. Mientras tanto, él se deja llevar por una sucesión de sensaciones de placer, que le llevan a volar por encima de las nubes cada vez que siente la lengua de Nuria navegando en su boca, enredándose con su propia lengua, antes de que ésta se interne en la boca de la mujer, cuyo pecho sube y baja con fuerza, gracias a la aceleración en su respiración, haciendo que los pechos de la mujer presionen cada vez con más fuerza sobre su pecho.
Por fin llegan al parking. Daniel paga el importe reflejado en el cajero, y ambos se dirigen hasta su vehículo. Una vez dentro de él, y antes de poner el motor en marcha, vuelven a devorarse, esta vez Daniel no puede evitar, al encontrarse de nuevo Nuria sin abrigo, introducir una de sus manos bajo el pronunciado escote de la mujer, acariciando primero, y presionando con fuerza después, las tetas de la mujer, hasta sentir como sus gruesos y duros pezones se clavan en palma de su mano a través del sujetador. Un gemido de placer, y de desesperado deseo, emerge de la boca de Nuria cuando Daniel separa, apenas unos centímetros, su boca de la suya, a la vez que una potente erección hace emerger su verga bajo el pantalón.
- Vamos, cariño. Vámonos ya -implora Nuria.
- Sí, cielo, vamos -responde el hombre, a la vez que pone en marcha el motor.
El tráfico es bastante fluido a esta hora de la tarde, por lo que en apenas 20 minutos la pareja llega hasta el barrio en el que vive Nuria. Daniel no sabe exactamente cuál es la casa de su acompañante. Se trata de una vivienda unifamiliar adosada. Una de tantas viviendas, todas iguales, en un barrio anodino a las afueras de Madrid. Nuria le indica cómo llegar hasta su domicilio. Cuando, por fin llegan, aparcan frente a la puerta de la vivienda, descienden del vehículo y se internan rápidamente en la casa. Los dos están ansiosos por llegar.
Apenas han logrado cruzar el umbral de la puerta, cuando Nuria se cuelga del cuello de su amante, introduciéndole la lengua en la boca que, juguetona y hambrienta, busca y rebusca en su interior, rozando y enrollándose con la lengua de Daniel, al que a duras penas le deja espacio para respirar.
A la vez, una de las manos de Nuria está descendiendo hasta la bragueta del hombre, la abre con habilidad, palpando la hinchazón y el calor que el pollón de Daniel está alcanzando. Mientras que el hombre se aferra con fuerza al culazo de su recuperada diva, el cual masajea y amasa, empujándola poco a poco hasta hacerla apoyar la espalda contra la pared más próxima.
Después de morder con saña el cuello y el escote de su amante, provocando un gemido de placer y desbordando el deseo en la mujer, Daniel la hace girar sobre sí misma, pudiendo contemplar así el hermoso espectáculo que su maravilloso culo, enfundado y comprimido por el pantalón, le ofrece, no pudiendo resistir la tentación de azotarlo, lo que hace de forma reiterada, provocando el ardor en la piel de las nalgas de la mujer, quién arquea su cuerpo por la cintura para ofrecer así el espléndido objeto de deseo que es su culo.
Daniel pega de nuevo su boca al cuello de la mujer. Lo besa, lo lame, y lo acaricia con su lengua, a la vez que su cuerpo presiona sobre el de Nuria. Su verga, cada vez más dura y caliente, choca con el culo de la hembra, dónde se restriega con fuerza, haciéndose sentir de forma clara y contundente, a pesar de que ambos continúan vestidos.
Pero la ropa estorba. Es Nuria quién primero comienza a desabrochar su blusa. Lo hace con ansiedad, con prisa, incluso de forma algo torpe presa del deseo. Pronto Daniel la acompaña, desabrochando los botones de su propia camisa. Cuando Nuria termina de despojarse de su blusa, y cuando Daniel está a punto de hacer lo mismo con su camisa, la mujer alarga una de sus manos para tratar de ayudar a su amante a deshacerse del pantalón. No es fácil, pero con el intento palpa el considerable bulto que el macho tiene entre las piernas. El bulto duro y caliente que ella desea sentir dentro de su cuerpo.
Pronto, entre los dos, logran deshacerse mutuamente, y casi a la vez, de sus pantalones, de los que acaban por despojarse para quedar los dos sólo vestidos con la ropa interior. La de él apenas puede contener la erección que esconde. La de ella está impregnada de los primeros fluidos que afloran hasta el exterior de su enloquecida almeja.
Un nuevo azote del hombre dibuja de forma perfecta la silueta de su mano sobre la nalga derecha de la mujer, la cual percibe esos gestos no como algo violento y desagradable, si no como la señal inequívoca de que está con el macho adecuado. Cuando Daniel repite el azote, esta vez con la mano izquierda, un gemido de placer distorsiona el silencio de la casa, empapando aún más el ya mojado tanga.
- Me vas a volver loca. Ya lo estaba por ti, desde hace mucho. Y ahora lo voy a estar más, contigo -acierta a decir Nuria, entre suspiros y jadeos.
- Bendita locura la nuestra -responde Daniel.
Un instante después, el hombre se arrodilla detrás del culo de la mujer. Acaricia sus nalgas, se deja cautivar por sus curvas, por sus formas, por el aroma a hembra cachonda y caliente que le llenan los pulmones a través de la nariz. Desliza una de sus manos bajo la perfecta forma del culo de su hembra, para palpar con ella la hendidura de su coño. Una raja tan perfecta y suculenta como siempre la había imaginado. Tan mojada y ardiente como empalmado está él.
Sin dejar de acariciar el coño de la mujer por encima del tanga, Daniel comienza a besar sus nalgas. Lo hace con multitud de pequeños besos, delicados y dulces, que contrastan con la rudeza de los azotes iniciales, cuya prueba aún es visible, y que aún siente Nuria en forma de ardiente recuerdo.
Apenas un minuto después, Daniel está quitándole el tanga, lo desliza por las piernas de la mujer, que se deja hacer, ansiosa por alcanzar el placer pleno con el cuerpo de su amante. Mientras Daniel se lleva el tanga empapado y caliente hasta su boca y su nariz, Nuria se deshace del sujetador, liberando así sus grandes tetas y sus erectos pezones, a los que pronto comienza a masajear y estimular con sus propios dedos.
Mientras tanto, una vez embriagado con los efluvios que desprende el tanga de Nuria, Daniel hunde su boca entre las nalgas de la mujer, lamiendo su ano con devoción, con absoluta y renacida devoción.
Hunde la lengua entre los pliegues del ano, saboreando su culo, llenando a la vez sus dedos con el néctar del cuerpo de su amante, deslizándolos dentro de su vagina, despacio, hasta lo más profundo, antes de sacarlos cargados con los mágicos fluidos de la mujer, los cuales lleva despacio hasta alcanzar la entrada de su ano, dónde los distribuye con la lengua, mezclados con su propia saliva, introduciéndolos dentro del culo de la hembra.
Nuria no puede parar de gemir y de retorcer su cuerpo ante tal catarata de estímulos. Mientras lo hace, Daniel le está introduciendo uno de sus dedos en su ya encharcado culo. Lo hace despacio, sin prisa, pero sin que nada indique que va a dejar de hacerlo. El dedo entra y sale con relativa facilidad. El ano está dilatado y empapado, mientras que la mujer trata de ofrecer la mejor entrada posible a su cuerpo doblando su cintura.
Daniel ya probó hace una semana la miel del más oscuro y recóndito rincón del cuerpo de su amante. Pero quiere más. Quiere recuperar el tiempo perdido durante tantos años. Quiere volver a experimentar lo que tantas veces soñó y sólo una vez ha tenido. Han sido tantas y tantas las veces que se ha masturbado soñando con el culo de esa mujer. Han sido varias la ocasiones, en el trabajo, durante alguno de esos días en los que Nuria vestía de forma especialmente atractiva, resaltado aún más esa parte de su cuerpo que para Daniel es un monumento, en las que se tuvo que refugiar en el baño para masturbarse a gusto. Para correrse gozando de un sueño que ahora está a su alcance, que es realidad.
El macho abre aún más la entrada trasera del cuerpo de la hembra. Y lo hace con la intención de introducir un nuevo dedo. Un segundo dedo que ensancha aún más el que será el dulce camino por el que, en pocos minutos, se adentrará su mástil, dejando claro así de nuevo que, aquel territorio, le pertenece por derecho de conquista.
Los dos dedos entran y salen con fluidez. Cada vez lo hacen de un modo más sereno y rápido, introduciéndose hasta lo más profundo del culo de Nuria, saliendo de nuevo por completo, para volver a ensartarse en el cálido y húmedo agujero de la mujer.
Apenas un par de minutos después, Daniel se incorpora, se pone de pie tras extraer los dedos de su madriguera. Tras hacerlo vuelve a empujar con su cuerpo el de la hembra, presionándola contra la pared, haciéndola gemir de nuevo al sentir la presencia ruda e irresistible de su poderosa erección tras ella.
De inmediato, y mientras tira del pelo de la mujer hacia atrás, para besar su boca abierta, coloca la punta de su verga, tan dura y ardiente como un yunque, en la entrada del orificio trasero de la hembra, haciéndola gritar, de placer y de dolor, al introducir, con una certera embestida, buena parte del capullo en el deseoso y deseado ano.
Daniel no es especialmente cuidadoso, está embistiendo una y otra vez hasta lograr enterrar todo su estoque en el culo de Nuria quien, lejos de quejarse por el dolor producido, desea con más fuerza que nunca que el rabo de su amante penetre en su cuerpo, que la reviente por dentro, y la lleve a un torbellino de placer desmedido.
La mujer aprovecha la posición que ocupa para, por un lado, doblar un poco su cintura, apoyando la frente en la pared y ofreciendo así un mejor ángulo de entrada a su ano y, por otro lado, comienza a masturbarse el coño y el clítoris, utilizando una de sus manos, que pronto se ve impregnada por sus fluidos, pegajosos y viscosos, que no dejan de asomar al exterior de su hambriento chocho.
- ¡Dios, Dani, me vas a volver loca! ¡No pares, por favor! -implora la mujer, sintiendo como el nabo de su amante perfora su cuerpo hasta lo más profundo.
Daniel, o Dani como cariñosamente le llama Nuria, no piensa parar. No puede hacerlo. Se ve arrastrado por el deseo, por la lujuria y por el placer. Es consciente que a ese culo se lo han follado muchas veces. Un culo así no pasa desapercibido para nadie. Nuria ha presumido muchas veces de que, antes de casarse, tuvo varios novios. Dani no puede imaginar que ninguno de ellos se sintiera atraído por el culo perfecto de aquella hembra. Y después, el que fue durante muchos años su marido, también tuvo que follarlo infinidad de veces. Nadie puede dejar de hacerlo teniendo semejante tentación. Pero no le importa nada ser otro más en la lista de los tíos que la han reventado el culo. Al contrario, le produce morbo, le excita tener la seguridad de que Nuria se ha dejado reventar su entrada trasera en muchas otras ocasiones. Tan modosita en público y tan zorra en privado. Es la mujer perfecta.
Las embestidas se suceden, cada vez con más intensidad y fuerza, la misma con la que Nuria estimula su clítoris y su coño. La misma con la que ambos amantes gimen y jadean, llevados a un éxtasis irreversible.
Por fin Daniel siente que sus huevos, hinchados y duros como pocas veces, están a punto de estallar, no puede aguantar mucho más sin vaciarlos, pero en el último instante decide hacerlo de otro modo. Saca su polla del oscuro agujerito de Nuria y, con un gesto de sus manos sobre los hombros de la mujer, hace que ésta gire sobre sí misma, hasta terminar arrodillada ante él.
Nuria contempla por apenas un segundo el formidable pollón de su amante y, sin apenas margen para abrir la boca, aquél se la introduce en la húmeda cavidad, hasta el fondo, hasta golpearle en la garganta.
El macho apenas tiene tiempo de embestir un par de veces más, mientras la hembra le masajea los gruesos y duros huevos con una mano y con la otra masturba su propio clítoris y chocho.
Todo se sucede a velocidad vertiginosa: Dani eyacula. Llena la boca de Nuria con su semen, lo hace a la vez que gruñe como un puto animal. Está vaciando sus huevos en la boca de la mujer. Casi a la vez, sin apenas poder respirar y con tres de sus dedos dentro del coño, Nuria estalla. Se corre salpicando con sus fluidos no sólo su mano, si no el suelo que tiene a escasos centímetros del coño. Su cara enrojece como un tomate maduro, quiere gritar y chillar, pero tiene la boca ocupada con la verga y la corrida del macho. Le tiemblan las piernas y se agarra con fuerza, con una de sus manos, al culo de su amante, de su macho, obligándole a que le regale hasta la última gota de leche.
Un minuto después, los dos están sentados, apoyadas sus espaldas en la pared, con los cuerpos sudorosos y ardientes. Nuria se lame los dedos y los labios con los ojos cerrados. Su boca tiene el sabor del rabo de Dani y de su corrida, el sabor de sus fluidos, el sabor de su propio culo impregnado en la polla del macho. Y todo ello, a pesar de ser sucio y poco convencional, la encanta, la entusiasma…, la excita.
- Perdóname -dice por fin Daniel.
- ¿Porqué he de perdonarte? -pregunta Nuria.
- Por haber dejado pasar tanto tiempo sin ser sincero contigo -responde él.
- No importa el tiempo pasado, sólo importa lo que está por venir -dice Nuria, acariciando con suavidad el escroto y la verga del hombre, que comienza a estar flácida tras la corrida, pero igual de deseable para ella-. Ven, quiero enseñarte el resto de la casa -añade la mujer.
Nuria se pone en pie y, tras ella, lo hace Daniel, cogido de la mano. La mujer se encamina hasta la cercana escalera, llevando tras a ella a su macho. Suben despacio hasta la planta superior. Daniel sigue hipnotizado con el bamboleo del culo de Nuria, acentuado al subir cadenciosamente cada uno de los peldaños. Ninguno se preocupa por la ropa que han abandonado en el suelo. Nuria aún mantiene puestos los zapatos. El resto sobra.
Al llegar a la planta superior, la mujer abre una puerta a la derecha de la escalera. Es el dormitorio principal, presidido por una enorme cama, mucho más grande que la que Daniel tiene en su casa. Éste se detiene poco después de cruzar el umbral de la puerta. Observa como Nuria, convertida en la más caliente de las gatas, sube a la cama por la parte de los pies y, a cuatro patas, la cruza hasta colocarse en ella, echada boca arriba, con las piernas bien abiertas, ofreciendo el coño aún brillante por la reciente corrida.
- Ven amor. Te quiero conmigo -dice Nuria, acariciándose a la vez los duros pezones.
Daniel no responde. Simplemente camina hasta llegar a su altura. Se inclina sobre la cama y llena su boca con uno de los pezones. Es enorme, grueso y durísimo. Lo lame despacio, suavemente, envolviéndolo con la lengua, dándole golpecitos con su punta antes de succionarlo y morderlo con los labios, tirando de él, provocando en la hembra un profundo gemido de placer.
El duro pezón pronto se muestra aún más duro y grueso. Daniel repite el gesto con el otro, para lo que se coloca de rodillas sobre la amplia cama, junto al cuerpo de Nuria, quien aprovecha la cercanía del hombre para acariciarle los huevos y la polla. Lo hace al mismo ritmo que el macho le marca con la boca sobre sus pezones.
A continuación, Daniel desplaza una de sus manos por el vientre de la mujer, descendiendo en una larga y pausada caricia hasta alcanzar su coño, el cual está perfectamente depilado. Suave, cálido y húmedo pronto se convierte en el lugar favorito de sus dedos, los cuales entran y salen con presteza de su interior, provocando con ello una nueva oleada de fluidos y de gemidos.
Pronto, el tanteo inicial de los dedos del hombre en el coño de Nuria se convierte en una verdadera follada. Entran y salen a toda prisa, en grupo de tres, perforando la intimidad de la mujer hasta lo más profundo, barrenando con su ímpetu el chocho encharcado de la hembra, que gime sin descanso, ahogando de vez en cuando sus jadeos con la boca de su amante.
Las manos de Nuria se reparten entre sus propias tetas y la polla de su macho. La acaricia, la soba, la masajea y la recorre. Tan solo la abandona para dedicarle tiempo a sus huevos, sus duros y amplios huevos, tan calientes que le parecen quemar en la mano, y a la vez tan suaves que podría pasar toda la tarde acariciándolos con su propia cara.
Mientras tanto, Daniel continúa horadando el coño de su amada. Se ha convertido en un charco, en el que sus dedos, y a veces su puño, salpican y reparten sus fluidos por las sábanas y por su propio cuerpo cercano al de la mujer. De pronto, Daniel siente una necesidad imperiosa, una necesidad insalvable e invencible. Se abalanza sobre el coño de la mujer, encaja su cabeza entre las piernas de Nuria, y comienza a lamer con fruición el elixir de su chumino.
El macho restriega la lengua con ímpetu y constancia, a lo largo de la raja caliente y abierta de la mujer, saboreando sus fluidos, llenando su boca con ellos, haciendo chapotear su lengua en el interior viscoso de esa maravillosa y húmeda cueva.
Nuria, la hembra renacida, no puede hacer otra cosa que retorcer su cuerpo, que anhelar la lengua de su macho, que cerrar los ojos y dejarse llevar, arrastrada por un torbellino de sensaciones y de placer, que la hacen temblar de gusto, gritar con todas sus ganas, agarrar con fuerza la cabeza de su macho y empotrarla aún más contra su enloquecido coño.
La mujer ha doblado las rodillas, ha abierto aún más sus piernas, ofreciendo así la mejor perspectiva y ángulo de su chocho hambriento. Levanta el culo de la cama, presionando con su almeja la boca devoradora de su amante. Ha agarrado con fuerza la cabeza de Daniel, ni siquiera es capaz de medir la presión que hace sobre él, sólo lo desea, implorándole que no deje de comerle el coño, de vaciarla de fluidos y de gritos.
Y él lo hace. Jamás se sintió mejor obedeciendo a una mujer. Devora su coño, lo folla con la lengua, con los dedos, con la barbilla. No deja de presionarlo, de lamerlo, de succionarlo, de jugar con su lengua sobre el clítoris encendido y endurecido de la mujer, al que muerde con sus labios, tirando de él con energía y determinación, mientras sus dedos vuelven a invadir el coño de Nuria.
Y por fin ocurre. Por fin, entre gritos exaltados, temblores de piernas y convulsiones incontrolables de su cuerpo, Nuria se corre. Se corre como apenas recuerda haber hecho nunca. Se corre derramándose por el coño y por la boca. Se corre vaciando su cuerpo por completo, sintiéndose explotar, llevar a otro lugar, flotar y viajar entre nubes y torbellinos.
La hembra se está corriendo gritando el nombre de su amante, de Daniel. Empujando con su cuerpo contra la boca del hombre, y tirando aún con más fuerza de su cabeza hacia su coño. Durante varios segundos más, el macho continúa lamiéndole el coño, devorándole el clítoris, lamiendo sus fluidos. Hasta que, poco a poco, el ritmo del hombre va disminuyendo, a la vez que lo hace la agitación de la mujer que, casi sin fuerzas, apenas puede reclamarle un beso a su amante.
Daniel se echa junto a Nuria, piel con piel, en la cama deshecha, junto a su cuerpo deshecho. Y la besa. La besa con pasión, con ternura, con mimo, con admiración y con devoción. Acaricia a la vez su cuerpo. Su piel arde, sudorosa y pegajosa, después de los embates del placer.
Unos minutos después, por fin el cuerpo de Nuria se ha relajado. Ya vuelve a respirar con normalidad, su pecho sube y baja de forma cadenciosa con cada inspiración, en la que sus pulmones se llenan con el aroma del placer y del deseo que llenan el aire del dormitorio.
- ¿Cómo está mi amiga? – pasado un tiempo pregunta la mujer, acariciando con ternura la polla de Daniel, completamente flácida.
- Está…, encantada de haberte conocido -responde el hombre, intuyendo lo que se avecina.
- Yo sí que estoy encanta de haberos conocido a los dos -replica Nuria, antes de besar de nuevo la boca de su amante, y de incorporarse sobre la cama.
Nuria acaricia la piel del torso de Daniel con la punta de su lengua. Juega con ella en los pezones masculinos, provocando un suave gemido de placer en el hombre que se deja llevar, ahora él, arrastrado por el deseo.
Nuria sigue con su juego, acaricia la polla y los huevos de su amante, los sostiene en la mano, sopesándolos, admirándolos y deleitándose en su contemplación, mientras que con su lengua y con sus labios recorre cada poro de la piel del hombre que se encuentra entre sus pezones y su verga.
El recorrido es lento, tan lento como placentero. Daniel cierra los ojos, disfrutando de cada instante. Tan sólo se permite alargar una de sus manos para acariciar la espalda desnuda de Nuria, tersa, caliente y suave.
Por fin la boca de la mujer llega a su objetivo: la verga de su macho. Gracias a sus últimas caricias, el cipote ha dejado atrás su extrema flacidez, ofreciéndose ahora a medio camino entre aquella situación y una verdadera erección. Esa situación a Nuria la apasiona. Abre su boca y se introduce el pito del hombre en ella, lo engulle por completo, deslizando suavemente los labios por el carnoso tronco hasta acabar succionándole la punta con un sonoro movimiento.
Y vuelta a empezar. De nuevo la polla dentro de la boca. De nuevo la larga y suave caricia con los labios, de nuevo el chupinazo final, cuando la última parte de la punta de la verga abandona la húmeda boca.
El cambio de estado de la pija es ya palpable. Está adquiriendo de nuevo la dureza y tamaño necesario, y Nuria acaba de ayudar a Daniel a que así sea. Abre de nuevo la boca. Vuelve a introducirse la polla dentro de ella, pero esta vez no la suelta, esta vez, la mama con intensidad, con ganas, entrega.
Esta vez, Nuria siente como la verga de Daniel crece dentro de su boca, como se pone más y más dura, como sus gruesas venas se hacen más palpables bajo las caricias de su lengua. La boca femenina recorre el falo de un extremo a otro, una y otra vez, sin dejarlo salir, sin abandonarlo ni un solo instante.
Daniel ya no acaricia la espalda de su hembra. Ahora se a aferrado a su cabeza, a enredado su mano en el cabello suave de la mujer, y atrae hacia sí su cabeza,…, como si ello fuera necesario.
El ritmo de la boca de la mujer es endiablado. Sube y baja por el mástil de carne a toda velocidad, provocando el choque de aquel con su propia garganta, apenas dejándola el suficiente espacio para respirar, provocando el chapoteo de la polla con sus babas que, sin control, gotean sobre el pubis de su amante y sobre la cama.
- Ya está bien de juegos -dice por fin Nuria, una vez que ha sacado la verga de su boca- Te necesito dentro -añade, mientras sujeta la polla de su oponente, como si fuera el más preciado trofeo.
- Y yo necesito correrme dentro de ti -responde Daniel, mientras aprovecha la nueva posición erguida de Nuria para apretar una de sus tetas con la mano libre.
Nuria se despatarra sobre el cuerpo de Daniel, colocando su ardiente chocho sobre la endurecida polla. Apoya sus manos sobre el varonil pecho, mientras que, con un suave y certero movimiento de su pelvis, logra que una mínima parte del capullo de su amante se introduzca en su palpitante coño.
Después de mirar a Daniel intensamente a los ojos, Nuria hace un nuevo movimiento, esta vez más prolongado e intenso, clavándose ella misma la estaca de su amante en mitad de la almeja. Repite el mismo movimiento en tres ocasiones más, gimiendo de placer al sentir como el grueso estoque del hombre la atraviesa, llenando y colmando su coño, llegando hasta lo más profundo de sus entrañas.
A partir de ese momento, la mujer, caliente y ansiosa como nunca, comienza una intensa cabalgada. Arrastra su culo adelante y atrás, una y otra vez, subiendo y bajando a la vez, provocando que la polla de Daniel se hunda más y más en su hambriento cuerpo, del que vuelven a brotar con la misma intensidad de siempre, nuevas oleadas de fluidos que provocan el continuo chapote de las embestidas de la verga.
Nuria yergue su cabeza hacia atrás. Daniel se agarra con fuerza a sus dos melones. Los aprieta hasta casi provocar dolor. Sujeta ambos pezones con los dedos, y tira de ellos, provocando una sucesión de fuertes gemidos en su hembra.
Mientras tanto, la mujer, aprovechando que ahora tiene el cuerpo en ángulo de 90 grados con respecto al de su amante, mueve su culo dibujando círculos, cada vez más largos y rápidos, sobre el pubis del hombre, que cree enloquecer de placer.
De nuevo la mujer se deja caer sobre el pecho del hombre, de nuevo las lenguas se unen. De nuevo el mágico mete-saca, más rápido e intenso que nunca. Ahora Daniel alarga sus manos tras la espalda de Nuria, y la propina algunos azotes en su soberbio culo, que van ganando en intensidad. De nuevo la ha marcado. De nuevo sus nalgas están enrojecidas y ardientes. De nuevo Nuria goza como nunca cuando Daniel se decide a introducirle el dedo corazón de su mano derecha en el culo. Lo hace con firmeza, hasta lograr encajarlo por completo, lo cual no le cuesta demasiado después de haberlo follado un rato antes.
Nuria enloquece, sus movimientos se hacen aún más intensos y rápidos, Daniel continúa follándole el culo con el dedo, y azotando una de sus nalgas con la otra mano, mientras disfruta sintiendo hinchar sus huevos, a la vez que su verga es succionada por ese maravilloso y hambriento coño.
- ¡Joder! ¡joder! ¡joder! ¡joder! ¡joder!
De pronto Nuria se pone tensa como un cable de acero, con el estoque clavado hasta lo más profundo de sus entrañas, con el grueso dedo de su amante hurgándole en el culo, y un nuevo orgasmo la recorre de un extremo a otro de su cuerpo. Siente vibrar cada poro de su piel, siente una felicidad inmensa que la llena y la consume. Se le van las fuerzas, se derrama en forma de fluidos que empapan aún más la polla de Daniel, llegando a mojar las sábanas. De su garganta salen diversos gruñidos y una palabra: joder.
Antes de que la mujer termine de correrse, Daniel toma el mando de la situación. Ahora es él quien mueve su cuerpo bajo el de la hembra, impidiendo que su verga deje de follarla. Continúa sacando y metiendo su rabo hasta lo más profundo del cuerpo de su amante. Aprieta a la vez con fuerza el culo de la mujer, para hacer más intensas las últimas embestidas y por fin, cuando Nuria está a punto de desfallecer, un potente y ardiente chorro de semen inunda sus entrañas, sintiendo aquella como un nuevo ardor hace estremecer su cuerpo. Daniel gruñe y grita, presa de un placer desesperado. Nuevos chorros siguen al primero, perdiendo poco a poco en cantidad y fuerza.
Tras varias embestidas más, los dos amantes acaban absolutamente desfallecidos, echados en la cama, uno junto al otro, mientras una deliciosa mezclada de fluidos y semen borbotea desde el coño de la mujer, empapando la sabana bajo su cuerpo.
Permanecen así durante una buena cantidad de minutos. Lo hacen juntos, apoyada la cabeza de Nuria sobre el pecho de Daniel, en silencio.
- Amor, quédate esta noche conmigo -le pide la mujer.
- Esta noche, y todas las que quieras -responde él.
Nuria se incorpora. Besa con ternura los labios de Daniel, de su macho, y se quita lo único que lleva puesto: los zapatos, los cuales deja al lado de la cama, antes de meterse en ella y arroparse con la sábana.
Por su lado, Daniel también se desprende de lo único que aún lleva puesto, y que le une al pasado: deja caer su anillo de casado al suelo, sin preocuparse más por él, y se envuelve con la sábana y con el cuerpo de su amada Nuria.
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