Xtories

El muerto al pozo y la viuda al gozo

Micaela llegó buscando soledad y silencio, pero la casa ya tenía dueño. Javier no era un extraño; era la consecuencia física de un secreto que su marido guardó hasta la muerte. Ahora, entre el olor a sudor y tierra, ella debe decidir si huir o dejarse arrastrar por un placer que no pidió pero que su cuerpo reclama con urgencia.

Dolores3811K vistas8.9· 9 votos

Micaela Rawson pisó el acelerador de su Toyota SW4, dejando atrás la ciudad que olía a muerte y recuerdos dolorosos. Dos días después de enterrar a su marido, que se había ido al otro barrio de un ACV fulminante, ella necesitaba aire, soledad y quizás un poco de mar para lavarse el alma. O la concha, quién sabe. A sus 37 años recién cumplidos, Mica era una hembra en toda regla: no era una flaca anoréxica ni una tetona de revista, pero tenía un culo que hacía girar cabezas. Redondo, firme, de esos que se menean al caminar y provocan erecciones involuntarias en los pajeros que la miraban. Un poco gordita, sí, pero repartida en los lugares justos: caderas anchas, muslos carnosos y una piel suave que pedía a gritos ser manoseada.

Al viaje ella lo hizo largo: salió a las 7 de la mañana ese sábado, parando cada rato para mear, comer un sándwich con Coca Cola o simplemente mirar la nada como una idiota por el cabrón que la había dejado viuda. Llegó a la costa a las 5 de la tarde, con el sol bajando como una virilidad flácida sobre el horizonte. La casa del mar, esa que no pisaban hacía años, estaba en la avenida costanera cerca de San Bernardo. Un chalet de puta madre: tres habitaciones, cocina grande y completa con heladera nueva que había mandado instalar el año pasado, living amplio con sofá de cuero que crujía al sentarse, garaje para el auto y un parque delantero algo extenso, con un caminito de piedras que desembocaba directo en la playa. Perfecto para el duelo, pensó Mica mientras estacionaba. O para coger como animales si se presentaba la ocasión.

Bajó del auto con las valijas, el viento salado revolviéndole el pelo castaño que le llegaba poco más abajo de los hombros. Vestía simple: leggins ajustados que marcaban ese culazo legendario, una remera blanca que se pegaba a sus tetas medianas pero firmes, y zapatillas deportivas. Sin maquillaje, porque ¿para qué? Estaba de luto, carajo. Abrió la puerta principal con la llave oxidada, esperando el olor a humedad y abandono. Pero no. La casa olía a café fresco y a hombre. ¿Qué mierda?

Allí estaba él, en la cocina, de espaldas, sirviéndose una taza como si fuera el dueño del puto lugar. Alto, morocho, con músculos que se marcaban bajo una camiseta sucia de tierra, pantalones cortos y botines de trabajo. Parecía un laburante, quizás un jardinero o un plomero que se había equivocado de casa. Mica se quedó helada en la puerta, el corazón latiéndole como un tambor en el pecho.

—¿Quién carajo sos vos? —gruñó ella, dejando caer la valija con un ruido sordo.

El tipo se dio vuelta lento, con una sonrisa de hijo de puta que le iluminaba la cara barbuda. Ojos negros, penetrantes, como si ya la estuviera desnudando. —Soy Javier. Tu marido me contrató hace un mes para arreglar el parque y el garaje. Dijo que la casa necesitaba mantenimiento antes de vengan.

¿Como sabes quién soy interrumpio ella de mal talante?

La foto. Y señaló en un cristalero el retrato de boda. Lo siento.. supe de su partida, por amigos, éramos del grupo de fútbol playa..

Mica frunció el ceño. Su marido, ese pelotudo, nunca le había dicho nada. Ni de mantenimiento, ni de amigos. Pero claro, entre el ACV y la muerte, ¿qué iba a contarle? Javier la miró de arriba abajo, deteniéndose en sus nalgas que los leggins cubrían pero no ocultaban. Ella sintió un calor subiendo por el vientre, un cosquilleo en la raja que no sentía desde hacía meses.

¿Qué era todo eso? El duelo, la soledad, el mar... y ahora este macho inesperado en su cocina. ¿Qué legado le había dejado el finado?

—Salí de acá, no te necesito —mintió Mica, pero su voz temblaba. No quería que se fuera. Quería que la cogira contra la mesada, que le arrancara la ropa y le metiera la verga hasta el fondo.

Javier se acercó, oliendo a sudor y a tierra fértil. —La casa está impecable gracias a mí. Y vos... parecés necesitar compañía. Viuda reciente, ¿no? Puedo ayudarte a duelar.

Mica retrocedió un paso, pero su espalda chocó contra la puerta. El tipo era grande, imponente. Le puso una mano en la cadera, apretando suave pero firme. —No.. no me jodas —susurró ella, pero sus pezones se endurecieron bajo la remera.

Él rio, una risa grave que le vibró en el clítoris. —No jodo, Mica. Te vi llegar y pensé: esta hembra necesita una buena cogida. Tu culo me volvió loco desde que bajaste del auto.

Sin más preámbulos, Javier la giró como a una muñeca, pegándola contra la pared de la cocina. Le bajó los leggins de un tirón, exponiendo sus nalgas redondas, cubiertas solo por una tanga negra que se perdía entre ellas. —Mirá este orto, puta madre —gruñó él, dándole una nalgada que resonó como un trueno. Mica jadeó, el dolor mezclándose con placer. Hacía años que nadie la tocaba así, crudo, sin romanticismos de mierda.

—Pará, boludo... —protestó débilmente, pero su concha ya chorreaba, empapando la tanga. Javier le arrancó la prenda interior, metiendo dos dedos gruesos en su concha sin pedir permiso. Estaba mojada, resbaladiza, lista para ser cogida.

—Estás empapada, zorra. El boludo de Javier no te cogía bien, ¿eh? —dijo él, bombeando los dedos adentro y afuera, rozando su punto G con maestría. Mica gimió, arqueando la espalda, empujando el culo contra su mano. —Cogeme, hijo de puta... meteme la pija ya.

Javier se bajó los pantalones, liberando una verga gruesa, venosa, de unos 20 centímetros que apuntaba al cielo. La restregó contra sus nalgas, lubricándola con sus jugos. —Te voy a romper el orto, Mica. Pero primero, la concha.

La penetró de un solo empujón, enterrándose hasta las bolas en su concha apretada. Mica gritó, un mezcla de dolor y éxtasis. Él la agarró de las caderas, clavándole los dedos en la carne blanda, y empezó a bombear como un animal en celo. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran bajo la remera, que él le arrancó de un tirón, exponiéndolas al aire fresco. Pezones rosados, duros como piedras, que Javier pellizcó mientras la cogia.

—Comete esto, puta viuda —gruñía él, acelerando el ritmo. El sonido de sus pelvis chocando era obsceno, chapoteante por lo mojada que estaba ella. Mica se mordía el labio, gimiendo como una perra: —Más fuerte, cabrón... destrózame la concha.

Salieron de la cocina así, cogiendo como locos. Javier la levantó en brazos, con la verga aún adentro, y la llevó al living. La tiró en el sofá de cuero, boca arriba, y se hundió de nuevo en ella, misionero salvaje. Le chupó las tetas, mordiendo los pezones hasta hacerla chillar. Mica le clavaba las uñas en la espalda, arañándolo, marcándolo como suyo. —Sos un hijo de puta... pero qué rica pija tenés.

Después de un rato, él la dio vuelta, poniéndola en cuatro patas. Ahí sí que admiró su culo: redondo, jugoso, una zanja profunda como un abismo temblando con cada nalgada que le daba para domarla. Le escupió el ano, metiendo un dedo para prepararla. —Ahora te rompo el orto, zorra.

Mica protestó,

__No me rompas hijo de puta!__

Pero su cuerpo la traicionaba. Quería todo. Javier empujó la cabeza de su verga contra el agujero apretado, lubricado con saliva y jugos. Entró lento al principio, pero luego la sodomizó con furia, agarrándola del pelo como a una yegua. —Tomá, puta... sentilo todo.

Ella se corrió primero, un orgasmo que le sacudió el cuerpo entero, chorros de squirt mojando el sofá. Javier la siguió, eyaculando dentro de su culo, llenándola de leche caliente. Cayeron exhaustos, sudados, oliendo a sexo.

Pero eso fue solo el comienzo. Esa noche, en la habitación principal, volvieron a coger. Javier la ató a la cama con corbatas viejas de su marido, la azotó con un cinturón hasta dejarle las nalgas rojas, y le hizo chuparle la verga hasta tragarse todo. Mica, liberada del duelo, se convirtió en una puta insaciable: le pedía que le metiera la lengua en el chocho, que la cogiera en la ducha del baño, que la clavara en el parque bajo las estrellas, con el mar de fondo.

Al día siguiente, en la playa desierta, se desnudaron. Javier la untó de aceite solar, masajeando sus nalgas hasta que ella se montó encima, cabalgándolo como una amazona. —Dame más, boludo... llename de pija.

Pasaron días así: cogiendo en la cocina mientras cocinaban, en el garaje contra el auto, en el living viendo porno en la Smart tv. Mica olvidó el duelo; solo pensaba en esa verga que la hacía sentir viva. Javier, el intruso, se convirtió en su amante, su macho, su todo.

Una semana después, ella decidió quedarse. La casa del mar ya no era de duelo, sino de una atracción inesperada. ¿Y ese culo legendario? Seguía llamando la atención, pero ahora solo para Javier, que lo reclamaba cada noche con lenguaje soez y embestidas brutales. "Sos mi puta viuda favorita", le decía él, y ella respondía gimiendo: "Cogeme hasta llevarme al cielo, cabrón, así le cuento al cornudo póstumo como me deja el culo un verdadero hombre".