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Interracialdic 2025

En el altiplano Parte 14

A sus 40 años, Isabella creía que su sueño de maternidad había muerto. Pero un secreto crece en su vientre y un joven indígena aparece para reclamarlo, desafiando todas las normas de su mundo.

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Era una tarde nublada en el altiplano boliviano, con el viento susurrando secretos entre las chozas como un eco de dudas internas. Isabella paseaba por el pueblo, su mente un remolino de emociones contradictorias, sin saber qué hacer con el secreto que crecía en su vientre. "Por un lado, ser madre... cuando pensaba que a mis 40 ya no podría, que mi cuerpo había fallado con mi marido. Me hace feliz, un sueño que creí perdido. Pero por otro... preñada de una infidelidad con un indígena crío como Inti, que podría ser mi hijo. ¿Cómo explico un chamaco moreno en España? Se notaría en los rasgos, sería un escándalo vergonzoso. Mi familia me repudiaría, mi marido me dejaría... pánico, puro pánico. ¿Aborto? Aquí no hay opciones... dios, qué hago", pensaba ella, tocándose el vientre plano con manos sudorosas, el terror mezclado con una alegría traicionera.

Más tarde, en la gran casa en construcción de Javier, Isabella se topó de nuevo con Aymara, esa indígena sensual con cuerpo de diosa: tetotas grandes y duras que se marcaban bajo su blusa, culito redondo y firme que meneaba con gracia natural, piel morena brillando como miel andina, y una mirada morena astuta que parecía leer almas. "Señora Isabella... ¿paseando sola? Parece preocupada, como si llevara un peso invisible", dijo Aymara con voz suave, ofreciéndole mate. Isabella suspiró: "Solo... pensando en la vida, Aymara. En cómo las decisiones nos cambian todo". Aymara asintió, sirviéndole: "Aquí, las mujeres aprendemos a cargar pesos temprano. Un hijo es una bendición, aunque venga de sorpresa. Pero en su mundo... quizás sea diferente". Isabella se tensó: "No es eso... solo hipotético". Aymara sonrió internamente: "La blanca duda... preñada de mi hermano, y aterrorizada. Pobre, no sabe que en nuestra tierra, un mestizo es orgullo. Pero que sufra un poco, su cultura la ciega".

Finalmente, Isabella decidió contárselo a su hermano. Entró a la casa casi terminada, donde Javier supervisaba a los obreros. "Javier... necesito hablar. Estoy... embarazada", soltó ella, lágrimas en los ojos verdes. Javier se sorprendió, abrazándola: "¡Hermana! ¿De verdad? ¿De tu marido? Es genial, serás madre al fin". Isabella negó, sollozando: "No... de una infidelidad aquí, con un indígena joven. Inti, el hermano de Aymara. Podría ser mi hijo por la edad... me aterra, Javier. ¿Qué hago? Se notará, será un escándalo". Javier frunció el ceño, pero luego suspiró: "Isabella, es tu vida. Si lo quieres, quédate aquí conmigo. Nadie juzga en este pueblo. Un mestizo... como el mío con Aymara. Piensa en ser madre, eso es lo que siempre quisiste". Isabella asintió, hecha un lío: "Tal vez... pero el asco, el miedo... gracias, hermano".

Inti, al enterarse por rumores del pueblo, se sintió eufórico. "¡Un hijo con la hermosa europea blanca! Seré la envidia de todos los jóvenes... tetas grandes, piel suave, ojos verdes... y ahora lleva mi chamaco mestizo. Orgullo puro, me verán como un rey indígena que conquistó a una diosa foránea", pensó él, decidido a actuar. Esa noche, se coló en la choza de Isabella, escalando la ventana sigilosamente bajo la luna llena.

Isabella jadeó al verlo: "¡Inti! ¿Qué haces aquí? Vete, esto es una locura". Inti se acercó, su voz baja y real: "Señora Isabella... vine porque no puedo dejarla sola con nuestro chamaco. La cuidaré, la amaré como nadie. Seré su hombre, aunque sea joven. Quédese conmigo, en el pueblo... seremos familia". Isabella lo rechazó con fuerza al principio: "¡No, Inti! Eres un crío, 18 años... yo tengo 40, podría ser tu madre. Esto fue un error, una infidelidad estúpida. Vete, no puedo criar un mestizo aquí, arruinaría mi vida". Inti insistió, acercándose más, rozando su brazo: "Pero señora... la edad no importa. La veo como una mujer hermosa, fuerte. La cuidaré, trabajaré para usted y el chamaco. Déjeme amarla, besarla... su cuerpo me enloquece, pero es su alma lo que quiero".

Poco a poco, mientras discutían acaloradamente en la penumbra, Isabella comenzó a ceder, su resistencia derritiéndose ante sus palabras sinceras y su toque juvenil. "Inti... no sé... eres tan joven, tan... persistente". Él la besó, y ella respondió, hasta que cayeron en el catre, comenzando a hacer el amor con pasión contenida. Inti sacó su verga larga y oscura, penetrándola lenta, haciendo que gimiera: "Ah... Inti... despacio". Mientras follaban, siguieron conversando, sus cuerpos moviéndose en ritmo. "Señora... no la dejaré por la edad. La amaré siempre, con arrugas o sin ellas", dijo él, embistiendo profundo. Isabella dudó: "No te creo... cuando sea vieja y no pueda darte hijos, te irás con una más joven, como todas las indígenas aquí". Inti negó, acelerando: "No, mi Isabella... quiero más hijos con usted antes de eso. Chamacos mestizos, blancos y morenos, la envidia del pueblo. Serán fuertes, hermosos como usted".

Ella gemía, su concha apretadita ordeñando su verga larga: "Ahhh... prométemelo, Inti... que no me dejarás". Él gruñó: "Lo prometo, señora... pero ¿acepta ser mi mujer? Dígamelo". Ella dudó, respuestas ambiguas: "No sé... quizás... oh, dios... sí, pero...". Él insistió, bombeando más fuerte: "¿Sí o no, Isabella? Sea mía". Al sentir los chorros potentes y largos de su eyaculación dentro de ella, inundándola con semen espeso y caliente, Isabella se vino en un orgasmo brutal: "¡Ahhhh... sí, Inti! Acepto... seré tu mujer".

Después, mientras observaba a Inti dormir a su lado, su pecho moreno subiendo y bajando plácidamente, Isabella pensó en todo: "Aquí podré tener mi sueño de ser madre, con un jovencito que me ve como una diosa, que me desea con pasión ciega. Su verga larga, su juventud... me hace sentir viva. Y no me faltará dinero, soy rica, puedo mantenernos. Pero el asco por la infidelidad, el miedo al mestizo... ¿vale la pena? Quizás sí... una nueva vida en este rincón olvidado". Se acurrucó contra él, el lío en su cabeza dando paso a una resignación dulce.

Fin de la parte 14.

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