Todo tiene un precio
Todo tiene un precio, y para Carol, ese precio acaba de ser fijado por el vecino que siempre la observaba en silencio. Ahora, su futuro profesional depende de la sumisión de su boca y la apertura de su cuerpo. Una noche, la puerta del despacho se cierra con llave, y la discreción deja paso a la necesidad.
Comienzo, con este relato, una nueva saga de relatos. Espero que sea del agrado de la mayoría y que, con vuestros comentarios y valoraciones, hagamos de esta historia una historia única. Gracias.
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La historia que voy a contar no me hace sentir especialmente orgulloso, aunque demuestra, una vez más, que todo en la vida tiene un precio, incluidos nuestros principios. Pero no voy a adelantar acontecimientos ni prejuzgar a nada ni nadie. Narraré los hechos, tal y como ocurrieron, y seréis vosotros quiénes ofrezcáis vuestro veredicto.
Nací y crecí en una localidad alejada del bullicio de la gran ciudad. Siempre fui un chico responsable, más maduro de lo que me correspondería por mi edad, y muy buen estudiante.
Mis padres, una pareja humilde y trabajadora, hicieron todos los esfuerzos necesarios para que yo pudiera estudiar una carrera universitaria. Elegí la licenciatura en Administración y Dirección de Empresas, previendo de antemano que, ello supondría que más pronto que tarde, debería salir de mi entorno para buscar un buen empleo en alguna ciudad más grande, con más empresas y más necesidad de mis servicios.
Cuando me faltaban un par de años para terminar la carrera conocí a una chica. Mejor dicho, ya la conocía, era una compañera de clase: Lidia. A pesar de llevar ya tres años juntos en la misma clase, ninguno de los dos había dado muestras de sentirse atraído por el otro, hasta que un día, en una de las fiestas universitarias a la que los dos acudimos, acabamos buscando los lugares más oscuros y apartados para tener algo más de intimidad. No llegamos a follar ese día, pero sí nos masturbamos mutuamente, alejados del bullicio y algo envalentonados por el alcohol que habíamos ingerido.
Lidia era buena chica. Discreta y cariñosa. Al igual que yo, tenía poca experiencia en relaciones de pareja, y el tiempo entre nosotros fue transcurriendo, afianzando poco a poco nuestra relación, aunque en el plano sexual no lo hicimos demasiado. Sí teníamos relaciones, obviamente, pero sin salirnos de lo más convencional y tradicional: ella jamás se depiló el sexo, al contrario de lo que yo oía a otra gente que hacían sus chicas, el sexo oral era escaso y tímido entre nosotros, y procurábamos no calentarnos demasiado dónde no pudiéramos garantizarnos absoluta discreción. Evidentemente, de sexo anal, nada de nada.
Llegó el día de mi licenciatura y, tras un breve período vacacional durante ese verano, comencé a enviar currículums y a hacer entrevistas de trabajo. Tras un corto paso por una pequeña empresa local, en tareas administrativas de lo más variado (contabilidad, facturación, relaciones con los clientes, control de tesorería y alguna cuestión más), acabé encontrando un empleo mucho mejor en una empresa de tamaño medio. Pero, como era de prever, ello suponía trasladarme a Madrid.
Yo tenía muy claro, desde que comencé la carrera, que acabaría marchándome de mi ciudad. Allí no había forma de prosperar y de aspirar a algo mejor. Pero Lidia no lo veía como yo. Ella comenzó a trabajar también pronto, en las oficinas de una cooperativa agraria de la zona. Se sentía bien allí y no quería salir de su zona de confort. Como también era de prever, nuestra relación duró poco más.
En Madrid comencé a vivir de otra manera. Conocí muchísima gente nueva, muchas otras formas de divertirme. Conocí la vida nocturna que ofrece la gran ciudad y me di cuenta de que, si me lo proponía, casi cada fin de semana podía acabar con una chica nueva en la cama, sin mayores pretensiones ni compromisos que el de pasarlo bien y follar esa noche.
Así es como, poco a poco, mi vida y mis objetivos fueron cambiando. En el trabajo me iba de maravilla. Poco a poco fui ascendiendo, allí sí había un recorrido qué hacer y distintos puestos por los que ascender.
En mis relaciones de pareja nada de compromiso. La relación que más tiempo duró, no pasó de 4 meses. Una colega de una empresa de la competencia, nos conocimos en un simposio y saltó la chispa. Más sexual que de otro tipo. Cuando en la cama lo habíamos probado prácticamente todo, no había más chispa de la que tirar.
Con mi buen sueldo pude comprarme un bonito chalet adosado en una urbanización de las afueras de Madrid. Una zona de nivel económico medio, cuyos moradores éramos, por lo general, titulados universitarios, pequeños empresarios y autónomos con buena facturación.
A mis 32 años ya era Jefe de Personal de la empresa en la que trabajaba. Por cierto, la empresa se dedicaba a explotar una red, cada vez más numerosa, de estaciones de servicio.
En el chalet contiguo al mío vivía una familia. Un matrimonio que rondaba los cincuenta años y su hija adolescente. Más de una vez, al ver entrar o salir a la madre o a la hija, me costaba decidir cuál de las dos me ponía más cachondo. La madre era una mujer madurita, de muy buen ver: pechos de buen tamaño, que aparentaban seguir estando en su sitio, buen culo y caderas que dibujaban unas curvas de las que obligan a agarrarse. Sus piernas, sin ser las de una modelo, seguían luciendo de maravilla cuando utilizaba falda o pantalón cortos. Por las distintas horas a las que la veía entrar y salir de su casa, di por hecho que no tenía ocupación laboral alguna, al menos no una que la obligara a salir de su casa.
Acabé sabiendo que Carol, su nombre completo era Carolina, tenía entonces 48 años de edad. Era una mujer muy atractiva, que conservaba gran parte de la belleza que de joven debió tener. Estoy seguro de que, en sus años de juventud, debió de ser de las chicas más cotizadas de su entorno. Era más bien bajita, no superaba el 1,60 de altura, de pelo en media melena de color negro. Su piel también era morena, y lucía dos ojazos de un azul intenso como el mar. Su cuerpo, a pesar del paso de los años, seguía conservando unas curvas sinuosas y atrayentes, sus pechos seguían bastante bien colocados, sus caderas eran poderosas y dibujaban unas curvas que incitaban a agarrarse con fuerza a ellas. Incluso seguía conservando unas muy bonitas piernas que aguantaban perfectamente el uso de faldas y pantalones cortos. Para terminar, su mirada transmitía bondad, aunque también tenían un poso de tristeza.
Su hija, de nombre Elena, debía tener unos 18 años de edad, y había heredado la belleza y figura de su madre. Era un poco más alta que ésta, de pechos aún más pequeños, de pelo castaño oscuro y ojos oscuros (como los del padre). Era guapa, y ya tenía un cuerpo que hacía que todos los hombres con los que se cruzaba tuviéramos que volver la cabeza para disfrutar de sus incipientes curvas. Prometía acabar siendo un bellezón.
El padre, de nombre Luis, era un tipo adusto, poco dado a la conversación. Apenas se le oía hablar cuando pasaban ratos en el jardín trasero, generalmente en las barbacoas que hacían los domingos de buen tiempo, y las pocas veces que le oí decir algo, fue para manifestar enfado o enojo por cualquier circunstancia.
Una mañana cualquiera, más bien de madrugada, me despertaron unas voces. Primero pensé que se trataba de alguna pareja que discutía por la calle, después de una noche de copas o algo más. Pero al momento me di cuenta de que las voces provenían de la casa de al lado. Oí sollozar a una mujer, deduje que se trataba de Carol, y después oí claramente la voz de Luis. Dijo algo así como “no serás tú quién me diga lo que tengo que hacer, ni si follo o no follo con quién me salga de los cojones”.
La bronca duró un buen rato más. A Carol sólo la entendí decir: “tú antes no eras así”, a lo que él respondió con insultos, la mandó a tomar por culo y dijo que se marchaba de esa casa, porque no aguantaba más las gilipolleces de una inútil y los caprichos de una niñata.
Durante varios días no vi ni a la madre ni a la hija, y mucho menos a Luis pero, pasados unos días, volví a ver a Carol. Tenía el semblante demacrado, cómo nunca antes la había visto. La saludé, recordando la tremenda bronca de días atrás.
- Hola Carol, buenas tardes –le dije poniéndome en su camino para obligarla parar.
- Hola Dani, buenas tardes –respondió ella, forzando una sonrisa.
- ¿Va todo bien? –pregunté
- Sí, más o menos –respondió ella tratando de no mirarme.
- Hacía varios días que no te veía ni… oía.
- Sí, lo sé. He salido poco estos días.
- Perdóname por ser tan entrometido, pero la otra mañana me despertaron las voces de Luis. Sé que no es asunto mío, pero si puedo ayudarte en algo…
En ese momento Carol se desmoronó. Rompió a llorar. Entre sollozos conseguí acompañarla hasta mi casa. La preparé un té, mientras yo me puse un café, y se desahogó.
Por lo que me contó, resultó que el marido tenía varios vicios: era un jugador empedernido, hasta tal punto de que, mucho del tiempo en el que yo pensaba que se lo pasaría en el estudio, (era Arquitecto), realmente estaba jugándose el dinero en timbas de póker. Además, tenía una amante. Su hasta hacía un tiempo socia de estudio, había pasado a un nivel superior de sociedad, y eso fue el detonante de la bronca que habían tenido días atrás.
Luis se había marchado del domicilio familiar, parece ser que estaba viviendo temporalmente en el propio estudio, y habían iniciado los trámites de divorcio. Pero Carol tenía un problema: estaba desesperada porque no tenía trabajo y hacía muchos años que no se dedicaba profesionalmente a nada. La daba mucho miedo no lograr un empleo que le permitiera sacar adelante su nueva vida y a su hija.
Era licenciada en marketing y publicidad, pero desde que quedó embarazada de Elena, se dedicó en cuerpo y alma a su crianza y el cuidado de la casa.
La parte más egoísta y aprovechada de mi mente se puso a trabajar de inmediato. Yo podría ayudarla, eso sí, la ayuda no sería desinteresada, aunque esa parte no se la iba a contar, la descubriría ella sola.
Le ofrecí mi ayuda. Yo era jefe de personal en la empresa para la que trabajaba, sólo necesitaba que me hiciera llegar su curriculum y yo me encargaría de que tuviera trabajo. Sus ojos se iluminaron de verdad, como pocas veces se los había visto, y me abrazó. Pude sentir el intenso galope de su corazón en su pecho, presionando al mío, y como sus manos se aferraron con fuerza a mi espalda, mientras repitió mil veces la palabra gracias.
Se marchó a su casa para preparar una copia del curriculum. A los 20 minutos me envió un whatsapp, tenía problemas para insertar una fotografía en el curriculum, y me pedía ayuda. Evidentemente, le respondí que iba para allá.
Me abrió la puerta con una sonrisa que había conseguido borrar, casi por completo, el halo de tristeza que inundaba sus ojos un rato antes. Me hizo pasar a su casa. Ella había cambiado su atuendo. Antes vestía con uno de los leggins y camiseta deportiva, con los que solía salir a caminar con alguna amiga, ahora lo había sustituido por un pantalón corto, casi blanco, y una camiseta de algodón en la que se apreciaba perfectamente las marcas del sujetador.
Me ofreció algo de beber, le pedí un refresco, a la vez que me condujo a la habitación de la planta baja que hacía las veces de despacho. Allí tenía un ordenador portátil y un impresora multifunción. Me pidió que le echara una mano con el curriculum y la inserción de la dichosa fotografía en el documento de texto.
Me puse manos a la obra, explicándole lo que hacía, de tal forma que Carol se pegó tanto a mi que sentía su aliento caliente y húmedo en mi cuello y un par de veces sus pechos rozaron mi espalda. Me estaba poniendo cachondo.
- Carol, como te he dicho antes, puedo ayudarte. Sólo necesito este curriculum y una cosa más, y mañana mismo recibirás una llamada de mi empresa para contratarte.
- ¡Joo, Dani, sería maravilloso! –respondió Carol, realmente emocionada.
- Sé que necesitas ese trabajo. Luis os ha dejado tiradas, y ni tú ni Elena lo merecéis. Pero, como te he dicho, necesito una cosa más por tu parte.
- Sí, dime, lo que sea, quid pro quo. Si necesitas que te eche una mano con las cosas de casa, comidas,…, lo que sea, respondió de nuevo Carol.
- No es exactamente eso, Carol. Pero tú tienes algo que yo adoro y deseo. Y yo tengo algo que tú necesitas de verdad. Los dos sabemos que, la más primitiva forma de comercio que ha habido, ha sido el trueque –le dije, mirándole a los ojos y viendo cómo su expresión pasaba de la alegría desbordante a la preocupación.
- No sé a dónde quieres llegar, -me dijo, dando un paso hacia atrás.
- Sí, estoy seguro de que sí lo sabes.
- No me esperaba esto de ti, Dani.
- Supongo que tampoco esperabas de tu marido que te dejara tirada, y lo ha hecho. Yo no te he prometido amor eterno. Sólo que intentaría ayudarte. Pero ya sabes que todo en la vida tiene que pagarse, de una forma u otra.
- Joder, Dani, no me hagas esto –me imploró Carol.
- Supongo que lo que te pido no es lo que pensabas. Pero estoy seguro de que tampoco pensaste que fuera a ser tan fácil y sencillo asegurarte un empleo. ¿Acaso no soy tu tipo? ¿Me encuentras feo y desagradable?
- No, no lo eres. Eres un chico atractivo y que no debería necesitar recurrir a este tipo de chantaje para obtener sexo.
- Digamos que he probado muchas cosas. Que ya no me excito con una chica como antes, pero saber que serás obediente y sumisa, en agradecimiento al favor que puedo hacerte, hace que me excite. Mucho.
Carol dudó. Retrocedió un poco más, miraba reflexiva al suelo y al techo, me miró a mi y miró su reloj. Me pidió que le aclarase en qué consistiría el favor que debía hacerme. Le expliqué que, para comenzar esa tarde, y dado que Elena estaba en su habitación, estudiando, con una mamada me conformaría, pero no sería esa la única vez que le pediría “favores” de ese tipo. Igual que la iba a contratar, podría despedirla.
Acabó aceptando mi propuesta, aunque lo primero que hizo fue cerrar la puerta del despacho, echando bloqueando la puerta por dentro, Elena podría bajar en cualquier momento y no quería que viera a su madre mamándole la polla al vecino.
Una vez que cerró y bloqueó la puerta me acerqué a ella y la atraje contra mi con mis manos, sobando su imponente culo a la vez que mi lengua invadió su boca, restregándola contra su propia lengua hasta casi dejarla sin aliento. La polla se me puso de un tamaño y durezas desmesurados. La pedí que me desabrochara el pantalón. Así lo hizo, me lo acabé quitando, al igual que el bóxer. Mi erecta polla se presentó ante Carol la cual, al verla tan tiesa, gorda y dura, hizo un gesto entre la sorpresa y la admiración.
Me senté de nuevo en el sillón de trabajo y la obligué a arrodillarse entre mis piernas. Cogiéndole la cabeza con mis dos manos, dirigí su boca hasta mi polla. Rocé sus labios con el glande, mientras sentía el aliento húmedo y caliente, pero ahora calentando mi verga.
Abrió su boca y comenzó a introducir dentro mi tranca. Poco a poco fue tragando, hasta hundirla casi por completo en su boca, rozando su garganta. Le provocó una arcada que la hizo toser. Se asustó de que su hija pudiera presentarse al oírla toser de ese modo tan raro y se retiró de mi polla.
Me puse de pie y la hice que se echara en el suelo enmoquetado. Coloqué mis piernas por cada lado de su cabeza y volvía introducir mi polla en su boca. Ahora era yo quién marcaba el ritmo.
Empecé a moverme en aquella boca, tan cálida y húmeda como deliciosa, de manera que el roce con su lengua y dientes me produjo tal placer que sentí como mis huevos se fueron hinchando y llenando rápidamente con mi semen.
Reduje un poco el ritmo. No quería correrme aún, y aproveché para, girándome un poco sobre mi cintura, alcanzar con una de mis manos su entrepierna, la pedí que desabrochara su pantalón y me dejara vía libre a su coño. Lo palpé por encima de la braguita: estaba caliente y mojado. Se había excitado también, aunque no lo reconociera.
Continué follando su deliciosa boca, mientras mis dedos recorrían la rajita de su coño hasta llegarle al clítoris. Cada vez que la rozaba y presionaba el clítoris, sentía como su boca trataba de gemir, como su cuerpo se curvaba, en una clara muestra de placer.
Acabé pasando mis dedos por debajo de la braguita. Su coño estaba realmente encharcado y, aunque no pude verlo en ese momento, estaba depilado y absolutamente suave.
Mi excitación sólo fue en aumento. Mis ganas de descargar mi leche en esa preciosa mujer madura, no dejaban de crecer, y el ritmo al que mi polla follaba su boca tampoco.
Sentí un tremendo latigazo de placer que, desde la punta de mi polla, recorrió todo mi cuerpo, haciendo estallar mis huevos que rociaron su boca y su cara con varios y poderosos chorros de semen.
Sus ojos expresaban deseo y placer, ni asco ni reproche. Una de sus manos se dirigió a sus martirizados coño y clítoris para ayudar a mis dedos a terminar la tarea que habían comenzado. Poco después, mientras su lengua relamía los restos de semen que se deslizaban por sus labios y su boca, y sus dedos estimulaban su hinchado y endurecido clítoris, acabó corriéndose sobre mis dedos, tratando de contener los gemidos que se agolpaban en su garganta.
Apenas tres minutos después me estaba dando las gracias por imprimir su curriculum y prometerla que, al día siguiente, recibiría la ansiada llamada de mi oficina.
Y es que, como dije antes, en la vida todo tiene un precio.
(Continuará).
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