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Interracialdic 2025

En el altiplano Parte 13

Isabella creía que su vida en España estaba a salvo, pero un error en el altiplano la ha atado a un joven indígena. Mientras el pánico la consume, la mirada de su cuñada y la pasión de su hermano la arrastran hacia una tentación prohibida que desafía todo lo que conoce.

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Era una mañana fresca en el altiplano boliviano, con el sol filtrándose a través de las nubes como un recordatorio cruel de la realidad. Isabella, en la choza prestada, se sentó en el borde del catre con las manos temblando mientras contaba los días en su calendario mental. "Mierda... la regla no me ha venido. Dos semanas de retraso. No puede ser... ese crío indígena, Inti, me preñó. Un mestizo en mi barriga, de un chico que podría ser mi hijo por la edad. Mi marido me mata, mi vida en España se va al infierno. Pánico puro, náuseas... ¿qué coño hago ahora?", pensó ella, el terror invadiéndola como una ola fría, su piel blanca palideciendo aún más. No había pruebas de embarazo en ese pueblo olvidado, ni médicos decentes; solo el pánico creciente de llevar un chamaco moreno que la ataría a esa miseria.

Desesperada por consejo o consuelo, Isabella decidió visitar a su hermano Javier en la nueva gran casa que estaba construyendo en las afueras del poblado. Javier se había convertido en el hombre más respetado del lugar: el español rico que traía dinero y progreso, contratando a locales como sirvientes y obreros, elevando el estatus de la aldea con su presencia europea. "Javier... él me ayudará a pensar. Es mi hermano, el único que entiende mi mundo", se dijo ella, caminando hacia la construcción imponente de adobe reforzado y techos altos, donde ya se veían jardines incipientes y habitaciones lujosas.

Javier la recibió con un abrazo cálido, su acento español reconfortante. "Isabella, ¿qué pasa? Te ves pálida. Ven, entra... la casa avanza rápido, pronto será un palacio aquí en medio de nowhere". Isabella forzó una sonrisa: "Nada grave, solo... echo de menos casa. ¿Puedo quedarme a dormir? Necesito desconectar". Javier asintió: "Claro, hermana. Quédate todo lo que quieras. Aymara y yo estamos genial, el chamaco viene en camino... vida nueva". Por dentro, Isabella pensó: "Él feliz con su mestizo planeado... y yo con uno accidental de un indígena crío. Ironía cruel".

Esa noche, en la habitación de invitados, Isabella no podía dormir, el pánico por el embarazo revolviéndole el estómago. Oyó ruidos desde la habitación principal: gemidos suaves, el crujir de la cama. Curiosa y excitada a pesar de todo, se acercó sigilosamente y espió por una rendija en la puerta. Javier y Aymara follaban con pasión natural, él embistiendo su concha peludita con su verga rubia y venuda, ella arqueando la espalda morena, sus tetotas grandes y duras rebotando con cada empujón. "Ah... Javier, sí, así... me llenas rico", gemía Aymara bajito, realista en su placer cotidiano. Javier gruñía: "Cholita... tu panza preñada me pone loco... toma más, amor". Isabella, hipnotizada, se metió la mano bajo la falda, masturbándose con dedos frenéticos en su concha depilada y rosada, imaginando la verga larga de Inti. "Dios... ellos tan felices... y yo sola, preñada de un error. Pero qué caliente... ahhh", pensó, llegando a un orgasmo silencioso mientras ellos se venían juntos, Javier eyaculando chorros calientes en su útero fértil.

Más tarde, después de la follada, Isabella salió al pasillo oscuro para tomar agua y se topó con Aymara, que salía envuelta en una manta, su piel morena brillando de sudor post-sexo. Aymara la miró con una sonrisa astuta, indirecta: "Señora Isabella... no duerme? Parece que el altiplano le sienta pesado estos días. Mi gente dice que cuando una mujer lleva carga extra, el cuerpo se nota... sobre todo si es de un macho joven y fuerte del pueblo". Isabella se congeló, el pánico subiendo: "Ella sabe... mierda, ¿cómo? No, disimula". "No sé de qué hablas, Aymara. Solo insomnio", respondió ella, voz temblorosa.

Aymara se acercó, su tono conversacional pero firme, como una charla entre mujeres: "Aquí en mi cultura, las mujeres nacemos para servir al hombre, ser su objeto de placer y dar vida. Es natural, no como en su mundo europeo donde todo es complicado. Si lleva algo de mi hermano Inti... piénselo, porque viene de una cultura diferente. Servir, complacer... eso nos hace fuertes. ¿Entiende?". Por dentro, Aymara pensó: "La blanca preñada de mi tonto hermano... que aprenda, o se vuelva loca". Isabella tragó saliva: "Yo... no es eso. Buenas noches". Se fue a su habitación, el lío en su cabeza peor: "Servir a un crío indígena? Asco... pero quizás... no, Isabella, huye de esto".

Fin de la parte 13.

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