Xtories

Me pasó por calzón flojo

Llegué con el olor de otro hombre en la piel y el culo destrozado, sabiendo que Rosendo me esperaba. No fue solo una discusión; fue una declaración de guerra corporal donde el cinturón y la verga se usaron para lavar la vergüenza.

Dolores3812K vistas9.1· 16 votos

Cuando llegué a casa esa tarde, el corazón me latía con fuerza, sabiendo que algo andaba mal. Mi marido, Rosendo, había llegado antes del trabajo, algo que casi nunca pasaba. Y lo peor: yo venía directo de la verdulería del barrio, con el cuerpo aún palpitante, los hoyos dilatados y chorreando la leche caliente del verdulero que me había usado como a una perra en celo.

Esa mañana, entre los cajones apilados de la verdulería, sobre un colchón viejo y manchado de quién sabe cuántas corridas anteriores, yo, Dolores, una mujer de 43 años, casada hace 22 con un operario de los talleres ferroviarios, me había entregado por completo. El verdulero, un tipo fornido y sin escrúpulos, me había bajado la bombacha con rudeza, exponiendo mi concha húmeda y ansiosa. Me había garchado salvajemente: primero me bombeó la concha con su verga gruesa y venosa, embistiéndome tan profundo que sentía cómo me rozaba el útero, haciendo que mis jugos se mezclaran con su pre-semen. Gemía como una puta mientras él me agarraba las caderas gordas y me follaba con furia, diciéndome al oído: "Mirá cómo te abre la concha esta pija, casada hija de puta". Después, me puso en cuatro patas, me escupió abundantemente en el ojete para lubricarlo, y me clavó su verga dura en el culo sin piedad. Sentí cómo me desgarraba, cómo me dilataba el ano hasta dejarlo como un túnel rojo e inflamado, bombeándome con embestidas brutales que me hacían gritar de dolor y placer mezclado. Me llenó los dos hoyos de leche espesa y caliente: primero eyaculó adentro de mi concha, chorro tras chorro, hasta que rebalsaba por mis muslos; luego, en el culo, me inundó el recto con su semen pegajoso, tanto que sentía cómo me goteaba al caminar. Salí de ahí sin bombacha —se la quedó él como trofeo—, con el vestido pegado al cuerpo sudoroso, los hoyos palpitantes y enlechados, oliendo a sexo crudo.

Entré a casa tambaleándome, y ahí estaba Rosendo en la cocina, tomando un vino tinto, con la mirada fija en mí. Temblé entera, intenté retroceder rápido hacia el baño para limpiarme, pero él, como un animal que huele la traición, olfateó el aire cargado de olor a pija ajena y semen fresco. Se levantó de golpe y me gritó:

—¡De dónde venís, carajo! ¡Olé a pija podrida en tu cuerpo, puta!

En un segundo estuvo sobre mí, me levantó el vestido con violencia, exponiendo mi concha hinchada y brillosa de leche ajena, los labios mayores abiertos y rojos de tanto uso. No se conformó con eso: me giró, me abrió las nalgas con manos brutales y inspeccionó mi culo. Estaba destrozado: el ano dilatado como una palangana, rojo e inflamado, con semen viscoso chorreando lentamente por el perineo hacia la concha. Gritó furioso:

—¡Putona de mierda! ¡Hasta el orto te dejaste romper! ¡Te lo dejaron abierto como un pozo, lleno de guasca del hijo de puta ese! ¡Yo te voy a enseñar, gorda culona!

Se sacó el cinto del pantalón con un chasquido rápido, el cuero grueso doblado en su mano. Asustada, corrí hacia la pieza, rogándole entre sollozos:

—¡Por favor, Rosendo, perdóname! ¡No sé qué me pasó, fue sin querer, nunca más, te juro! ¡No me pegues, por Dios!

Pero no hubo piedad. Me alcanzó, me tiró sobre la cama boca abajo, me alzó la falda hasta la cintura y empezó a darme cintazos con toda su fuerza. El cuero silbaba en el aire antes de impactar en mis nalgas gordas, dejando marcas rojas ardientes que me hacían gritar y patalear. Me cagó a cintazos como nunca: uno tras otro, en las nalgas, en los muslos, hasta en la concha expuesta cuando me abría las piernas para pegar mejor. Mientras me azotaba, me obligaba a confesar todo, gritándome al oído:

—¡Contá, puta! ¡Contá cómo te dejaste culear como una perra barata!

Llorando de dolor y vergüenza, se lo conté todo con lujo de detalles: cómo el verdulero me había bajado la bombacha y me había metido los dedos en la concha para excitarme; cómo yo misma me puse en cuatro, arqueando el culo para que me penetrara; cómo me escupió el ojete y me lubricó con su saliva viscosa antes de clavármela entera de un empujón; cómo me bombeó la concha hasta hacerme correrme dos veces, gritando como una loca; cómo después me sodomizó con saña, agarrándome las tetas por debajo y mordiéndome la espalda mientras su verga gruesa me reventaba el ano. Le confesé que su pija era enorme, dura como hierro, que me dolía deliciosamente cada embestida, que me hizo gozar como una puta en celo sabiendo que era la esposa de otro. Hasta admití que yo lo provoqué: me porté como una zorra, le guiñé el ojo, le mostré las tetas, le dije que me cogiera como quisiera porque necesitaba una verga de verdad.

Cada confesión venía acompañada de un cintazo más fuerte. Me tiró boca arriba un momento para azotarme las tetas, luego de nuevo boca abajo, con las nalgas al aire marcadas de rayas rojas e hinchadas. Lo oí jadear de rabia y excitación mientras pegaba:

—¡Sí serás puta, gorda culera! ¡Estás cagando leche por el ojete, el hijo de puta te regó bien profundo con su porquería!

Y era verdad: sentía cómo el semen del verdulero drenaba de mi culo roto, viscoso y caliente, manchando las sábanas. En un momento, con el ano tan dilatado, se me escaparon un par de pedos húmedos y sonoros, expulsando más leche. Eso lo enfureció más: me dio cintazos brutales en las nalgas ya laceradas, gritando:

—¡Te salen pedos de los pijazos que te metieron, putona inmunda! ¡La próxima vez que te bajes la bombacha para un extraño, acordate de mi cinto, gorda puta de mierda!

No puedo negar que duele horriblemente, que un hombre te deje el culo marcado y ardiente a cinturonazos es brutal. Rosendo es un bruto, un macho de taller que no sabe de sutilezas, y para él, ver a su mujer volver sin bombacha, con la concha y el culo enlechados y destrozados por otro, es una afrenta que solo se lava con violencia. Pero en el fondo, sé que me lo merecía por dejadez.

Después de la paliza, se fue furioso, dejándome sola en la cama, culo para arriba, llorando por el ardor insoportable en las nalgas, que palpitaban como fuego.

Volvió a la noche, cenamos en silencio —yo apenas podía sentarme—, se tomó varios vinos y se metió en la cama. Al rato fui yo, temiendo lo peor. Pero esa noche me cogió con una furia animal: me tiró sobre la cama, me abrió las piernas y me clavó su verga dura en la concha aún sensible, follándome con embestidas salvajes mientras me insultaba. Me hizo chupársela hasta el fondo, obligándome a tragar su leche espesa y salada cuando eyaculó en mi boca. Luego me puso en cuatro y me nalgueó con saña las marcas ya hinchadas mientras me sodomizaba: su pija entraba fácil en mi culo roto, lubricado aún por la leche ajena, y me dolía y excitaba a la vez. Me mordía la nuca como un perro marcando territorio, me apretaba las tetas gordas hasta dejar moretones, y no paraba de repetirme al oído, jadeando:

—¡Gorda puta culo roto! ¡Esto es lo que te pasa por dejarte llenar de guasca ajena! ¡Sos mía, nada más que mía, zorra inmunda!

Me he dejado coger por otros hombres en otras ocasiones, con más cuidado para que Rosendo no se entere. Le tengo pánico al cinto desde esa vez: me pegó tan duro que tardé días en sentarme sin llorar. Pero el miedo... y el recuerdo de esa intensidad, me mantiene alerta.