Un chulo me destroza la vida (3 de 4)
No iba a confrontarla. Solo quería saber la verdad. Pero cuando la puerta se abre y lo que veo no es una discusión, sino una sumisión absoluta, mi rabia se transforma en algo mucho más oscuro y adictivo. Ahora solo queda huir, pero las imágenes ya no me dejan en paz.
Aparco a unas calles de distancia de la casa de los abuelos de Laura, en un descampado cercano. No hay ni un alma por aquí, es lo que tiene este barrio residencial, imagino. Me quedo sentado en el coche durante unos minutos, con las manos apretadas al volante, intentando calmarme. Aunque no pueda ver la portería desde aquí, siento como si ese lugar guardara todos los secretos de estos últimos meses.
Finalmente, suelto el volante, respiro hondo y, tras beberme el segundo botellín de un trago, salgo del coche. Camino despacio por las calles, sintiendo el peso de las llaves en el bolsillo de mi chaqueta. Entro en la portería y subo por las escaleras, cada peldaño se siente más pesado que el anterior, hasta que llego a la puerta del piso. Con manos temblorosas, saco la copia. Todos mis instintos me gritan que si cruzo esa puerta me arrepentiré... pero aún así, lo hago.
La meto en la cerradura, rezando porque sea la equivocada, que todo esto sea solo una maldita equivocación. Pero encaja a la perfección. Giro la llave con cuidado y la puerta se abre con una sola vuelta y un leve clic.
Mierda. Mierda. MIERDA.
Debe haber alguien dentro.
La oscuridad me envuelve al entrar. Cierro la puerta tras de mí y me muevo con cautela, intentando hacer el menor ruido posible. Siento la adrenalina recorriéndome las venas. El lugar tiene ese olor a cerrado que solo tienen las casas que ya nadie habita. Pero sé que no estoy solo.
Avanzo despacio, maldiciendo en silencio con cada crujido del suelo bajo mis pies. Es como si todo en esta casa quisiera delatarme. Este sitio siempre me ha resultado incómodo, incluso cuando veníamos a limpiarlo. Todo sigue igual, congelado en el tiempo desde que ellos murieron.
Recuerdo cada detalle de la distribución. Nada más entrar, el recibidor es estrecho, pero después de unos pocos metros, giras hacia un lado y te encuentras con el largo pasillo que recorre toda la casa. A mitad de camino está el lavabo, antes de llegar al salón-comedor, ese espacio exageradamente amplio con la mesa de madera oscura en el centro, rodeada de sillas viejas que siempre crujían al menor movimiento. Desde allí se accede a la cocina, y si sigues un poco más, llegas a las habitaciones.
A medida que avanzo, los muebles llenos de libros polvorientos y fotos familiares parecen mirarme desde las paredes, reprochándome lo que estoy haciendo. Las gruesas cortinas apenas dejan pasar la tenue luz de la calle, dándole al lugar una sensación sofocante, casi asfixiante.
Entonces lo escucho: voces, susurros. Mi corazón se acelera al ver luz saliendo del comedor, siento cómo me palpita en las sienes a cada paso que doy. Me pego al pasillo al llegar, asomándome lo justo para ver sin ser visto.
Ahí está. Laura. Y mi mundo se viene abajo.
Me dejo caer sobre la pared, mis párpados hacen lo mismo y los peores pensamientos me invaden. Es verdad. Todo es verdad. Los ojos me pican y la garganta se me seca.
Pero espera, solo la he visto a ella, quizá me estoy equivocando, ¿y las voces, estaba hablando por teléfono o estaba enviando un audio? ¿O es que me estoy volviendo loco? Respiro hondo y abro los ojos, con el corazón martilleándome en el pecho. Miro de nuevo, con cuidado, esta vez fijándome mejor.
Y ahí están. Sobre la mesa, dos copas. Una es de vino, delante de mi esposa, pero la otra... La otra es un vaso de tubo vacío. Alrededor, unos envoltorios desperdigados por toda la mesa. Me suenan, pero con la poca luz no consigo identificarlos del todo. Lo que sí tengo claro es que no hay rastro de nadie más ahí dentro.
Lleva puesta una de esas prendas que hace años no la veía usar, y está despeinada, aunque no parece importarle. Un top ajustado que realza su figura y una falda que por encima de las rodillas, no está tan delgada como antes, pero sigue estando... joder, sigue estando muy potente. Trago saliva con dificultad mientras me doy cuenta de lo consciente que soy ahora de su cuerpo, algo que no había percibido en tanto tiempo.
Está tumbada en el sofá, tan amplio que parece tragársela, y se incorpora despacio, mirando el móvil con el ceño fruncido. Chasquea la lengua con frustración mientras teclea algo con rapidez. El silencio es tan denso que el sonido de sus uñas contra la pantalla me destrozan los nervios.
Estoy tan cerca, pero a la vez tan lejos. Aquí, escondido en este pasillo que huele a viejo, solo a unos metros de ella. Podría salir ahora mismo y confrontarla, pero… ¿cómo lo haría? ¿Con qué cara? No puedo simplemente aparecer y hacerle preguntas. Parecería un puto loco. Un psicópata que la ha seguido hasta aquí. No tengo excusa alguna, ni siquiera sé qué estoy haciendo aquí realmente, debería estar disfrutando de Iron Maiden. El simple pensamiento me paraliza.
Paso los minutos en este absurdo debate interno. Sé que debería entrar de golpe, enfrentarla, preguntarle qué coño está haciendo, con quién ha quedado. Pero… ¿y si no está haciendo nada? ¿O ha quedado con una amiga que se acaba de ir? ¿Y si soy yo el que está malinterpretando todo?
Decidido. Ya basta, tengo que hacer algo antes de perder el control por completo. Me armo de valor (del poco que tengo en estos momentos), y cuando voy a levantarme…, el sonido de su móvil me detiene en seco. Lo coge, y su expresión cambia al instante. Deja de fruncir el ceño y, al contrario, su rostro se ilumina un poco mientras contesta.
— ¿Cómo que has ido a comprar porque no te queda en el coche? —dice, con un deje de frustración en la voz, mientras se muerde el labio.
Me quedo en blanco. ¿Qué coño está diciendo? ¿De qué está hablando? Aprieto los puños, esperando que continúe, pero todo lo que escucho es su voz melosa, suave. No puedo oír al otro lado de la conversación, solo puedo imaginar lo peor.
Sigue hablando, le debe haber respondido algo gracioso ya que se ríe entre dientes.
— Vale, pero no hagas ruido al volver —responde, asintiendo lentamente con la cabeza—. Te aviso, solo lo probaré porque te lo he prometido, pero ven ya, aún tenemos algunas "cosas" que discutir. —Sonríe como una colegiala traviesa, y yo, desde mi rincón, no entiendo absolutamente nada.
Me fijo entonces en la mesa frente a ella. Los restos de los vasos me distraen, pero no por mucho tiempo. Al lado del cubata, me fijo en los envoltorios arrugados, y entonces todo hace click. Los reconozco. Mierda, claro que los reconozco. Son condones.
Siento el mundo del revés y el nudo en mi estómago se aprieta más fuerte. No necesito escuchar la otra parte de la conversación para saber lo que está ocurriendo. Mi mujer está hablando con él, con su amante.
A los pocos minutos, el timbre suena y me sobresalto, mi corazón da un vuelco. Me muevo deprisa, casi sin pensar, y me meto en el baño. Me pego contra la pared, justo al lado del toallero, que noto húmedo al rozarlo con la mano. "¿Se ha duchado aquí?", pienso, aunque no puedo darle vueltas a eso ahora.
El timbre vuelve a sonar, más suave esta vez, amortiguado por las paredes del baño. Contengo la respiración mientras escucho los tacones de Laura resonar sobre el suelo. Se pierden poco a poco por el pasillo, y escucho cómo gira hacia la entrada.
Aprovecho el momento y, en un impulso desesperado, me deslizo por el suelo a gatas. Mi corazón late con fuerza en mis oídos, pero mantengo la calma, aunque por dentro me siento al borde del colapso. Cruzo el comedor, llego al otro extremo del pasillo y me escondo en una de las habitaciones, cerrando la puerta con cuidado, dejando una pequeña rendija por la que espiar, casi sin respirar. Desde aquí, puedo ver el sofá y escuchar mejor lo que pasa.
Oigo la puerta cerrarse con un clic sordo. Y en cuestión de segundos, aparece él.
Rubén. Ese maldito hijo de puta.
Aparece en el comedor con su paso firme, confiado. Es más alto de lo que recordaba, o tal vez es la rabia lo que lo magnifica ante mis ojos. Sus brazos inflados sobresalen bajo una camiseta ceñida, negra, tan ajustada que parece a punto de reventar con el más mínimo movimiento. Lleva unos tejanos que le quedan igual de ajustados, resaltando cada uno de sus atributos. Su cabello rapado brilla bajo la luz tenue del comedor, dándole ese aire de chulo que tanto detesto. Y, para colmo, esa sonrisa. Esa sonrisa que me dan ganas de borrar de un puñetazo.
Lo observo desde las sombras, impotente. "Debería haberle tirado una de las pesas a la cabeza cuando tuve la oportunidad", pienso. Aunque soy consciente de que me habría molido a palos.
— Ya lo tengo —dice Rubén, soltando un pequeño suspiro al mismo tiempo que se deja caer en el sofá—. Menos mal que encontré una farmacia abierta.
— ¿Y si me duele? —pregunta ella, fingiendo preocupación, mientras se sienta a su lado y cruza las piernas, con una sonrisa juguetona en el rostro.
— Verás las estrellas —le responde con una sonrisa confiada—. Tu cuerpo se adaptará, como ya lo hizo antes.
Los escucho con la mandíbula apretada. Rubén deja algo sobre la mesa, y me tenso, intentando averiguar qué es. Hasta que lo veo: un bote de lubricante.
— No sé, Rubén… ya no estoy tan segura de esto. Me arrepiento de haberte prometido eso —murmura, con un tono de duda en su voz.
Deja una mano apoyada en la rodilla de mi mujer y suelta una carcajada baja, burlona.
— ¿Ah, sí? —dice, con ese tono altanero que lo caracteriza—. Pero cuando me enviabas esas fotos enseñándome el ano... eras muy valiente, ¿no?
Mi mujer suelta una risita, parece que le hace mucha gracia lo que dice ese capullo.
— Eres incorregible —le increpa, dándole un golpe en el brazo—. No me recuerdes esas cosas, guarro. Solo lo hice porque me lo pediste muchas veces.
Él se encoge de hombros, sin inmutarse por el golpecito.
— ¿Guarro? —responde con una sonrisa provocadora—. Si yo soy el guarro, tú eres la que cumple todos mis caprichos. Y bien que lo disfrutaste, ¿eh? —añade, guiñándole un ojo.
No puedo creer lo que estoy viendo. Mi mujer, mi Laura, completamente sumisa ante ese niñato, ese retrasado. Siempre fue fuerte, independiente, con tanto carácter, y ahora... está ahí, riéndose de las guarradas que le suelta.
— ¿Quieres otra? —pregunta ella, señalando el cubata en la mesa. Pero antes de que pueda moverse, él la agarra de la cintura, atrayéndola hacia sí.
— Lo que quiero es a ti —responde con voz ronca, mientras desliza su mano hacia el muslo de Laura, presionando con firmeza.
Ella lo mira, arqueando una ceja, la comisura de sus labios se curva ligeramente.
No. No puedo ver esto. Me repito, intentando convencerme de apartar la mirada. Por favor... que pare.
Pero hay algo dentro de mí, algo oscuro y macabro, que no me deja moverme.
— ¿Todavía no has tenido suficiente de esta vieja? —pregunta, burlándose de sí misma y apartándole la mano, aunque sus ojos lo desafían.
Le sostiene la mirada, acercando su rostro al de ella, haciendo que salten chispas. Coloca la mano en su cintura de nuevo.
— No me pongas a prueba —responde, provocador, echando un vistazo de arriba abajo que deja claro que está disfrutando de cada segundo.
Laura niega con la cabeza y deja el móvil sobre la mesa. En ese momento, una idea desesperada empieza a formarse en mi mente.
— No te creo —responde, con una sonrisa incrédula—. Te saco 15 años.
El macarra contesta, seguro de sí mismo:
— Ya te lo dije hace meses —replica con voz firme—. Me da igual. No he visto a una mujer más hermosa en mi vida. Y tampoco una que envíe mejores fotos de su culo… —Se inclina hacia su oído, y aunque no logro escuchar lo que le susurra, mi mujer se lleva la mano a la boca, tratando de contener la risa. Él aprovecha para agarrarle con fuerza de una nalga.
Me hierve la sangre. Rubén es un puto ligón. Si Laura supiera quién es realmente, le daría asco. Toda la vida quejándose de tíos como él, creídos y petulantes, y ahora, mírala, poniéndome los cuernos con uno de ellos.
Sin previo aviso, sus labios entrechocan de manera electrizante. Mi mujer parece ida, le clava las uñas en su pecho y hace que él emita un gemido mientras se comen la boca.
Luchan con las lenguas para ver quién lleva el control. Están poseídos por algún tipo de lujuria. La mano de él se adentra debajo de la falda y ella responde soltando un largo suspiro. Se separan y Rubén chupa su cuello de manera sucia, a la vez que mueve la mano hasta encajarla entre sus piernas, o eso parece, ya que comienza a mover la muñeca muy rápido y Laura gime descontrolada.
Cansado de la situación, saco el móvil con las manos temblorosas. Sin pensarlo demasiado, escribo un mensaje rápido:
— ¿Ya estás en casa? ¿Te puedo llamar?
Es mentira, lógicamente no puedo llamar ahora, pero espero que eso le haga reaccionar. A los pocos segundos, ve la luz del móvil encenderse. Lo revisa y su expresión cambia al instante. Se separa de Rubén, la diversión y lujuria en su rostro se desvanecen, dando paso a una expresión de amargura... o tal vez de pena, no lo sé con certeza.
— Será mejor que lo dejemos —le dice, con una voz más apagada—. Mi marido me ha preguntado si podemos hablar, y esto... no está bien. No se lo merece.
— Claro que se lo merece —replica, de manera autoritaria—. Yo no dejaría desatendida a una mujer como tú. Te daría lo que te mereces, todos los días. No como el pichafloja de tu marido. —Se baja los pantalones hasta los tobillos, arrastrando con él los calzoncillos, y muestra un contundente trozo de carne—. Ahora ábrete de piernas, voy a reventarte el coño.
Joder. Joder. Joder. Qué. Coño. Es. Eso.
Tengo ante mis ojos la polla más grande que he visto nunca, gorda y larga, amenazante. Un glande rosado bien grueso coronando un tronco repleto de venas verdosas, por cómo palpita parece que tiene vida propia. La deja caer sobre su abdomen y se quita el resto de ropa. Se masturba despacio. Sus ojos arden con un deseo tan intenso que en cualquier momento prende fuego a la casa.
— Sé que tu raja quiere más de esto —continúa, golpeando su entrepierna contra la mano—. Ninguna otra me ha dejado tan seco... Tu maridito no sabe la suerte que tiene.
¡¿Cómo?! ¡¿Qué acaba de decir?! Ignorando cualquier atisbo de sentido común, me quedo quieto, paralizado, como un idiota, expectante por ver qué va a ocurrir ahora. Cómo puede tener algo así de grande, y encima hablarle así, eso no es normal. No me creo que algo así haya estado dentro de mi mujer.
Mi mujer lo mira a los ojos, y puedo verla dudar desde aquí. Se muerde el labio inferior, mostrando esa mezcla de indecisión que me hace pensar que en cualquier momento va a ceder.
— No, Rubén... ya lo hemos hecho suficientes veces. Es mejor que lo dejemos ya y te vayas —le responde ella, con un tono que intenta sonar firme, pero que no esconde la duda.
— Vamos, Laura. Una última vez, ¿qué más da? —responde mientras le agarra la muñeca, guiando su mano hasta dejarla a escasos centímetros de su miembro—. Si nadie se va a enterar.
Intercambia la mirada entre el móvil y el rabo varias veces, visiblemente indecisa. Sus ojos van de la pantalla a la inmensa polla, una y otra vez, como si estuviera sopesando sus opciones. Finalmente, suspira y coge el teléfono.
Teclea algo rápido, sus dedos se mueven con precisión. Mi corazón se acelera al ver cómo la pantalla de mi móvil se ilumina por un instante. Compruebo el mensaje, temiendo lo peor.
— Ya he llegado, estoy cansada y a punto de dormir, hablamos mañana.
Luego, sin mirarlo más, apaga el móvil y lo deja sobre la mesa, apartándolo de su vista.
— Los jóvenes sois insaciables —confiesa, quitándose el top ajustado y sujetador, lanzándolo al suelo. Sus pecho caen, rebotando, con los pezones completamente tiesos—. Solo una vez más, la última —su tono se vuelve más suave, casi suplicante. Agarra la polla y comienza a masturbarla al mismo ritmo que hacía él.
Él se inclina y estallan en un beso frenético y sucio, con ganas de devorarse el uno al otro. Chocan las lenguas de nuevo y la mano de Rubén se pierde entre las piernas de ella. En pocos segundos se instaura un ruido húmedo en ese comedor. Laura se arquea como si del contacto surgieran varias descargas eléctricas.
Sin ningún tipo de pudor, le levanta la falda, revelando que no lleva nada debajo. Ella se abre de piernas entre suspiros, con una sumisión que nunca vi en casa, mientras se siguen besando con una pasión que me deja sin aliento. Laura, la mujer que siempre fue recatada, está completamente entregada a ese animal. Rubén, con su actitud de macho dominante, la maneja como si fuera un trofeo más, sin el menor respeto, solo hambre. Trago saliva, sorprendido por la descarada realidad de lo que está pasando.
Los dedos curvados entran y salen a una velocidad demencial, chocando la enorme palma contra el pubis pelirrojo. El chapoteo cada vez es más fuerte, ensordecedor, la mezcla del sonido de la carne chocar y los fluidos de la madre de mi hijo van a acabar conmigo.
Están empezando a sudar. Lo veo en sus cuerpos, brillando bajo la tenue luz del comedor. Y lo peor es que yo también empiezo a sudar, pero lo mío es un sudor frío, pegajoso, que me recorre la espalda. Pierdo la noción del tiempo contemplando esa escena.
Sus uñas se clavan en la tela del sofá y se arquea aún más. Se frota como una loca contra su mano a la vez que el beso se vuelve más primitivo, lascivo. Finalmente, Laura se aparta y echa la cabeza hacia atrás, llevándose la mano a su clítoris para ayudar a correrse. No tarda mucho en lograrlo, manchando el sofá de flujos que salen despedidos entre sonoros gemidos.
— Mírate, siempre tan sumisa cuando lo pido —la humilla, con una sonrisa malévola—. Siempre terminas queriendo más, ¿verdad? Soy lo que necesitas.
Contengo un jadeo agudo al escuchar a mi mujer, horrorizado por la reacción que la escena provoca en mi cuerpo. Me giro de inmediato y dejo de mirar.
Debería levantarme ahora mismo, entrar y sacar a rastras al imbécil ese. Decirle las cosas claras a mi mujer, acabar con todo. Terminar nuestra relación, poner fin a esta farsa.
De fondo escucho a Rubén decir: "Ponte aquí encima…”, seguido de un sonido seco, plano, como un manotazo contra carne. “Mmm, no me des así en el culo” responde Laura. La réplica del joven no tarda en llegar: “Eso, sobre mi cara… Abre las piernas, vamos a lubricar bien este agujero”.
Maldición, quiero verlo. No puedo controlar este impulso, a pesar de que me está desgarrando por dentro. Cada parte de mí me pide que me largue.
Pero no lo hago. No puedo. Y entonces, lo comprendo. Todo lo que he sentido estos meses, esa sensación que no supe identificar: es morbo.
Morbo por ver a Laura, no a la madre de Izan. La Laura de antes, la que me hacía perder la cabeza. Morbo por volver a ver a la mujer de la que me enamoré, la que conocí antes de que tuviéramos a nuestro hijo. Morbo por ver a mi mujer caer en manos de otro, por ver cómo lo hace sin mi consentimiento.
Despacio, muy despacio, me giro hacia la puerta, listo para enfrentar lo que nunca pensé que vería. Para presenciar la traición más grande que puede cometer una pareja. Maldigo el placer que siento por este dolor; es destructivo, pero jodidamente adictivo.
Lo que veo es peor de lo que me había imaginado.
Rubén está tumbado en el sofá, y Laura sobre él, dándome la espalda y mirando al lado contrario. Tiene abierto el culo de mi mujer con las manos, y puedo comprobar lo mojada que está, con los muslos chorreando. Le da lametones largo e intensos a lo largo de toda la extensión del coño. Ella de mientras le está pajeando con calma, deleitándose de tamaño cipote. Están haciendo un 69 delante de mis narices.
— Ah… ah… mmm…—jadea mi mujer, al sentir como le succiona el clítoris. El ruido es atronador, como si un perro estuviese bebiendo de un cubo metálico—. Sigue, no pares.
Él aumenta la velocidad, y mi mujer, incapaz de mantener la paja, se deja caer hacia delante, quedando al lado de su mastodóntica polla. Solo jadea, restregando su entrepierna contra los morros del chulo. Él, indignado, detiene el cunnilingus.
— Chúpamela, como buena zorrita que eres—le espeta. Le propina una sonora palmada en su culo, tan fuerte que puedo ver sus dedos marcados en la nalga derecha.
Ante mis ojos veo como acerca la cabeza y besa su polla con delicadeza, casi ternura. Solo para abrir la boca lo máximo posible y tragarse “eso”. El aire no me entra en los pulmones, le está comiendo la polla y no hago nada para evitarlo. Y lo peor de todo es que siento cómo cada vez me excito más.
El macarra cambia su objetivo. Se esmera en chuparle el ano mientras continúa amasando sus glúteos, la lengua desaparece y ella mueve las caderas como una loca. Lame e introduce un dedo, y luego otro. Después de unos minutos, acelera el ritmo. Se la está follando analmente. No lo entiendo, es virgen por ahí detrás, que yo sepa nunca había querido probarlo conmigo. Se me descompone la cara a la par que mi miembro se endurece.
— Sabes tan bien —murmura antes de volver a lamerme el ano—. Hoy no me voy de aquí sin darte por culo —confiesa como el sobrado que es, seguro de que tiene la situación justo donde quería.
La mamada que está realizando mi mujer es impresionante, con los sonidos llenando el comedor. Escupe sobre ella para lubricarla y, después de esparcirla bien, vuelve a desaparecer una parte en su boca. Nunca la había visto tan excitada.
Rubén cambia de nuevo, atacando los dos agujeros sin piedad. Sorbiendo de su coño y hundiendo hasta tres dedos en su ano. Mi mujer se contorsiona ante tal placer, pareciendo que en cualquier momento se va a romper.
— No aguanto más, fóllame ya —exclama ella, de manera entrecortada.
Sin esperar respuesta, cambian de posición. Él se apoya sobre el respaldo del sofá y Laura se sienta encima a horcajadas, frotándose con desesperación contra su musculoso cuerpo.
Él se separa un poco y coloca el glande en la encharcada entrada de mi mujer. Lo frota de una manera salvaje al mismo tiempo que se miran con una pasión ardiente. Pero antes de avanzar con el glande…
— Ábrete el coño, guarra—le ordena. Mi esposa abre la boca para quejarse, pero no dice nada, solo se lleva las manos a la entrepierna y separa sus labios vaginales.
Esta es, sin duda, la escena más humillante que he presenciado en mi vida. Me resulta casi imposible creer que los protagonistas sean mi mujer y su amante. No puedo más, siento que el pantalón me va a estallar. Reúno todas mis fuerzas para no hacer lo que mi mente me está gritando que haga.
Las manos del chulo se aferran a sus caderas con fuerza. Introduce la mitad de golpe, estando tan mojada que entra sin problemas. Y poco a poco, van acelerando el ritmo.
La visión que tengo es privilegiada, aunque las gotas de sudor frío me recorren la espalda, pegándose a mi piel de una manera desagradable. Laura es ensartada sin piedad por ese imbécil, de una manera tan gráfica y violenta que hace que me encuentre en mi límite.
— Muévete más rápido, joder —le increpa él. Puedo ver como el dolor en la cara de Laura se va transformando poco a poco en algo más intenso.
Noto el calor que me sube al pecho cuando mi mujer apoya los pies sobre los grandes muslos de él. Su culo en pompa, con el ano enrojecido y totalmente expuesto, no para de subir y bajar. Es degradante porque sé que no debería desearlo, pero quiero verla follar aún más duro.
— Me vas a matar —solloza ella, apoyándose sobre sus hombros y besándolo. Él se la saca y vuelve a penetrarla con más violencia.
El coño de la madre de mi hijo está hinchado y hambriento, tragándose la polla del chulo del gimnasio sin descanso, salpicando fluidos cada vez que baja. Vuelve a retirarse dejando dentro solo la punta para, a continuación, empotrarse con toda la polla tan profundo que juraría que Laura va a desfallecer. Grita con la voz entrecortada que le folle más duro. Tan fuerte que por un momento temo que los vecinos la escuchen.
Está completamente cegada por el placer. Sus ojos entreabiertos y la expresión de su rostro gritan éxtasis absoluto. La veo morderse el labio y negar con la cabeza, como si luchara por no perder el control y poner los ojos en blanco.
— ¡Dios mío! —gime. Y esta vez no puede evitar que se le caiga la cabeza hacia delante, apoyándola contra los hombros del joven.
Pero justo en ese momento, Rubén se la saca del todo. Mi mujer gimotea, casi notando dolor por el orgasmo negado.
— ¿Qué haces? —pregunta ella. Ignorándola, él se coloca de pie, la levanta también y señala justo hacia mi dirección.
Un escalofrío me recorre la espalda, mis rodillas empiezan a temblar. Me escondo rápidamente. Me han pillado, pienso, con el corazón a punto de salirse del pecho.
Sin embargo, lo que escucho me sorprende:
— Es hora de que cumplas lo que llevas diciendo meses. Desde que me la comiste en el coche llevo con ganas de darte por el culo. Ahora lo vamos a hacer.
Mi mujer, con una voz que mezcla cansancio y frustración por no haber corrido, responde:
— Estaba a punto de terminar...
— Y lo harás, te lo aseguro —insiste él, con esa confianza tan odiosa.
Mi corazón se detiene por un segundo. ¿Van a entrar en la habitación donde me escondo? Siento que la presión acaba conmigo, es inevitable, temo que todo se desmorone en cualquier momento y esto acabe de la peor forma posible.
Pero no... Pasan de largo y entran en la habitación de matrimonio, justo enfrente.
Respiro aliviado, mi excitación aumenta con cada paso que escucho al otro lado de la puerta.
Me acerco lentamente a la puerta, casi sin respirar, y la abro apenas lo suficiente para poder ver. La oscuridad de la habitación en la que estoy oculto me protege, mientras la luz de la habitación de matrimonio ilumina con claridad cada uno de sus movimientos. Ellos me dan la espalda, totalmente ajenos a mi presencia.
— Ponte a cuatro patas —le dice, señalando la cama, y con la otra se embadurna el miembro con lubricante.
Él está de pie, delante de la cama, mientras Laura se mueve despacio, casi como si dudara, pero al final obedece. La veo claramente, la misma mujer que creía conocer, ahora frente a mí, en esa escena. El contraste entre la tenue luz y sus siluetas hace que la escena sea aún más irreal, como si estuviera atrapado en una pesadilla de la que no puedo despertar.
Mis ojos se clavan en ella, con las piernas abiertas y levantando las caderas, y finalmente me decido. Me bajo los pantalones y sale mi pene disparado, duro como no lo había estado en años.
Él se coloca detrás de ella, de pie y flexiona las rodillas, encajando su polla en el agujero del culo de mi mujer. Comienzo a pajearme, sin poder contenerme más. Esta es la droga mas grande que he probado nunca.
— Querías correrte, ¿verdad? —pregunta. Le falta el aire y tiene la voz entrecortada. Esa visión es apoteósica, no me extraña.
— Sí —le suplica con un gemido.
— Nunca has probado nada igual, te lo aseguro —exclama, hundiendo el grueso glande despacio en su ano—. Levanta más el culo, como esas posturas de yoga que tanto alardeas que hacías.
Mi mujer se retuerce, pero no dice nada. Obedece sin rechistar, levantando las caderas aún más mientras adopta una postura casi sumisa.
— ¡Eres un cabrón…!
Le interrumpe su insulto avanzando más, penetrándola de nuevo. Está colocado encima de ella, la ha metido la mitad sin inmutarse. Mi esposa se queda sin palabras; más bien no le salen. Ese ángulo le permite introducirla a más profundidad, sin las limitaciones de espacio que tiene el coño. Las lágrimas le corren por las mejillas entre muecas de dolor.
Después de un rato, entra casi en toda su totalidad, golpeando con sus testículos el hinchado clítoris. Laura arquea la espalda y clava las uñas en las sábanas, arañando la tela mientras la embiste sin descanso. El macarra la coge por el pelo y le levanta la cabeza con brusquedad, casi con violencia.
— ¿Quieres correrte con mi polla en el culo? —le pregunta, al mismo tiempo que el cabecero de la cama choca contra la pared y la estructura amenaza con venirse abajo por las acometidas.
Ella asiente frenéticamente y él, aunque me está dando la espalda, sé que está sonriendo.
— Sí… sigue… —jadea, totalmente doblegada a merced de ese imbécil. Se lleva la mano a la entrepierna para frotarse el clítoris, poseída por la lujuria.
Continúan unos minutos que se me hacen eternos, pero de una manera inquietantemente placentera. No puedo controlarme; solo quiero seguir viendo el espectáculo que mi mujer está dando: el culo abierto y ese enorme cipote clavado en medio.
Acelero mi paja, con la respiración descontrolada. Siento que en cualquier momento voy a correrme, incapaz de controlarme. Esto es lo más excitante que he visto en mi vida, pienso durante unos instantes.
Y después de unos pocos envites más, escucho a mi mujer proferir el grito más desgarrador que he escuchado en mi vida:
— ¡AAAAAHHHHH! —grita, contrayendo los pies contra las sábanas de puro dolor.
— Joder, qué gusto, nena —articula en voz alta, sacando el rabo y lanzando los primeros chorros sobre su ano—. Lo tienes tan apretado…, me encanta —le dice, volviendo a meterla hasta el fondo, para acto seguido sacarla y seguir descargando sobre ella.
Veo como el semen resbala por el ano, bajando por el coño hasta caer en la cama, dejando toda la zona hecha un desastre. Ella, jadeante y sin aliento, sigue teniendo espasmos de placer. Estoy seguro que ha tenido el orgasmo más intenso de su vida.
Sin poder remediarlo, me corro también, dejando la puerta manchada. La escena que hay ante mis ojos, con Rubén sodomizando a mi esposa, parece salida de la mente de algún perturbado. Simplemente es algo deliciosamente terrible.
Apoyo la cabeza contra la puerta, mientras dejo escapar el poco veneno que me queda dentro. Jadeo, intentando recuperar el aliento, y poco a poco, siento cómo la cordura vuelve a mí. ¿Cómo demonios he permitido esto? ¿Cómo he llegado hasta aquí?
Me asomo de nuevo, pero lo que veo me produce náuseas.
— Me has roto el culo, cabrón —se queja ella.
— Cállate —replica él, y PLASS, le suelta un azote con la mano mientras que con la otra se limpia el rabo en la nalga que no está al rojo vivo—. Sé que te ha encantado, no lo puedes negar.
Mi mujer se queda callada, no responde, tan solo se deja caer sobre la cama. Él se arrodilla, apoyándose con una mano sobre el colchón, parece que también necesita recuperarse.
Ya no hay morbo, solo una sensación sofocante de vergüenza, rabia y arrepentimiento. No puedo quedarme aquí ni un segundo más. Necesito salir de esta casa, y hacerlo sin que me pillen.
Cada crujido de esa cama me atraviesa como un cuchillo, cada gemido... es como si me estuvieran partiendo por dentro. El aire se vuelve denso, como si estuviera respirando a través de un trapo húmedo.
No sé cómo, pero consigo moverme. Un pie tras otro, despacio, saliendo de la habitación en silencio. No quiero hacer ruido. No quiero que me vean. No quiero... que sepan que estuve aquí, como un maldito salido. Me doy asco a mí mismo solo de pensarlo.
Paso por el comedor, sin querer mirar demasiado, pero no puedo evitarlo: está todo hecho un desastre. La mesa está llena de envoltorios de condones, incluso veo alguno usado a los pies del sofá, y el fuerte aroma que lo impregna todo hace que me den arcadas. El aire está cargado de un olor intenso, una mezcla de sudor, alcohol y sexo que me abofetea.
Me doblo sobre mí mismo, llevándome las manos a la boca, luchando por no vomitar lo poco que queda en mi estómago. No sé ni de dónde saco fuerzas para no hacerlo, pero continúo andando.
Repto por el pasillo, las rodillas casi me fallan, pero avanzo con cuidado. No hago el menor ruido mientras me acerco a la puerta. Cuando la alcanzo, tomo un profundo respiro y, con manos temblorosas, la abro con mucho cuidado. El frío del exterior me golpea al fin, liberándome de esa atmósfera asfixiante.
Me deslizo fuera, como una sombra que no debería existir. Mis manos sudan, el pecho me duele y todo mi cuerpo me grita que corra, pero tengo que controlarlo. Si ellos se dan cuenta, no sé qué haré.
Bajo las escaleras hacia la calle y siento un alivio inmediato, pero no lo bastante fuerte como para borrar lo que acabo de presenciar. Estoy fuera. Ya está, me he ido. Pero esas imágenes... esas malditas imágenes... las tengo grabadas en la retina, junto a sus gritos desgarradores.
Camino hacia el coche sin rumbo fijo, las piernas moviéndose por inercia. Subo al asiento y me quedo mirando la nada. El volante frente a mí parece burlarse, como si supiera todo lo que acaba de ocurrir. Siento la rabia acumulándose en el pecho, la impotencia y la frustración alcanzando un punto de no retorno.
— ¡Maldita sea! —grito mientras mi puño se estrella con toda su fuerza contra el volante.
El dolor me sacude al instante, y suelto un quejido ahogado. Me agarro la mano, el dolor pulsando entre los nudillos, pero la rabia sigue ahí, aún más fuerte que antes.
— ¡Joder...! —susurro entre dientes, temblando la voz—. ¿Por qué me está pasando esto?
Apoyo la cabeza sobre el volante, con la mano dolorida descansando en mi regazo. Las lágrimas empiezan a caer, primero tímidamente, y luego como si rompieran un dique que llevaba meses conteniendo.
— ¿Por qué...? —lamento, incapaz de aceptar lo que acaba de suceder. La vergüenza y el dolor me devoran, y sigo ahí, inmóvil, con el cuerpo temblando y las lágrimas fluyendo.
Enciendo el motor, pero no tengo idea de a dónde ir. Solo conduzco, con la vaga esperanza de que el movimiento me distraiga de todo esto, de la vergüenza y el asco que me arden por dentro.
Conduzco por las calles vacías y apagadas, sin saber qué hacer. No tengo idea de dónde acabaré, solo sé que necesito un sitio donde dormir... o al menos intentarlo.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
El padrastro del novio de la amiga Parte 6
No es solo una traición, es un ritual. Desde la oscuridad, el narrador contempla cómo la mujer que ama se entrega a un desconocido, validando cada…
Comparte:Infidelidad consentidaVoyeurismo ocultoRelacion jefe subordinada
- Hetero: Infidelidad
Mi esposa argentina 5 parte 1
Carlos no solo mira; él dirige la obra. Cuando el marido de una paciente traumatizada aparece en su cena, la línea entre el juego consentido y el…
Comparte:Infidelidad consentidaVoyeurismo ocultoDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
El inquilino marroquí Parte 1
Las paredes del piso son delgadas y los gemidos de al lado no son solo ruido, son una invitación.
Comparte:Infidelidad consentidaVoyeurismo ocultoDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Mi amiga casada
Reynaldo no buscaba solo un encuentro, sino una conquista total. Meses de paciencia, galantería fingida y manipulación psicológica convergieron en…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaBdsm suave
- Hetero: Infidelidad
Mi novia me engaño con mi amigo
Carla siempre tuvo el cuerpo perfecto, pero nunca pudo darle lo que él deseaba. Hasta que Patricio apareció, con sus manos duras y su voz imperiosa,…
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveVoyeurismo oculto
- Hetero: Infidelidad
Mi novia se folló a mi hermano y me vengue
Tenía doce años de servicio y un deber claro: detener a la asesina que aterrorizaba la ciudad.
Comparte:Infidelidad consentidaVoyeurismo ocultoBdsm suave