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Mi nueva vida con Amanda [09]

Atado a una silla y con los ojos vendados, Josué solo puede escuchar. El terapeuta le ordena a su esposa que le describa cada sensación mientras ella 'juega' con un juguete sexual. Pero el sonido de la piel contra piel le dice otra cosa: no es un ejercicio, es una traición real, y él es el único espectador obligado de su propia destrucción.

Reina de Picas7K vistas8.7· 11 votos

El viernes por la mañana llegó como un golpe seco en las tripas de Josué, un nudo que le apretaba el estómago desde que abrió los ojos y vio el techo agrietado del departamento. No había dormido una mierda, la cabeza dándole vueltas toda la noche, el eco de la voz de Milton rebotándole en el cráneo como un pinche tambor que no paraba: "Los quiero ver en vivo".

Se levantó de la cama con las piernas temblando, esa debilidad del accidente que no se iba nunca, un recordatorio sordo en las rodillas que lo hacía caminar como si arrastrara cadenas. El sudor ya le corría por la nuca, empapándole la playera vieja, y el cuarto estaba en penumbra, la luz del amanecer colándose apenas por las cortinas rotas como si no quisiera entrar del todo.

Estaba solo en la sala, caminando en círculos como perro nervioso, los pies descalzos rozando el suelo frío que crujía con cada paso. El tic-tac del reloj en la pared le taladraba los nervios, un sonido que parecía contar los segundos hasta que Milton llegara esa noche y le jodiera la vida todavía más.

El fregadero goteaba en la cocina, ploc, ploc, ploc, y el ventilador viejo zumbaba en una esquina, un ruido que lo ponía al borde del colapso.

Cada sonido era un clavo más en su cabeza, y el miedo le apretaba las tripas como si alguien le hubiera metido un puño y lo estuviera retorciendo despacio.

No había pegado ojo, las ojeras marcándole la cara como moretones negros, la barba rala pegándosele al mentón como un trapo sucio. "¿Qué mierda quiere ahora ese cabrón?", murmuró para sí mismo, sudando más, rascándose la nuca con una mano temblorosa mientras miraba el celular en la mesa, apagado pero amenazante, como si fuera a sonar en cualquier momento.

Desde el baño, el sonido del agua corriendo lo sacó de su trance, seguido del tarareo de Amanda, una canción de banda que le taladraba las orejas: "Y por esa mujer, me muero de amor…". Ella estaba ahí, fresca como si nada, duchándose como cualquier otro día, el vapor colándose por la puerta entreabierta y trayendo un olor a jabón floral que a Josué le quemaba la nariz. Amanda salió envuelta en una toalla blanca que apenas le cubría las nalgas gordas, la tela mojada pegándosele a los muslos blancos como si quisiera reventar, las tetas temblándole bajo la presión con cada paso.

Fue directo al cuarto, tarareando todavía, y Josué la siguió con la mirada, el sudor goteándole por la frente, el corazón latiéndole como tambor en los oídos.

—¿Ya te levantaste, gordi? —dijo ella desde el cuarto, la voz saliendo suave mientras abría el clóset, el crujido de las perchas resonando como un eco burlón—. Pensé que te ibas a quedar roncando hasta el mediodía.

—Me alegra que pudieras dormir, yo no dormí una mierda —masculló Josué, apoyándose en el marco de la puerta, sudando más, las piernas temblándole mientras la veía sacar una falda ejecutiva gris.

—¿Y eso por qué, Josué?

—¿Cómo coño iba a dormir sabiendo lo que se nos viene esta noche?

Ella giró la cabeza un poco, un mechón pelirrojo cayéndole sobre la cara, y le lanzó una sonrisa chiquita que a Josué le supo a veneno dulce.

—¿Por qué te preocupa tanto? —preguntó, dejando la toalla caer al suelo con un ruido sordo, las nalgas inmensas temblándole como dos masas blancas bajo la luz tenue—. No seas exagerado, mi amor, solo es una sesión más de dos pacientes con su psicoanalista.

—¡Un psicoanalista enfermo mental que nos quiere ver en vivo, Amanda, como si fuéramos una diversión para él!

Ella se puso la falda despacio, subiéndola por los muslos (que ya estaban cubiertos por unas sensuales medias de nylon transparentes) con un meneo que hizo crujir la tela, las nalgas bamboleándose bajo el gris ajustado como si fueran a romperla.

—Me caes mal a veces, Josué, porque por momentos pareces convencido de la terapia, por otros momentos no. El caso es que a ti nunca se te da gusto —respondió irritada, sacando una blusa blanca del clóset, los brazos moviéndose con una tranquilidad que a Josué le ponía los nervios de punta—. Yo me voy al despacho, como siempre, y tú relájate un poco, ¿sí?

—¡Relajarme! —gruñó él, sudando más, entrando al cuarto con pasos torpes—. ¡No puedo relajarme sabiendo que ese cabrón viene hoy seguramente para vernos haciendo… lo que hicimos antes por videollamada! ¿No te da cosa?

Ella se puso la blusa, abotonándola despacio, las tetas gordas apretándose bajo la tela hasta hacerla tensarse, los pezones oscuros marcándose un segundo antes de que ajustara el brassier por debajo.

—Pues no, la verdad —dijo, mirándolo por encima del hombro, la voz suave pero con un brillo en los ojos grises que a Josué le olió a ganas contenidas—. Si Milton dice que esto nos va a ayudar, yo le creo. Tú deberías hacer lo mismo.

—¡Carajo, Amanda, no es tan fácil! —balbuceó él, sudando frío, apoyándose en la pared como si las piernas fueran a fallarle—. ¡Me da mala espina, no sé qué mierda quiere hacer ahora! ¿Qué tal nos pide que… tengamos sexo frente a él?

—¿Qué tendría de malo?

—¡Te vería encuerada, Amanda! ¡Completamente desnuda! ¿Eso no te parece que es algo malo?

—¡Pero si ya nos vio a ambos en videollamada, gordi, ¿qué más da?!

—Es diferente a vernos en cámara desnudos que en vivo. Lo que él propone es una puta locura.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que Milton no me nos ve con morbo? ¡Es un profesionista! ¡Milton es nuestro psicoanalista!

—Y una mierda, Amanda.

Ella suspiró, poniéndose unos tacones negros que resonaron en el suelo como un tambor lento, y se acercó a él, poniéndole una mano en el hombro, las uñas rojas recién repitandas rozándole la piel como garras suaves.

—Gordi, por favor basta —dijo, su voz cantadita, casi tierna—. Es solo una sesión más, como la otra vez. Yo me voy al trabajo, y tú descansas un rato, ¿sí? Nos vemos en la tarde y lo enfrentamos juntos.

—¡Juntos pa’ qué, pa’ que me humille otra vez! —masculló él, sudando más, mirando el suelo como si ahí estuviera la respuesta—. ¡No sé si quiero enfrentar nada!

Ella se inclinó un poco, las tetas temblándole bajo la blusa a un palmo de su cara, y le dio un beso rápido en la frente, un roce tibio que a Josué le quemó como si fuera ácido.

—Todo va a estar bien, mi amor, confía en él —dijo, enderezándose, las nalgas bamboleándose bajo la falda mientras agarraba su bolso—. Me voy, que llego tarde al despacho. Nos vemos luego.

—Ajá, claro —murmuró él, resignado, sudando todavía mientras la veía salir del cuarto, el taconeo resonando en el pasillo como un eco que se llevaba su calma.

Josué se quedó solo en la sala, sudando, temblando, el huevo frío que se hizo luego en la cocina permaneció mirándolo desde el plato como un ojo muerto.

El celular estaba en la mesa, apagado pero vivo, un pinche monstruo esperando a sonar con la llegada de Milton. El viernes se alargaba frente a él como una sentencia, y el miedo le apretaba las tripas como si alguien le estuviera retorciendo las entrañas despacio, muy despacio.

Amanda estaba en su mundo, trabajando como si nada, mientras él se ahogaba en el suyo, imaginando lo peor para esa noche, y el eco de ese "en vivo" le taladraba el cráneo como un clavo que no podía sacar.

En silencio, durante el día, Josué pensaba mil cosas que no lo dejaban sentir paz.

¿De verdad su esposa Amanda le estaba siendo infiel? La idea le pegó como un gancho en el estómago, un pensamiento viscoso que se le enredaba en la cabeza como una serpiente hambrienta. Imaginó a su mujer, con esas nalgas gordas temblando bajo la falda ejecutiva, arrodillada frente a Milton en algún rincón oscuro del despacho, los labios gordos chupándole la verga con ese mismo gemido que soltaba en las videollamadas, "¡Hummm, qué rico!".

El calor le bajó por los calzones, un tirón débil en su penecito flácido que lo ponía enfermo, un morbo enfermo que lo hacía odiarse mientras se la imaginaba abierta de piernas, las tetas botando como masas jugosas, Milton taladrándola con una furia que él nunca podría igualar.

¿Era eso lo que querían? ¿Humillarlo hasta destrozarlo mentalmente?

Se preguntó qué sentido tenía todo esto, esta terapia de mierda que Milton les vendía como salvación. ¿Y si los dos lo habían planeando todo desde el principio? ¿Por qué y para qué? ¿Era una trampa para hacerlo pedazos, para que se tragara su hombría en cada gemido, en cada chupada al "Milton" de goma, que ella hacía como si fuera lo más normal del mundo?

Josué se imaginó a los dos riéndose en la cama, Amanda gimiendo "¡Sí, Milton, qué rico!", mientras el psicoanalista la empalaba como todo un semental.

Si sus sospechas respecto a su esposa eran ciertas, ¿podría enfrentarla? La idea le apretó el cuello como una soga. Imaginó pararse frente a ella cuando llegara del trabajo, señalarla con un dedo tembloroso y soltarle: "¡Eres una puta adúltera, Amanda, sé que te lo estás cogiendo!".

La veía en su mente, las nalgas temblándole bajo la falda mientras se giraba furiosa, los ojos grises brillando con rabia, gritándole: "¡Estás loco, Josué, no tienes pruebas!".

Y a decir verdad… todo era cierto. ¡Jamás había visto directamente a Amanda coger con el tipo que lo había dejado inhabilitado como hombre! Todo eran suposiciones suyas de acuerdo con lo que escuchaba e imaginaba.

A lo mejor fingir que no pasaba nada entre su esposa y el cabrón era más fácil que enfrentarlos. Cerrar los ojos y dejar que ella lo guiara, que Milton lo dirigiera, que todo siguiera como un juego enfermo donde él era el único que perdía. Era más fácil, ¿no? No pelear, no gritar, no arriesgarse a que ella lo dejara por un cabrón que sí podía hacerla gemir de verdad.

Y se preguntó si valía la pena el riesgo de enfrentarla, de perderla, de quedar como un loco paranoico si todo era mentira.

¿Y si no había pasado nada? La duda le pegó como un latigazo en la cara. ¿Y si todo estaba en su cabeza, que había quedado retorcida después del accidente?

Antes del choque, Amanda no tarareaba tanto, no se ponía esas faldas ajustadas con esa calma, no lo miraba con esos ojos grises que parecían esconder algo.

Pero después, con las piernas temblándole y el pene flácido que no respondía, todo había cambiado.

-

Amanda llegó al departamento pasadas las seis, el sonido de la llave girando en la cerradura golpeando a Josué como un puñetazo sordo en el pecho. Estaba desplomado en el sillón de la sala, las piernas colgando flojas sobre el reposabrazos.

Su esposa entró con pasos firmes, los tacones negros resonando en el suelo como un redoble lento, la falda ejecutiva gris abrazándole las nalgas gordas con cada movimiento, la blusa blanca un poco arrugada después de un día en el despacho. Traía el bolso colgado del hombro y una bolsa de plástico en la mano, el olor a comida china llenando el aire con un tufo grasoso que a Josué le revolvió las tripas.

—Hola, gordi, ya llegué —dijo Amanda, dejando el bolso en la mesa con un golpe suave, su voz saliendo agotada pero con un dejo que a Josué le sonó demasiado relajado—. Traje comida china y unas empanaditas de la esquina, ¿te late comer algo?

—¿Comer? —masculló él, levantándose con un movimiento torpe, las manos temblándole mientras se pasaba una por el pelo—. ¡No tengo cabeza pa’ comida con lo que viene esta noche!

Ella lo miró de reojo mientras sacaba los envases de la bolsa, las uñas rojas rasgando el plástico con un sonido que le crispó los nervios.

—Pues yo sí tengo hambre —dijo, poniendo las empanaditas en la mesa, el calor subiendo en hilitos que olían a aceite—. Vamos a cenar rápido, Josué, antes de que llegue Milton.

—¡Rápido pa’ qué! —respondió él, sudando más, dando un paso hacia la mesa con las piernas temblándole—. ¡No quiero comer nada sabiendo que ese cabrón está a punto de aparecer!

Amanda dejó la pasta sobre un plato y suspiró, limpiándose las manos en un trapo que sacó del cajón, el metal chirriando al cerrarlo.

—Vamos a comer y punto —dijo, su voz firme, casi cortante—. Luego te duchas y te pones algo decente, gordi, no vas a recibir a Milton así de mugroso.

—¿Ducharme yo? ¿Para qué? —gruñó él, sudando frío, mirando su playera manchada—. ¡Qué importa cómo me vea, Amanda, no es una pinche fiesta! Supongo que a la que quiere ver perfecta y limpia es a ti.

—¡No empieces otra vez, Josué, por favor! —respondió ella, girándose con un plato en la mano, las nalgas temblándole bajo la falda—. Yo también me voy a cambiar, pero primero cenamos. Anda, siéntate.

Josué se dejó caer en una silla, temblando, fingiendo una calma que no sentía, el sudor goteándole por la frente mientras ella ponía los platos en la mesa. No quería parecer un débil frente a Amanda, no quería que pensara que no le importaba el matrimonio, así que respiró hondo y agarró una empanadita, el aceite quemándole los dedos.

—Está bien, cenemos —dijo, su voz saliendo más firme de lo que esperaba, aunque por dentro el miedo le apretaba el pecho—. Pero no creas que estoy tranquilo con esto.

Ella se sentó frente a él, cruzando las piernas bajo la mesa, la falda subiéndole un poco por los muslos gordos.

—Nadie dijo que tengas que estarlo —respondió, pinchando un poco la comida china con un tenedor, su voz suave pero con un temblor que a Josué no le pasó desapercibido—. Yo también estoy un poco nerviosa, ¿sabes?

Comieron en silencio, el crujido de las empanaditas y el tintineo del tenedor llenando el aire, el sudor corriéndole a Josué por la espalda mientras masticaba sin ganas.

Amanda terminaba rápido, como si quisiera quitarse la ropa de encima, y él la miraba de reojo, notando cómo sus manos temblaban un poco al servirse más fideos. Terminaron en diez minutos, y ella se levantó, recogiendo los platos con un ruido que le puso los nervios de punta.

—Venga, gordi, a ducharte —dijo, dejando los platos en el fregadero, el agua salpicando un poco—. Ponte una camisa limpia y unos jeans, algo decente. Yo también me voy a cambiar.

Josué se levantó despacio, fingiendo seguridad mientras se pasaba una mano por el pelo.

—No hace falta que te cambies, ¿verdad? —dijo, su voz saliendo dura, casi desafiante, tratando de dejarla en evidencia—. Si te quedas así de ejecutiva, la terapia igual funciona, ¿no? No creo que Milton necesite verte de otra forma.

Ella se giró rápido, las manos en las caderas, las nalgas temblándole bajo la falda, y lo miró con los ojos grises entrecerrados.

—¿Qué insinúas, Josué? —preguntó, su voz subiendo un poco, un filo que a Josué le cortó el aire—. ¡Claro que me voy a cambiar, quiero estar cómoda!

—¡Nada, solo digo! —respondió él, sudando frío, fingiendo que no le temblaba la voz—. ¿No te da ni tantito pudor saber que podrías estar desnuda esta noche frente a Milton?

Amanda dejó el trapo en la mesa con un golpe seco, su cara enrojeciendo un poco, y dio un paso hacia él, las manos temblándole ahora más que antes.

—Pues… sí, claro que tengo pudor, ¿pero qué me gano con eso? —admitió, su voz saliendo baja, casi un susurro, pero con un brillo en los ojos que a Josué le olió a nervios—. ¡Es normal sentir algo de pena, pero es por nosotros!

—¡Un poco, dice! —masculló él, sudando más, dando un paso hacia ella, su voz firme aunque por dentro el miedo lo carcomía—. ¡A veces actúas como si ya estuvieras acostumbrada a que te el cabrón te vea en cueros, Amanda, como si no te importara!

Ella se quedó tiesa, las manos apretándose en puños, y su cara pasó de roja a blanca en un segundo, los ojos grises brillando con furia.

—¡Qué mierda estás diciendo, Josué! —gritó, su voz temblando ahora de rabia, dando un paso más hacia él—. ¡No te pases, cabrón, eso no te lo aguanto!

—¡Solo digo lo que veo! —respondió él, sudando frío, fingiendo seguridad mientras levantaba las manos—. ¡Siempre tan tranquila con esto, como si ya fuera rutina pa’ ti!

Antes de que ella pudiera contestar, un golpe seco en la puerta los hizo saltar a los dos. Josué sintió el aire escapársele del pecho, y Amanda giró la cabeza rápido, el mechón pelirrojo cayéndole sobre la cara otra vez.

—¡Mierda, ya llegó! —susurró ella, su voz saliendo baja, nerviosa por primera vez, las manos temblándole mientras se ajustaba la falda con un movimiento rápido.

—¡Espera, Amanda, no abras todavía! —masculló él, sudando más, dando un paso hacia ella con las piernas temblándole—. ¡No estoy listo para esto!

Su esposa lo ignoró, se pasó las manos por el pelo, y después se acomodó el vestido con dedos torpes. Agarró un frasco de perfume del bolso, rociándose un poco en el cuello, el aroma floral llenando el aire como una nube que a Josué le quemó la nariz.

—Voy a abrir —dijo, su voz temblando un poco, pero con un dejo que a Josué le sonó a ansiedad contenida—. Quédate quieto, gordi.

Abrió la puerta con un movimiento rápido, y Milton estaba ahí, puntualidad inglesa, su figura alta y musculosa recortada contra la luz del pasillo. Llevaba una camisa azul oscuro abierta en el primer botón, el pecho bronceado brillando bajo la lámpara, y una maleta pequeña de cuero negro en la mano. Una sonrisa torcida le cruzaba la cara, un filo que a Josué le heló la sangre. —Buenas noches, parejita —dijo, su voz grave retumbando en el departamento como un eco pesado—. ¿Listos para la terapia?

—Hola… sí… creo… Pasa, Milton —respondió Amanda, su voz suave pero temblorosa, haciéndose a un lado con un movimiento rápido—. ¿Quieres cenar algo? Tengo comida china. La verdad no tengo mucho tiempo para cocinar y pues Josué nunca tiene iniciativa para hacerlo.

Josué farfulló algo molesto.

—No, gracias —dijo el semental, entrando con pasos firmes, dejando la pequeña maleta en el suelo con un golpe sordo que resonó en el silencio—. Preferiría iniciar. Por cierto, ¿cómo estás, Josué?

—Estoy… y con eso basta.

—Si tú lo dices… Qué guapa, Amanda, como siempre.

—Gra…cias.

—Pues bueno, ¿quieren comenzar?

Josué se quedó tieso, mirando la maleta como si fuera a explotar. Milton la abrió sin prisa, sacando cuerdas de seda negra que brillaban como hilos oscuros bajo la luz, y una venda de tela gruesa que dejó caer en la mesa con un ruido que le puso los nervios de punta.

—Esta será una sesión inmersiva, Josué —dijo Milton, su voz firme, profesional, pero con un brillo en los ojos que a Josué le olió a peligro—. Vamos a trabajar tu falta de confianza atándote y vendándote, para que te conectes con tus sentidos y dejes que Amanda te guíe. Es un enfoque diferente.

—¿Atarme? —balbuceó él, dando un paso atrás con las piernas temblándole—. ¡¿Me vas a atar como si fuera un puerco en el matadero, Milton?

—Josué, por favor, escúchalo —dijo Amanda, acercándose con pasos cortos, poniéndole una mano en el brazo, su voz suave pero temblorosa—. No seas grosero.

—¿Grosero yo, Amanda? Grosero él, que quiere atarme como un puto delincuente.

Milton dio un paso hacia él, su sonrisa torcida ensanchándose un poco, y levantó las cuerdas con una mano, dejándolas colgar como una amenaza silenciosa.

—Relájate, Josué, es un ejercicio controlado —dijo, su voz grave cargada de una calma que no tranquilizaba—. Vamos al cuarto, te ato a una silla, y empezamos. Amanda, ¿vienes?

—Claro, vamos —respondió ella, su voz temblando un poco más, agarrando la venda con dedos torpes mientras seguía a Milton al cuarto, las nalgas temblándole bajo la falda.

—¡Carajo, Amanda, no puedes estar de acuerdo con esto! —gruñó él, pero ella ya estaba entrando al cuarto detrás de Milton, dejándolo solo en la sala, temblando como hoja mientras el miedo le apretaba el pecho como una garra helada.

-

Rato después, el cuarto matrimonial estaba en penumbra, la luz tenue de una lámpara vieja derramándose sobre las paredes como un velo sucio, apenas rozando las cortinas que colgaban flojas.

Josué estaba sentado en una silla traída de la cocina, el respaldo de madera clavándosele en la espalda, las piernas temblándole mientras la tensión le subía por el cuerpo. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía retumbar en las sienes, un tambor sordo que no paraba.

Milton estaba de pie frente a él, musculoso, enorme, varonil, imponente. Amanda estaba a un lado, todavía con la falda ejecutiva gris y la blusa blanca, el culo marcándose bajo la tela ajustada, las medias de nylon transparentes friccionando contra sus muslos con cada movimiento.

Milton levantó las cuerdas de seda negra con una mano, dejándolas colgar como hilos oscuros que brillaban bajo la luz, y su voz grave llenó el cuarto con una autoridad que a Josué le heló las entrañas.

—Esta noche vamos a usar un enfoque inmersivo, Josué —dijo, su tono firme, dominante—. El objetivo es trabajar tu inseguridad a nivel sensorial y emocional. Te voy a vendar y atar para aislar tus sentidos visuales y físicos, obligándote a depender de lo que oigas y sientas. Esto elimina las distracciones externas y te fuerza a confrontar tus bloqueos internos, esos que te impiden avanzar en la intimidad. Amanda será tu guía, y su rol es activar tus respuestas a través de estímulos auditivos y táctiles. Es una técnica que busca romper las barreras psicológicas mediante la vulnerabilidad controlada.

Josué abrió la boca para protestar mientras las piernas le temblaban más, pero la mirada de Milton, oscura y fija, lo clavó al sitio como un perro que sabe que no puede ladrar.

—¿Y eso qué significa traducido al español? —preguntó, la voz saliéndole ronca, más débil de lo que quería, mientras el corazón le latía como si fuera a salírsele del pecho—. ¡No me gusta cómo suena eso, Milton!

—Es un ejercicio necesario, Josué —respondió Milton, su voz resonando con una calma dominante que no admitía réplicas, dando un paso hacia él—. La venda te quita el control visual, y las cuerdas limitan tu movimiento, lo que te obliga a confiar en Amanda y en mí. Si quieres superar tus inseguridades, necesitas entregarte a esto. Amanda, átalo a la silla, muñecas y tobillos, bien firme.

Amanda dio un paso adelante, las medias frotándose contra sus muslos gordos, y agarró las cuerdas con manos que temblaban un poco, sus uñas rojas brillando bajo la luz tenue.

—Tranquilo, gordi, no pasa nada —dijo—. Es por nosotros, ¿sí? Confiemos en que esto funcionará.

Él la miró, el calor humedeciéndole la nuca mientras intentaba fingir seguridad, pero la voz de Milton, grave y dominante, le aplastó cualquier impulso de pelear.

—Está bien, Amanda, átame —contestó Josué, tragando saliva, cediendo bajo el peso de esa autoridad que lo hacía sentir pequeño—. Que sea lo que Dios quiera.

Ella se arrodilló frente a él, el sonido de la falda resonando en el silencio, y empezó a atarle los tobillos, las cuerdas de seda deslizándose contra su piel como una caricia fría que le erizó los vellos.

Las fibras se apretaron, cortándole la circulación con un ardor lento que le subió por las piernas, y luego pasó a las muñecas, sus dedos rozándole los brazos mientras anudaba las cuerdas con una presión firme que le hizo apretar los dientes.

—Listo, gordi, ya está —dijo, su voz temblando un poco, levantándose con un movimiento que hizo temblar sus nalgas gordas bajo la falda—. ¿Te aprieta mucho?

—¡Claro que aprieta, carajo! —masculló él, la voz saliéndole baja mientras las cuerdas le raspaban la piel—. ¡Pero qué más da, ya estoy aquí!

—Pues de eso se trata, mi buen amigo —dijo Milton que dio un paso más cerca, su sombra cayendo sobre Josué como una nube pesada— que no te puedas desatar.

Milton levantó la venda de tela gruesa con una mano, y se la entregó a Amanda.

—Ahora la venda —dijo, su voz dominante resonando en el cuarto—. Esto te va a aislar, Josué, y te va a obligar a escuchar y sentir sin distracciones. Amanda, pónsela.

Ella tomó la venda, sus manos temblando un poco más, y se inclinó hacia él, el calor de su cuerpo rozándole la cara mientras le pasaba la tela por los ojos.

El mundo se apagó en un instante para Josué, la oscuridad envolviéndolo como un saco negro, y el roce de sus dedos en su nuca le erizó la piel, el perfume floral subiéndole por la nariz como una niebla dulce.

—Así, gordi, ya estás —susurró ella, su aliento cálido rozándole la mejilla mientras anudaba la venda con un tirón suave—. ¿Estás bien?

—¡No estoy bien, mierda! —respondió él, la voz temblándole, pero el tono dominante de Milton lo había silenciado, y cedió porque no había escapatoria, porque la presión de su mirada y la calma de Amanda lo tenían atrapado como un perro acorralado—. ¡Pero qué más da, hagan lo que quieran!

Milton dio un paso atrás, el crujido de sus botas resonando en el suelo, y su voz cortó el aire con una precisión que a Josué le heló las entrañas.

—Perfecto, ahora empezamos —dijo, su tono grave cargado de autoridad—. Amanda, ve por el dildo, sin el arnés, y arrodíllate a un metro de la silla, frente a tu marido.

Josué escuchó movimientos. Luego tuvo la impresión de que hablaban en susurros, hasta que el psicoanalista continuó con sus instrucciones.

—Muy bien, Amanda, como te dije, acércate a un metro de tu marido, y arrodíllate. La idea de todo esto es que tendrás que chupar el "Milton", tres veces lento, usando tu boca y tu lengua, lento y luego rápido. Y le dirás a tu marido cada sensación en voz alta, que Josué lo oiga todo. Esto es para activar sus respuestas sensoriales y romper las barreras que lo bloquean.

Amanda respiró hondo, el sonido de su aliento llenando el silencio, y Josué oyó el roce de sus rodillas contra el suelo mientras se arrodillaba, la fricción de las medias de seda subiéndole por las piernas como un susurro que le puso los vellos de punta.

Luego vino el sonido de sus manos agarrando el "Milton", el pollón de goma chirriando bajo sus dedos, y el primer lametón llegó como un golpe húmedo, "¡Chup!", lento y profundo, resonando en el cuarto como un eco obsceno.

—Descríbelo, Amanda. Habla con tu marido.

—Está firme, gordi, suave como terciopelo —dijo ella, su voz baja, temblorosa, mientras lamía otra vez, "¡Chup!"—. Se siente grande en mi lengua, como si llenara todo.

—¡Qué mierda estás diciendo, Amanda! —balbuceó él, el calor subiéndole por el cuello, las cuerdas apretándole las muñecas mientras imaginaba sus labios gordos cerrándose alrededor del dildo, las nalgas temblándole como dos masas carnosas arrodillada frente a él.

—Tercera lenta —ordenó Milton, su voz dominante temblando un poco, y Josué oyó el "¡Chup!" más hondo, el sonido de la lengua de Amanda deslizándose por la goma, un gemido suave escapándosele, "¡Hummm!"—. Ahora rápido, Amanda, que él sienta el ritmo en los oídos.

Ella aceleró al instante, "¡Slurp, slurp, slurp!", un chasquido húmedo y frenético que llenó el cuarto como una ráfaga, sus gemidos subiendo de tono, "¡Mmm, qué rico tenerlo así, gordi!".

Josué imaginó sus tetas gordas temblando bajo la blusa negra que se había puesto al cambiarse, las curvas desbordándose por los lados, las nalgas bamboleándose como dos globos de carne mientras chupaba el pollón de goma con una furia que le cortaba el aire.

El calor le subió por el pecho, humedeciéndole la camisa más, y un tirón débil en su penecito flácido le apretó los calzones, un morbo enfermo que lo hacía temblar mientras las cuerdas le raspaban la piel.

"¡Slurp, slurp, slurp!"

—¡Para con eso, Amanda! —gruñó él, la voz saliéndole ronca, las cuerdas cortándole las muñecas mientras intentaba mover las piernas, inútil en la oscuridad—. ¡No quiero escuchar esta mierda!

—Es perfecto, Josué, estás reaccionando al estímulo —dijo Milton, su voz resonando más cerca, como si estuviera inclinado sobre Amanda—. Siente cómo te afecta, eso es lo que buscamos. Amanda, dos mamadas más, bien profundo, que él oiga cómo te lo tragas.

—¡Sí, gordi, escucha bien! —respondió ella, jadeando, y Josué oyó un "¡Glup, glup!" más grave, el sonido de su boca hundiéndose en el "Milton" hasta la garganta, un gemido ronco escapándosele, "¡Aaaaahhh, qué grande se siente!"—. ¡Es como si me llenara todo, mi amor!

—¡Carajo, Milton, corta esta mierda! —balbuceó Josué, el calor subiéndole por la cara, las cuerdas apretándole los tobillos mientras imaginaba a Amanda arrodillada, las nalgas temblándole como dos montañas blancas, los labios gordos chupando el dildo con un morbo que lo ponía al borde del colapso—. ¡Esto es demasiado!

—Es progreso, Josué, estás vivo —dijo Milton, su voz grave temblando un poco más, y Josué oyó un roce extraño, como si el cabrón estuviera ajustándose algo, un crujido de tela que le erizó la piel—. Amanda, sigue un rato, que él sienta cada sonido hasta el fondo.

—¡Aaaaahhh, gordi, qué rico! ¡Qué rico…! —jadeó ella, volviendo al "Milton", "¡Slurp, slurp, slurp!", el sonido húmedo resonando vulgarmente.

Josué sintió el calor humedeciéndole los calzones, un tirón más fuerte en su penecito flácido, las cuerdas cortándole la piel mientras el erotismo y la humillación lo ahogaban en la oscuridad.

Entonces empezó lo raro. Josué aguzó los oídos, atrapado en la venda, y oyó un sonido nuevo, un roce húmedo que no encajaba con el "Milton", un "¡Chas, chas!" suave, como piel contra piel, fluido natural de un sonido viscoso que le erizó los vellos de la nuca.

Luego vino algo peor: un "¡Slish!" más profundo, un lametón que sonaba real, lengua contra carne, contra un glande vivo, no de goma, un chasquido húmedo que le pegó como un latigazo en el pecho.

¿Qué mierdas estaba pasando? ¿Amanda le estaba mamando la verga a Milton y no al dildo de goma?

Milton rompió el silencio, su voz grave resonando más cerca, dominante, cargada de un filo que a Josué le heló las entrañas.

—Amanda, ¿qué traes bajo esa falda y esa blusa? —preguntó.

Ella soltó un risita baja, un sonido que a Josué le cortó el aire, y respondió con una voz que goteaba descaro, como toda una puta entregada.

—Un brasier negro de encajes, bien bonito —dijo, su tono temblando con un placer que no escondía—. Y una tanga minúscula, de esas que apenas cubren y parten las nalgas una de la otra.

Josué se quedó tieso, el calor humedeciéndole los calzones más, unos celos rabiosos apretándole el pecho mientras el morbo lo tenía clavado al sitio, las cuerdas raspándole las muñecas hasta hacerle arder la piel.

¿Por qué mierda decía eso así, como si estuviera ofreciéndose? Oyó susurros entonces, un murmullo bajo entre Milton y Amanda, palabras que no alcanzaba a distinguir pero que le sonaron íntimas, cómplices, un "shh-shh" suave que le puso los nervios en punta.

El corazón le latía como un tambor desbocado, y el calor le subió por la nuca mientras imaginaba a Amanda sonriendo, las nalgas gordas temblándole bajo la falda, las tetas botando bajo ese brasier de encajes que acababa de confesar.

Luego vino el golpe. Milton habló otra vez, su voz dominante resonando como un eco que llenó el cuarto.

—Quítate la falda y la blusa —su tono firme, cargado de autoridad—. Quédate solo en tacones y ropa interior. Quiero que Josué oiga cómo te mueves, que sienta el cambio.

—¡Claro, ahorita lo hago! —respondió ella, su voz jadeante, un temblor que a Josué le olió a pura entrega, y oyó el crujido de la tela, el sonido de la falda cayendo al suelo con un "¡Plop!" suave, la blusa deslizándose con un roce que le erizó la piel.

Los tacones resonaron en el suelo, "¡Clac, clac!", mientras ella se movía, y Josué imaginó sus nalgas inmensas temblando como dos masas blancas apenas contenidas por la tanga minúscula, las tetas gordas desbordándose del brasier negro de encajes, expuestas frente a Milton como una ofrenda obscena.

Pero entonces vino lo peor. Oyó un "¡Mmm!" suave, un sonido húmedo que sonaba a beso, lengua contra lengua, un chasquido apasionado que le pegó como un puñetazo en el estómago, seguido de un gemido bajo de Amanda, "¡Aaaaahhh!", que le cortó el aire.

Milton habló de nuevo, su voz grave temblando un poco, dominante pero cargada de algo que a Josué le olió a puro deseo.

—Quiero que te cojas al Milton, Amanda —ordenó, su tono firme, técnico, pero con un filo que resonó en el cuarto—. Quiero que te subas a la cama, te abras de piernas y me enseñes lo que puedes hacer con una verga inmensa… de goma… y que Josué oiga cómo te lo metes, que sienta cada sonido.

—¡No! —gritó Josué, atado y aterrorizado.

Sintió el mundo derrumbársele encima. Lo estaban haciendo pendejo. Ese beso, ese gemido, el tono de Milton, todo le gritaba una verdad enferma: no era solo el "Milton" de goma lo que estaba en juego.

Josué entendió que ellos querían fornicar delante de él, haciéndolo un ridículo y perfecto cornudo. Querían coger en la cama matrimonial mientras él estaba atado, y ellos fingiendo que era el dildo el que la cogía.

Josué ciego y atrapado, no podía hacer nada más que escuchar, temblando de rabia, morbo y pavor mientras su dignidad como esposo de una maldita puta barata se desvanecía en ese eco de traición.

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