Mi nueva vida con Amanda [08]
El celular vibra con el mensaje de Milton: 'Amanda debe usar lencería negra'. Josué, temblando, observa a su esposa prepararse para la videollamada, sabiendo que cada paso lo acerca más a una humillación que no puede detener.
El celular de Josué vibraba como loco sobre la mesa del comedor al día siguiente. Un zumbido que le retumbaba en los nervios como si alguien le estuviera clavando un cuchillo despacio en las costillas.
Estaba sentado ahí, hundido en una silla que chirriaba bajo su peso, las piernas temblándole con esa punzada sorda que no lo dejaba olvidar el accidente, el cuerpo en recuperación que cargaba como una mochila llena de piedras.
Frente a él, el plato con restos de huevo frito se enfriaba, una costra amarilla pegada a la orilla como si se burlara de él: tiesa, inútil, un desperdicio. El sudor le corría por la nuca, empapándole la playera vieja que apestaba a sudor rancio, mientras el celular seguía zumbando, implacable.
—Pinche ruido —masculló Josué, agarrando el aparato con dedos torpes.
La pantalla brilló con una luz blanca que le pegó en los ojos como un foco de interrogatorio, y ahí estaba: el chat, ese maldito "El Rincón de Josué", un nombre que le sonaba a burla barata, como si alguien le hubiera pintado "pendejo" en la cara con aerosol.
El mensaje de Milton apareció como un golpe seco: "Para la videollamada de mañana, Amanda debe usar algo que te saque de tu zona de confort, Josué. Lencería negra, ligueros, tacones altos. Es un ejercicio para estimular tu respuesta física respecto al estímulo que te produzca la sensualidad de tu esposa. Confirma cuando lo tenga listo, para confirmar la videollamada de mañana."
Las palabras se le clavaron en el cerebro como agujas sucias, cada una hurgando en la herida abierta de su hombría perdida. "Respuesta física", decía el cabrón, como si Josué fuera un experimento, un ratón cojo al que le pinchan para ver si todavía respira. Sintió un calor subiéndole por el pecho, una mezcla de coraje y vergüenza que le apretó la garganta hasta hacerle tragar saliva espesa, con sabor a derrota.
—¿Qué pasa, gordi? —dijo Amanda desde el sillón, su voz saliendo suave pero con un filo que a Josué le puso los nervios de punta.
Estaba tirada ahí, las piernas abiertas sobre los cojines tras llegar del despacho, la falda ejecutiva subida hasta los muslos gordos, dejando ver la carne blanca que temblaba como masa cruda lista para amasar.
—Es… es Milton —balbuceó Josué, la voz saliéndole floja, como si le costara sacarla—. Dice que mañana… que te pongas estas cosas… lencería negra, con ligueros y tacones.
Amanda se enderezó despacio, un mechón pelirrojo cayéndole sobre la cara, y sus ojos grises brillaron un segundo, un destello que Josué atrapó como si fuera una puñalada. No dijo nada de entrada, pero se levantó del sillón con un meneo de caderas que parecía ensayado, el culo bamboleándose bajo la falda como si supiera que alguien lo estaba mirando. Alguien que no era él.
—¿En serio? —preguntó ella, ladeando la cabeza mientras se acercaba a la mesa, las manos en las caderas—. ¿Y qué más dice?
—Que… que es para mí —murmuró Josué, mirando el celular como si quisiera romperlo—. Para… para ver si reacciono… al estímulo de tu sensualidad.
Ella soltó una risita baja, casi un ronroneo, y se mordió el labio un segundo antes de hablar.
—Órale, pues qué buena idea, no se me había ocurrido que mi lencería pudiera ayudar a estimular tu pene —dijo, y dio un pasito hacia el cuarto, la voz calmada pero con un temblor que a Josué le olió a ganas contenidas—. Ya sé qué voy a sacar, gordi. Algo que te va a poner muy cachondo.
—No hace falta tanto, Amanda —protestó él, levantando la mirada, el sudor corriéndole por la frente—. ¿Para qué tanto pinche show? Esto ya es mucho, ¿no?
Ella se detuvo en la puerta del cuarto, girando la cabeza apenas, y le lanzó una sonrisa chiquita, de esas que esconden más de lo que dicen.
—No seas así, cariño —respondió, suave, casi tierna—. Es por nosotros, ¿no? Además, a mí me gusta verme bonita para ti.
Josué no contestó. La vio desaparecer en el cuarto, el taconeo descalzo resonando en el suelo como un tambor lento, y sintió el aire pesarle en el pecho.
"Bonita para ti", había dicho, pero el brillo en sus ojos no era para él, lo sabía en las tripas, como un perro que huele la traición antes de que le caiga el golpe. El celular seguía sudándole en la mano, y lo dejó en la mesa con un golpe seco, como si quemara.
Amanda volvió en un par de minutos, sosteniendo un montón de encaje negro que parecía sacado de un sueño sucio. Lo extendió frente a él, el brassier trasparente colgando de sus dedos como una telaraña fina, los pezones oscuros asomarían sin duda por la tela como sombras gordas y hambrientas.
La tanga era un hilo miserable, un pedacito de nada que se perdería entre sus nalgas gordas como un susurro obsceno, y los ligueros, negros y brillantes, parecían cuerdas listas para atarle los muslos hasta hacerlos estallar. Las medias estaban todavía en un paquete nuevo.
—Y bien, gordi, ¿qué te parece? —dijo, levantando el brassier con una mano, la voz tranquila pero con un dejo que a Josué le sonó demasiado ansioso—. Con esto te voy a prender como nunca.
Él la miró, tieso, la boca seca como si hubiera chupado sal. Quería decirle que no, que esto era una mierda, que no necesitaba verla así para saber que estaba jodido, pero las palabras se le quedaron pegadas en la lengua, un nudo de miedo y pena que no podía escupir.
—No sé, Amanda —masculló al fin, rascándose la nuca con una mano temblorosa—. Esto… esto se siente raro.
—¿Raro por qué, Josué? De veras que a veces no te entiendo. ¿No te excitaría verme vestida con esto?
—Obvio sí, Amanda, ¿Cómo no me va a gustar?
—¿Entonces por qué te pones así?
—Porque… me da un no sé qué, saber que también te estará observando Milton.
—¿Y eso qué?
—¿Cómo que y eso qué, Amanda? ¡Te mirará con morbo! Prácticamente te estarás exhibiendo ante un desconocido.
—¿Un desconocido? Por favor no empieces con tus cosas, Josué. Bastante está haciendo él ayudándonos a mejorar nuestra sexualidad de mierda.
—¡Pero Amanda!
—Te recuerdo que Milton no me mira con ojos de hombre, es nuestro terapeuta, ¿qué parte de esto no lo has entendido?
—¡La que no entiende que todo esto es una locura eres tú!
Amanda suspiró, se acercó más hacia su esposo, y poniéndole una mano en el hombro, las uñas rojas rozándole la piel como garras suaves., le djo
—Ándale, gordi, dile a Milton que tengo la lencería, y que mañana estaremos listos para la terapia.
Amanda suspiró de nuevo, inclinándose un poco, las tetas gordas dentro de su blusa quedando a un palmo de su cara.
Josué tragó saliva, la garganta seca como si hubiera chupado tierra, y levantó el celular con manos temblorosas, los dedos resbalándole en la pantalla.—Está bien —susurró, y escribió, letra por letra, como si cada una le arrancara un pedazo de dignidad:
“Tenemos la lencería"
El mensaje se envió con un pitido agudo que le resonó en los oídos, y casi al instante, Milton respondió, su texto cayendo como un golpe sordo: "Bien, Josué. Mañana veremos si logras algo con esto. Amanda, prepárate para brillar."
Amanda leyó por encima de su hombro, y Josué sintió el aliento cálido de ella en la nuca, un suspiro cortito que no dijo nada pero lo dijo todo. No chilló, no brincó, pero sus dedos apretaron el hombro de Josué un segundo más de lo normal, y sus ojos grises se quedaron fijos en la pantalla un instante, brillando con algo que no era para él.
—¿Ves, cariño? —le dijo Amanda—. Todo está bien. Lo que vamos hacer no es nada del otro mundo.
—Pero Amanda…
Ella ya estaba caminando de vuelta al cuarto, el culo bamboleándose bajo la falda, y él se quedó ahí, sudando, temblando, con el eco de ese "prepárate para brillar" taladrándole el cráneo como un clavo que no podía sacar.
La noche del día siguiente, baño olía a humedad con un tufo incómodo que se le metía a Josué por la nariz como si el mundo quisiera recordarle que hasta el aire lo despreciaba.
Estaba solo ahí, parado frente al lavabo, las baldosas frías mordiéndole los pies descalzos, las piernas temblándole con esa debilidad que no se iba desde el accidente.
El espejo, manchado de su propio aliento, le devolvía una cara que no reconocía: ojeras negras como moretones, la piel pálida brillando con sudor, la barba rala pegándosele al mentón como un trapo mojado.
En una mano sostenía el arnés del "Milton", el pollón de goma colgando como un trofeo obsceno, color carne, y brillante bajo la luz amarillenta del foco que parpadeaba como si se estuviera muriendo. En la otra mano, nada, solo el temblor de sus dedos sudados, un tic nervioso que no podía parar.
Desde el cuarto, la voz de Amanda llegaba como un eco burlón, tarareando una canción de banda que le taladraba el cráneo.—¡Ya casi estoy lista, gordi, te infartarás cuando veas qué sexy me veo! —gritó ella, y Josué oyó el crujido del encaje, el taconeo suave contra el suelo, como si estuviera ensayando para un desfile que no era para él.
Se miró al espejo otra vez, los ojos rojos de no dormir, y bajó la vista al arnés. Las correas negras colgaban como tentáculos flacos, enredándose entre sus dedos como si tuvieran vida propia, y el pollón de goma, ese maldito "Milton" de 23 centímetros, parecía reírse de él con su peso muerto.
Lo giró despacio, sudando frío, y ahí estaba el hueco en la base, una cavidad profunda y oscura que parecía un abismo diseñado para humillarlo.
"Pinche mierda," masculló, la voz saliéndole ronca, como si hubiera tragado grava. Se bajó los calzones con un tirón torpe, la tela rasposa raspándole las piernas flacas, y dejó que cayeran al suelo con un ruido sordo. Ahí estaba su pene, ese pedacito pálido que, como un gusanito flácido, colgaba entre sus piernas.
Lo miró con asco, el sudor goteándole por la frente, y sintió un nudo en el estómago que le revolvió las tripas como si fuera a vomitar.
—¡Gordi, apúrate, que ya quiero empezar! —gritó Amanda desde el cuarto, su voz cortando el aire como un latigazo. Josué oyó el roce de las medias de seda contra su piel, un susurro suave que lo puso más nervioso, y el chasquido de los ligueros ajustándose a sus muslos gordos.
—¡Ya voy, carajo! —respondió él, la voz temblándole, mientras levantaba el arnés con manos sudadas.
Alineó el hueco con su pene, empujándolo despacio, como si meterlo ahí fuera a cambiar algo.
El espacio era inmenso, un vacío negro que se tragaba su penecito sin tocar ni las paredes, un gusanito perdido en una cueva fría y muerta.
"¡Puta madre, no lleno ni la mitad de esta mierda!" gruñó, la frustración quemándole el pecho como si le hubieran echado chile en una herida abierta. Movió las caderas, intentando que el pollón de goma se sintiera menos ridículo, pero su pene nadaba inútilmente dentro, rozándose contra la goma helada sin fuerza, sin vida, un pedazo de carne que no servía ni para llenar un hueco.
Intentó ajustar las correas, peleando con los broches que se le resbalaban entre los dedos sudados. Las pasó por la cintura, la piel flácida temblándole bajo la presión, y las apretó con un jalón que le cortó la respiración.
Las correas se le clavaron en la carne, marcándole líneas rojas como si fueran latigazos, pero el "Milton" seguía colgando torcido a la izquierda, pesado y estúpido, un peso muerto que le tiraba las caderas hacia abajo.
—¡Carajo, esto no se queda derecho! —masculló, sudando más, la playera pegándosele a la espalda como una segunda piel empapada. Movió las piernas, intentando enderezarlo, pero el pollón de goma se bamboleó como un péndulo roto, y su penecito dentro del hueco seguía nadando en la nada, un trapo mojado que no llegaba a nada.
—¡Josué, ya estoy lista! —gritó Amanda, y el taconeo se acercó, un clac-clac-clac que le pegó en los nervios como un martillo.
La puerta del baño se abrió de golpe, y ahí estaba ella, parada en el marco como una pinche diosa de burdel.
El brassier trasparente dejaba sus tetas gordas a la vista, los pezones oscuros asomando por el encaje como dos botones duros y desafiantes, temblando con cada respiro.
La tanga, un hilo miserable, se perdía entre sus nalgas gordas, dejando desnudos sus deliciosas nalgas, y los ligueros negros apretaban sus muslos blancos hasta hacerlos temblar como gelatina viva.
Pero lo que le cortó el aire fueron las medias de seda con encaje, subiendo por sus piernas como una caricia sucia, el borde de encaje negro pegándose a la carne justo donde los ligueros las sostenían, un marco perfecto para sus muslos gordos que brillaban bajo la luz como si fueran a reventar.
—¿Qué tal, gordi? —dijo ella, girando despacio, las medias friccionándose contra su piel, las tetas botando pesadas bajo el encaje—. ¿Cómo me veo? ¿Crees que le guste?... quiero decir… que si crees si Milton encontrará apropiado este conjunto sexy para ti.
Josué sintió un calor traicionero bajándole por el estómago, un fuego enfermo que se le enredó en los calzones como si algo quisiera despertar.
Su esposa estaba vestida como una puta. Y claro que a Milton le iba a fascinar. Maldito pervertido de mierda.
La miró de arriba abajo, las medias de seda subiendo por sus piernas como una promesa que no podía cumplir, el encaje negro marcándole la piel blanca como un tatuaje obsceno.
—Te ves… preciosa… muy muy sexy…
El latido de su pene excitado lo mareaba. El fuego lo quemaba por dentro.
—No sé cómo ponerme esta mierda, Amanda —balbuceó luego, la voz saliéndole floja, mirando el arnés como si fuera un enemigo—. Mi… mi cosa no cabe bien aquí dentro.
Ella se acercó, el taconeo resonando en las baldosas como un tambor lento, y se inclinó un poco, las tetas quedando a un palmo de su cara.—Ay, gordi, no seas tan torpe —dijo, la voz suave pero con un dejo que a Josué le sonó a impaciencia—. Solo súbete esa cosa y ya, no es tan difícil.
—¡Es que no llena ni madres! —protestó él, sudando más, moviendo las caderas para que viera cómo el "Milton" colgaba torcido—. ¡Mira, se mueve como si nada, mi pinche pito no sirve pa’ esto!
Amanda soltó una risita baja, mordiéndose el labio un segundo, y le puso una mano en el brazo, las uñas rojas rozándole la piel.
—No te aflijas, gordi —respondió, calmada, pero sus ojos grises brillaron un instante, un destello que a Josué le supo a otra cosa—. Esta cosa solo necesita amarrarse bien a tu cincura, y es todo, con eso se sostendrá. Ven, te ayudo.
Se sintió frustrado de que incluso Amanda tuviera que ser la responsable de ponerse el pollón de goma, así que cerró los ojos y se dejó manipular hasta que Amanda le dijo:
—¡Perfecto mi amor! Ahora luces con una verga deliciosa.
Josué jadeó. Quiso decir algo, pero ya no pudo. Ella se dio la vuelta, las medias de seda crujiendo contra sus muslos, el culo bamboleándose bajo la tanga como si ya estuviera lista para alguien más, y salió del baño tarareando otra vez, dejándolo solo con su pene flácido nadando en la nada y un ardor en el alma que no se apagaba.
Josué entró al cuarto matrimonial detrás de Amanda.
El peso del arnés le tiraba las caderas hacia abajo, y su penecito flácido nadaba inútilmente en el hueco, un pedazo de carne pálida y arrugada rozándose contra la goma fría sin llenar ni un cuarto del espacio.
La habitación estaba en penumbra, la luz nocturna de las lámparas colándose por las cortinas rotas, y el edredón azul estaba tirado en la cama como un trapo sucio, oliendo a noches que ya no le pertenecían.
Amanda iba adelante, el taconeo de sus zapatos negros resonando en el suelo como un tambor lento, las medias de seda con encaje friccionándose contra sus muslos gordos con cada paso.
El brassier trasparente dejaba ver sus tetas enormes, dos masas carnosas que se alzaban bajo el encaje como montañas temblorosas, los pezones oscuros empujando la tela fina como si quisieran rasgarla.
La tira de la tanga se hundía entre sus nalgas inmensas, dos globos blancos y firmes que rebotaban con cada movimiento, y los ligueros negros apretaban las medias hasta hacerlas brillar, el encaje en los bordes marcándole la piel como un tatuaje obsceno.
Se paró junto a la cama, las manos en las caderas, y giró la cabeza hacia él, su melena pelirroja cayendo en mechones desordenados sobre los hombros.
—¿Ya está listo el celular, gordi? —dijo, la voz saliendo calmada pero con un temblor que a Josué le puso los nervios de punta—. Ya puedes avisarle a Milton que estamos listos.
Josué sacó el celular del bolsillo con dedos sudados, la pantalla brillando con un resplandor blanco que le pegó en los ojos como un foco.
—Okey —dijo, tecleando en el teléfono, para luego enviarlo—. Listo… ya le avisé, como tú querías.
Ella lo miró de reojo, el pollón de goma colgando torcido a la izquierda, y soltó una risita baja, mordiéndose el labio un segundo.
—No quiero que te sientas inseguro, Josué —dijo ella, subiéndose a la cama con un movimiento lento que hizo crujir el colchón—. Si no fuera por ti, y el esfuerzo que estas haciendo para que todo esto funcione, te juro que nuestra vida intima ahora mismo será inexistente.
—Lo sé, Amanda, te juro que lo sé y por eso me estoy arriesgando a todo esto, a pesar de la vergüenza que siento —murmuró él, levantando el celular con manos temblorosas—. ¿Tú cómo te sientes?
—Tu seguridad me da seguridad, Josué —dijo ella, acomodándose en el centro del edredón, las medias de seda brillando bajo la luz tenue—. Esto es en pareja, porque quiero que nuestro matrimonio siga durante por siempre. Solo déjate llevar, y verás que todo lo demás se irá como hilo de media.
El celular soltó un pitido agudo, y Josué lo giró torpemente, la pantalla llenándose con la cara de Milton. El cabrón estaba en una habitación de hotel, la camisa desabrochada mostrando un pecho musculoso que parecía tallado en piedra, el bronceado brillando bajo una luz suave. Sus ojos oscuros se clavaron en la cámara, y una sonrisa torcida le cruzó la cara como un filo de navaja.
—Buenas noches, parejita, ¿cómo estamos?
—Pues… bien —respondió Josué, cuya imagen estaba mirando Milton.
—Eso es todo, campeón, de eso justo se trata. Pero… ¿Y dónde está Amanda?
Amanda con un susurro le dijo a Josué que activara la cámara frontal, y éste, obedeciendo, lo hizo.
Entonces Milton, con su voz grave retumbando en el cuarto como un trueno lejano, dijo algo como “mierda”. Luego hizo una pausa, mirando a Amanda de arriba abajo, y soltó un silbido bajo.
—Carajo, Amanda, con todo respeto, con esa lencería eres una obra maestra. Esas medias con encaje, el brassier dejando todo a la vista… estás para partir cuellos. Si Josué, no tiene una erección teniéndote así, frente a él, es que está muerdo.
Amanda sonrió de forma extraña, un destello en los ojos grises que a Josué le pegó como un gancho en el estómago, pero no dijo nada, solo se acomodó más en la cama, las tetas temblándole bajo el encaje. Josué sintió un nudo en el pecho, la humillación subiéndole como bilis, y Milton siguió, inclinándose hacia la cámara.
—Amanda, ponte a cuatro patas sobre el edredón, culo arriba, tetas bien bajas —ordenó Milton, su tono firme pero con un dejo que sonaba a puro goce—. Josué, vas a frotar el "Milton" contra su coño, lento, dos movimientos hacia arriba, uno hacia abajo, como si estuvieras pintando con esa cosa. Veamos qué tal reaccionas con eso.
—Okey… lo haré—dijo Josué.
Entonces Amanda hizo lo que ordenó Milton y se puso a cuatro patas, las nalgas inmensas alzándose como dos colinas blancas, la tanga hundiéndose entre ellas hasta perderse en un pliegue profundo y sucio.
—Bien, bien —dijo Milton—, enfoca mejor la imagen de tu esposa, Josué, quiero ver… que todo esté tal y como lo dije.
Josué, con una vergüenza ajena al saber que su esposa se estaba exhibiendo ante otro, sintió una punzada en el pecho. Luego enfocó a Amanda y respiró hondo. Sus tetas colgaban como campanas pesadas, el encaje del brassier estirándose hasta el límite, los pezones oscuros rozando la tela con cada respiro agitado.
Josué se subió a la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso, y ajustó el celular en una mano, apuntando la cámara con dedos temblorosos. El "Milton" colgaba tieso, la punta gruesa brillando bajo la luz, y su penecito flácido nadaba dentro del hueco, rozándose inútilmente contra la goma.
—No, Josué —dijo Milton—, no quiero que le quites la tanga a tu esposa. Quiero que se la dejes puesta y la penetres con el pollón. Ese detalle… de la tanga puesta mientras la cojes, podría estimularte mucho más.
—Ah… bueno, sí, está bien… Empezaré, Amanda —balbuceó, sudando más, haciendo a un lado la tanga de su esposa y luego alineando el pollón contra los labios gordos y húmedos de Amanda, abiertos como una boca hambrienta bajo la tanga desplazada.
—¡H-mmm! —gimió ella, alzando el culo más alto, las medias friccionándose contra sus muslos gordos—. ¡Ya quiero sentirlo!
Milton interrumpió, su voz cortando el aire como un látigo:
—Josué, empieza ya. Dos hacia arriba, uno hacia abajo, despacio, que se vea el esfuerzo. No tengas miedo, es tu esposa, la que has tenido por años…
Josué, sintiéndose inseguro ante la inspección de su terapeuta, empujó, siguiendo las órdenes al pie de la letra.
Dos movimientos hacia arriba, lentos, la goma frotando los labios exteriores de su coño, gruesos y rosados, dejando un rastro brillante de fluidos espesos que goteaban como miel caliente por sus muslos, manchando las medias de seda con un brillo sucio.
—No tengas miedo, Josué —insistió el terapeuta—. Vamos… sigue, sigue.
Luego uno hacia abajo, más rápido, pero el arnés se torció y el pollón resbaló, golpeándole el muslo con un chirrido húmedo que sonó como un balazo en el silencio. "¡Aaaaahhh!" gimió Amanda, corto y agudo, echando las caderas hacia atrás, las nalgas temblándole como dos masas de carne viva, los ligueros marcándole la piel blanca con líneas rojas.
—¡Así, gordi, qué rico! —gritó ella, las tetas bamboleándose como sacos llenos, el encaje tensándose bajo la presión—. ¡Hummm, dale más!
—No sé si lo estoy haciendo bien, Amanda —balbuceó Josué, sudando frío, el celular temblándole en la mano mientras el "Milton" se torcía otra vez—. ¡Esto no se queda derecho, carajo!
Milton soltó una risita baja desde la pantalla, un sonido que le raspó los nervios como un cuchillo en vidrio.
—Josué, eres un desastre hasta con instrucciones claras —dijo, su tono firme pero cargado de burla disfrazada—. Parece que necesitas un plano para encontrar el hoyo de tu propia esposa, amigo. Amanda, quítale el arnés y tócate con él, quiero ver si su problema es más que físico.
—¡Ah… bueno… sí! —dijo Amanda, enderezándose rápido, las medias de seda se frotaron contra sus piernas mientras se giraba.
Le arrancó el arnés con un tirón brusco, las correas saltando como látigos, y lo agarró con las dos manos, el pollón de goma brillando con un rastro de sus jugos.
—Ponte frente a tu marido, Amanda, quiero que te pongas nuevamente en posición de perrita, y te metas el pollón.
Josué se sentía humillado, respiraba con taquicardia.
—De acuerdo —dijo Amanda.
Josué se apartó, sudando como condenado, el colchón chirriando bajo sus rodillas mientras ella se ponía a cuatro patas otra vez, las nalgas inmensas alzándose como dos lunas blancas, la piel temblando con cada movimiento.
—Josué, enfoca la cámara hacia tu esposa. Quiero ver.
—S…í… ya voy —dijo, pues no tenía la intención de que Milton ni de broma pudiera mirar su pequeño pene y se burlara de él.
—Bien, Amanda, comienza ahora. mastúrbate con el dildo y haz que tu marido tenga una erección mientras lo haces.
—Ajá —suspiró ella.
De pronto Amanda se clavó el "Milton" sola, sin esperar, un golpe seco que hundió la punta gruesa entre los labios gordos de su coño, abiertos y chorreantes como una fruta partida.
"¡Ooooohhh!" gimió ella, largo y ronco, echando las caderas hacia atrás con furia, las tetas colgando como dos bolsas pesadas, los pezones oscuros rozando el edredón a través del encaje.
—Enfoca, Josué, enfoca, acércate más y enfócala desde varios ángulos… y claro… claro… mírala y déjate calentar.
Sus fluidos brotaron en un chorro viscoso, espeso y blanco como crema caliente, salpicando el edredón en manchas oscuras que olían a sexo crudo, un almizcle salvaje que llenó el cuarto.
—Amanda —se oyó la voz de Milton—, ¿me escuchas?
—S…í…
—Dile a tu marido cómo te sientes… expresa, gime, hazle saber que sientes placer.
—¡Así, qué delicia! —gritó Amanda, meneando el culo con fuerza, las nalgas rebotando como dos tambores de carne, los ligueros cortándole los muslos hasta dejar marcas rojas—. ¡Hummm, qué rico se siente esta cosa!
Milton ordenó desde el celular, su voz grave cortando el aire:
—Amanda, entiérratelo más adentro, tres embestidas rápidas, dos lentas, hazlo como si quisieras partirte. Josué, graba de cerca, quiero ver cada detalle.
—¡Sí, gordi, graba bien! —dijo ella, obedeciendo al instante.
Tres embestidas rápidas: Plash, plash, plash. El "Milton" se hundió hasta la mitad, los labios gordos de su coño tragándose la goma con un sonido húmedo, los fluidos salpicando en chorros cortos que mojaron las medias de seda, dejando un brillo sucio en el encaje.
Luego dos lentas, profundas, el pollón deslizándose despacio, "M-I-L" desapareciendo en su carne palpitante, un río espeso brotando desde su centro, goteando por sus muslos como cera derretida. "¡Aaaaahhh, qué verga tan rica!" gritó ella, las tetas temblándole como si fueran a caerse, el brassier crujiendo bajo el peso.
Josué acercó el celular, sudando más, la mano temblándole tanto que la cámara se movía como borracha. El pollón de goma se hundía en el coño empapado de Amanda, los labios rosados abriéndose como pétalos carnosos, chorreando un líquido blanco que salpicaba el edredón en hilos pegajosos.
—¡Esto es una mierda, Amanda! —balbuceó Josué, la voz quebrándosele—. ¡No sé ni qué estoy haciendo aquí!
—¡Nomás graba, mi rey! —respondió ella, jadeando, las nalgas temblándole como gelatina caliente—. ¡Ooooohhh, qué rico se siente esto!
Milton soltó otra risita, su voz resonando en el celular como un eco cruel.
—Amanda, eres un espectáculo, sigue así —dijo, su tono cargado de algo que a Josué le olió a puro goce—. Josué, ni con un mapa das una, amigo. Esto va a necesitar más trabajo del que pensé.
—¡AHHHH! —gruñó Josué, un rugido gutural que le salió del fondo del pecho, mientras Amanda seguía gimiendo, "¡Ooooohhh, qué delicia!", clavándose el "Milton" con furia.
Plash, plash, plash. Los fluidos salpicaban el edredón, el pollón hundiéndose hasta la "T" en su coño chorreante, las nalgas rebotando como dos masas de carne viva, las tetas colgando como sacos llenos que golpeaban el aire. Él se quedó tieso, sudando, temblando, el celular temblándole en la mano, con el eco de esa risita de Milton y los gemidos de Amanda taladrándole el cráneo como un martillo que no paraba.
Desde el celular, la voz de Milton cortó el aire como un cuchillo, grave y cargada de un filo que a Josué le olió a puro vicio.
—Amanda, lo estás haciendo perfecto, sigue así —dijo, su tono temblando un poco, como si algo lo estuviera distrayendo—. Josué, ahora vamos a subirle el nivel. Amanda, quítate la tanga y ábrete de piernas frente a la cámara, quiero ver cómo te tocas con el "Milton". Josué, acércate más, graba cada rincón.
—¡Oh… sí! —dijo Amanda, enderezándose rápido, el colchón chirriando bajo sus rodillas—. Mi amor… gordi… ¿te gusta lo que estoy haciendo?
—S—í… —susurró Josué, sudando más, pero ella ya se estaba arrancando la tanga con un tirón brusco, el hilo negro cayendo al edredón como un pedazo de basura húmeda.
Se giró y se sentó frente a él, abriendo las piernas como si fuera a partirse en dos, los muslos gordos temblando bajo las medias de seda, el encaje empapado pegándosele a la piel como una segunda piel sucia.
Su coño quedó a la vista, un agujero rosado y brillante, los labios hinchados palpitando como si respiraran, chorreando un caldo blanco que goteaba lento por el pliegue de sus nalgas, formando un charco viscoso en la tela azul.
"¡Aaaaahhh!" gimió ella, echándose hacia atrás, las tetas alzándose como dos globos jugosos, el brassier trasparente crujiendo bajo la presión, los pezones oscuros asomando como si quisieran escapar.
—¡Así, qué rico! —jadeó Amanda, agarrando el "Milton" con las dos manos—. ¡Graba, mi amor, que se vea todo!
—¡Esto me está matando! —balbuceó Josué, acercando el celular con manos temblorosas, la cámara capturando el coño empapado de Amanda, los labios abriéndose como una flor madura, el líquido espeso resbalando como miel caliente—. ¡Qué pinche vergüenza!
—¡No te aflijas, gordi, nomás graba! —respondió ella, clavándose el pollón de goma con un golpe seco—. ¡Ooooohhh, qué delicia!
Milton soltó un suspiro corto desde el celular, un sonido que a Josué le sonó raro, como si el cabrón estuviera respirando más rápido de lo normal. No lo veía claro, pero algo en el fondo de la pantalla se movía, un vaivén sutil bajo el marco, y un calor enfermo le subió por el pecho: el hijo de puta se estaba jalando la verga mientras miraba, seguro, escondido tras esa cara de terapeuta serio.
—Amanda, más adentro, tres embestidas rápidas, dos lentas —ordenó Milton, su voz temblando un poco, cargada de un morbo que no disimulaba bien—. Josué, enfoca su panochita, que se vea cómo entra y sale. Luego pásale la lengua, cinco círculos lentos, quiero ver si eso te despierta.
—¡Sí, mi amor, hazlo como dice! —dijo Amanda, obedeciendo al instante.
¡Plash, plash, plash!
Tres embestidas rápidas, el "Milton" hundiéndose hasta la mitad, los labios gordos tragándose la goma con un sonido húmedo, un chorro blanco salpicando el edredón como pintura caliente, mojando las medias hasta dejarlas brillantes.
—¡Carajo, Amanda, para con esta mierda! —gritó Josué, sudando más, la cámara temblándole mientras grababa, el calor en sus calzones creciendo a traición, su penecito palpitando débilmente sin levantarse—. ¡Dios… Amanda…!
—¡Ooooohhh, qué rico se siente! ¡Graba bien, mi rey!
Milton soltó otro suspiro, más largo, y Josué vio el movimiento otra vez, un temblor leve en el fondo, como si el cabrón estuviera apretando el ritmo.
—Amanda, qué hermoso lo haces, sigue así —dijo, su voz ronca, casi entrecortada—. Josué, lame la vagina abierta de tu esposa ahora, cinco círculos lentos, métele la lengua hasta el fondo. Siente el placer del contacto físico. Eso es intimidad entre pareja.
—¡Ven, gordi, hazlo! —dijo Amanda, echándose hacia atrás más, las nalgas temblándole como dos masas de gelatina, las tetas alzándose como dos colinas hinchadas—. ¡Aaaaahhh, quiero sentirte!
—¡Puta madre, qué mierda estoy haciendo! —gruñó Josué, arrodillándose entre sus muslos gordos, el celular en una mano, la cámara enfocando mientras acercaba la cara al coño chorreante.
El olor a sexo puro le pegó de frente, almizclado y salado, y lamió, cinco círculos lentos, la lengua hundiéndose en el interior rosado que palpitaba contra su boca, los fluidos espesos pegándosele a la lengua como una sopa caliente y sucia.
—¡Hummm, qué rico, mi amor! —gimió Amanda, echando las caderas hacia adelante, las nalgas temblándole como si fueran a estallar—. ¡Más adentro, gordi!
A Josué le parecía humillante, pero continúo allí, sudando más, la lengua resbalándole en el coño empapado, el calor en sus calzones subiendo, una erección débil palpitándole a traición mientras la grababa.
—¡¡Ooooohhh, qué rico se siente esto!!
Milton soltó un gemido corto, disfrazado de tos, y su voz salió más grave, casi rota:
—Amanda, termina con el "Milton", cuatro embestidas rápidas, una lenta, hazlo como si quisieras venirte ya. Josué, graba desde abajo, que se vea el culo y las tetas, quiero todo el ángulo. Lo estás haciendo muy bien, campeón.
—¡H-mmm! —gemía Amanda, clavándose el pollón otra vez.
¡Plash, plash, plash, plash!
Cuatro embestidas rápidas, el "Milton" hundiéndose hasta la base, un chorro espeso brotando como leche caliente, salpicando el edredón y las medias, las nalgas rebotando como dos tambores blancos, las tetas temblándole como si fueran a romper el encaje.
—Mieerda…—gruñó Josué, indignado, excitado, grabando desde abajo, la cámara capturando las nalgas inmensas temblando, los fluidos goteando por sus muslos, las tetas botando como masas jugosas.
—¡Dios! ¡Dios! —jadeó Amanda, una embestida profunda, "¡Ooooohhh, qué delicia!", el pollón deslizándose despacio, un río blanco chorreando como cera sucia, las nalgas temblándole como si fueran a caerse.
Milton soltó otro gemido, más claro esta vez, y Josué supo, sin verlo, que el cabrón estaba a punto de venirse, escondido tras su pantalla de mierda.
—Amanda, eres puro fuego —dijo, su voz temblando—. Josué, esto debe de estarte ayudando con tu problema.
Josué respiró, el celular cayéndole al edredón con un golpe seco, sudando, temblando, el calor en su pene quemándolo vivo mientras Amanda gemía, "¡Ooooohhh, qué rico!", las nalgas temblándole como dos montes de carne, los fluidos salpicando como una fuente enferma.
Cuando Josué levantó nuevamente el celular, oyó que Milton soltó un gruñido largo, un "¡Hummm!" que sonó como si algo se hubiera roto, y la pantalla tembló un segundo, un movimiento brusco como si el cabrón hubiera perdido el control. Josué supo, con las tripas apretadas, que el hijo de puta se había corrido, pero Milton respiró hondo y su voz salió más firme, profesional, como si nada hubiera pasado.
—Bien, parejita, terminemos con el análisis de hoy —dijo Milton, su tono grave ahora cargado de una calma técnica—. Amanda, tu desempeño es sobresaliente, un 9.5/10. Mostraste una entrega total al ejercicio, una capacidad admirable de conectar con tus estímulos. Eso habla de una resiliencia emocional sólida y una apertura al proceso terapéutico.
—Gracias… Milton —jadeó Amanda, dejándose caer boca arriba, las nalgas temblándole como dos almohadones blancos, el "Milton" cayendo al edredón con un golpe húmedo—. No lo habría logrado sin ti… y desde luego… sin mi Gordi, ¿verdad que sí, mi amor?
—Ajá, claro —respondió Josué.
Milton continuó, su voz cortando el aire como un bisturí.
—Josué, tu caso es distinto. Te doy un 3/10, y estoy siendo generoso. Tu participación refleja una inseguridad profunda, una barrera que te impide comprometerte con el ejercicio. No es solo un tema físico, amigo, es mental. Tu falta de confianza está saboteando cualquier avance.
—¡Qué mierda, Milton! —masculló Josué, sudando, temblando, el celular resbalándole de la mano al edredón—. ¿Entonces qué, todo esto fue pa’ nada?
—No, Josué, fue un diagnóstico —dijo Milton, su tono frío, clínico—. Amanda está avanzando, pero tú estás estancado. Esa inseguridad tuya es el núcleo del problema. Para que logres tener seguridad, necesitamos cambiar de estrategia.
—¿Qué… qué estrategia? —preguntó Josué, la voz saliéndole floja, resignada, un nudo de miedo apretándole el pecho—. ¿De qué hablas, Milton?
—No te lo voy a detallar ahora —respondió Milton, su voz firme, con un dejo de autoridad que no admitía réplica—. Es algo que requiere planeación. Este viernes llego de mi viaje, y quiero verlos en vivo, aquí conmigo. Tengo una propuesta importante para los dos, algo que puede ser el punto de inflexión en este proceso.
—¿En vivo? —balbuceó Josué, sudando más, el temor subiéndole por la garganta como bilis—. ¿Qué… qué vas a hacernos?
—No te preocupes por eso ahora, Josué —dijo Milton, su tono calmado pero cargado de algo que a Josué le olió a trampa—. Descansen, prepárense. Nos vemos el viernes.
—¿Y qué piensas tú, Amanda? —preguntó Josué, girándose hacia ella, la voz temblándole, buscando algo en sus ojos grises.
—Pues… qué te puedo decir, él es el profesional —respondió ella, encogiéndose de hombros, su voz neutra pero con un brillo en la mirada que no podía esconder del todo—. Si Milton dice que puede ayudarnos con una nueva estrategia, hay que intentarlo, ¿no?
—¡Carajo, Amanda, no sé si quiero intentar más! —gruñó Josué, sudando, resignado—. ¡Esto se nos está yendo de las manos!
—Tranquilo, gordi, todo va a estar bien —dijo ella, su voz suave, casi cantadita, pero con un dejo que a Josué le sonó demasiado ansioso.
Milton soltó una risa baja, profesional pero con un filo oscuro.
—Nos vemos el viernes, parejita. Esto apenas empieza — dijo, y la pantalla se apagó con un pitido seco, dejando el cuarto en silencio.
Josué se quedó tieso, enfriándose como una marca de su derrota, mientras Amanda respiraba hondo a su lado, las nalgas temblándole todavía, el "Milton" brillando húmedo en el edredón.
Milton llegaba el viernes, y esa "propuesta importante" resonaba en su cabeza como un tambor de guerra. Algo grande venía, algo que lo ponía a temblar de miedo y lo hacía querer saber más, aunque sabía que no le iba a gustar.
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