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Mi nueva vida con Amanda [07]

Milton no es solo un juguete, es el juez de su intimidad. Mientras Amanda se entrega a un placer salvaje, Josué debe grabar su propia humillación para un desconocido que lo califica con frialdad. ¿Hasta dónde llegará la obediencia de Josué cuando el terapeuta pida la videollamada en vivo?

Reina de Picas7.9K vistas8.4· 10 votos
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Cuando por fin Josué alineó la punta gruesa del pollón de goma con el coño abierto de Amanda, empujó torpemente, las manos temblándole en las correas del arnés que le cortaban la piel flácida de la cintura como si fueran alambres.

El pollón de goma rozó los labios exteriores de su concha, gordos y rosados, pero se desvió un poco, raspándole el muslo interno y dejando un rastro brillante de sus fluidos, un líquido espeso y claro que se deslizaba lento como si fuera jarabe caliente, distinto al flujo baboso que ya le empapaba los muslos.

Amanda, a cuatro patas en la cama matrimonial, soltó un bufido entre risas y giró la cabeza, sus tetas colgando pesadas bajo el pecho, oscilando con cada movimiento sobre el edredón azul descolorido.

—¡Ay, gordi, qué desastre eres, mi rey! —dijo, y su voz salió ronca, cargada de una lujuria que Josué nunca le había escuchado, como si fuera una desconocida en su propia cama—. No es posible ni con pene ajeno le puedas atinar a mi agujero. Vamos, mi dulce, empuja como hombre, hazme sentir algo rico aquí en nuestro nidito.

—¡Estoy intentando, Amanda! —balbuceó Josué, sudando frío, la cara ardiéndole mientras ajustaba el arnés, su pene flácido nadando inútilmente en el hueco del pollón de goma—. No es tan fácil como parece, ¿sabes?

Ella no esperó más. Con un movimiento brusco de caderas, se echó para atrás desde el centro del colchón, empalándose sola en el "Milton" con un grito largo y gutural, "¡Aaaaahhh, qué delicia!", que hizo chirriar el colchón viejo del cuarto matrimonial.

El pollón de goma se hundió en su coño abierto, los labios exteriores hinchados tragándose la punta gruesa, y sus fluidos, ahora más densos, brotaron en un chorrito viscoso que salpicó la base del arnés, manchándole la piel a Josué con un calor pegajoso que olía a sexo puro, almizclado y salvaje.

El vello púbico de Amanda, una línea delgada y oscura del depilado brasileño, se erizaba bajo la luz, empapado y pegado a la piel blanca como si fuera un pincel mojado en tinta, marcando el camino hacia su concha hambrienta.

Más arriba, su ano se contrajo con el movimiento, un anillo pequeño y perfecto, de un marrón oscuro con tonos rojizos en los bordes, liso como terciopelo pero arrugado en el centro como una flor cerrada, dilatándose y cerrándose apenas con cada embestida, dejando entrever un brillo sutil de sudor que lo hacía parecer vivo.

—¡Así, gordi, mételo todo, mi vida! —gritó Amanda, y soltó un gemido corto y agudo, "¡Ohhh!", mientras movía las caderas para atrás con una furia de puta callejera que Josué no reconocía—. Hazme temblar, mi cielo, quiero sentirlo hasta el fondo en esta cama tan nuestra.

—¡No sé si lo estoy haciendo bien, Amanda! —respondió él, la voz temblándole, el arnés torciéndose mientras intentaba seguirle el ritmo, la humillación subiéndole por el pecho como un ácido que le quemaba las tripas.

—¡Claro que sí, mi ángel, pero dale más fuerte! —dijo ella, jadeando, y soltó un gemido largo, "¡Ooooohhh, qué placer!", mientras levantaba las nalgas más, el ano abriéndose un poco más con el esfuerzo, mostrando una textura suave y brillante, rodeado de piel blanca que temblaba como gelatina caliente—. Así me gusta, mi rey, que se sienta como debe ser.

El "Milton" se hundió más, letra por letra del nombre desapareciendo en su concha empapada.

La "M" se perdió entre los labios interiores, rojos y finos como carne cruda, que se abrían y cerraban con un ritmo obsceno, chorreando un líquido cremoso que goteaba en hilos largos y pegajosos, distinto al jarabe claro de antes, más blanco y espeso como si estuviera a punto de hervir.

Amanda gimió, "¡Mmmh!", y apretó las nalgas, el ano contrayéndose en un círculo apretado que brillaba bajo la luz del cuarto matrimonial.

Josué, sudando como condenado, sintió la vergüenza apretarle el corazón, su pene flácido rozándose inútilmente en el hueco del pollón de goma, un gusanito perdido en un espacio que nunca llenaría.

—¡Más adentro, gordi, mi dulce! —ordenó Amanda, y soltó un grito largo, "¡Aaaaahhh, qué maravilla!", mientras la "I" se desvanecía, tragada por la hendidura profunda que latía con cada embestida—. Vamos, mi tesoro, haz que me retuerza en esta cama.

—¡Estoy metiendo poco a poco esta cosa, Amanda, para que no te duela! —balbuceó él, la cara roja como tomate, el arnés cortándole la piel mientras intentaba empujar.

—¡Tú métela toda y ya, mi amor!

—¡No soy tan bueno como… como otros, supongo!

—¡Ay, gordi, no digas esas cosas, mi campeón! —dijo ella, riendo entre jadeos, la voz ronca de puta entregada, con su melena roja, como fuego cayendo por su espalda y hacia al frente—. Tú eres único, pero este pollón… ¡Ohhh! Me lleva a otro mundo, ¿sabes?

La "L" se hundió en un golpe seco, los labios exteriores gordos cerrándose alrededor del pollón de goma, y Amanda soltó un gemido corto, "¡Aahhh!", mientras sus fluidos salpicaban el edredón, un chorro rápido y caliente que olía a deseo puro, dejando manchas oscuras en la tela azul.

Su ano se dilató un poco más, el borde rojizo brillando con una capa fina de sudor, arrugado como una nuez pero suave al tacto, un detalle que Josué nunca había visto tan de cerca en su propia cama matrimonial.

—¡Sigue, mi rey, no pares ahora! —gritó Amanda, y soltó un gemido largo y desgarrado, "¡Ooooohhh, qué delicia!", mientras la "T" desaparecía—. Hazme gritar, gordi, quiero que esta cama tiemble conmigo.

—¡No sé si puedo, Amanda! —respondió él, sudando más, la humillación quemándole la garganta mientras el arnés se torcía, su pene flácido golpeando la goma como un trapo mojado.

—¡Claro que puedes, mi alegría! —dijo ella, jadeando—. Este pollón me llena como nunca, ¡Aaaaahhh! Tú solo sigue, mi cielo, déjame disfrutar.

La "O" se perdió en un movimiento brusco, el pollón de goma hundiéndose más, y Amanda soltó un grito corto, "¡Ohhh!", mientras su ano se abría un poco, dejando ver un interior rosado que contrastaba con el marrón oscuro del borde, brillando con una gota de sudor que resbaló lento por su piel blanca.

Sus fluidos, ahora un caldo espeso y blanco, brotaron en un chorrito que salpicó las piernas de Josué, pegajoso como miel tibia, y él sintió la vergüenza apretarle el alma como una prensa.

—¡Hasta el fondo, gordi, mi dulce! —ordenó Amanda, soltando un gemido ronco, "¡Ooooohhh, qué placer!"—. Vamos, mi vida, hazme sentir mujer en esta cama.

—¡Esto es… es demasiado, Amanda! —balbuceó Josué, la voz quebrada, el arnés cortándole la piel mientras el "Milton" se hundía hasta la "N", tragada por la concha empapada que chorreaba sin parar.

De pronto, el celular de Amanda vibró en el edredón junto a la almohada, un zumbido agudo que cortó el aire del cuarto matrimonial como un cuchillo caliente.

Ella, a cuatro patas en la cama, lo agarró con dedos torpes, su melena roja cayendo en mechones sudorosos sobre la cara, pegándosele a las mejillas como hilos de fuego húmedo que brillaban bajo la luz tenue.

Soltó un gemido corto, "¡Mmmh!", mientras leía el mensaje de Milton desde Puerto Vallarta: "Josué, Amanda, ¿ya lo están usando? ¿Qué tal el arnés?".

Amanda, con el pollón de goma hundido en su concha empapada, presionó el botón de grabar audio y habló entre gemidos, la voz temblándole de placer:

—¡Aaaaahhh, síiii, Milton! —gritó, el colchón chirriando bajo sus rodillas—. Ya lo estamos usando, ¡es una joya! ¡Mmmh! Josué lo está usando bien, ¡qué belleza!

Josué, con la cara ardiendo como si le hubieran echado brasas en los ojos, sintió la humillación explotarle en el pecho al oír el nombre de Milton.

El sudor le corría por la frente, goteándole en el cuello, y las correas del arnés le cortaban la piel flácida de la cintura hasta hacerle sangrar un poquito en los costados.

—¡No, Amanda, qué chingados haces! —dijo, sudando frío, la voz quebrada mientras intentaba retroceder en la cama matrimonial—. ¡No hables con él ahora, esto es nuestro, no de ese cabrón!

—¡Ay, gordi, no te pongas celosón, mi rey! —respondió ella, soltando un gemido largo, "¡Ooooohhh!"—. ¡Aaaaahhh! Es nuestro terapeuta, tiene que saber nuestros progresos, mi dulce. Mira qué rico se siente, ¡Mmmh!, agradece saber que está al pendiente desde tan lejos.

—¡Esto me mata, Amanda! —protestó él, temblando, el nudo en la garganta apretándose más—. ¡Qué vergüenza que ese hijo de su madre escuche esto! ¿No te das cuenta?

—¡Ay, mi vida, no seas tan dramático! —dijo ella, riendo entre jadeos, su cabello rojo meneándose como llamas mojadas mientras echaba las caderas para atrás.

—¡Ohhh! Es para que todo salga perfecto, mi ángel. ¡Aaaaahhh! Imagínate, él allá en su conferencia, pensando en nosotros.

El celular vibró otra vez con un nuevo mensaje de Milton:

"Me alegra, Amanda. Quiero prueba, foto o video, para ver cómo lo usan".

Josué, leyendo por encima de su hombro, sintió que el aire se le escapaba, la humillación subiéndole como un trago de tequila rancio.

—¡Ni madres, Amanda! —dijo, retrocediendo en la cama matrimonial hasta que el colchón chirrió bajo sus rodillas—. ¡Esto es una cochinada, no voy a mandarle nada a ese cabrón! ¡Es un puto pervertido!

—¡Tranquilo, gordi, mi sol! —respondió ella, soltando un gemido corto, "¡Ohhh!"—. ¡Aaaaahhh! Es para aprender, mi tesoro. ¡Mmmh! Saber que él está viendo cómo lo hacemos me pone… uf, más cerda. Hazlo por mí, ¿sí?

—¡No, Amanda, esto es humillante! —balbuceó él, sudando más, las manos temblándole mientras intentaba quitarse el arnés—. ¡Qué va a pensar Milton viéndonos así? ¡Es una locura, por favor, para!

—¡Graba, mi alegría, sé bueno! —ordenó ella, soltando un grito largo, "¡Aaaaahhh, síiii!"—. ¡Ooooohhh! Es para nuestro bien, mi cielo. ¡Mmmh! No te hagas el tímido, mi valiente, que él está allá esperando.

—¡No quiero, Amanda, esto está mal, el cabrón se está burlando de nosotros! —protestó él, la voz quebrada, pero ella lo miró por encima del hombro, su cabello rojo cayendo en cascada sudorosa sobre la espalda, y soltó un gemido ronco, "¡Ooooohhh, qué placer!", mientras movía las caderas con más furia, el pollón de goma hundiéndose hasta la base.

—¡Vamos, gordi, mi dulce, no me dejes sola en esto! —dijo, jadeando, los ojos grises brillándole con una excitación salvaje—. ¡Aaaaahhh! Imagínate qué bonito, tener a un terapeuta preocupado por nosotros, dándonos su visto bueno. ¡Ohhh! Graba, mi rey, hazlo por tu reina.

Josué, con el corazón latiéndole en los oídos, sintió la presión de sus palabras como un yugo en el cuello.

El celular vibró otra vez, y Amanda lo agarró, soltando un gemido corto, "¡Mmmh!", mientras leía un nuevo mensaje de Milton:

"Asegúrense de que Josué lo use bien, Amanda. Quiero ver su progreso".

Ella rió entre jadeos, su cabello rojo pegándosele al cuello como si fuera sangre húmeda, y miró a Josué con una sonrisa de puta entregada que lo hizo temblar de vergüenza.

—¡Aaaaahhh, gordi, mi campeón! —dijo, soltando un grito largo, "¡Ooooohhh, síiii!"—. ¡Mmmh! Escucha eso, él quiere verte brillar, mi vida. ¡Ohhh! Graba algo bonito para que vea cómo te mueves.

—¡No voy a hacer eso, Amanda, por favor! —respondió él, sudando frío, las manos temblándole en las correas del arnés—. ¡Esto es una pinche humillación, no quiero que Milton vea nada!

—¡Ay, mi tesoro, no seas tan cerrado! —dijo ella, soltando un gemido corto y agudo, "¡Aahhh!"—. ¡Aaaaahhh! Es para que nos diga cómo mejorar, mi dulce. ¡Ooooohhh! Me prende saber que está ahí, pendiente de nosotros desde tan lejos. ¡Graba, mi rey, sólo cumple mi capricho!

Josué, con la cara ardiendo y el estómago revuelto, intentó resistir, pero Amanda se contrajo de pronto en la cama matrimonial, los músculos de sus nalgas temblando como si fueran a explotar, el ano abriéndose y cerrándose en espasmos rápidos, el borde marrón oscuro hinchándose con un brillo de sudor que resbalaba como aceite por su piel blanca.

Su concha empapada se apretó alrededor del pollón de goma, los labios gordos y rojos palpitando mientras un chorro espeso y lechoso brotaba en ráfagas cortas, salpicando el edredón azul con manchas blancas que olían a sexo puro, y ella soltó un grito largo y desgarrado, "¡Aaaaahhh, qué deliciaaaa!", teniendo un orgasmo que hizo chirriar el colchón como si fuera a romperse.

—¡Sí, gordi, mi alegría, así! —gritó, jadeando entre risas, su cabello rojo cayendo en mechones desordenados sobre la cara—. ¡Ooooohhh! Graba, mi cielo, para que vea cómo me haces venir, ¡Mmmh!

—¡Carajo… Amanda! —balbuceó Josué, sudando más, pero ella le arrancó el celular de las manos con un movimiento brusco, soltando un gemido corto, "¡Ohhh!", y lo puso en modo video.

—¡Tú no te preocupes, mi valiente! —dijo, riendo, todavía temblando del orgasmo—. ¡Aaaaahhh! Yo lo hago, mi rey, para que Milton vea qué tan bien lo estamos pasando. ¡Ooooohhh!

—¡No, Amanda, por favor, no grabes! —suplicó él, la voz temblando, pero ella ya estaba grabando, apuntando el celular al culo tembloroso que chorreaba fluidos espesos, el pollón de goma hundido en su concha palpitante, el ano contrayéndose en espasmos mientras su cabello rojo se pegaba a la espalda como un velo de fuego mojado.

Ella gemía sin parar, "¡Mmmh! ¡Ohhh! ¡Aaaaahhh!", mientras el video capturaba cada detalle obsceno en la cama matrimonial.

—¡Listo, gordi, mi dulce! —dijo, soltando un gemido largo, "¡Ooooohhh, qué placer!"—. ¡Mmmh! Ya lo mandé, mi vida, para que Milton nos evalúe. ¡Aaaaahhh!

Josué, con la humillación quemándole el alma, sintió un espasmo débil en la entrepierna, y eyaculó un chorrito tibio y acuoso sin erección completa, manchándole los calzones con una vergüenza líquida que le corrió por el muslo mientras Amanda seguía gimiendo en la cama matrimonial, el eco de sus gritos.

—"¡Aaaaahhh, qué deliciaaaa!"— resonando en el cuarto como una burla cruel.

El celular vibró nuevamente en el edredón azul descolorido de la cama matrimonial, un zumbido seco que cortó el eco de los gemidos de Amanda.

Ella, todavía temblando del orgasmo, lo agarró con una mano sudorosa, su melena roja cayendo en mechones desordenados sobre la cara como un incendio mojado, y soltó un gemido corto, "¡Mmmh!", mientras leía la respuesta de Milton:

"No se vio bien el video, Amanda. Está borroso, necesito algo más claro, para poderlo valorar".

Amanda frunció el ceño, jadeando, y revisó el clip en la pantalla, entrecerrando los ojos grises que brillaban con una mezcla de fastidio y excitación.

—¡Aaaaahhh, gordi, mi dulce! —dijo, soltando una risa ronca—. ¡Ohhh! Tiene razón, mi rey, no se ve nada bien. Qué mierda, está todo empañado, ni se nota lo rico que me tienes aquí en nuestra camita.

Josué, con las correas del arnés atado de la cintura, sintió un nuevo golpe de humillación reventarle en el pecho. El sudor le corría por la espalda, y el chorrito acuoso de su eyaculación débil todavía le quemaba el muslo como una marca de su derrota.

—¡Qué chingados, Amanda! —balbuceó, sudando frío, la voz temblándole mientras se pasaba una mano por la cara—. ¡Milton solo se está burlando de nosotros, no ves? ¡Esto es una pinche burla, no le mandes nada más!

—¡Ay, gordi, no seas tan desconfiado! —respondió ella, soltando un gemido largo, "¡Ooooohhh!"—. ¡Aaaaahhh! Él está allá, lejos, mi cielo, y solo quiere ayudarnos. ¡Mmmh! Graba esta vez tú, mi tesoro, pero desde arriba, para que se vea clarito.

—¡Ni madres, Amanda, ya basta! —protestó él, retrocediendo en la cama matrimonial hasta que el colchón chirrió bajo sus rodillas—. ¡Esto es una cochinada, no voy a darle más gusto a ese cabrón! ¡Qué vergüenza, por favor, para con esto!

—¡Vamos, Josué, no te me pongas así! —dijo ella, girando la cabeza con una sonrisa traviesa, su cabello rojo pegándosele al cuello como un velo de sangre húmeda—. ¡Ohhh! Hazlo por mí, mi rey, para que vea lo bien que me cojes. ¡Aaaaahhh! Que sepa que tú eres mi hombre… graba desde arriba, ¿sí?

—¡Te mirará desnuda, Amanda! —dijo Josué, con la remota hipótesis de que quizá él jamás la hubiera tocado, y que todo lo demás hubiera sido producto de su imaginación.

—¡Es un profesional, Josué! ¿Crees que va a mirarme con ojos pervertidos?

—¡Pues dime tú! ¿Te sentirías cómoda sabiendo que te está mirando el culo desnudo, con una polla de goma clavada en tu vagina?

—¡No lo veas de esa manera, Josué! Milton es un caballero, te lo digo yo. Ahora ya basta de tonterías y graba.

—¡No, Amanda, esto es humillante! —balbuceó él, sudando más, las manos temblándole mientras intentaba quitarse el arnés—. ¡Milton se va a reír de nosotros, no quiero que vea más!

—¡Por favor, gordi, déjate de ser tan pesado! —insistió ella, soltando un gemido corto, "¡Aahhh!"—. ¡Ooooohhh! Es para que todo salga perfecto, mi vida. ¡Mmmh! ¡Se supone que estamos trabajando con nuestros complejos! Él no va a juzgarnos. Es más, lo que estamos haciendo te lo recomendó él mismo.

Josué, con el corazón latiéndole en la garganta, sintió la presión de sus palabras como un martillo en la cabeza.

La humillación le quemaba el alma, pero los ojos grises de Amanda, brillantes de lujuria, y esa voz de puta entregada que nunca le había mostrado lo doblegaron como un perro asustado. Con manos temblorosas, agarró el celular del edredón, sudando frío, y murmuró:

—¡Esto… esto es una mierda, Amanda, algo retorcido, no puedo creer que lo estés avalando! —dijo, pero levantó el celular, apuntando desde arriba como ella quería, el arnés torcido colgándole entre las piernas mientras su pene flácido nadaba inútilmente en el hueco del pollón de goma—, pero está bien… en tu conciencia queda.

—¡Sí, gordi, mi dulce, así! —gritó Amanda, soltando un gemido largo y desgarrado, "¡Ooooohhh, qué placer!"—. ¡Aaaaahhh! Graba, mi rey, para que vea cómo me clavo esta verga tan rica, ¡Mmmh!

Josué, con las manos temblando tanto que el celular casi se le cae, comenzó a grabar desde arriba, la pantalla capturando el cuerpo de Amanda en la cama matrimonial como una puta en plena faena.

Ella, estimulada quizá sabiendo que Milton miraría, meneó las caderas con furia, clavándose sola en el pollón de goma con un ritmo salvaje que hizo chirriar el colchón como si fuera a partirse.

Sus nalgas gordas temblaban como gelatina caliente, abriéndose y cerrándose con cada embestida, el ano marrón oscuro dilatándose en un círculo perfecto, el borde rojizo brillando con sudor y un rastro de fluidos que resbalaba lento por la piel blanca, dejando un camino brillante y sucio.

Su concha empapada tragaba el "Milton" entero, los labios gordos y rojos chorreando un líquido espeso y blanco que salpicaba el edredón en chorros cortos, mojándose más con cada golpe, un charco viscoso formándose bajo sus muslos que olía a sexo crudo y animal.

—¡Aaaaahhh, qué verga tan rica! —gritó Amanda, soltando un gemido corto y agudo, "¡Ohhh!"—. ¡Mmmh! Me la clavo toda, gordi, mi dulce, mira cómo me mojo, ¡Ooooohhh! ¡Qué rico se siente esta verga!

—¡Amanda, para, por favor! —balbuceó Josué, la cara ardiéndole de vergüenza mientras grababa, el celular temblándole en las manos—. ¡Qué va a pensar Milton de ti diciendo esas vulgaridades! ¡Esto es una locura!

—¡Aaaaahhh, métemela más, mi rey! —respondió ella, ignorándolo, soltando un grito largo, "¡Ooooohhh, síiii!"—. ¡Mmmh! Que vea cómo me la trago toda, gordi, mi vida, ¡qué culo tan caliente tengo para esta verga!

Josué, apenado hasta el hueso, sintió la humillación apretarle el pecho como una prensa mientras Amanda seguía meneando las caderas, clavándose el pollón de goma sola con una furia de puta callejera que nunca había visto en su cama matrimonial.

Sus tetas gordas botaban como melones sueltos, oscilando pesadas bajo su pecho, los pezones duros y oscuros golpeando el aire como si fueran a reventar, chorreando sudor que le corría por el esternón y goteaba al edredón en gotitas saladas que brillaban como perlas sucias.

Su concha abierta chorreaba más, un flujo cremoso y espeso brotando en ráfagas que salpicaban las piernas de Josué, mojándolo con un calor pegajoso que le revolvió el estómago, y su ano se contrajo en espasmos rápidos, abriéndose y cerrándose como si quisiera chupar algo más, el borde rojizo hinchándose con cada grito.

—¡Ooooohhh, qué verga tan rica! —gritó Amanda, soltando un gemido largo y desgarrado, "¡Aaaaahhh, me vengo!"—. ¡Mmmh! Mira cómo me mojo, gordi, mi dulce, esta verga me parte, ¡Ohhh!

Ella se contrajo de pronto, los músculos de sus nalgas temblando como si fueran a explotar, y un nuevo orgasmo la atravesó en la cama matrimonial, el pollón de goma hundiéndose hasta la base mientras su concha palpitaba, chorreando un chorro espeso y blanco que salpicó el edredón en un charco sucio, sus tetas botando más fuerte, golpeándose entre sí con un ruido húmedo que resonó en el cuarto.

Su ano se abrió un poco más, el borde marrón brillando con sudor y fluidos, y ella soltó un grito ronco, "¡Ooooohhh, qué polla tan buena!", mientras su cabello rojo se pegaba a la espalda como un manto de fuego empapado, temblando con cada espasmo de su cuerpo.

—¡Para, Amanda, esto es demasiado! —balbuceó Josué, sudando frío, el celular temblándole en las manos mientras grababa, la vergüenza quemándole la cara al imaginar lo que Milton pensaría de su mujer gritando como puta—. ¡Qué pinche pena, por favor, no más!

—¡Aaaaahhh, mándalo, gordi, mi valiente! —ordenó ella, soltando un gemido corto, "¡Ohhh!"—. ¡Mmmh! Para que vea cómo me haces gozar, mi rey, ¡Ooooohhh!

Josué, con las manos temblando y el alma destrozada, dejó de grabar y envió el video al chat "El Rincón de Josué", el corazón latiéndole como tambor mientras la pantalla confirmaba "Enviado".

Amanda, todavía jadeando en la cama matrimonial, soltó una risa ronca entre gemidos, "¡Aaaaahhh, qué rico!", mientras su concha seguía chorreando, el pollón de goma brillando con sus fluidos como un trofeo obsceno.

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Josué, con las manos temblando y el alma destrozada, había enviado el video al chat "El Rincón de Josué", el corazón latiéndole como tambor mientras la pantalla confirmaba "Enviado".

Amanda, todavía jadeando en la cama matrimonial, soltó una risa ronca entre gemidos, "¡Aaaaahhh, qué rico!", mientras su concha seguía chorreando, el pollón de goma brillando con sus fluidos como un trofeo obsceno.

De pronto, con un movimiento lento y teatral, se dejó caer sobre el edredón azul descolorido, desnuda y abierta como una flor podrida en plena exposición.

Su cuerpo sudoroso se hundió en el colchón, las piernas separadas sin pudor, y su concha quedó a la vista, expuesta bajo la luz tenue del cuarto matrimonial:

Un agujero enorme, los labios gordos y rojos abiertos como una boca hambrienta, hinchados y brillantes, dejando ver un interior rosado y húmedo que parecía latir, un abismo profundo que chorreaba un líquido espeso y blanco, goteando lento por sus muslos hasta formar un charco viscoso en la tela.

Su vello púbico, negro y empapado, se pegaba en mechones desordenados alrededor de ese cráter obscenamente dilatado, y su ano, marrón oscuro y arrugado, palpitaba arriba como un ojo ciego que se abría y cerraba con cada respiración entrecortada.

Josué, parado al borde de la cama matrimonial, sintió un complejo de inferioridad reventarle en el pecho como una granada.

Ese agujero enorme, abierto y chorreante, era un recordatorio brutal de lo que el "Milton" había hecho, algo que su pene flácido, nadando inútilmente en el hueco del arnés, nunca podría igualar. El sudor le corría por la cara, mezclándose con la vergüenza que le quemaba las orejas, y un nudo en el estómago le revolvió las tripas hasta hacerle sentir náuseas.

—¡Aaaaahhh, gordi, mi dulce, mira qué satisfecfha me dejaste, como nunca lo hiciste! —dijo Amanda, soltando un gemido corto, "¡Mmmh!"—. ¡Ohhh! Este pollón me abrió todita, mi rey, ¿ves qué belleza?

“Como nunca lo hiciste”, dijo ella, humillándolo sin misericordia.

—¡Amanda… esto… esto es muy fuerte! —balbuceó él, sudando frío, la voz temblándole mientras miraba ese cráter inmenso que parecía burlarse de él—. ¡Qué pinche vergüenza, no puedo ni… ni compararme con eso!

—¡Ay, osito, no te pongas así! —respondió ella, riendo entre jadeos, su cabello rojo extendiéndose sobre el edredón como un charco de fuego líquido—. Esto ha sido maravilloso. Esta experiencia es para gozar, mi cielo, no para que te aflijas. ¡Mmmh! Mira qué satisfecha me tienes aquí en nuestra camita.

El celular vibró otra vez en el edredón, y Amanda lo agarró con una mano temblorosa, soltando un gemido largo, "¡Ooooohhh!", mientras leía el mensaje de Milton desde.

Era un análisis detallado:

"Amanda, excelente entrega, se nota tu compromiso con el proceso, 8/10. El arnés funciona bien en tus manos, o mejor dicho, en tu cuerpo. Josué, la perspectiva desde arriba ayuda, pero sigues sin tomar el control, parece que 'Milton' (me refiero al dildo) hace todo el trabajo por ti. 3/10, hay margen para crecer si te aplicas".

Amanda rió entre dientes, su concha abierta palpitando mientras leía, y soltó un gemido corto, "¡Ohhh!", mirando a Josué con una chispa traviesa en los ojos grises.

—¡Aaaaahhh, gordi, mi tesoro! —dijo, jadeando—. ¡Mmmh! Escucha qué bonito, él dice que me entrego excelente, mi rey. Y tú, mi dulce, parece que necesitas practicar más, pero lo haz hecho maravillosamente bien. ¡Estoy tan orgullosa de ti, corazón!

—¡Qué mierda, Amanda! —protestó Josué, sudando más, la humillación apretándole el pecho como una prensa—. ¡Ese cabrón me está minimizando otra vez! ¡Un 3/10, qué pinche burla! ¡No quiero seguir con esto!

—¡Ay, mi campeón, no te enojes! —respondió ella, —. Es para que mejores, mi vida. Milton está siendo muy objeto e imparcial. Te recuerdo que es un profesionista. Nos está ayudando a ambos. La intención de todo esto era hacerme feliz, ¿no, Josué? Bueno, pues se cumplió el objetivo.

—¡Esto es una humillación, Amanda, para ya! —balbuceó él, la voz temblando, pero ella ignoró su súplica y escribió rápido en el celular, soltando un gemido corto, mientras enviaba un mensaje a Milton:

"Gracias por la nota, Josué está feliz por el resultado”.

El celular vibró casi al instante con la respuesta de Milton:

"Amanda, sigue guiándolo, eres la clave. Josué, intenta liderar el ritmo la próxima vez. Calificación final: Amanda 8.5/10, Josué 3.5/10. La siguiente sesión será por videollamada, para que pueda darles instrucciones en vivo".

Amanda soltó una risa ronca, soltando un gemido largo, "¡Ooooohhh, por Dios!", y giró la cabeza hacia Josué, su cabello rojo desparramándose sobre el edredón como un río de lava húmeda.

—Eso sí que estará… un poco rarito, ¿no mi amor? —dijo, jadeando entre risas—. A lo mejor… nos ponemos un poco nerviosos, pero… supongo que es normal para nuestras terapias. Lo importante es avanza como matrimonio y dejar de estar estancados.

—¡Ni madres, Amanda, eso sí que no! —protestó él, sudando frío, las manos temblándole mientras se quitaba el arnés con dedos torpes—. ¡Qué pinche vergüenza, no quiero que ese cabrón nos vea en vivo! ¡Ya basta de esta mierda!

—¡Ay, Josué, no comiences de nuevo, no seas tan cerrado! —respondió ella, —. Es para que todo salga perfecto, mi cielo. Si no pones de tu parte, te aseguro que esto no funcionará.

—¡Pero Amanda, qué carajos! —espetó Josué—. ¿Qué clase de psicoanalista pide una videollamada para vernos coger? ¡Esto no es normal, el tipo tiene la cabeza podrida!

—¡Para, Josué, ya basta! —replicó ella, haciendo un movimiento brusco en la cama matrimonial, desnuda y abierta, su concha expuesta como un abismo chorreante, los labios gordos y rojos palpitando, el agujero enorme dejando a la vista un interior rosado y húmedo que parecía absorber la luz del cuarto.

Sus fluidos, espesos y blancos, goteaban lento por sus muslos, formando un charco pegajoso en el edredón que olía a sexo crudo y sudor rancio, una mancha oscura que se extendía como una sombra obscena.

—¡No, Amanda, no voy a parar! —dijo él, la voz temblando de rabia y vergüenza mientras señalaba el celular—. ¡Esto es una mierda, no puedo creer que estés de acuerdo con ese cabrón, que solo está viéndonos como si fuéramos un maldito espectáculo!

Su ano, arrugado y brillante, se contraía en espasmos suaves, el borde marrón oscuro reluciendo con una capa de sudor que resbalaba por la piel blanca de sus nalgas, un recordatorio silencioso de lo que acababa de pasar.

—¡Siempre haces lo mismo, Josué! —espetó ella, sentándose en el edredón arrugándose bajo sus nalgas mientras lo miraba con los ojos grises encendidos—. ¿Por qué carajos tienes que joderlo todo? ¡Estoy harta de que nunca quieras intentar nada, de que siempre te cierres como si esto no fuera conmigo también!

Josué, con las manos temblándole, sintió el complejo de inferioridad apretarle el alma como una garra. Ese agujero enorme entre las piernas de Amanda, abierto y chorreante, era un golpe directo a su hombría, un recordatorio de que su pene flácido, nadando inútilmente en el hueco del pollón de goma, no podía llenar ni la mitad de lo que el "Milton" había conquistado.

—¡Yo no estoy jodiéndolo, Amanda! —respondió él, sudando frío, la voz subiendo de tono mientras se pasaba una mano por la cara—. ¿Qué no tengo derecho a decir cuando algo me saca de onda? ¿Cuándo algo no me parece o cuando me siento incómodo? ¿O qué, solo tú puedes decidir aquí?

—¡No es que decidas, Josué, es que nunca haces nada! —replicó ella, la voz quebrándose de frustración mientras se inclinaba hacia adelante, su cabello rojo rozándole las tetas desnudas—. Todo es negativo para ti. Siempre solo se trata de ti, de ti, y de ti. ¡Estoy cansada, carajo! ¿Sabes lo que es pasar meses esperando a que hagas algo por mí, a que me hagas sentir mujer? ¡Lo que has hecho hoy con el arnés es lo primero en meses que has hecho para hacerme sentir deseada, para hacerme sentir satisfecha sexualmente! Y ahora tú nomás lo quieres tirar a la basura.

—¡No digas eso, Amanda! —dijo él, la voz temblando, la cara ardiéndole mientras miraba ese cráter entre sus piernas—. ¡Sabes bien que intenté todo, pero esto… esto no es intentar, esto es una humillación! ¡Un 3.5/10, y ahora una videollamada? ¡Ese cabrón me está haciendo mierda!

—¡Y yo qué, Josué! —espetó ella, la voz subiendo a un grito mientras se golpeaba el pecho con una mano—. ¡Tú con tu 3.5, y yo aquí, abierta como idiota, esperando que por una maldita vez me hagas sentir mujer! ¡Estoy harta de sentirme vacía contigo, de que no me mires, de que no me toques como hombre!

—¿Crees que es mi culpa que no se me pare?

—¿Entonces la culpa es mía? ¿Crees que yo tengo la culpa de que tú no puedas cogerme como Dios manda?

Josué se quedó tieso, la humillación golpeándolo como un puñetazo en el estómago. Las palabras de Amanda, cargadas de frustración sexual, lo humillaron sin querer, cada frase un clavo que se le hundía en el orgullo, haciéndolo sentir pequeño, inútil, frente a ese agujero enorme que parecía gritar su fracaso.

—¡Eso no es justo, Amanda! —dijo él, la voz quebrándose, sudando más mientras se dejaba caer al borde de la cama, el colchón chirriando bajo su peso—. ¡He intentado todo lo que puedo, no es mi culpa que… que no sea suficiente!

—¡No, Josué, no es que no sea suficiente! —replicó ella, la voz temblando ahora, los ojos brillándole con lágrimas que no caían—. ¡Es que no lo intentas de verdad! ¡Estoy aquí, desnuda ante ti, tomando una terapia que se supone que nos beneficia a los dos, y tú nomás te quejas! ¿Sabes lo que es sentir que no me deseas ni un poquito? ¡Yo no quería decirlo así, pero estoy tan cansada, carajo!

El silencio cayó como plomo en el cuarto matrimonial, el aire pesado con el olor a sexo y sudor. Josué, con la cara ardiendo y las manos apretadas en puños, sintió la vergüenza y la culpa mezclarse en un nudo enfermo que le apretaba el pecho.

Amanda, respirando rápido, se pasó una mano por el cabello rojo, apartándolo de la cara, y bajó la mirada, su voz suavizándose de pronto, casi rota.

—Mira, Josué… perdón, ¿sí? —dijo, más bajo, mientras se recostaba otra vez en la cama, su concha abierta palpitando como un recordatorio cruel—. No quería decirlo así, no quería hacerte sentir… menos. Es que estoy tan frustrada, tan harta de no sentir nada. Hagamos la videollamada la próxima vez, por favor, mi dulce. No para él, sino para mí. Para que al menos sienta que te importa lo que yo necesito.

—¡Esto… esto me está matando, Amanda! —balbuceó él, sudando frío, la voz temblándole mientras miraba el suelo, incapaz de enfrentar ese abismo entre sus piernas—. Pero… está bien, lo haré. Por ti. Aunque me destroce.

—¡Gracias, mi rey… —dijo ella, su voz apenas un susurro, cargada de alivio y culpa mientras se estiraba en el edredón, desnuda y vulnerable—. Perdón, Josué, de veras. No quería herirte así.

Josué, con la cara ardiendo y el alma destrozada, asintió apenas, el peso de su rendición aplastándolo como una losa mientras el charco pegajoso en el edredón y el recuerdo del "3.5/10" de Milton seguían quemándole la piel como una marca invisible.

Lo peor es que esta clase de humillaciones apenas estaban comenzando. Y Milton, aquél hijo de puta, día a día comenzaba a meterse más en la vida de Josué… convirtiendo a Amanda… en una perra sin escrúpulos.

LA HISTORIA SIGUE

CONTENIDO EXCLUSIVO PARA LOS AMANTES DE CUERNOS, HOTWIFES, CONSENTIDORES, CORNEADORES Y CORNUDOS

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