Xtories

Mi nueva vida con Amanda [06]

Milton le dijo que usaría un arnés para no depender de su erección, pero no imaginó que su esposa lo tomaría como una broma cruel. Ahora, con el nombre de su amante escrito en goma negra, Josué debe enfrentar la realidad de que su matrimonio se ha convertido en el escenario de su propia degradación.

Reina de Picas9.3K vistas8.6· 13 votos

El eco de la consulta con Milton todavía zumbaba en la cabeza de Josué como un tambor que no lo dejaba tranquilo. Había pasado toda la tarde noche en una especie de limbo, atrapado entre la ansiedad y unos pensamientos que lo revolvían por dentro como si fueran un chile mal digerido.

Se había quedado ahí, hundido en el sillón de la sala, con el televisor encendido en un partido de fútbol que ni siquiera veía, el control remoto sudándole en la mano. Cada rato cerraba los ojos y se acordaba de lo que Milton le había soltado: “Un arnés es una herramienta práctica, una prótesis, digamos, que te permite participar en el acto sexual sin depender exclusivamente de tu erección”.

Esas palabras se le habían clavado como un cuchillo viejo y oxidado, directo en el orgullo. Y para colmo, cada vez que se imaginaba a Amanda —con esa falda de cuero pegada al culo y las tetas rebotándole mientras abrazaba al psicoanalista, riéndose con esa complicidad que lo dejaba fuera—, sentía un calor raro que le subía por el pecho y se le bajaba a los calzones, donde su pene flácido le recordaba lo inútil que era.

Intentó distraerse hojeando una revista vieja que encontró en la mesa, pero las páginas se le pegaban a los dedos de puro nervio. Luego se puso a fregar los platos de la cocina como si su vida dependiera de eso, restregándolos hasta que brillaban, pero nada apagaba esa vergüenza que lo tenía sudando como si estuviera en pleno sol de Cuernavaca.

Esa noche, cerca de las once, el sonido de la llave girando en la cerradura lo sacó de golpe de su cabeza. Amanda entró al apartamento con un meneo de caderas que parecía de película, como si el mundo fuera suyo y ella lo supiera.

Su melena pelirroja venía un poco despeinada, como si el viento de la calle la hubiera acariciado demasiado, y traía un brillo en los ojos grises que a Josué le puso los nervios de punta. Llevaba una blusa ajustada, color vino (que no recordaba que fuera la misma con la que había salido) que se le pegaba a las tetas como si la hubieran cosido encima, marcándole los pezones duros que se adivinaban bajo la tela. La falda corta dejaba ver sus muslos blancos, temblorosos, y un perfume nuevo —floral, caro, de esos que no usaba para ir al despacho— llenó el aire como si quisiera ahogarlo.

Josué, volviendo al sillón con el control en la mano, levantó la mirada, nervioso como chamaco regañado.

—Pensé que llegarías más tarde —dijo él, la voz saliéndole floja, casi tartamudeando.

Amanda se quitó los tacones con un movimiento lento, dejándolos caer al suelo con un ruidito seco que retumbó en el silencio.

—No, gordi —dijo ella, sonriendo como si nada mientras se sacudía el pelo—. Ya sabes que cuando salgo con las chicas, son cenas improvisadas en el centro. A veces se extiende, a veces me vengo antes. ¿Qué hacías tú aquí solito? Pensé que ya estarías en la cama.

Su tono era ligero, casi cantadito, pero Josué sintió algo raro, como si detrás de esa sonrisa hubiera un secreto que no le quería contar. La vio cruzar la sala, las nalgas rebotándole bajo la falda con cada paso, y se quedó callado, el corazón latiéndole en los oídos como tambor de fiesta.

Ella dejó el bolso en la mesa y prendió la lámpara del dormitorio, iluminando el cuarto con una luz suave que le pegaba en la cara como si fuera una diosa. Josué la siguió.

Ella se paró frente al espejo del tocador y empezó a desmaquillarse con una toallita, y Josué no pudo evitar mirarle las tetas, que se bamboleaban bajo la blusa cada vez que movía los brazos.

No aguantó más. El peso de lo que Milton le había dicho lo estaba aplastando, y aunque hablar de eso le daba una vergüenza que le quemaba hasta los huesos. Con las piernas temblando caminó hacia ella, sudando frío como si fuera a confesar un pecado gordo.

—Amanda… —empezó, pero se le atoró la palabra y tuvo que tragar saliva para seguir—. Quería… quería contarte algo.

Ella dejó la toallita a medias y giró la cabeza un poco, un mechón pelirrojo cayéndole sobre la cara como si fuera un cuadro. Lo miró con esos ojos grandes que a veces lo ponían caliente y a veces lo hacían sentir como un pendejo.

—¿Qué pasa, gordi? —dijo, ladeando la cabeza—. ¿Por qué traes esa cara de velorio? ¿Te pasó algo o qué?

Josué sintió la cara arderle, como si le hubieran echado salsa picante encima. Bajó la mirada al suelo, incapaz de verla de frente, y se empezó a retorcer las manos dentro de los bolsillos del pantalón.

—Es que… esta tarde, con Milton… —balbuceó, y se calló de golpe, como si las palabras fueran piedras que no podía cargar—, no te dije todo.

Amanda dejó la toallita en el tocador y se dio la vuelta del todo, cruzándose de brazos bajo el pecho. Sus tetas se alzaron como dos melones maduros, tensando la blusa hasta que parecía que iba a reventar.

—¿Qué te dijo Milton, gordi? —preguntó, y su voz salió más seria, aunque todavía tenía ese tono meloso que lo ponía nervioso—. Anda, suéltalo, me asustas. ¿Qué pasó en esa consulta que traes esa cara? Creí que me habías dicho todo.

Josué respiró hondo, contando hasta cuatro en su cabeza como le había dicho el pinche psicoanalista, pero no sirvió de nada. El aire se le quedaba atorado, y cuando por fin habló, la voz le salió temblorosa, como si estuviera a punto de llorar.

—Pues… me dijo algo que… que no sé ni cómo contarte, amor —empezó, mirando las baldosas como si ahí estuviera la respuesta—. Dijo… dijo que lo mío, lo de mi… mi pene, que no se me para bien desde el accidente… que eso tiene solución, pero no como yo pensaba.

—¿Solución? —Amanda arqueó una ceja, y dio un pasito hacia él, sus tacones ya olvidados en la sala—. ¿Qué clase de solución, gordi? ¿Te mandó pastillas o qué?

Josué se preguntó si en verdad Milton no le había dicho nada… en caso de que en verdad hubiera salido con él y no con sus amigas. A estas alturas, Josué ya no sabía qué era real y qué era producto de sus fantasías.

—No, no… —Josué negó con la cabeza rápido, y sintió el sudor corriéndole por la espalda—. No es eso, amor. Me dijo… me dijo que… que tal vez un arnés podría… ayudarnos. A los dos, digo.

—¿Un arnés? —Ella abrió los ojos más, y por un segundo pareció que se iba a reír, pero se contuvo—. ¿Cómo que un arnés, Josué? ¿Qué te quiso decir con eso?

Él tragó saliva otra vez, la garganta seca como si hubiera chupado sal. Las manos le temblaban tanto que las sacó de los bolsillos y las cruzó sobre el pecho, como para esconderse.

—Un pene de goma… de esos que están pegados a un arnés —siguió, casi susurrando, la cara roja como tomate—. Dijo que, mientras me recupero, o sea, mientras mi… mi cosa vuelve a funcionar como antes, podríamos usar un arnés para… para la intimidad. Para que no se pierda lo nuestro, eso dijo. Que no es raro ni nada, que es algo común, pero… yo qué sé, amor, me dio una vergüenza que casi me muero ahí mismo.

Amanda se quedó callada un momento, mirándolo fijo. Josué sintió ese silencio como si le estuvieran apretando el cuello, y cuando levantó la vista, vio que sus labios se curvaban despacito en una sonrisa que no sabía si era burla o cariño.

—¿Un arnés, gordi? —repitió ella, y dio otro paso hacia él, acercándose tanto que Josué pudo oler ese perfume floral que lo mareaba—. ¿Y eso te dijo Milton? ¿Que te compres un arnés para mí?

—S-sí, amor —tartamudeó él, y bajó la mirada otra vez, muerto de pena—. Pero yo… yo no sé ni cómo, Amanda. No sé cuál comprar ni nada, hay muchos en internet, y me da cosa equivocarme. No quiero que pienses que… que soy un pinche inútil o algo por el estilo.

Ella lo miró un rato más, la sonrisa creciendo en su cara como si le acabaran de contar un chiste buenísimo. Luego se inclinó un poco hacia él, sus tetas bamboleándose tan cerca que Josué sintió un calor traicionero en los calzones.

—Ay, gordi, qué tierno eres —dijo, y le dio un golpecito juguetón en el hombro que hizo temblar sus tetas bajo la blusa—. Qué lindo que te lo tomes tan en serio, mi rey. ¿De verdad te preocupa tanto cómo me siento?

—Pues… sí, amor —murmuró él, todavía sin mirarla—. No quiero que te sientas… no sé, como si no te diera lo que mereces. Pero esto del arnés… me da vergüenza hasta de pensarlo, Amanda. ¿Qué tal si no sirve o si me veo bien pendejo usándolo?

—No te pongas así, gordi —respondió ella, y su voz salió suave, como si le estuviera hablando a un niño chiquito—. Mira, si Milton te lo dijo, por algo ha de ser, ¿no? Él sabe de esas cosas.

Antes de que Josué pudiera contestar, Amanda sacó su celular del bolso con un movimiento rápido y se dio la vuelta, caminando hacia el rincón del cuarto.

—¿Qué haces, amor? —preguntó él, el corazón latiéndole más fuerte, sintiendo que algo se le escapaba de las manos.

—Nada, gordi, nomás una llamadita rápida —susurró ella, y se puso a hablar en voz baja, tan bajito que Josué no alcanzaba a oír nada más que unos murmullos y una risita que le heló la sangre en las venas.

Josué se quedó parado en medio del cuarto, con las manos todavía metidas en los bolsillos del pantalón, mirando cómo Amanda hablaba en susurros con el celular pegado a la oreja.

La luz de la lámpara le dibujaba sombras suaves en la espalda, resaltando la curva de sus caderas bajo la falda corta. Su melena pelirroja caía en mechones desordenados, y cada risita que soltaba era como un puñetazo sordo en el pecho de Josué. No alcanzaba a distinguir las palabras, solo el tono bajo, íntimo, que lo hacía sudar frío y apretar los puños dentro de los bolsillos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Dio un paso hacia ella, con las piernas temblándole como si fueran de gelatina, tratando de escuchar algo. Pero el ruido de su propia respiración agitada le tapaba todo, y el corazón le latía tan fuerte que parecía que iba a reventarle las costillas.

Quería saber qué estaba diciendo, a quién le hablaba, pero la lengua se le trababa como si tuviera un nudo imposible de desatar.

—¡Amanda! ¿Con quién hablas?

Ella giró la cabeza a medias, sin apartar el celular de su oreja, y le lanzó una mirada rápida por encima del hombro. Siguió hablando un segundo más, susurrando algo que Josué no alcanzó a captar, antes de bajar el teléfono y cubrir el micrófono con la mano.

—Ya ahorita te cuento, ¿eh? No pongas esa cara de susto.

Josué frunció el ceño, sintiendo que el suelo se le movía un poco debajo de los pies. Sabía que era Milton, lo tenía clavado en las tripas como una certeza podrida, pero no se atrevía a decirlo en voz alta.

La idea de que ella estuviera hablando con el psicoanalista, justo después de que él le confesara lo del arnés con tanta vergüenza, le apretaba el estómago como si alguien le hubiera metido un gancho.

—¿Es… es Milton, amor? —preguntó al fin, y la voz le salió temblorosa, casi ahogada en su propia garganta—. Digo, no es que me moleste ni nada, pero… ¿por qué ahorita? ¿Qué le estás diciendo?

Amanda bajó el celular del todo, guardándolo en el bolso con un movimiento lento, y se giró hacia él. Cruzó los brazos bajo el pecho, y sus tetas se apretaron bajo la blusa de color vino, marcándosele los pezones duros como si quisieran romper la tela. La sonrisa se le ensanchó, mostrando un destello de dientes blancos que lo puso al borde de un ataque de nervios.

—Ay, gordi, qué desconfiado te me pones de repente —dijo, dando un paso hacia él, meneando las caderas como si estuviera jugando un juego que él no entendía—. Sí, es Milton, ¿y qué tiene? Nomás le estoy preguntando algo, para ayudarte con eso que me contaste del arnés. Él sabe de esas cosas, ¿no? ¿O qué, querías que yo sola te adivine cuál comprar?

La idea de que Amanda le estuviera contando a Milton su confesión, su humillación más profunda, lo hacía querer meterse bajo la cama y no salir nunca. Abrió la boca para protestar, pero las palabras le salieron torpes, entrecortadas, como si se le atoraran en la lengua:

—Pe-pero, amor… yo no quería que le dijeras nada —balbuceó, y se rascó la nuca con una mano sudorosa—. Es… es cosa nuestra. Podríamos haber investigado entre los dos.

—No pasa nada, gordi. No le veo nada de malo. Después de todo es nuestro psicoanalista. Él sabe todo de nosotros.

—Pero me da mucha pena, Amanda, de veras. ¿Qué le dijiste? ¿Le contaste todo?

—No seas tan dramático, gordi —dijo, y su voz era una caricia envenenada que lo humillaba más con cada palabra—. No le estoy contando nada raro, o por lo menos nada que él mismo no haya propuesto. Nomás le pregunté qué arnés te sirve, para que no te sientas tan perdido con eso que no sabes ni por dónde empezar. ¿Qué, no quieres que te ayude o qué? Digo, si prefieres buscarlo tú solito, pues ándale, pero no te quejes después si te sale mal.

Quería decirle que sí, que claro que quería su ayuda, pero no así, no con Milton metido en el medio como si fuera el maldito héroe de la historia.

Pero antes de que pudiera armar una respuesta decente, el celular de Amanda vibró en su bolso, y ella lo sacó con una sonrisa pícara que le heló la sangre.

—Ah, mira, ya me contestó, me dijo me enviaría un enlace para comprarlo en línea —dijo, levantando el teléfono para leer el mensaje.

Él se quedó tieso, con las manos sudadas y el corazón latiéndole en los oídos como tambor de marcha. El sonido del celular de Amanda vibrando otra vez lo hizo brincar, y entonces su propio teléfono, que estaba olvidado en la cama, soltó un pitido agudo que lo sacó de su estupor.

Dio un paso torpe hacia allá, casi tropezándose con sus propios pies, y lo agarró con manos temblorosas como si fuera una bomba a punto de explotar.

La pantalla mostraba una notificación de un chat nuevo: "El Rincón de Josué". El nombre le pegó como un balde de agua fría, un chiste cruel que no decía "cornudo" pero lo gritaba en silencio, como si Milton quisiera ponerlo en su lugar sin ensuciarse las manos.

Abrió el mensaje con dedos torpes, y ahí estaba: un enlace a una página de internet con la foto de un arnés del que sobresalía un pene de goma estilo realista, grueso, de 23 centímetros (según la descripción), casi el doble más grande que su pene encogido desde el accidente.

El texto de Milton decía: "Aquí tienes el enlace perfecto, 23 cm, textura realista, grueso. Cómpralo, Josué, creo que eso te ayudará” Josué sintió que se le caía el alma al suelo, y levantó la mirada hacia Amanda, que ya estaba leyendo el mismo mensaje por encima de su hombro, con los ojos brillantes de diversión.

—¡Ay, gordi, ¿ya viste la cosa esa?! —dijo ella, y soltó una carcajada que resonó en el cuarto como un latigazo—. ¿Viste? Te mandó justo lo que necesitas. ¡Qué chistoso, no? ¿Qué dices, lo pedimos ahorita o qué?

—¿No está muy grande?

—No, no… es justo…

—Pero… Amanda, mi pene no mide más que…

—¿Lo compramos ya, querido?

Josué no respondió de inmediato. Se quedó mirando la pantalla, con la cara ardiendo y el estómago revuelto como si hubiera comido algo podrido. La risa de Amanda le taladraba los oídos, y el nombre del chat —"El Rincón de Josué"— se le grabó en la cabeza como una marca de ganado. Murmuró algo por fin, casi sin voz:

—No sé, amor, esto me da mucha cosa… ¿y si no llega bien? Digo, comprarlo así nomás, en internet…

Ella se acercó más, dándole un golpecito juguetón en el pecho que hizo temblar sus tetas bajo la blusa, y lo miró con esa mezcla de cariño y burla que lo desarmaba siempre.

—Tranquilo, mi rey —dijo, y su voz salió melosa, como si le estuviera hablando a un niño chiquito—. Lo pedimos y ya. Si no nos gusta, lo devolvemos y listo. Ándale, dame el celular para hacer el pedido.

Josué dudó un segundo, pero al final le pasó el teléfono con manos temblorosas, como si estuviera entregando su dignidad junto con él. Esa noche, Amanda hizo el pedido en línea, riéndose mientras llenaba los datos de entrega.

-

Los días que siguieron al pedido del arnés se convirtieron en una tortura lenta y pegajosa para Josué, como si el tiempo se hubiera detenido solo para mofarse de él.

La noche en que Amanda hizo la compra en línea, él apenas pegó ojo, dando vueltas en la cama mientras ella dormía plácidamente a su lado, su respiración tranquila contrastando con el sudor que le empapaba la espalda.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen del arnés en la pantalla del celular: grueso, 23 centímetros, un tamaño y forma que lo empequeñecía. Se levantaba a medianoche, caminaba al baño en la oscuridad y se miraba en el espejo, las ojeras marcándole la cara como si fueran moretones, murmurando para sí mismo:

—Qué mierda estoy haciendo… ¿en serio voy a usar eso?

El primer día después del pedido, un lunes gris y húmedo, Josué bajó al buzón del edificio apenas amaneció, con el pijama todavía puesto y el pelo revuelto.

La calle estaba silenciosa, solo se oía el ruido de un perro ladrando a lo lejos, pero él sentía que todos los vecinos lo estaban mirando desde sus ventanas, como si supieran lo que esperaba. Abrió el buzón con manos temblorosas, pero no había nada más que un volante de pizzas y una factura de luz atrasada.

Coincidió que justo los días que Milton dijo algo sobre haber ido por unos días a una conferencia de su gremio a Puerto Vallarta, Amanda salía poco “con sus amigas” en la noche. Incluso esa semana se suspendieron sus terapias (para bendición de Josué que no tenía ganas de verle la cara). Amanda trataba de actuar normal, pero se le veía desesperada.

Milton constantemente preguntaba sobre si ya había llegado el pedido, pero la cual siempre lo tenía actualizado.

“No, aun no llega…”

El celular vibraba casi de inmediato, y un nuevo mensaje de Milton aparecía en el chat: "Perfecto, Josué, buena actitud. Avísame cuando lo tengas para darte instrucciones".

El domingo al atardecer, una semana exacta después del pedido, Josué oyó el timbre del interfono del edificio mientras se lavaba la cara en el baño. El sonido lo hizo brincar, y el jabón se le escurrió de las manos al lavabo con un golpe seco. Se secó la cara a medias, dejando gotas de agua corriéndole por el cuello, y bajó lo más aprisa que le permitía su cuerpo, ahora que se sentía mejor, por las escaleras con el corazón en la garganta, casi tropezándose en el último escalón.

En el buzón, entre un montón de propaganda arrugada, estaba una caja marrón discreta, sin etiquetas llamativas, solo con su nombre escrito en una esquina con letra torpe. La agarró con manos temblorosas, como si fuera a explotarle en la cara, y subió al apartamento sintiendo que cada paso pesaba más que el anterior.

Entró al cuarto y cerró la puerta con el pie, asegurándose de que Amanda no lo viera todavía. Ella estaba en la cocina, tarareando una canción mientras preparaba algo que olía a huevos fritos, y Josué aprovechó para esconderse en el baño.

Puso la caja en el lavabo, respiró hondo tres veces —contando hasta cuatro como le había dicho Milton, aunque no sirviera de nada— y rasgó el cartón con un cutter que sacó del cajón.

Adentro, envuelto en plástico de burbujas, estaba el arnés, con un pene enorme y de textura realista incrustado sobre él: grueso, 23 centímetros de goma sólida que lo empequeñecieron al instante. Lo sacó con dedos torpes, y el peso del objeto le hizo sudar frío. Se quedó mirándolo un rato, parado frente al espejo, con el pene flácido palpitándole en los calzones como un recordatorio de su derrota. Murmuró para sí mismo, casi sin voz:

—Qué mierda estoy haciendo… esto no puede ser en serio.

De pronto, la puerta del baño se abrió de golpe, y Amanda entró con una sonrisa pícara, todavía en bata, con una taza de café en la mano. Josué dio un salto y dejó caer el arnés al suelo con un ruido sordo, rojo hasta las orejas. Ella lo miró, luego miró el objeto en el piso, y soltó una carcajada que resonó en las baldosas como un eco cruel.

—¡Ay, gordi, ya llegó! —dijo, y se agachó a recogerlo, sosteniéndolo con las puntas de los dedos como si fuera un trofeo—. ¡Mira qué bonito! Pero… qué pesado es… Dios mío… ¿Cuándo ibas a decirme, eh? ¿Te lo querías quedar para ti solo?, ¡joder, apenas lo pedo abarcar con la mano!

Josué se tapó la cara, sudando como si estuviera en un sauna, y balbuceó:

—No, amor… yo… nomás lo estaba viendo, apenas llegó ahorita. No sabía cómo… cómo sacarlo contigo.

Ella se enderezó, todavía riéndose, y le dio un golpecito juguetón en el pecho con la punta enorme de la verga de goma, haciéndolo retroceder un paso. Sus tetas temblaron bajo la bata, y el borde se le subió un poco, dejando a la vista la carne blanca de sus muslos.

—Ay, gordi, qué nerviosito te pones —dijo, y levantó el arnés a la altura de sus ojos, mirándolo como si fuera una joya—. Está perfecto, mi rey. ¿Ya lo vas a probar o qué? Milton lleva toda la semana preguntando.

Josué tragó saliva, sintiendo que la garganta se le cerraba. Bajó las manos lentamente y miró el arnés en las manos de Amanda, su tamaño ridículo comparado con lo poco que le quedaba a él desde el accidente. Quiso decir algo, protestar, pero antes de que pudiera abrir la boca, su celular vibró en el bolsillo del pantalón.

Lo sacó con dedos temblorosos, y el chat "El Rincón de Josué" tenía un mensaje nuevo de Milton: "Ya debe haber llegado, Josué. ¿Qué tal?

“Justo acaba de llegar, y es enorme” escribió Amanda.

“La idea es que sintieras Jajajaja” contestó Milton, dejándome parcialmente humillado.

“¿Y ahora qué?” escribió Amanda en el chat “¿Lo usamos ya?”

“Bueno, antes de bautizarlo, habrá que nombrarlo, al arnés con el pene de goma. es buena terapia para que se suelten. Avísame cuando lo prueben".

Amanda se acercó por detrás, leyendo el mensaje por encima de su hombro, y su risa se volvió más aguda, casi un chillido de emoción.

—¡Mira, gordi, qué buena idea! —dijo, y le arrancó el celular de las manos, sosteniendo el arnés en la otra—. Milton dice que le pongamos un nombre, para que sea como terapia. ¿Qué te parece? ¿Cómo lo llamamos?

Josué sintió que el suelo se le abría bajo los pies. Miró el arnés, luego a Amanda, y la voz le salió floja, quebrada:

—No sé, amor… ¿un nombre? Esto… ya raya en la estupidez. ¿Qué nombre le vamos a poner?

Ella ladeó la cabeza, mordiéndose el labio como si estuviera pensando, y luego sus ojos brillaron con una chispa traviesa. Dio un paso hacia él, rozándole el brazo con el arnés, y su voz salió melosa, cargada de burla:

—¿Y si lo llamamos… Milton? —dijo, y soltó otra carcajada que lo atravesó como un cuchillo—. Sobre todo porque él es nuestro terapeuta, y ahora que está un poquitín lejos, en Puerto Vallarta… pues no sé… Sería como tenerlo cerca, ¿qué dices?

—¿Y por qué querríamos tener a Milton cerca, mujer?

Josué se quedó tieso, con la cara ardiendo y el estómago revuelto. Quiso decir que no, que era una estupidez, una humillación y una vergüenza, pero Amanda ya estaba buscando un rotulador en el cajón del baño, tarareando como si fuera lo más normal del mundo.

Lo encontró, uno negro de punta gruesa, y se lo puso en las manos a Josué con una sonrisa que no dejaba lugar a discusión.

—Ándale, gordi, rotula ‘Milton’ sobre el pene de goma —dijo, y se cruzó de brazos, haciendo que sus tetas se apretaran bajo la bata.

—Amanda, carajo, ¿pero es necesario todo esto?

—Es terapia, como dice él. Hazlo bonito, para que quede bien bautizado.

Josué, sintiéndose humillado, agarró el rotulador como si quemara, mirando el pene de goma con los ojos muy abiertos. Las manos le temblaban tanto que apenas podía sostenerlo, pero Amanda no le dio tregua. Se agachó, recogió el arnés y se lo puso enfrente, señalando la superficie lisa de la goma con una uña roja.

—Aquí, gordi, desde arriba hasta abajo —insistió, y su voz salió firme, casi como una orden—. Escribe ‘Milton’.

Josué sintió que se le caía el alma al suelo, pero no había escapatoria con Amanda mirándolo así.

Con un nudo en la garganta que le apretaba como una soga, destapó el rotulador y empezó a escribir, letra por letra, "M-I-L-T-O-N", desde la punta hasta la base del consolador.

Agarró el strap-on con la mano izquierda, sosteniéndolo torpemente como si fuera un animal vivo que pudiera morderlo, mientras la derecha temblaba tanto que la primera "M" salió chueca, más parecida a una "N" torcida que a otra cosa.

El sudor le corría por la frente, goteándole en los ojos, y tuvo que pararse un segundo para limpiarse con la manga de la playera, dejando una mancha húmeda que olía a nervios y miedo. Amanda, parada frente a él con los brazos cruzados, lo miraba como si fuera un estudiante lento, y su risa bajita le taladraba los oídos.

—Ay, gordi, que no te tiemble el pulso, hazlo bien —dijo, y dio un paso más cerca—. Que se vea bonito, ¿eh? Para que Milton lo apruebe cuando le mandemos la foto.

—¿Mandarle foto? Estás loca, Amanda, eso sí que no.

—Obvio sí, Josué, no te pongas pesado.

Josué apretó los dientes, sintiendo que cada letra era como clavarse una espina en el orgullo. La "I" salió larga y flaca, la "L" se torció un poco hacia la derecha, y la "T" quedó tan temblorosa que parecía una cruz mal hecha en una tumba. Cuando llegó a la "O", el rotulador se le resbaló un poco por el sudor de los dedos, dejando un borrón negro que manchó la goma, y tuvo que empezar de nuevo, trazando un círculo más firme mientras maldecía en voz baja:

—Pinche mierda… esto no se me da.

La "N" final fue un garabato rápido, casi ilegible, pero al terminar, dejó el rotulador en el lavabo con un clac que sonó como un disparo en su cabeza.

Miró el enorme pene, ahora bautizado con el nombre "Milton" escrito en letras desparejas y negras, y una mezcla de asco y morbo le revolvió las tripas hasta hacerle sentir náuseas. La tinta brillaba bajo la luz del baño, húmeda todavía, como si estuviera riéndose de él.

Amanda aplaudió, emocionada como si acabaran de ganar un concurso, y agarró el consolador con correas con las dos manos, levantándolo como si fuera una maldita copa del mundo.

—¡Quedó precioso, gordi! —dijo, y se acercó a él, rozándole la mejilla con los labios, dejando un rastro tibio de café que le quemó la piel—. Mira qué bonito quedó. Ahora sí, mi rey, vamos a probarlo. Tienes que ponerte esta cosa.

Josué se quedó parado, sudando frío como si lo hubieran metido en un congelador, mientras Amanda entraba al cuarto matrimonial y se quitaba la bata con un movimiento lento, casi teatral, dejando caer la tela al suelo como si fuera una cortina que abría el telón de un show.

Josué, estupefacto, la siguió.

En segundos Amanda quedó en una tanga roja minúscula, apenas un hilo que se le perdía entre las nalgas gordas y redondas, la tela tan ajustada que se marcaba el contorno de su coño debajo, apenas con un matriz de vellosidad, un bulto suave que lo puso a temblar de puro nervio y deseo enfermo.

Ella se subió a la cama, gateando con las caderas meneándose, y se puso a cuatro patas, girando la cabeza para mirarlo con esos ojos grises que lo tenían atrapado como mosca en miel:

—¡Dale, gordi, méteme al Milton! —dijo, y su voz salió entre risas, como si todo fuera un juego del que él no sabía las pinches reglas.

Josué, rojo hasta las orejas, agarró el arnés con manos temblorosas y se lo acercó a las caderas, tratando de descifrar cómo carajos se ponía esa cosa.

Amanda, ya le había enviado la foto del “Milton”, con su nombre rotulado, y el psicoanalista no había añadido nada al respecto del nombre, salvo por un emoticono con el pulgar arriba. Josué, avergonzado, se preguntó qué pensaba el hijo de puta en realidad.

Las correas colgaban como tentáculos negros, y el consolador en sí pesaba más de lo que esperaba, tirándole los brazos hacia abajo mientras intentaba ajustarlas.

Josué se desnudo, y notó que dentro del consolador había un hueco para que él mismo pudiera meter su penecito dentro. Y eso lo dejó anonadado.

Josué sintió que se le caía el alma al suelo, pero no había escapatoria con Amanda mirándolo así. Con un nudo en la garganta que le apretaba como una soga, destapó el rotulador y empezó a escribir, letra por letra, "M-I-L-T-O-N", desde la punta hasta la base del consolador. Agarró el strap-on con la mano izquierda, sosteniéndolo torpemente como si fuera un animal vivo que pudiera morderlo, mientras la derecha temblaba tanto que la primera "M" salió chueca, más parecida a una "N" torcida que a otra cosa. El sudor le corría por la frente, goteándole en los ojos, y tuvo que pararse un segundo para limpiarse con la manga de la playera, dejando una mancha húmeda que olía a nervios y miedo. Amanda, parada frente a él con los brazos cruzados, lo miraba como si fuera un estudiante lento, y su risa bajita le taladraba los oídos.

—Ay, gordi, no te tiemble el pulso, hazlo bien —dijo, y dio un paso más cerca, su perfume floral mezclándose con el olor acre de la tinta que se le metía hasta el fondo de la nariz—. Que se vea bonito, ¿eh? Para que Milton lo apruebe cuando le mandemos la foto desde Puerto Vallarta.

Josué apretó los dientes, sintiendo que cada letra era como clavarse una espina en el orgullo. La "I" salió larga y flaca, la "L" se torció un poco hacia la derecha, y la "T" quedó tan temblorosa que parecía una cruz mal hecha en una tumba. Cuando llegó a la "O", el rotulador se le resbaló un poco por el sudor de los dedos, dejando un borrón negro que manchó la goma, y tuvo que empezar de nuevo, trazando un círculo más firme mientras maldecía en voz baja:—Pinche mierda… esto no se me da.La "N" final fue un garabato rápido, casi ilegible, pero al terminar, dejó el rotulador en el lavabo con un clac que sonó como un martillazo en su cabeza. Miró el strap-on, ahora bautizado con el nombre "Milton" escrito en letras desparejas y negras, y una mezcla de asco y morbo le revolvió las tripas hasta hacerle sentir náuseas. La tinta brillaba bajo la luz del baño, húmeda todavía, como si estuviera riéndose de él.

Entonces, mientras lo sostenía, notó algo raro en el peso del consolador. Aunque era pesado, no se sentía sólido del todo. Lo giró en sus manos temblorosas y vio un hueco en la base, una cavidad profunda dentro de la goma negra, como si estuviera diseñado para algo más. Josué frunció el ceño, sudando frío, y levantó la mirada hacia Amanda, que seguía mirándolo con esa sonrisa pícara que lo ponía al borde del colapso.

—¿Ya viste, Amanda? —dijo, la voz saliéndole floja, casi ahogada—. El pollón, a pesar de estar pesado, tiene un hueco dentro, supongo que es para meter el pene de uno. ¿Crees que me quepa?

Amanda ladeó la cabeza, los ojos brillándole con una chispa traviesa, y soltó una carcajada fuerte, un "¡Jajajaja!" que resonó en el baño como un eco cruel. Su voz salió melosa, cargada de burla que le cortó el aire:

—Ay, mi vida, ¡jajajaja! —dijo, y se tapó la boca un segundo, como si intentara contener la risa, pero no pudo—. Seguro hasta te queda nadando, gordi. No lo llenarás ni a la mitad, ¿qué tienes ahí abajo desde el accidente? ¿Un gusanito?

La risa de Amanda fue una puñalada para Josué, un golpe directo al pinche orgullo que ya colgaba de un hilo. Sintió que la cara le ardía como si le hubieran echado chile en los ojos, y el nudo en el estómago se apretó más, revolviéndole las tripas como si fuera a vomitar ahí mismo.

Bajó la mirada al strap-on, al hueco en la base, y luego a su propio pene flácido, ese muñón pálido y arrugado que apenas llegaba a los 10 centímetros desde el accidente, un pedazo de carne inútil comparado con los 23 centímetros de goma negra que sostenía en las manos.

La idea de meterlo ahí, de que su pito "nadara" en ese espacio vacío como un pez chiquito en un tanque enorme, le quemó el alma como si le hubieran echado sal en una herida abierta.

—¡No te burles, Amanda, por favor! —balbuceó, sudando frío—. Esto… esto ya es mucho, ¿no?

—¡Ay, gordi, no seas tan delicado! —dijo ella, y soltó otro "¡Jajajaja!"—. Es perfecto así, mi rey, con hueco o sin hueco. Sólo póntelo y ya.

Intentó meter su pene flácido dentro, pero el espacio era tan grande que apenas rozaba las paredes de goma, nadando en el vacío como Amanda había dicho, un gusanito perdido en una cueva negra que no llenaba ni a la mitad. Soltó un gruñido bajito, y peleó con las correas, haciéndolo tropezar contra el borde de la cama matrimonial, el colchón chirriando bajo su peso.

—Pinche madre… ¿cómo se pone esto? —murmuró, y una de las correas se le clavó en la cintura, apretándole la panza flácida que le había dejado el accidente.

Amanda, desde la cama matrimonial, lo miró por encima del hombro y soltó otra carcajada que le cortó el aire, el colchón chirriando con cada movimiento de sus nalgas gordas.

—Ay, gordi, qué torpe estás —dijo, y movió las nalgas en el aire, la tanga roja hundiéndose más entre sus carnes—. Dale rápido, mi rey, que ya me dieron ganas aquí en nuestra camita.

Josué finalmente logró ajustar las correas, pero el arnés on quedó torcido, el "Milton" colgando un poco a la izquierda, y su pene flácido asomaba dentro del hueco, rozándose inútilmente contra la goma sin llenarla, un detalle que lo humilló todavía más.

Se acercó a la cama matrimonial, las piernas temblándole como si fueran a doblarse, y Amanda, impaciente, se bajó la tanga con un tirón rápido, dejándola enredada en una rodilla, y abrió las piernas más, enseñándole todo sin pudor desde el centro del colchón que compartían cada noche.

Su coño estaba a la vista, abierto y brillante bajo la luz del cuarto matrimonial, los labios gordos y rosados separándose como una flor carnosa que se desplegaba, húmedos de puro deseo, con gotitas de jugo resbalándole por los muslos como si ya estuviera lista para el desmadre.

El vello púbico, esa raya delgada del depilado brasileño que tanto lo había sorprendido antes, brillaba mojado, pegándose a la piel blanca como un camino que llevaba directo a su centro. El olor de su calentura llenó el aire del cuarto, un aroma fuerte, dulce y salado que le pegó a Josué como un madrazo, haciéndole palpitar el pene flácido aunque no se le parara ni madres.

—Vamos, gordi, ¿qué esperas? —dijo Amanda, y movió las caderas otra vez desde la cama matrimonial, haciendo que su coño abierto temblara, los labios gruesos separándose más, mostrando el rosa oscuro de adentro como una invitación obscena—. Méteme a Milton ya, ¡lo quiero dentro, todo!

LA HISTORIA SIGUE

CONTENIDO EXCLUSIVO PARA LOS AMANTES DE CUERNOS, HOTWIFES, CONSENTIDORES, CORNEADORES Y CORNUDOS

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