Xtories

Amor Inconcluso… Intruso Seguro

Diego creía conocer a su esposa, pero en el umbral de 'El Terruño', Salomé se transforma en una desconocida audaz. Mientras él duda, ella ya ha tomado el control. ¿Está listo para seguir el juego o solo para ser testigo de su propia pérdida?

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15. Panoramas descoloridos

—Así que… ¿Cómo les fue a los dos en ese viaje? —interrumpió Joaquín el relato de su anfitrión, posando sobre la superficie de mármol su vaso ya desocupado—. ¿Realmente se marchó con ella sin chistar? Dígame, Diego, ¿qué pensó al dejar la tranquilidad de su apartamento atrás, sabiendo a dónde se dirigían?

Diego Alejandro llevó hasta su boca el pocillo-tintero y sopló, aunque la verdad, la bebida ya estaba tibia. Y empecinado en revelar al invitado lo ocurrido en ese pasado, bebió un sorbo dispuesto a comenzar, pero de nuevo la voz grave, aunque con una tonalidad jocosa por parte de Joaquín, lo contuvo.

―Disculpe, Diego, pero la verdad es que, con este aroma tan delicioso, me han entrado unas ganas repentinas de acompañarlo con un café, no tan oscuro, y con una cucharadita de azúcar, si no es molestia.

—Para nada. Permítame que se lo sirvo. ¿En pocillo pequeño o en uno mediano? —Le preguntó mientras le daba la espalda a Joaquín, buscando en el estante lateral la vajilla.

Su invitado, con el gesto del pulgar y el dedo índice, le indicó el tamaño deseado, sin palabras que distrajeran a su mente de los recuerdos; aunque no fue necesario porque todos ellos, de golpe, se le vinieron encima con desmesurada nitidez.

◆ ◆ ◆

El motor del anticuado Land Rover tosió con pereza, justo cuando la neblina comenzaba a retirarse de los cerros occidentales. Diego Alejandro ajustó el retrovisor mientras María Salomé, en silencio, se recogía el cabello en una trenza apretada. La ciudad, kilómetro a kilómetro, fue quedando atrás como la tradicional vida conyugal y las promesas, por supuesto, ya rotas de una fidelidad eterna.

A medida que descendían por la autopista, el paisaje se transformaba. Las planicies de la sabana dieron paso a la altitud soberana de las montañas cundinamarquesas, que se fueron abriendo como párpados húmedos, revelando quebradas que parecían cantar alegres, precipitándose entre piedras grises y redondas, salpicando las alargadas hojas de helechos silvestres y cafetales que desprendían olores a tierra mojada, asomándose entre las curvas. El aire se volvió más denso, excesivamente oxigenado y cargado de aromas a polen, quizás a albahaca, y ciertamente al dulzor del cacao fermentado.

Pasaron sin detenerse por La Vega, donde los techos de teja roja y las paredes demasiado blancas, así como los habitantes, parecían hacer la roña antes de levantarse bajo el sol que ya entibiaba el pavimento. Luego, el camino se estrechó hacia Sasaima, bordeando precipicios cubiertos de musgo y maleza. El silencio entre ellos era habitual. Diego conducía y Salomé, acostumbrada a mirarlo todo desde las alturas, disfrutaba de tener más cerca el paisaje.

En el parabrisas, las gotas de humedad se deslizaban como si fuesen recuerdos que se desvanecen. No muchas, para nada gruesas. Salomé miraba hacia el horizonte, revisaba el folleto ―tal si fuese una carta de navegación―, pendiente de ubicar la desviación donde la finca se escondía entre palmas altas y senderos de piedra, como un santuario de secretos. Sabía que esa noche, bajo el manto de las luciérnagas y las estrellas, algo nuevo se revelaría. Algo que debería rehacerse y no solo con palabras.

—Pues viajar hasta allá no fue un problema, por ser tan temprano no nos demoró el tráfico. Fue cosa de hora y media más o menos. —Le comentó Diego Alejandro a Joaquín, mientras agregaba con cuidado el poquito de azúcar y, sin plato alguno, se lo alcanzó mientras lo revolvía y él seguía recordando.

El viejo Land Rover, quizás un poquito polvoriento por el camino destapado, se acercó a lo que, a simple vista, era la entrada tradicional de una finca de descanso familiar. En lugar de carteles llamativos o puertas de seguridad modernas, Salomé y Diego Alejandro se encontraron con un portón de madera rústica, con tablones gruesos y anchos, envejecidos y cubiertos por encima del dintel, de enredaderas que se fundían con la vegetación tropical que lo cercaban.

No había un portero a quien avisar, tan solo una cámara suspendida en lo alto de una esquina, y bajo esta, un sistema de intercomunicación para nada camuflado sobresaliendo entre las plantas. Salomé se acercó hasta esa esquina y mostró un documento, la reserva que había adquirido días antes. Al abrirse, el portón no lo hizo de golpe, sino suave y lento, emitiendo un chirrido que se mezcló con el trinar de algunas aves ―evocando un susurro de bienvenida ante lo desconocido―, y revelando un camino empedrado. Un sendero no tan recto, ya que presentaba suaves curvas, flanqueado por palmas altísimas, meciéndose por la brisa.

A los lados, la vegetación se mostraba exuberante —helechos gigantes, orquídeas salvajes, cauchos y chaguales con sus raíces aéreas— formando una especie de pared vegetal que ocultó la casa y otras edificaciones, tal vez buscando esa sensación de privacidad y exclusividad que tanto pregonaban en el folleto.

El sonido del tubo de escape del cuatro por cuatro se mimetizó entre el follaje, dejando escuchar solo el murmullo del viento y el zumbido de algunos abejorros. A medida que avanzaron, el camino se bifurcó sutilmente, causando en el conductor un pequeño momento de duda, que se resolvió con la guía un poco impaciente de su mujer.

Finalmente, el sendero desembocó en una pequeña plazoleta circular empedrada, donde una fuente de piedra con agua que fluía suavemente se convertía en el centro visual, justo antes de llegar a la arquitectura colonial de la casa principal, con los tejados de barro y extensos balcones de madera, adelantándose a unas rectangulares ventanas con los marcos pintados de verde, la esmerada ornamentación de rojo y, decorando las paredes, una multitud de artesanías coloridas, mientras a nivel del suelo se extendían jardines bien cuidados que la rodeaban pero con un toque algo selvático.

—La finca tenía una casa normal, no parecía ser ostentosa, sino más bien ataviada de una elegancia discreta, un tanto decadente tras haber visto, con seguridad, transitar demasiadas historias por detrás de sus muros. Salomé y yo permanecimos unos segundos dentro del Land Rover, mirando la casa, sin decirnos ni una sola palabra. Tenía una preciosa fuente en piedra, justo a la entrada, y no sé a Salomé, pero a mí me pareció pronosticar con su líquido frescor, lo que estaba por desvelarse tan pronto fuéramos recibidos por los organizadores. Cuando los vi acercarse, tragué saliva. Salomé, en cambio, alisó la tela de su bermuda estampada con una lentitud casi protocolaria.

—¿Y esa lentitud «protocolaria» de Salomé era por nervios o por cálculo? —ahondó Joaquín, arqueando una ceja mientras apoyaba el pocillo en el borde del mesón—. Me cuesta imaginar que una mujer como ella, tan… organizada en su forma de afrontar la vida, dejara algo al azar. —Diego Alejandro soltó un breve chasquido, más reseco que húmedo. No fue por burla, sino por resignación.

—¿Usted siempre tiene esa manía de hurgar en los secretos de las personas como si fueran coordenadas?

—¡Ja, ja, ja! Porque lo son —replicó Joaquín, con un ademán elocuente, girando el pocillo como si fuese un timón—. Los secretos como los gestos son rutas. Y usted, hombre, acaba de mencionar uno que nunca había descrito antes. Ese «alisado», no es un detalle menor.

Diego miró por un instante el vapor leve que ascendía del pocillo de café de su invitado. En el suyo, nada.

—¿No lo mencioné antes? Hummm, quizá sea porque hasta este momento es que lo comprendí.

—¿Y qué entendió?

—Que Salomé también tragó saliva. Solo que lo hizo a su manera: discreta y con elegancia, sin aclararse ruidosamente la garganta. Un momento después, dos personas emergieron desde la penumbra de un amplio balcón de madera, bajando con paso firme las escaleras de piedra. Eran los anfitriones. Jhonny Machado y Valeria Amado. El tipo este era el mismo dueño de aquel sitio donde nos llevó Xiomara y presenciamos ese show. Es un hombre de unos cincuenta y tantos años ahora. La piel la tenía demasiado bronceada por el sol y su sonrisa de saludo, pues… ¡Era una sonrisa demasiado grande para parecer totalmente sincera!

Y en la mente de Diego Alejandro se plasmó la forma en la que aquel hombre le extendió la mano, incluso antes de que este saliera del Land Rover.

—«¡Bienvenidos, bienvenidos a “El Terruño”, mi gente!» —exclamó con un acento venezolano muy marcado, tanto que me pareció que su voz profunda resonó con eco en la pequeña plaza. Traía una camisa de lino abierta y unos pantalones cortos que mostraban sus piernas robustas y velludas.

—Y dígame, Diego, ¿qué tipo de bienvenida fue esa? ¿Acaso sintió una corazonada ante lo que le corría pierna arriba? —terció Joaquín, con una sonrisa que no alcanzaba a reflejársele en sus ojos, pero que dejaba entrever su habitual curiosidad. Se inclinó ligeramente hacia adelante para beber otro poco de café, esperando por la respuesta.

—Fue demasiado efusiva. Extrañamente amistosa. No tuve tiempo para procesarla, ya que a su lado ―recordó igualmente Diego Alejandro―, Valeria, una exreina de belleza, se movía con una gracia que contrastaba con la informalidad del lugar. Sus ojos gatunos, enmarcados por largas pestañas, fijaron su mirada en Salomé, mezclando un poco de curiosidad y otro tanto de complicidad. Llevaba puesto un vestido blanco y liviano que acentuaba lo curvilíneo de su figura, y su sonrisa blanca, perfecta. Ciertamente, parecía sacada de uno de mis catálogos de moda.

—«Llevábamos tiempo esperando su llegada. Salomé, querida, qué gusto tenerte por fin aquí». —Dijo Valeria con una voz melodiosa, dirigiéndose directamente a mi mujer, sin prestarme demasiada atención, o al menos eso fue lo que percibí. Mientras trataba de salir del 4x4, algo tieso por el viaje y los nervios, Jhonny me dio una palmada en la espalda, demasiado jovial.

Joaquín, quien se había mantenido pendiente, colocó el pocillo mediano ya vacío sobre la superficie del mesón, haciéndolo sonar más fuerte de lo necesario. Se incorporó de su taburete, dio dos pasos lentos hacia la chimenea y observó el revolver presionado las páginas del diario de Salomé, preguntándose si ella habría consignado, con su puño y letra, los mismos eventos narrados por el esposo.

—«Relájate, mi pana. Aquí todos somos como una gran familia, ¿oíste? Los malos rollos y esas otras vainas se quedan tras la puerta». —Me dijo Jhonny, retirando de mis manos y con decisión, el morral donde Salomé había empacado mi ropa y otras cosas.

Y sí, Jhonny le guiñó un ojo, con una expresión en el rostro que le hizo sentir mayor incomodidad. Justo detrás de ellos, otra pareja se acercó, más discretos pero claramente curiosos. Eran Gonzalo y Martina, otros posibles compañeros en esta extraña aventura. Gonzalo, alto y delgado, sonrió con nerviosismo, mientras Martina, con su cabello castaño recogido, observaba a Salomé con interés casi académico.

—«Ellos son Gonzalo y Martina, ¿verdad?». —Los presentó Valeria, con un gesto casual. —«También son nuevos por aquí, como ustedes. Pensamos que podrían compartir el almuerzo en la tarde para conocerse mejor y en la noche… ¡Para que jueguen un poquito!».

Por su parte, Salomé ya estaba fuera del auto, devolviéndole a Valeria una sonrisa igualmente amplia y coqueta —como si se conocieran de toda la vida—; su actitud fue mucho más segura. En cambio, Diego Alejandro, simplemente asintió, percibiendo que la fuente de piedra en la entrada, con su agua fresca, más que pronosticar, confirmaba lo que más pronto que tarde iría fluyendo.

—Ah, con qué «nuevos», ¿eh? —intervino Joaquín, con un tono meloso, casi que arrastrando las palabras. Su mirada se enfocó en su anfitrión, como lo hace un gato a punto de saltar sobre el ovillo de lana. Así que nuestra Salomé, esa organizada mujer que le obligó a ir, ya estaba al tanto de lo que para ustedes y esa pareja sería atreverse a… «¿Jugar un poquito?». Y usted, Diego, ¿qué pensaba? ¿Ya presentía cómo se enturbiarían esas aguas?

Mientras Diego Alejandro recogía la taza utilizada por su invitado e igualmente su pocillo para dejarlos dentro del lavaplatos, pensando en cómo responder a la inquietud de Joaquín, por su cabeza revolotearon, como pequeñas mariposas de vivos colores, las memorias de aquellos instantes.

◆ ◆ ◆

Jhonny y Valeria terminaban de darles la bienvenida con entusiasmo y una camarera coquetamente uniformada les hizo entrega de los respectivos cócteles que refrescaron las gargantas. Diego Alejandro y Salomé fueron llevados hacia el interior de la casa principal. Al cruzar el umbral, la sensación de elegancia discreta que Diego había notado desde afuera se confirmó. El recibidor era un espacio amplio, con un suelo de baldosas que reflejaba la luz suave que entraba por los ventanales rectangulares. A un lado, una vieja mesa de madera oscura sostenía un gran jarrón con orquídeas que desprendían un aroma dulce y exótico, casi embriagador.

Desde allí, se abría paso a la sala, un lugar que, a primera vista, invitaba a relajarse. Muebles de mimbre con cojines acolchados en tonos tierra y verdes estaban distribuidos alrededor de una mesa baja, creando un ambiente perfecto para charlar con calma. Sin embargo, debajo de esa aparente tranquilidad, Diego no podía evitar sentir una corriente de tensión, como si el ratán tejido guardara ecos de risas y susurros de tiempos pasados. Siguiendo el recorrido, Diego posó la vista en el comedor. Una imponente mesa de madera maciza para doce personas dominaba el espacio, acompañada de sillas altas. Se imaginó cenas, copas de vino, miradas que se cruzaban… El corazón de muchas reuniones prometía algo más que una simple convivencia.

El corazón de la casa era, sin duda, el patio central. El suelo de piedra pulida brillaba, y desde las columnas coloniales colgaban arreglos florales llenos de vida, cascadas de buganvilias y otras flores tropicales que aportaban explosiones de color al verdor del lugar. El aire aquí era más fresco, con una brisa suave que movía las hojas y traía el canto lejano de algunos pájaros. Era un espacio hermoso, casi engañoso, que contrastaba con el propósito más profundo de la finca.

Diego secó sus manos con un trapo, todavía de espaldas a Joaquín. La pregunta de aquel invitado le golpeó el pecho como si fuera una fuerte palmada, aunque ya tenía los recuerdos en su boca a punto de estallar.

—¿Qué pensaba? —le habló el anfitrión, con un rango de voz más bajo de lo habitual, cargándola de una ironía agría—. Pensaba que Salomé, como siempre, había ideado un plan. Usted, Joaquín, a pesar de decirme que no la conoce desde hace mucho, parece haberla estudiado a la perfección. Su querida amiga siempre tiene un plan para todo. Y claro, esas aguas ya estaban agitadas desde antes, pero en esa finca… ¡En esa finca nos visualizó completamente desbordados como un río revuelto!

Diego Alejandro se volteó, apoyando ambas palmas sobre la superficie marmolizada, y miró a Joaquín a los ojos.

—Pienso que…, para un hombre tan viajado como usted, imaginar una casa de campo de estilo colonial y tradicional de nuestros campos —no como una de esas de las novelas o películas—, pero con un aire… decadente, como si ya hubiera registrado tras sus muros todo tipo de funciones, no debe ser muy complicado.

Y Joaquín le sonrió y admitió, dejando caer levemente la cabeza, para subirla de inmediato y así, dos veces más.

—Entramos por un recibidor amplio y bonito, con un piso de baldosas que brillaban de lo recién enceradas. Después venía la sala, con muebles de mimbre y cojines que invitaban a sentarse, pero a mí me pareció que debían de esconder más historias que la comodidad que aparentemente revelaban. Y el comedor… ¡Una mesa de madera enorme, para doce personas! Casi que podían escucharse las risas y los secretos, o los juegos que ya se habían tramado desde allí.

Diego hizo una pausa, y su mirada se perdió un instante en las luces halógenas de la cocina, como si los espacios de la finca se proyectaran con igual simetría que aquellos focos redondos.

—Y en el centro, Joaquín, un patio precioso, con suelo de piedra y arreglos florales colgando por todas partes. Demasiado hermoso para embellecer un negocio tan oscuro como secreto. Le puedo jurar que al ver todo eso, tanta tranquilidad que se respiraba, me intrigaba mucho menos que la certeza de saber que no tenía ni puta idea de cómo librarme de esa camisa de once varas. Me sentí de pronto como en un escenario, ¿sabe? Como protagonista de una obra teatral muy bien preparada para… ¡Para enloquecerme con todo lo que mi mujer ya había tramado!

Joaquín escuchó cada palabra de su anfitrión, con su mirada fija en la expresión torturada del anfitrión. Asintió lentamente, y una sonrisa estudiada se dibujó en sus labios.

—Vea, pues, hombre. Una camisa de once varas, sí. Y por lo que me cuenta, una muy bien tejida. Ja, ja, ja. Entonces, Diego, ¿qué siguió después de esa entrada triunfal a su «escenario» privado? ¿Los instalaron de inmediato en ese…? ¿Paraíso oculto?

—Valeria y Jhonny pronto nos llevaron a la parte trasera de la casa. Allí, entre una espesa vegetación y conectadas por pequeños senderos de piedra, se alzaban pequeñas y modernas cabañas diseñadas para la privacidad. No eran rústicas en absoluto, sino estructuras elegantes y contemporáneas que parecían pequeños nidos tranquilos donde las parejas se podían retirar y relajarse.

—Fue en el piso de arriba, en la casa principal, donde Jhonny compartió algo que me dejó totalmente atónito, a pesar de que Salomé escuchaba con la curiosidad de un adolescente. Explicó que un pasillo conducía a varias habitaciones preparadas para pasar la noche. Pero estos no estaban hechos para dormir, eran para explorar. Valeria los describió con verdadero entusiasmo. Estas salas contaban con todo tipo de equipamiento para la práctica del BDSM, desde estribos en forma de cruz hasta látigos y cadenas que colgaban discretamente de las paredes. Había iluminación ajustable para establecer diferentes estados de ánimo y camas grandes y bajas perfectas para todo tipo de posiciones poco convencionales.

—Vaya, vaya, hombre. ¿Así que la dichosa finca no solo era un lugar de retiro para «cambiar el chip» de las parejas con problemas conyugales? ¿Eh? —le comentó Joaquín, con un tono que mezclaba la incredulidad con una pizca de diversión oscura—. Y su mujer, con esa «curiosidad de adolescente», supongo que se mantuvo fiel a la teoría de traspasar fronteras en su compañía o le vio usted con ganas de… ¿Profundizar en la utilización inusual de esas habitaciones de forma independiente?

—No anda usted tan desencaminado. Lo cierto fue que ya en aquella cabaña asignada, Salomé me encaró no con brusquedad, sino todo lo contrario, con cariño y demasiada ternura.

—Una buena táctica de persuasión. ¡Mujeres…! ¡Ayyy, mujeres! ¡Siempre tan jodidas! —Exclamó Joaquín, de forma tan inesperada como exagerada. Diego Alejandro no sonrió; en cambio, continuó revelando lo que en la mente tenía grabado.

—La nuestra era la segunda, con una pequeña terraza que daba a una ladera con limoneros y algunos árboles de mandarinas. —Diego Alejandro hizo una pausa, como si estuviese reviviendo aquella imagen—. Al entrar, el aire era fresco, impregnado de un suave aroma a maderas exóticas y fragancias florales. Tenía una cama enorme y redonda, dotada de un amplio mosquitero en tono beige, y una ducha abierta al jardín interior. Todo era impecable, minimalista, pero con un toque sensual en todos sus detalles: la iluminación tenue, las texturas suaves de las sábanas, un equipo de sonido discreto. Parecía diseñado para el goce, para la relajación… o para todo lo contrario.

Salomé, por su parte, se movía como pez en el agua. Apenas entró, lanzó su morral de viaje sobre la cama y abrió su neceser con prisa, como si una urgencia invisible la apremiara.

—«¡Perfecto! Me voy a duchar y arreglarme este pelero, ¿oís? Necesito algo más ligero para estar más presentable». —dijo, sin mirar a su esposo, mientras sacaba unos shorts de lino y una blusa de seda, sin mangas, que dejaban ver sus brazos definidos. Era un cambio radical de su atuendo de viaje. La bermuda estampada y el recogido tenso de su cabello en la trenza apretada habían dado paso a una ligereza alborotada, salvaje pero juvenil. Diego Alejandro la observó, sorprendido por su facilidad para adaptarse. En cuestión de minutos, se había transformado; su piel morena destacaba bajo la seda clara, el pelo suelto y ondulante.

En contraste, Diego Alejandro se sentía pegajoso por el sudor y ajeno al frenesí que moraba en la actitud de su señora. Su ropa de viaje, aunque cómoda, ahora le parecía una armadura, algo así como un escudo del cual no se quería desprender. Cogió una camiseta de algodón, color azul cobalto, y unos pantalones cortos, básicos, blancos y sin adornos. Se duchó y cambió en el baño con una lentitud casi ritual, como si cada prenda que se retiraba fuera una capa de su antigua vida, de su identidad pasada.

Al salir, Salomé ya estaba lista —maquillada y esplendorosa—, esperándolo en la terraza. Su sonrisa despreocupada, como siempre, la tenía enmarcada por los rayos del sol que se colaban entre las hojas. Lo miró de arriba a abajo, sin prejuicio, pero con una expectación palpable.

—«¡Ayyy, Jesusito bendito, hasta que por fin salió del baño mi princesito hermoso!» —dijo ella, con una voz que sonó demasiado alegre para el nudo que él sentía en el estómago—. «¿Y la colonia? Este hombre… ¡Apurate, ve, que nos esperan para el refrigerio. Y cambiá esa carita, ve. Hacelo por mí y no me hagás quedar mal. ¿Oís?».

—Y preciso, antes de salir de la cabaña, ella me explicó, o mejor dicho, me dejó entender su nueva visión, la cual consistía en un mundo totalmente diferente para ambos. No supo cómo explicarlo exactamente; fue quizás como un sueño repetitivo o una idea incrustada en su pensamiento que quería cumplir, sí o sí. Lo esencial, para ella, era algo muy profundo y que, de alguna manera, necesitaba conectar ese plano intangible con la realidad que recién estábamos viviendo. Recuerdo que pensé en si era algo anterior o una novedad ante sus nuevos vuelos internacionales.

Joaquín apretó los labios en un puchero con carácter afirmativo, y con la perspicacia que le había demostrado ya a su anfitrión, después de analizarlo rápidamente, se atrevió a exponer su hipótesis.

—¿Es posible que los vuelos al exterior no fueran solamente literales, sino también simbólicos? Es que, a ver hombre, para Salomé esos viajes podrían representarle nuevos conocimientos; quizá la ampliación de una transición interna, o incluso, y no se me asuste usted, la posibilidad de amalgamar algún placer oculto y personal, con una actividad física, más terrenal y compartida con usted. ¿La novedad sexual era su deseo? ¿No es así?

—Es probable. Mucho. La idea de que me compartiera con sus amigas no fue solo algo pasajero. Para mí fue el inicio y para Salomé, más bien, un paso para juntar sus motivos, como si quisiera unir los sueños o esa fantasía con un nuevo estado de ánimo y una mejor conexión entre nosotros; algo como formar una especie de vínculo renovado, natural y sin que yo lo viera como algo fuera de lugar, inmoral o peligroso para nuestro matrimonio.

Al parecer, falto de una mayor carga de cafeína, Diego Alejandro hizo una breve pausa para servirse otro poco de café, bastante cargado pero con algo de azúcar, como si deseara junto a él, transmitir la oscuridad de esa charla con su mujer.

—Nuestros deseos, sus gustos sexuales y los míos deberían ser los mismos. Todo entre los dos debería fluir hacia un mismo interés invisible pero esperanzador a la vez. El placer obtenido al ceder, para ella, debería ser el mismo que se obtiene al entregar. Y sí, obviamente que ella consintió primero, y claro que esperaba en que yo lo hiciera después, concretamente ese fin de semana, precisamente esa tarde o al caer la noche.

Joaquín se recostó un poco más contra el saliente de la chimenea, como si su cuerpo necesitara tiempo para asimilar aquella.

—Entonces no era solo placer —dijo, arrastrando la frase como quien mide cada palabra antes de soltarla—. A mí eso me suena a una cartografía nueva del vínculo matrimonial, Diego. No solo aceptar… Si no, rediseñar. Redefinir el mapa. Consolidarse y visualizar un mismo objetivo.

Aquel invitado levantó la vista, le sostuvo la mirada a su anfitrión, e hizo una pausa, no por duda, sino por respeto al peso de lo dicho. Y, no obstante, remató esgrimiendo una posibilidad.

—Ahora bien, hombre, opino que si ella esbozó el primer trazo, usted debería dibujar el segundo. Y esa tarde…, o esa noche…, en ese fin de semana… sería el punto de partida para que usted se involucrara más con el interior de nuestra Salomé que con el aspecto exterior de su mujer. Y entonces, entre los dos, retocaran con un último pincelazo esa obra. ¿Me comprende?

Diego Alejandro no respondió de inmediato. Miró el pocillo, como si el café supiera lo que venía. Luego alzó la cabeza, sin fingir nada y sin pronunciar una sola sílaba, pues por su mente se pasearon las imágenes de aquella mañana.

Se pudo ver a sí mismo en la terraza, mientras el sol matutino de Sasaima se filtraba entre las hojas de los limoneros, creando patrones de luz en el suelo de piedra de la cabaña. A su lado, Salomé lucía impecable y radiante, vestida con una blusa de seda y shorts de lino; parecía haber encarnado la esencia misma del lugar. Él, con su camiseta azul cobalto y pantalones cortos blancos, sentía la ligereza de su ropa, pero el peso en el estómago seguía allí. Y no era precisamente por el hambre.

Sin perder tiempo, volvieron a dirigirse hacia la casa principal. El sendero empedrado, rodeado por una vegetación muy verde y frondosa, los llevó a una zona abierta con un techo provisional, justo al lado del gran comedor. Ya habían preparado un pequeño puesto con comida ligera: bandejas llenas de frutas tropicales de colores vibrantes, unos canapés salados y jarras de jugos naturales con tonos intensos. La música de fondo, suave y relajante, era una mezcla de ritmos electrónicos chill-out que se combinaba con el canto de los pájaros, creando una atmósfera tranquila y agradable.

—Cuando finalmente nos acercamos a la casa, varias personas conversaban en pequeños grupos; unos mostraban sus sonrisas y otras permanecían serias y atentas a la conversación. Ninguna de ellas demostraba el nerviosismo que me embargaba. Jhonny y Valeria, los anfitriones, nos divisaron de inmediato y se acercaron sonrientes y, por supuesto, amigables.

—«¡Qué alegría que ya estén con nosotros!» —exclamó Valeria, con su voz suave y agradable, bastante musical, y tomándole una mano a mi mujer, le dirigió una mirada de aprobación. «¡Ustedes dos están como quieren!».

—Jhonny, con su consabida palmada jovial en mi espalda, añadió: —«¿Listos para la integración?». —Y entonces Valeria hizo un ademán hacia los grupos cercanos.

—«Quiero presentarles a algunos de nuestros invitados. Ellos son parte de nuestra gran familia aquí en «El Terruño», y con quienes compartirán algunas de las actividades de este fin de semana. Y nos acercamos a la primera pareja.

—«Ellos son Thierry y Colette, de Francia». —Los presentó Valeria con un coqueto guiño. Thierry era un hombre espigado, más moreno que Salomé. Con la cabeza rapada y una barba bien cuidada. Tenía unos ojos vivaces y tan oscuros como los suyos —y Diego Alejandro se los señaló con el dedo a Joaquín—. Le extendí la mano y lo saludé con un simple: ¡Hola! Él me respondió con un «¡Buenos días!» con marcado acento afrancesado.

—Colette, su pareja, de cabello rubio platinado y una figura atlética, nos saludó con un asentimiento elegante, besito para cada mejilla y una mirada curiosa dirigida solo hacia mí. Su español, aunque con acento, era impecable.

Joaquín, cansado aparentemente de sostener el muro de la chimenea, y emocionado por la descripción tan real de aquel anfitrión, dio cinco pasos hacia la sala de estar y allí, de la mesita de centro tomó un nuevo cigarrillo. Se acomodó en el sofá, y sin perder de vista al esposo de Salomé, lo encendió y estiró ambas piernas por debajo de la mesa.

—Luego, Valeria nos condujo hacia otro lado. —«Y por aquí tenemos a Rubén y Omar». —Los dos hombres, de piel trigueña y complexión musculosa, ofrecieron sonrisas amplias y genuinas. Rubén, el más alto, tenía una cicatriz sobre la ceja izquierda que le daba un aspecto rudo, aunque su mirada era amable. Omar, algunos centímetros más bajo y un semblante risueño, me dio una palmada en el hombro y un beso caballeroso en el dorso de la mano diestra de Salomé. Sus voces eran graves, profundas, que parecían resonar con un eco distintivo para Diego, un acento particular de la alta guajira colombiana.

Finalmente, Jhonny los guió hacia una mesa donde una pareja ya estaba disfrutando del refrigerio. —«Y estos dos son Margarita y Santiago, nuestros viejos amigos. Vienen desde Medellín, ¡puro talento paisa!».

—Santiago, tendría unos cuarenta y tantos, con un abdomen prominente y un humor chispeante, se levantó de inmediato y abrazó al organizador con familiaridad. Margarita, una mujer de risa contagiosa, ojos vivaces y figura rolliza, les ofreció un canapé con un gesto afectuoso. Era evidente que eran íntimos de los anfitriones, con una confianza y complicidad que trascendía la simple amistad.

Joaquín, desde su relajante comodidad, observó a su anfitrión con detenimiento, como si a través de aquellos ojos azules pudiera ver a las parejas, cada cual con su propia energía, con su propia historia silenciosa. Se sentía como un extraño observador en un banquete al que no había pedido ser invitado, pero que se entretenía al conocer más aspectos de la personalidad desconocida de su amiga Salomé.

Diego Alejandro sopló un poco su pocillo antes de beber y recogió su pipa de madera, con la clara intención de volver a cargarla de sus aromáticas virutas de tabaco para acompañar fumando a su invitado y, por supuesto, a sus recuerdos.

—Tanto Valeria como Jhonny nos indicaron que los acompañáramos a un costado de la casa, unos metros más al fondo. Según le escuché a la mujer paisa, todo iniciaría con una charla de motivación. La pareja de organizadores no tardó en llevarnos a un extenso terreno de prados verdes, cercano a la piscina, cuyas aguas, brillando bajo los rayos del sol, tentaron a más de uno, incluido yo, a sumergirse y espantar el calor. Pero no ocurrió así. Sobre la hierba, dispuestas en un semicírculo informal, había diez colchonetas azules que invitaban al reposo.

—¿Una charla? Vaya, hombre, eso sí, que no me lo esperaba. Llegué a imaginarme que todos ustedes no desaprovecharían el tiempo y se dedicarían a otro tipo de acercamientos. ¿Y fue enriquecedora esa «conferencia»?

Diego Alejandro no tomó como una burla aquella última pregunta y, mientras limpiaba un poco la cazoleta, le respondió a Joaquín con tranquilidad.

—Valeria, con su presencia natural y su encanto de reina de belleza, fungió como una excelente anfitriona. Se puso de pie en medio del amplio prado, atrayendo la atención de todos con un suave golpe de un soberbio anillo en su vaso de salpicón de frutas. Jhonny se ufanó de su belleza y su don para comunicar, con una sonrisa de complicidad.

—«Queridos amigos, nuevas y ya conocidas parejas, ¡bienvenidos otra vez a “El Terruño”!» —comenzó diciendo con su voz cálida y muy amable, apoyada en ese acento venezolano que pareció querer arrullarnos, aprovechando que cada pareja, uno al lado del otro, estábamos recostados.

—«Como saben, este lugar no es solo para descansar, sino también un espacio para la liberación y la conexión profunda. Aquí, cada uno puede explorar nuevas facetas de sus relaciones, de su sexualidad y de sí mismo». —Si no estoy mal, recuerdo que mientras ella se desplazaba por entre los espacios verdes entre las colchonetas, hizo una pausa, mirando a todos con serenidad, pero su mirada se detuvo un instante en mí, y sin razón, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Diego Alejandro —mientras le hablaba a Joaquín— colocó inicialmente al fondo del hornillo un poco de tabaco suelto y enseguida una nueva capa, pero más compacta y, finalmente, la última más densa y que le permitió encenderla con mayor facilidad.

—Salomé me apretó suavemente el antebrazo, como para darme ánimo y tranquilizar el ritmo acelerado de mi corazón. O, a su tierna y directa manera, lanzarme al abismo.

—«Sabemos que para algunos, esto puede ser algo nuevo, incluso un poco difícil de asumir» —continuó Valeria, con un tono más cercano y didáctico, casi maternal—. «Pero les aseguro que si se abren a esto con comunicación, respeto y consentimiento, descubrirán un nivel de placer y entendimiento que quizás nunca imaginaron». —Pude ver cómo Valeria sonrió con gran confianza por su demostración de sabiduría.

—«Lo primero y más importante en “El Terruño”, es que la comunicación lo es todo, ¡absolutamente todo! Hablen de sus deseos, establezcan los límites, expongan obviamente sus miedos. Imagínense los dos en ese “antes y el durante”, e importantísimo en su “después”. Aquí, compartir placeres es la mejor manera de demostrar seguridad en el amor, y después de este “compartir”, aprenderán a amarse mucho mejor y vivir más compenetrados y, sin arrepentimientos. Si no se comunican aquí y ahora, simplemente no existen ni lo harán como pareja».

—Pues…, a ver, hombre ―intervino desde la comodidad del sofá, Joaquín―. Muy interesante toda esa retahíla, pero lo que me intriga es saber cómo se lo tomó usted, porque dudo mucho que mi amiga no estuviera ya bien informada. ¿O no?

Diego Alejandro sintió un nudo en el estómago, igualítico al que padeció aquella vez.

―¿Comunicación? Pufff, pues eso ya lo hacíamos con Salomé. Solo que nos guardábamos unas pocas cosas. Las mías, creí, no eran nada del otro mundo. Era muy mandona y regañaba por bobadas a los niños. ¡O que a ella no le quedaba tan bien preparado el caldo de costilla como el de mi mamá! Aunque para serle franco, hubo algo que no le dije antes a Salomé. ¿La posibilidad de una traición de su parte, por ese nuevo panorama sexual al que nos llevó su fantasía, y que se incrementó en cada célula de mi cuerpo, al llevarme a ciegas a ese viaje?

—Uhum, lo entiendo. Para usted, Diego, esa idea de «compartir» no era amar a su mujer, sino abrir una herida que pensaba no poder cerrar. Y para ella, la noción de que con su silencio, avalaba lo que hacía y que no existía en su relación de pareja, ninguna limitante o una condena.

—Pues lo ha comprendido mejor que aquella mujer. Ojalá hubiese sido usted el que dictara aquella introducción. Aunque no la culpo. Valeria solo expuso su teoría. Escucharla y compartir su visión era cosa nuestra. ¡O mía! En fin, recuerdo que en su charla nos comunicó algo parecido a esto: —«Y esta comunicación abierta nos lleva a la segunda regla que no es otra que el consentimiento entre ambos componentes de la pareja debe ser total, clara y entusiasta. Cada mirada, cada interacción, debe tener un “sí” contundente, audible y sin presiones. Si hay duda, no hay placer. Recuerden bien, el consentimiento se puede retirar en cualquier momento. Su cuerpo y sus límites son sagrados. La libertad de uno termina donde empieza la del otro».

Diego tragó saliva, aspiró con delicadeza y retuvo el humo dentro de la boca. La palabra «consentimiento» —pensó— le sonaba a burla. ¿De qué «sí» entusiasta podía hablar con su mujer, cuando su propio cuerpo le gritaba un «no» estruendoso? Sentía que ya había sido coaccionado antes y que sus reglas ya estaban establecidas mucho antes de estar allí.

—«Por último —continuó Valeria, con un tono liberador—, aquí se trata de soltar la posesión y abrazar la libertad de ser. Entendemos que los celos forman parte de nosotros, pero aquí se ven como una oportunidad para aprender y crecer. La pareja no es propiedad de nadie; son compañeros de un camino que tan solo busca la felicidad en todas sus expresiones».

En ese instante se detuvo, intentando recordar con la mayor fidelidad las palabras de la hermosa organizadora para poder expresarlas con nitidez a su invitado.

―«La verdadera libertad consiste en confiar y alegrarse por la felicidad del otro, incluso si no están presentes. Lo que pasa en “El Terruño”, debe quedarse aquí y para nada deben fomentar otra idea que no sea más que una experiencia sexual gratificante y divertida para recordarse en la intimidad de la pareja y por supuesto, deben evitar que florezca algún síntoma sentimental que afecte esa unión».

Al recordar las palabras de Valeria sobre los celos, nuevamente le golpearon el pecho con fuerza. Para Diego Alejandro, nunca fueron una oportunidad para crecer, sino gruñidos de una bestia rabiosa que le mordía por dentro. ¿Festejar? ¿Celebrar la felicidad de Salomé con alguien más? El solo recuerdo de esa loca idea le causó las mismas náuseas. La libertad del «ser», le parecía más una prisión donde se le restringían las tradicionales expectativas y su propia visión del mundo.

—«Ahora, pueden socializar un poco todo esto entre ustedes y, en un rato, disfrutar de un poderoso almuerzo para coger fuerza, pues se viene lo mejor». ― añadió Jhonny, con un tono algo jocoso pero a la vez, sentenció el devenir de los presentes: ―«Tenemos preparadas algunas actividades grupales para esta tarde, pero recuerden qué la verdadera integración empieza dentro de ustedes mismos y con el otro. Cualquier duda, estamos aquí para ayudarlos».

—¡Ja, ja, ja!…, escuchó Diego Alejandro carcajearse al invitado, e incluso le vio aplaudir, no con burla, sino por los nervios, similares a los que sufren ciertas jovencitas que están por ver o hacer algo imprudente y no permitido. Luego de calmarse, Joaquín le ofreció finalmente su opinión.

—Interesante, muy interesante, hombre. Pero dígame, ¿no le parece que Valeria recitaba con demasiada convicción eso de la «libertad de ser» y el «consentimiento entusiasta»? Casi como si hablara para convencer al que, justamente, no quería estar por ahí. ¿No le resulta familiar esa dinámica, esa sutil manera de presentar la rendición como un acto voluntario? Porque, si le soy franco, la Salomé, de la que hemos hablado, ya había dominado esa técnica de persuasión mucho antes de llegar a ese tal «Terruño». Y usted, apreciado amigo, no llegó por allá como quebrada desbordada por la tormenta, sino más bien arrastrado por una marea alta que su mujer, seguramente, ya conocía y controlaba a la perfección.

—Pues sentí que cada palabra de Valeria me atravesaba ―le respondió Diego Alejandro, terminando de beber su café―, pues no las escuché como promesas de libertad, sino como un plan para inmiscuirme en algo que no tenía planeado. Miré a Salomé, que sonreía absorta, con los ojos demasiado abiertos, tal si Valeria le estuviera recitando un evangelio prohibido que ella siempre había deseado leer.

—Hacía mucho calor y con temperatura tan alta, se inició todo el desbarajuste entre las parejas que estábamos allí.

—Ah, pero por supuesto, hombre, ya me imagino cómo fue. —Como siempre, la curiosa imaginación de aquel invitado lo llevó a anticiparse a los hechos.

—Realmente usted no tiene idea, pero si lo quiere saber, le diré que… —Y de inmediato Diego Alejandro se sumergió en sus recuerdos para poder narrarlos con la mayor fidelidad posible.

—El sol de las once y media de la mañana ya era intenso, invitándonos a buscar refugio en las aguas frescas de la piscina que brillaban tentadoramente. Salomé, con una sonrisa radiante, se volvió hacia mí para pedirme que la acompañara a nuestra cabaña y nos pusiéramos los trajes de baño…

—Mirá, ve. Estoy lavada en sudor y vos también. ¿Querés meterte un ratico a la piscina conmigo, Monito mío? ¡Vení, vamos a cambiarnos! ¡Esa piscina nos está llamando!

―¡Ja, ja, ja! Pero, por supuesto, hombre. Salomé le presentó una invitación, casi una oferta que no se podía rechazar, ¿verdad? —terció Joaquín, con una sonrisa pícara y el alzamiento de la ceja izquierda—. ¿¡Se le iluminaron los ojos y se le detuvo la respiración!?… ¿O me equivoco?

Diego Alejandro no pudo evitar que un leve rubor le subiera desde la parte baja y frontal de su cuello, y escalara la nuez de Adán, para instalarse en sus mejillas. Evitó, eso sí, la mirada penetrante de aquel invitado, enfocando la suya en el cuncho de tinto que enlodaba el fondo del pocillo. Inspiró el suficiente oxígeno y exhaló de forma casi inaudible para el preguntón de Joaquín. Y tras esa sensación de resignación o alivio, escapó nuevamente hacia el lugar donde comenzó todo. Y lo hizo en voz alta y clara.

—Recuerdo que asentí. ¡Por supuesto que me apetecía! Una parte dentro de mí se complacía con la idea de escapar del agobiante calor, y como es obvio, me dispuse a seguirla hasta la cabaña. Pero antes de que pudiera dar el primer paso, una mano se posó suavemente en mi hombro.

—«Disculpe, amigo. Diego, ¿verdad? Soy Gonzalo. ¿Le apetece una cerveza bien fría antes de la zambullida? Hay algo de lo que me gustaría conversar un momento, si no es molestia».

Gonzalo, con su elevada estatura y su cuerpo delgado, y una expresión que revelaba una mezcla de inquietud y expectación, se apartó unos pasos de su esposa, Martina, quien ya se dirigía con Salomé hacia las cabañas, con una mirada de interés que no pasó desapercibida para Diego Alejandro. El gesto de Gonzalo fue amable, pero hubo una urgencia oculta en su tono.

Diego Alejandro miró a Salomé, que ya se alejaba, y luego a la mano extendida de Gonzalo, que le ofrecía una botella fría y sudorosa. La sensación del vidrio helado rodeando su palma fue un alivio instantáneo.

—Claro, Gonzalo. ¿Qué se le ofrece? —le dije justo antes de tomar un largo sorbo; el sabor amargo y burbujeante descendió por mi garganta, con la intención clara de calmar el nudo que aún sentía en el estómago.

Gonzalo se acercó un poco más, bajando la voz. Su mirada era miedosa en cierta forma, como si en verdad temiese ser escuchado.

―«Mire, Diego, seré directo. Mi esposa, Martina, está… muy poco entusiasmada con todo esto. Con lo que ha visto en “El Terruño”, con las charlas, con las… actividades que se vienen. Y yo… bueno, yo también, claro. Pero, digamos que para nosotros esto es…, una novedad. ¡Absoluta y completa novedad! ¿Me entiende?».

—Casi enseguida, sentí un pinchazo de acompañamiento. El «nerviosismo» de ese tipo era palpable; el temblor en la voz, un tic en la mandíbula. Era el mismo nerviosismo que yo sentía, con la misma incertidumbre, esa mezcla de excitación y pavor a la vez. Recuerdo también que soltó una risa tímida, intranquila y nerviosa, que se le escuchó más a un bufido de un toro de lidia que a una carcajada.

—Lo entiendo perfectamente, Gonzalo —le contesté. En nuestro caso es… ¡Casi idéntico! Salomé se siente como pez en el agua, pero para mí…, mejor dicho, para los dos, esto es el primer… acercamiento a algo así. Ella lo llama «exploración». Yo… Honestamente, no sé cómo llamarlo todavía.

En ese instante, Gonzalo asintió vigorosamente, sus ojos se encontraron con los de Diego en un momento de complicidad masculina. El secreto de su inexperiencia compartida, de ser unos simples «primíparos» en aquel universo de «liberación», creó instantáneamente un amistoso vínculo entre ellos.

―«Exacto, eso es. ¡Explorar!» —repitió Gonzalo, asintiendo—. «Yo utilizo con mi Martina mucho esa palabra. A veces siento que estoy explorando de forma solitaria un mapa que mi esposa ni siquiera sabe que existe». —Gonzalo se rascó la nuca, su mirada se dirigió hacia donde las demás parejas, algunas ya, en trajes de baño, empezaban a emerger de las cabañas.

—«Mire, no quiero alargarme, que no demoran Jhonny y Valeria en darnos a conocer las instrucciones para los primeros juegos en la piscina. Solo quería saber si…, si usted también sentía este…, cosquilleo. Esta mezcla de… ¿Curiosidad y un poco de susto? Porque yo quiero intentarlo y mi mujer también, pero nos va a costar iniciar. ¿Será que junto a usted y su señora, podemos probar?».

Diego enfocó su mirada en la boca de la cerveza; la condensación resbalaba por el exterior de la botella. La palabra «susto» resonó con potencia en su interior.

—Más que un cosquilleo, Gonzalo —le respondí—. Pero sí. Digamos que estamos del mismo lado de esta… ¡Piscina! Tal parece que podremos intentarlo. Déjeme hablarlo con mi mujer y ahí vamos viendo si se dan las cosas.

Ambos hombres compartieron una sonrisa tensa y se despidieron chocando los envases de cerveza. El corto intercambio de información había sido suficiente. Diego Alejandro había encontrado para su mujer un aliado, y la esposa de Gonzalo, sin saberlo, un compañero para sobrevivir en la incertidumbre. La pareja de organizadores cruzó por su lado, al igual que la mujer del francés, ya con sus trajes de baño, encaminando sus pasos hacia la piscina. Era hora de unirse al juego y divertirse. Total ―pensó―, sería ese resto del día, la noche y al mediodía del siguiente, estarían de regreso.

Al entrar a la cabaña para cambiarse la ropa sudada y ponerse su traje de baño, casi le da un infarto. Se había imaginado a Salomé demorada, con su pudor habitual, eligiendo con cuidado un bañador discreto. Pero no. Salomé estaba allí, de pie, bañada por la radiante luz que se colaba por las rendijas de la celosía de madera, envuelta de la cintura para abajo, en un pareo que dejaba observar a través de la delicada malla anaranjada un traje de baño fucsia que desafiaba toda lógica y su memoria.

No era un bikini. Era un micro bikini, una tela mínima y audaz que apenas cubría lo indispensable, un par de triángulos osados que se aferraban a sus curvas y unas tiras finísimas que desaparecían en la raya que dividía sus nalgas de ébano. Para Diego Alejandro, la imagen fue una bofetada. Él, que la conocía en la intimidad de su hogar, en la sencillez de sus pijamas o el recato de sus vestidos, jamás la había visto así. Salomé, aquella mujer chocoana con un cuerpo impresionante, de caderas anchas y pechos generosos, siempre tan reservada y que solía preferir trajes de baño completos o, a lo sumo, bikinis discretos, ahora se presentaba ante él como una Venus de piel oscura, mostrando una feroz dosis de confianza y belleza, con una mezcla de carne y audacia que lo dejó sin palabras.

El aliento se le quedó atrapado en la garganta. No fue solo sorpresa, sino una mezcla de incredulidad, algo parecido a la vergüenza ajena y una extraña punzada que no supo identificar. Era como si estuviera entre una sensación de ser poseído y la sorpresa de descubrir una faceta desconocida de su esposa. Se le secó la boca. ¿Cuánto tiempo había estado esa mujer, esa Salomé tan abierta y explícita, escondida detrás de la imagen de la Salomé que siempre pensó conocer?

Salomé se giró un poco, como si se diera cuenta de que la estaban mirando, y por un momento sus ojos se cruzaron a través de la rendija. Ella le sonrió, pero no era ni una sonrisa inocente ni una llena de seducción, sino una expresión de pura y descarada liberación.

―«Mirá, ve… ¡Me queda espectacular! ¿Sí o no? Decime, ¿vos qué pensás? ¿O creés que me veo muy vulgar con esto puesto?». —Su voz, clara y sin rastro de duda, atravesó los pocos pasos que los distanciaban, sellando la visión de su marido con una pregunta que para él no tenía respuesta diferente a la aceptación de una verdad inocultable.

—Estás…, ¡sencillamente arrebatadora! Podríamos dejar lo de la piscina para después. ¿No te parece? —Le respondió él, con picardía, insinuando que le atraía la idea de desanudar todas esas tiras y abalanzarse sobre las curvas de ese cuerpo.

Luego, con una naturalidad que a Diego Alejandro le pareció aterradora, se deslizó fuera de la cabaña, dejándolo como estatua de mármol en su sitio, con la imagen de ese diminuto trozo de tela grabado a fuego en su mente. La piscina y los juegos esperaban, pero para él, el verdadero abismo acababa de abrirse.

Continuará...