Mi nueva vida con Amanda [05]
Milton no solo le robó la erección, sino también a su mujer. Ahora, el hombre que lo dejó inválido le sugiere usar un juguete sexual para no perderla. La consulta no es para sanar, es para destruir.
La noche anterior había sido un infierno de morbo y humillación que aún resonaba en la cabeza de Josué como un tambor sordo. Amanda había vuelto a las cuatro de la madrugada tras su cena con Milton, el vestido negro arrugado y subido hasta la cintura como si alguien lo hubiera arrancado a tirones.
Su pelo pelirrojo estaba revuelto como un nido de pájaros, y sus labios gorditos, hinchados, mostraban un rojo desvaído que gritaba besos y algo más.
Previo a irse, ella se había parado frente a él en la penumbra del cuarto, con esas bragas minúsculas que se le metían entre las nalgas gordas como un hilo obsceno. Con una voz ronca, empapada de vino y lujuria, le había soltado:
—Si cuando llegue se te pone dura la polla, gordi, a lo mejor te la chupo… pero quiero que tú me chupes mi panochita después.
La idea de meter la lengua en su coño caliente, posiblemente empapado por otro hombre, lo había dejado temblando de rabia y deseo.
Era un nudo enfermo que lo llevó a masturbarse con furia en la cama mientras ella dormía a su lado cuando volvió, su respiración pesada oliendo a alcohol y quizá… a sexo. No pegó ojo, su mente atrapada en esa imagen: lamerla después de Milton, saborear su traición, un acto que lo humillaba hasta las tripas y lo ponía duro.
A la mañana siguiente, el sol apenas asomaba cuando Amanda entró en la cocina como un huracán de carne y provocación. Llevaba un babydoll rojo ceñido que era puro vicio, pegado a su piel como una caricia sucia. Marcaba cada curva de sus tetas abultadas, que parecían a punto de reventar el escote, con los pezones duros asomando bajo la tela fina como dos botones desafiantes.
Sus caderas anchas se bamboleaban con cada paso, y el dobladillo del babydoll apenas le rozaba los muslos. Dejaba a la vista esa carne blanca y temblorosa que Josué había lamido tantas veces en sus días de gloria. Se acercó a él con una sonrisa que mezclaba ternura y burla, y lo abrazó, aplastando sus tetas pesadas contra su pecho flácido. Su perfume caro —floral, intenso, nuevo— le llenó la nariz como un golpe de deseo.
—Oye, gordi, quiero que hoy vayamos a una sesión con Milton —le dijo en voz baja, casi rozándole el oído con los labios, su aliento cálido y húmedo haciéndole cosquillas—. Hazlo por mí, ¿sí? Eres mi mundo, mi vida, pero necesitamos estar bien los dos.
Josué, con los celos royéndole las entrañas como un perro hambriento y su pene flácido palpitándole de ansiedad en los calzones, intentó zafarse. Todavía estaba mareado por la noche anterior. La promesa de esa mamada y su “panochita” lo había dejado en carne viva, y verla así, vestida como si fuera a seducir a medio mundo, lo ponía al borde del colapso.
—¿Pero cómo? ¿Hoy? Amanda, no sé si estoy preparado para esto—balbuceó, su voz saliendo floja, temblorosa, mientras sus ojos se le iban a las tetas que se le marcaban como ubres maduras.
Ella lo cortó con una risita suave, apoyando una mano en su mejilla. Sus uñas rojas le rozaron la piel con una caricia que quemaba.
—No seas tonto, gordi, ¿por qué no lo intentas? —dijo, inclinándose un poco para que sus tetas se bambolearan frente a él, el escote bajando lo justo para mostrar el borde oscuro de sus areolas—. Es por nosotros, cariño, por ti y por mí. Yo te acompañaré, mi rey, no te dejaré solo. Vamos a arreglar esto juntos, ¿qué dices?
Él abrió la boca para protestar, pero Amanda ya se había girado con un meneo de caderas que hizo temblar sus nalgas bajo el babydoll.
Fue al armario como si nada, sus pasos resonando en el suelo. Sacó una falda de cuero cortísima, tan ajustada que parecía una segunda piel, y un top escotado que dejaba ver un brassier negro de encaje, con transparencias que mostraban la piel lechosa de su torso y el contorno de sus pezones duros.
Se quitó la prenda roja delante de él sin pudor, dejándolo caer al suelo con un movimiento lento que hizo oscilar sus tetas como dos melones jugosos. Quedó en bragas, las tetas al aire, bamboleándose mientras se inclinaba a recoger la falda. Josué tragó saliva, su garganta seca, y la miró con los ojos abiertos, dudando entre el deseo y la incomodidad.
—Oye, Amanda, ¿qué onda? ¿De verdad vamos a ir hoy con el tal Milton? —dijo, su voz saliendo floja, titubeante—. Eh… te lo digo en serio, no sé si me late, ir así de repente.
Ella levantó la mirada, sosteniendo la falda contra sus caderas desnudas, y le sonrió con esa mezcla de dulzura y burla que lo desarmaba.
—¿Qué pasa, gordi? ¿Te intimida o qué? —respondió, subiéndose la falda despacio, ajustándola al culo con un meneo—. Ándale, mi rey, no es nada del otro mundo. Es como si te fueras a confesar con un sacerdote, solo que Milton sí te dará consejos reales.
Josué se rascó la nuca, nervioso, mientras sus ojos se le iban a las tetas que temblaban cada vez que ella se movía.
—Mmm, no sé, amor, es que… ir con él me da cosa —balbuceó, mirando al suelo—. Como que… no me siento cómodo, tú me entiendes, ¿verdad?
Amanda se puso el top, estirándolo sobre sus tetas hasta que la tela crujió, y se acercó a él, apoyándole una mano en el pecho.
—Ay, gordi, no te me acobardes en este momento, además me lo habías prometido antes —dijo, su voz suave, casi cantadita—. Mira, nomás déjate llevar. Un psicoanalista te va a ayudar a sacar todo lo que traes aquí —señaló su cabeza con un dedo—, ¿no es lo que quieres?
Él frunció el ceño, todavía dudando, mientras ella se agachaba a recoger el brassier, dejando que sus nalgas se marcaran bajo la falda.
—¿Sacar de mi cabeza? Eh… no sé si quiero sacar nada, Amanda —murmuró, titubeando—. ¿Y si me empieza a preguntar cosas? No sé ni qué decirle. Me da vergüenza.
Ella se enderezó, poniéndose el brassier con calma, ajustándolo para que sus tetas se alzaran como dos montañas suculentas, y lo miró con ojos brillantes.
—No seas así, mi vida, por favor —respondió, dándole un golpecito juguetón en el hombro—. Milton es muy bueno para eso, gordi. Te escucha, te ayuda a entender qué pasa. Vas a ver que te quita un peso de encima.
Josué se cruzó de brazos, todavía inseguro, mientras ella se calzaba los tacones, el sonido resonando como un latigazo.
—¿Un peso de encima? Mmm… no sé, amor, me da miedo quedar… como un idiota ante él —dijo, bajando la voz—. ¿Y si no me sale hablar nada?
Amanda terminó de subirse los tacones y se acercó más, rozándole el brazo con las uñas, su perfume caro envolviéndolo como una nube.
—No hay tema con eso, gordi, no te rajes —dijo, mirándolo fijo, su tono firme pero con un toque de cariño—. Un psicoanalista como Milton te va a ayudar a poner orden en tu cabeza. ¿No quieres estar más tranquilo? ¿Que lo nuestro jale bien?
Él suspiró, atrapado entre sus palabras y el meneo de sus caderas mientras se ajustaba la falda.
—No sé, Amanda, ¿y si no funciona? —preguntó, casi en un susurro—. Me da cosa, ¿eh? No sé si estoy listo.
Ella se inclinó un poco, dejando que sus tetas quedaran a un palmo de su cara, y le acarició la mejilla con una sonrisa que era puro cariño y un filo de burla.
—Va a funcionar, mi rey, te lo juro —dijo, su voz melosa como una caricia—. Tú nomás ven conmigo, gordi. Milton sabrá cómo hacerte sentir en confianza, y yo voy contigo, ¿qué más quieres? Vamos a salir de esta juntos, ¿de acuerdo mi vida?
Josué tragó saliva otra vez, la garganta seca como si hubiera chupado arena, y la miró de arriba abajo, sorprendido y herido por la osadía de su vestimenta. Eso no era para una consulta, era para una noche de sexo sucio, y el contraste con la excusa de acompañarlo lo golpeó como un ladrillo en el pecho.
—¿No te parece que te estás… preparando mucho para ir con Milton, amor? —preguntó, su voz saliendo débil, casi suplicante, mientras sus ojos se le iban al culo que se le marcaba como un pecado bajo la falda—. Es solo una consulta, ¿eh? No hace falta tanto.
Ella giró sobre los tacones, meneando las caderas con una risa que era pura miel y veneno. Se acercó a él, rozándole el brazo con las uñas, su aliento oliendo a café y promesas rotas.
—¡Qué exagerado eres, gordi! —dijo, dándole un golpecito juguetón en el pecho que hizo temblar sus tetas bajo el top—. Quiero verme bonita para ti, mi rey, para que estés orgulloso de tu mujer cuando lleguemos ahí. ¿Qué, no te gusta cómo me veo?
Él se quedó callado un segundo, atrapado entre el deseo que le endurecía la polla a traición y la sospecha que le apretaba el corazón como una garra. Sabía que mentía, que esas tetas rebotando y ese culo apretado no eran para él, sino para Milton, pero no podía decirlo, no podía arriesgarse a perderla.
—Claro, amor, te ves… muy chula, como siempre —suspiró, forzando una sonrisa que le dolió en la cara.
Ella se agachó a recoger su bolso, dejando que la falda subiera más y mostrara la carne blanca y temblorosa de sus muslos. Era un espectáculo que lo humillaba y lo ponía cachondo al mismo tiempo.
En el camino al consultorio, en taxi, Josué apenas abrió la boca. Ella tarareaba una canción, despreocupada, cruzando las piernas con una lentitud que subía la falda hasta el límite. Dejaba a la vista la piel suave y un pedacito del encaje negro de sus bragas.
El perfume caro llenaba el auto como una niebla que lo mareaba. Él apretaba los puños imaginándola desnuda con Milton, esas piernas abiertas para otro.
Al llegar, Milton los esperaba en la entrada de su consultorio, su figura alta y atlética recortada contra la luz del mediodía. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus músculos y unos pantalones que dejaban poco a la imaginación, la protuberancia de su entrepierna como un insulto silencioso. Amanda se acercó a Milton con una naturalidad que apestaba a intimidad.
—Querido, lindo verte de nuevo —dijo ella con una risita suave, coqueta, su voz melosa derritiéndose en el aire mientras le daba un abrazo que duró demasiado.
Sus tetas se aplastaron contra el pecho duro de Milton, sus manos se demoraron en su espalda fuerte, rozando la tela de la camisa como si quisiera arrancarla. Milton, con una sonrisa que cortaba como vidrio, respondió:
—Siempre puntual, mujer, imposible reclamarte nada —y le guiñó un ojo, su mano deslizándose un segundo por la cintura de Amanda.
Fue un roce tan breve que parecía casual, pero Josué sabía que allí había mucha complicidad.
Josué, a unos pasos, sintió el aire escapársele de los pulmones. Un nudo le apretaba el estómago mientras los celos y el morbo chocaban en su pecho como dos trenes a toda velocidad. Los veía mirarse, reírse, tocarse con esa familiaridad descarada que le gritaba que él era el intruso, el cornudo que no pintaba nada ahí.
Su polla palpitaba en los calzones, traicionándolo con una erección débil que lo humillaba más. Fingió hacerse el tonto, forzando una sonrisa que le salió torcida, casi grotesca.
—Buenas… tardes —dijo Josué de pronto, su voz saliendo floja, quebrada, para interrumpir esa complicidad entre ese par.
Amanda giró hacia él con una mirada que mezclaba cariño y algo que parecía resignación.
—Qué tal, Josué —dijo Milton con su voz poderosa—, no sabes lo feliz que me hace que por fin hayas decidido venir a verme.
—Todo el mérito es de mi mujer —dijo Josué, enfatizando el “mi mujer” para que Milton lo supiera.
—Tu esposita puede llegar a ser muy persuasiva cuando se lo propone, ¿eh? —se rio Milton—, dímelo a mí.
Milton lo invitó a pasar al consultorio con un gesto de la mano.
—Cuídamelo mucho, Milton —le dijo Amanda con una sonrisa—, Josué es mi vida.
—Lo dejas en las mejores manos, preciosa —respondió él, y Amanda se dirigió a los sillones de la sala de espera, frente a la recepcionista que estaba allí y miraba a Amanda con un gesto acusador.
Mientras Milton cerraba la puerta, Josué sintió que el mundo se le venía encima. La imagen de Amanda coqueteando con Milton, vestida como una zorra para él y no para su marido, lo perseguía como un fantasma.
Sus tetas rebotando en el abrazo, su risa melosa, el guiño de Milton, el roce de sus manos: todo era una puñalada que no podía gritar. Un juego sádico que lo dejaba desnudo antes de empezar. Dentro, Milton lo miró con esa calma profesional que escondía un filo de burla.
—Suelta tus miedos, Josué —dijo, sentándose con las piernas abiertas, como si quisiera apropiarse de todo el espacio—, que aquí estamos para ayudarte.
Josué suspiró, y se puso nervioso.
—Bien, Josué, empecemos por el principio —dijo, apoyando las manos en el escritorio con un movimiento lento—. Este es un espacio seguro y confidencial, así que quiero que me cuentes cómo estás. ¿Cómo te sientes físicamente, para empezar?
Josué se hundió en la silla frente a él, las manos temblándole en los muslos, sudando como si estuviera bajo un foco. La humillación de estar ahí, frente al cabrón que lo había atropellado y dejado hecho mierda, lo estaba matando, pero fingió hacerse el tonto, tragándose las ganas de gritar. No podía soltarlo, no todavía.
—Eh… físicamente, pues… no sé, Milton —balbuceó, rascándose la nuca con un temblor—. Me siento… mmm, como cansado, ¿sabes? Traigo dolores aun, en las piernas, en la espalda… desde el accidente, pues.
Milton asintió, su cara seria, tomando una pluma y garabateando algo en un cuaderno con esa calma que parecía ensayada.
—Entiendo, el cuerpo guarda memoria de los traumas —dijo, su tono profesional—. ¿Esos dolores son constantes o van y vienen? ¿Cómo los manejas día a día?
Hablar de su cuerpo con Milton, el hijo de puta que lo había chingado, era como abrirse las tripas frente a un lobo.
—Mmm, van y vienen —repitió, titubeando—. Hay días que… que estoy bien cansado. Me duele más cuando me muevo mucho, pero… trato de no hacerle caso.
Milton levantó la mirada, apuntando algo más, y su voz salió firme, casi clínica.
—Bien, eso nos da una base —dijo, inclinándose un poco—. El dolor físico post-traumático es común, Josué. Puede ser una mezcla de lesiones residuales y tensión acumulada. Ahora, hablemos de cómo estás psicológicamente. ¿Qué pasa por tu cabeza estos días?
Contarle esto al cabrón que lo había dejado impotente y ahora (presumiblemente) se cogía a su mujer era un infierno, pero fingió normalidad.
—Eh… psicológicamente, pues… es un desmadre —balbuceó, mirando al suelo—. Me siento… mmm, como ansioso. Todo el tiempo traigo un nervio que no se quita.
Milton asintió otra vez, su tono volviéndose más suave, como si realmente le importara.
—La ansiedad es una respuesta esperada después de algo como lo que viviste. ¿Puedes decirme más? ¿Qué sientes cuando esa ansiedad te pega? ¿Hay pensamientos que se repiten?
Josué se mordió el labio, las manos apretándose en los muslos. La pregunta lo desnudaba, y el hecho de que Milton, el culpable de todo, le preguntara como si fuera su pinche héroe lo hacía hervir de rabia y humillación.
—No sé, Milton, es… es un poco fuerte —murmuró, su voz temblando—. Siento que… que no valgo nada… Como que todo se me fue a la mierda después del accidente. El trabajo. Mis amigos… Incluso siento que… Me da miedo que… que Amanda se harte de mí.
Milton se recargó en la silla, cruzando los brazos con una calma que parecía estudiada, y soltó un suspiro corto, como si reflexionara.
—Entiendo, Josué, estás tocando temas profundos —dijo—. El accidente marcó un antes y un después en tu vida, ¿verdad? ¿Cómo te sientes respecto a lo que pasó ese día? ¿Qué piensas cuando lo recuerdas?
Josué sintió el aire pesarle en el pecho, la humillación subiendo como un puñetazo. Recordar el accidente con Milton sentado ahí, fingiendo que no había sido él quien lo mandó al hospital, era un juego sádico que no podía parar.
—Eh… me siento jodido, Milton —balbuceó, su voz saliendo floja, intentando generar por lo menos un poco de culpa al cabrón—. Fue… fue una mierda. Todo iba bien y de repente… pum, todo se acabó. Pienso que… que si no hubiera pasado, mi vida con Amanda sería mejor.
Milton asintió, su tono volviéndose más serio, casi clínico.
—Es un impacto fuerte, Josué, y es normal que te haya marcado —dijo, apuntando algo más en su cuaderno—. Ese tipo de evento puede generar una sensación de pérdida, de control, de identidad. ¿Cómo dirías que eso afecta tu relación con Amanda ahora?
Josué tragó saliva otra vez, la vergüenza quemándole la cara mientras las palabras se le atoraban. ¿Tanto cinismo del cabrón?
—Mmm, pues… desde el accidente, no… no jalo igual, ¿sabes? —murmuró, titubeando—. Mi… mi pene no funciona bien, Milton. No se me para como antes, y me da miedo que Amanda… que ella busque a alguien más porque yo no puedo.
Milton levantó una ceja, pero mantuvo la cara seria, como si fuera un caso de rutina y no el hijo de puta que le había arrancado la hombría con su coche.
—Gracias por compartir eso, Josué, es un paso importante —dijo, su tono neutro y profesional—. La disfunción eréctil post-traumática puede tener causas físicas o psicológicas, o ambas. ¿Desde cuándo lo notas exactamente? ¿Puedes describir cómo te sientes cuando intentas estar con ella?
Josué sintió el sudor corriéndole por la frente, la humillación golpeándolo como un martillo. Contarle esto al cabrón que lo había jodido y ahora se cogía a su mujer era un infierno, pero fingió hacerse el tonto.
—Eh… desde el accidente, Milton —balbuceó, mirando al suelo—. Al principio pensé que… que iba a pasar, ¿sabes? Pero no, no se levanta pa’ nada. Y cuando estoy con Amanda, me siento… mmm, como inútil, ¿sabes? Pienso que no sirvo para nada.
Milton asintió, su tono volviéndose más firme, casi pedagógico.
—Es un impacto significativo, Josué, y tu percepción de ti mismo está afectada —dijo, su voz clara y profesional—. Físicamente, podríamos considerar una evaluación médica para descartar daños permanentes, pero psicológicamente, esto puede estar conectado a la ansiedad y la autoestima. Te sugiero empezar con ejercicios de respiración: inhala profundo, cuenta hasta cuatro, exhala lento. Eso reduce la presión. ¿Qué opinas de intentarlo?
Josué parpadeó, la idea de respirar para “arreglar” su verga sonando como una burla en la boca de Milton.
—Mmm… no sé, Milton, suena raro —titubeó, mirando al suelo—. No creo que respirar cuatro veces me ayude a tener la verga dura como antes. No creo que funcione. Además, mi problema no es tanto que no se me pare como se debe, sino mi frustración porque Amanda no puede… ya sabes… Es que me preocupa que ella no pueda… sentirse… íntimamente satisfecha.
Milton se inclinó hacia adelante, su tono firme pero con un dejo que parecía disfrutar el momento.
—Mira, Josué, si tu verdadera preocupación radica en la intimidad de tu esposa, y su satisfacción, quiero decirte que hay más opciones —dijo, su voz profesional—. Una herramienta como un arnés con un pene de goma… podría ser un puente para mantener la intimidad con Amanda ocasionalmente. O, si la brecha persiste, podrías explorar otras soluciones, como hablar con ella abiertamente sobre sus necesidades. La comunicación es clave aquí, ¿me explico?
¿Un arnés, había dicho? ¿Un arnés con un pene de goma? Josué sintió el aire escapársele, la humillación golpeándolo como un puñetazo. “Hablar con ella”. Claro, como si pudiera decirle que sabía quién la estaba haciendo gritar. Milton lo miraba como si fuera su terapeuta estrella, y cada palabra era una patada más en su orgullo roto.
—Eh… a ver… no me queda claro… quiero decir —balbuceó, sudando frío—. ¿A qué te refieres a que use un arnés?
—Cuando hablo de un arnés, me refiero a un dispositivo que puedes usar para mantener la intimidad física con Amanda. Es una herramienta práctica, una prótesis, digamos, que te permite participar en el acto sexual sin depender exclusivamente de tu erección. No es un sustituto de ti, sino un apoyo para que ambos puedan seguir conectados en ese nivel mientras trabajamos en lo demás. ¿Me explico?
Hizo una pausa breve, tamborileando los dedos en el escritorio, y luego continuó, su tono bajando un poco, como si compartiera un consejo de amigo.
—Piensa en esto como una solución temporal —prosiguió, mirándolo fijo—. La disfunción puede mejorar con tiempo, con ejercicios o incluso con ayuda médica, pero mientras tanto, esto te da control, te pone en el juego. Amanda tiene necesidades, como cualquier persona, y un pene de goma, colocado en un arnés que tú te pongas, puede ser una forma de atenderlas sin que te sientas… digamos, excluido. Es una manera de fortalecer la relación, de mostrar compromiso. ¿Qué opinas de probar algo así?
Josué sintió un nudo en la garganta, el sudor frío corriéndole por la espalda mientras las palabras de Milton le caían como piedras. “Un apoyo”. “Una prótesis”.
Cada frase era un golpe directo a su hombría, y el odio le hervía en las venas como lava ardiente. Este cabrón, el hijo de puta que lo había atropellado y le había jodido la vida, ahora le decía que usara un pinche pene de goma como si fuera un juguete, mientras él, con su verga real, gorda y venosa, se cogía a Amanda hasta hacerla gritar.
“¡Tú no necesitas un arnés para cogerla, cabrón!”.
Sabía que Milton se la estaba montando, y que mientras él tenía que cogerla con un pito de goma, este cabrón la empotraba con carne viva. La humillación lo aplastaba, su polla palpitando a traición bajo la mesa, un morbo enfermo que lo hacía odiarse más, pero fingió hacerse el tonto, tragándose la bilis con una mueca torcida.
Milton soltó un suspiro corto, asintiendo como si todo estuviera en orden.
—Entiendo cómo te sientes, pero necesito que tú comprendas que todo esto es un proceso, Josué, nadie espera que lo resuelvas hoy.
Josué apretó los puños bajo el escritorio, la humillación y la rabia chocando con el morbo que no podía sacarse.
—Está bien… te prometo que voy a intentarlo.
Quería cambiar el tema. Milton sabía mucho de Josué, pero Josué no sabía casi nada de Milton. Así que decisión a indagar, para busca alguna pista de algo, aunque fuera para torturarse más.
—Pero déjame respirar un rato, Milton, ya no quiero que hablemos de mí. Mejor dime, ¿qué me cuentas de ti? ¿Cómo va tu vida? —preguntó, su voz temblando un poco—. ¿Cómo estás tú? ¿Tienes… no sé, pareja o algo por ahí?
Milton soltó una risa baja, casi un gruñido, y se recargó en la silla, cruzando los brazos como si le encantara la pregunta. Sus ojos se achicaron, y una sonrisa torcida le cruzó la cara, un cinismo disfrazado de confidencia.
—Estoy bien, gracias por el interés. A decir verdad… Hay una persona que me mantiene bastante ocupado, una mujer con una energía… digamos, excepcional.
Josué sintió un escalofrío en todo el cuerpo.
—No pos qué bien, ¿eh? Supongo que es muy guapa.
—Ufff, no te lo imaginas, amigo. Un culazo que te mueres, y curvas que pfff. Ella es alguien que exige mucho y me tiene en constante movimiento.
Josué sintió un golpe en el pecho, como si le hubieran sacado el aire de un madrazo. “Un culazo que te mueres”. Las palabras le retumbaron en la cabeza, y la imagen de Amanda, con su culo gordo apretado en esa falda y sus tetas rebotando en el abrazo de la entrada, se le clavó como un cuchillo.
Sabía que era ella, no había duda, pero Milton lo decía con esa calma sádica, como si supiera que Josué no iba a hacer nada al respecto.
—No pues ¿qué te puedo decir? —balbuceó, fingiendo una risita torpe mientras el sudor le corría por la frente—. Qué… qué buena onda por ti, ¿no?
Milton se rió otra vez, un sonido grave que le raspó los oídos, y se inclinó hacia adelante, mirándolo fijo como si quisiera meterse en su cabeza.
—No es solo ‘buena onda’, Josué —dijo, bajando la voz a un murmullo—. Esta mujer es tremenda. Un hembrón de cuidado. Me lleva al límite, física y mentalmente. Ayer, por ejemplo, me dejó exhausto hasta la madrugada, como si me hubiera exprimido hasta la última gota. Tuviste suerte de que pudiera tener energías para levantarme y atenderte hoy jajaja.
Josué palideció, su cara ardiendo mientras las imágenes lo aplastaban: Amanda encima de Milton, sus nalgas rebotando, sus gritos llenando una cama que no era la suya. “Ayer”.
La noche anterior, cuando ella volvió a las cuatro, oliendo a sexo y vino. La humillación lo ahogó, saber que el cabrón que lo había atropellado, que lo había dejado impotente, ahora se regodeaba con su mujer y le daba “consejos” como si fuera un santo. Quería gritar, romperle la cara, pero se tragó la rabia, apretando los dientes hasta que le dolieron.
—Pero regresemos a ti. Necesito que practiques lo que hemos hablado. Es normal sentir ansiedad en estas circunstancias, Josué, pero eres listo, y muy capaz. Todo saldrá de maravilla. No te desesperes. Vamos a trabajar en esto paso a paso. ¿Algo más que quieras hablar conmigo?
Josué tragó saliva, la garganta seca como si hubiera chupado sal. Cada palabra que se le ocurría era un grito que no podía dejar salir: “Sé que te la estás cogiendo, hijo de puta. Sé que anoche la tuviste gimiendo como perra mientras yo me pudría en la cama”. Pero no dijo nada. Se mordió la lengua hasta sentir el sabor metálico de la sangre, forzando una mueca que quería ser una sonrisa pero salió como mueca de perro apaleado.
—No… no, Milton, creo que… eso es todo por hoy —balbuceó, la voz saliéndole floja, quebrada—. Nomás… nomás quiero estar bien con Amanda, ¿sabes?
Milton asintió, su cara de piedra profesional no dejando traslucir nada más que esa calma irritante. Garabateó algo más en su cuaderno, el sonido del lápiz contra el papel como un rasguño en los nervios de Josué.
—Perfecto, Josué. Es un buen comienzo —dijo, cerrando el cuaderno con un golpe seco que resonó en el silencio—. Vamos a trabajar en esa ansiedad y en cómo te ves a ti mismo. Te doy tarea: escribe lo que sientas esta semana, lo que te pese. Y considera lo del arnés. Nos vemos el próximo jueves, ¿te parece?
Josué asintió como autómata, la cabeza dándole vueltas. “Escribir lo que siento”. ¿Qué iba a escribir? ¿Que se masturbaba imaginando a su mujer con este cabrón? ¿Que cada vez que cerraba los ojos veía a Amanda abierta de piernas, con Milton taladrándola mientras él se ahogaba en su propia mierda?
Y luego lo del puto arnés, ¿caería tan bajo para usarlo? Se levantó despacio, las piernas temblándole como gelatina, y murmuró un “sí, claro” que apenas se oyó.
Milton se puso de pie también, estirándose con esa seguridad de macho alfa que hacía crujir la camisa contra sus músculos. Le dio una palmada en el hombro a Josué, un gesto que parecía amistoso pero que le quemó la piel como si le hubieran echado ácido.
—Ánimo, amigo, esto va a salir bien —dijo Milton, su voz grave retumbando en el cuarto—. Amanda está afuera esperándote. Cuídala mucho, ¿eh? Es una mujer excepcional.
El “excepcional” salió con un tono que a Josué le revolvió las tripas. Había usado el mismo adjetivo que había elegido para describir a la mujer que se estaba cogiendo. Sádicamente Milton le estaba revelando que él se estaba culeando a su esposa.
Josué tuvo ganas de girarse y partirle la cara, arrancarle esa seguridad a puñetazos, pero en lugar de eso apretó los dientes y salió del consultorio con la cabeza gacha, sintiendo los ojos de Milton clavados en su espalda como dos cuchillos.
En la sala de espera, Amanda estaba sentada en uno de los sillones, las piernas cruzadas con esa falda de cuero subiéndole hasta el borde del pecado. Hojeaba una revista con aire distraído, pero cuando lo vio aparecer, levantó la mirada y le lanzó una sonrisa que era pura miel envenenada.
—¿Qué tal, gordi? —dijo, dejando la revista a un lado y levantándose con un meneo de caderas que hizo temblar sus tetas bajo el top—. ¿Cómo te fue con Milton?
Josué se quedó parado, las palabras atorándosele en la garganta mientras la miraba. Estaba guapa, demasiado guapa, con ese maquillaje que le resaltaba los labios gordos y esos ojos grises tirando a verde que lo atravesaban como agujas. Pero esa belleza lo golpeaba, porque sabía que no era para él. No hoy. No ya.
—Eh… bien, amor, bien —mintió, forzando una sonrisa que le dolió en la cara—. Nomás… hablamos de cómo estoy, ya sabes, lo del accidente y eso.
Ella se acercó, taconeando con ese ritmo que era puro sexo, y le puso una mano en el pecho, las uñas rojas rozándole la camisa como garras suaves.
—Ay, mi rey, qué bueno que te animaste a venir —dijo, su voz melosa envolviéndolo como una trampa—. Milton es un amor, ¿verdad? Sabe un montón de estas cosas. Estoy confiada en que esto te ayudará.
Josué sintió el aire escapársele, la palabra “amor” en boca de Amanda refiriéndose a Milton cayéndole como un balde de agua helada. Quería gritarle: “¿Un amor? ¿El cabrón que me dejó impotente y te coge cada vez que puede es un amor?”.
—Sí, amor, parece… parece buen tipo —balbuceó, mirando al suelo para no verle los ojos.
Amanda le dio un apretón en el brazo, sus tetas rozándole el codo un segundo, y se giró hacia la salida con un contoneo que era puro espectáculo.
—Vamos a casa, gordi, te preparo algo rico y me cuentas todo, ¿sí? —dijo, su tono cantadito, como si fuera una esposa modelo y no una mujer que lo estaba matando lento.
El trayecto en taxi fue un infierno silencioso. Amanda tarareaba otra vez, mirando por la ventana mientras jugaba con un mechón de su pelo pelirrojo, y Josué se hundía en el asiento, los puños apretados en los bolsillos.
Cuando llegaron al apartamento, Amanda se quitó los tacones en la entrada, dejando que sus pies descalzos resonaran en el suelo.
Fue directo a la cocina, meneando el culo bajo la falda como si supiera que él la estaba mirando —y claro que la estaba mirando—. Josué se dejó caer en el sillón, la cabeza dándole vueltas, el eco de la voz de Milton y la risa de Amanda rebotándole en el cráneo como martillazos.
—¿Quieres agua, gordi? —gritó ella desde la cocina.
—Eh… sí, amor, gracias —respondió, la voz saliéndole floja, como si estuviera a punto de quebrarse.
Amanda volvió con dos botellas de agua frías, entregándole una mientras se sentaba a su lado, tan cerca que sus muslos se tocaron.
El cuero de la falda crujió contra el sillón, y el top se le bajó un poco, dejando ver el borde del brassier negro y la curva blanca de sus tetas. Tomó un sorbo largo, la garganta moviéndosele con una sensualidad que a Josué le dio ganas de morderla y odiarla al mismo tiempo.
—Entonces, mi rey, ¿qué te dijo Milton? —preguntó, ladeando la cabeza con esa sonrisa que era puro juego—. ¿Te dio algún consejo que deba saber?
Josué dio un trago, el líquido frío quemándole la garganta mientras buscaba qué decir. No podía contarle lo del arnés, no podía soltarle que el cabrón le había sugerido ponerse un juguete como si fuera un pinche eunuco. Menos podía decirle que Milton se había jactado de tener una puta a su disposición que tiene un “culazo que te mueres” que lo dejaba exhausto.
—Eh… nomás me dijo que… que respire hondo —mintió a medias, mirando la botella como si ahí estuviera la respuesta—. Que escriba lo que siento y… y que hablemos más tú y yo, de lo nuestro.
Amanda arqueó una ceja, sus labios gordos curvándose en una sonrisa que tenía un filo de burla.
—¿Que hablemos más? —dijo, riéndose suave mientras se acercaba un poco más, sus tetas casi rozándole el brazo—. Ay, gordi, si yo contigo hablo todo. ¿Qué más quieres que te diga?
Josué sintió el calor de su cuerpo pegándosele, el perfume caro mareándolo otra vez. Quería preguntarle: “¿Qué haces con él, Amanda? ¿Te lo coges en su consultorio? ¿Te abre las piernas en su coche?”. Pero en lugar de eso, se quedó callado, el morbo y la rabia chocando en su pecho como dos perros peleando.
—No sé, amor, de momento no tienes que contarme nada. Lo que importa es que estemos bien.
Ella le puso una mano en la pierna, las uñas rozándole la tela del pantalón, y se inclinó hasta que su aliento le calentó la oreja.
—Claro que vamos a estar bien, mi rey —susurró, su voz melosa derritiéndosele en el cerebro—. Tú eres mi vida, gordi. Pero si Milton te ayuda a sentirte mejor, pues tanto mejor, ¿no?
Josué asintió.
—Te amo, Amanda —dijo de pronto, las palabras saliéndole como un gemido, como una súplica.
Ella le sonrió, inclinándose para darle un beso rápido en los labios, un roce que supo a cerveza y traición.
—Y yo a ti, gordi —respondió, levantándose con un meneo de caderas—. Voy a cambiarme, que luego tengo que salir un rato. Te dejo comida en el refri, ¿sí?
Josué la vio irse, el culo rebotándole bajo la falda, y se hundió más en el sillón, la botella temblándole en la mano. Cuando Amanda se fue, él sabía a dónde iba, sabía con quién, y el morbo enfermo de imaginársela con Milton lo estaba matando.
Entonces, buscó su teléfono, abrió amazon de inmediato y buscó un arnés. Tenía que comprarlo cuanto antes.
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