Mi nueva vida con Amanda [04]
Amanda llega a casa con el olor de otro hombre en su piel y el doctor Milton en sus labios. En lugar de gritar, Josué se queda paralizado, observando cómo su esposa desmonta su matrimonio pieza por pieza, invitándolo a ser el testigo silencioso de su placer prohibido.
CAPÍTULO 4
***
Amanda apareció en casa a las 4:00 de la mañana. Josué se despertó al oír las llaves de su esposa intentando abrir la puerta. Alguien la acompañaba en la entrada de la casa. Josué podía escuchar palabras, susurros, risas, algunos chapoteos que no podía identificar, pero que le recordaba a los besos húmedos.
«Esto no… puede ser» pensó Josué al incorporarse en la cama, tallándose los ojos y poniéndose en estado de alerta máxima.
Como todo estaba en silencio, y su habitación estaba casi en la entrada de la casa, Josué era capaz de escuchar todos esos horrendos sonidos. Nuevos chapoteos al otro lado de la puerta, algunos «Ajammm… Hummm.» Y Josué terriblemente afectado, paralizado en su cama, incapaz de articular palabra alguna.
De pronto oyó que Amanda y el doctor Milton se carcajeaban por algo, luego ella hacía un “Shhhh” para que él se callara, y el psicoanalista sólo se reía aún más.
El recibidor del apartamento era pequeño, por eso se oía todo, hasta las pisadas arrastradas de dos personas que ingresaban a la casa mientras ¿se besaban? Josué no estaba muy seguro. Quería levantarse para verificarlo pero no pudo. Estaba engarrotado.
Segundos después hizo un nuevo esfuerzo y se incorporó un poco más, en cólera, pero sabiendo que no podía hacer ni decir nada si quería seguir conservando a su esposa a su lado. Josué no estaba seguro, pero daba la impresión de que Amanda estaba comportándose inapropiadamente con el psicoanalista que «la había invitado a cenar» con un cinismo sádico.
—Ya vete —alcanzó oír que le decía Amanda a su acompañante. Estaban en el recibidor.
Josué visualizó a su esposa apoyada en el muro al lado de la puerta de entrada, con su vestido negro engomado en su cuerpo curvilíneo, tal vez elevado a la mitad de sus gordas nalgas. Recordó lo corto que le quedaba el vestido. Sería sencillo que el doctor Milton lo agarrara por los bordes inferiores y lo deslizara hacia arriba, desnudándole las rechonchas piernas y a lo mejor las nalgas.
Josué oyó que Milton le susurraba algo inteligible a su esposa que hizo reír a su mujer. Él se sintió insultado. Una falta de respeto manosearse en su propia casa, a sólo unos pasos de distancia de él.
—Que no, aquí no —jadeaba Amanda, y se oyó como si sorbiera algo húmedo, ¿se estaban besando?
Podría ser cualquier cosa. Josué se negaba a creer que el cinismo de su hermosa pelirroja llegara a límites impensables.
—Ya me voy, ya me voy —la voz áspera del psicoanalista, que la había traído a casa.
Y se oyeron nuevos chapoteos que encendieron las alarmas de Josué. Y Josué, muriéndose de celos, se hundió en la cama, con los músculos tensos, empapado de sudor, su corazón latía con fuerza yjadeaba por respirar.
—¿Mañana entonces? —dijo Milton—. Sólo di que sí.
Chasquidos. Humedad. ¿Lengüeteos?
—No, ya no… te dije que no se repetirá otra vez.
¿Qué es lo que no se repetirá otra vez?, se preguntó Josué impacientado. El pobre quiso mover las caderas para sentarse en la cama, pero un terrible calambre lo hizo devolverse hacia atrás. No le fue sencillo mover su cuerpo después de haber estado tanto tiempo postrado, en reposo.
—Mañana paso por ti, Amanda —amenazó él.
—No, no, no… No lo puedo dejar solo otra vez.
—Sólo un rato, en mi casa. No estarás tan lejos. Se las arreglará solo, como siempre.
—Tampoco quiero abusar…
—Mejor abusa conmigo jajajaja.
—Jajajaja, loco eres.
—¿Un ratito, mañana, te escapas en la noche?
—Mejor nos vemos en tu despacho.
—¿Cuándo te puedes escapar de noche otro ratito?
—No sé, Milton, pero por lo pronto mejor mañana en tu despacho. Ahí también se puede.
«¿Ahí también se puede?» Josué se estaba quedando sin oxígeno en el cerebro.
—La noche da a la atmósfera algo especial, mami.
«¿Mami?» ¿Milton la había llamado mami?
—Sí, pero no siempre me podré escapar. También tengo cosas que hacer. Mañana, por ejemplo, tengo que ir a la oficina y no sé cómo me levantaré. Ve la hora que es. Encima me dejaste muy agotada.
¿Qué significaba eso? «”Me dejaste muy agotada”»
Josué sollozó. Los celos lo volvieron a cuchillar. Y entonces oyó nuevos chapoteos. Humedad. Pasos. Fricciones de ropa y cuerpos. Nuevos pasos. Los tacones de su mujer que parecían moverse en el mismo lugar. Chasquidos bucales, lascivos, sucios. Y entones Josué, que temía que su corazón se le saliera por el pecho si no hacía nada, exclamó con un ridículo grito:
—¡Amanda!
Una risita masculina. ¡Hijo de puta!, pensó Josué. Luego palabras en susurros. Un nuevo chapoteo y el corazón de Josué que quería salirse por su pecho.
—¡Amanda, ¿eres tú?! —gritó sintiéndose especialmente idiota. ¿Quién más sino habría llegado a su casa abriendo la puerta con sus llaves?
—Síiii, cariño, soy yo, acabo de lleeegar, ahora voyyy contigo —escuchó las palabras arrastradas de su esposa, que le invitaron a pensar que su mujer debía de estar muy ebria.
—Está… biiien… teee espero… —contestó el pobre convaleciente, fingiendo como que no pasaba nada, cuando la realidad es que estaba perdiendo a su esposa.
«¡No me puede estar pasando esto!»
Josué oyó nuevos chasquidos bucales y luego nuevas risitas cómplices. Esta vez parecía identificar sonidos claros de cuando alguien sorbe sobre algo o sobre alguien. Casi diez minutos después se despidieron de verdad. Josué suspiró, con la frente mojada.
El alma volvió a su cuerpo cuando escuchó que alguien salía y luego cerraba la puerta. Pasaron dos minutos cuando vio que su pelirroja mujer entraba al cuarto y encendía la luz, contoneándose con dificultad. A Josué volvió a darle una taquicardia al verla en ese estado y en tales condiciones.
—¿Qué te ha pasado, Amanda? —preguntó asustado.
—¿A mí? —lo miró ella con arrogancia, quitándose los tacones—. A mí no me ha pasado, ¿no tendrías tú que estar dormido ya? Luego mañana amanecerás descompensado y no quiero que me estés dando lata.
Pero Josué estaba concentrado mirando la ruindad física de su mujer. Su aspecto deplorable. Su desvergüenza para presentarse así ante él, como una puta barata.
—¡Tu pelo, Amanda, está revuelto, como enmarañado!
La melena larga y pelirroja de su esposa estaba hecha un desastre. Estaba alborotada, como si un tornado hubiera pasado sobre ella. O más bien, como si alguien la hubiera revolcado sobre una cama con sábanas baratas.
—Hace viento en la calle, cariño. Una no puede durar peinada por mucho tiempo —Y luego se rió.
—¿Y los labios, Amanda? ¡Los tienes manchados con tu labial rojo! ¡Toda tu boca está pintada de pintalabios!
Lo que veía Josué era la confirmación de que Amanda se había besado con el doctor Milton, pero en ningún momento se le ocurrió enfrentarla para que ésta le confirmara o le rechazara sus sospechas. No se sintió capaz de hacerlo. Igual y no había mucho por rechazar. Era manifiesto lo que había pasado entre ellos, Josué lo deducía, ¿pero hasta qué punto Amanda había traspasado las líneas rojas?
—Perdón, mi pequeño bobito —se disculpó ella, fingiendo estar mortificada—, me debí de manchar sin querer cuando me tallé la boca.
—¿Te tallaste la boca? —preguntó Josué escéptico.
—Instintivamente, bebé, pero todo está bien.
Y a Josué le dolió que su esposa ni siquiera se esforzara un poco por tener una respuesta más convincente y elaborada para él. Lo estaba tratando como un pendejo, como un estúpido que podía creerle cualquier tontería, y eso le molestó mucho.
—¡Pero tienes hasta el rímel de los ojos corrido, mujer!
—Debe de ser por el sudor, Josué —contestó con desprecio—. ¡No fastidies, bebé, y, por favor, ya duérmete, que es tarde!
Amanda se quitó el vestido negro por arriba de su cabeza con la gracia de una actriz porno que pretende calentar al espectador. Josué quedó perplejo al mirar de nuevo los pechos enormes, perfectos y redondos de su esposa, que botaban en su torso al moverse. Los pezones erguidos sólo daban constancia de que todavía estaba cachonda. Y eso perturbó al pobre de Josué.
—¿Dónde están los parches que te pusiste en los pezones antes de salir, Amanda? —preguntó Josué alarmado, al ver que ya no los llevaba pegados en sus puntas—. Yo vi cuando te los pegaste sobre los pezones en lugar de usar tu brassier.
La pelirroja pareció notar que a sus tetones les faltaban los parches pezoneros. Se angustió por al menos cinco segundos. Luego se miró en el espejo y sonrió para sí misma, como si recordando algo que la trasladaba a un momento inolvidable.
—Debieron de caerse por las fricciones del vestido, cariño, no te preocupes por tonterías.
—¿Cómo que fricciones del vestido? ¿Cómo fue que te friccionaste? ¿Contra quién te friccionaste?
—Bailando con Milton, claro, Josué, ¿cómo sino?
—¡¿Te estuviste restregando con tu psicoanalista Amanda?!
—Estábamos bailando, Josué, ¿cómo baila la gente en pareja? Pues pegados, friccionándose.
—¿Abrazados?
Amanda volvió a reír. Posó desnuda nuevamente frente al espejo y Josué contempló las carnosas nalgas de su esposa que se empinaban mientras ella se flexionaba hacia el tocador. A Josué le palpitó el pene al contemplar las potentes carnes de su mujer, y se frustró de tener a una esposa tan buena y no poder aprovecharla. Se sentía como un anciano sin dientes ni lengua delante de un manjar tan apetecible.
—¡Tus nalgas están rojas, Amanda, las dos, un poco más rojas de las orillas! ¿Por qué?
Más que rojas Josué las notó lesionadas, como cuando azotas el culo de un niño por haberse portado mal. Incluso Josué percibía marcas como de dedos pintados sobre la piel blanca de su devota esposa. Y eso lo frustró y lo hizo enfadarse, acelerándole el corazón abruptamente.
—¿En serio las tengo rojas?
—Sí… incluso hasta las piernas… tienes marcas como de dedos, ¿por qué tienes marcas de dedos en tu culo?
—¿Cómo voy a traer marcas de dedos, Josué?
—Es exactamente lo que pregunto, ¿cómo y por qué?
Ambos sabían la respuesta, pero Amanda siguió jugando a hacerlo sentir estúpido.
—Estuvimos sentados mucho rato, cariño. Son marcas propias de alguien que estuvo sentada prolongadamente.
—¿No estuvieron bailando, según tú, Amanda?
—Pero estuvimos mucho tiempo sentados. De hecho, estuvimos más sentados que bailando.
Amanda apestaba a alcohol aunque estaba lejos de Josué. Ella solía beber en ocasiones especiales, pero nunca lo hizo en grandes cantidades, como esa noche en particular. Amanda trastrabillaba al caminar, y cuando se movía sus grandes pechos se balanceaban ligeramente. El culo botaba detrás. Sus piernas temblaban como gelatina.
—Me voy a bañar, cariño —dijo su esposa dirigiéndose al baño, llevándose el celular consigo—. Por favor duérmete, ¿sí?, o mañana te sentirás muy mal.
Luego vio desaparecer a su escultural mujer detrás de la puerta blanca, con sus nalgas botando sin parar.
Josué trató de conciliar el sueño, pero pronto oyó las notificaciones que le llegaban a Amanda a través de su celular. Eran mensajes de whatsapp, él había identificado el sonido. De vez en cuando oyó reír a su esposa, la cual debía de estar sumergida en la tina, y luego la escuchó hablar en susurros como si estuviera enviando audios como respuesta a su interlocutor.
¡Qué indignante! Qué puto coraje. ¡Qué vergüenza que actúe de esa manera! ¿Es que Amanda no podía tener respeto por su marido ni siquiera en su propia casa? ¿Milton la estaba mensajeando por whats aun si la acababa de dejar en su casa? ¡Menudos cabrones hijos de puta!
***
Los días posteriores se sucedieron de forma más o menos similar a las rutinas que Amanda había llevado últimamente. Por lo menos Josué se sintió aliviado de que por algunos días su esposa no volviera a salir de noche. Aun así sabía que a diario, cuando ella salía de la oficina, se reunía con el doctor Milton en su despacho, donde ella tomaba sus rehabilitaciones.
Lo que sí le llamó demasiado la atención fue que amaba tuviera una forma nueva de vestir. Había reemplazado sus pantalones ejecutivos por faldas de oficina cada vez más cortas. Ahora usaba ligas, medias y muchas veces hasta tangas que hacían juego con su brassier.
—¿Es necesario que vayas tan llamativa a la oficina?
—Como te ven te tratan, Josué —fue la respuesta que recibió de su mujer, quien además se ponía las fragancias más caras y exquisitas que él hubiera olido en ella nunca.
—¿Pero y las tangas? ¿Por qué usas tangas? ¡Y esa lencería nueva de victoria secret que compraste! ¿Por qué de marca? Nunca te importó comprar ropa cara, ¿ahora por qué sí?
—¡Es más suave, cariño, no tiene nada de raro que quiera vestir más cómoda!
—¿Y las tangas? ¿Te hace sentir cómoda llevar un hilo delgadísimo partiendo tu culo?
Pero ella sólo sonreía.
El contacto más sexual que Amanda tenía con su marido era el momento en que se cambiaba por la mañana delante de él. A Josué le fascinaba verla embadurnarse de crema en su piel lechosa. Le excitaba saborear de lejos sus turgentes tetas, sus fuertes caderas, sus voluminosos muslos, su entrepierna con depilado brasileño, sus hinchadas nalgas.
Amanda ponía especial cuidado cuando se ponía acondicionador en su cabello rojo brillante y también en su vello púbico. Sus nalgas enormes siendo sometidas por tangas cada vez más minúsculas y provocativas, incluso con transparencias en el área frontal, era de las vistas más eróticas a las que Josué podía aspirar.
Josué no se atrevía a pedirle sexo a su esposa porque no quería pasar por la vergüenza de sufrir un gatillazo en plena cópula, como le pasó al principio cuando se recuperaba de su accidente. Y ella, siendo tan sexual, ya ni siquiera se lo exigía. ¿Qué podía pensar él al respecto?
Pues lo lógico, que alguien más, (Milton, siendo específicos) le estaba dando el mantenimiento que ella necesitaba y que él no podía darle.
Cierto día Josué comenzó a masturbarse en ausencia de su esposa. Proyectaba en el televisor escenas porno donde las protagonistas siempre eran mujeres pelirrojas culonas y chichonas como su mujer, y como por obra de la magia, él conseguía tener erecciones firmes hasta eyacular.
Amanda volvía de lunes a viernes como a eso de las nueve de la noche, y de inmediato se metía a bañar, como si quisiera resarcir con el agua el daño que le hacía a Josué. Era también como si pretendiera lavar las culpas de su infidelidad con el agua caliente que la empapaba. Luego, al salir completamente desnuda, sonreía a su marido de una forma extraña que él no podía interpretar.
Por lo menos los fines de semana Amanda se quedaba en casa, y esos eran los únicos días que José sabía, con seguridad, que su esposa era completamente de él.
Pero luego llegaba de nuevo el lunes y todo se desmadraba. Las inseguridades que sentía Josué lo estaban agobiando demasiado.
Por las noches, mientras Josué se acurrucaba en la cama, se preguntó si Amanda había encontrado un equilibrio perfecto entre él y el psicoanalista. De algún modo su esposa tenía un marido amoroso que la adoraba con locura y de esa manera podía satisfacer esa parte sentimental que ella necesitaba.
Y por otro lado estaba su complemento: el doctor Milton, que era posible que la estuviera satisfaciendo sexualmente por completo. De ese modo Amanda podía abandonar por momentos el mundo hogareño donde tenía un marido convaleciente y escapar a una vida de sexo desenfrenado que Josué, por su condición, de momento no podía proporcionarle.
¿El apuesto psicoanalista la cogería con regularidad? ¿Lo hacían diario en el despacho de Milton? ¿La empotraría sobre su escritorio o el sofá de consultas? ¿Lo harían en el coche del estacionamiento de su propio edificio? ¿Alguna vez Amanda habría tenido sexo con Milton en la casa de éste?
¡Todo era una mierda! ¡Una mierda! ¡Una total mierda!
Josué pensó que Amanda debería de considerar que era totalmente injusto que ella no intentara tener con él, que era su marido, algún tipo de acercamiento íntimo que los volviera a unir como pareja. Era injusto que él estuviera en completa abstinencia mientras ella cogía como una perra en celo con su propio psicoanalista cada vez que se le hinchaban los ovarios.
En eso estaba pensando una tarde de jueves cuando de pronto oyó que Amanda entraba a su casa por lo menos dos horas antes de lo previsto.
Cuando su esposa abrió la puerta del cuarto se encontró con que su patético marido tenía los calzones en los tobillos, echado en su cama, con su polla de tamaño promedio entre sus manos tras haberse masturbado hasta eyacular mientras un clip porno de una pelirroja que era empotrada por dos negros enormes se reproducía en el televisor.
—¡Pero qué es esto, Josué! —dijo ella con los ojos muy abiertos, mirando con pena la escena.
—¡Yo…! ¡Yo…! Estoy tan avergonzado, Amanda—dijo Josué soltando su polla.
—Oh, no, cariño, no lo estés —dijo Amanda de pronto, viendo que los testículos y el pene de su marido tenían manchas de su propio esperma que recién acababa de soltar—. ¿Haces esto con frecuencia?
Josué miró hacia abajo y se sintió ridículo. Amanda lo acababa de descubrir después de haberse estado masturbando, mientras una película porno seguía viéndose en el televisor.
—¡Yo… Amanda, en serio lo siento!
—Por favor, bebé, no te avergüences tanto —continuó Amanda con un sorprendente tono cariñoso en su voz, acercándose a la cama—. Está bien, de verdad, pequeño tontito. De hecho, me gusta que estés haciendo esto.
Josué levantó la vista, sorprendido.
—¿En serio? —Preguntó—. ¿No te parece mal que me masturbe?
—Claro que no, cariño —se sentó Amanda al lado de su marido—, de hecho creo que si te masturbas me liberas a mí de tener que… pues eso…
—¿Te libero de tus obligaciones de esposa para cumplirme en la cama?
—Sí —contestó Amanda sin dejar de mirar el desastre que tenía Josué en su entrepierna, embarrado de engrudo caliente—. Además, si has podido eyacular significa que ya puedes tener erecciones, ¿verdad?
—No son tan firmes, Amanda, pero sí… masajearme el pene me ha ayudado bastante.
—Entonces tus masturbaciones son como una especie de rehabilitación hacia tu pene, ¿no es así, cariño?
—Creo que sí.
—Pues está bien, entonces, Josué, estoy muy contenta por eso. Debí de haber previsto que tú también necesitabas un desahogo sexual.
Josué entendió el significado de las palabras «tú también» pero le dio vergüenza decirle a su esposa que él ya sabía que ella se estaba acostando con su psicoanalista. No sabía cómo podría afrontarlo, y tampoco podía imaginar qué reacción tendría su mujer al saber que él simplemente no era capaz de reclamárselo.
—¿Eso significas que todavía sientes deseo por mí, Amanda? Quiero decir que si te pone feliz que ya pueda eyacular, significa que esperas algún día acostarte contigo otra vez, y hacer el amor como antes, como cuando éramos una pareja perfecta.
La mirada de Amanda fue más maternal que de esposa. Y Josué se sintió infravalorado.
—Bueno —dijo Amanda con una sonrisa—, apuesto que cuando te masturbas estás pensando en mí —Josué se sonrojó.
Amanda sabía que él nunca pensaría en nadie más, y por eso él asintió como respuesta.
—Cuando te masturbas pensando en mí… ¿cómo me imaginas, corazón? Quiero decir… ¿cómo me visualizas?
—Te visualizo así como ahora, tan hermosa… con tu ropa más sexy puesta, tus tangas partiéndote el culo, tus ligueros… tus brasieres que apenas pueden sostenerte las chichotas que tienes. Creo que es eso, Amanda, me gusta la ropa que usas cuando sales… a trabajar.
Josué no quiso nombrar al doctor Milton en la ecuación, desde luego, pero Amanda pareció descubrir la verdad.
—¿Te gustó la ropa que me puse ayer para «ir a trabajar» —enfatizó las últimas palabras—. ¿Te gustó que me puse una tanga roja para ir por la tarde a ver al doctor Milton, en una más de mis rehabilitaciones?
Josué no entendió por qué Amanda tenía que mencionar a su «amante» cuando estaban hablando sobre ellos.
—Pues… sí, Amanda —admitió—, mientras me masturbaba pensaba en tu tanga roja y cómo esta se te metía entre las nalgas.
Amanda se relamió sus gruesos labios.
—¿Y también me visualizas sin la tanga, cuando te masturbas, cariño? Quiero decir que si me ves en alguna postura sexual, tal vez abriéndome las nalgas con las manos, enseñando mis grandes tetas, con mis pezones puntiagudos y así.
—Sí, Amanda… eso pienso cuando me masturbo pensando en ti.
—¿Y me visualizas cogiendo contigo? —quiso saber, y Josué por poco se atraganta al no tener una respuesta para dar.
—¿Con quién otro debería de visualizarte teniendo sexo sino, Amanda?
—Cierto, cierto —sonrió su mujer fingiendo sentirse afectada—. ¿Entonces llevas haciendo esto desde hace mucho tiempo, mi bobito, justo cuando no estoy en casa?
Una vez más, Josué asintió.
—Me gusta que me quieras tanto, Josué. Quiero que la próxima vez te masturbes lo hagas delante de mí —dijo Amanda, y mientras se flexionaba para mirar el semen esparcido de su marido, sus enormes pechos lechosos fueron empujados hacia su cavernoso escote, como si estos quisieran salirse de la ropa.
—¿De verdad? —preguntó Josué.
—Sí —respondió Amanda, balanceando un poco su cuerpo para que sus pechos se movieran.
Casi inconscientemente, como hipnotizado, Josué comenzó a acariciar su pene que sorprendentemente comenzaba a ponerse como una roca nuevamente, a pesar de estar grumoso por su antiguo semen.
—Simplemente no te hagas ilusiones de que esto terminará en sexo, cariño, ¿comprendes?
—¿Por qué no, Amanda? —dijo Josué, un poco desilusionado.
—Porque temo traumatizarte si… en el intento… fracasas… como ocurrió antes.
Josué se sintió humillado al ser señalado por su propia esposa, pero ver balancearse esas enormes tetas debajo del vestido de su mujer lo tenían vuelto loco. La deseaba tanto. ¡Cuánto querría poder tocarla y cogerla como antes!
—No creo que estés listo para eso todavía, Josué —le dijo su mujer, adivinando las intenciones de su marido—, Pero creo que voy a disfrutar contigo el hecho de que te masturbes pensando en mí. Me gusta la idea. Amo que me quieras tanto, mi bebé.
Josué estaba frotándose su pene furiosamente ahora, y Amanda se inclinó un poco más hacia él, haciendo que mostrarle sus pechos fuera un poco más erótico.
—Quiero que me digas en qué estás pensando mientras te masturbas ahora —dijo Amanda, y para sorpresa de Josué, ella se bajó el escote sólo para demostrar que debajo de él no llevaba sostén, lo que hizo que sus enormes pechos acolchados y carnosos saltaran sobre los ojos de su marido.
—Yooo —dijo Josué, con la voz ligeramente tartamudeada debido al movimiento brusco de su cuerpo y a su excitación—… estoy pensando en lo mucho que te deseo, Amanda, tanto que me vuelvo loco.
Amanda se puso de rodillas en la cama, colocó sus carnosas nalgas en los talones y empezó a saltar sobre la cama para que sus melones de pezones puntiagudos pudieran botar delante de su marido con perversa seducción.
—¿Qué más, bobito hermoso? ¿En qué más piensas mientras te meneas la pollita?
Josué se puso tan duro que sintió un poco de vértigo. Aun así continuó en lo suyo, viendo cómo la golfa de su esposa lo provocaba sádicamente. Sus tetas botando a medida que ella daba saltitos sobre la cama.
—Quiero poner mi verga entre tus tetas y correrme por toda tu cara.
—Uy, Josué… eres un marido muy cochino, ¿sabes?, pero no pares, esposito, vamos, sigue masajeándote tu pollita.
Cada vez que Amanda llamaba «pollita» al pene de Josué, él se sentía humillado, y a su vez se complacía de saber que los pezones endurecidos de su esposa eran por él. A ella le gustaba tal vez verlo así, humillado y deshonrado como marido.
—¿Qué más, Josué, en qué más piensas mientras te masturbas? —la preguntó ella amasándose las tetazas con sus propias manos.
—Pienso en que quiero que me frotes las tetas en la cara, Amanda. Eres tan putamente sexy, eres la mujer más sexy del mundo y quisiera cogerte ahora mismo, Dios, te necesito tanto, te adoro, eres mi diosa, Dios, por favor, chúpame la polla, pon tus perfectos labios alrededor de mi verga, lo necesito tanto.
Amanda, para incitarlo, abrió la boca, sacó su lengua y comenzó a moverla sobre sus labios manchados de labial rojo. Parecía una perrita hambrienta que quisiera lamer un trozo de carne.
—¿Crees que debería de chuparte tu pollita, mi amor? —le dijo Amanda, enseñándole su lengua candente, estrujándose las tetas, estirándose los pezones.
—Sí… Amanda, carajo, no puedo vivir sin ti, eres una puta diosa, tú eres mi diosa, tú, tú.
Josué se corrió enseguida, sin tener la posibilidad de que su esposa se la mamara. Pequeños chorros de semen se dispararon sobre su pecho y gotearon por toda su mano. Entonces Amanda, sorprendentemente cachonda, se inclinó y lo besó en la frente, como una madre consolando a un niño.
Josué sintió sus tetas en su cara, y aprovechando el momento se las chupó. Las tomó las dos con sus manos y las amasó. ¡Eran suyas! ¡Por fin podía sentirlas suyas de nuevo! Las mamaba y las chupaba desde los pezones como si fuera un hijo terminándose de criar.
Amanda jadeó sintiendo los labios y los dientes de su marido sobre ellos. Lo tomó de la cabeza y lo hundió en sus tetones. La cabeza de Josué daba vueltas por el simple hecho de haber eyaculado y ahora estarle comiendo las tetotas a su exquisita mujer.
Por una vez en mucho tiempo no sintió esa sensación de ser un perdedor después de masturbarse. La aceptación de su esposa significó todo para él. También era la cosa más sexual que habían hecho juntos en mucho, mucho tiempo, por lo que se sintió alentado porque tal vez esto llevaría a más.
De todos modos se sintió un poco avergonzado sentado allí con su propio semen sobre él, pero los gemidos de Amanda, mientras éste se comía sus tetas, hizo que todo estuviera bien.
—Siempre has sido muy bueno con la lengua, Josué —lo animó su mujer.
Y éste se siguió atascando con sus tetas en la boca, hasta que Amanda decidió que había sido suficiente, y se bajó de la cama y se fue a bañar.
Josué sintió que se había roto la magia, pero al mismo tiempo creyó que este momento entre los dos había sido suficiente para no perder la fe en su relación.
Más tarde salió su pelirroja tetona y culona completamente desnuda. Josué se puso caliente otra vez. Pero lo que lo sacó de su ensoñación fue ver cómo Amanda sacaba un conjunto de lencería azul marido del cajón superior de su closet.
—¿Qué haces, Amanda?
Aunque tuvo la esperanza de que Amanda se estuviera poniendo guapa y sexy para él, en el fondo sabía la verdad.
—Saldré con Milton a cenar, por eso llegué antes a casa, cariño, espero que no te moleste.
—¡Pero… pero…! —A Josué se le paralizó la boca.
—¿Crees que me veré bien si me llevo esta tanga que tiene argollas alrededor, mi amor? —le preguntó ella.
—¡No puedes estar hablando en serio, ¿verdad Amanda?! —le dijo Josué cuando recuperó la voz—. ¡Creí que esta noche la pasaríamos juntos!
Amanda enarcó una ceja mientras lo miraba.
—No te pongas así, osito, ¿quieres?, mira, ven, cariño, ven. Busca en tu teléfono un bonito video porno con alguna pelirroja que se me parezca, y mastúrbate. Si para cuando llegué en la madrugada, todavía se te pone dura la polla… a lo mejor te la chupo. Ah, pero eso sí, Josué, si yo te la chupo, quiero que también tú me chupes mi panochita.
—¿Qué?
Josué entendió el grado de perversión que tenía su mujer al estar proponiéndole tácitamente que después de que ella volviera de coger duro con su amante… ¡Josué le chupara la concha!
LA HISTORIA SIGUE
LA HISTORIA SIGUE
Los que me apoyan en Patreon ya pueden leer los capítulos 5, 6, y 7 de esta saga.
CONTENIDO EXCLUSIVO PARA LOS AMANTES DE CUERNOS, HOTWIFES, CONSENTIDORES, CORNEADORES Y CORNUDOS
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