Mi nueva vida con Amanda [03]
Josué no debería haber llamado. El teléfono sonó, pero la respuesta no fue la voz de su esposa, sino el sonido húmedo y ruidoso de una boca ocupada. Mientras Milton se ríe al fondo, Amanda le ofrece una lección de doble sentido que destrozará lo poco que queda de su dignidad.
CAPÍTULO 3
Josué no pudo comer nada durante la cena. Ni siquiera pudo dormitar. Veía el televisor sin ser consciente de lo que sucedía. Pasaban los segundos, los minutos, una hora y luego dos, y en su cabeza solo aparecía la imagen de Amanda con sus redondas tetas expuestas, colapsando hacia adelante, el escote encogido, el vestido arriscado en las caderas y sus piernas separadas absurdamente.
En la visión de Josué su esposa se apoyaba con las manos hacia atrás, pegada a algún muro. Su melena pelirroja le caía por la espalda. Su boca estaba muy cerca de un capullón enorme y oscuro que goteaba de la punta, ensuciando uno de sus muslos desnudos. Un hombre frente a ella, alto, torvo, con las manos en la cintura, con el pantalón en los tobillos, una verga hiniesta, esperando el momento adecuado para atacarla.
—¡Oh, Amanda! ¿En qué estoy pensando?
La imagen variaba según el estado de ánimo de Josué. No había escenarios ni decoraciones en la escena, sólo estaban ella y su amante, a solas, disfrutándose el uno al otro. En algunas imágenes de su cabeza aparecía Milton de rodillas, (ya no de pie) su cara hundida en la entrepierna de su esposa, lamiéndole la raja, hundiendo su nariz espigada en la raya del depilado brasileño de su esposa, y ella fascinada recibiendo una comida de coño, descomponiendo el gesto según el placer que éste le provocaba.
—¡Amandaaaaaa!
Los chillidos de perra hambrienta de Amanda eran constantes. Aturdían los tímpanos imaginarios de Josué aunque este se los cubriera con las manos. Veía a Milton hartándose de coño, chapoteando en su caliente humedal, abriendo con la lengua su profunda y hambrienta góndola de carne, provocándole espasmos en el cuerpo de su mujer, que temblaba de pies a cabeza.
«¡Awwwwww!» «¡¡Chúpame la panochita, Milton!!»
En la nueva escena Amanda tenía sus piernas en los hombros de su terapeuta, y los gordos melones de ella eran amasados por las grandes manos del cabrón, que la taladraba a una velocidad infernal, sacudiéndola, estremeciéndola, azotándola contra una cama imaginaria.
—¡Oh, Dios, me voy a volver loco!
Josué abría los ojos y temblaba de terror. Se negaba a pensar en esas situaciones que imaginaba su cabeza pero no podía. El miedo lo superaba. Y surgían más escenas. Cada una de la cual era más sórdida y puerca.
Con el tiempo, algunas de ellas empeoraban. Esta vez aparecía Amanda recostada en una cama sin sábanas, desnuda, abierta de piernas, y el psicoanalista tumbado sobre ella, en un obsceno acto de coito, en el que clavaba su pitón sobre el angosto y tierno coñito de su esposa que, para más humillación, no se cansaba de chorrear abundantes humedales. Un manantial caliente. El cuarto apestando a sexo, a coño, a verga y a fluidos.
Los gritos de perra en brama de su esposa cimbrando los cristales. Sus muñecas haciéndose puños. Sus piernas anudándose en la espalda de su macho cogelón. Josué se atormentaba imaginando diálogos que se decían entre sí, en medio del éxtasis:
«¡¡¡¡Vamos, Milton, hártame de polla papiii. Taládrame bien adentro, que el cabrón de mi marido hace un año que no me da caña!!!”
«¡¡¡¿Te gusta mi polla, putón, te gusta cómo te la meto?!!!”
«¡¡¡Oh, sí, Milton, me fascina cómo me la metes!!!»
«¡¡¡¿Sientes más placer conmigo que con tu marido, putona?!!!»
«¡¿Cómo no voy a sentir más placer contigo si desde el accidente no me la mete?! ¡¿No ves que al bobito de mi maridito no se le para al pobre?!»
«Jajajajajaja. ¿De veras ya no se le para al cabrón?»
«¡No te burles, mi amor, que tú lo dejaste así!»
«¡Entonces es justo que yo te dé mantenimiento, ¿no lo crees putona?!»
«¡¡Es lo que digo, ahora que a mi marido no se le para tú tienes la obligación de darme mantenimiento!!»
«¡¡¿De veras no se le para al cabrón de tu marido, putona?!!»
«Te juro que es verdad, Miltón. Si vieras lo ridículo que se le ve. Su verga está más flácida que una goma. Ya no le crece. Ya no se le para. Ya ni siquiera le sirven los huevos, porque el doctor me ha dicho que posiblemente ni siquiera podrán preñarme.»
«¡¡¡Pobre tipejo jajajajaja. Pero no te preocupes, putita, porque si yo ocasioné que el cornudo perdiera su hombría, dejándote con hambre de verga para siempre, ahora seré yo quien resuelva ese pequeño inconveniente y te daré pito cada vez que me lo pidas!!!»
«¡¡¡Sí, amor, sí, cógeme duro, méteme ese gran pitote que a ti sí se te para. Vamos, dame más duro!!!»
«¡Soberana putota, es lo que eres hija de puta!»
Y Josué de nuevo se imaginaba a Amanda bramando como perra, pidiendo a gritos más adentro.
«¡Awwww! ¡Metemela todaaaaaaaaaa! ¡Dameeee máaaaas! ¡Síiiiiiiiiiiii! ¡Qué ricoooooooo!»
«¡Te voy a empachar de lefa, putona de mierda!»
Y eso dolía en el alma a Josué, pues su mujer jamás se había comportado de esa forma tan obscena con él. Ella era de las que cogía en silencio. No hacían falta gritos ni espectacularidades para mantener la libido.
Amanda solía ser discreta, reservada y apasionado, claro que sí, pero no al extremo en que la imaginaban sus absurdas fantasías.
—¡Carajo! ¡Carajo! ¡Estoy pensando pura mierda!
Claro que aquellas sólo eran especulaciones. Imágenes producto de su imaginación. Pero lo pensaba. Aun así, Josué sabía que nada de lo que imaginaba podía ser real. Amanda podría ser todo con él, menos infiel. Ella nunca había sido una mujer de cascos ligeros. Su mujer siempre lo había respetado. Ella era una dama. Una señora en toda la extensión de la palabra.
Amanda era una mujer decente que sería incapaz de faltarle al respeto de esa manera. Mucho menos con el hijo de puta que le había provocado a Josué que perdiera parte de su hombría.
El problema era que las dudas lo dañaban. Ya eran más de las dos de la madrugada y Amanda seguía sin aparecerse en casa, sin hablarle por teléfono, sin avisarle, por lo menos, que ya no tardaba en regresar.
«No me esperes despierto» fue lo único que le había dicho su esposa antes de salir.
Pero Josué no podía dormir. Estaba inquieto, dolido, preocupado, trastornado.
«¿Dónde estás, Amanda?» pensaba.
Y ahí volvía a surgir una escena persistente que aparecía en su cabeza: se trataba de su adorable y fiel esposa acomodada a cuatro patas en la orilla de un colchón. Detrás de ella surgía Milton sujetándola del culón y taladrándola violentamente.
«Dale…. Daleeee…. Daleeeeee asíiiii Milton asíiiiiii»
«Vamos, puta, grita, gime, que te escuche el cornudo de tu marido donde quiera que esté»
Y su esposa le hacía caso a su amante. Gritaba más fuerte, y se sacudía más encima de la cama.
«¡Ay cabrón! ¡Qué bien que me la metes! ¡Qué bien que mueves la verga dentro de mi coño hambriento!»
«Brama, puta, brama como perra, que te escuchen los vecinos. Que sepan que está taladrando el coño un macho de verdad.»
Y Amanda pegaba de gritos, lanzando obscenidades que nunca habían salido de su boca. Berreaba como una cerda en celo que estaba hambreada de verga. Maldecía al cielo mordiéndose los labios. Aullaba como perra, tal y como su macho se lo ordenaba. Amanda era obediente, sumisa y zorrona.
Josué la imaginaba sudorosa, con el rímel corrido, los labios deshechos, el coño escocido. Las nalgas sacudiéndose sobre las piernas de su amante. Sus tetazas bamboleándose para todos lados. Sus cabellos rojos mojados producto del sudor de la cogida. Josué martillándola duro. Y Amanda soltando de alaridos, comportándose como una cualquiera, tal y como nunca se comportó en la cama con él.
«¡NOOOOOOOOOOOOOOOOO!» Gritó Josué en determinado momento, cuando ya no podía parar de atormentarse imaginando cosas que era probable que no fueran ciertas salvo en su cabeza. Salvo en su puta y estúpida cabeza.
—No. Amanda nunca me haría esto. Me debo de tranquilizar.
Josué estaba harto de tanto especular. Ya no podía con la angustia. Se estaba comiendo la uñas. Sudaba frío. Estaba muy inquieto y alarmado. La oscuridad de su cuarto lo ahogaba mucho más. El televisor no lo entretenía. Por eso no le quedó más remedio que armarse de valor, tomar el teléfono del buró, ver que ya eran las 2:20 de la madrugada y decidirse por llamar a su mujer.
Josué creyó que Amanda no tenía por qué enfadarse con él por eso. No la estaba controlando, sólo quería saber cómo estaba ella, ¿qué de mal había con eso? Amanda no podía culparlo de ser un puto controlador. Guiados por la lógica, ya era tarde.
Si su mujer era consciente de eso no podía extrañarse de que su marido se mostrara tan preocupado por ella, que no había tenido ni la decencia y educación de informarle si estaba bien.
Josué era lo único que necesitaba saber, que su esposa estaba en perfectas condiciones. Había salido de noche con amigas, pero jamás con hombres, era la primera vez que lo hacía. Él se conformaría, de momento, con escuchar su voz y saber que todo estaba en orden. Aunque también le ayudaría saber en dónde se encontraba en ese momento.
¿Seguirían en ese nuevo restaurante donde Milton se había ofrecido llevarla? Ojalá que sí, porque a estas horas, si no estaban en ese restaurante, ¿en qué otro jodido lugar podrían estar?
Josué no quiso pensar en ese otro destino. No podía pensar en ello. Así que la llamó una vez, pero nada.
Tiiiiiiiii Tiiiiiiiiiiiiii TIIIIII
Nada.
No hubo respuesta y Josué se congestionó de angustia. Miró el reloj, se secó el sudor de la frente e intentó una segunda vez cinco minutos después de la primera llamada.
Tiiiiiiiii Tiiiiiiiiiiiiii TIIIIII
Pero de nuevo el teléfono después de timbrar varias veces lo mandó a buzón. Salió la operadora diciendo que dejara un mensaje en el buzón de voz. Josué ya muy desesperado, volvió a intentar, y gracias a Dios fue a la tercera llamada, cuando ya eran las 2:28 de la madrugada, cuando ella respondió:
—¿Cie…lo? ¿togo bieng?
¡Cristo Dios! ¿Qué era esa voz tan atascada?
—¿Amanda?
Por respuesta oyó un terrible sonido de fondo que dejó a Josué perplejo.
“Glup glup glup glup”
—¿Amanda, eres tú?
“Glup glup glup glup”
—¡Amanda!
Chasquidos. Muchos chasquidos. Algo pegajoso. Un sonido húmedo con la boca.
A Josué se le crisparon los pelos ante lo que oía y el aire se le escapó.
—Amanda, Amanda, ¿eres tú?
—¿Qué pasga amogr?
De nuevo ella. Esa voz distorsionada. Poco clara. Esos sonidos sicodélicos. Esa voz tan congestionada. Josué experimentó una punzada fría. Nuevos “Glup glup glup glup” rompieron la armonía del sonido del teléfono y lo hicieron helarse.
—¿Pero dónde estás mujer? ¿Has visto la hora que es?
Y de fondo una risilla varonil, lejana. ¿Era Milton burlándose de él? “Glup glup glup glup” se oyó como respuesta. Y más chasquidos. Muchos más chasquidos. Más sonidos húmedos con la boca.
—¡Pero Amanda, ¿me vas a responder?!
Josué tenía la presión muy alta. Pum Pum Pum. Su corazón. Y de fondo chasquidos. Léperos sonidos de algo que se absorbe y luego se escupe. Una boca muy abierta y mojada.
—¿Qué pagsa cieglo?
—¿Dónde estás?
“Glup glup glup glup”
—Comiengggdo.
Un “jajajaja” a la distancia. Era Milton, no había error.
—¿Pero qué estás comiendo que te ahogas? ¿Me puedes decir por qué estás hablando así?
“Glup glup glup glup”
—¿Amanda? ¿Qué estás comiendo?
“Glup glup glup glup”
“Glup glup glup glup”
—¡Amandaaaa!
—Chog---rizo.
—¿Chorizo?
“Jajajajajaja” otra vez las risas de su amante.
Josué se puso caliente de la cabeza. El corazón podría habérsele explotado dentro si no respiraba bien. Tenía pánico. Era una terrible humillación. Josué no era tonto en lo absoluto. Él sabía lo que estaba ocurriendo del otro lado del teléfono, y le dolía en lo más hondo de su corazón saber que su dulce Amanda se estuviera prestando a esta degradante escena.
Era inconcebible. No podía ser verdad. Y sin embargo, allí estaban esos sonidos lúbricos de una boca chapoteando sobre algo.
«No me puedes estar haciendo esto, mi amor, no puedes» pensaba Josué en su cabeza, llorando en silencio. ¿Dónde quedaban las promesas que se hicieron en la iglesia ante Dios? ¿Dónde quedaba el amor que ella decía tener por él? ¿Dónde quedaba el respeto que se prometieron en el pasado? ¿Tan insatisfecha estaba su esposa para caer tan bajo con su psicoanalista? Y él, un puto aprovechado de mierda. Se podría ir a la cárcel por eso, por manipular a su esposa aprovechándose de su vulnerabilidad. Pero el hombre llega hasta donde la mujer dispone, y si Amanda estaba allí, haciendo eso, era porque…
—Cagiño, ¿ya te comigste tu sangguich? —se interesó Amanda por saber.
—Sí, ya, pero…
—Mhhhh, qué rico está este chorizo amor —contestó Amanda sacándose de la boca lo que sea que tuviera dentro—, su sabor, su textura, mmmhhh deli deliii, nunca había probado algo parecido, mi bebé.
A Josué se le pusieron las orejas calientes. ¿Se refería… a la verga de Milton?
—¿Estás hablando del chorizo, querida?
—Sí, claro, ¿de qué más? Si tan solo lo vieras, a lo mejor a ti también se te antojaría. Es muy grande, ¿sabes, amor? Es deliciosamente grande y gorda, Hummm, apenas me cabe en la boca, ya van varias veces que me atraganto.
—¿Pero cómo te vas atragantar, Amanda? ¿Por qué no te lo comes por pequeños pedazos?
—No se puede, mi adorable bonito, esta clase de chorizo se tiene que comer entera.
—¿Cómo que se tiene que comer entera? No puede ser.
—Sí, bébé, tengo que darle grandes bocados, pero hace rato por poco me ahogo, sino fuera por Milton te juro por Dios que me hubiera atragantado.
—¿Si no fuera por Milton estás diciendo?
Qué descaro con Amanda, que puto descaro.
—Sí, cariño, Milton tuvo que sacarme el chorizo dela boca para poder respirar, ¿no ves que tenía la punta atorada en mi garganta? Si vieras el aguazal que salió de mi boca espumosa. Fue terrible, bebé, te juro que fue terrible.
Josué permanecía paralizado con el teléfono en la oreja. No daba crédito a lo que oía.
—¡Entonces deja de comer esa porquería, Amanda!
—No puedo, bebé, te lo juro que no. Tengo hambre y aún no me he saciado. A pesar de atragantarme no puedo dejar de comerlo, es demasiado bueno. Es en serio cuando te digo que nunca probé algo igual.
¡Mierda! Sus peores temores se estaban volviendo realidad. Y Josué pensaba en esto y las lágrimas se derramaban por su cara. Amanda no podía escucharlo llorar o quedaría como un pusilánime. Aunque sí lo era. Tampoco podía darle la satisfacción al hijo de puta de Milton de saberlo derrotado y denigrado.
—Quiero que vuelvas, Amanda, es tarde —dijo.
Pero Amanda ya había vuelto a tragar.
“Glup glup glup glup” “Glup glup glup glup”
—¡AMANDAAAA!
Josué podía escuchar perfectamente el sonido de una obscena mamada, oyendo cómo ella succionaba una polla, cómo la llenaba de saliva, de babas, de espuma. Pero también, Josué sabía que tenía que hacerse el tonto para no perderla. Si le reclamaba algo Amanda podría enfadarse con él y abandonarlo.
Y para no quedar como un perfecto pendejo, que lo era, se quedó callado, completamente abatido.
—¿Amanda?
—Ahoga no pueggooo hablag cagiñoo. Quizagz mág tagdee...
Josué no entendía cómo Amanda podía ser tan cruel para ni siquiera tener la decencia de sacarse lo que sea que tuviera metido en la boca y así poder responderle como Dios manda. «Un poquito de respeto, Amanda, que soy tu marido, ¿por qué me haces eso? ¿Por qué me humillas así y, peor, delante de ese pérfido psicópata?»
—Sólo quiero saber cómo estás, cariño.
Su respuesta fueron los “Glup glup glup glup” Chasquidos. Muchos chasquidos. Algo pegajoso. Un sonido húmedo con la boca.
¿Cuándo se había convertido en este monstruo que era ahora? La culpa la tenía Josué, sí, por su conducta en el pasado. Pero ahora había más culpa en Milton, que con su capacidad sicoanalítica la estaba degenerando.
—¿Podrías dejar de sacarte ese---- maldito chorizo y responderme? Que no te entiendo.
“Jajajajaja” ¡Puto Milton de mierda!
“Glup glup glup glup”
Y aparecieron horrorosos sonidos mucho más intensos que antes. Esta vez percibió gemidos. Se le iba el aire. Nuevos chapoteos. Se lo metía a la boca. Se lo sacaba, chapoteos. “Glup glup glup glup” A Josué no lo podían engañar, cada segundo que pasaba confirmaba que su mujer se la estaba mamando a Milton. Amanda estaba a merced de Milton, y en ese momento estaba empachándose la boca con su maldita verga.
—Sólo dime cómo estás, maldita sea.
Por el profano sonido, Josué casi la podía ver con la boca llena de burbujas de saliva, escapando pegotes de fluidos, babaza y pre semen por las comisuras. Josué se preguntó si ella misma se estaba apoyando el teléfono en la oreja con una de sus manos, o si el perverso de Milton la estaba ayudando para mayor humillación del cornudo y ella tuviera las manos libres para acariciarle los huevos.
Cualquiera que fuera la realidad, lo único cierto es que en ese preciso momento, su amada y dulce esposa le estaba chupando la verga a otro hombre. Que es lo mismo que le estaba poniendo los cuernos. Y cuánto dolor sentía Josué por saberlo. Por intuirlo.
Sin ver, Josué veía a su tierna esposa dándole bocados a la verga de Milton, donde el cabrón debía tenerla de rodillas, empujando su cabeza hacia su pollón, con su glande golpeándole la garganta. Eso explicaría los obscenos sonidos.
A caso también le estaba chupando las bolas y dándole de lamidas, intercalando una y luego la otra. A caso con sus manos le apretara las duras nalgas al cabrón, comparando las nalgas y cuerpo flácido de su marido que se reducía a ser un despojo humano, y tan débil como consecuencia de la nula movilidad durante meses.
Josué a esas alturas del partido ya podía caminar, es cierto, pero lo hacía con mucho dolor y dificultad. Y ahora más que nunca quería recuperar su vida de antes. No podía dejarse vencer. No podía seguir siendo un costal de huesos mientras otro le arrebataba a su dulce mujer.
—Amanda, vuelve por favor.
A Josué no le quedó más remedio que suplicar. Y como un cornudo resignado, ahora ya sólo le pedía a dios, por favor, que Amanda no continuara.
“Qué solo sea una mamada, que sólo sea una mamada, que sólo sea con la boca, que no se la vaya a coger, por favor, que no la abra de piernas.”
Y Josué se sentía terrible al saber lo humillante que era no enfrentar a Amanda, sino más bien rezar al cielo para que Milton no la abriera de piernas y la descastara.
Josué creía que si la convencía de volver, Milton ya no la penetraría. No tendría tiempo para meterle la verga en su fiel vagina. Ella volvería de inmediato y Amanda sólo habría pecado entonces con la boca. Pero no con la concha. No con el coño. Eso debía de valer algo.
Y pensarlo así lo volvió a sumir en la desesperación, sabiendo lo ridículo que se veía pensando en esas cosas. Ya era un cornudo, de eso no había ninguna duda. No hacía falta que le metieran la verga para serlo. Lo era ya y eso ya era una terrible humillación. Se puede ser cornudo incluso con el pensamiento de tu pareja.
—¡Amanda, por favor!
“Glup glup glup glup”
Después de tantas humillantes súplicas, su esposa al fin pareció sacarse el rabo de la boca, porque su voz sonó con claridad.
—Deja de estar chingando, Josué, si no tragas, déjame tragar a mí. Ya duérmete, carajo, y no me esperes despierta, que todavía tengo mucho chorizo por comer.
Y para colmo otra terrible carcajada de su amante “JAJAJAJAJAJAJA.” Y eso era lo que más le calaba. Que el imbécil ese se burlara de él y que Amanda se lo consintiera.
Ni tiempo le dio de responderle nada porque Amanda colgó la llamada.
—¡AMANDA!
Josué tiró el teléfono en su costado de la cama y se echó a llorar como un niño de brazos. Amanda nunca le había de esa manera. Nunca le había gritoneado así. Nunca lo había insultado de esa manera, ¿por qué ahora?, ¿por qué tanta crueldad? ¿Por qué tanto sadismo? ¿Por qué delante de él?
—La oí borracha, eso, eso, está borracha, por eso me habló así de golpeado —la justificó como todo cornudo que no es capaz de aceptar su realidad.
¿Qué iba a ser de él si Amanda lo abandonaba? No tenía más familia que ella. Amanda era su todo. Por eso, para mayor indignidad, tenía que portarse bien con ella. Tenía que resignarse a su abominable falta de respeto aun si esto implicaba tremenda degradación.
Tenía que resignarse a ser un cornudo hasta que… Hasta que ella se hartara de Milton, o Milton se hartara de ella. «¿Por qué me has hecho esto, Amanda, si yo te amo tanto?» Lloraba Josué.
Lo que más le dolía era que su esposa lo estaba tomando por estúpido. Era inverosímil que alguien pudiera creer tal afirmación de que estaba comiendo Chorizo, aunque sí que lo era si hablamos de doble sentido. A Josué ya no le indignaba tanto la mamada, sino el descaro de su esposa y de ese cabrón que no había dejado de meterle el pito en la boca mientras ella hablaba por teléfono con su marido.
¿Ni un poco de respeto sentía por él?
Josué se la podía imaginar en el coche, en un motel, en no sé dónde, de rodillas, con la boca bien abierta, con la lengua de fuera, chupando esa verga ajena. Podía imaginar su boca destrozada, manchada de labial, haciendo borbotones de espuma y mecos.
Y a Josué le dolía todo aquello.
«¿Cómo se estará burlando de mí ese hijo de puta?» pensaba, limpiándose el lagrimal.
Se echó de lleno sobre el cabezal de la cama, sobre las almohadas y decidió cerrar los ojos.
Sea como sea, estaba seguro de que ella en algún momento de la madrugada tendría que volver. Claro que tendría que volver. Y entonces sería nuevamente suya.
Cuando menos acordó, se fue quedando dormido, mientras susurraba como canción de cuna «por favor, Dios, que no se la coja, que no se la coja, que no se la coja…»
Y Josué tuvo horribles pesadillas mientras dormía. Pesadillas que quizá, con el tiempo, se convertirían en realidad. Pero… al final, sin siquiera notarlo, la punta de su pene comenzó a tirar fluidos preseminales, ¿por qué?
LA HISTORIA SIGUE
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