Mi esposo traidor, me entregó a un desconocido
Lleva veinte años casada y siente que la pasión se ha enfriado. Cuando su esposo le propone algo imposible, la frontera entre la traición y el placer se desdibuja. Ahora, una noche en un hotel y la presencia de un joven desconocido cambiarán todo.
Soy una ama de casa, estoy entre los cuarenta y los cincuenta años, morena, de estatura media baja, me considero bonita, cuido mi cuerpo, hago ejercicio, como saludable y de vez en cuando visto sexy para presumir mis atributos. Los chicos jóvenes siempre están coqueteándome, y me acosan mucho por las redes sociales. Llevo casada casi veinte años. Mi esposo es un hombre trabajador, responsable, aunque por el paso de los años ha descuidado su físico y ya no me atrae tanto como antes, lo sigo amando. Sin embargo, he de admitir que ya no es capaz de satisfacerme en la cama, como solía hacerlo en el pasado.
Mi esposo inevitablemente ha notado que cada vez me cuesta más llegar al orgasmo, y aunque probamos siempre nuevas experiencias, mi libido no se despierta lo suficiente.
Tenemos tres hijos, ya finalizando su adolescencia, por lo que de vez en cuando los dejamos solos en casa y nos damos una escapada, intentando salir de la rutina, en un esfuerzo por mantener viva la llama del deseo.
En cierta ocasión, mientras nos encontrábamos en un hotel por hora, estábamos acostados, desnudos, intentando tener relaciones, pero sin lograr concentrarnos en el acto. Mientras mirábamos el horizonte, mi esposo, con cierta frustración dijo.
—He notado que ya no puedes llegar al orgasmo conmigo.
—Me siento estresada — le contesté, en un intento de justificarme.
—He estado pensando, si tal vez necesitas a un hombre más joven y vigoroso, que haga por ti lo que yo no puedo— me replicó mi esposo.
En ese momento, me sentí ofendida, y a la vez sentí desconfiada. Por un momento, pensé que tal vez mi marido tenía a otra mujer, o ya no era lo suficientemente atractiva para él, y estaba buscando una oportunidad para abandonarme.
Con el ceño fruncido y una evidente molestia, le dije —Si quieres una excusa para tener otra mujer, mejor dímelo, sin rodeos.
Mi esposo, con un tono amable, añadió —Esas no son mis intenciones, yo soy feliz a tu lado, pero desde hace tiempo he sentido curiosidad por verte plenamente satisfecha sexualmente.
Yo no supe que contestar, así que me quedé en silencio, acostada, viendo al techo de la habitación.
Mi esposo rompió el silencio, sacando su móvil, y con cierta picardía, dijo —He compartido tus fotos en lencería, en un grupo cuckold—, mientras me mostraba las fotos compartidas, las cuales nos habíamos tomado en nuestra intimidad. Afortunadamente, al menos censuró mi rostro.
Yo inocentemente, pregunté —¿Qué es cuckold?
Mi marido procedió a explicarme los pormenores de la palabra y sus implicaciones, a lo que yo, indignada, le respondí —Eso es inmoral, además ¿te has puesto a pensar en las enfermedades?, y que dirían nuestros hijos si se enteran.
Mi esposo, procedió a mostrarme fotos de algunos chicos, diciendo —Estos son los singles más jóvenes y guapos que han escrito, interesados en tí— mientras arrastraba su dedo, mostrando una serie de fotos. A decir verdad, los chicos que me estaba mostrando lucían muy guapos. Me sorprendí de que conociera mis gustos en hombres, ya que todos los que me mostró realmente eran de mi gusto. Es evidente, en casi veinte años de matrimonio, siempre se escapa un “que guapo ese chico”, o alguna mirada lujuriosa por la calle, entre otras situaciones que evidenciaron mis gustos.
No obstante, mientras me mostraba a los chicos, hubo uno en especial que al verlo me produjo un sobresalto, y de una forma inconsciente, sin pensar en las consecuencias, puse mis dos dedos en la pantalla del móvil para agrandar la foto. Era un chico joven, delgado pero robusto, moreno claro, de brazos gruesos y bien trabajados, espalda ancha, abdomen marcado, y con un miembro realmente impresionante. Rostro delgado y juvenil, sin barba ni bigote, cabello medio hasta las orejas, ondulado, muy sensual.
Mi esposo inmediatamente hizo una expresión picaresca, como diciendo “lo logré”. Yo al notarlo me hice la orgullosa y me volteé, viendo hacía el lado contrario.
Luego de una plática de menor importancia, procedimos a vestirnos para continuar con nuestra rutina diaria.
Entre las actividades de mi rutina diaria, me gusta ir al gym por las mañanas, y luego desayunar en una cafetería que se encuentra junto al gimnasio, en donde sirven comida saludable. De pronto, un día apareció en la cafetería el chico de la foto. Supongo que mi esposo le dijo dónde encontrarme, y seguramente, sin mi autorización, le dijo que me había gustado. Me saludó educadamente y se presentó, me dijo su nombre, y me dijo que mi esposo le pidió que me saludara. Yo naturalmente me sentí incómoda, pero no pude evitar cierto interés, pues lucia muy guapo, como en la foto, y era bastante alto, como de un metro con ochenta y cinco centímetros. Yo apenas le llegaba al pecho, y no pude evitar imaginar como un hombre como él, me trataría como su muñeca en la cama, y sobre todo, sabiendo que por las fotos que mi esposo compartía, el chico ya me conocía hasta el alma. Después de saludarme, al notar mi incomodad, el chico se despidió y procedió a retirarse. Yo me quedé pensativa, avergonzada, y agradecida de que ninguna amiga haya presenciado esa escena.
En una de nuestras escapadas maritales, mi esposo me dijo.
—Por favor, llévate lencería muy sexy, unos tacones muy sugestivos y quiero que te arregles y peines muy linda, te quiero tomar unas fotos para subir al grupo.
Yo, con resignación, le dije —Esta bien, te permitiré exhibirme en tu grupo, pero no manches mi reputación.
Al llegar al hotel, fui al baño, empecé a arreglarme. Quedé muy linda, hasta me sorprendí de verme tan linda, y me excitaba la idea de que los chicos del grupo me morbosearan. Me puse un conjunto de lencería blanca, con encaje, medias de encaje, tacones altos y destapados para dejar ver mi pedicure y la pintura de mis uñas.
Luego de un largo tiempo arreglándome, salí y le sonreí a mi esposo, quien quedó asombrado con mi apariencia. Procedimos a tomar algunas fotografías en las poses más sexualizadas que alguna vez haya hecho. Por alguna razón mi mente se empezó a abrir a esas nuevas experiencias.
De pronto, alguien tocó la puerta del hotel. Inmediatamente, supe lo que estaba por suceder, me puse furiosa con mi esposo, me sentí traicionada. Mi esposo abrió la puerta, y como lo sospeché, era el chico de la foto.
Me saludó muy amablemente, y al notar mi descontento me pidió disculpas por aparecer así repentinamente y sin avisar.
Yo, no supe que hacer en ese momento, ya que un lado de mi quería gritar y pedirle a ambos que se retiraran, pero por otro lado, sentía que tenía esa oportunidad de tener a un hombre tan idealizado en mi cama. Nunca en mi vida, había siquiera tenido una cita con un chico así de varonil, fuerte, alto y guapo.
Mi esposo inmediatamente dijo —Él solo viene a ver, tal vez haciendo algo de exhibicionismo nuestra vida sexual vuelve a despertar.
Evidentemente era una excusa de lo más absurda. Sus intenciones eran muy evidentes, pero encontrándome en esa encrucijada, no pudiendo decir que no, pero obviamente tampoco pudiendo decir que sí, por mi dignidad de mujer, decidí acceder, advirtiendo con un dedo amenazante que si el chico se atrevía a tocarme no se lo perdonaría a ninguno.
Puse mis reglas desde un principio, advertí que el chico solo podía ver, y podía tomar algunas fotografías, pero solo en nuestros dispositivos.
Empecé a besarme con mi esposo, sentandos en la cama, lo cual hice de forma muy apasionada. Realmente, el plan de mi esposo estaba funcionando, ya que me sentía muy excitada y deseada, pues el chico me miraba con una enorme erección que atravesaba fácilmente su pantalón deportivo, y su líquido preseminal ya había atravesado su ropa, dejando ver lo mojado que se encontraba.
Después de besos y toqueteos, monté a mi esposo, un poco incómoda porque un extraño estaba a punto de ver mi vulva desnuda, pero resignada porque ya había aceptado. La sensación que me produjo la penetración de mi esposo realmente era muy fuerte, no solo porque yo estaba muy excitada, sino porque mi esposo evidentemente tenía una potencia de erección que no había mostrado en mucho tiempo.
Estuve montando deliciosamente a mi esposo un tiempo, pero no dejaba de pasar por mi mente la necesidad que había crecido poco a poco en mí, de tener el miembro de nuestro espectador adentro. Nunca había sentido dentro de mí un miembro de ese tamaño, y además su portador era un chico muy amable y guapo.
Esperaba con ansias que a mi esposo se le ocurriera algún plan para poder permitirme follar con el chico, sin sentirme una mujer fácil pidiéndolo, o aceptándolo directamente. En el fondo, sabía que mi esposo era un hombre ingenioso, y no me iba a decepcionar.
Finalmente, mi esposo sugirió que me vendara los ojos, ya que, según él, con los ojos vendados iba a sentir menos vergüenza de que el extraño nos viera, y me iba a liberar sin tapujos, para que nuestro espectador pudiera gozar con mayor libertad de la escena. Así lo hicimos, mi esposo me vendó los ojos y me colocó en cuatro, a la orilla de la cama. Acto seguido empezó a penetrarme, yo ya estaba mojadísima, goteando todo a su paso, imaginando como el chico finalmente me convertía en una hotwife.
Pasado un rato, mi esposo dijo —no quiero terminar todavía, hoy estas muy rica y me cuesta aguantar— la sacó de mi chochito y empezó a somatar la punta de su pene sobre mis nalgas. En esos momentos estaba tan excitada que hasta esa acción me hacía gemir de placer.
Después de eso, dijo "voy a poner algo de música". Encendió un parlante y puso algo de música electrónica. Luego, sin mediar palabra alguna, se acercó y empezó a masturbarme el clítoris mientras yo seguía en cuatro, sedienta de más sexo como una perra en celo. De pronto sentí como estaba a punto de penetrarme otra vez, pero realmente yo ya no quería que mi esposo me penetrara, no podía aguantar más las ganas de tener al chico desconocido adentro, estaba muy próxima a quitarme la venda y decirle expresamente al chico que por favor era su turno de follarme.
Mientras mi esposo empujaba su pene dentro de mí, sentí un ardor tremendo en la entrada de mi vagina, como si me quisiera meter una mano entera, lo que me hizo saltar y alejarme. —No seas brusco mi amor— le dije gimiendo y quejándome de dolor, sin recibir respuesta alguna. Volvió a empujar un poco más, pero de nuevo el intento de penetración fue infructuoso y volví a saltar por el dolor, como reacción natural de mi cuerpo. Esta vez, el objeto que me estaba penetrando rebotó sobre mis nalgas por el salto, por lo que en forma inmediata noté que no era una mano, ni un juguete. Finalmente, sonreí de emoción y picardía, era el exquisito y jugoso pene de nuestro espectador.
Estando enterada de lo que realmente estaba aconteciendo, pero haciéndome la tonta para no verme como una zorra fácil, me puse firme, respiré profundo y decidí aguantar el dolor, para poder permitir que el chico lograra su proeza.
Nuevamente, acercó su enorme miembro a la entrada de mi vaginita, empujó sus caderas, y sentí como entró la punta del glande. Pujé, respiré, apreté la cara, y gruñí como si estuviera pariendo un hijo, pero me aferré firmemente a no dar nuevamente un salto que estropeara los avances logrados.
Escuché como la persona que me estaba penetrando, tomó un objeto, escuché el sonido de una rosca abriéndose, y posteriormente sentí un líquido frio que cayó en la entrada de mi vagina. El chico, sin alejar su rica verga de mi chochito adolorido, se untó ese liquido misterioso alrededor de su miembro, y posteriormente lo frotó con sus dedos en toda mi vulva. Supongo que era lubricante.
Así continuamos, él intentado, y yo aguantando, hasta que finalmente sentí que ya tenía el glande adentro. En esos momentos como toda una perra en celo, empecé lentamente a moverme de atrás hacia adelante, impaciente por sentir todo el placer que estaba por venir. Luego de un rato de un doloroso ir y venir, finalmente sentí como sus huevos ya podían rosar mi vulva, me sentí aliviada, pero ya no podía aguantar más a que mi chochito se acostumbrara lo suficiente, para poder darle todo el amor que ese miembro delicioso se merece.
Luego de unos segundos de tenerla enterita adentro sin hacer ningún movimiento, solamente dilatándome poco a poco, finalmente llegó el momento que estaba esperando, el chico empezó a entrar y salir, aunque muy suavemente, pero lo suficiente para producir un placer indescriptible que no había sentido nunca antes. Era una sensación increíble, un cosquilleo que iniciaba en mi vagina, pero se extendía a todo mi cuerpo. Una sensación de presión, dolor y mucho placer. Mi esposo jamás me había hecho sentir algo parecido.
De pronto, el chico empezó a penetrarme con más violencia, sus huevos empezaron a chocar contra mi vulva, y mis nalgas empezaron a aplaudir. Cuando su rica verga entraba entera violentamente dentro de mí, sentía un agudo dolor como si topara en alguna parte dentro de mí, pero el placer era tal que ignoraba toda sensación de molestia.
Luego de un rato, el chico me volteó hacía arriba y se acostó sobre mí. Lo toqué, toqué esos brazos trabajados, ese abdomen marcado, y lo abracé queriendo aferrarme de esa espalda tan ancha que mis brazos apenas eran suficientes para lograrlo. No pude evitarlo, y lo besé en la boca, metí mi lengua dentro de su boca. Era tan fuerte todo lo que sentía en todo mi cuerpo, en mis labios, en mi boca, en mi cuello, que finalmente exploté, tuve un orgasmo tan fuerte como no lo había tenido en décadas. Sentí como expulsé tanto líquido, que se me mojó hasta la espalda, mientras gritaba, me retorcía de placer y lo besaba incansablemente. Después de eso el chico, en silencio sin pronunciar palabra alguna, siguió moviéndose cada vez más rápido y con más fuerza, mientras yo a pesar del ardor no podía dejar de gemir y gozar. De pronto, sentí una presión fuerte en mi vagina, el chico estaba a punto de venirse. Como buena putiesposa en celo lo abracé con las piernas, quería sus palpitaciones dentro de mí, hasta que el chico estalló, en una mezcla de gemidos, jadeos, besos y sonidos de cuerpos chocando. Mientras el chico terminaba, me penetraba con fuerza como si quisiera llegar hasta mi útero, sentí como un chorrito a presión salía dentro de mí. Seguí besando al chico, pero ya estaba un poco dudosa dentro de mí, pues sentir ese chorrito me había desconcertado
Cuando el chico sacó su exquisita verga dentro de mí, sentí como una gran cantidad de esperma se desbordó de mi vagina, y chorreo por entre mis nalgas, paso sobre mi ano y llegó hasta mis nalgas. La sensación de tener dentro de mí a los hijos de un hombre tan guapo, fuerte y varonil, me produjo mucho placer, me hizo sentir una mujer joven, deseada, y una puta cuya única función animal es reproducirse con un macho de tal categoría.
Por supuesto, le reclamé a mi esposo por permitir que un hombre me hiciera suya sin protección alguna, pero luego de eso ambos me explicaron que ya lo llevaban planteando mucho tiempo, y me mostraron una serie de chequeos que realizaron y me dejaron más tranquila.
Después de eso estuvimos un rato juntos desnudos, platicamos, y mientras compartíamos palabras, el chico empezó a tener nuevamente una erección. Yo quede embobada por el tamaño de ese miembro, nunca había visto algo así en persona, mas que en la pornografía.
Cuidadosamente, esperando quizá una reacción negativa, el chico se acercó un poco a mí, a sabiendas de que su miembro me tenía embobada. Yo ya desinhibida por el momento, lo tomé entre mis manos. No lo podía creer, al rodearla con mi mano, mis dedos no eran capaces de tocar sus yemas entre sí. Así de gruesa era.
De pronto, nuevamente se encendió la chispa dentro de mí, y empecé a acariciársela. El chico, se levantó, y se puso frente a mí, para que yo pudiera hacer lo que se me antojara. Indudablemente empecé a besar y a lamer su deliciosa verga, aunque meterla por mi boca era muy difícil, ya que era demasiado ancha para entrar por mi fina boquita. Así que me concentré en lamerla y masturbarla, hasta que, sin que transcurriera mucho tiempo, el chico se vino dentro de mi boca. Yo, que siempre había sido una mujer reacia a tener semen en mi boca, en ese momento me convertí en toda una puta, y no pude evitar tragármelo, como queriendo darle un mensaje indirecto al chico, diciéndole “soy tu puta, y me someto a ti”.
Vimos el reloj, y ya era tiempo de retirarnos a nuestros respectivos hogares, nos arreglamos, y nos despedimos. Por supuesto, me despedí del chico con un beso de lengua, como corresponde.
He de decir que fue una experiencia maravillosa, y agradezco mucho a mi esposo permitirme vivirla.
El chico, me visitó algunas veces en la cafetería, donde yo, lo admito, esperaba su llegada. Compartimos nuestros contactos, empezamos a salir, y con el paso de los días y el aumento de la confianza, me convertí en su puta, en su perra, en su depósito de leche, tenemos relaciones con bastante frecuencia y el me hace suya como si yo fuera su muñeca sexual. Y aunque mi esposo no lo sabe, él no puede quejarse, pues él empezó con esto.
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