Mi nueva vida con Amanda [02]
Josué yace inmóvil en la oscuridad, escuchando los gemidos reprimidos de su esposa a su lado. No puede tocarla, no puede satisfacerla, y cada vez que ella se toca, él se siente más pequeño. Pero lo peor no es la soledad en la cama, sino saber que la mujer que ama está construyendo una intimidad prohibida con el hombre que vive justo encima de ellos.
CAPÍTULO 2
Días después de que Amanda inició con sus consultas privadas, Josué comenzó a notar que su esposa se tocaba en las madrugadas más frecuentemente que antes, cuando ella creía que él estaba dormido. Josué se daba cuenta que su insatisfecha mujer, tendida a su lado, se abría de piernas y empezaba a jugar con sus dedos dentro de su góndola.
Oía sus agitadas respiraciones con verdadera impresión. Sentía los movimientos circulares de su mano derecha atizando su humedal. Era capaz de percibir cómo su piel traspiraba y cómo ella intentaba reprimir sus gemidos para no despertarlo. Eso era lo más humillante, que a pesar de todo, Amanda le tenía lástima.
Y a Josué le daba mucha vergüenza que Amanda se masturbara en su propia cama, pues se sentía minimizado de que ahora tuvieran que ser los dedos de su esposa y no su pene quienes le provocaran ese placer.
«¡Aawwww!» «¡Ohhh!» «¡Mmmm…!»
Cada gemido era una aguijonada en lo más profundo de su orgullo. Lo peor es que no podía reclamarle nada en absoluto. Después de todo, Amanda simplemente estaba ejerciendo su derecho de satisfacerse así misma dado que él no podía darle esa complacencia.
«Oh, Amanda, mi vida… cuánto lo siento» lloraba Josué en silencio, mientras su cachonda esposa se pajeaba, salpicando su humedal todo a su alrededor.
En el fondo Josué lo entendía, o por lo menos intentaba entenderlo. Amanda tenía que apagar sus fuegos de alguna forma. Y a falta de su verga, los dedos eran buenos. Amanda tenía sus necesidades. Y por eso Josué no decía nada. Apechugaba. Se resignaba. No le quedaba más remedio que ejercer resiliencia. Tenía qué conformarse. Además temía que al comentarle a Amanda que la había descubierto masturbándose, ella, por pena, dejara de hacerlo y terminara igual de amargada que él. Lo peor sería que ella en lugar de ofenderse le recriminara cosas horribles «¿y qué quieres que haga, Josué, si a ti no se te para esa mierdecilla?»
Lo que Josué sí dedujo fue que Milton, el psicoanalista, era el responsable de las nuevas rutinas nocturnas de su mujer. Milton, como buen versado de la mente, debía de haberla sugerido nuevas alternativas para aplacar sus calenturas. Josué se sentía capaz de adivinar las palabras que el doctor Milton le había dicho a su esposa:
«Tus dedos serán tus amigos a partir de ahora, Amanda, así que mastúrbate sin pena ni agobio. Es natural. La masturbación es una forma de satisfacer tus necesidades y de desfogar esos deseos sexuales que te oprimen el cuerpo.»
Y pensar en tal conversación ponía de mal humor a Josué, porque si Milton había tenido que recurrir a sugerirle sobre la masturbación, significaba que Amanda había tenido que llegar a la penosa necesidad de contarle que estaba insatisfecha sexualmente. Le habría dicho sobre nuestra desastrosa intimidad y cómo hacía meses que no tenía sexo con su marido porque mi pene no me funcionaba, cayendo a la conclusión de que por eso tenía calenturas nocturnas, y que necesitaba «una verga gorda, grande y dura que la saciara» o a saber qué le habrá dicho.
¿Cuánta confianza se tenían el par de cabrones para que hubieran llegado a esto? A hablar de sexo a sus espaldas. Eso lo tenía muy enfadado, pero en el fondo tenía la esperanza de que nada de lo que pensaba fuera real. Amanda no podía ser tan indiscreta.
Josué se negaba a pensar mal de ella, que siempre había sido una mujer reservada, juiciosa y honesta. Por eso se rehusaba a pensar mal de Amanda, su Amanda, de su sensual y voluptuosa pelirroja, pero resulta que desde que iniciaron sus terapias con el psicoanalista ese, el tal Milton Castrejón, lejos de sentirla más cercana a él (como había ocurrido al principio), Josué la sentía más lejana e indiferente.
En cambio, a ella la notaba más feliz que de costumbre. Pero Josué sabía que esa felicidad no se debía a él. Y eso le dolía inmensamente. Amanda había dejado de ser la misma esposa abnegada y atenta de antes. Recién pasó el accidente, ella se desvivía por Josué. Todo el tiempo lo llamaba por teléfono cuando ella estaba en la oficina para saber cómo se encontraba, si ya había comido, si ya había hecho sus ejercicios de rehabilitación o por lo menos si tenía alguna mejoría.
Ahora ya no había nada de eso. Todo era gris y distante. Antes, por las noches, Josué al menos sentía su mirada sobre él, aunque fuera por lástima o compasión. Amanda sobaba sus piernas, su espalda. Le untaba ungüentos para calmar el dolor y le contaba las cosas que había hecho durante el día, aunque a veces Josué no le respondiera.
Pero ahora que su esposa se había acercado mucho más a Milton, la sentía más fría. A veces era cariñosa, pero de la nada se volvía indiferente, como si Josué no le importara más. Y eso lo asustaba. Lo aterrorizaba demasiado, porque Josué la había enviado con el psicoanalista para no perderla, y, sin embargo, todo se había vuelto contraproducente, pues ahora sentía que la estaba perdiendo más pronto de lo que imaginaba.
No dejaba de preguntarse si había hecho mal en haberla orillado a buscar ayuda con el psicoanalista ese. Lo peor del caso es que Josué sabía que no podía reclamarle nada. No ahora que ella parecía más feliz y animada aunque esto significara que su esposa se le estuviera yendo de las manos. No podía reprocharle ni recriminarle nada ahora que sabía que cualquier ofensa de su parte hacia Amanda la alejaría más de él.
Y todo era muy jodido, porque Josué no tenía más familia que Amanda. Sus padres habían muerto hace mucho. Tampoco tenía hermanos, y de tíos o primos ni hablar. Los amigos, como todo, siempre se cuentan con los dedos, y ahora Josué desconfiaba de todo el mundo. Ni siquiera habían ido a verlo. Todo era muy jodido.
Las terapias de su esposa con el doctor Milton pasaron rápidamente de ser los martes y jueves, a ser lunes, miércoles y viernes, y Josué no se atrevió a pedirle a su esposa explicaciones sobre ese cambio. ¿Por qué había cambiado los días? ¿Por qué se había añadido un día más a las sesiones? Era todo muy raro.
«Oh, Amanda, ¿por qué te unes más a él mientras te noto más apartada de mí?» cavilaba en su mente.
Las terapias de Amanda solían ser de cinco a seis de la tarde los martes y jueves, y ahora que habían cambiado la dinámica de los días, además se habían extendido una hora, siendo de cinco a siete. Una hora más. O al menos
Josué pensaba que se había aumentado el tiempo de sus terapias porque llegaba mucho más tarde que antes.
Lo peor para Josué fue que recientemente se había enterado de que el apartamento del psicoanalista estaba justo en el piso de arriba del suyo. Y desde que se enterara, cada vez que escuchaba las pisadas en el techo, a Josué le entraba una especie de pánico.
¡En realidad le daba rabia todo lo que respectaba a él!
No había ningún indicio de que Amanda visitara el apartamento del psicoanalista, porque no había ninguna razón para que lo hiciera. Se supone que las únicas reuniones que tenían los dos eran en el consultorio del doctor de mierda, pero Josué no podía evitar sentir desconfianza cada vez que oía pasos en la planta de arriba, sobre todo cuando notaba taconeos y daba la casualidad de que Amanda por alguna razón no estaba en casa. Para más inri Josué sabía que ella, su Amanda, siempre usaba tacones para andar.
Pero para llevar la fiesta en paz con Amanda, ya no decía nada en su contra. Debía de callar. Pensar y callar. Pensar y saber cómo actuar.
Josué no solía interactuar casi nunca con el doctor Milton. Es más, no recordaba haber hablando nunca con él, salvo por algunas ocasiones que lo miró a lo lejos. Eso sí, Josué conocía la voz del susodicho, que era grave, muy varonil, y que coincidía con su corpulento cuerpo atlético y enorme, muy enorme, que había visto de lejos alguna vez.
Además Milton Castrejón era apuesto el miserable, y sus celos le estaban carcomiendo el alma.
El colmo de los males llegó un día por la tarde, en que Josué entendió que Amanda no solo se iba a conformar con ir a terapia a su consultorio tres días a la semana, durante dos horas, sino que, además, después de llegar de su terapia, le informó a Josué ¡que Milton la había invitado a cenar! Fue escandaloso, porque ni siquiera pidió una opinión a su marido, fue un rotundo «Cariño, esta noche Milton me invitó a cenar, así que no me esperes despierto.»
Para más inri ni siquiera lo había llamado «doctor Milton” sino Milton, sin más.
Josué mismo, sin saberlo, había empujado a Amanda a ese hombre que esa noche se la llevaría a quién sabe dónde a cenar, y a partir de ese suceso comenzó a temerle al cabrón, dado que un psicoanalista era capaz de manipular y dominar a su antojo.
Josué concluyó que Milton era hombre perverso que no sólo se había contentado con atropellarlo y dejarlo impotente, quitándole mucha de su hombría, sino que ahora, también… pretendía quitarle a su mujer.
«Hijo de las mil putas»
Josué era consciente de que si no quería perderla por completo, tenía que hacer de tripas corazón, o al menos, actuar con prudencia, tragando con todo… hasta saber bien cómo hacer para poder sobrevivir a eso.
—Oye, Amanda, ¿pero a dónde te va llevar exactamente?
—¿No adivinas, cariño?, me invitó al restaurante francés, ¿te acuerdas?, el que te dije que se puso nuevo hace semanas. Le ha apetecido visitarlo, y como no tiene con quien ir, me invitó. Me dijo que si era necesario pedirte permiso lo haría.
—¿Eso te dijo? —contestó Josué asombrado, sabiendo que eso era una treta del tipejo.
—Sí, eso me dijo. Todo un caballero, el hombre, pero le dije que no, porque… sé que no quieres tener ningún trato con él. Y sé que no te parece mal que vaya a cenar con Milton, ¿verdad cariño?
La respuesta de Josué fue quedarse como idiota durante un par de minutos, hasta que asintió con la cabeza.
—Está bien, Amanda, puedes ir con él.
Le subió un 00.1 por ciento el ánimo que al menos Amanda lo hubiera tomado en cuenta, más porque sabía que aunque no le diera permiso, su mujer de todos modos se habría largado con ese estúpido.
—Gracias, Josué, sabía que no tendrías ningún problema con ello. Le he dicho que has cambiado mucho últimamente, y Milton dice que esta nueva actitud que has adoptado nos hará bien en nuestra relación.
«Tengo razón, Milton habla con mi esposa sobre mí y nuestro matrimonio. Tengo que ser cauteloso.»
—Bueno, mujer, ¿y a qué hora se van?
—Vendrá por mí a las diez de la noche.
—¿No es un poco tarde para cena, Amanda?
—Obviamente no, tontito hermoso. Es buena hora. No te molesta ¿verdad?
—Pues no —que más podía decir.
—Eso pensé, mi bonito hermoso.
Le empezaba asustar que Amanda lo insultara a través de eufemismos de este tipo.
—Sólo digo que… habría sido mejor salir más temprano, Amanda. Ya sabes, entre más pronto se van, más pronto regresan.
—No tengas apuro por eso, bebé, estaremos bien.
Que Amanda le hablara como a un bebé tampoco lo ayudaba en nada, pues se sentía más inútil y ridículo.
—Mi bonito hermoso, antes de irme te dejaré la cena lista por si te apetece comer algo, que últimamente no cenas, bebé.
—Hummm. Okey.
Y una hora después allí estaba Josué, tendido en la cama matrimonial, haciendo como que veía el televisor, mientras su esposa salía de la ducha, en pelotas, mirando el reloj, y se dirigía al armario, en busca de la ropa de noche que luciría con el doctor.
Tenía tanto tiempo sin verla así, con su piel blanquecina al descubierto, y con diminutas pecas desperdigadas entre el rostro y el cuello que le proveían a su carita un dejo angelical: las tetas exorbitantes y carnosas, balanceándose como ubres de un lado a otro: su culo amplio y con nalgas firmes y redondeadas, rebotando como flanes. Piernas fuertes y largas. Caderas anchas y vistosas.
Pero la mayor impresión de Josué fue cuando enfocó sus ojos en el monte venus de su esposa y vio que tenía un depilado brasileño: la vulva completamente afeitada, dejando sólo una línea vertical de vello púbico que se interrumpía al inicio de la vulva, como actriz porno de los 90s.
—Mierda, Amanda, ¿y eso?
—¿El qué?
—Te… depilaste… el chocho.
—Ah, sí jejeje —se rio como quitándole hierro al asunto—, no creí que lo notaras, como últimamente apenas me miras.
—¿Cómo no voy a notarlo? Sólo tienes una raya de vellos en el pubis.
—¿Crees que se mira bien?
—S—í, no digo que no, pero, ¿por qué te lo hiciste?
—Está en tendencia.
—¿Tendencia? ¿Quién pone en tendencia el depilado de una concha, Amanda? No es como si la andes enseñando por ahí, ¿no?
—Tranquilo, bebé, no le des importancia. Me depilé así para--- pues para no sudar tanto en este tiempo de calores.
Josué estaba agitado. No lo convencieron las excusas de su mujer. Se quedó en silencio. Amanda ni siquiera parecía alterada por eso.
—Cariño, ¿crees que me vería bien si me pongo este vestido negro de noche? —le preguntó Amanda más tarde.
Josué levantó la mirada de nuevo y lo vio. El vestido que le señalaba se lo había regalado él para celebrar su aniversario hace dos años. Fue una noche de invierno cuando la invitó a cenar a su restaurante favorito y Josué le entregó la prenda en una bolsa de regalo.
Amanda esa noche lo miró, desconcertada, y le recriminó que fuese tan impropio para la ocasión.
—¡Es que está tan corto y tan untado que pareceré una prostituta, Josué! —se había quejado Amanda en aquella ocasión.
—¿Pero qué dices, Amanda? Si el vestido es muy decente. Se te verá muy bonito. Y si te da frío, puedes ponerte unas medias y unos ligueros.
—¡¿Has visto el escote, Josué?! Ni siquiera me queda. Mis pechos son demasiado grandes para este vestido. Si me lo pongo, siento que mis senos estallarán dentro de la prenda. Para que me quede, debería de hacer el intento de ponérmelo sin sostén, ¿pero te imaginas, yo con este vestido, sin sujetador, marcándoseme los pezones delante de los comensales? Y con el frío que hace, los pezones se me pondrán duritos, y se marcarán aún más sobre la tela. Y mira el largo del vestido, Josué.
—¡Te llega solo un poco más arriba de las rodillas, Amanda, por favor, no exageres tanto! Ya te di la opción de que lleves medias y ligueros, además eso te hará ver más sexy.
—¡Si no tuviera las nalgas tan grandes, seguramente me llegaría sólo un poco más arriba de las rodillas, Josué, pero lo abultado de mis glúteos hará que el vestido se me encoja en las piernas y el largo me llegue a los muslos! Estás loco si crees que usaré esto. Pareceré una mujer vulgar.
Y haciendo bola el vestido lo arrojó sobre la cama. Nunca se lo puso y lo dejó arrumbado en algún cajón.
Pero ahora, frente a la cama, además de que Amanda le enseñaba a Josué esa prenda sin estrenar, la cual sostenía con la punta de sus uñas pintadas de escarlata, el hombre podía admirar la hermosa desnudez de su esposa.
Amanda dejó el vestido en la cama, junto a los pies de su marido, y se fue al tocador para secarse el pelo con la secadora. La melena pelirroja le caía sobre la espalda.
—Te quedaste callado, bebé —le dijo ella sonriéndole por el reflejo—, no me has dicho aun si crees que me veré bien con este vestidito para la cena con Milton.
Josué tragó saliva, dolido, desmoralizado, terriblemente ofendido, con los ojos crispados, mientras observaba el minúsculo vestidito negro que un día ella le rechazó.
—Creí que no te gustaba el vestido, Amanda —le recordó él con un hilo en la voz.
Amanda, con una sonrisa inocente, le respondió:
—Nunca dije que no me gustara, ¿quién te dijo?
—Rechazaste ponértelo cuando te lo regalé en aquél momento, para nuestra cena de aniversario, Amanda.
—Es que era invierno, Josué. Ahora estamos en Julio, en verano.
—Pero… aquella vez me dijiste que no te entraría de los pechos. Que para ponértelo tendrías que prescindir del sostén. No pensarás ir… a la cena sin sostén, ¿verdad, Amanda?
Josué tembló de solo pensar que su respuesta fuera afirmativa.
—Compré unos parches, querido.
—¿Unos parches?
Amanda sacó una cajita del tocador, del que extrajo dos parches pequeños, ovalados, del color de su piel.
—Mira, son estos, son para los pezones.
—¡Pero Amanda!
—No te preocupes, bobito, con estos parches no se me verán los pezones. Milton apenas los notará.
Josué no pudo creer lo que su esposa estaba diciendo, ni que fuera verdad que se pondría en sus enormes tetas ese par de parches que solo le cubrirían los pezones.
—¡Pero Amanda… a lo mejor a Milton no le parece bien… que vayas vestida tan…!
—¿Tan qué? —le preguntó su mujer con un gesto de molestia—. ¿Tan qué, Josué?
—Tan nada. Digo que… bueno, podría sentirse incómodo.
—Para nada, Milton no es de los que anda de fisgón.
Amanda se puso en pie, y luego extendió el vestido negro sobre su cuerpo.
—Me quedará como un guante, ¿a qué sí, Josué?
—Pero Amanda… dijiste que ese vestido… era muy corto, que como estás muy nalgona, te quedaría bastante rabón… casi en los muslos.
—No pasa nada, cariño. Con este calor del verano, incluso de noche, creo que apenas lo sentiré cómodo.
Josué continuó pasmado. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Era demasiado el cambio que su mujer estaba experimentando de un día para otro. Más que una cena, Amanda parecía que se estaba vistiendo esmeradamente para una cita con su novio. Eso molestó a Josué, pero no pudo decirle nada.
—Me encanta, Josué, me encanta este vestido. Nunca te agradecí por él, pero lo hago ahora. Me gusta mucho. Definitivamente me lo pondré esta noche.
El corazón de Josué tembló de terror y de angustia, pues sentía que su esposa esa noche se acostaría con otro (y no sabía si ya lo había hecho antes, pero de solo pensarlo su corazón se sacudía lastimado) y los celos lo mataban, eran arrolladores, aun si no tenía idea de si realmente ese hombre que pasaría en un rato por ella se había convertido en su amante… o si Josué estaba alucinando y sólo sería una cena entre psicoanalista y paciente, como decía su mujer.
—Está bien, Amanda, si a ti te gusta el vestido, pues póntelo.
Lo cierto es que jamás, en sus siete años de matrimonio, Amanda había salido de noche con otro hombre, ni se había esmerado en ponerse tan guapa para una cena como esa.
De momento, Josué miraba a su mujer desnuda frente al espejo, con sus dos grandes ubres pendiendo en su pecho, brillantes, pesados, con los pezones rojizos manifestándose grandes y duritos, mientras se untaba crema en sus fuertes caderas, en sus voluminosos muslos, en su entrepierna con depilado brasileño, en sus hinchadas nalgas, y él sólo pensaba en lo hermosa que era, en lo afortunado que había sido al casarse con ella, y en el miedo infernal que le daba pensar que la estaba perdiendo.
—¿Te gusta este labial rojo, cariño? Apuesto que combinará muy bien con el negro del vestido, ¿no crees?
—S-í-í.
El sólo hecho de pensar que otro hombre la vería desnuda, que tocaría el cuerpo que había sido sólo suyo desde siempre… que la ensuciaría con sus manos, que borraría cada una de sus caricias con sus yemas, con sus fricciones, con sus besos… con su lengua… lo mataba, lo carcomía.
—Cariño, ¿me pasas esa braguita que dejé en la cama? —le dijo Amanda.
Y Josué se sentía humillado de saber que Amanda le estaba enseñando cada prenda minúscula, erótica y obscena que usaría con su amante. Como si se estuviera vengando de él por todo el daño que le había hecho en el pasado.
—S…í… cla…ro… —respondió Josué sumiso.
Como no le respondían del todo sus piernas, se tuvo que arrastrar hasta el borde de la cama para ir por la prenda y entregársela. Como si ella misma no la hubiera podido agarrar.
Era un cachetero muy minúsculo y oscuro, con encajes y transparencias. Josué no se lo conocía de nada. Se le amargó la boca al verlo y los dedos le temblaron al entregárselo.
—Aquí está.
Amanda ya no sentía pudor de que Josué la viera desnuda, como antes, ni mucho menos sentía el deseo porque la tocara. Sus pezones estaban duros y erectos, pero Josué entendió que no era por él... sino por otro.
A su esposa ya no le causaba nada pasearse delante de Josué, ondeando sus enormes nalgas en su delante, botando sus tetas sobre su pecho, ni mucho menos fantaseaba que su marido la seduciría, y que él, en cualquier momento, se levantaría de la cama, la pondría de rodillas, metería su cabeza en su entrepierna, y le daría unos ricos lengüetazos en sus húmedos genitales, esos que Josué no probaba desde hace tanto tiempo.
—¿No te quedarán muy ajustadas esas bragas, Amanda?
—Para nada, cariño, creo que me quedarán muy sexys.
—¿Y qué más da que te hubieras puesto unas menos «sexys» Amanda? Después de todo nadie te las verá —Josué no dudó en tirar su veneno para ver si así su esposa reaccionaba.
—Es verdad —sonrió ella y Josué lo tomó como burla.
A Josué le dolía pensar que ella ya no lo desea tanto como él la deseaba a ella. Y tenía terror de que llegara un momento en que su sexualidad, ahora que ya había pasado tiempo en abstinencia, se hubiese terminado para siempre, ya no siendo nunca más esos dos esposos que por las noches deslizan sus cuerpos unidos, desnudos, sobre las sábanas de su cama, sino dos simples conocidos, amigos, que no se tocan, que no se besan, que no se desean, que no hacen el amor.
Y le daba aún más terror que todo aquello pudiera terminar con su matrimonio, porque a pesar de todo habían sido tan felices, habían luchado tanto, que la verdad es que no lo merecían. No merecían terminar así.
—¿Cómo me quedan, amorcito? —le preguntó Amanda cuando se las puso.
—¡Mierda, Amanda! ¡Te van a explotar las bragas en el culo! ¡La parte de atrás se te embutió entre las nalgas!
—Ups, jejeje, es verdad, ni modo cariño.
—¿Ni modo? Ponte otras.
—Ya voy tarde, las dejaré así. No te preocupes, bebé.
Josué hubiera querido preguntarle a su mujer si era necesario ponerse esa ropa interior para una cena con un “amigo”. Hubiera querido decirle que esas actitudes tan cínicas de ella hacia él le estaban haciendo mucho daño… que se sentía humillado, que se sentía un estúpido, y que le parecía inaudito que se estuviera vistiendo y maquillando como una puta para salir a cenar con Milton… su terapeuta.
—Como quieras, entonces.
Amanda se sentó en la cama para revisarse las bragas, aunque no vio qué. Josué aprovechó la cercanía con su esposa y no pudo evitar acariciarla por atrás. Y ella lo miró absorta, como preguntándole sobre por qué la había tocado sin permiso.
—Eres tan hermosa, Amanda —le dijo Josué.
—Lo sé —respondió la pelirroja sin ninguna emoción salvo la del rechazo. Josué lo percibió.
Amanda seguía cerca de él, así que Josué, con sus dos manos, trató de abarcar sus grandes pechos desnudos. Sus carnes gordas se extendieron en sus dedos como si fuesen dos bolas de masa. Sus pezones duros salieron por las rendijas de sus dedos. Y Josué los apretó y Amanda respingó.
—Josué, carajo, me haces daño.
—Lo siento —dijo Josué, pero no la soltó.
Merecía lastimarla. Sentía que era justicia divina.
Amanda cerró los ojos, entre abrió los labios y Josué recordó cuando la boca de su esposa solía apretarle el glande mientras le comía la polla.
Josué casi pudo sentir la lengua de su esposa chupándole la punta de la verga, bajando por su base, ensalivándole toda la polla, y luego metiéndosela hasta el fondo, hasta sentir sus amígdalas.
—Te he extrañado tanto, Amanda… —le dijo Josué, intentando ponerse de rodillas, dolorido, recordando el pasado.
Las turgentes Chiches de su mujer seguían en las manos de Josué; duros, desbordándose, y cuando José intentó ir un poco más allá, tocando la entrepierna de su esposa, ésta lo rechazó, se echó adelante, y le dijo, casi como una disculpa:
—Voy a terminar de maquillarme, Josué, que se me hace tarde.
—Déjame tocarte un poco más, Amanda.
—Ahora no… cielo… no tiene caso.
—¿Por qué no tiene caso, Amanda?
—Hagas lo que hagas, ya no se te parará.
Cuando Amanda le dijo eso, Josué se desplomó en la cama, soltando las tetas de su esposa, que resbalaron enormes, sobre su pecho.
Amanda ni siquiera le preguntó si lo había ofendido. Simplemente lo miraba, y Josué no sabía si lo hacía con desprecio o con lástima.
Josué trató de levantarse, y fue muy humillante intentar incorporarse lentamente, sin resbalarse, hasta volver a sus almohadas.
—¿Todavía me amas, Amanda? —le preguntó él con temor.
Amanda intentó sonreír, pero decidió ir al espejo, donde se puso rímel en las pestañas.
—Han cambiado algunas cosas, cielo, Josué, pero claro que te amo.
Josué habría querido interpretar lo que le decía, pero sólo pudo volver a la cama, mientras observaba, con un nudo en la garganta, cómo su amada esposa se ponía el vestidito negro que le definió la silueta. Josué creyó que le queda tan untado que parecía que alguien le había pintado la prenda con un pincel sobre su piel.
Cerró los ojos, y cuando los abrió, miró con angustia cómo las carnosas tetas de su amada casi se salían por el escote. Esa misma sensación de que las tetas se le escaparían por el escote se repitió cuando Amanda se agachó para ponerse unos tacones que le estilizaban la figura y las ubres se le fueron hacia adelante.
Después, su esposa se perfumó, se retocó el labial rojo tipo mate que le engrosaron sus labios, haciéndolos más apetecibles, y después echó las últimas miradas al espejo.
—Listo, Josué, estoy lista, ¿cómo me veo?
Desde luego que Josué la veía muy hermosa. De hecho no dejaba de contemplarle su gran cola, embutida en ese pequeño vestido negro que, si sus suposiciones eran ciertas, otro hombre le quitaría.
Amanda recibió un mensaje de WhatsApp, ella lo miró, sonrió, pícara, miró a su marido por el espejo y luego envió un beso por ahí.
—Eres un monumento de mujer, Amanda, pareces una diosa inalcanzable.
La pelirroja sonrió complacida. Josué entrecerró nuevamente los ojos, y casi de inmediato escuchó el timbre de su apartamento. A Amanda se le iluminó la cara. Corrió, presta, hacia su marido y le dio un beso en la frente. Ella olía exquisito.
—Te duermes temprano, cariño —le dijo a Josué, tratándolo como un bebé—. Aquí en esta bolsa térmica te he dejado unos sándwich. Te los comes y te portas bien. No me esperes despierto. Me voy, te amo.
—Yo también te amo —le dijo Josué.
Amanda, majestuosamente vestida como una diosa, salió de su cuarto matrimonial meneando tremendo culazo, enseñando por delante la mitad de sus tetas sin padecer vergüenzas. A los segundos Josué escuchó que abría la puerta, seguido de unos susurros, risitas, besos ¿en las mejillas?
—Hermosa, como siempre —oyó la voz grave de Milton—. Estás explosiva esta noche, cariño.
¿Milton le había dicho cariño? ¡Hijo de puta!
—Gracias, gracias, esa impresión quería causarte.
Luego hubo otro sonido de besos, y Josué rogaba a Dios que fueran en las mejillas. Arrumacos, pasos hacia la puerta. El sonido de la que la puerta se cierra. La parejita alejándose del apartamento.
—Son las diez de la noche —lloró Josué, hundiéndose en la cama—… y mi esposa se ha ido con otro hombre… Y yo sé, en lo más hondo de mi alma, que ese otro hombre se la cogerá.
LA HISTORIA SIGUE
CONTENIDO EXCLUSIVO PARA LOS AMANTES DE CUERNOS, HOTWIFES, CONSENTIDORES, CORNEADORES Y CORNUDOS
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