En el altiplano Parte 9
Isabella sabe que es un error. Sabe que su marido la espera en España y que su reputación está en juego. Pero cuando el joven indígena la mira con esa hambre primitiva, el miedo se mezcla con un deseo que no puede controlar. Esta noche, en el altiplano, la línea entre el asco y el placer se desvanece.
Era una mañana brumosa en el altiplano boliviano, con la niebla envolviendo el pueblo pobre como un velo de secretos prohibidos. Javier y Aymara, después de esa follada sensual en La Paz donde ella descubrió su embarazo al lactar leche dulce de sus tetotas grandes y duras, habían decidido volver a la aldea. El viaje en bus fue un torbellino de caricias robadas y promesas susurradas, con Javier chupando gotas de leche de sus pezones oscuros mientras el traqueteo del camino hacía que su verga rubia se endureciera de nuevo. "Cholita preñada, te amo... nuestro chamaco mestizo será fuerte como las montañas", murmuraba él, metiendo dedos en su concha peludita bajo la pollera. Aymara gemía bajito: "Sí, amor... volvamos a casa, a criar nuestra familia en el adobe". Pero mientras ellos se acercaban, en el poblado, Isabella lidiaba con su propio infierno de terror y deseo.
Isabella, la española rubia de 40 años con ojos verdes y cuerpo sensual –tetotas grandes y firmes que aún se erguían orgullosas, culito redondo y piel blanca ahora manchada por el sol andino– no podía dormir en la choza prestada. Se tocaba el vientre plano con manos temblorosas, aterrorizada por la posibilidad de estar preñada. "Dios mío, ese semen indígena... espeso y caliente, podría haber prendido en mí. A mis 40, sin hijos después de años intentándolo con mi marido... y ahora, ¿un mestizo? Arruinaría mi vida, mi matrimonio, mi reputación en España. Parir un chamaco moreno de un crío salvaje... asco, puro asco", pensaba, sintiendo náuseas al imaginar su panza blanca hinchándose con un bebé de sangre aimara. No había farmacias en ese rincón olvidado; ningún plan B para borrar el error. Se sentía atrapada, asqueada por el recuerdo de Inti –ese "indio" tímido con piel morena y olor a tierra–, pero una parte traicionera de ella se excitaba con su juventud vigorosa. "Casi he perdido la esperanza de ser madre... y este chico, aunque sea un indígena primitivo, me mira como si fuera una diosa. Me hace sentir deseada, viva... a mi edad, eso es un regalo envenenado".
Inti, el joven de 18 años más pequeño que ella en estatura –típico de los hombres de su raza, delgados pero resistentes como las llamas del altiplano–, no dejaba de rondarla. Su verga, larga y oscura como una serpiente andina, venuda y curva con un glande morado que se hinchaba desproporcionadamente, lo obsesionaba con ella. Aparecía en la puerta de la choza con excusas torpes: una canasta de papas frescas o un mate humeante. "Señora Isabella... buenos días. Traje esto para usted. ¿Puedo pasar? Solo quiero hablar... usted es tan hermosa, tan blanca y suave... me hace sentir como un hombre de verdad", balbuceaba él, sus ojos negros devorando sus curvas bajo la blusa ajustada, fijándose en cómo sus tetotas se marcaban con el frío matutino.
Isabella lo rechazaba con voz temblorosa, pero sin la fuerza de antes: "Inti, por favor... vete. Fue un error, no puedo... soy casada, mayor que tú. No me tientes más". Por dentro, el asco y la atracción luchaban: "Ese indio... su olor a sudor y coca, su piel oscura contra la mía... parir un mestizo sería el fin de todo. Pero su juventud... dios, me hace sentir fértil de nuevo, deseada. Mi marido ni me toca ya, y este crío me mira como si quisiera devorarme". Inti insistía, acercándose con manos callosas, rozando su brazo blanco. "Señora... no puedo olvidarla. Su cuerpo es perfecto... déjeme tocarla un poco, como esa noche en el barro. Quiero hacerla sentir bien, como una madre... préñela con mi verga larga, mézcleme su raza blanca".
Ella sentía un nudo en el estómago, asqueada por la idea: "No, Inti... eres un indígena, primitivo... un mestizo arruinaría mi vida, mi mundo europeo". Pero su concha depilada y rosada traicionaba, humedeciéndose al recordar esa verga larga –más larga que la de su marido, aunque él fuera más pequeño en complexión–, estirándola hasta el límite. "A mis 40, casi sin esperanza de hijos... y este joven se fija en mí, me desea. Me hace sentir mujer de nuevo, atractiva". Cedió un poco esa tarde, bajo el sol implacable, en un rincón apartado del pueblo. Inti la arrinconó contra una pared de adobe, sus manos subiendo por sus muslos blancos y suaves, sobando su culito redondo bajo la falda prestada.
"Señora... déjeme besarla... su boca es tan rosada", susurró él, presionando su cuerpo menudo contra el de ella, su verga larga ya endureciéndose contra su vientre. Isabella jadeó, empujándolo débilmente: "Inti... no... me asqueas un poco, con tu olor, tu raza... pero... ahhh... tu juventud me excita. No pares... dios, qué larga la tienes". Él le levantó la blusa, mamando sus tetotas grandes y firmes con labios inexpertos pero ávidos, succionando los pezones rosados hasta hacerla gemir. "Mmm... sabe a leche europea... déjeme follarla, señora... préñela con mi chamaco mestizo, será fuerte como yo".
Isabella se dejó caer al suelo polvoriento, aterrorizada y atraída: "Inti... si me preñas, joderás mi vida... un mestizo... asco y deseo... pero hazlo, crío... métemela". Él se bajó los pantalones, sacando esa verga larga y oscura, venuda como raíces andinas, más larga que su antebrazo, el glande morado hinchado y goteante. La penetró en misionero, estirándola con lentitud sensual, su cuerpo pequeño cubriéndola mientras bombeaba profundo. "Ahhh... señora... qué apretada... tome mi verga indígena... préñese". Ella gemía, sintiendo el asco y el placer: "Ohhh... Inti... tan larga... me llenas... pero un mestizo... terror... sí, más... te deseo, crío joven".
Él eyaculó chorros espesos en su útero maduro, inundándola mientras ella se venía en silencio, aterrorizada por el posible embarazo pero sintiéndose viva por su juventud. "Señora... te amo... nuestro chamaco será hermoso". Isabella se levantó, arrepintiéndose: "Vete, Inti... esto no puede continuar". Pero sabía que volvería por más, dividida entre asco y atracción.
Mientras tanto, Javier y Aymara llegaban al poblado, ajenos al drama de Isabella, listos para su futuro mestizo.
Fin de la parte 9.
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