En el club de baile
Las luces estroboscópicas la congelan en el centro de la pista, pero es su mirada la que tiene al público cautivo. Tres hombres a sus pies, una multitud que graba y un poder que ella no comparte, solo exhibe. Esta noche, el club no es solo un lugar de baile, sino el escenario de su dominio absoluto.
La música retumba como un corazón acelerado, graves profundos que se meten bajo la piel. Luces estroboscópicas azules y violetas cortan la oscuridad, congelando cuerpos en movimiento cada medio segundo.
Ella está en el centro de la pista, subida a una plataforma elevada que normalmente usan las gogós. Pero esta noche no hay nadie más arriba. Solo ella.
Lleva el mismo top amarillo recortado, ahora empapado de sudor y brillando como si estuviera hecho de látex líquido. La falda negra ha desaparecido; ya no existe. Solo quedan unas bragas de encaje negro tan pequeñas que apenas cubren lo necesario.
Está de espaldas a la barra VIP, sentada a horcajadas sobre el mismo hombre del cine; ahora él va sin camisa, los músculos de su torso relucientes bajo las luces. La tiene las manos atadas a la espalda con su propia corbata, y ella se mueve sobre él despacio, tortuosamente, subiendo y bajando con el ritmo del drop que está a punto de caer.
Los otros dos están a su alrededor como guardianes (o como depredadores).
El de piel morena está de pie detrás de ella, una mano en su garganta, la otra sosteniendo un cubo de hielo que desliza lentamente por su clavícula, entre sus pechos, dejando un rastro brillante que las luces convierten en fuego líquido. Cada vez que el hielo roza su piel, ella se estremece y aprieta más fuerte al que tiene dentro, arrancándole un gemido que se pierde en la música.
El tercero, el más alto, está arrodillado frente a ella. Tiene su rostro enterrado entre sus muslos, lamiendo con avidez justo donde sus cuerpos se unen, saboreando a ambos al mismo tiempo. Ella le agarra el pelo con fuerza, guiándolo, usándolo, mientras sus caderas siguen ese vaivén hipnótico.
La gente alrededor los mira. Algunos disimulan, otros no. Hay teléfonos grabando. Hay bocas abiertas. Hay manos dentro de pantalones.
Pero a ella no le importa.
Al contrario.
Gira la cabeza hacia un lado, busca con la mirada a alguien en la multitud y sonríe (una sonrisa lenta, peligrosa, de reina que sabe exactamente el poder que tiene).
Y justo cuando el beat cae con toda su fuerza, ella echa la cabeza hacia atrás, el cuerpo en arco perfecto, y se corre gritando su nombre (o quizás ningún nombre), solo un sonido crudo y animal que atraviesa la música como un cuchillo.
Las luces se apagan un segundo.
Cuando vuelven, ella sigue ahí, temblando, respiraciones, sudorosa, radiante.
Y aún no ha terminado con ninguno de los tres.
Las luces vuelven a encenderse en un destello rojo sangre.
Ella sigue temblando, pero ya no de placer, sino de la corriente eléctrica que aún le recorre las venas. El hombre debajo de ella respira como si acabara de correr una maratón; su pecho sube y baja contra el de ella, empapado. Ella se inclina despacio, le muerde el labio inferior con fuerza suficiente para que él gruñir, y luego lo besa (lento, sucio, con lengua y dientes) hasta que él intenta mover las manos atadas y no puede.
Se separa apenas un centímetro.
«Quieto», susurra contra su boca. «Aún no te toca mandar».
El de piel morena (a atrás de ella suelta el hielo ya derretido y desliza ambas manos por sus costados, agarrándola por las caderas. La levanta con facilidad (como si no pesara nada) y la aparta del regazo del primero. El hombre atado gime de frustración cuando ella se desliza fuera de él, dejando su erección brillante y palpitante al aire frío del club.
Ella se gira entre los brazos del moreno, se pone de rodillas sobre el asiento acolchado de la plataforma, de cara a la multitud. La luz estroboscópica la ilumina desde abajo, convirtiendo su sudor en joyas líquidas.
«Mírenme», dice, sin gritar. No hace falta. La música baja un poco (como si hasta el DJ supiera que ahora manda ella).
Y se inclina hacia delante, apoyando las manos en el borde de la plataforma, el culo en alto, las bragas negras empapadas y pegadas a la piel. El moreno se coloca detrás, se baja la cremallera con una sola mano, y sin preliminares la penetra de un solo empujón profundo.
Ella suelta un jadeo que recorre toda la pista.
El tercero (el que estaba de rodillas se pone de pie, se abre el pantalón y le ofrece su polla a centímetros de su boca. Ella lo mira desde abajo, los ojos vidriosos de lujuria, y abre los labios. Lo traga hasta el fondo en una sola pasada, sin usar las manos, solo la garganta, los labios, la lengua.
El moreno empieza a follarla con fuerza, cada embestida haciendo que su cuerpo se desplace hacia delante y se coma más al que tiene en la boca. El ritmo es brutal, casi violento, pero ella lo recibe todo con gemidos ahogados y los ojos en blanco de placer.
La gente ya no disimula. Forman un semicírculo alrededor de la plataforma. Algunos graban, otros se tocan, otros solo miran con la boca abierta.
Y ella, en el centro de todo, se corre otra vez (esta vez sin gritar, solo un orgasmo largo y silencioso que la hace temblar de pies a cabeza, los músculos apretando al que la penetra hasta que él también se derrumba dentro con un rugido).
Cuando termina, se aparta despacio, se gira sentada en el borde de la plataforma y mira al hombre que sigue atado, aún duro, aún desesperado.
Sonríe, se lame los labios que brillan con saliva y semen, y le hace un gesto con el dedo.
«Ahora tú».
Y la música vuelve a subir, como si el club entero respirara aliviado de que el espectáculo continúa.
Ella se queda quieta apenas un segundo, lo justo para sentir cómo él sigue latiendo dentro, cada chorro caliente golpeando sus paredes como si quisiera marcarla desde adentro. El semen se desborda, resbala por la unión de sus cuerpos y cae en gotas gruesas sobre el asiento de terciopelo rojo. El olor (salado, animal, crudo) llena la fila entera.
Entonces ella aprieta. Consciente. Un solo espasmo largo y deliberado que le arranca al hombre un gemido roto, casi un sollozo. Él intenta moverse, pero ella clava las rodillas a ambos lados de sus caderas y lo inmoviliza.
«Ni se te ocurra salirte todavía», susurra contra su oído, voz ronca, peligrosa. «Quiero sentirte gotear fuera de mí mientras los otros me follan».
El moreno detrás ya no espera permiso. Con un movimiento brusco le baja las bragas destrozadas hasta los tobillos y las deja colgando de un pie. Sus manos grandes le abren las nalgas sin delicadeza; el aire frío del cine le golpea el ano expuesto y ella se estremece. Escupe directamente sobre el agujero, un salivazo grueso que resbala hacia abajo y se mezcla con el semen que ya chorrea de su coño.
Dos dedos (gruesos, ásperos) entran de golpe. Ella grita, un grito real esta vez, que retumba en la sala vacía. Los dedos giran, abren, preparan. Ella se empuja hacia atrás como una gata en celo, buscando más.
El tercero se arrodilla en el suelo frente a ella, entre las butacas. Le agarra los pechos por debajo del top amarillo y los saca a la fuerza; la tela rasga un poco más. Los pezones están tan duros que duelen. Él los retuerce al mismo tiempo que el moreno añade un tercer dedo más atrás. El dolor y el placer se mezclan hasta que ella no sabe dónde empieza uno y termina el otro.
«Por favor…», jadea ella, sin saber a quién le está suplicando.
El que sigue dentro de su coño se mueve por fin, apenas un par de centímetros, pero es suficiente. El semen y sus propios jugos hacen un sonido obsceno cada vez que ella se contrae.
El moreno saca los dedos de su culo con un pop húmedo. Se baja los pantalones lo justo y saca su polla (gruesa, venosa, brillante ya de pre-semen). Se escupe en la palma y la unta entera. Luego apoya la punta justo ahí, donde ella nunca pensó que dejaría entrar a nadie.
Ella respira hondo, temblando.
Y él empuja.
Lento al principio, implacable después. La cabeza entra con un quemazón que le hace ver estrellas. Ella grita contra el hombro del hombre que aún lleva dentro del coño, mordiéndolo hasta que sabe a sangre. El moreno no para. Sigue avanzando centímetro a centímetro hasta que sus caderas chocan contra sus nalgas y ella se siente partida en dos, llena hasta el fondo, imposiblemente llena.
Los dos hombres dentro de ella empiezan a moverse al mismo tiempo, un ritmo brutal y descoordinado que la vuelve loca. Cada embestida del de atrás empuja su clítoris contra la base del que tiene delante. El placer es tan intenso que duele.
El tercero se pone de pie, se saca la polla y se la mete en la boca sin pedir permiso. Ella la traga hasta la garganta, ahogándose, las lágrimas corriéndole por las mejillas, la baba cayendo por la barbilla.
Tres pollas dentro de ella al mismo tiempo.
Tres hombres usándola como si fuera suya.
Y ella se corre otra vez, más fuerte que nunca, un orgasmo que le sacude todo el cuerpo como una descarga eléctrica. Su coño se aprieta tanto que el que está dentro ruge y se vacía de nuevo, mezclando su segundo orgasmo con el primero. El de atrás la sigue segundos después, clavándose hasta el fondo y llenándole el culo de calor líquido.
Cuando el de la boca se corre, lo hace sobre su cara, chorros calientes que le caen en la lengua abierta, en las mejillas, en el pelo.
Ella se queda ahí, temblando, rota, llena por todas partes, semen goteando de cada agujero, la piel marcada de mordidas y dedos.
Y aun así, con la voz rota, sonríe.
«Otra vez», susurra, apenas audible. «Quiero otra vez».
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