Los dos quieren más, y eso es un problema
Durante meses, sus palabras han sido el único contacto, pero la distancia ya no aguanta más. Cuando él aterriza y ella lo espera con el corazón en la mano, la fantasía choca con la realidad: y la primera caricia es demasiado tarde para fingir indiferencia.
Este relato es como un baile, el cuerpo y alma se desnudan, un tira y afloja, en el que cada vez los dos quieren más, y eso es un problema.
Mi cuerpo se alimenta de excitación, de morbo, de esos momentos calientes que compartimos. Me has convertido en ansia pura. Busco cada hueco de mi tiempo, para tocarme pensando en ti y en lo que me haces sentir cuando lo hago.
Te has colado en mi cabeza como si fueras un pequeño virus, has entrado hasta donde pensaba que nadie pudiera hacerlo. Resulta tan excitante como peligroso, porque no sé hasta dónde puedes llegar.
Creo que te he concedido más poder del que debería, aún así no me arrepiento, porque de alguna manera me has hecho sentir cosas que hacía tiempo no me dejaban las piernas temblando y con ganas de más.
Esta canción creo que se ajusta perfectamente a ese ritmo que viven:, que vivimos:https://www.youtube.com/watch?v=KEQmgEs2xVc&list=RDKEQmgEs2xVc&start_radio=1
Ella le escribió una noche, casi susurrando a través de las palabras:
“Las ganas que te tengo crecen cada día.”
Él respondió como solía hacerlo, directo, visceral, transparente:
“Deseando que estés aquí conmigo.” “Unas ganas enormes de tenerte cerca.” “De escuchar tu voz cuando se te escapa el placer…”
Ella leyó sus palabras despacio, no por duda, sino porque quería sentir cada una. No eran solo frases impulsivas; había en ellas un anhelo que parecía querer saltar la distancia. No la asustaban. No la incomodaban. Al contrario: le revelaban algo profundo, un deseo mezclado con necesidad de cercanía, de presencia, de piel… pero también de ella, de su forma de mirar el mundo.
Vamos a hacer una cosa, a partir de este momento, piensa que mis manos son tus manos. Déjate llevar, y déjate hacer. Muchas conversaciones empezaban así. Cuando era imposible vernos, supliamos el tacto del otro con el nuestro propio. Uno a cada lado, con las mismas sensaciones, los mismos gemidos y las ganas de poner nombre a algo que no lo tenía.
Tengo mil audios tuyos, cómo tú tienes míos, tantas fotos tuyas como tú tienes mías y sin embargo a pesar de todo, está historia ha trascendido la piel.Una noche, él fue más lejos. No en lo gráfico, sino en lo que significaba.
“Te voy a pedir que me obedezcas… incluso desde la distancia.”
Ella sonrió, sintiendo cómo esa frase le recorría la columna. Era un juego, sí, pero uno que los envolvía a ambos, que les permitía explorar una intimidad que todavía no tenía cuerpo, pero sí un pulso compartido.
Le pidió una foto, y ella tardó más de lo necesario en enviarla. No por duda, sino porque quería que él sintiera el peso de la espera, de la entrega medida. Cuando finalmente lo hizo, él respondió con una sinceridad que la derritió:
“Estás exactamente como te imaginé.”
Y después, él siguió escribiéndole en ese tono que no era explícito, pero sí profundamente insinuante, cargado de deseo contenido. No describía actos, sino sensaciones; no daba órdenes, sino imágenes que le hacían latir el corazón más rápido. Le hablaba de cómo la tocaría si estuviera allí, no con crudeza, sino con una intención que la envolvía por completo.
Había noches en las que él cruzaba un umbral distinto, uno donde su voz —aunque escrita— tenía un peso que ella podía sentir en la piel. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía, ese modo de envolverla entre deseo y dominio suave, como si pudiera tocarla a través de la distancia.
Luis le escribió una vez, con esa mezcla de firmeza y ternura que la desarmaba:
“Quiero que sientas como si mi mano estuviera sobre tu piel… lento, suave… como si pudiera alcanzarte desde aquí.”
Ella lo leyó detenidamente, con el pulso acelerado.Podía imaginarlo tan cerca que casi podía oírlo respirar.
Él siguió:
“Quiero oír tu voz… esa voz temblorosa que me vuelve loco.”
No era un pedido explícito; era una confesión disfrazada de orden, una forma de decirle cuánto lo afectaba, cuánto la deseaba. Ella sintió un calor ascendente, no por lo físico, sino porque él la imaginaba completamente, la reconocía incluso sin verla.
Le escribió otra frase que se le quedó clavada como una caricia profunda:
“Dime que estás conmigo… que te dejo sin aliento… que te entregas a lo que te hago sentir.”
Ella cerró los ojos. Podía escucharlo sin escucharlo. Podía sentirlo sin tocarlo.
Y luego, él dejó caer una línea que la atravesó:
“Quiero oír tu respiración cuando digas mi nombre… cuando estés tan cerca de perder el control que solo yo pueda sostenerte.”
No la estaba mandando a hacer nada; la estaba invitando a rendirse al vínculo que habían construido, a la tensión que los envolvía desde hacía días.Ella sabía exactamente lo que él quería decir sin que él lo dijera del todo.
Y remató con una frase que, lejos de sonar autoritaria, llevaba un peso emocional inesperado:
“Déjame ser yo quien marque el ritmo… quien te acompañe en lo que sientes… incluso desde aquí.”
Ella apoyó el móvil sobre su pecho.No sabía en qué momento habían creado ese lugar compartido donde la intimidad se volvía más real que todo lo que los rodeaba.Pero ahí estaban, atrapados en un deseo hecho de palabras, respiraciones imaginadas y promesas que ardían sin cumplirse.
Después de aquella noche de palabras intensas, la conversación entre ellos cambió de tono. No perdió la carga eléctrica que los había envuelto, pero algo nuevo empezó a asomar: una urgencia distinta, más real, más palpable.
Luis fue el primero en mencionarlo.
—No sé cuánto más voy a aguantar esta distancia —le escribió—. Siento que necesito verte. Necesito comprobar que todo esto es de verdad.
Ella se quedó mirando la pantalla, con el corazón latiendo más rápido de lo que esperaba. Habían jugado, se habían desnudado emocionalmente, habían creado una intimidad tan intensa que a veces parecía imposible que nunca se hubieran visto. Pero esa frase lo cambiaba todo.
—¿Cuándo? —preguntó ella, casi sin pensarlo.
Hubo una pausa breve, casi dramática, como si él estuviera respirando antes de lanzarse.
—En unos días —respondió—. Compré un billete hace un rato. No quería decírtelo hasta estar seguro… pero ya está hecho.
Ella sintió un golpe cálido en el pecho. No miedo. No dudas. Solo ese vértigo dulce de algo que por fin deja de ser imaginado.
—¿De verdad vas a venir? —preguntó.
—Voy por ti —escribió él—. Y quiero que seas la primera persona que vea cuando aterrice.
Ella sonrió sin poder evitarlo, una sonrisa amplia, llena de nervios y deseo contenido.
—Te voy a recoger al aeropuerto —le dijo—. Quiero verte aparecer entre la gente.
Luis respondió casi al instante:
—No sé qué voy a hacer cuando te vea. Pero sé que no voy a poder apartar la mirada de ti.
Ella apoyó el móvil sobre su pecho.En unos días dejarían de imaginarse.
Y por primera vez, lo que habían construido con palabras empezaba a tomar forma en el mundo real.
Nunca una espera en el aeropuerto fue tan deliciosa, tan ansiada, tan deseada. Llegué con tiempo suficiente para saber qué el vuelo llegaba a la hora prevista, sin ningún retraso. Tenía una hora por delante hasta que cruzaras por la terminal de llegadas. Disfrutaríamos de 48 horas para sentirnos, besarnos, comernos, acariciarnos y poseernos cada poro de nuestra piel.
Me puse ese vestido que te había dicho que me encantaba. Quería estar deslumbrante y sentirme sexy. Sabía que lo reconocerías a distancia. Después de saber qué el rojo era uno de tus colores preferidos, no dudé en comprar ropa interior de ese mismo color. Un chequeo rápido en los baños del aeropuerto. Estaba más nerviosa de lo que nunca te confesaré, me retoqué el maquillaje, cogí el perfume del bolso, lo puse en esos puntos estratégicos. Me cambié los pantys por unas medias altas que acababan en encaje justo a la altura de medio muslo. Viendo el resultado final en el espejo sabía que sería un acierto y conociéndote no tardarías ni 1 minuto en pasar tú mano por debajo del vestido.
Miré el reloj y faltaban solo 10 minutos para la llegada de tu vuelo. Iba con la calma de saber qué en breve toda esa distancia quedaría en nada. Creo que fueron los minutos más largos en mucho tiempo. Andaba distraída haciendo scroll en Instagram viendo vídeos para pasar el tiempo. Las notificaciones me avisan de que tenía un mensaje tuyo.
El mensaje decía “Bajando del avión, estoy a unos pasos de tí”.
La boca se me secó, un cosquilleo comenzó a revolotear por todo mi cuerpo. Tantas veces deseando este momento y por fin podría vivirlo.
Quise ser original, como si fuera tú chófer, puse en una aplicación del móvil, tú nombre, era como un anuncio. Una pantalla que iba desplazando las letras negras sobre un fondo blanco.
“LM”
Sabía que sonreírias al leer tu nombre. Muchas veces habíamos hablado de cómo sería el encuentro.
Puse el teléfono a la altura de mi pecho para que pudiera ser visto por tí.
Un minuto más tarde ahí estabas, cruzando la puerta de la terminal llegadas. Perfectamente peinado, sonriendo y con ojos escrutadores que me buscaban entre la gente. Me moría de ganas por salir a tu encuentro, pero quería tener tiempo de observarte bien. Llevabas un pantalón vaquero azul coronado con un cinturón marrón de piel, arriba una camiseta blanca básica, las gafas de sol cogidas en el cuello de la camiseta. La mochila de cabina colgaba de tu hombro, imagino que con todo lo que necesitas para nuestra escapada. En tu mano derecha tenías el teléfono, al que no paras de mirar esperando un mensaje.
No salí corriendo hacia ti, tú tampoco, nos acercamos poco a poco con la calma de recordar ese encuentro, disfrutando cada detalle, cada mirada y cada sonrisa. Me miraste, sonreíste y tus ojos se fijaron en el cartel de mi teléfono. Tú reacción no se hizo esperar, esa sonrisa cálida y pícara me calentó por dentro.
Esa primera caricia tuya, cuando tú mano pasó rozando mi mejilla, me hizo estremecer. Disfruté de tu tacto y se me erizó la piel.. No podía dejar de mirarte, me gustaban tus facciones, cómo estaban definidas las líneas de tus labios, y sobre todo me encantaba la manera en que me mirabas. Esa caricia contenía el principio de algo.
Antes de que pudiera decir nada, tu boca buscó a la mía. Tus labios devoraron mis labios, fue un beso ansiado. Todas nuestras ganas estaban contenidas en ese beso.
Agarré tú mano y te llevé hacia donde estaba mi coche. Antes de que pudiera abrirlo, me apoyaste junto a él, dejaste tú mochila en el suelo y cogiste mi rostro con ambas manos. Fue ese beso el que me derritió. Me pegué más a tí, mis curvas adaptándose completamente a tí. No lo dudaste, pusiste tus manos en mi cadera, apretándome a tí. Mi cuerpo te buscaba como el tuyo ansiaba el mío. Subí mi pierna hasta tu cintura para enroscarme más a tí y ahí, es donde realmente fuiste consciente de que solo la tela de mis braguitas te separaban de mi placer.
Continuará…..
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