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Fantasías sexuales de españolas 2 (Beatriz 5) IV

La oficina se vacía y el silencio se hace pesado, pero no por mucho tiempo. Cuando la puerta se abre y Miguel entra, Beatriz sabe que nada volverá a ser igual. No es una confrontación, sino una confesión que la deja sin aliento. ¿Qué pasa cuando la víctima se convierte en testigo de la caída del otro?

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“Érase una mujer mordida por la víbora de la duda”.

“Érase una mujer en la que anida el veneno de la sospecha”.

“Érase que las sospechas resultan ser dolorosamente ciertas”.

“Érase una mujer dispuesta a dar una segunda oportunidad”.

“Érase que la venganza es el camino”.

“Érase un desenlace inesperado”.

Han pasado varias semanas. Beatriz ha vuelto a llorar en ese tiempo varias veces más, pero ha sido un llanto sanador que le ha servido para desahogarse y asumir su nueva condición de madre en proceso de divorcio. Como un abono que iguala el terreno, cubriendo lo malo y venenoso y lo prepara para que florezca de nuevo la vida, su vida.

No se arrepiente del paso que ha dado. Todo parecen ser dificultades, contratiempos, pero esto se afronta de forma distinta cuando ya tienes claro tu camino. Y ella ya está segura de que el suyo va en otra dirección que el de Paco.

Hay rumores. Casi todos indican que su marido sigue liado con su compañera. Hasta es posible que después de todo, aquello no sea una simple una simple aventura, sino que realmente haya algo más profundo, pero eso a ella ya no le importa. Como ya tampoco le afectan los rumores, ni que nadie la señale con la mirada como la protagonista de uno de los cotilleos más suculentos de la central. De hecho, le ha pedido a su amiga Luisa que deje de comentarle nada del tema. Ya no le interesa nada de lo que se pueda decir o acontecer sobre el motivo de su separación. Le ha costado un poco de trabajo, pero por fin ignora a todos aquellos que murmuran de ella y se queda solo con los pocos que han demostrado estar de su lado (como su amiga), o al menos, aquellos que han procurado no molestarla ni agobiarla sabiendo el mal momento que pasaba.

Ha recuperado estabilidad y equilibrio pero todavía le queda un largo camino por delante. La herida, aunque esté cicatrizando todavía duele. Un paso detrás de otro, así empieza un camino de mil kilómetros, dice el refrán, y en eso está ella: dando pasos después de haberse levantado, sin contarlos, sin importarle que sean muchos o pocos o que la lleven cerca o lejos, simplemente le basta con saber que camina. Así que ahí está en su mesa, concentrada en su trabajo, cuando recibe una visita inesperada. Lo ve entrar a la sala y se encoge un poco. Es Miguel, el marido de la adúltera. Desde que hablaron se ha cruzado varias veces por la central y él no le ha dirigido la palabra, solo miradas cargadas de enfado, de forma que ha preferido mantener la distancia. Intentando contarle la verdad ha quedado como la mala de la película así que mejor ni acercarse. Pero él sí parece dispuesto a aproximarse a ella porque viene en línea recta hasta su mesa. Cuando quedan unos metros las dos miradas conectan y ella se yergue dejando de ocultarse tras el monitor. Sea lo que sea, no se va a esconder, no va con su carácter y en su nueva situación tampoco la beneficia dar pasos atrás, de modo que está dispuesta a enfrentarse a lo que venga. Pero Miguel cambia la mueca tensionada de su rostro y aunque su cara sigue siendo de preocupación, al menos ya no refleja animadversión hacia ella como todas las otras veces que se han cruzado. Es el primero en romper el silencio que durante apenas un par de segundos se ha establecido entre los dos.

- Hola ¿eras Beatriz verdad?

Ella sigue muda y simplemente asiente con la cabeza en un movimiento apenas perceptible, a la espera, sin saber muy bien en qué plan viene.

- Beatriz quería hablar contigo un momento. Por favor - añade al ver que ella no le contesta y previniendo una posible negativa.

Finalmente, Beatriz cede, más por una fatalista curiosidad acerca de cuál es el reproche o la movida que este quiere plantearle que por gusto. Ya ha aprendido con su marido que no es bueno dejar cabos sueltos atrás, así que si todavía tienen algún pleito pendiente, mejor saber de qué se trata y enfrentarlo.

- De acuerdo, hablemos.

- Podemos salir al bar donde estuvimos aquella vez.

- Si no te importa, tengo mucho trabajo y prefiero quedarme en la central.

Beatriz no está muy dispuesta a irse sola con Miguel, no después de su reacción la primera vez que hablaron y de cómo la ha mirado durante todos estos días. El otro se queda un poco desorientado, no parece tener plan B y tampoco le agrada conversar a la vista de todos. Es ella misma la que le saca del apuro señalando una de las salas de reuniones. Se dirigen hacia allí y Bea entra, sentándose lo más cerca posible de la puerta y dejando esta entre abierta por lo que pueda suceder. Si la cosa se pone violenta o desagradable quiere tener la opción de volver rápidamente a la seguridad de su oficina. Miguel se sienta al otro lado de la mesa, frente a ella, lo cual la tranquiliza.

- Bueno, pues tú dirás…

El otro se remueve inquieto y, por primera vez desde que entró en la oficina, fija sus ojos en los de Beatriz.

- Quería perderte perdón.

- ¿Cómo dices?

- Digo que te pido perdón: tú tenías razón.

Beatriz no sabe por qué, pero se pone colorada. Su cuerpo se relaja abandonando la tensa prevención con la que esperaba enfrentarse al hombre. Exhala el aire como si estuviese en una de sus clases de yoga y percibe una mezcla de sentimientos, que comienzan con la satisfacción de que le den la razón pero que acaban volviéndose amargos.

- ¿Los has descubierto?

- No, yo no.

Puede ver cómo se contrae su cara en un gesto de rabia y de dolor que entiende muy bien, le lleva unos meses de adelanto pero ella también ha pasado por esa primera fase. Cuando más duele la herida es justo cuando te la hacen.

- Lo siento, ojalá yo hubiera estado equivocada.

- No, no lo estabas: tú sabías que yo era el equivocado. Te agradezco tu valentía para venir a contármelo y también te agradezco que me hayas soportado sin mandarme a la mierda durante todas estas semanas, me he portado como un auténtico gilipollas contigo.

- No tienes que disculparte, sé lo difícil que es aceptar que tu pareja te engaña. En los primeros instantes yo tampoco me lo creí y eso que me lo dijo mi mejor amiga. Fui tan tonta que incluso estuve a punto de ponerlo sobre aviso contándole el chisme. Si me hubiera ido con él ese día en el coche para casa se lo habría dicho, pero tenía que visitar clientes y no nos vimos hasta por la noche. En ese tiempo pensé en una cosa que me dijeron, en si no noté un cambio de hábitos extraño o si no había nada que me hiciera sospechar. Como tenía tiempo para recapacitar lo hice y resulta que sí, que en los últimos meses había hecho cosas raras.

- Pues yo sí lo hice.

- Perdona ¿qué hiciste?

- Pues eso, ponerla sobre aviso el mismo día que viniste a contármelo.

- Miguel, creo que voy a aceptar ese café.

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Es la hora de comer. Desde hace una semana, Bea deja a sus hijos en el comedor escolar. No están nada contentos pero ella les ha prometido que solo será un par de meses, hasta las vacaciones, luego ajustará la logística a la nueva situación familiar. Tiene el compromiso de su jefe de darle horario flexible a la vuelta. El no tener que recogerlos del colegio ni tener que estar preocupada de hacerles la comida le da la vida en estos momentos tan turbulentos. Ella no tiene problema en apañarse con cualquier cosa al mediodía, allí mismo, en la central. Así le queda tiempo libre para todo lo que ahora tiene que hacer sola, sin ayuda de Paco.

Descuelga el teléfono. Hoy va a tocar comerse un serranito de esos tan buenos que ponen en el bar del final de la calle.

- Luisa ¿Te has traído comida?

- Sí - contesta su amiga.

- Pues déjala en el tupper que hoy te invito yo a comer fuera.

- Si ya está descongelada… te la cambio por un café después.

- De eso nada. Tenemos que hablar, no te vas a creer quién ha venido a verme hoy.

- ¿Paco?

- Frío.

- No sé... ¡Venga, dímelo!

- Si quieres saberlo tienes que almorzar conmigo. A las tres en la puerta.

Ambas amigas han dado cuenta de dos serranitos completos. Filete de pechuga, pimiento y loncha de jamón, que han acompañado con una tapa de ensaladilla y un par de cervezas. Esperan los cafés y mientras, Luisa continúa insaciable demandando detalles.

- Y ¿cómo se enteró al final?

- Bueno, porque su mujer es una petarda, igual que mi marido. Si no hubiera dado de que hablar...

Luisa pone una cara de impaciencia.

- Enga ¿me lo cuentas o qué?

- Esto que no salga de aquí, ya tengo bastantes chismes a mi alrededor y el hombre este también lo está pasando mal.

- Me ofendes guapa.

Beatriz dispone un gesto conciliador antes de continuar.

- A ver, te lo tenía que advertir. De verdad que el tío está hecho polvo. Lo último que necesita es que la gente tenga más material para seguir señalándolo. Yo sé perfectamente lo que es eso. ¿Te acuerdas el día que fui a hablar con él? Pues esa misma tarde se lo contó a su mujer. Era exactamente lo mismo que yo tenía pensado hacer con Paco cuando me lo dijiste. Pero luego me acordé de tus palabras, ya sabes, eso de que si había cambiado de costumbres o de hábitos.

- Sí, sí, ya me lo contaste.

- Bien, pues este ni siquiera se lo pensó. Me debió tomar por una chalada. Y la verdad es que la tipa esta lo tenía bien preparado porque esa fue la movida que ella se montó. Seguramente Paco ya le había dicho que yo lo sabía, así que estaba prevenida. Le dijo que yo era una loca celosa, que tenía muy buen rollo con Paco, que se compenetraban muy bien en el trabajo pero que la gente era muy chismosa y tenía la lengua muy larga. Se inventaban cosas que eran mentira. También que yo me las había creído y que había montado un pollo. Que incluso había echado a Paco de su casa sin razón y que no era la primera vez que tenía ataques de celos con otras compañeras de su marido. Básicamente, que yo era una desequilibrada y una tóxica.

- ¡Qué hija de la grandísima puta!

- Pues eso. Adivina a quién creyó Miguel ¿A una desconocida con pinta de desequilibrada por no haber dormido en toda la noche o a su amantísima esposa? No hacía falta que me lo jurara, ya sabes lo que pasaba cada vez que me cruzaba con él: si las miradas matasen yo ya no estaría viva.

- Entonces, cómo...

- Miguel es amigo de Juan Barrientos.

Luisa enmarca las cejas en un gesto de interrogación.

- Lo conocerás seguramente de vista, es otro ingeniero de apoyo a ventas. Durante un tiempo Miguel y él fueron compañeros. Son un poco como tú y yo, se conocen desde hace mucho tiempo y son casi íntimos. Un día estaban de cañas y comentaban chismes de la central. Miguel le contó el episodio que habíamos tenido. Bueno ya te imaginas la historia: “la colgada esta de marketing, pues no viene un día y me dice que mi mujer me pone los cuernos con su marido. Menuda loca celosa...” El caso es que no le gustó la reacción de Juan. El otro puso una cara de circunstancias que lo delató. Fue solo un momento, luego le siguió la corriente diciendo que sí, que seguramente serían chismes sin fundamento. Pero por un instante resultó evidente que algo sabía.

>> “¿Tú has oído esos chismes?” Le preguntó escamado. La incomodidad del otro continuaba. No sabía si seguir la corriente y meterse la lengua en el culo o si contar lo que sabía. Al final le pasó como a ti, era un buen amigo y no se lo calló.

Beatriz le reproduce palabra por palabra la conversación que Miguel le relató.

- Mira, algo he oído, pero seguramente sea lo que tú dices: historias de una tía celosa.

- Y ¿qué es exactamente lo que has escuchado?

- Pues eso, historias de que Maite y el tío ese se llevan muy bien.

- ¿Como de bien?

- ¡Joder, Miguel! ¡No te rayes! Como tu mujer te ha dicho, son solo habladurías.

- ¿Y quién te lo contado?

Bea retoma la conversación.

- Juan no quería concretar el chisme. Le había venido por dos o tres sujetos distintos y prefería no dar nombres. La cosa ese día quedó ahí, pero a partir de entonces, Miguel no paraba de darle vueltas a la cabeza. Le pasó un poco como a mí: ahora no dejaba de analizar todo lo que hacía su mujer. No tenía muchas certezas pero todo le parecía sospechoso.

<< Como había confianza, le preguntó a Juan una vez más quien le había contado el rumor. Quería saber si era alguien fiable o simplemente un charlatán. Estaba deseando ir a buscarlo para taparle la boca. El Barrientos buscó una solución de compromiso, no quería que nadie se liara a tortas por su culpa en la central. Le dijo que conocía a alguien en la unidad de su mujer. Era un compañero de confianza, habían estado juntos en Barcelona y mantenían buena amistad. No estaba en la misma coordinación pero sí conocía muy bien a su mujer, a su jefe y a todos los del departamento.

- “Es un tío fiable, si quieres le pregunto a él. Si hay alguien propagando rumores desde la misma coordinación seguro que lo sabe. Pero hablo yo con él, tú te estás quieto que no quiero movidas ni verme señalado. Le pregunto discretamente, como quien no quiere la cosa y a ver qué me cuenta”.

Cuando Miguel se volvió a reunir con él supo por su cara que eran malas noticias.

- “¿Qué pasa? ¿Qué te ha dicho?”

- A ver…

- Sin rodeos Juan ¿quién está propagando esas cosas de mi mujer?

- Todo el mundo en la unidad habla de ese tema.

- Pero ¿cómo es posible? ¡La gente es gilipollas!

- Mira Miguel, es verdad que la gente es muy chismosa pero ese es no es el problema. El problema es que este hombre me asegura que cree que es cierto. Y no solo él. Te puedo confirmar que no es un bocachancla. Lo conozco y te aseguro que está convencido de lo que dice.

- ¿Me estás diciendo que mi mujer me pone los cuernos?

- Yo no te estoy diciendo nada, eso tendrás que averiguarlo tú. Tú me preguntaste si había rumores y yo te digo que sí.

- Bueno, tendrías que haber visto la cara del chico mientras me lo contaba. No te puedes imaginar Luisa, estaba descompuesto. Yo era la primera persona con la que hablaba de este tema. A partir de ahí empezó a fijarse en lo que hacía su mujer y efectivamente la pilló en alguna que otra contradicción. Esta vez no le dijo nada, cuando veía algo que no le cuadraba simplemente se callaba. Al final optó por contratar un detective privado

- ¿Qué me dices? ¡Qué fuerte!

- Pues sí, no tardó ni diez días en pillarlos. Ahora lo tenían a huevo porque Paco tenía total disponibilidad y habitación de hotel. La muy idiota, incluso sabiendo que había puesto sobre aviso a su marido creía que tenía la partida en su mano y no se cortó un pelo, seguía viéndose con el mío. Estaba segura que Miguel no la iba a pillar porque lo tenía más o menos controlado, lo que nunca se imaginó fue que contratara a un detective.

- ¿Y el detective la vio con Paco?

- Hay fotos de los dos juntos entrando en el hotel. Incluso saliendo de la habitación. Miguel me dio un sobre con toda la documentación y el informe de seguimiento.

- ¿Que te dio qué?

- Sí, fue su forma de pedirme perdón por no haberlo creído. Dice que eso me podrá ayudar igual que a él para conseguir un mejor acuerdo de divorcio. Son pruebas de la infidelidad. Yo a cambio le di el teléfono de mi abogada, la que me está llevando los papeles y asesorando. Es muy buena.

- Tía, me dejas de piedra.

Beatriz mueve la cabeza pensativa

- Tendrías que haberlo visto, Luisa. Era yo misma hace un par de meses. Nos entendíamos casi sin hablar. Ese hombre está roto. Tiene claro lo que quiere hacer pero todavía no es capaz de reaccionar. Sigue viviendo con ella, acostándose con ella, comiendo con ella, viendo como sigue con su vida feliz y contenta mientras le pone los cuernos. No sabe cómo ni cuándo se lo va a decir.

- ¿Todo eso te ha contado? ¡Coño con el que no te hablaba!

- Es buena gente ¿sabes? no le culpo. Es más, le entiendo perfectamente. Y ha tenido el detalle de venir a pedirme perdón.

- Eso es verdad - concluye Luisa dando un sorbo al café que le acaban de servir.