Xtories

El círculo. Cap.37. La calma que es guerra

Damián Ortega descubre que alguien dentro de su círculo lo está saboteando mientras su hija Abril se niega a protegerlo. Valeria, su otra hija, lanza una campaña política agresiva y pública, revelando su embarazo y desafiando el establishment. Isabella, su esposa, decide dejarlo para sanar, abandonando el hogar. La trama culmina con la muerte de Ximena, hermana de Valeria, en un motel, lo que desv

Ixchel Diaz M1.7K vistas8.7· 6 votos

Oficina de campaña de Damián. Amanecía. La Ciudad de México se desperezaba con desgano, envuelta en un gris sucio que se colaba entre las persianas metálicas. La luz era tenue, espectral, como si el día no quisiera del todo instalarse.

Una televisión sin volumen proyectaba en loop un video tembloroso: Serrano, con el pantalón a medio muslo, tambaleándose en lo que parecía un estacionamiento subterráneo. El personaje del video no era un político, era una caricatura. Y eso dolía más. No la humillación... sino el fracaso del intento.

Damián estaba sentado a la cabecera de la mesa larga. Su palma izquierda tapaba parcialmente su boca. Llevaba una camisa blanca sin corbata, arrugada. No había dormido. Frente a él, sus operadores revisaban celulares, dashboards, métricas. La pantalla cambió. Ahora mostraba memes. Serrano como sticker, como trend, como burla nacional.

Uno de los asesores más jóvenes se atrevió a hablar.

—La narrativa no cuajó, jefe. En redes lo hicieron comedia... y los medios bajaron el tono. Reforma lo metió en interiores. Ni encabezado. En radio dijeron que no hay pruebas claras de que sea él...

Nadie lo interrumpió. Ni siquiera cuando su voz se quebró.

Damián no dijo nada. Se inclinó hacia su libreta Moleskine y escribió con una pluma negra Montblanc. Trazos breves, decididos. Luego levantó la vista. Sus ojos estaban vacíos, clínicos, quirúrgicos.

—¿Quién tuvo acceso al video original? —preguntó, sin emoción.

Hubo un silencio tenso. Una mujer al fondo —probablemente Andrea, la de estrategia digital— respondió con cautela:

—Yo lo compartí con el equipo de virales. Lo editaron rápido. Subtítulos, música... se mandó al grupo seguro. A los veinte de confianza. A influencers. A nuestra red de medios.

Damián cerró la libreta con un gesto seco.

—¿Y no les pareció curioso —dijo, lento, mascando cada palabra— que los mismos influencers que destrozaron a Abril con los sobres... hoy no tocaran esto? ¿Ni uno?

El silencio se volvió espeso. Pesado. Todos lo sabían. Había algo más. Una fuerza sorda operando desde adentro, borrando sus huellas.

Damián se recargó en la silla. Miró el techo. Respiró hondo. Luego el reloj. 6:44 a.m.

—Quiero ver a Abril —dijo sin mirar a nadie.

Su asistente, sentada en el rincón con la laptop, se sobresaltó. Sacó su celular. Marcó. No obtuvo respuesta. Volvió a marcar. Dudó.

—Apenas amanece, licenciado. Tal vez sigue dormida...

—Despiértala. Que venga ahora. O voy yo.

La frase cayó como una lápida. Nadie se atrevió a comentar. Damián se puso de pie y caminó hacia el ventanal que daba al Periférico. El amanecer era lento, congestionado, sucio. Autos detenidos en los primeros nudos de tráfico.

Sacó otro cuaderno. Uno más antiguo. Forrado en tela negra. Lo abrió. Pasó varias hojas hasta detenerse en un nombre subrayado en rojo: APRILIA.

Se quedó observándolo. Durante unos segundos, sus labios se movieron, repitiéndolo en silencio. Como si fuera un conjuro. O un acertijo antiguo.

—Nos están frenando desde adentro —dijo de espaldas.

Uno de los operadores tragó saliva.

—¿Y si fue el mismo Serrano quien filtró el video primero? ¿Para inmunizarse? ¿Y burlarse?

Damián esbozó una sonrisa. Apenas una curva triste en los labios.

—Sería inteligente. Pero no es su estilo.

Se dio la vuelta y miró al grupo sin verlos realmente.

—Pero sí sería el estilo de alguien que quiere que yo crea eso.

Nadie respiró.

—Hoy vamos a cambiar la vía. Silenciosa. Sin redes. Sin filtraciones.

Caminó hasta el pizarrón blanco. Borró con la manga un apellido. Y escribió otro. Con fuerza. Con rencor.

Nadie logró descifrarlo. El trazo era sucio, rápido, lleno de rabia contenida. Como si no hubiera usado tinta, sino sangre seca.

Y entonces, dijo algo que descolocó a todos.

—Después de Abril, quiero ver a Maya, a solas.

Volvió a sentarse. Como si nada. Pero todos lo sintieron: la calma que lo rodeaba no era paz. Era guerra, aún en reposo. Y alguien del propio Círculo ya había elegido otro bando.

__

Senado de la República. Oficina de la senadora Abril Barduján. 7:38 a.m.

La luz entraba oblicua, cansada, a través del ventanal cubierto de polvo. Afuera, la ciudad comenzaba a retumbar con el caos habitual, pero adentro, el silencio era más denso que el concreto. No había asistentes. No había café caliente. Solo el murmullo apagado del aire acondicionado, y el zumbido débil de una laptop encendida sobre el escritorio.

Abril estaba sentada en el sillón de piel, con una manta sobre las piernas y un cuaderno abierto entre las manos. Su silueta había cambiado: el rostro más redondo, los hombros caídos, la ropa holgada y pesada que ya no parecía elegante sino defensiva, protectora. Llevaba un suéter de lana amplio, azul marino, y una blusa blanca que se arrugaba sobre el abdomen. De vez en cuando se llevaba una mano al vientre, como sin querer, como si algo palpitara allí dentro, en silencio.

Lo había sentido desde la noche anterior. Él vendría.

Y lo hizo.

Damián apareció sin avisar. Entró con paso firme, pero sin prisa. Nadie lo anunció. Nadie se atrevió a detenerlo. Llevaba el saco en la mano, como si se lo hubiera arrancado en el elevador, y los ojos inyectados, pero secos. No dijo “buenos días”. Ni siquiera saludó. Cerró la puerta con cuidado, como si el golpe lo diera después con palabras.

—Así que era cierto —dijo, de pie, mirándola como si la viera por primera vez.

Abril no levantó la mirada de su cuaderno. Solo pasó la hoja con lentitud. Como si él no estuviera ahí.

—¿Qué era cierto? —preguntó con voz baja, tranquila.

—Que estás cuidándolo —espetó Damián—. Que estás cubriendo a Serrano.

Abril soltó una risa breve, casi un suspiro.

—No seas infantil.

—Te protegiste a ti misma. A tu posición. A tu gente. Y lo salvaste a él.

—¿A ti te interesa la verdad? —le cortó, alzando la vista por fin— ¿O solo te importa ganar?

Damián se acercó un par de pasos. Los ojos le temblaban, pero la voz se le mantuvo intacta.

—A mí me importa el país, Abril.

—No —respondió ella, sin dudar—. A ti no te interesa el país. Solo ganarte a ti mismo.

El silencio que siguió fue brutal.

Damián bajó la mirada por primera vez. Se frotó la cara con ambas manos. Quiso decir algo, pero no encontró el tono. Lo único que se le ocurrió fue un susurro cargado de todo lo que nunca supo pedir.

—¿Tú... todavía me quieres?

Abril lo miró fijo. Muy fijo. Como si intentara decidir si valía la pena responder. No dijo nada. Solo desvió la mirada. Y se llevó la mano al vientre. Un gesto mínimo, pero no invisible.

Damián lo notó. Claro que lo notó. No dijo nada, pero lo vio todo. El peso nuevo en sus caderas. La pausa más larga al respirar. La piel distinta. La forma en que su cuerpo intentaba esconder lo que ya no podía.

Volvió a erguirse. Recogió el saco del respaldo de una silla. Y entonces, la voz le salió más baja, más quebrada. Casi niño.

—Tú me metiste a este infierno, Abril... Y ahora me dejas arder solo.

Ella cerró el cuaderno sin mirarlo. Muy despacio.

—No te estoy dejando —murmuró, apenas audible—. Solo ya no voy a apagar tus incendios.

Damián asintió. No con la cabeza, sino con la tristeza que le nubló los ojos.

Salió sin mirar atrás. Cerró la puerta igual que al llegar: con cuidado. Como si ella aún durmiera ahí dentro. Como si algo pudiera romperse.

La oficina quedó en silencio. Solo Abril respiraba. Profundo. Con esfuerzo. Como si contuviera dos corazones.

__

Mediodía. Salón central del Centro Cultural del México Contemporáneo, Cuauhtémoc, CDMX.

El sol se filtraba por los vitrales antiguos, derramando una luz dorada que rebotaba sobre las columnas de cantera y las sillas apretadas, ocupadas por reporteros, camarógrafos, y operadores políticos de todas las cepas. Había ruido de flashes, murmullo contenido, transpiración de ansiedad. Algo grande iba a ocurrir. Todos lo sabían. Nadie lo decía.

Valeria llegó puntual. No necesitó música. Ni porra. Ni slogan chillón.

Entró caminando despacio por el pasillo central, escoltada por dos mujeres —una abogada afromexicana y una activista trans— que no se presentaron, no hablaron, solo irradiaban fuerza. Valeria avanzó como si ya hubiera ganado. Con un vestido lila que abrazaba su cuerpo con una elegancia calculada. Tacones bajos. Cabello recogido en un moño deshecho, labios malva, piel luminosa. Su figura tenía algo nuevo: una redondez leve, sutil. No era evidente, pero estaba ahí. Como una promesa, como un arma.

Se subió al templete con la serenidad de quien domina el aire que respira. Saludó con una inclinación mínima de cabeza. Tomó el micrófono. Y sonrió. Lo demás, fue arte.

—Gracias por estar aquí. Gracias por no temerle a la nueva ciudad que se viene. Mi nombre es Valeria. Y hoy vengo a decirles algo que a muchos les incomoda: las mujeres ya no vamos a pedir permiso.

Hubo un aplauso espontáneo, contenido. Ella lo ignoró.

—Durante años, nos vendieron la idea de que para participar en política había que endurecerse, volverse cínicas, imitar a los hombres. Nos dijeron que para tener poder había que volverse cruel. Yo vengo a decirles que eso es mentira.

Hizo una pausa, los asistentes aplaudieron.

—Yo vengo a proponer otra forma de poder. Una nueva forma de poder femenino. Firme. Sensual. Empático. Estratégico. No vamos a dejar de ser mujeres para ocupar un espacio. Vamos a conquistar el espacio... siendo exactamente quienes somos.

Aplausos. Esta vez, más fuertes. Algunos se pusieron de pie. Ella esperó a que el murmullo bajara. Luego bajó la voz.

—Cuauhtémoc ha sido la caja negra del poder capitalino. El botín. El experimento. El laboratorio de la impunidad. Hoy, vengo a abrirla.

Al fondo, un periodista de voz grave murmuró en su grabadora: "Esta mujer no viene a competir... viene a devorar.". Valeria continuó viéndolo a los ojos, son una media sonrisa:

—Vamos a cambiar la lógica de gobierno. Ya no más operadores sin rostro. Ya no más pactos entre pasillos. La Cuauhtémoc que soñamos va a construirse en voz alta. Con presupuestos públicos. Con asambleas abiertas. Con alianzas reales. Sí: con los comerciantes. Con los artistas. Con las madres solteras. Con los migrantes. Con los que no tienen apellido.

Silencio respetuoso. Miradas cruzadas. A cada frase, la energía se espesaba. Valeria no estaba lanzando una campaña. Estaba dictando sentencia.

—Esta candidatura no es una revancha. No es un capricho. Es un giro. Es la forma en la que vamos a ocupar lo que nos negaron. Una por una. Una por todas.

La última frase cayó como piedra en el agua.

Entonces, vinieron las preguntas. Un enjambre de micrófonos se alzó.

—¿Va a aceptar el respaldo de los empresarios del centro?

—¿Qué opina de los rumores sobre su relación con Serrano?

—¿Tiene vínculos con el partido de la presidenta?

Ella respondió todo con astucia quirúrgica, sonrisa calma, control milimétrico. Parecía que cada respuesta ya estaba escrita desde la madrugada anterior.

Y entonces llegó.

Una periodista de espectáculos disfrazada de reportera política se atrevió:

—Valeria… ¿Es verdad que usted es hija de Damián Ortega?

El silencio fue brutal. No incómodo. No tenso. Sagrado.

Valeria ladeó la cabeza. No se sorprendió. Ya esperaba la pregunta. Sonrió. Con suavidad. Con elegancia. Con veneno.

—¿Y si lo fuera? —dijo, bajando el micrófono, para mirar directamente a la periodista—. ¿Cambiaría algo?

La sala se estremeció. Nadie respondió. Algunos bajaron la mirada. Otros se sintieron testigos de algo irreversible.

Valeria entonces bajó del estrado. Sin prisa. Como si no hubiera hecho historia. Como si apenas estuviera empezando a calentar.

Una asesora se acercó y le susurró: “Fue perfecto.” Valeria no respondió. Solo se tocó el vientre, apenas, con la yema de los dedos.

Afuera, la ciudad temblaba por el calor. Adentro, algo más profundo había empezado a cambiar. Ya no había vuelta atrás. Valeria no era la hija de Damián. Era su evolución. Y lo sabía.

__

Casa de Isabella. Noche. Ciudad de México. Interior. Silencio en forma de despedida.

Las paredes ya no hablaban. Las fotos habían desaparecido. Los estantes, vacíos. Las cortinas, recogidas. Había algo final en el aire. Como un cuerpo después de una larga fiebre: exhausto, pero en paz.

Isabella cerraba una maleta con manos tranquilas. No había caos. No había urgencia. Todo había sido doblado con cuidado: los vestidos que ya no usaba, la blusa beige que le regaló su madre antes de morir, la pijama de franela con agujeros que aún olía a su hija, y ese perfume pequeño, intacto, que se había prohibido durante años. El que Darío le dijo una vez que olía “demasiado a ella”.

Ahora se lo llevaba puesto. Apenas unas gotas. Para sí misma.

La pantalla del celular vibró sobre la mesa de noche. Videollamada. Darío. Isabella dudó dos segundos. Respondió.

—Hola.

Del otro lado, Darío estaba despeinado, sin camisa, con esa expresión a medio camino entre el deseo y el miedo. Se había servido un trago. El hielo flotaba sin rumbo.

—¿Estás bien? —preguntó él, como si fuera su derecho saberlo.

—Sí.

—¿Estás… empacando?

—Sí.

Él tragó saliva. Se acomodó. Cambió el tono.

—No te vayas.

Isabella lo miró. No con ternura. No con rabia. Con algo nuevo: compasión.

—No me estoy escapando, Darío.

—Podemos irnos juntos —dijo él, casi sin pensarlo—. A Veracruz, a donde sea. Tú, yo... Xime si quiere. Podemos empezar de cero.

Isabella lo dejó hablar. Lo observó con una especie de tristeza que ya no dolía. Como si lo viera desde otro tiempo, desde otra piel.

—Yo no tengo que huir —dijo—. Tengo que sanar.

Darío bajó la mirada. Lo entendió. Lo supo. La había perdido. No por otro hombre. Ni por un escándalo. Sino por ella misma. Porque, por fin, Isabella se eligió.

—¿Y Ximena? —preguntó él, más suave.

—Va a quedarse unos días con mi hermano. Yo hablé con ella.

—¿Y tú… vas sola?

—Sí.

—¿Y no te da miedo?

Isabella lo pensó. Y luego, sonrió. No con la boca. Con el rostro entero.

—Claro que sí. Pero prefiero el miedo… a esta jaula disfrazada de amor.

Darío asintió, roto. Apagado. No insistió. Solo la miró. Por última vez. Como quien ve partir a quien nunca pudo sostener.

Isabella colgó sin drama. Guardó el teléfono en la bolsa lateral de la maleta. Luego miró la sala vacía. No quedaba rencor. No quedaba peso.

Caminó hasta el espejo del pasillo. Se vio. Y esta vez, no se pidió perdón. Ni se maquilló la culpa. Solo se tocó el rostro. Y dijo en voz muy baja:

—Aquí estoy.

Como si se reencontrara después de años.

Al salir, cerró la puerta sin llaves. No iba a volver.

Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio… no dolía.

__

Motel “Noche Azul”. Iztapalapa. Cuarto 26. 3:41 a.m.

La habitación olía a cloro barato, sudor, y algo más. Algo dulce y podrido. Una mezcla que se quedaba pegada en la garganta.

El foco del techo titilaba con una resistencia cobarde, revelando pedazos: la sábana tirada, un condón usado sobre la mesa, un vaso con residuos de Sprite y algo blanco flotando, y en medio… el cuerpo de Ximena.

Estaba desnuda de la cintura para abajo, con una camiseta larga que alguna vez fue blanca. Los labios morados. Los ojos apenas entreabiertos. Una pierna doblada de forma imposible. Una mano cerrada como si sujetara algo que ya no estaba. El maquillaje corrido, no por llanto, sino por la noche.

No había música. No había llanto. Solo el zumbido del ventilador y las cámaras de los peritos parpadeando en silencio.

Un hombre joven —veintitantos, flaco, tatuado, esposado al respaldo de una silla— sollozaba sin hacer ruido. Era el dealer. O eso decía su mochila. Tenía las uñas sucias. Un moretón reciente en la mejilla. Y un hilo de sangre seca en la nariz.

El policía que lideraba la escena no era nuevo. Había visto esto antes. Varias veces. Pero esta vez, algo le pesaba. No sabía qué. Tal vez el gesto en el rostro de la muchacha. No parecía drogada. Parecía… rendida. Como si hubiera dicho basta. Y el cuerpo obedeciera.

Tomó el celular de la mesita. Lo desbloqueó con la huella de la muerta. Escarbó entre contactos. Uno destacado. Sin nombre. Solo un emoji: un cisne Marcó.

La llamada tardó cinco tonos en responder.

—¿Sí?

—¿Usted es familiar de Ximena Ortega? —preguntó el oficial, con la voz grave, neutral.

Pausa.

—Sí. Soy su papá ¿Quién habla?

—Soy el oficial Francisco Paz, Policía de Investigación de la Ciudad de México. Disculpe la hora.

—...Dígame.

—Lamento informarle que encontramos un cuerpo… creemos que podría tratarse de su hija, Ximena Ortega González. Estamos en el Motel Noche Azul, Iztapalapa. Cuarto veintiséis. Hay una identificación en la bolsa.

Silencio. Solo respiración. Luego, muy bajo:

—¿Está muerta?

—Sí, señor.

Otra pausa. Más larga.

—¿Cómo?

—Sospecha de sobredosis. Hay indicios de abuso, pero no hay señales de violencia directa. No queremos especular. Ya se dio aviso al MP.

Un clic seco. Algo se rompía del otro lado. Vidrio. Madera. Voz.

—...¿Está sola?

—Sí. El sujeto que estaba con ella está detenido. Ella portaba identificación completa, pero lleva su celular. Encontramos fotografías recientes. El cuerpo lleva varias horas sin vida.

—¿Horas?

—Sí, señor.

Del otro lado, nada. Silencio absoluto.

—Estoy en camino —dijo Damián. Pero no colgó.

El policía esperó. Damián respiró una vez, dos, y luego:

—No le digan a nadie. A ningún medio. A ningún forense externo. Dígales que es una menor sin identificar. Sin apellido. Por ahora.

—Entendido.

—¿Está…? —la voz de Damián se quebró apenas— ¿Está… presentable?

El oficial dudó. No quería mentir.

—Está… en paz, señor. No hay signos de lucha. Parece que solo... se apagó.

Un murmullo imperceptible. Como si Damián hubiera repetido esas últimas palabras para sí. Se cortó la llamada.

El oficial miró el celular, lo colocó dentro de una bolsa de evidencia. Luego observó el cuerpo de la joven, aún tendido sobre el colchón.

No parecía un caso más. No por el apellido. No por el escándalo que vendría. Sino por el silencio que había quedado. Ese silencio que, si uno no se protegía, se metía dentro.

En la calle, un perro ladró. Y al fondo, la ciudad seguía viva. Sucia, indiferente, insomne. Como si no se hubiera perdido nada.

Como si el cuerpo de Ximena no le doliera a nadie.

__

Casa de Damián y Helena. Día siguiente. Tarde, pero aún parece noche.

El portazo no hizo eco. La casa estaba demasiado callada para eso. Como si el silencio se hubiera instalado en los muros, en las cortinas, en los objetos. Todo estaba inmóvil. Incluso el polvo.

Damián entró arrastrando los pies. La ropa olía a cigarro, a calle, a desvelo. Llevaba la misma camisa de la noche anterior, ahora empapada bajo las axilas, arrugada en los codos. El saco colgaba de un hombro como si ya no fuera parte de su cuerpo. Los ojos rojos, pero secos. Había llorado por dentro toda la madrugada, como se lloran los pecados viejos: sin lágrimas, pero con humo.

Había fumado sin parar. En la calle, en la puerta del SEMEFO, en el auto estacionado. Se negó a que alguien lo acompañara. No dejó que nadie lo tocara. Solo marcó al buzón de voz de Isabella y dejó unas palabras que ni siquiera recordaba haber dicho. Algo así como “ya está… ya pasó… no se puede hacer nada”.

Pero no. No había pasado.

Y no iba a pasar.

Helena lo esperaba en la sala, sentada en el sofá más grande, con las luces apagadas y una lámpara de pie encendida en ámbar tenue. Llevaba una bata de algodón grueso, color perla. Su cabello estaba recogido y el rostro desnudo de maquillaje. En la penumbra, su embarazo ya no podía ocultarse. Era evidente. Redondo. Vivo.

Ella no dijo nada cuando él cruzó la puerta. No se levantó. Solo lo miró. No con miedo. No con compasión. Con una ternura sin palabras. Antigua. Dura. Resistente.

Damián dejó las llaves en la mesa. Caminó hasta el sillón como si sus rodillas no obedecieran. Se sentó junto a ella, pero no la miró. Se inclinó hacia adelante. Apoyó los codos en las piernas. Hundió el rostro entre las manos.

Y entonces, sin anunciarlo, se quebró.

No hizo ruido. No gritó. No gimió. Solo tembló. Como si un rayo le hubiera atravesado la frente y le hubiera partido la historia en dos. Como si todo lo que era se derrumbara, pedazo a pedazo.

Helena se inclinó sin prisa. Lo rodeó con los brazos y apoyó su frente sobre la nuca de él. Le acarició el cabello, lento, como se acaricia a un niño enfermo. Luego le besó las sienes, con la boca tibia, sin fuerza, sin promesa.

Y solo murmuró, muy bajo, como si se hablara a sí misma:

—Estás aquí. Aún estás aquí.

Él no respondió. Ni asintió. Solo se dejó ir. Dejó que sus hombros cedieran, que su pecho se vaciara, que su peso se derrumbara en el regazo de ella. Como si fuera su única tierra firme. Como si el mundo entero se hubiera vuelto agua.

Helena lo abrazó por la espalda. Le cubrió el cuerpo con la manta del sofá. No intentó consolarlo. No le preguntó nada. No repitió frases inútiles como “va a pasar” o “lo siento”.

Sabía que había pérdidas que no se nombran. Sabía que hay dolores que no buscan testigos, solo refugio.

Damián cerró los ojos. Y por primera vez desde que vio el cuerpo de su hija, se permitió dormirse. Con la cabeza sobre el vientre de Helena, como si ese nuevo corazón que latía dentro de ella fuera la única señal de que algo aún podía salvarse.

La lámpara seguía encendida. Y afuera, la ciudad no se detenía. Pero adentro, en ese rincón de sombra, Damián volvió a ser un hombre, no un político. No un estratega. Solo un padre derrotado.

Que por fin, dejaba de resistirse.

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Oficinas de campaña de Serrano. Piso alto. Torre Insurgentes. Medio día.

El vidrio templado del ventanal reflejaba la ciudad como un trofeo: vertical, hirviente, inconsciente. Allá abajo, el caos. Aquí arriba, el poder. O al menos, la ilusión perfecta de que se tiene.

Las oficinas de campaña de Serrano no olían a política. Olían a éxito. Café recién hecho. Perfume importado. Cristalería fina sobre una mesa de roble. En la sala de juntas habían quitado los papeles, las laptops, los gráficos. Hoy no había estrategia. Hoy había celebración.

Serrano se sirvió un trago corto de whisky. No cualquiera. Un Glenfiddich 30 años. Lo giró en la copa con la sonrisa de quien ha sobrevivido a la ejecución. Llevaba traje oscuro, sin corbata, y los primeros botones de la camisa desabrochados. En el rostro, el brillo sucio del hombre que no esperaba vivir para contarlo… y ahora quiere comerse el mundo.

—Empatamos —dijo con la voz grave, casi ronca por la noche anterior—. Ya estamos parejos. Un punto más y ese hijo de puta va a tener que hacer cola para hablar con nosotros.

Valeria estaba de pie, al fondo, recargada en el escritorio de mármol. Vestido negro entallado, labios rojo sangre, tacones de media altura. El embarazo aún era una curva discreta, pero su piel estaba distinta: más luminosa, más tensa. Se veía brutalmente hermosa. Radiante. Letal.

No respondió de inmediato. Solo levantó su copa y asintió. Serrano se acercó. Brindaron.

—Por ti —dijo él.

—Por mí —corrigió ella, con media sonrisa.

Chocaron las copas. El cristal sonó como una sentencia. Luego se besaron. Un beso lento. Cínico. Más pacto que caricia. Más poder que deseo.

Él la abrazó por detrás. Apoyó la mano grande y áspera sobre su vientre. Le acarició el abdomen con la delicadeza con que se limpia un arma. Ella sintió el antinatural bulto de César frotarse en su trasero. Sonrió.

—Este sí va a tener mi nombre —murmuró al oído.

Valeria no se movió. No dijo nada. Solo sonrió. Pero su mirada se fue más allá del ventanal. Más allá de Serrano. A algo —o alguien— que aún no estaba en escena.

Una vibración interrumpió el momento. El celular de Valeria. Pantalla encendida. Nombre: Mamá.

Ella lo vio con un gesto fugaz. Volteó los ojos. Apagó la sonrisa. Se soltó de los brazos de Serrano.

—Dame un segundo —dijo. Y se alejó. Entró a un privado. Cerró la puerta. Respondió.

Serrano la observó desde el cristal opaco. No escuchaba, pero algo cambió.

Valeria se quedó de pie, de espaldas.

—¿Qué?

Pausa.

—¿Dónde estás, ma?

Otra pausa.

—¿A qué hora va a estar?

Largo silencio.

—¿Necesitas algo?

Luego:

—Paso por ti.

Y entonces, se dobló. No físicamente. Emocionalmente. Como si algo se deshiciera dentro de ella. Como si todo el control, el cálculo, la soberbia… se derritieran de golpe.

Apoyó la frente contra la pared. El teléfono aún en la mano. Y lloró.

Un llanto hondo. Hormonal. Crudo. No por la noticia en sí. Sino porque el cuerpo, a veces, no pide permiso para derrumbarse.

La muerte de Ximena había llegado como un ladrillo en el pecho. La hermana. La niña. La sombra que siempre creció detrás de ella. Y ahora era un cadáver sin nombre, en una carpeta de investigación sin justicia.

Del otro lado del vidrio, Serrano observaba. No se acercó. No entendía. No le importaba. El brindis seguía frío sobre la mesa.

Valeria, en cambio, ya no estaba allí. Ni en la oficina. Ni en la campaña. Ni con él. Por dentro, algo se había roto. Y lo que surgía del otro lado, ya no era parte de su proyecto.

Era otra cosa. Algo más fuerte. Más profundo. Más peligroso. Era Valeria. Sola. Y despierta.