Cuernos y semen dentro: la traición de Héctor
La llave giró en la cerradura y el mundo de Mónica se detuvo. No era solo una cena familiar, era el fin de todo lo que conocía. Héctor, su marido de veinte años, no podía disimular el pánico en sus ojos mientras la confesión salía a borbotones: una aventura de un año, un embarazo, y detalles que la herían como puñales.
Mónica estaba en la cocina, fregando los platos de la cena familiar, cuando oyó la llave girar en la cerradura. Era Héctor, su marido desde hacía veinte años. Habían construido una vida juntos: dos hijos, una casa modesta en las afueras de la ciudad, rutinas que se habían vuelto cómodas, aunque algo monótonas. Aquella noche, los niños estaban en casa de los abuelos, y Mónica había planeado una velada tranquila, quizás con una copa de vino y algo de intimidad que hacía meses que escaseaba entre ellos.Pero al verlo entrar, supo que algo andaba mal.
Héctor estaba pálido, Su boca hacía una mueca de nerviosismo que no podía disimular. Se dejó caer en el sofá del salón, cubriéndose la cara con las manos. Mónica se secó las manos en un paño y se acercó preocupada.
—¿Qué pasa, Héctor? ¿Ha ocurrido algo en el trabajo?—
Él levantó la vista, y las lágrimas ya rodaban por sus mejillas. Mónica sintió un nudo en el estómago. Nunca lo había visto así, tan vulnerable, tan roto.
—Perdóname, Mónica. Lo he estropeado todo. He tenido… una aventura. Con Laura, de la oficina.—
El mundo se detuvo para Mónica. Laura. La conocía, claro que sí. Era esa morena de labios gruesos y carnosos, con un pecho voluminoso que siempre parecía a punto de desbordar sus blusas escotadas. Tenía caderas anchas, un cuerpo curvilíneo que Mónica había observado en alguna fiesta de empresa o reunión casual. Siempre pensaba que Laura era demasiado provocativa, con esos pantalones tan ajustados que marcaban su trasero redondo y firme. “¿A quién se le ocurre vestir así en una oficina?”, se había dicho Mónica en más de una ocasión, sin malicia, solo con una pizca de envidia por esa juventud que ella ya no tenía. Pero jamás se le había pasado por la cabeza que su marido pudiera fijarse en ella de esa manera.Y ahora, las palabras de Héctor seguían cayendo como un mazazo.
—Y… la he dejado embarazada. Por favor, perdóname…—
Mónica sintió náuseas subirle por la garganta. El salón dio vueltas, y se apoyó en la pared para no caer. Un grito ahogado escapó de sus labios, seguido de un llanto incontrolable. Le lanzó el paño que aún sostenía, y luego sus puños cayeron sobre el pecho de Héctor, débiles al principio, pero con furia creciente.
—¡Cabrón! ¡Cómo has podido! ¡Tenemos hijos, una familia! ¿Embarazada? Eres un puto guarro!—
Héctor no se defendió. Se dejó golpear, sollozando él también.
Mónica se apartó, jadeando, con el rostro enrojecido por las lágrimas. Se sentó en el suelo, abrazándose las rodillas, intentando procesar el dolor que la atravesaba como una cuchilla.
—¿Cómo fue? Dime la verdad, Héctor. ¿Cuántas veces? ¿Desde cuándo?—
Él se arrodilló frente a ella, con la voz entrecortada.
—Empezamos más o menos hace un año. Pero fue solo un pequeño flirteo, te lo prometo. Simplemente notaba que ella se agachaba más de la cuenta para que yo le viera el escote, hasta que llegaron pequeños flirteos sin importancia. Un día, en una fiesta de empresa, empezamos a bailar y, borrachos…bueno, la cosa llegó a más.—
Mónica lo miró con odio, pero una parte morbosa de ella quería saberlo todo, como si el dolor pudiera aliviarse con los detalles.
—¿Dónde te la tiraste, cabrón? ¿Cuántas veces?—
Héctor bajó la vista, avergonzado, pero las palabras salían como un torrente.
—Al principio, solo esa noche. Yo la acompañé a casa y ella se me subió encima en el coche. De verdad que no quería. Le dije: “No, por favor, sabes que estoy casado y tengo hijos”. Pero ella se sentó encima y no lo pude evitar. Prácticamente fue ella quien me violó. Se me sentó encima en el coche y yo todo el rato tuve los ojos cerrados, te lo prometo. Ella era la que lo hacía todo.—
Mónica sintió un escalofrío. Imaginaba la escena: Laura, con su escote pronunciado, desabrochando la camisa de Héctor en el asiento trasero, sus labios gruesos rozando su cuello mientras se movía de forma rítmica y salvaje sobre él.
—¿Y después?—
—Fue ella la culpable. Era ella quien al lunes siguiente me abrazaba pidiéndome perdón, y joder, no podía evitar notar sus tetazas contra mi pecho, la muy guarra aprovechaba esos momentos para retozarse contra mi entrepierna mientras emitía pequeños jadeos en mi oído. Me volvía loco sin que yo lo buscara. Es una puta, todo el día buscaba guerra.... pero al final, cedí. Fue como una droga, no pude evitarlo. Follábamos como locos todos los días: en el coche, en hoteles, en el trabajo...incluso una vez la traje a casa y me la follé fuerte y duro en este mismo sofá.
Usábamos preservativo al principio, pero se sentía mucho más rico y caliente sin él. Me prometió que tomaba la píldora, y… me corrí dentro de ella tantas veces que tenía que haber pasado antes o después. Era inevitable.
Ahora me dice que quiere tener al bebé y para que veas que soy buena persona quiero pasarle una pensión, voy a cumplir con mis obligaciones. Los niños nunca sabrán nada, pero por favor, perdóname.—
—¿Y qué sentías, cabrón? Mientras yo estaba aquí, fregando platos, cuidando de los niños, ¿tú estabas dándole que te pego a esa puta?—
El tono de Héctor empezó a cambiar, asomando una pizca de defensa.
—No pude evitarlo. Soy débil, Mónica. Ella me provocaba constantemente. Se agachaba para recoger papeles y su trasero redondo se marcaba tanto que… era imposible ignorarlo. En los baños, me bajaba los pantalones y se arrodillaba, succionando con esos labios tan gruesos...¿te acuerdas que un día me dijiste que Laura tenía pintas de guarrilla con los labios que se había inyectado? Tuve que ir a pajearme al baño solo de pensar en tu comentario. Pues no veas como me la chupaba! Luego, me montaba y sus tetas rebotaban mientras cabalgaba como una india salvaje. Pero la culpa es de ella, toda, yo simplemente soy débil.—
Mónica lloraba, pero no podía dejar de escuchar.
Las imágenes se formaban en su mente: Laura arqueando la espalda en este mismo sofá, Héctor detrás de ella, agarrando sus caderas anchas mientras la penetraba con fuerza. Los gemidos de placer, el sudor, las babas, el sexo, el olor penetrante, el "plap, plap, plap" rítmico escuchándose por toda la casa.
—Perdóname, no quería herirte. Pero claro, es que la culpa es tuya también, Mónica. No me liberas esta tensión. Hace años que estás estresada con el trabajo y los niños, y nunca quieres… satisfacerme como antes.—
De repente, algo cambió en él. El arrepentimiento se tiñó de rabia. Se puso de pie, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Espera un momento. ¿Sabes qué? Laura es diez años más joven, con un cuerpo que enciende a cualquiera. Hacía tiempo que no sentía algo así. El misionero, a cuatro patas, ella encima, contra la pared…hasta dejarme seco. Como hombre, lo necesitaba.—
Mónica se levantó, temblando de ira y dolor.—¡Cabrón! ¿Cómo has podido hacernos esto? ¡A mí, a los niños!—
Pero Héctor ya no paraba. La confesión se había convertido en un desahogo cruel, cargado de detalles que herían como puñales.
—Joder, es que me lo merezco, ¿qué quieres? Tú no me das eso. Laura me excita y esa es la realiad, asúmelo.. Su cuerpo es perfecto, sus tetas son demasiado golosas, sus curvas me pierden. Me chupaba la polla con labios de puta hasta que explotaba. Sin condón, sentir su interior caliente alrededor de mi polla… Era adictivo.—
La discusión escaló. Mónica le gritó, le lanza figurita que acertó en su hombro.
—¡Eres un puto cerdo! ¡Nos has destruido!—
Héctor, rojo de ira, replicó:—¡Y tú una frígida! ¿Sabes qué? No aguanto más esta conversación. Me voy de casa esta noche.—
Mónica se congeló, el llanto ahogado en su garganta.
—¿A dónde vas?—
Él la miró con frialdad, recogiendo su chaqueta:—Ya te lo puedes imaginar.—
La puerta se cerró con un portazo que retumbó en la casa vacía. Mónica se derrumbó en el sofá, sollozando, con el corazón hecho trizas. Las imágenes de Héctor y Laura seguían danzando en su mente, un torbellino de traición y sexo que no podía borrar de su cabeza.
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