Larga batalla por una esposa. 19
Las grabaciones revelan más que sexo: revelan un vínculo que amenaza con destruir lo poco que le queda. ¿Es amor lo que ve en los ojos de su ex esposa, o solo el reflejo de un placer que él ya no puede ofrecer?
Larga batalla por una esposa. Capítulo 19.
Debo confesar, de nuevo, que lo verdaderamente duro y difícil de asumir fueron no tanto las grabaciones de sexo duro como aquellas donde me parecía percibir algún grado de afecto, de sensualidad, de connivencia por así decir, entre Beatriz y Rubén. Que Joana se manifestara como una déspota bizarra y dominante, no conseguía enervarme. Sabía que yo podía alcanzar eso y vencerla. Pero si su marido tenía algún ascendente emocional sobre mi ex-mujer, entonces todo se venía abajo. Y, por desgracia, no faltaban signos que en esa nefasta dirección apuntaban.
Acaso las imágenes más demoledoras en ese sentido fueron las que recibí hacia mediados de aquel mes agónico, con el trio de vacaciones en Collioure. Transcurrían en una playa, y todas estaban tomadas a distancia, sin que apareciera esa horrible mujer varonil, por lo que quedaba claro que los protagonistas, Beatriz y Rubén se dejaban llevar por sus impulsos, sin la presencia inmediata de aquella, por más que muy probablemente fuera ella la “camarógrafa”.
Las instantáneas me sobresaltaron, tomadas con teleobjetivo. Se miraban el uno al otro, entrelazadas las manos, al borde del agua, Beatriz con un bikini y pareo, Rubén en bañador. En la siguiente se besaban, ahora abrazados y empotrados el uno en el otro, con el agua ya mojando sus pies. Después se les veía subiendo una duna, ceñidos por la cintura.
El video adyacente era, sin paliativos, demoledor. Como digo, filmado a distancia y desde mayor altura, se veía a la pareja en un hueco entre la arena. Una gran toalla extendida les servía como marco del acto. Mientras Beatriz se quitaba las prendas, Rubén hacía lo propio. Apenas desnudos, ella se colocó boca arriba, bien abierta de piernas. El, en impecable estilo misionero, la penetra y comienza su mete/saca. Se mantiene un buen rato, no sin que los amantes se entretengan intercambiando con fogoso impulso la lengua y fundiendo los labios. Como es habitual, Beatriz se contrae y tiembla al alcanzar lo que eran evidentes orgasmos. Rubén parece que termina también, quedando un rato sobre ella. Como ya esperaba, cuando él se incorpora ella pasa a ponerse de rodillas y toma el miembro para limpiarlo con su boca, mientras los se mantienen la mirada.
Finalmente, Rubén ayuda a que Beatriz se incorpore. Ambos se vuelven a poner los bañadores, recogen la toalla y salen de las dunas, encaminados hacia la zona diáfana donde ya había bañistas y gente paseando.
Tuve que enseñarle semejante testimonio gráfico a la sexóloga, al objeto de solicitarle consejo. La primera impresión no podría ser distinta de dar por seguro el afecto, sino cariño, por no querer nombrar la palabra “amor”, habido entre Beatriz y Rubén. Sin embargo, la respuesta de la profesional no fue por ese camino. Me hizo hincapié en la doble distinción que nunca debe olvidarse (aunque a menudo se haga), que incluye no sólo entre “hacer el amor” y “tener sexo”, sino también dentro del primer elemento entre “amor de sexo puro” y “sexo de amor”. El primero es esa ternura que surge espontánea cuando la conexión entre quienes hacen sexo es extraordinaria. Al dar y recibir un placer singular (lo que podría llamarse “excelencia” en el sexo), los individuos (masculinos como femeninos) reaccionan con un plus de ternura, que no implica realmente estar “enamorado” o en verdad satisfechos como para compartir el resto de una existencia en pareja. Lo segundo es precisamente lo contrario, una ternura que emana del sentimiento puro y que empuja a ir más allá en el sexo. Son, en síntesis, los dos caminos posibles en la sublime combinación, la de sexo/ternura. Cuando desde el uno se va a la otra siempre es inferior que cuando desde la una se va a lo otro…
La idea fuerza es que Beatriz le concedía un plus de mimo y delicadeza a Rubén porque éste a su vez le ofrecía un sexo pleno y exento de brutalidad, por más que supiera llegado el caso mostrar fuerza y arrebato, es decir virilidad.
Me reiteró para finalizar: confía en ti mismo, tu das mucho más que ellos, pero no tienes delante una guerra ni sencilla ni corta.
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