Larga batalla por una esposa. 18
No imaginaba que la verdad dolería tanto como la mentira. Al reproducir esos archivos, el narrador comprende que Beatriz no solo lo ha engañado, sino que ha sido reducida a un objeto de placer para otra mujer. ¿Podrá soportar verla gemir de dolor y gozo en las manos de su captora?
Larga batalla por una esposa. Capítulo 18.
Lo cierto es que, entre todos los pesares emanados de esa espera, el que más daño me causaba era la ignorancia respecto a lo que realmente le estaban haciendo a Beatriz. Alguna frase de María había sembrado en mi la zozobra, casi ansiedad. Curado de espanto, lo único cierto es que necesitaba saber, hasta el ultimo detalle si fuera posible.
Me di cuenta entonces que seguramente haber podido ver aquellas imágenes, repasar diversos episodios, por más turbadores que fueran, había representado a la postre una enorme ventaja. Sabía exactamente qué es lo que había ocurrido, cual fue el origen y su desarrollo, contribuyendo mucho a despejar cualquier idea equivocada y, sobre todo, preconcebida.
Intenté mantener contacto casi diario con María. Ella lo llevó con resignación, y la estaré siempre agradecido, por más que poco pudiera aportarme en cuanto a consuelo emocional. Pero sí lo hizo, mucho, en aquello que pudiéramos llamar “inteligencia operacional”. Esencialmente porque tuvo la habilidad de conseguir lo que yo le requería, información fidedigna, y gráfica por así decir, de lo que estaba viviendo Beatriz en ese mes largo de aislamiento.
Por fortuna no se había perdido el contacto por correo electrónico (amén de algún mensaje disimulado de Whatsapp) entre ambas amigas. Ante mi insistencia, María le pidió a mi ex-mujer que se hiciera con las imágenes/videos que grabaran, los copiara y se los remitiera. Usó su mejor retórica para convencerla de que era necesario, en vías de poder ayudarla. Reticente al principio, afortunadamente Beatriz cumplió lo solicitado. Luego llegaríamos a saber que aprovechaba los momentos en el que el ordenador de esa gente quedaba en reposo y se servía de un pendrive (mi mismo sistema, por cierto).
Antes de empezar a pasarme esos archivos, María me advirtió muy seriamente. Esperaba que yo estuviera bien inmunizado y que en verdad me fuera de provecho para disponer y planificar mis siguientes actuaciones. Se sentiría verdaderamente mal, y muy defraudada, si lo que allí observara finalmente viniera a provocar abatimiento y renuncia. Le aseguré, con muestras inequívocas de convicción, que no sería así, ya había visto mucho más de lo que en esa nueva etapa pudiera afectarme. Pasado el tiempo, no estoy seguro de que estuviera yo en lo correcto. Debo confesar que rondaría el colapso de mi voluntad, en más de una ocasión.
Llegaron, en consecuencia, esas “sesiones”, porque no podría denominarlas de otra manera. Efectivamente, me impactaron, mucho más de lo que esperaba. Desde el primero al último, unos por una cosa y otros por varias a la vez.
Comenzaría por el que creo se grabó uno o dos días después de mi cita con Beatriz. Todo apunta a que el lugar fue esa sala habilitada en el chalet de la pareja Valladolid. Mi ex-mujer está desnuda, aunque con un peculiar ancho collar de cuero negro, atada por las muñecas al techo y las piernas abiertas sujetas por una barra rígida entre los tobillos. Su cuerpo está, por ende, totalmente expuesto, indefenso. Soy incapaz de definir su expresión, pero sin duda contenía temor, por no decir miedo, pero también tensión, que podría definir sin equivocarme como “sexual”. Sólo se veía también a Joana, vestida informal, el horrible pantalón y el no menos desagradable suéter, oscuros ambos. Se la ve divertida, satisfecha, lujuriosa, como quien maneja la llave de su propio placer y, simultáneamente, paladea la revancha frente a un oponente. Tiene en sus manos un largo látigo, que me pareció terrible. No daba crédito a que pudiera usar semejante instrumento contra su víctima, aunque sin demora me sacó de la duda. Colocándose detrás, soltó un primer golpe fuerte y seco, horizontal contra la espalda de su víctima que, en consecuencia, soltó un grito de profundo dolor a la par que se encorvaba, en la medida que le permitían las ataduras. Se tomó su tiempo para repetir, y lo aprovechó para un diálogo, por llamarlo de alguna manera:
— Así que te ves con tu maridito… ¿Es así? ¡Responde!
Beatriz asintió con la cabeza.
— Vaya, increíble, con ese castrado que nunca supo ver lo que tu eres y necesitas, ese eunuco incapaz de darte placer. Dime, ¿hiciste algo con él? Quiero que me lo digas tú, aunque yo ya lo sé. Quiero comprobar hasta qué punto me sigues siendo fiel, en el pensamiento que es lo más importante.
Ahora Beatriz se quedó muda, se la veía asustada. La bestia no le dio mucho tiempo, otro tremendo latigazo volvió a electrizar el cuerpo de mi ex-mujer, asociado a un lamento, que aparentemente podría expresar un daño menor, pero que sin embargo me parecía bastante más desgarrador que el primero. Pero no quedó ahí, tras unos segundos para sopesar el efecto, siguió propinándola más azotes, uno tras otro, no sabría decir cuantos. Beatriz del alarido y la contorsión pasó al sollozo y el desplome. Fue entonces cuando Joana se acercó a mi mujer, ya por delante, y agarrándola por el pelo la obligó a enfrentar cara a cara, apenas separadas por unos centímetros.
— Dime, cariño, ¿te tocó ese cerdo?
Ante el silencio, la arpía amenazó:
— ¿De verdad quieres que me enfade?
Beatriz finalmente capituló. Asintió con la cabeza… Ciertamente tuvo eso un gran efecto en la torturadora, que como un animal enfurecido desplegó entonces una para mi increíble secuencia de actos perversos. La agarró con fuerza de la vulva, introduciéndola varios dedos, para zarandearla así brutalmente. Mi ex-mujer reinició los gritos y sollozos. Me sorprendió sobremanera cuando de improviso paró para ordenarla:
— ¡Bésame, puta!
Beatriz, dócilmente obedeció. Se fundieron en un beso largo, donde no cabe duda que las lenguas se cruzaron, rebuscando entre las paredes internas de labios y mejillas. Después, con exasperante lentitud la desató y liberó también de esa ingenioso riel bloqueante de las piernas. Me ex-esposa cayó de rodillas y Joana, tomándola del pelo la obligó a doblarse sobre si misma. Pude ver su espalda tremendamente enrojecida y marcada.
No era el desenlace. Esa implacable hembra varonil se colocó detrás de Beatriz, la levantó los glúteos y comenzó a meter los dedos en su vagina. Primero un par, luego en ramo y por último todos. Con prácticamente la mano entera dentro, dio inicio el vaivén. Pausado al principio, creciendo progresivamente hasta alcanzar un ritmo similar al del coito. Mi ex-mujer gemía, con la cabeza y los senos aplastados contra el suelo. Tuvo un monumental orgasmo, que no propició el dar término a esa singular penetración. Joana iba a continuar otro buen rato, agarrando también del cuello a su esclava, evidentemente para que la cámara captara su rostro, descompuesto, con lágrimas, mirada extraviada, pero en puro rictus de placer. Contaría otras dos sonoras culminaciones de gozo…
Sentí alivio cuando, por fin, la soltó. Beatriz quedó boca abajo, cuan larga es, en el duro pavimento. Joana salió del encuadre y el video termina con esa escena, una mujer madura, rubia, reventada de sufrimiento y a la vez de satisfacción, en una simbiosis de contrarios verdaderamente impresionante, esquizofrénica y tan perturbadora como enigmática.
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