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Fantasías sexuales de españolas 2 (Beatriz 3) IV

Beatriz ha decidido dar una segunda oportunidad a su marido, pero la confianza está rota. Cuando su mejor amiga le revela que lo ha visto con la amante, la mentira final de Paco no puede ser perdonada. La casa se vacía y el matrimonio se desmorona en silencio.

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“Érase una mujer mordida por la víbora de la duda”.

“Érase una esposa en la que anida el veneno de la sospecha”.

“Erase que las sospechas resultan ser dolorosamente ciertas”.

“Erase una mujer dispuesta a dar una segunda oportunidad”.

Tres semanas después, Beatriz considera que su marido ha tenido suficiente y ella también. Es insoportable esta situación. La logística con los niños y la casa es un infierno, el hotel les cuesta una pasta al mes y, sobre todo, la confunde la incertidumbre que planea sobre el escenario tan extraño. Es una mujer metódica, de costumbres, a la que la inseguridad le saca de quicio. Necesita una estabilidad, saber que el suelo bajo sus pies es firme y no se va a abrir para tragársela, así que ha tomado una decisión. Llama a Paco y le dice que puede volver a casa.

Cuando el otro llega hacen como si no pasara nada hasta que los niños están acostados. Asumir las rutinas diarias no les resulta difícil, se saben el guion de memoria. Los críos creen que todo está bien y celebran como novedad que su padre haya vuelto de viaje. El tenso silencio que sigue una vez se quedan solos en el salón es roto al final por Beatriz, que establece las condiciones de la vuelta.

- No te he perdonado, todavía no sé si te voy a poder perdonar, simplemente es que no aguanto esta situación. Tenemos que volver a hacer vida normal, aunque solo sea por los niños y para no volvernos locos nosotros.

El otro asiente esperanzado. Es un buen primer paso, se dice.

- Beatriz, lo siento.

- Eso vas a tener que demostrármelo: no quiero que vuelvas a verla.

- Tengo que verla, es mi compañera de trabajo, pero te prometo que fuera no volveré a coincidir con ella.

- ¿Coincidir con ella? ¿Ahora se llama así a poner los cuernos? Paco quiero que pidas el cambio de unidad.

- ¡Pero ahora no puedo! sabes que está a punto de salir la plaza de coordinador que dejó vacante Jacinto y puedo optar a ella. Soy el que mejor está situado de todo el grupo por ventas y currículum. Si pido el cambio de acoplamiento seguramente perderé mis opciones.

- ¿Te importa más ese puesto que tu familia?

- ¡Joder que no es eso! tú sabes que lo hago por nosotros, es un 20% más de sueldo además de todos los incentivos de la unidad. Ese dinero nos vendría genial y seguramente no tendría que echar más horas de las que hago ahora.

- No le des la vuelta al asunto y no lo presentes como que nos estás haciendo un favor. La familia puede pasar perfectamente sin ese dinero. Además, eso de que no tendrás que echar más horas no te lo crees ni tú. Los coordinadores están fuera de convenio y sabes que están las 24 horas disponibles.

- Pero Beatriz…

- ¡Ni pero ni hostias Paco! Estoy empezando a creer que tú lo que no quieres es que te separen de la tía esa.

- No es verdad y tú lo sabes.

- Yo ya no sé nada ¡Me has engañado! ¿Cómo quieres que sepa lo que es verdad o mentira? Si quieres que te vuelva a creer tienes que ganártelo. Pide el traslado a cualquier otra unidad de ventas fuera de la central. Y no vuelvas a hablar con esa tía fuera del trabajo y si es posible dentro tampoco.

Paco se da por vencido. Conoce a su mujer y ha leído la determinación en sus ojos y también en el tono de sus palabras. Si no hay trato no se queda en casa, así que estampa su firma en forma de “te lo prometo” en el contrato verbal que acaban de suscribir. Ella no dice nada más. De hecho, no le vuelve a dirigir la palabra esa noche. Hacen una cena fría con los ojos fijos en la tele para no tener que cruzarse la palabra ni la mirada. Duermen juntos en su cama evitando rozarse. La única vez que Paco toca con su brazo la espalda de Beatriz, esta se remueve y pone unos centímetros de distancia, así que no vuelve a intentarlo.

Un mes después, Bea recapacita alrededor de una taza de café mientras remueve lentamente con la cucharilla para enfriarlo. En el bar de la piscina cubierta donde sus hijos hacen natación siempre ponen el café achicharrando y eso que ella lo pide templado. El resto de padres y de madres prefieren salir a una cafetería que hay calle arriba, donde ponen mejor café y además tienen variedad de dulces y pasteles para merendar, pero ella hoy prefiere quedarse sola. Valora las últimas semanas. Está más tranquila pero no por ello menos confundida. En casa ya hacen vida casi normal, eso sí, sigue castigando a su marido: no han vuelto a tener sexo, aunque él ha hecho tímidos intentos sin tratar de forzar la situación, que ella siempre ha rechazado. No ha detectado hábitos de comportamientos extraños de Paco, todo lo contrario, trata de portarse lo mejor que puede, conciliador, intentando ganarse su perdón.

Beatriz sigue liada porque no sabe muy bien qué hacer respecto a sus sentimientos. Su madre lo tiene claro: le ha recomendado que lo perdone. Forman muy buen matrimonio y una buena sociedad. Un divorcio lo pondría todo patas arriba y al final ella sería la que perdería más. Aunque su marido le pagara una pensión, aunque se quedara con la casa, ella tendría que llevar el peso de la crianza de sus hijos casi sola. Y es un peso muy fuerte. Su madre la conoce bien y cree que no podría con ello, sabe que su hija es muy estructurada, muy maniática y que cuando se le descontrolan las cosas y no puede llevar un orden se pone atacada.

- Al menos mientras tengas los críos pequeños no te interesa separarte. Haz lo que puedas por reconstruir tu relación. Tu marido parece dispuesto así que perdónalo y tira para adelante.

Consejos puramente prácticos, de mujer mayor que ha vivido lo suyo y además en otros tiempos, que está por la seguridad y la tranquilidad antes que por poner a prueba los sentimientos.

Su amiga Luisa no opina igual. Se muerde la lengua porque no quiere influir en la decisión que tome, pero no puede dejar de evitar que se trasluzca la animadversión hacia su marido. No acaba de decirlo claramente, pero ella, que la conoce bien, sabe que opta porque lo haga sufrir, si no directamente por la ruptura.

- No ha sido un fallo ni una metedura de pata en una noche de locura, ese se lo ha estado pasando bien durante muchos meses a tu costa - le ha soltado esta mañana en el desayuno en un párrafo muy revelador

- ¿Tú los has vuelto a ver o has oído algo raro?

- No, la verdad es que desde que lo echaste o se está portando o está disimulando muy bien. Yo, al menos aquí, por la central y por la gente que conozco, nada que le pueda echar en cara - Admite muy a su pesar.

Y en esas se encuentra Beatriz esta tarde dándole vueltas al asunto. Perdonar o no perdonar, continuar con la relación o no. Se da cuenta que no tiene respuestas para todo de manera que determina ir por partes. Su marido de momento padece que ha vuelto al redil así que continuarán como están que les va bien a los dos y sobre todo a los niños. Le dará una nueva oportunidad y lo pondrá a prueba. Si durante los meses siguientes se lo trabaja y ella confirma el propósito de enmienda, irán normalizando de nuevo su relación incluido el tema de volver a tener sexo. Si saca los pies del tiesto, la presiona o le mete prisa lo mandará a freír espárragos. Tiene que volver a ganarse su puesto en la relación y ella no se lo va a poner fácil.

Respecto a lo de perdonar, simplemente no le sale. De momento no. Es posible que si hace las cosas bien y se lo curra, ella acabe perdonando (que no olvidando, esas cosas jamás se le olvidan a una). Pero ese momento todavía se le antoja lejano y complicado, ella no lo ve tan fácil como su madre. Perdona y ya está. No, ni mucho menos, se lo tiene que ganar y aun así ya veremos.

Vale, pues ya está. Ese es su plan, piensa ya un poco más tranquila y agradeciendo haberse quedado sola esa tarde para poder pensar y poner orden en su cabeza. Un orden que, por cierto, va a saltar hecho pedazos en apenas unos instantes, pero claro, eso ella todavía no lo sabe, aunque lo va a descubrir inmediatamente.

El teléfono vibra. Ve que es su compañera y amiga Luisa ¡Qué extraño que la llame a esta hora! Un mal presentimiento cruza por su cabeza.

- ¿Sí?

- Hola soy yo. Tenemos que hablar.

La frase atropellada de su amiga parece confirmarle sus peores temores. No la llama para nada bueno.

- Yo puedo hablar ahora, dime.

La otra duda.

- No sé si por teléfono... Pero es que lo acabo de ver.

- ¿Qué has visto?

- Estoy en la calle Romanones que tenía cita hoy con la dentista. Acabo de pasar por una cafetería que se llama La Gloria. He visto a tu marido con esa...

Hala, ya lo ha dicho. Luisa suspira aliviada por haber soltado esa carga, pero casi enseguida contiene la respiración a la espera de la reacción de su amiga.

- ¿Te refieres a su compañera? (la susodicha se llama Marisa, pero para ellas no tiene nombre, evitan pronunciarlo).

- Sí.

- ¿Te han visto?

- No, qué va. Me había parado a mirar los dulces del escaparate y los he visto al fondo. He estado un par de minutos para asegurarme, pero no hay duda: eran ellos. Es difícil que me vieran desde esa posición, pero de todas formas estaban a lo suyo, no parecían pendientes de quién pasaba por la calle.

Bea guarda un silencio que su amiga no sabe muy bien interpretar, aunque seguro que no es algo bueno.

- A ver, como me dijiste que te contara si veía algo raro… hasta esta mañana no lo había visto pero mira tú por dónde esta tarde… ¡joder! ¡Qué casualidad! Lo único es que no me pude quedar más rato a seguirlos, ya sabes, tenía hora con mi dentista...

- No, no, si yo te lo agradezco. Eres mi mejor amiga y me estás ayudando.

- Pues sí, vaya ayuda, dándote una mala noticia.

- Mejor malas que ninguna. Tengo que tomar decisiones y esto me ayuda ¿sabes?

- Bueno, pues decidas hacer lo que decidas, yo estoy contigo.

- Gracias Luisa, lo sé.

- ¿Qué vas a hacer?

- Pues le voy a preguntar como quien no quiere la cosa. Si no me da una explicación convincente o me vuelve a mentir...

No acaba la frase, no hace falta, la disyuntiva queda clara.

- Vale, si me tienes que llamar luego... Ya sabes que me acuesto tarde.

- Gracias. Oye una pregunta.

- Dime.

- ¿Cómo estaban ellos?

- Te refieres a...

- Si estaban hablando o discutiendo, si había tensión, si estaban acaramelados...

- Solo hablaban, uno a cada lado de la mesa. No parecían estar haciendo manitas ni nada de eso, mantenían las distancias. Pero no parecían enfadados, no había tirantez. Se miraban, se sonreían... no sé, como dos amigos.

- Bien, gracias.

- Oye, igual no significa nada. Igual solo habían quedado para...

- Luisa, no te pongas en el papel de defensora que no te pega. Sabes perfectamente que una de las condiciones que le puse es que no se volvieran a ver fuera del trabajo.

- Ya, ya - admite la otra - ¿Y entonces?

- Lo único que puedo hacer es aclarar esto de una puta vez.

- Te entiendo hija, es normal, estarás hasta el coño.

- No, hasta el coño estaba hace un mes. Ahora lo que estoy es con ganas de asesinar.

- Oye, yo ya he terminado del dentista ¿quieres que me acerque por casa y esté contigo?

- No hace falta. Esta noche te llamo cuando hable con él.

- Sí por favor, dime algo que me quede tranquila, que sepa que estás bien.

Beatriz paga su café y se sorprende así misma caminando con toda la flema del mundo hacia la piscina para recoger a sus hijos, con el resto de padres. Charla con ellos de vuelta a casa en el coche y les deja jugar un rato mientras hace la cena. Cuando vuelve su marido intenta darle un beso que ella rehúye.

- Pero ¿qué te pasa?

- Nada, que hoy me encuentro un poco de bajón.

Paco decide mantener las distancias. Aparentemente no relaciona el humor de su mujer con que lo hayan pillado con su compañera. Una vez más, Bea, espera a acostar a los críos y que se queden solos. Es entonces cuando por fin se dirige a él.

- Paco, tenemos que hablar.

El otro, como miles de maridos que han escuchado esta frase antes, no puede evitar un repeluco que le eriza la piel.

- ¿Qué pasa?

- No lo sé, dímelo tú. Me gustaría saber hacia dónde va nuestra relación.

- Bueno, pues yo estoy intentando hacer que funcione. Hago lo posible... y espero que algún día me puedas perdonar y volvamos a estar como hemos estado siempre.

- Lo estás intentando ¿verdad? - Pregunta Bea con tono neutro, un tono muy engañoso que apenas deja traslucir la furia le está revolviendo el estómago. Si Paco estuviera pendiente, si estuviera en uno de sus mejores momentos, quizás habría podido percibir algún indicio, pero está demasiado complacido regodeándose en colocarle a su mujer esa milonga de que espera de que lo perdone y en jugar su papel de marido arrepentido para fijarse en matices.

- Pues claro, lo intento todo lo que puedo - responde con suficiencia pensando que va por buen camino.

- Y has cumplido todo lo que me prometiste…

- Sí, sí, todo.

- ¿Qué pasa con el cambio de unidad?

- Ya te dije que no es el momento, pero te prometo que en cuanto cerremos el trimestre de ventas lo solicito, aunque me cueste no poder optar a la coordinación.

- ¿Y lo de ver a esa?

- He tenido que coincidir con ella en el trabajo, ya sabes que no me queda más remedio.

- ¿Y fuera?

Al final le coloca la pregunta definitiva y lo hace con toda la tranquilidad. Han llegado a ese punto dando unas pocas de vueltas. Si hubiera preguntado directamente lo habría puesto en guardia, pero ahora responde casi sin pensarlo, con toda la naturalidad y la respuesta le revuelve las entrañas a Beatriz.

- No, por supuesto que no.

- ¿Me lo prometes?

- Te lo prometo.

Tres palabras que sellan el ataúd de su relación. Beatriz gira la cabeza y poniéndose la mano en el estómago se inclina, mientras lleva la otra a la boca conteniendo una arcada.

- ¿Estás bien?

- Paco, coge tus cosas y vete. No quiero que esta noche duermas aquí.

- Pero ¿qué dices?

- Vete tú o soy yo la que hago la maleta ahora mismo y te dejo aquí con los niños.

- No entiendo…

- La que no entiende por qué mientes soy yo. Esta tarde estabas con esa zorra en la cafetería de La Gloria. Te han visto, no te atrevas a negarlo.

La cara de su marido pierde el color. Se queda blanco, tarda unos instantes en recuperar el habla y cuando lo hace intenta una huida hacia adelante.

- Vale, no te lo he dicho porque no quería preocuparte, pero es que he tenido que quedar con ella para hablar.

- ¿Hablar de qué?

- Es que no se hace a la idea de que hemos terminado. Ya le he dicho que no quiero saber nada de ella, pero sigue intentando quedar conmigo, no acepta que hayamos roto. Entiéndeme, no quería montar un espectáculo allí en el curro, así que no me quedó más remedio que citarla fuera para decirle que me dejara en paz y que ya no quiero volver a verla.

Las oleadas de asco que siente Beatriz llegan a la playa de su hastío donde se convierten en enfado.

- O sea que habéis discutido.

- Sí, pero no te preocupes que le he dejado ya las cosas claras.

Las palabras de Luisa vuelven a su mente: “Solo hablaban, uno a cada lado de la mesa. No parecían estar haciendo manitas ni nada de eso, mantenían las distancias. Pero no parecían enfadados, no había tensión. Se miraban, se sonreían... No sé, como dos amigos…” ¿Quién dice la verdad, su marido o su amiga?

Ni medio segundo de duda

- Paco, estoy harta de que me mientas, quiero el divorcio. Vete al hotel y cuando pasen unos días hablamos. Aprovecharé para consultar a mi abogada.

- Yo no voy a ningún sitio, esto tenemos que hablarlo más tranquilamente.

- Muy bien - responde ella. Le da la espalda y sube por la escalera a las habitaciones. Saca una maleta del armario y empieza a meter cosas.

- Oye, creo que estás sacando las cosas de quicio.

Bea no se molesta en responder. Sus gestos bruscos y decididos hablan por ella. Va metiendo la ropa imprescindible y mientras lo hace, sin mirar a su marido le espeta:

- Tienes que ocuparte de los niños, no se te olvide mañana a despertarlos con tiempo, darles el desayuno y que no se olviden de llevar todas las cosas al cole. Tú te haces también cargo de la intendencia de la casa y de la comida mientras yo este fuera y no resolvamos el divorcio.

- Para, para - dice Paco - esto no es necesario, podemos hablarlo como adultos.

- ¡Que no me hables! ¡Que no me mires! ¡Que me tienes hasta el mismo coño! ¡Que no quiero saber nada de ti! – explota Beatriz alzando la voz convertida en grito mientras la cara se le pone roja como si fuera a liarse a golpes con él.

El hombre empieza a cavilar todo lo rápido que puede. No le parece buen negocio quedarse él con los niños, con la casa y más teniendo en cuenta toda la carga de trabajo que tiene. Si su mujer va en serio la cosa puede llevar semanas o incluso meses de trámites. Quedarse con todo el peso de llevar la casa y la familia simplemente no es una opción, se he haría insufrible y como hace siempre, trata de darle la vuelta desde un punto de vista egoísta, que no es que no quiera a sus hijos ni estar con ellos, pero es que aquello huele muy mal. A matrimonio descompuesto. Posiblemente no se arreglará y si lo hace va a tardar mucho tiempo, de modo que reconsidera su actitud y trata de convertirla en un punto a su favor.

- Bueno, mira, deja todo esto que ya me voy yo. Te dejaré aquí para que puedas pensar con calma. Cuando los dos estemos más tranquilos lo hablamos.

Ella asiente. No se molesta en contestarle, solo hace un gesto afirmativo con la cabeza y deja la maleta encima de la cama.

- Cuando tengas hecha la maleta te vas. No me digas nada - suelta mientras baja al salón.

Su marido hace caso omiso de sus palabras y cuando desciende con su maleta, en una repetición de lo acontecido hacía apenas un mes, se dirige a ella:

- Te llamo mañana para ver cómo estás y para preguntar por los niños.

Beatriz no contesta, se limita a mantener la vista fija en un punto indeterminado de la pared que está frente al sofá donde ella se sienta ¿Cuándo fue la última vez que pintamos del salón? se plantea mientras oye la puerta cerrarse.