Xtories

Ganas de salir corriendo 4

Merche siempre fue posesiva, pero nunca imaginó que su tía, devastada por la traición de su esposo, se mudaría a su cama. Ahora, las dos mujeres comparten no solo el techo, sino el deseo de tenerlo a él, y la negativa no es una opción.

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Nadie lo supo. Merche y su padre callaron, y la policía fue discreta tanto en casa como en sus pesquisas. Los dos cuerpos fueron encontrados desnudos en la misma cama y con evidencias forenses de haber compartido relaciones sexuales.

Habían muerto por inhalación de gas mientras estaban juntos. No habían cerrado uno de los hornillos de la cocina y el gas se extendió por la casa al apagarse la llama. Se combinó que una fregona tapaba el agujero de ventilación que en la pared da al patio de luces.

La conclusión de mi suegro, mi novia y la esposa de su tío, la mencionada Priscila, es que eran amantes. Un policía mostró el parte del forense y me parecía muy rudo con la explicación que se había encontrado semen de él en la vagina de ella, y flujo orgásmico en los dedos y la boca de él.

En poco tiempo mi suegro desapareció de nuestras vidas. Jamás estaba disponible o presentable para nada. Se dedicaba a su trabajo y a las juergas en un intento de sacar un clavo con otro clavo. Vamos, que buscaba a quien clavársela. Y como solían ser putas se dejaba el sueldo y los ahorros.

Una vez se presentó en casa como que pasaba por el barrio, y al poco se descubrió que buscaba dinero para arreglar un imprevisto del coche. Merche se quedó mirando, dudando si era verdad o es que necesitaba más dinero para continuar con sus “divertimentos”. El caso que medié diciendo que me dejara el coche y lo llevaría a un mecánico de confianza. ¡Pillado! En veinte minutos se marchó sin dejarme las llaves del coche ni acordar nada.

Merche intentó averiguar de su padre si se llevaban mal recordando aquellos temores que tuvo semanas atrás. Y al parecer el hombre estaba totalmente engañado. Sí, reconoció que discutían de vez en cuando, pero era sobre asuntos domésticos, cómo cambiar electrodomésticos y arreglos en casa. Fue cuando cambiaron los viejos muebles de cocina. Y lo caro que resulta mantener un coche viejo. Por lo demás, nada. Durante los últimos días habían buscado un lugar donde ir a pasar el puente del Pilar y al parecer lo tenían todo decidido, solamente debían sacar los billetes y hacer las maletas. El plan era ir a Sevilla, esto es, lo más lejos posible de Zaragoza.

Pero lo dicho, dejó de contestar el teléfono y nunca estaba en casa. Para localizarlo había que esperarle en la puerta de su trabajo.

Merche, estuvo unos días triste a los que me dedicaba a darle muchos mimos, besos y por la noche la amaba con gran ternura y algo de paciencia ya que tardaba un poco en tener el primer orgasmo. Para los otros dos resultaba más fácil porque ya era más colaboradora.

Pasaron dos semanas que le sentaron bien estar tan ocupada en el trabajo con los gastos de las rutas, desvíos por obras en algunas calles, y los gastos de reparación de dos furgonetas por no pasar la itv. Para las reparaciones necesitaba la firma de dos jefes y se retrasó porque se pusieron a calcular si era más rentable compras nuevas, y la autorización debía venir de la central en Barcelona. Mientras, el reparto se resentía.

Ya algo repuesta, intentó un acercamiento a su tía Priscila. Nos presentamos en su casa una tarde de octubre. Sin poder concertar el día ni hora, ya que no contestaba el teléfono. Nos preocupamos.

Resulta que vivimos en el mismo barrio, pero claro entre tanta población ocurre que es imposible cruzarnos.

- ¡Niña! ¡Déjame en paz! - Respondió cuando la sobrina preguntó a su tía cómo estaba. - ¿Qué importa? ¿Qué le importa a nadie? – Añadió: - Deja que viva o muera como me dé la gana.

- Que vivas sí. Te dejaré. – Respondió Merche en el mismo tono. - Pero no que mueras. Eso no, tía Pris. No tienes que pagar por tu marido y mi madre.

Noté el esfuerzo en sus labios al contenerse de decir esa palabra de cuatro letras que iba dirigida a su madre. Por otro lado, podría ser que realmente estuvieran enamorados y en un plazo aún por fijar romperían con sus parejas. Era algo que ya no se sabría.

Mientras mi suegro parecía que volvía a tener veinte años. Tras la negativa a darle dinero recapacitó volviendo casi a la normalidad. Casi porque ahora, como si fuera la espoleta liberada tras una presión, iba a reuniones, fiestas y salas de baile a conocer mujeres divorciadas con las que intenta divertirse. Dejando a un lado la necesidad de nuevos muebles de cocina compró un coche. Y al otro extremo, Priscila sufría a todas horas por la traición de su esposo. Su único amor. Estaba en casa sin salir.

Por fin, tras varias horas sin hacernos caso, ya nos habló:

- Nos conocimos de críos, en el instituto. Nos enamoramos y siendo jóvenes todavía, nos casamos. - El pañuelo sobre la nariz sonaba de vez en cuando como una corneta militar o la trompa de un elefante llamando a reunión familiar. Añadió: - A veces le perdono, otras, yo misma le mataría.

Tras escuchar las palabras vivir o morir, perdonar o matar, creía que estaba otra vez en el Liceu escuchando una ópera. O en ese bar a dos calles de mi casa regentado por argentinos, con sus tangos, al que desde que vivo con Merche no he vuelto.

- Vale, tía Pris. - Interrumpió Merche tanto a Priscila como mis ensoñaciones. - En primer lugar, te vienes a vivir con nosotros hasta que te recuperes. Segundo: debes volver al trabajo. Y tercero hay que buscar algo para distraerte. Cuanto antes mejor.

Era algo que teníamos acordado.

- Sí Priscila ven con nosotros.

Ofrecí a quien tan solo era unos meses mayor que yo, porque era menor que su hermana, la madre de Merche. Y que tan solo había visto en contadas ocasiones, en la casa de mis suegros. Creo que tres domingos, quizás menos. De hecho, solamente recuerdo aquella vez de la paella familiar.

- Debes dejar de amargarte y rehacer tu vida. - Conociendo a qué se dedicaba continué hablando. - Se puede decir que has dejado en la estacada a varios comercios amigos de la zona que te necesitan para cumplir con hacienda y todo eso.

- ¡A la mierda! - Espetó.

Entonces habló Merche. Seria, casi regañando a su pariente:

- ¡No! Debes ocuparte de ellos otra vez. Son gente que conoces desde hace años. – Y añadió suavizando el tono. - Algunas fueron amigas del colegio o jugaban contigo en la calle. ¿Recuerdas? Te necesitan.

Priscila se levantó del sofá aparentemente decidida, la seguimos a su habitación y mis manos impidieron que nos cerrara la puerta en las narices. Al parecer quería aislarse echando un cerrojo o la llave.

Entramos un paso después que ella.

Aquel cuarto era un caos. Había ropa limpia y sucia revuelta ocupando una silla, tocador y dos rincones. Las sábanas eran un ovillo de tela, por lo que, de dormir ahí lo hacía directamente sobre el colchón. Tanto en el tocador como en la mesita había montones de pañuelos de papel usados y paquetes abiertos. Y asomando por debajo del armario había varios trozos de fotografías, algunas con tachaduras de bolígrafo.

Merche se sentó a su lado en la cama.

Tras una conversación de una hora preparamos una maleta con sus cosas, nos la llevábamos a casa.

- Ya volveremos otro día por lo que necesites. ¿Vale? - Ofrecí.

Ya en casa dejamos que se instalara en la habitación que quedaba libre, mientras preparamos unos bocados a modo de cena. Hubo que ir a buscarla. La encontramos sentada en la cama y la maleta sin deshacer, pero consintió en cenar. Nos sentamos frente la televisión durante un rato hasta que nos pusimos a discutir sobre dónde ir en el puente de la Constitución. Al final decidimos quedarnos en casa alegando que haría mal tiempo.

- Sé que lo hacéis por mí. - Parecía que se quejaba preocupada por ser una molestia. - Podéis ir donde queráis. De verdad no importa. Puedo volver a mi casa.

- No es eso. – Replicó rápidamente Merche. - Con mal tiempo mejor nos quedamos en casita.

Simplemente asentí apoyando las palabras de mi novia.

Era tarde cuando nos acostamos, la cama estaba preparada con sábana y edredón. Merche se puso un grueso pijama, yo me apañaba con uno de verano, porque tiene la costumbre de ponerse muy cerca o encima de mí, y paso calor. Priscila se marchó a su habitación. Al parecer Merche le cedió un pijama ya que con las prisas lo olvidamos.

Poco más tarde Merche, pensando que no podíamos amarnos para evitar que nos oyera su tía despertando celos, recuerdos o algo así a quien seguramente no podría dormir en la habitación de al lado por culpa de los nervios, decidió que bastaba con darme una mamada.

Antes que pudiera responde, de un tirón me bajó pantalón y calzón hasta las rodillas. Me cogió el pene con una mano y las pelotas con la otra, y al poco ya me tenía cómo una piedra con apariencia de cohete.

- ¿Lo comprendes, cariño? Hoy es mejor así.

Con esos dientes tan cerca del glande y las uñas alrededor de mis cocos, tuve aceptar.

Me exprimió. Me dejó seco en el desierto del placer reclamando en silencio un oasis o un océano que resarciera mi deshidratación. ¡Uf! ¡Qué mamadas da la cabrona! Sin llegar a meterla en la boca ya había chupado y lamido por toda. Luego, con los labios me cogió el glande y lo tuvo en la boca provocándome chiribitas. ¡Qué gusto! Hasta que por fin decidió que era hora de chuparla realmente y, lo dicho, me dejó seco.

Merche, tras limpiar sus labios con la manga del pijama, se recostó sobre mí, cariñosa a más no poder. Jurando que soy la persona más maravillosa del mundo al socorrer a su familia.

- Te amo, cariño. Gracias.

Por debajo del pijama me acarició el pecho jugando con el pelo. Daba algunos tironcitos hasta alcanzar una tetilla y me pellizcó.

- No sé cómo hay tíos que se afeitan el pecho. Me gusta así. Creo que es muy masculino.

Estuve por preguntar si era su peluche.

Me ayudó a recolocar mi ropa. Además, me había dejado tan limpio con la lengua que no hacía falta que fuera al lavabo.

Me besó en los labios, murmuró que me amaba y se acurrucó a mi lado esperando el sueño. Al poco añadió:

- Eres maravilloso, vida mía. Tengo mucho que compensarte. Te prometo dejarte satisfecho.

Sentí ganas de estrangularla a sabiendas que un juez dictaminaría legítima defensa. Por suerte para ella no tenía fuerzas.

Me vi ante el juez.

- Señoría, ha sido en legítima defensa.

- Sí, claro. – Y enumeró de memoria. - Solamente la ha estrangulado durante una hora y doce minutos. La apuñadado treinta y siete veces, le dio cuarenta golpes en la cabeza con la pata de una silla, la arrojó desde el balcón cuatro veces y la mantuvo sumergida en la bañera durante dos horas. Pero haga el favor de explicarse, caballero. Dispongo de tiempo hasta la hora de la merienda.

- Pues que la arrojé por el balcón cuatro veces solamente porque el ascensor no funciona y subir andado con ella a cuestas, pues eso.

- Comprendo que es cansado, sí. - ¡Qué letrado tan comprensivo era este hombre! – Pero Señor Juan, haga el favor de continuar si es tan amable.

- Pero lo más importante, señoría: Me obligaba a follar todos los días. ¡Todos! Y no un polvo y ya está, no, tenía que conseguirle de dos a cuatro orgasmos. A veces más.

- ¿Sí? ¿En cada, digamos, unión?

- Así es, señoría.

- ¡Uhm! Ya veo. Y usted no disfrutaba.

- Me corría a gusto de dos a tres veces en cada sesión, señoría. ¿Lo ve? ¡Me estaba matando!

Despertaba sin enterarme del veredicto. Seguro que inocente, sí, y por liberar al mundo de semejante fiera, con una medalla al mérito… merecido.

Era el tercer día que Priscila estaba en casa. Si bien nos preparaba la comida del medio día y colaboraba en la limpieza, ella iba sin arreglar. Es más, llevaba puesto el pijama prestado sin quitárselo en ese tiempo. Supongo que con las bragas sucedía lo mismo.

Debo decir que el pijama le estaba algo pequeño, por lo que sus tetas destacaban mucho, y al sentarse el elástico del pantalón se bajaba mostrando las bragas o parte del culo.

Merche se sentó a su lado en el sofá. Yo intentaba leer sentado en el otro, y tan apenas podía escuchar lo que decían hasta que las voces eran cada vez más elevadas, ya que Priscila no cedía ante los consejos de su sobrina.

- Tienes que asearte. – Y ofreció Merche. - Venga, tía, mientras te duchas cambio las sábanas de tu cama. Pongo una lavadora con tus cosas.

Era un buen consejo, porque a saber de cuánto tiempo no lo hacía.

- No importa. No pienso salir.

Lo dicho, fueron elevando las voces con la decencia de no insultarse. Hasta que Priscila harta y desafiante se levantó del sofá quedando en medio de los dos y se sacó el suéter del pijama de un tirón.

Mis ojos quedaron tan abiertos como platos ante la visión de unas tetas algo más grandes que las de Merche y con similares pezones oscuros. Ese color debía venir de familia.

- Vale, pues ya está. Toma, pon la lavadora. ¿Contenta?

Le arrojó el suéter y seguidamente comenzó a bajarse el pantalón del pijama casi al mismo tiempo que las bragas. Avisó:

- Espera… que te doy más ropa. ¡Todo!

Merche se levantó rápidamente y con las dos manos cogió a su tía por la cabeza. Obligándola a mirarla a los ojos.

- No te das cuenta de lo patética, y niña mal criada que te muestras. ¡Te estás desnudando delante de Juan! ¡Mi pareja!

Priscila quedó petrificada, perpleja. Despacio se giró para mirarme. Tenía las manos en las bragas y estas un poco bajadas. Se le veía el vello del pubis y casi la totalidad de una nalga.

Parecía que se daba cuenta por primera vez de mi presencia en la misma sala. Se ruborizó. Pidió perdón. De un tirón recolocó su ropa. Con las manos se cubrió las tetas y se marchó a su habitación. Merche corrió detrás.

Rato más tarde, unas dos horas, regresaron al comedor. Merche llevaba su jersey algo mojado mientras que Priscila vestía una bata de baño y una toalla en la cabeza. Al parecer Merche no solamente le había ordenado que se bañara, sino que también debió frotar su espalda o lavar el cabello.

- ¿Nos acompañas a su casa para recoger más cosas?

Preguntó Merche, aunque más parecía que me hacía una propuesta.

- ¡Claro que sí!

Respondí rápidamente intentando mostrarme animado ante esa idea al mismo tiempo que dejaba a un lado mi libro. Y propuse:

- Pero si se trata de ropa yo la compraría nueva.

No lo dije, pero en mi opinión era una forma de iniciar una nueva vida rompiendo con el pasado. Y evitar que al encontrarse en su casa volviera a pensar en la soledad que le venía encima.

- Bien pensado, cariño. Nos vamos de compras. - Elogió Merche dedicándonos sonrisas por igual.

Priscila hizo una mueca de difícil interpretación. Simplemente se mostraba conforme.

Propuse ir a un centro comercial para después cenar allí, dando a escoger si Galerías del puerto o Norte.

- Hay tiendas de buenas marcas de todas las calidades además de restaurantes conocidos. – Añadí con tono burlón. – A no ser que quieres ir a Golden Point.

Una hora más tarde estaba en una tienda de ropa femenina sujetando dos bolsos y dos abrigos. Llevaba en esa posición más de diez minutos cuando me di cuenta que a unos metros estaba otro hombre de mi edad en la misma situación, también sujetaba un bolso, un abrigo de mujer y otro que por el color debía ser de alguien más joven. Nos miramos y sonriendo nos dimos ánimos entre colegas de angustias.

Merche agradeció mi apoyo follándome esa noche de la forma que mejor sabe hacerlo, como una fiera. Por suerte no emplea las uñas al sujetarme los testículos, y no aprieta con los dientes cuando me tiene en la boca. Además, piadosamente se conformó con tres orgasmos. Como casi siempre, dos fueron mediante caricias y el tercero al follar.

Poco antes para follar se tumbó bocarriba. Separó sus piernas, con una mano se abrió el coño. Y modositamente, así como es ella, pidió:

- ¡Fóllame con esa tranca que tienes!

Se la metí y no debió ser del todo porque me sujetó del culo para apretar. Así hasta que nos corrimos casi a la vez.

Evitando gritar su gozo se puso a gemir y ronronear como si fuera una gatita satisfecha.

- ¡Uhm! Cariño. ¡Qué bien me has dejado! – Sonreía. – Tengo el coño lleno de tu lechita.

Todavía gemía al empujarme para ponerse sobre mí en un abrazo y soltó lo que me parecía una amenaza:

- Cariño. Yo estoy bien, pero si quieres podemos ir por tu segunda parte. No quiero que te quedes a medias.

- Estoy bien así, cariño. - Intenté que mi voz sonara cariñosa y no desesperada. - Te ha ido bien, pues perfecto.

- ¡Cuánto te quiero!

Lanzó un suspiro y se acurrucó a mi lado. No podía escapar porque pasó un brazo por mi cintura. Decidí esperar a que se durmiera para… también me dormí.

Al día siguiente cuando Priscila me vio entrar en la cocina, Merche todavía estaba en el baño, me ofreció una cucharada extra de azúcar en el café, una tostada más con abundante mermelada y si tenía que ir a la farmacia a comprarme vitaminas. No le seguí la broma, solamente puse cara de circunstancias. Por lo que la repitió cuando Merche se sentaba a nuestro lado.

- ¿Vitaminas, dices? ¿Para mi Juan? - Fue la réplica de mi querida nena mientras agitaba la cabeza a los lados. - Tranquila guapa, este macho es fuerte, si se lo propusiera podría con las dos y las veces que haga falta.

¿Las dos? ¡Mala cosa dijo! Con esa frase, aparentemente inicua en ese momento, Merche me había puesto en el punto de mira de su tía.

Priscila de siempre amó a su esposo, y al sentirse traicionada consideraba que tenía derecho ya no a la venganza, porque eso era imposible, pero sí a recuperar lo que calificada como tiempo perdido.

Las calles y las tiendas se iluminaban anunciando que faltaba dos semanas para Navidad.

El edificio disponía de calefacción comunitaria y hacía casi un mes que ya estaba encendida, por lo que, a media tarde, sino teníamos intención de salir de casa por algún motivo, nos poníamos los pijamas. Una ropa que nos resultaba más cómoda. Según qué días no hacía falta llevar las batas. Priscila también se cambiaba para trabajar en su habitación.

El comportamiento de Priscila estaba muy cambiado. Salvo que por su trabajo se pasaba la tarde pegada al ordenador y el teléfono estando dentro de su habitación, cuando a eso de las nueve daba por concluida la jornada, era amable, simpática y me parecía normal la situación, salvo lo de tantos besitos y abrazos que me dedicaba.

Supuse que necesitaba de nuestro cariño tras la experiencia con su esposo hasta que unos días más tarde me empecé a preocupar. Esas restregadas de tetas y cadera durante los abrazos ya me hacían sonar las alarmas.

Merche, que también se había dado cuenta, llamó a parte a su tía una tarde poco después de comer. En la cocina tuvieron una buena bronca de la que tan solo oí.

- ¡Juan es mío y de nadie más! ¿Vale? Como vea que sigues así ya estás cogiendo tus cosas y te marchas a tu casa antes que te corte las tetas.

- Por favor… escucha.

Se fueron a la habitación de Priscila cerrando la puerta y de nada más me enteré.

Debieron transcurrir varias horas, el caso es que terminé de leer un libro sobre las hazañas de Marco Polo. Ojo, me refiero a un libro sobre él, y no el Libro de las Maravillas, que un fraile escribió bajo su dictado y es muy diferente la lectura.

Faltaba poco para la hora de la cena, pero pensé en tomar un vaso de leche tibia. No me dio tiempo a levantarme porque aparecieron las dos mujeres. Risueñas. Con ese gesto en los rostros, de ser solamente Merche saltarían mis alarmas. ¡Quería follar! Pero siendo las dos me pillaron por sorpresa. Vestían unas batas de baño lo cual me extrañó ya que no sirven de abrigo en invierno. Se pusieron frente a mí.

- Juan cariño. - Me espetó Merche. - Supongo que sabes de qué va el juicio de Paris. ¿Verdad?

Recordé tres hermosas diosas concursando por una manzana en la que la fruta no importaba, pero sí la competencia. Algunos cuadros muestran a guapas diosas enseñando, o insinuando, sus encantos y por contraste el de las Tres Gracias de Rubens.

- ¿El juicio de…? Sí, claro.

Sonreían al mirarse entre ellas y por fin Merche ordenó:

- Vale, pues escoge.

Las dos mujeres retiraron las batas que las cubrían y se mostraron desnudas ante mis confundidos ojos.

- ¿Quién te gusta más? – Preguntó Priscila.

Movió su cuerpo logrando que sus tetas se agitaran. Sabía que eran más grandes que las de Merche y lo empleaba como baza a su favor. Además, estaba su sonrisa y el brillo de su mirada.

El cuerpo de Merche lo conocía bien, con su siempre depilado sexo, y el tamaño ideal para mis manos de sus tetas, por eso mis ojos fueron al de Priscila. Le di un buen repaso. Sus tetas eran hermosas, ni demasiado grandes ni pequeñas, algo más llenitas que las de su sobrina. Tenía un poco de barriguita, y unas caderas sugerentes. El vello sobre el sexo estaba bien recortado, aunque era evidente que se había descuidado últimamente. Sus piernas estaban bien, quizás algo gruesas, pero muy bien. Su culo... daba ganas de morderlo.

- ¡Vaya! - Se quejó Merche al darse cuenta en quien me fijaba. Dejó de sonreír. - Parece que te gusta lo que ves. ¡He perdido!

- ¡No, cariño! – Intervine rápidamente. - No has perdido. Ya ves que te elijo a ti. Elijo, como hizo Paris, al amor. Pero no tengo una manzana ni la intención de iniciar una guerra. Por favor, vestiros y decirme de qué va todo esto.

Priscila sonreía. Le gustó mi argumentación al rechazarla, por lo que se sentía apreciada y poderosa.

- Te has quedado mirándome un buen rato.

- Claro. Nunca te había visto por lo que he aprovechado la oportunidad. Espero que no te moleste. – Sonreí. - Y bueno. Eres guapa y supongo que concluido este juego ya no se repetirá verte así. - Volví a mirar a Merche. - Nena. Te amo. Me gusta tu bonito cuerpo, pero ya sabes que estoy contigo por otros motivos.

Como no dije que me sentía secuestrado supongo que interpretó que estaba enamorado.

Se sonrieron y recogieron las batas. Priscila se la puso rápidamente anudando el cinturón sobre su cuerpo mientras que Merche se la recompuso sobre los hombros por lo que realmente poco la cubría. Lo bueno del momento fue que aceptando mi decisión ninguna se sintió menospreciada. Se sentaron en el sofá y por fin llegaron las explicaciones.

- Verás, cariño. - Dijo Merche. - Te amo. Y hace un rato me peleé por ti contra tía Pris. Pero después de hablar comprendo que sienta ganas de ti. Está tan destrozada o más que yo. La comprendo. Necesita sentirse guapa, amada. Por eso he cambiado de idea y te pido que la aceptes con nosotros.

Añadió varias frases más, pero en verdad era repetir la propuesta una y otra vez. La ruborizada Priscila se decidió a hablar.

- Juan. Creo que perdí a mi esposo porque descuidé atenderle. Y... Bueno. Me gusta trabajar. Lo hago de lunes a sábado. Solamente quedaban los domingos y me ocupaba de la casa, como otro trabajo más. - Se ruborizó y desvió la mirada centrándola en mis pies. - Yo, con mi esposo, pues… creo que soy frígida, o al menos poco pasional. Y más desde que asumí que soy estéril. De eso hace mucho. – Añadió llena de pesar: - Me convertí en un agujero donde Pablo se aliviaba una vez a la semana.

Lanzó un quejoso suspiro y continuó con unas explicaciones que creo que estaban de más:

- Apenas si nos desnudábamos, de hecho, la mitad de las veces ni me quitaba el sujetador o el suéter del pijama. Para metérmela me ponía saliva en el coño, daba varios golpes de cadera, se aliviaba, y para cuando regresaba del baño ya lo encontraba durmiendo. Así fue durante diez o doce años de los veinte y tantos, que estuvimos casados. – Recordé que se casaron jóvenes, al dejar el instituto. Y luego estudiaron FP de contabilidad, compaginándolo con algún trabajo. - Durante el último año tan apenas follábamos, quizá fuera una vez al mes, y ahora creo que sé por qué.

Miró a Merche sin decir nada más. No importaba porque quedaba muy claro. Su esposo tenía con quien hacer lo que en casa no le satisfacía.

Quedó callada. Merche tomó la palabra.

- Es caso es que nos oye por las noches y tiene curiosidad por probar si contigo si sería igual o diferente.

Moví la cabeza levemente, negando.

- No puedo hacer eso.

Vale que estaba en mi casa, pero tenía ganas de salir corriendo. De huir de semejante situación. Si con una fiera temía que me matase, con dos el riesgo se duplicaba.

- Cariño. - Insistió Merche. - Follamos de dos formas. - Priscila se quedó mirándola con curiosidad al escucharla. - Como animales en celo y con la ternura que solo tú sabes darme. Ahora te pido que con Pris, sea una tercera forma, algo así como una combinación de las dos. Además, será una o dos veces al mes, quizá tres. Y no me engañas pues bien enterada que estoy y lo apruebo. – Añadió como si fuera una gran idea. – Como no nos coincide la menstruación podrás follar todas las noches.

Continuaba negándome.

- Cariño, no. - Miré a la invitada, serio, y añadí: - Es más, Priscila debe irse ahora mismo de nuestra casa.

Priscila, sin apenas moverse, se encogió. Fue como si le hubiera caído encima un gran peso que la aplastaba. Lanzó un gemido sin apenas abrir la boca. La estaba echando de tan buen refugio que había disfrutado durante dos meses.

Merche me abrazó y al hacerlo su bata resbaló de sus hombros quedando desnuda.

- Juan. No, por favor. Veras… - Se contuvo y se retiró un poco para mirarme mejor al rostro. - ¡Ah! ¡Ya sé qué piensas! Crees que es una broma o una prueba de fidelidad. No cariño. Sé bien que me amas. Y no quiero que me sustituyas por Pris, pero sí que le des cariño. Lo necesita. – Se giró dedicando unos segundos a Priscila para luego volver a mirarme. - Su otra opción es ir a discotecas donde se le acercarán tíos con la intención de un polvo rápido en el coche o vete a saber dónde y adiós muy buenas. Y no se merece eso. Es ternura y cariño lo que necesita.

- Cariño…

No pude protestar, Merche me interrumpió.

- Verás. Dale cariño. Sí, mucho cariño y un buen revolcón. Que se quede bien a gusto. – Puntualizó. - Amor no. - Su abrazo fue más fuerte. - Ya sabes, eso lo quiero para mí.

Me besó en el rostro. Un beso llevó a otro y a otro. Intervinieron las lenguas y ya no eran besitos sino unos morreos de campeonato. Entonces metió una mano por debajo de mi pantalón separando el elástico de mi cintura, y comenzó a acariciarme el miembro. Y en algún momento, sin que me diera cuenta, invitó a Priscila que se uniera en las caricias.

No sé si Priscila dudó o se acercó corriendo uniéndose en la caricia. Al poco cuatro manos y dos bocas me acariciaban. Y, claro, ocurrió que no sabía a quién besaba porque se retiraba una boca y acudía la otra. Algo parecido ocurría con mi polla que era acariciada continuamente.

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