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El detective ( Vigilando a una joven ) 2 capítulo

Desde la oscuridad de su oficina, Ernesto observa cada movimiento de Fátima. Lo que comenzó como una investigación profesional se convierte en una obsión cuando descubre que la joven entrega su cuerpo a un hombre que la humilla. Entre la rabia por su pasado y la excitación del presente, el detective no sabe si salvarla o unirse a su juego.

dulceymorboso15K vistas9.4· 26 votos

Le gustó despertar con el sonido de la alarma del teléfono de Fátima. Miró la hora en el ordenador y eran las siete de la mañana. La vio encender la luz y como se desperezaba. Al hacerlo y estirar los brazos, los pechos se mostraron en todo su esplendor.

No era perezosa a la hora de levantarse. Sonrió, al verla saltar de la cama y como desaparecía de la habitación bailando aún sin tener música puesta.

Cuando se sentó en el inodoro, desvió la vista de la pantalla del ordenador queriendo darle algo de intimidad después de habérsela robado con la instalación de las cámaras. Solo cuando escuchó que se vaciaba la cisterna, volvió a mirar.

De espaldas a la cámara, mientras abría el agua de la ducha, se fijó en sus nalgas. Gracias a su juventud, el gimnasio, y como no, a la generosidad de la madre naturaleza con ella, estas parecían haber sido esculpidas por el mejor de los escultores del Renacimiento.

Sin parpadear apenas, observó con detenimiento como se enjabonaba el cuerpo. La vio sonreír y como cerraba los ojos al pasarse las manos por los pechos y como los cogía entre sus manos seguramente recordando como se los había acariciado Pilar.

Cuando la vio salir por el portal, Ernesto se sentó en la cama y respiró profundo.

Durante la mañana, mientras la esperaba impaciente, recordó a Ángela, su ex mujer.

Había sido su primera novia desde el instituto y, cuando con veintiún años aprobó las oposiciones para la policía, habían decidido casarse. Todo el mundo les decía que eran demasiado jóvenes, pero llevaban cinco años de novios y lo único que deseaban era poder estar todo el tiempo posible juntos. Dormir y despertar con ella entre sus brazos, era lo que había soñado siempre y por fin lo había conseguido.

Pero todo se fue torciendo a raíz de dos sustos importantes mientras estaba de servicio, y Ángela, no había podido superar la presión psicológica de tener un marido demasiado entregado a su profesión. Sus compañeros le decían que era valiente, otros temerario. Ella le reprochaba que quizás no les quería tanto a ella y a su hijo cuando arriesgaba la vida tanto, por cumplir sus deberes profesionales.

—¿No puedes ser como tus compañeros? —Le reprochaba mientras discutían —. Mira Germán, lleva cuarenta años casi en la policía y nunca le pasó nada.

—Germán nunca fue un policía de vocación —contestó indignado por la comparación con su compañero de patrulla.

—Pues ojalá tú tampoco lo fueras —dijo alterada —. Por lo menos, su mujer no vive con esta angustia como vivo yo.

Germán, era su compañero desde hacía veintidós años. Mujeriego, aunque evidentemente solo lo sabían sus colegas de oficio, se dedicaba más a tontear y a ligar gracias al poder de atracción del uniforme, que a cumplir sus funciones.

Los dos estaban de patrulla juntos, cuando fueron alertados por los gritos de una mujer a la que estaba intentando violar un hombre en un parque. Cuando ese hombre se dio a la fuga, Ernesto le había pedido a Germán rodearlo para detenerlo.

—Llamaremos refuerzos —le había dicho Germán bajándose del coche con calma.

—¡No podemos esperar! —Le había gritado Ernesto —. Ese hijo de puta se nos escapará.

—Total, ¿para qué? Mañana estará en la calle otra vez.

A la carrera, Ernesto había perseguido al hombre que ya le había cogido distancia.

Por suerte, o por desgracia, el fugitivo se había metido en un callejón sin salida y cuando dobló aquella esquina, lo vio intentar saltar un muro demasiado alto.

—¡Alto! ¡Policía! Ponga las manos en alto donde yo las vea.

Aquel hombre también estaba armado y se apuntaban uno al otro.

—¡Mierda! —exclamó en bajo al ver a aquel niño salir hacia el callejón poniéndose entre ellos.

Sin dejar de apuntar al delincuente se habia acercado despacio al niño.

—¡Me cago en Dios! Me cargo al niño, ¡eh! —Gritara nervioso apuntando al crío.

—Tranquilo —le había dicho —. Aquí no tiene porque morir nadie. Me llamo Ernesto y tengo un hijo que se llama como yo —mintió —¿Tú tienes hijos?

—Tengo dos críos pero no me dejan verlos.

—¿Qué años tienen?

—Diez y la niña siete.

Intentaba tranquilizarlo y ganarse algo su confianza. Quería ganar tiempo.

—Tengo una buena amiga que es asistente social y te podrá ayudar —le había dicho.

—Seguro que eres como todos y me quieres engañar.

Parecía algo mas receptivo a lo que hablaban.

El atronador ruido de las sirenas de los coches patrulla que llegaban, lo complicó todo.

—¡Hijo de puta! Me has engañado.

A Ernesto, solo le dio tiempo a saltar sobre el niño y empujarlo hacia un coche abandonado que había allí aparcado. En el aire, sintió la bala perforar su piel. Luego todo se nubló y perdió el sentido.

Al despertar, vio a Ángela y a su compañero Germán.

Estaba postrado en la cama de un hospital.

—¿El niño está bien? —había preguntado al despertar.

—Si. Gracias a ti está bien y detuvieron al hijo de puta —había contestado Germán —. Pero tío, no puedes ser tan temerario. Mira tu mujer como está.

—Vete a la mierda —Le había dicho a su compañero —. Lo siento, cielo —le dijo a su mujer.

Se asomó a la ventana del piso y encendió un cigarro.

Inevitablemente, aquellos recuerdos le llevaron al día que su vida había cambiado.

Había ido a casa de Germán para decirle que iba a pedir cambio de compañero de patrulla. Llevaban veintidós años juntos pero sentía que desde ese incidente de hacia un año, habían dejado de ser un buen binomio patrullando y quería decírselo en persona y que no se enterara por los superiores.

Estaba llegando al portal donde vivía su compañero, cuando vio a Ángela, su mujer, y su instinto policial le hizo ocultarse. Vio que se detenía a la altura del edificio y mirando alrededor, llamaba al portero automático.

Su corazón comenzó a acelerarse y mirando alrededor, vio que enfrente de donde vivía Germán había una obra que como muchas en la ciudad, parecía parada.

Subió hasta el sexto piso corriendo por las escaleras inacabadas. Se acercó al hueco de lo que iba a ser una ventana y su mundo se paralizó al ver aquello.

Ángela, la persona con la que había compartido cuarenta años de su vida, estaba abrazada a Germán, su compañero durante tantos años.

Confiados de que enfrente no había obreros, ni siquiera se habían preocupado de correr las cortinas y vio como ese cabrón, desabrochándole la blusa y subiéndole el sujetador, le magreaba las tetas y se las chupaba con ansia. Verle los pezones en la boca de él le produjo una arcada. Esos pezones que habían dado de mamar a su hijo, al fruto de su amor, eran chupados de forma obscena. Esas tetas que él con tanto amor y delicadeza había acariciado siempre, ahora las veía siendo manoseadas como si ella fuera una cualquiera.

Vomitó sobre un montón de arena que había a su lado cuando vio a Ángela arrodillarse y como le estaba haciendo una mamada y Germán, agarrándole la cabeza, le comenzó a follar la boca como si fuera una puta.

Para Ernesto, desde ese momento, lo era.

Había visto entrar en aquel portal a su mujer y ahora, desde esa ventana, estaba viendo a una puta comiéndole la polla a un cliente. Un cliente que no le pagaría con dinero, pero si lo haría con cualquier otra cosa.

Vio a Ángela ponerse de pie y como se quitaba las bragas. Las rojas que él le había comprado por el día de San Valentín y ella se había puesto el día que habían celebrado los cuarenta años que hacía que habían empezado a salir juntos siendo adolescentes.

Germán con las bragas en las manos, las miraba como si de un trofeo se tratara y lo vio llevarlas a la cara para olerlas. Seguro que estaban empapadas, porque ella se sonrojó al verlo, e intentó quitárselas pero él se lo impidió metiéndolas en el bolsillo del pantalón.

Toda la rabia y furia que tenía dentro, la descargó sobre uno de los muros de ladrillo intentando que el dolor que sentía en el corazón pasara a su puño ahora ensangrentado.

Varias veces estuvo a punto de caerse mientras bajaba las escaleras corriendo. Al llegar a la calle, intentó respirar profundo y con lágrimas en los ojos cruzó hacia el portal. Llamó a varios pisos y enseguida le abrieron al enseñar la placa de policía.

Sentado en el suelo, esperó tras la puerta donde su mujer estaba siendo follada por otro. Tapándose los oídos, intentaba no escuchar los gemidos de Ángela pero estos eran demasiado escandalosos.

Cada gemido le dolía más que aquella bala que había estado a punto de matarlo. En realidad, cada uno de aquellos gemidos lo estaban matando en vida si todavía no estaba muerto.

Se levantó cuando el silencio volvió a sus oídos.

Si Ángela hubiera visto un fantasma al abrir la puerta, su cara no sería de tanto pánico como cuando vio a su marido allí.

—¡Ernesto! —exclamó asustada —¿Qué haces aq…

Apartándola de un empujón, se había metido en el piso y abalanzándose sobre Germán le había dado una paliza hasta dejarlo casi inconsciente. Antes de salir, buscó en el bolsillo y recuperó las bragas.

Ángela, sentada donde él había estado antes sentado, se tapaba la cara mientras lloraba. Al escucharlo salir, lo había mirado.

—Te las regalé… —le había dicho mostrándole la prenda íntima —…, para que te las pusieras para mí y nuestros momentos especiales. No para este hijo de puta. Quédate con este cobarde de mierda.

—¡Cariño! —Lo había llamado mientras lo veía alejarse —¡Espera!

—No me llames cariño. Desde hoy dejaste de ser una mujer que merece la pena. Llama a una ambulancia y preocúpate por él que yo ya sabré cuidarme solo. Adiós.

Lo expulsaron del cuerpo de policía a los tres días. Para evitar escándalos, Germán no lo había denunciado.

A raíz de todo aquello, fue cuando decidió abrir la agencia y como detective, intentar ayudar a personas a las que les estaban siendo infieles.

Se metió dentro de la habitación y apagó el cigarro en el cenicero repleto de colillas. Miró la hora y todavía faltaban un par de horas para que llegara Fátima.

Miraba hacia la pantalla del ordenador y la soledad que sentía al ver el piso de enfrente vacío era insoportable. Necesitaba ver de nuevo a esa joven y sentándose en la silla frente al ordenador, buscó la grabación de esa mañana. Su corazón se alegró al ver a Fátima en el baño bajo el agua de la ducha enjabonándose el cuerpo. Un cuerpo que había sido acariciado por otra mujer durante la noche. Le resultó imposible no recordar lo que había visto la noche anterior y los gemidos de esas dos mujeres seguían martilleando en sus oídos.

Nervioso le dio para atrás a la grabación.

El reloj de la grabación indicaba que eran de las cinco de la mañana las imágenes que estaba viendo. Fátima dormida plácidamente, su rostro sereno, tranquilo. Su respiración profunda. Esa respiración que lo había acompañado mientras dormía e incluso le había hecho creer que la tenía a su lado. La vio girarse en la cama y la sábana al resbalar, dejó a la vista sus pechos en forma de gotas de agua.

Recordó la cara de fascinación de Pilar al verlos por primera vez y con las ansias que se los había besado como si llevara toda una vida esperando ese momento. La erección que tenía solo de recordarlo, le hizo desear volver a ver ese momento y le siguió dando para atrás a la grabación.

Cuatro de la mañana, ella dormía.

A las tres la vio apagando la luz.

Aquella cuenta atrás en el reloj de la grabación le ponía nervioso. A las dos, Pilar y Fátima en la cama, hablaban abrazadas con cara de haber vivido algo maravilloso. Siguió dándole para atrás y recordó que aquellas imágenes que pasaban a mucha velocidad, no las había visto. Una de la mañana y algo le empujó a soltar el botón.

La joven se retorcía en la cama y movía la cabeza de un lado a otro. Las pequeñas manos acariciaban la cabeza de Pilar y los dedos se enredaban en la melena pelirroja de la madura mientras esta le besaba y lamía el coño.

Encendió el sonido.

—¡Dios, Pilar! —exclamaba entre gemidos —Me encanta lo que me haces. Me corro otra vez. Si…si.

La vio explotar de placer contra la boca de la madre de su amiga.

—¿Quieres correrte otra vez? —Pilar se relamía y limpiaba la barbilla mojada por la eyaculación —. Sabes deliciosa, mi niña —Sonreía con cara de asombro y sus mejillas estaban sonrojadas —¡Joder! Nunca imaginé que le comería el coño a una mujer y me encanta el tuyo.

—No me lo puedo creer —decía la joven mirándola sorprendida —¡Ay, Dios! Me corrí cuatro veces — dijo avergonzada tapándose la cara con las manos.

—¿Quieres más? —preguntó besando el corazón del pubis.

—¿Me dejas hacértelo a ti? —preguntó nerviosa.

—¿Estás segura de querer hacerlo, cielo?

—Si. Estoy muy segura —Se incorporó —. Ponte tú aquí.

—Me dará vergüenza, pero también deseo saber que se siente —Se tumbó y separó las piernas — ¡Qué vergüenza!

Los gemidos de Pilar no tardaron en adueñarse de la habitación y Ernesto veía excitado como se retorcía de placer mientras se corría en la boca de su joven amante.

Le dio para atrás y las vio besarse abrazadas al ir al dormitorio después de haberse masturbado en el salón. Las vio masturbarse de nuevo tumbadas en la cama. Estaban descubriendo el sexo entre mujeres y sus rostros eran de curiosidad, sorpresa y como no, vergüenza por sentir que les estaba gustando mucho.

Cuando la vio caminando por la acera, sonrió contento. Se sintió raro al darse cuenta de su alegría al verla. Era una persona que no conocía de nada, personalmente, porque en realidad conocía cosas de ella que nadie más conocía, pero la extrañaba mucho y en ese momento deseó poder asomarse a la ventana y llamarla para saludarla. Deseó poder preguntarle que tal le había ido en la facultad y confesarle que la mañana se le había hecho interminable. Preguntarle por qué había tardado cinco minutos más de lo habitual y que estaba preocupado.

Ya en casa, se quitó la ropa como de costumbre, pero a Ernesto le sorprendió ver que se quedaba desnuda en la cama sentada más tiempo de lo normal. A través de la pantalla, la veía pensativa y como se acariciaba uno de los pechos, cerrando los ojos cuando los dedos pellizcaron con suavidad el pezón.

Dejándose caer hacia atrás, subió los pies a la cama y abriendo las piernas, comenzó a acariciarse los pechos mientras él veía perfectamente el coño brillante por la humedad.

Se estaba masturbando y deseó estar entre sus piernas para ayudarle a calmar la excitación.

La imaginó en la facultad excitada y deseando llegar a casa para poder tocarse. Mientras la veía acariciarse el coño, se preguntó si estaría pensando en Pilar o en ese chico que había estado con ella hacia dos días.

Estirándose, abrió el cajón de la mesilla de noche y la vio coger aquel artilugio alargado con forma de pene. A Ernesto le sorprendió su tamaño, en especial su grosor, y lo primero que pensó al verlo, fue que era imposible que aquello pudiese entrar en un coño tan pequeño como el de esa joven.

No solo entró después de pasarlo por fuera para lubricarlo con sus propios flujos, sino que la veía moverlo con rapidez mientras se retorcía arrancándose varios orgasmos gritando de placer. El coño abierto, expulsaba cada pocos segundos chorros que cuando salían, ella temblaba mientras se lo metía profundamente.

—¡Dios! —exclamó exhausta palpando el colchón empapado.

Esa tarde, la vio estudiando hasta las siete. Luego, cambió la cama y pasó la aspiradora por toda la casa mientras bailaba alocadamente con los auriculares puestos. A las nueve se sentó en el sofá a ver la tele y Ernesto pudo observar cómo mientras lo hacía, metía la mano por dentro del pantalón de pijama rosa y se tocaba tranquilamente mientras veía una serie.

Frente al ordenador, el detective se preguntó si esa chica tendría una pulsión sexual mas alta de lo normal, al verla masturbarse de nuevo cuando se metió en cama por la noche. Lo peor de todo, era que a él se la estaba transmitiendo y a sus cincuenta y seis años, ese día se masturbó por tercera vez mientras la miraba dándose placer.

Era viernes y la escuchó hablar con una amiga para quedar esa noche.

No logró saber si era con Tamara, su mejor amiga e hija de Pilar con quien hablaba, pero supo que habían quedado a las doce para tomar algo e ir a bailar a una conocida discoteca.

La vio prepararse para salir y, después de un rato decidiendo que ponerse, como se vestía una minifalda negra de cuero y una camiseta blanca de escote redondo, todo ello acompañado de calzado deportivo a juego con la camiseta.

Ernesto se puso una camisa azul oscura y pantalón vaquero. Odiaba ponerse camisas pero no quería tener problemas a la hora de entrar donde estuviera la joven.

Gracias a que la terraza donde había quedado con su amiga, estaba atestada de gente, no tuvo dificultad para pasar desapercibido entre la multitud. Desde una mesa alta, la miraba disimuladamente beber una cerveza mientras esperaba a la amiga. En cuanto esta llegó, no tuvo dudas de que era Tamara. Su melena ondulada pelirroja y su gran parecido físico con la madre, era palpable.

Las vio saludarse con un abrazo y un par de besos. Era evidente que ambas estaban contentas de encontrarse pues el saludo había sido entre muestras de alegría.

A Ernesto le resultaba ciertamente inquietante observarlas charlando y no poder evitar recordar que hacia solo dos noches, Fátima habia estado teniendo sexo con la madre de la otra.

—¿Me trae otra cuando pueda? —le pidió al camarero.

—Era sin alcohol, ¿verdad?

—Si.

Las jóvenes habían pedido otra ronda y él se animó a acompañarlas desde la distancia.

Unos jóvenes se habían acercado a ellas y estas se reían de forma coqueta sintiendo que estos querían ligar con ellas, pero el intento resultó fallido cuando las vio entrar en el local a pagar y una vez lo hicieron, se alejaron entre carcajadas.

En la discoteca le fue más complicado no perderla de vista.

Fátima, iba de la barra a la zona de baile y de esta al baño, o a saludar a gente. Unos con más disimulo y otros de forma bastante descarada, la miraban intentando llamar su atención o solo para admirar fascinados su cuerpo y como no, el culo que a la corta prenda de cuero le costaba tapar.

Fue en el tercer viaje de la joven hacia la barra a por otro cubata, cuando Ernesto se puso alerta.

Mientras esperaba a que la atendieran, un hombre mayor vestido de traje, se había acercado a ella y con bastante descaro, había apoyado la mano en la cintura de esta. Al girarse para ver quién era, lo había mirado y se habían dado dos besos.

Ernesto se quedó de piedra al ver quién era ese hombre.

Era Eduardo, el socio del señor Ortiz. Aquel hombre maleducado y de aspecto repugnante que había tenido la desfachatez de meterle mano a la secretaria delante suyo sin importarle ser visto.

La joven le escuchaba y este le hablaba al oído aprovechando el ruido de la música. Por momentos, ella parecía sería pero en otros sonreía y en ningún momento hizo ademán de apartarle la mano, ni siquiera cuando los dedos se apoyaron en el comienzo de la nalga.

“¡Joder! Lleva tres cubatas y dos cervezas y ni se da cuenta que le está tocando el culo ¡Será hijo de puta!”, pensaba Ernesto visiblemente enfadado, intentando aguantar las ganas de ir allí y soltarle un guantazo.

Por suerte, vio que se separaban, no sin antes, el viejo aprovechar para darle una ligera palmada en el culo que hizo que ella lo mirara y le diera una palmada en el brazo a modo de reproche.

Aliviado por verlos separarse, se movió de donde estaba para poder verla en aquella zona donde bailaba con su amiga Tamara y un grupo de cuatro chicos, entre los que estaba el joven que había estado en el piso con ella el martes.

Después de varias canciones bailando juntos, los vio besarse y, en ese momento, Ernesto entendió que esa noche tocaría verla de nuevo con él. Todo indicaba que sería así, hasta que vio que Fátima cambiaba de actitud con él después de haber cogido el móvil del bolso y leer en él algo.

La vio escribir un mensaje y decirle algo a su amiga al oído. Inmediatamente después, la joven se despidió del grupo de amigos y salió sola de la discoteca.

Ernesto salió casi a la carrera detrás de ella por miedo a perderla de vista y como si de una película se tratara, le pidió al taxista que siguiera al taxi donde se había subido Fátima.

La tranquilidad que tuvo al ver detenerse el taxi al llegar al portal de casa, se vio eclipsada al ver que alli estaba Eduardo fumando un cigarro.

“¿Qué cojones hace este tipo aquí?”, pensó al verlo.

Mientras hacía tiempo contando las monedas para pagar la carrera, de reojo miro a la joven bajarse del coche y no pareció sorprendida de ver allí al viejo socio de su padre.

Su corazón pareció querer detenerse al ver cómo Fátima abría el portal y ese hombre entraba detrás de ella.

—Mierda! —exclamó sin querer, en alto.

—¿Cómo dice? —preguntó el taxista.

—Nada. Perdone. Pensé que me llegaría el cambio. Cóbreme con tarjeta, por favor —pidió nervioso.

A la carrera, llegó al piso y fue directo a la habitación.

Por suerte, había dejado el ordenador encendido.

Horrorizado, vio a la joven sentada en las piernas de ese hombre, con la cabeza hundida en el cuello de este. Eduardo la miraba con ojos inyectados de deseo mientras le acariciaba los pechos por debajo de la camiseta.

—Tienes los pezones durísimos, Fátima.

En la pantalla, veía como la mano se movía bajo la tela.

—Desde el jueves pasado… —le siguió diciendo —…, no me daba llegado este momento de volver a acariciarte ¿Te gusta tener las tetas en mi mano?

—Si, me gusta como me las toca —contestó con la voz agitada —. Los chicos de mi edad lo hacen distinto.

—¿Te has pajeado pensando en mi esta semana? —mientras lo decía, le sacó la camiseta y el sujetador —. Joder, los tienes tiesos, nena —exclamó comenzando a chupárselos.

—Ayer, al llegar de la facultad, lo hice pensando en usted.

Gimió y le acarició la cabeza, en la cual, había más calva que pelo.

—¿Y usaste mi regalito?

—Si, lo usé —contestó —. Siempre que me masturbo pensando en usted, lo uso. Es gordito como su polla —al decirlo, llevó la mano al bulto del pantalón —. La tiene muy dura.

—Nadie me la puso tan dura como tú nunca —La hizo poner de pie —. Joder, que piernas tienes. Quítate las bragas para mí.

Ernesto vio como se quitaba las bragas y se las ofrecía sonrojada.

—Están empapadas —Miró la prenda totalmente mojada y la olió —. Ven. Déjame olerte —Tiró de ella hacia él y subiéndole la minifalda, hundió la cara entre sus muslos —. Ummmm…, estás cachondisima.

—Si. Nadie me había olido el coño antes y cuando lo hizo la primera vez, pensé que era un guarro.

—Ni el coño, ni el culo —La hizo girar y Fátima gimió al sentir la cara hundirse entre las nalgas —. Lo soy, soy un guarro pero eso te encanta —Olió con fuerza el ano —¡Joder! Me da morbo olerle el culo a una preciosidad como tú.

—A mi me da morbo que lo haga —Suspiró.

—Te gusta, ¿verdad? Y esto, te encanta —Abriéndole las nalgas, pasó la lengua por coño y ano de un lametazo.

—¡Dios! —exclamó estremeciéndose —Si —Afirmó abriéndoselas ella —. Deme más, por favor.

—Uy, que viciosita eres —Se carcajeó y le lamió de nuevo, pasando más lentamente la lengua y haciendo mas presión con ella —¿Otro? ¿Quieres que te coma el culo?

—Si. Deme más así como este último, por favor.

—Joder y luego dices que soy yo el guarro —le dijo sin dejar de reír —. Con esa cara de niña buena que tienes y te mueres porque este viejo te coma el culo. Túmbate en el sofá y pon el culito en pompa, nena. Vas a ver lo que es que te coman el culo de verdad.

Ver la cara de Fátima, tumbaba en el sofá con la minifalda arrugada en la cintura, con el culo levantado y ese viejo comiéndoselo con la cabeza incrustada entre las nalgas, era impactante.

La joven tenía la cara apoyada en la tapicería del sofá y miraba hacia el mueble donde estaba oculta la cámara, pareciendo que lo miraba a él, que, frente al ordenador, podía ver su hermoso rostro desencajado por lo que estaba sintiendo. Abría los carnosos labios buscando aire y sus ojos parecían pedirle que no mirara aquello. Sus mejillas estaban sonrojadas por la excitación y por la vergüenza de estar disfrutando de algo tan guarro.

—La de veces que me imaginé como sería hacerte todo esto cuando venías con tu padre a la oficina —Le miraba el ano y parecía manipularlo con los dedos —. Así, perfecto. Que facilidad tiene este culo para dilatarse, nena. Joder como te chorrea el coño —Hundió la cara y se escuchó como lo sorbía.

—¡Dios, Eduardo! —Cerró los ojos al sentir que le mamaba el coño —. Me voy a correr —Gimió —. Si…Su boca me…

Incapaz de continuar hablando, comenzó a temblar de pies a cabeza y el viejo se puso boca arriba, haciendo que la joven comenzara a restregarse contra la cara de este mientras se corría contra él.

—Joder, como me has puesto, guarra —le dijo sacándose de debajo de ella —. Menuda manera de correrte —Tenía la cara mojada y se la limpiaba con la mano. Ella continuaba temblando y respiraba con dificultad.

Desde su puesto de observación, desvío la mirada de la pantalla, al ver cómo la joven se arrodillaba en el suelo y lo desnudaba.

En la ventana, fumaba un cigarro y escuchaba la dulce voz.

—¡Dios! Me da morbo su polla y verla tan dura.

—Y querías venirte con ese crío de la discoteca —Le reprochaba —. Que sea la última vez que te veo morrear con alguien delante de mí, ¿de acuerdo?

—Vale, perdóneme —le dijo —. Pensé que había quedado con su secretaria.

—Esa estará con su maridito durmiendo. Es una remilgada que se hace la estrecha y luego cuando le meto la mano bajo la falda se corre con una facilidad pasmosa —Suspiró —. Que boca tienes. Eso es, chúpamela.

—¡Joder! —exclamó.

—¿Qué te pasa?

—Nunca pensé que pudiera gustarme la polla de un señor mayor.

—Me pone cachondo como la miras —Sonrió —. Eso es, bésame los huevos que sé que te llaman la atención.

—¿Me quiere follar la boca como el otro día en el despacho?

—Mucho te gustó, ¡eh! Apoya la cabeza en el sofá. Anda que si tú padre se entera que su niña se dejó follar la boquita en el despacho…

Desde la ventana, giró la cabeza hacia el ordenador al escuchar aquellos sonidos. Fátima, sentada en el suelo con las piernas estiradas, tenía la cabeza apoyada en el sofá y el viejo, agarrándole el pelo, le follaba la boca con movimientos profundos provocándole arcadas.

Cerró los ojos.

Ver aquello, le hizo recordar a su mujer de rodillas y como Germán, su compañero, le agarraba la cabeza y le metía la polla hasta la garganta, follándole la boca.

Saliva y hilos de baba, caían grotescamente por la barbilla de la joven empapándole los pechos.

—Eso es… Relaja la garganta —Gemía como un animal —. Siente toda mi polla dentro ¡Dios! Que tragona es la nena. Una chupapollas de campeonato.

Cuando mantenía la polla por completo dentro, ella se retorcía al faltarle aire y palmeaba los gordos muslos pidiéndole que la sacara. Su rostro parecía que iba a amoratarse en cualquier momento.

—¡Dios! —Tosía y buscaba aire con desesperación cuando se la sacaba.

—Abre la boca —le pedía como una orden —. Eso es. Sé que te encanta, nena.

Era humillante ver a una preciosidad como ella, siendo sometida de esa manera por un viejo como aquel. Ernesto se preguntaba si de verdad aquello le gustaba a la joven y le impactó escuchar su voz.

—Otra vez, por favor —Le pidió con las mejillas empapadas por las lágrimas provocadas por las arcadas y abriendo la boca suplicando polla.

—Las veces que quieras, bonita —Le acarició la cara —¿Crees que aguantarás un poco más?

—No lo sé. Deseo aguantar más y sentir como mi coño palpita cuando me lo hace.

Esa vez la retuvo mas tiempo y Fátima palmeaba los muslos con la cara colorada por la falta de aire. Ernesto se asustó al ver que comenzaba a temblar y alucinado, vio como del coño comenzaron a salir chorros. Se estaba corriendo mientras ese hombre le follaba la boca, prácticamente ahogándola.

—Así, bonita —Gemía excitado —Joder, como se corre la niña. Me corro… Eso es, traga, traga todo.

Deshecha por el placer, Fátima lo miraba entre sorprendida y avergonzada por haberse corrido de forma tan intensa sin ni siquiera haberle tocado el coño.

A pesar de la desazón que le provocaba verlos, Ernesto se mantuvo frente a la pantalla cuando esa extraña pareja sexual se fue a la habitación. Fátima, cogida de la mano de ese señor, parecía una niña necesitada de protección y atención cuando Eduardo la llevó al dormitorio. Él, tumbado sobre la cama, recibía las caricias de ella que lo miraba con curiosidad mientras pasaba la pequeña mano por pecho, barriga, piernas, hasta detenerse en los genitales.

—¿Todos los hombres mayores los tenéis así de gordos? —le preguntaba con curiosidad mientras le acariciaba los testículos.

—No lo sé —contestó mientras le acariciaba los pechos —¿Tanto te llaman la atención?

—Si. Son muy grandes —al decirlo, los intentaba abarcar con la mano sin éxito —¿Le gusta? —Se los masajeaba con suavidad.

—¿Tú que crees? —preguntó mirando la polla que estaba hinchándose.

—Ya veo que si —Sonrió con timidez.

—¿Y a ti te gusta tocarlos? —Llevó la mano entre las piernas de ella —. Veo que también —Le mostró los dedos mojados.

Ante la atenta mirada de Ernesto sobre el ordenador, ella se subió sobre Raimundo y comenzó a follarlo entre gemidos.

—Como te gusta follarme, pequeña —Le acariciaba las nalgas —¡Dios! Te mueves como una puta.

—No me gusta que me llame así —Le dijo sonrojada sin dejar de moverse sobre él.

—Lo sé —La hizo inclinarse para besarla en la boca —. Pero ya te dije un día, que serías mi puta, y lo he conseguido.

—Lo seré mientras no tenga novio —Gimió —¡Joder! Me corro, Eduardo.

Ver a ese gordo asqueroso follando con fuerza a la joven, fue superior a sus fuerzas y volvió a la ventana a fumar un cigarro. No había podido aguantar más viendo cómo lo abrazaba y se corría debajo de él una y otra vez.

Apagó el audio cuando la escuchó gritar y como le decía que le encantaba como la follaba. Que sería su puta y que le había encantado que le follara la boca.

Se metió en cama aturdido por todo lo que estaba viviendo con esa joven. Necesitaba dormir, por lo menos, durmiendo se olvidaría durante unas horas de todo aquello.

Daba vueltas y más vueltas sin poder conciliar el sueño.

Habían pasado dos horas desde que se metiera en cama, y la imaginó dormida plácidamente después de aquella noche de sexo intenso con el viejo. Necesitaba escucharla descansar y que le acompañara su respiración como si estuviera al lado suyo.

Encendió el audio.

Aquel ronquido le sobresaltó y miró asustado hacia la pantalla del ordenador.

Eduardo estaba alli, dormido. La joven dormía abrazada a él con la cabeza apoyada en los grasientos pechos peludos. Odió la luz de esa farola que entraba a través de la cortina al poder ver, gracias a esta, que Fátima se había dormido con la mano en los testículos como si estos fueran algún método relajante.

De nuevo ese maldito ronquido y apagó el audio.

Durante bastantes minutos se quedó mirando esa imagen grotesca de la joven abrazada a él. Ella, lo más hermoso del mundo, él, un viejo asqueroso y maleducado, que había logrado que ella se sintiera su puta.

Saber que estaba durmiendo acompañada por ese hombre, le impidió dormir durante toda la noche. El socio del señor Ortiz, le había dado malas sensaciones desde el primer momento que lo vio aquella mañana en el despacho y algo en su interior le decía que tenía que vigilarla.

Los vio despertarse y a los tres minutos estaban follando de nuevo.

Aquella joven era como una marioneta sin voluntad con aquel hombre, y él sonreía sintiendo el poder que ejercía sobre ella. Cualquier hombre estaría a los pies de una chica como Fátima, y en cambio, en este caso, era ella la que la que lo estaba. Después de desayunar, le pidió que la dejara follarlo de nuevo.

Cuando se fue del piso, este parecía haber sido un campo de batalla donde la lucha había sido sexual y sin duda él había salido victorioso. Ernesto, sin poder asimilar lo que había visto, tenía los gemidos de esa joven incrustados en la cabeza. Los había visto follar en el salón, en el dormitorio, en el baño y en la cocina también lo habían hecho, pero al no tener cámara allí, sólo los había escuchado.

Lo vio salir del portal con una sonrisa prepotente, vestido con aquel traje que tan mal le quedaba y con esa camisa que no podía disimular su gordura.

Gracias a la cámara del baño, la vio ducharse y meterse en cama a dormir. Su rostro reflejaba el cansancio.

Cuando Fátima despertó era mediodía y lo primero que le vio hacer, fue abrir el cajón donde guardaba su enorme juguete y masturbarse con él. Ernesto odio ese juguete al saber que se estaba masturbando pensando en ese hombre.

(Continuará)