Ganas de salir corriendo 3
Merche no es una chica cualquiera; tiene cicatrices que no se ven y un hambre que no se sacia. Juan intenta huir de su realidad, pero ella lo atrapa con una pasión que no pide permiso, solo exige entrega. ¿Podrá él soportar el peso de un amor que lo devora?
- Escucha Juan. Tengo que decirte una cosa.
Me espetó Merche desde el otro lado de la mesa de la cocina. Continuaba desnuda. Mi miraba se centraba en tan bonitas tetas, mientras que sus oscuros pezones hacían de tapón en mis oídos hasta que intenté concentrarme en sus palabras.
- Me gustas, mucho. Pero está que… bueno. Si encuentras a una mujer que te guste y quieras… con ella. Vale. Me retiraré. Porque comprendo que está la edad y todo eso que nos separa. Debo parecerte una cría con la que juegas a cosas de adultos. Y yo… verás.
Tragó saliva. Tenía muy claro qué quería decirme y su mente trabajaba ordenando las palabras.
- No hace mucho, hasta hace unos tres años o así, tuve pareja y no les gustaba a mis padres. Por tonterías de la edad o la experiencia, inexperiencia en mi caso, no quise escucharles cuando me decían que ese tipo no me convenía.
Bajó la cabeza mirando sus manos encima de la mesa sin tocar su tazón. Parecía avergonzada.
- Que debía dejarle o me llevaría a la droga, al mal vivir. Me decían que no dejara los estudios.
Bajo más la cabeza y admitió en un gesto vergonzoso.
- Tenían razón. En solo una tarde vieron en él lo que yo tardé varios meses. Al poco ya tenía agujas en la cara y su nombre tatuado en el brazo, entre otros estúpidos dibujos en mis nalgas, tetas y piernas. ¡Casi me tatúo en la espalda a un dragón volando sobre la muralla china!
Lanzó un suspiro. Me miró brevemente para ver mi reacción y ya continuó contando sus malos hábitos de entonces.
- Tomábamos caballo, porro y pastillas para disfrutar más y ser más marchosos tanto en la disco como en la cama. – Tragó saliva, bajó más la mirada, parecía a punto de esconderse bajo la mesa, y añadió: - Hasta que me propuso que la mejor forma de conseguir gratis esa porquería o a buen precio, era si me follaba a uno o dos de sus amigos de vez en cuando.
Creo que oí rechinar sus dientes antes de continuar. Desde luego sus manos sobre la mesa se habían convertido en garras que por suerte no eran dirigidas a mí.
- Me soltó que a él no le molestaba que estuviera con otro, y que para mí solo suponía un rato con las piernas abiertas y nada más. Que eso nada representaba. - Me miró fijamente. Sus ojos llameaban. - ¿Te lo puedes creer?
Tras media docena de insultos a ese tipo, Merche quedó callada. Sus gestos, su mirada mostraban el odio y amargura que sentía sobre aquel que llegó a amar.
- Sentí... Fue como si despertase. No te puedes imaginar el asco y odio que sentí. Por tomar drogas, por un novio que quería ser mi chulo. Y el dolor al recordar que fui advertida por mis padres que lo vieron venir.
Quedó callada otra vez, y simplemente esperé.
- Recogí los harapos que empleaba para vestirme y corrí a casa de mis padres para pedirles perdón. - Tragó saliva. Con un ruido similar a un fuelle cogió aire por la nariz para soltarlo en un suspiro y continuó hablando. - Fueron más comprensivos de lo que me merecía por ser tan idiota.
Otra vez cogió aire aspirando con fuerza. Y noté que cargaba con odio contra el que fuera su novio, aunque sus manos ya no parecían armas mortales.
- Durante dos meses, ese me llamaba casi a diario. Incluso se plantó en la puerta de casa. Promesas, súplicas. Mentiras y más mentiras. Hasta que le amenacé con llamar a la policía, y por fin ya dejó de molestarme.
Tardó unos segundos en continuar hablando. Lo mismo me miraba que parecía avergonzada.
- Me quité las agujas, me borré los tatuajes. Retomé los estudios después de haber perdido un curso. Y cosas que ya te he contado. Hasta que encontré trabajo y entonces apareciste tú.
Por fin mostró esa sonrisa tan bonita.
- Correcto en el hablar y en el trato, aunque notaba tu mirada en mis piernas y en el escote, que pronto dejaron de molestarme y me hacían sentirme guapa porque noté que te sentías incómodo al hacerlo ya que nada pretendías ni buscabas en mí. Así rechacé moscones. Ignoré habladurías y te besé delante de todos en el comedor del trabajo.
Lanzó un suspiro. Y me miró suplicante.
- Tan solo fue un roce de nuestros labios, y mientras me retiraba al lavabo mi consciencia gritó: “¡No te enamores!” Y mi alma murmuró: “Ya es tarde para evitarlo”. – Se estremeció. - Y ya ves, Juan, cariño, aquí estoy. Me tienes loquita… del todo por ti. - Aspiró con fuerza y continuó: - Por cuestiones de edad... Que me consideres una cría... He intentado contenerme hasta hoy y... bueno, ya ves, aquí me tienes, estoy sin bragas. Entregada a ti. – Bajó la mirada al añadir en un murmullo: - Sé que debo parecerte una niña tonta.
El silencio en la cocina era roto solamente por los latidos de nuestros corazones y algún suspiro. Merche miraba su desayuno a medio consumir. Seguramente esperaba a que le dijese algo.
- Bien. Ya veo. - Por fin me decidí a hablar. - Tuviste todo un engaño. Y ahora aparece algo nuevo y tienes dudas ya que temes que sea otro espejismo.
No sabía cómo enfocar el tema. Mi experiencia es nula en estas lides. Murmuré.
- Antes has dicho algo sobre una mujer que me guste o quiera algo con ella. Vale. - Admito que estaba embalado y no me daba cuenta de lo que realmente decía. - Pues esa mujer eres tú. Me gustas, te quiero.
Sonrió alzando su mirada y al ver mi intención de continuar hablando esperó.
- Pero supongamos que rompemos mañana y ya está. Dejamos de dirigirnos la palabra y en el trabajo resulta incómodo durante un tiempo hasta que llega la inercia de la monotonía. Pero supongamos que nos va bien. Y que en este supuesto pasan veinte o veinticinco años. Tu cuerpo, tu mente todavía será activo con cincuenta años de edad. Mientras que yo… para lo único que sirve un viejo… es, achaques, médicos, pastillas, dolencias… Serán momentos de amargura y malos modos. Creo que lo mejor es que…
- ¡Vaya! Insinúas que llegado el caso me convierta en monja para continuar a tu lado, o dejarte. - Espetó Merche. - Te amo y eso no me lo quita nadie. Que no haya sexo… pues vale, pero habrá cariño, ternura, amor y eso tiene mucho valor.
- Ya se verá, cariño. Ya se verá. Me imagino que terminarás comprando algún juguetito para aliviarte cuando yo no pueda satisfacerte.
¿Qué acababa de decir? Mi sentencia.
Su angelical rostro se convirtió en demoniaco. Esa mirada… esa sonrisa… miedo me daba. En mi imaginación vi que sus pupilas se volvieron verticales, sus colmillos sobresalían de su boca y las manos eran garras con grandes uñas. ¡Una fiera!
- ¡Vaya, vaya! Así que al guarrete de mi novio le gustaría verme empleando juguetitos en la cama.
- ¿Qué? ¡No! ¡Oye, no! No me refería a eso.
De nada servían mis explicaciones. Mi defensa fue inútil. Merche estuvo riendo durante un buen rato en el que no podía desayunar o se atragantaría. Cuando se calmó recalentó su café en el microondas. Rápidamente acabó las tostadas, fue al lavabo… Y al regresar a la cocina, todavía desnuda, me tiró del brazo llevándome a mi habitación.
- Ven, guarrete. Ven a la cama y veamos si te gusta mi culo.
- ¡Qué! ¿Culo? ¿Has dicho culo?
- Sí, guarrete mío, sí. Mi culo. Te gustará. Ya lo verás. Pero mientras me tienes que rascar bien el coño. Que yo también quiero disfrutar. ¿Vale?
Era la primera vez que lo hacía así. Me gustó follar por ahí, tan ajustado. Mientras que Merche… bueno se dejó hacer mientras gemía. Mis dedos no bastaron para su placer porque me distraía mucho con mi disfrute, por lo que después tuve que compensarlo empleando la lengua por toda la vulva.
Primero se puso bocarriba levantando las piernas hasta tocarse las tetas con las rodillas. Y me ordenó que le metiera un dedo por el ano. Luego dos.
- Así, cariño, despacio. Pon saliva. Mientras me lames el coño. ¿Vale?
Me animaba en la caricia. Su coño comenzó a chorrear flujo que se deslizaba hasta el ano y contribuía en suavizarlo. Al poco ordenó que fueran tres dedos y tras un ratito dijo que ya podía metérsela.
- Creo que ya está.
Se dio la vuelta para situarse a lo perrito.
- Ven, cariño. Disfruta de quien tanto te quiere.
Me costó un poco meterle el glande. Gimió más de dolor que de placer. Y me animó a continuar.
- ¡Vamos! ¡Métela del todo! ¡Disfruta! A tu ritmo.
Lo dicho lo pasaba tan bien tan ajustado que descuidé acariciarla y lo tuve que compensar después con la mencionada lamida de coño.
Mis descargas no fueron abundantes, aunque disfruté de cada una.
- Bien, cariño. Veo que te ha gustado. – Sonrió al afirmar: - Se ve en tu cara. Ahora se justo conmigo y dame placer. – Tumbada bocarriba se abrió los labios mayores con los dedos mostrando su chorreante vulva. - Por favor, haz que yo también goce. Necesito un orgasmo.
Me acerqué, dándome cuenta que de su culo salía un hilo de semen, y eso que se limpió poco antes. Primero la acaricié con los dedos sin dejar nada. Jugué en la entrada de la vagina sin llegar a meter el dedo. El clítoris estaba rojo, cálido, brillante. Lo acaricié empujándolo a los lados.
- ¡Uf! ¡Juan, cariño! – Gimió. - ¡Qué bien tocas la tecla!
Después pasé la lengua desde el clítoris al perineo y volví. Y ya me centré en lamer el clítoris.
- ¡Ese es el sitio! – Gemía Merche mientras se cogía las tetas para apretarlas. - ¡Ahí, sí! ¡Justo ahí!
Le conseguí dos orgasmos y ya dejó que me retirase.
- Bien, nene. Ya veo que te gusta mi culo. – Dijo sonriendo estando abrazada a mí. Aunque con su cabeza en mi pecho, un brazo sobre mi cintura y una pierna en las mías, se podía decir que estaba encima. – Vale sí, te lo daré de vez en cuando. Ya está acordado. – Lanzó otro gemido. - Pero luego me lo compensas como ahora. ¿Vale? ¡Qué bien me comes el coño!
Recordé que le sale el semen poco a poco por lo que supuse que le queda el ano abierto.
- ¿Te duele por el culo?
- Al principio sí, un poco. Luego me acostumbro y bueno, ya veo que te gusta.
- Pero tú. Creo que no te gusta...
- Veamos cariño. Te explico. - Interrumpió. - Cuando me lames el coño trabajas con la boca y lengua, sabiendo que me das placer a cambio de tu esfuerzo. Cuando te la chupo, es lo mismo. Es, ¿cómo lo explico?: Dar placer, nos da placer. Pues eso, saber que lo vas a disfrutar me hace pasarlo bien.
- Creo que te entiendo. – Asentí. Y recordé el malestar. - Pero hay que tener en cuenta la incomodidad que te produce.
- Para, para, cariño. Ya veo por dónde vas. Verás. – Se puso a acariciar mi pecho como si le sirviera para pensar qué decir. - Incomodidad, sí, dolor no. Esa es la diferencia. Además, no será todos los días, pero te dejaré que me folles por ahí, sí. Sin sorpresas, lo hablamos antes. Y de vez en cuando, alguna vez al mes o así. – Repitió. - No te preocupes por eso. No recuerdo quien dijo eso de en el amor como en la guerra todo vale.
No encontré relación de esa frase con lo nuestro hasta que comparé que lo que hacíamos en la cama eran verdaderas batallas de las que lograba sobrevivir por los pelos.
Dejó de acariciarme el pecho y bajando la mano al vientre. De ahí al pubis y desechando mi escurrido colgajo, llegó a los testículos. Cogió uno, luego el otro. Los dos a la vez. Jugaba. Con las uñas me acariciaba el perineo. Nada, mi cuerpo no reaccionaba. Me encontraba totalmente agotado. Continuaba con la caricia si dejar de afirmar lo bien que estaba conmigo.
Esa fue la primera y única vez que empleamos preservativo. Después se preocupó de volver a tomar el anticonceptivo de siempre. Alegó:
- Pasaba de los tíos, solamente estudiaba y trabajaba. Por lo que descansé unos dos años de la pastilla. – Sonrió mirándome cómo si fuera un manjar dispuesto sobre la mesa. - Ahora te saborearé mejor. Y otra cosa, cariño: ¿Quieres que me venga a tu casa?
¿Llegué a responder?
¿De ser así qué respuesta le parecía adecuada mientras me acariciaba los testículos con las uñas? De haber intentado salir corriendo en ese momento estaba el riesgo que mis cocos se quedaran en su mano.
Como un torbellino que revuelve todo lo conocido a mi alrededor, en pocos días Merche se instaló en mi casa. En la habitación hubo que poner un segundo armario para sus cositas. Lo trajimos de su habitación de soltera.
- No tengo mucho. - Dijo lanzando un suspiro. - Ya veras, cariño, traeré lo indispensable.
Resultó que lo indispensable llenó su armario y en poco tiempo también ocupó parte del mío. Se apoderó del baño con sus productos de higiene y belleza. De la cocina con sus comidas bajas en calorías, y restricciones sobre esto, lo otro y lo de más allá, que para el bien de mi salud también me impuso.
- Es más sano. Ya verás.
Ya podría ser eso sano. Pero con el nuevo plan de vida, pasamos a follar cada día, aumentó mi necesidad de energía. Necesitaba más calorías para quemarlas entre las sábanas. Echando de menos la paella, los guisos con costillas, y el cochinillo al horno.
Solamente respetó el comedor, mis libros y mi lado de la cama. Aunque follando me arrastró por el suyo, el sofá, la alfombra… pero luego estaba cuando en lugar de ser dos fieras follando… Bueno, no. Es mejor decir una fiera y su víctima. Pues eso, luego, una vez de cada cuatro o cinco, nos uníamos para amarnos. Solamente entonces consentía ternura, suaves caricias y mis murmullos de amor.
Tras una de esas sesiones que permitió los besos y caricias por su cuerpo. Con mis susurros cariñosos en sus oídos mientras la amaba… culminó por segunda vez al mismo tiempo que yo me descargaba. Quedó derrumbada a mi lado y sin blasfemar, me soltó en un susurro:
- ¡Jope tío! Si no fuera porque me colmas hasta las cejas diría que eres San Valentín. ¡Qué delicadeza! Me enamoras.
Lo cual me hace suponer que para librarme de ella debo cambiar de estrategia.
Una aclaración: al decir “una vez de cada cuatro o cinco”, me refiero a veces o sesiones de sexo, no a días. Porque de viernes tarde a lunes también lo hacíamos por la mañana, aunque era cuando solíamos ir de compra semanal a las galerías del Puerto, por lo que follábamos seis o siete veces en esos dos días y medio. Y ay de mí si no le conseguía dos orgasmos por sesión.
Un domingo, después de conseguir que se corriera tres veces, dos fueron con mis caricias y la tercera al llenarle el coño de semen, me la chupó y acarició hasta hacer que me corriera en sus tetas. Jadeando afirmó:
- ¡Uf! Ya. ¡Menos mal! A ver si así quedas satisfecho y me dejas tranquila hasta mañana. – Y añadió quejosa. - ¡Jo! Menudo fin de semana me has dado, que lo tuyo es un no parar.
Tardé un buen rato en entender sus palabras. ¡Parece que soy el culpable de que sea insaciable!
En otoño no hace demasiado frío en la costa Mediterránea, pero por las tardes bajaba la temperatura considerablemente y por las noches había que abrigarse ante esa humedad que entra en las casas y penetra hasta los huesos. La verdad es que estando en los brazos y entre las piernas de Merche de eso había dejado de enterarme.
- Esta noche ha hecho fresquito. – Comentó aquel compañero junto la máquina de café.
Estuve por preguntar en qué montaña. Yo había dormido desnudo. Arropado por el cálido cuerpo de Merche. Que tras quedar saciada de sexo se derrumbaba sobre mi abrazándome.
Un domingo por la tarde me presenté ante los padres de Merche. Creo que me pasé llevando corbata. Se sorprendieron al ver que solamente fuera unos cinco años más joven que ellos. Y el primer impulso fue de lógico rechazo. Merche pudo solucionarlo diplomáticamente aludiendo que por mi edad no estaba en condiciones de cometer las locuras que ellos temían. Trascurrió la tarde tomando café.
En el segundo encuentro evité elogiar demasiado esa paella que recordaba a las reuniones familiares de mi infancia. Sería como llamarles viejos, aunque se tratara de mis suegros. Por otro lado, a esas paellas se apuntaba más familia alargando la sobremesa hasta muy tarde. Así conocí a tía Priscila y su marido que se mostraron más amables y abiertos a mi presencia.
Para el tercer encuentro los invité a comer en un restaurante de las afueras. En Casa Maurichio. Creo que si se llamara “El embuste” sonaría menos falso: se trataba de una planta baja acondicionada como si fuera un caserón y el cocinero, y a la vez dueño, se llama Manuel. El caso es que el local era muy conocido por la calidad, la abundancia de sus platos, de sus elevados precios y de lo difícil que era conseguir mesa. Había espera de más de una semana y para según qué festividades de más tiempo.
- El dueño es casi de mi familia. - Me justifiqué.
La verdad es que salvé el cuello de Maurichio-Manuel al asumir que aquella señorita de compañía tan guapa, con tan poca ropa, tan… eso, que iba conmigo y no con él. Así le salvé ante su airada esposa que se presentó inesperadamente en aquella fiesta de antiguos alumnos sospechando que su maridito le ponía la cornamenta.
La muchacha contratada, tan inteligente como atractiva, viéndolas venir nos siguió el juego cogiéndose de mi brazo, y fue recompensada con una buena propina por la que no tuvo que separar las piernas ya que Maurichio se iba con su esposa y yo había que bebido demasiado ronqué en el asiento de copiloto mientras me llevaban a casa.
Y desde entonces no importa si me presento inesperadamente en el restaurante, ya que montan una mesa para mí, aunque sea en medio del pasillo y no pago la consumición a no ser que sea algo muy excepcional como esa vez.
- Maurichio, te presento a Merche, mi novia, y a sus padres…
Manuel estrechó la mano de todos mientras mostraba una sonrisa claramente comercial. Añadió:
- Toda una gran velada, amigo mío. Espero que mi cocina esté a la altura. ¿Te puedo invitar al cava y al postre?
Tras mi aprobación hizo otra reverencia a mis suegros y se retiró. Quedé como Dios en el séptimo día.
- ¿Cómo os conocisteis? – Preguntó mi suegra.
- De críos formábamos parte de la misma pandilla. – Respondí siendo relativamente cierto, después de clase íbamos en grupo por ahí haciendo las clásicas trastadas de esa época.
Esa noche follé con Merche como si el mundo se acabara al amanecer. Cuando se retiró al baño para lavarse el coño me dejó en la cama agradeciendo a Dios y todo el coro celestial que continuaba vivo.
- Sí. Debo estar vivo o no me sentiría tan muerto. – Sentencié.
Me había corrido tres veces. No sé cómo consiguió mi tercera erección. Bueno sí, con su lengua. Mientras que ella se conformó con ocho orgasmos que conseguí al chupar sus tetas, coño, clítoris, follar, otra vez las tetas, más clítoris, follar otra vez. Repetición de todo y dejarme derrumbado. A punto de enarbolar la bandera blanca.
Por último, y cómo escusa de limpiarme con la lengua volvió darme otra mamada y de haber conseguido ponerme duro seguro que habríamos follado más, pero mi cuerpo ya no rendía. El pene no se alzaría ni apuntalándolo con un andamio.
Creo que lo aportado en mi tercera eyaculación era sangre.
- Otra sesión como esta y me mata. – Murmuré. – Sí. En cuanto pueda ponerme el pantalón salgo corriendo bien lejos.
Antes de quedar dormido noté que mi asesina regresó del baño y me abrazaba. Hubo un beso en el rostro y algo que dijo a mi oído, creo que un elogio o quizás anunciara mi cercana sentencia de muerte. Murmuré una respuesta, no sé qué dije. Solamente pensaba en escapar, en salir corriendo.
Varias veces, aunque no muchas para mi salud física y mental, estando sentados en el sofá viendo la televisión se mostraba seria y me pedía perdón al añadir:
- Cariño, esta noche no tengo ganas de follar, pero me gustaría que me acariciaras el coño un ratito. ¿Te molesta?
Solía estar conforme ya que descubrí que si la satisfacía en el sofá luego me dejaba tranquilo en la cama.
Normalmente Merche se bajaba el pantalón del pijama y a veces las bragas al mismo tiempo o, según la hechura, las retiraba a un lado. Solía empezar la caricia con una mano, mejor dicho, con dos o tres dedos de la mano más cercana a su cuerpo. Para luego ponerme agachado en el suelo y lamerle todo el coño. Muy pocas veces dijo que bastaba con la caricia de mis dedos. Supongo que al ponerse cachonda cuanto más le diera, mejor para ella.
Era un tanto extraño que me pidiera esa caricia ya que solía ocurrir que, por culpa de su estado de ánimo, tardaba bastante en excitase y por lo tanto en culminar, por eso comenzaba con la mano y no acercaba mi boca hasta que la notaba mojada y ya dispuesta a dejarse llevar por el placer.
Otras, después de decirme que no tenía ganas y comprendiendo que soy un macho, me hacía una paja o una mamada en la que quedaba exprimido. Después, según ella, preocupada por no dejarme totalmente satisfecho, me pedía perdón.
- Cariño. Tiene que ser así esta noche. – Decía al tenerme cogido el pene pajeándome. - Perdona. No sé qué me pasa, pero no estoy de humor para tus juegos. - Y ya pasaba a la amenaza. - Te lo compensaré.
Pero aquella noche fue algo distinta. Llevaba un buen rato acariciando su coño y de vez en cuando pasaba mis dedos por su clítoris o los metía un poco por la vagina, pero realmente era perder el tiempo.
Merche estaba recostada contra el respaldo y con el culo casi fuera del asiento del sofá. Si bien su respirar era rítmico y fuerte no se excitaba. No salía flujo de su vagina y su clítoris, pequeñito y relajado, permanecía oculto bajo la capucha. Tenía los ojos casi cerrados y más parecía que estaba interesada en el mueble del televisor, situado frente su mirada, que en disfrutar de mis dedos.
Interrumpí la caricia y pregunté:
- ¿Qué ocurre, cariño?
- ¡Qué!
Abrió los ojos y me miró.
Insistí preguntando:
- ¿No me digas que te has dormido?
Ni tan siquiera sonrió mi broma.
- No. ¡No! Es que verás, un pensamiento me ha llevado a otro y me distraje con... - Decidió terminar lo que en mi opinión era un desastre. - Perdona, vamos a dejarlo. Perdona, cariño.
Me retiré y se recolocó bien la ropa. Fui al lavabo, aunque nada había conseguido mis dedos estaban sudorosos y muy perfumados de su vulva. Necesitaba jabón.
Cuando regresé la encontré sentada en otra postura. No estaba reclinada contra el respaldo. Todo lo contrario, sus brazos se apoyaban en las rodillas y parecía mirar la baldosa entre sus pies. Me senté a su lado y pregunté:
- ¿Vas a decirme ahora qué te ocurre?
Me miró. Estaba seria y parecía algo preocupada.
- Pues. Verás. Desde hace un tiempo me parece que mis padres no se llevan bien. Discuten mucho. Antes. Cuando vivía con ellos debía ser algo así como un freno a sus broncas. Y ahora, no estoy segura. Creo que… bueno cuando hablo con ellos parece que no mantienen buena sintonía. Eso pienso.
Carraspeó ligeramente y cambió de tema.
- Perdona, Juan, cariño. Seguro que son tonterías mías. Ahora… - Su voz se volvió pícara y temiendo por mi vida casi salgo corriendo. – Veamos, cariño mío. Me has dedicado un buen rato intentando darme placer por lo que te lo voy a compensar. ¡Bájate el pantalón!
Me cogió la cintura del pantalón y tiró del elástico impidiendo que pudiera escapar. Y sin poder librarme, me hizo una felación de campeonato. De esas que a través de la polla sacó el tuétano de mis huesos.
Primero me la chupó al mismo tiempo que retiraba la capucha sobre el glande. Creo que incluso me mordió, porque bien que noté el roce de sus dientes. El caso es que consiguió ponérmela dura.
Tras unas lamidas, la metió en la boca sujetándola con sus manos por la base y los testículos. ¡Noté sus dedos en el perineo! Además de algunos apretoncitos en los testículos. Y no dejó de succionar hasta que me descargué.
- ¡Ahora! ¡Sí! – Creo que avisé.
Casi se atraganta al sentir los chorros contra el paladar.
Después de tragarse el semen, retirar de un manotazo el que salía por las comisuras de sus labios y acomodarse mejor a mi lado, volvió al ataque con la excusa de:
- Deja que te limpie.
No pude responder. Entre otros motivos porque me sujetaba por los testículos haciendo que me colocara en una posición con la que alcanzarme con la boca.
Estuvo lamiendo, acariciando y succionando hasta que la muy… de su mamá, me consiguió otra erección tan dura como la anterior y me dio otra mamada.
Seguramente sospechaba mis ganas de huir porque en ningún momento dejó de sujetarme por los testículos. A veces los apretaba, otras los removía. Parecía que tenía la intención de recolocarlos en una caprichosa posición.
Al descargarme por segunda vez me dolió como si me arrancara algo. No sé si es posible lo que voy a decir, pero creo que fue por el vacío en la succión.
Me sonrió y mientras se retiraba para lavarse los dientes me soltó:
- Ya sabía que tenía que ser dos mamadas o no te quedabas a gusto. Pero eres tan buena persona que no me lo pedías. No te preocupes, cariño. Por ti todo lo que haga falta. Te amo.
Quedé sentado en el sofá intentando que mi corazón, cuerpo y alma se repusieran.
Desde la puerta del comedor Merche llamó mi atención con un gesto. Se llevó la mano sobre su intimidad por encima de la ropa, y empleando un tono triste me pidió perdón.
- Cariño, de verdad que lo siento, pero no podemos follar esta noche. Me viene la regla pronto. Creo que será mientras dormimos. Me pondré una compresa por si acaso.
Añadió que su falta de ganas debía ser por eso, parecía no recordar lo contado sobre sus padres.
La verdad es que sus palabras sonaron a trompetas celestiales, a una tregua entre intensas batallas en esta interminable guerra.
Creo que tardé cuatro noches en rellenar los testículos. Ese es el tiempo que me concedió.
Sábado, noche de discoteca. Merche era la reina de la pista de baile y yo el elefante patoso en la pista del circo. Merche vestía una camiseta de tirantes, muy corta, dejando su ombligo a la vista. Unos vaqueros muy ajustados, creo que elásticos, que hacían resaltar su culito. Lucía un peinado corto de horas antes. No llevaba bolso por lo que yo cargaba su móvil y carnet. Y yo, con la excepción que no llevaba chaqueta y corbata parecía que iba a la oficina.
Cada vez que algún treintañero se acercaba a Merche con ganas de ligar, lo rechazaba dándole la espalda, se acercaba a mí y me daba un morreo. Una de las veces, creo que la octava o novena, tuve que comprobar que tenía la lengua entera o se había llevado un trozo.
Por fin se cansó de bailar y nos retiramos a un lado. Pedimos unos cubatas porque la intención era regresar en el "nocturno", un autobús que el ayuntamiento pone los viernes y sábados noche, o en taxi.
No había sitio dónde sentarse, y ya que no se podía hablar por culpa de la estridente música nos pusimos a descansar en medio de la gente. Aunque Merche a veces movía los pies o los hombros por lo que me hizo sospechar que el descanso es porque se había apiadado de mí.
Al poco, descubrió un sitio libre. Una butaca sin reposabrazos cercana a una mesa. Tiró de mi brazo haciendo que corriera detrás de ella. Hizo que me sentara. Ella lo hizo sobre mis piernas. Así descansaba ella mientras que yo… me conformé. Por suerte pesa poco.
Movió su culito al preguntar:
- ¿Te va bien así, cariño?
¿Qué iba a decir? Algo así como: señorita, haga usted el favor de apartar ese culo sobre mi polla.
De que me di cuenta estábamos besándonos y me había desabrochado algunos botones de la camisa. Me acariciaba el pecho, a veces tiraba levemente de mis pelos o de una tetilla.
De pronto se retiró para quedarse mirándome con los ojos muy brillantes.
- Vamos a dejarlo, cariño. - Ordenó parar lo que seguramente ella había iniciado. - Me estás poniendo como una moto y hemos venido a bailar.
¿Quién? ¿Yo? ¿Qué moto?
Sin dejar que saliera de mi confusión tiró de mi brazo. Regresamos a la pista de baile, demasiado pronto según la opinión de mis pies, pero los pobres no tenían voz ni voto, y Merche, durante otra hora, volvió a ser la reina de todo lo que la rodeaba. Parecía Shiva creando el universo, parecía Terpsícore dando armonía al universo. Y yo su torpe mascota, buscando en ese universo un lugar donde sentarme.
Ya en casa nos duchamos para quitarnos el olor a sudor y tabaco. Y el caso es que ya no dejó que me vistiera. Estando desnudos y sin apenas secarnos me cogió de la polla, según ella acariciándome, cuando en verdad era como un dogal con el que me conducía al altar de sacrificio también llamado lecho matrimonial.
- Vamos a follar, cariño. – Ordenó con la dulce voz de una vampira. - ¡Uf! No sé qué me has hecho en la discoteca que me has puesto cachonda.
¿Yo? ¿Hice qué?
Me tuvo lamiéndole el sexo hasta que se corrió dos veces. Luego me la chupó durante un rato sin intención de que me corriera. Solamente lo justo para ponerme bien duro. A su gusto. Y me folló. Sí, así fue, y ya parecía una costumbre. Se subió sobre mí y tras meterse el pene en el coño me cabalgó como si quisiera llegar muy lejos, muy pronto. La verdad es que disfruté jugando con sus tetas hasta que me ordenó que las apretara con más fuerza. Se corría.
- ¡Así! Siempre… ¡Juan! ¡Eres la hostia!
Se dejó caer a mi lado y en un murmullo pidió:
- Cariño, sé que quieres más, pero por favor dejémoslo para mañana. ¿Vale? Hemos bailado mucho y estoy cansada. Ya te lo compensaré. Sí, mañana.
Mi suspiro debía sonar a conformismo cuando la verdad es que era de alivio. Me estaba relajando en los brazos de Morfeo cuando recordé: “te lo compensaré” y tuve miedo a la proximidad del día. ¡La puerta! Mis calzoncillos. Debía aprovechar y salir corriendo. Merche, no sé si adivinó mis intenciones, porque se situó casi encima de mí para abrazarme. Murmuró:
- Juan, cariño. Eres lo mejor que tengo. Te amo.
Seguía atrapado.
En el trabajo apareció otro albarán firmado por don Ernesto. Similar importe, misma dirección de entrega. Esta vez no lo pensé mucho, al igual que los anteriores, lo remití a Barcelona adjuntando un escrito parecido al anterior.
Dos días más tarde recibí un correo telemático "pidiéndome" y agradeciendo que enviara todas las facturas similares que recibiera.
Pensé en avisar a don Ernesto, pero Merche sin moverse junto a su mesa, con un gesto me ordenaba acompañarla al café de media mañana.
Fue un martes poco antes del tiempo para el bocadillo cuando Merche se acercó a mi mesa en la oficina. Algo que, aunque todo el mundo veía que acudíamos y nos íbamos juntos, normalmente en su coche al ser más nuevo, jamás hacía. Ya que procurábamos ser lo más discretos posible ante ese grupo de cotillas con afiladas lenguas que encabezaba doña Agustina.
Sin más me soltó:
- ¡Juan! Mi madre y mi tío... ¡Han muerto! Parece que es un accidente doméstico.
Levantó una mano mostrando su teléfono, era así cómo se había enterado de algo tan duro.
- ¿Has dicho tu madre? – Pregunté.
Recordé a una señora que tardó varios meses en mostrarse simpática conmigo. En dejar de mostrarse desconfiada y aceptarme como yerno. Lo que tardé en demostrarle que no soy un drogata, un pedófilo o algo similar a un delincuente merecedor de una castración pública con unas tijeras de jardinero.
Merche añadió más explicaciones:
- Me ha llamado la policía.
La abracé estando en pie al lado de mi mesa. Y antes que las afiladas lenguas hablaran sobre el espectáculo que estábamos dando en la oficina hice que dejara de abrazarme y se sentara en mi silla. Liberando su miedo, nervios o tensión se puso a llorar.
Aquellas lenguas que iban a murmurar sobre nuestro incorrecto comportamiento en la oficina cambiaron de semblante y acudieron corriendo para ofrecer su ayuda. Y de paso informarse de qué iba. Supongo que les habría encantado enterarse que la había preñado o de algo tan suculento.
Conocedores del verdadero motivo disimularon: La consolaban mientras yo informaba al Departamento de Personal lo sucedido con la familia de Merche. Debían saber de nuestra relación porque nos concedieron el día libre. Para ella disponía también del siguiente.
Algunos compañeros acudieron dos días más tarde al sepelio de la madre de Merche, incluso doña Agustina con su séquito de chismosas se situó en un lugar estratégico para ver y escuchar lo que se "cocía" a su alrededor.
Continúa en
- Relato #243024— title-regex: contiguous parts (2 -> 3)
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Sospechas y certezas (1)
La calma de su vida perfecta se quiebra cuando la casa queda vacía y las noches se vuelven demasiado largas.
Comparte:Relacion clandestinaDescubrimiento orientacionConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Señora viuda e inalcanzable ii
Siempre había sido la mujer intachable, la viuda de la que nadie duda. Pero esa tarde, la mirada de Israel no pedía permiso, y su propia mano…
Comparte:Descubrimiento orientacionConexion inesperadaIn medias res
- Hetero: General
¿Truco o Trato?
La enfermera no buscaba dulces, sino algo más peligroso. Con cada roce de su piel y cada insinuación, el muro de su compañera tímida se derrumbaba,…
Comparte:Descubrimiento orientacionRelacion clandestinaConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Mi ex 3. Lo barato sale caro
Descubrí que la mujer que amaba era otra, una sumisa grabada en videos que disfrutaba con otros hombres.
Comparte:Descubrimiento orientacionRelacion clandestinaConexion inesperada
- Hetero: General
Mas que una vecina
Llevaba meses sin verla y, sin embargo, su ausencia pesaba más que su presencia. Cuando las puertas se cerraron y los niños callaron, la barrera de…
Comparte:Relacion clandestinaConexion inesperadaDescubrimiento mutuo
- Hetero: Infidelidad
A veces el cuerpo domina a la mente
Llevaba años sintiéndose invisible bajo el peso de la rutina y la fidelidad. Pero cuando Luk cruzó el umbral de su herbolario, la mirada de un joven…
Comparte:Descubrimiento orientacionConexion inesperadaDescubrimiento mutuo