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El Reino de Albergad 8: Ascenso de Lya

Natalia no solo exige obediencia, sino que la recompensa con crueldad. Eli, la sumisa leal, se encuentra desplazada por Lya, una nueva sumisa que despierta la fascinación de su Ama. La humillación de Eli se intensifica cuando se convierte en el objeto de la atención de Lya, en un juego de poder donde la lealtad se convierte en traición.

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El Favor de la Novedad: El Dulce Olor de la Traición

La promesa de Natalia de permitir a Eli instruir a Lya se convirtió rápidamente en un arma de doble filo. Si bien le otorgaba una parcela de poder sobre Lya, la verdadera recompensa yace ahora en los delicados gestos de favoritismo que Natalia dispensaba a la recién llegada, una clara y dolorosa señal del desplazamiento de Eli.

Natalia había desarrollado una intensa, aunque contradictoria, fascinación por la tensa obediencia de Lya. Su inteligencia no era la sumisión intelectual de Eli, sino una mente aguda que se doblegaba por necesidad. Esto irritaba a Natalia, pero también la atraía carnalmente de una forma que la sumisión total de Eli ya no podía.

Una tarde, en el suntuoso y privado salón de Natalia, el aire era espeso con el aroma del sándalo y la inminente humillación. Lya estaba arrodillada, limpiando con esmero el suelo de caoba lustrada con un paño de seda. Eli, por orden de Natalia, esperaba de pie en una esquina, su presencia se había vuelto funcional: era ahora un observador.

Natalia, reclinada en un diván de terciopelo, dejó caer un pie descalzo. El tobillo era fino, la piel pálida, y una sola cadena de oro se enroscaba en él. Era un gesto que Eli conocía bien, el preludio de una orden.

"Lya, mi pie necesita ser venerado," dijo Natalia, su voz era inusualmente suave, desprovista de la aspereza que usaba con Eli. Había un matiz de íntima crueldad en su delicadeza.

Lya se arrastró hacia el pie y lo tomó con ambas manos, un acto de obediencia pura.

"No solo lo toques, Lya. Dime qué sientes, qué percibes de mí a través de la piel de mi pie. Es la parte que me conecta con la tierra, pero que tú, la 'creada', debes purificar con tu respiración."

Lya inhaló suavemente sobre la planta del pie de Natalia, cerrando los ojos.

"Mi Ama... tu piel es fría, como el mármol, pero la siento extrañamente suave, como si nunca hubiera conocido la rudeza del mundo. El olor... no es vulgar. Es un rastro sutil, Ama. En el arco, huele a los aceites que usaste esta mañana, una nota de lavanda seca y pureza." Lya describió, con la concentración de un catador de vinos. "Pero en los talones, Ama, allí donde la planta se endurece levemente, huele... a tierra, a un metal fino, a sudor que no es de esfuerzo, sino de superioridad. Huele a la autoridad que pisotea."

Natalia sonrió, una sonrisa genuinamente satisfecha. "Una descripción poética y precisa. Eli siempre decía que olían a 'divinidad perfumada'. Tú, Lya, hueles lo que es real, la esencia del poder bajo el barniz de la belleza. Eres más... interesante, Lya."

Eli sintió cómo un puñal helado se clavaba en su estómago. Su "sumisión intelectual" había sido reemplazada por la "percepción real" de Lya. Él había endiosado; Lya estaba describiendo la verdad terrenal del poder. La preferencia de Natalia era un dolor físico.

La Degradación Compartida y el Ascenso a lo Militar

El menú favorito de Natalia, que Eli había preparado meticulosamente durante meses, era ahora la tarea de Lya, supervisada por el propio Eli.

Una noche, en el comedor formal, Lya sirvió la cena, un plato complejo de faisán y frutos exóticos. Natalia estaba radiante. Eli estaba relegado a un rincón, de pie, vestido con un uniforme militar de tela áspera que Natalia le había asignado.

"Tu nuevo rol, Eli, requiere una mente fría y funcional. Eres mi soplón más eficaz, mi teniente de la traición. Eres útil para la lógica, no para la dulzura de la servidumbre personal," había justificado Natalia.

Mientras Natalia y Lya cenaban, Eli se sentía un fantasma. La conversación de su Ama con Lya se centraba en la planificación de la próxima limpieza de las áreas de trabajo.

"Lya, la vajilla de porcelana es exquisita, pero me aburre," dijo Natalia con desdén. "Tráeme la bandeja de las sobras y colócala a mis pies."

Cuando Lya cumplió, Natalia hizo un gesto hacia Eli, su rostro marcado por el aburrimiento. "Eli, acércate. No has comido en todo el día. Es el precio de la excelencia en la seguridad. Ahora, tú y Lya me servirán para alimentarte."

Natalia tomó un trozo de faisán con su dedo. "Lya, pon tu mano debajo de mi pie. Ahora, yo dejaré caer la sobra en tu palma. Y tú, Lya, la ofrecerás a Eli, que deberá comerla directamente de tu mano, sin usar sus propias manos."

Lya miró a Eli, y por primera vez, Eli vio una pizca de incomodidad en los ojos de la nueva sumisa.

Natalia dejó caer el trozo de carne en la palma de Lya, que sostenía su mano con firmeza bajo la bota de su Ama. Lya levantó la mano hacia Eli.

Eli se inclinó. En ese momento, no sintió la humillación del hambre, sino una punzada de celos y rabia. Lya era ahora la intermediaria de su sustento. Él tenía que recibir de ella. Se agachó y mordió la carne de la palma de Lya, sus ojos fijos en los de ella, buscando una rendija de burla, pero solo encontró una extraña mezcla de lástima y frialdad.

"Di 'gracias, mi Ama, por este mendrugo a través de Lya'," ordenó Natalia, riendo suavemente.

Eli obedeció, la humillación del celo era más amarga que la de la comida.