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Siervas del hombre: bienvenidas a mi harem 08

El soldado le advirtió: 'Hazte insoportable para que te envíen a las galerías'. Liliana no sabía que el comandante no solo quería su cuerpo, sino su silencio. Ahora, cada gemido es una moneda de cambio y cada golpe, una llave para su libertad.

Jane Cassey Mourin5.9K vistas9.6· 9 votos
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LILIANA

El ruido de los camiones del ejército llegando al cuartel, el traqueteo que producían las botas de los soldados sobre el pavimento mientras caminaban a lo que llamaban el pabellón de los gemidos, las risas de decenas de hombres que se preparaban para violar a alguna de las siervas que ahí nos encontrábamos después de haber perseguido, capturado y llevado al centro de registro a otro lote de mujeres que encontraron culpables de traición al Gobierno Central; sonidos que me erizaban la piel ante esa contradictoria mezcla de miedo y excitación que me provocaban, que a otras siervas en el pabellón las hacían llorar, temblar de miedo o simplemente acomodarse en sus camas y abrir las piernas para recibir a quienes quisieran hacer uso de sus cuerpos, habiendo perdido cualquier clase de esperanza en la posibilidad de que aquella situación cambiaría en algún momento de nuestras vidas.

- ¡Me pido a la rubia! - gritó alguien en medio de la noche, haciéndome saber que hablaba de mí, pues desde hacía días los soldados me habían puesto ese apodo siendo una de las pocas chicas que aún conservaba su cabellera intacta, además de haberme convertido en una de las siervas favoritas que los soldados porque nunca traté de morderlos, arañarlos o dañarlos de alguna manera, como ya lo habían hecho algunas de mis compañeras, algo que obedecía al instinto de autoprotección de aquellas chicas que trataban de evitar el dolor y la humillación que los solados solían provocarnos muchas veces al día, un impulso que parecía ser incontrolable y que se presentaba en muchas siervas en cada ocasión en que se les agotaba aquella droga con la que nos mantenían controladas.

Y es que no siempre había ambrosía en los dispositivos de sumisión para ser inyectada en nuestra sangre y mantenernos enfocadas en la búsqueda del invaluable orgasmo que prometía calmar nuestra ansiedad, porque los soldados a veces eran unos brutos que no sabían controlar la liberación de la droga, lo cual provocaba que en algunas ocasiones, cuando los hombres llegaban al pabellón, las chicas tuviéramos que vivir los horrores que nos obligaban a enfrentar sin ese delicioso sedante que hacía que todo nos importara menos, que mitigaba el dolor e incluso a veces no permitía disfrutar de lo que esos animales hacían con nosotras, eventualidades en las que algunas de las chicas decidían resistirse y dañar a los soldados en su necesidad de no entregarse sin oponer batalla frente aquellos que querían violarlas.

Por supuesto que ese no era mi caso, porque me aterraba la sola idea de exponerme a la clase de castigos que le imponían a quienes se comportaban de esa manera, razón por la cual, a pesar de que a veces no hubiera ambrosía corriendo por mi cuerpo, de ser plenamente consciente de lo que me hacían y de sentir el inmenso dolor que algunos de ellos me provocaban cuando me penetraban sin haber sido previamente preparada para ello, siempre dejaba que los soldados hicieran conmigo lo que quisieran, sin importar lo humillante que resultaran las cosas que me pedían, una actitud que con el paso de los días me otorgó la fama de ser una buena sierva, algo que en ocasiones me hacía ganarme un poco de la comida que consumían las personas libres, permitiendo que me alejara de aquel horrible alimento para siervas que nos daban tres veces al día, una reputación que en mis mejores días me hacía ganar cargas extra de ambrosía cuando algún oficial se sentía particularmente satisfecho después de haber estado conmigo.

- ¿Me extrañaste, pequeña? ¡Seguro que sí! ¿Cómo podrías vivir sin tenerme adentro todos los días? - dijo ese soldado que al parecer se había obsesionado conmigo, el mismo que me visitaba cada noche, a pesar de que no lo hiciera en el mismo horario todas las veces, a quien le encantaba besarme en los labios y meterme la lengua en la boca sin importarle que hubiera saboreado el semen de decenas de hombres que ya me habían usado antes que él.

- ¡Ahhh! - un gemido escapó de mi boca cuando entró en mi cuerpo, uno que iba más cargado de dolor que de placer, pues la ambrosía se había agotado en mi dispositivo desde hacía horas, un sufrimiento que por fortuna no fue tan intenso gracias al semen del sargento que me penetró minutos atrás hasta inundarme el coño con su leche que, en aquel instante en el que ese soldado me penetraba, sirvió como lubricante para que su miembro entrara sin tanta dificultad, sin provocarme un dolor tan intenso.

- ¡Abrázame del cuello, cariño! ¡Ahhh! ¡Qué ricas tetas tienes! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Y sigues tan apretada como la primera vez que te cogí! ¡Ahhh! ¡Eres una puta delicia! ¡Ahhh! ¡Ahhh! - exclamaba el soldado mientras el escozor que me provocaba su miembro al entrar y salir de mi cuerpo, me obligaba a derramar algunas lágrimas que trataba de mitigar cerrando los ojos, frotando mi cara contra su hombro para disimular que era sudor lo que mojaba su uniforme y no el llanto que me provocaba la abominable desgracia a la que se había reducido mi vida; un gesto que los soldados siempre asumían que era una expresión de placer, que el abrazarme de esa forma a su cuerpo, lo interpretaban como una manera de decirles que quería que me lo hicieran más fuerte, alimentando sus fantasías de que algunas siervas disfrutábamos de estar ahí, de que amábamos ser penetradas más de cien veces por día, sin que pudiéramos dormir ni descansar más allá de unos pocos minutos entre cada horda de soldados que llegaban a usarnos y desecharnos como si no importáramos en absoluto.

¿Cómo podía soportarlo? ¿De qué forma lograba mantenerme cuerda ante tal clase de trato? ¿Cómo era posible que no intentara a cada minuto quitarme la vida cuando no había una cantidad masiva de ambrosía corriendo por mis venas?

Bueno, la respuesta es simple en realidad: no había perdido la esperanza de volver a ver a mis hermanas. Y es que más allá del dolor y la humillación que pudiera sentir cada vez que un soldado me penetraba, la culpa de haber provocado que Anahí cayera en las manos del Gobierno Central y de La Corporación, me obligaba a resistir todo lo que esos hombres me hacían, a sobrevivir motivada por la esperanza de que algún día podría encontrar a mi hermana mayor y disculparme de rodillas por lo que le hice, porque sabía que todo aquello había sido mi culpa, pues de no haberle insistido tanto a Lourdes para que me llevara a esa protesta, las dos hubiéramos estado en la universidad cuando todo ocurrió, mi hermana no hubiera tenido que salir del trabajo para irnos a buscar, jamás nos hubiéramos separado y tal vez nunca hubiera tenido que recibir a esos sudorosos y asquerosos hombres que me usaban a diario; porque de no haberme comportado como una estúpida niña obstinada, nunca me hubiera visto obligada a soportar cada día el sufrimiento que me provocaba preguntarme ¿En dónde estarían mis hermanas? Antes de temblar de miedo ante la posibilidad de que ellas no hubieran soportado una vida como siervas y se hubieran quitado la vida, como ya muchas de mis compañeras lo habían hecho al estar en el pabellón de los gemidos.

- ¡Ahhh…! ¡Ahhh…! ¡Ahhh…! - gimió ese tipo mientras terminaba de usar mi cuerpo, acompañando aquellos sonidos con cada ocasión en que empujó su miembro hasta el fondo de mi coño, quedándose ahí al final, dejando que su semilla inundara mi vagina, sin mover las caderas mientras se comía mis senos, mordiéndolos de una manera tosca y dolorosa, pero no lo suficiente como para que lograra arrebatarme alguna expresión de sufrimiento - ¡Guau! ¡No puedo creer que me guste tanto coger contigo! ¡Voy a extrañarte cuando te lleven de aquí! - dijo el hombre mientras una de sus manos me apretaba con fuerza una de mis tetas.

- ¿A… a dónde me van a llevar… amo? - pregunté, con el tenue y muy débil hilo de voz que salió de mi boca tras varios días de no haber hablado, haciendo que el soldado me mirara sorprendido, con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer que en realidad acabara de hablar, con una expresión entusiasta y un tanto enloquecida en su rostro.

- ¡Vaya sorpresa! ¡Así que puedes hablar ¿Eh?! - exclamó ese tipo, al mismo tiempo que otros soldados emitían gruñidos y se quejaban sin dejar de fornicar con sus respectivas siervas, antes de que el soldado se levantara y su móvil comenzara a sonar con decenas de notificaciones - ¡Muchas gracias, chicos! ¡Eso fue todo! ¡Fue un placer apostar con ustedes! - dijo el hombre que acababa de penetrarme, habiendo ganado lo que al parecer fue una apuesta acerca de si podía hablar o no, antes de que el soldado me obligara a ponerme de pie y me llevara desnuda a las afueras de la carpa donde las siervas vivíamos, encontrándonos en la entrada a un par de hombres que nos vieron con no muy buenos ojos - esta sierva cenará conmigo esta noche, caballeros; espero que no tengan problema con eso - dijo el hombre con una actitud confiada, mientras sacaba un par de paquetes de entre los bolsillos de su uniforme y le daba una caja a cada uno de aquellos hombres, quienes sonrieron y luego le hicieron una seña al soldado para que continuara con su camino, llevándome a un lugar escondido, donde nadie podría vernos sentados en el suelo, donde el soldado me entregó un poco de pan, algunas galletas, pedazos de queso y un montón de rebanadas de jamón que el tipo sacó de entre su ropa, junto con un jugo de frutas embotellado que me encantaba cuando era una mujer libre, una bebida que extrañaba tanto que me parecía no haberla probado en años - tienes que comer más despacio porque no quiero que te atragantes - dijo un poco alarmado al ver la desesperación con la que me comía todo lo que me llevó, mientras él se limitaba a tomar un poco de agua y darle algunas mordidas a un emparedado que sacó de su chamarra, el cual se terminó muy rápido, poco antes de que me dirigiera algunas palabras - dado que te he visitado cada noche desde que llegaste a este lugar y hasta hoy te has decidido a hablar, supongo que el saber que te trasladaran a otro sitio te ha llamado la atención ¿Cierto? - preguntó el hombre, haciendo asintiera con la cabeza, pero sin que dejara de masticar un poco de toda la comida que me llevó, bebiendo pequeños tragos de jugo para pasarme con más facilidad los enormes bocados que me metía en la boca - sí, bueno, no me encanta la idea de que te vayas, porque coges tan rico que podría llevarte a mi casa y hacerte mi sierva de compañía, sin embargo, como estoy seguro de que ya lo has notado, a diario llegan nuevos lotes de siervas y es imposible tenerlas a todas en el mismo lugar, razón por la cual es necesario mantener la mercancía en movimiento y, como tú y tus compañeras ya llevan algún tiempo en este cuartel, los jefes quieren renovar el pabellón para los soldados, traer sangre fresca, siervas que estén menos usadas, que resulten novedosas para los hombres que día a día arriesgamos nuestras vidas para proteger los intereses del Gobierno Central - explicó, de una forma que me hizo pensar que aquel discurso se lo había aprendido de memoria, pero añadiendo una cierta entonación sarcástica y nada honesta que me provocó sonreír un poco, a la vez que me hizo pensar que de alguna manera le molestaba la clase de cosas que pasaban en el cuartel, que no se sentía particularmente orgulloso de expresarse de las siervas de esa manera tan fría y cruel, pero haciéndolo así porque en realidad no había una forma amable de hablar de todo lo que giraba alrededor de las mujeres que compartían mi estatus en la sociedad.

- ¿Puedo preguntar algo, amo? - expresé con timidez cuando una idea muy desagradable se me cruzó por la cabeza, mirando los restos de comida que aún quedaban en mis manos, sin que representaran una tentación más grande que mi deseo de saber un poco más de mi destino, de lo que pasaba a mi alrededor, de lo que pasaría conmigo cuando decidieran echarme de aquella instalación militar.

- Pregunta todo lo que quieras - dijo el soldado con una voz pesimista, mientras miraba la pantalla de su celular.

- Una pensaría que en algún momento se agotarían las mujeres que participaron en la protesta, amo, porque yo estuve ahí y sé que no había tantas chicas como para que… ¿Por qué se ríe, amo? - comencé a decir, llevada por la curiosidad, externando por primera vez en semanas aquella incógnita que vivía en mi cabeza, nacida en la esperanza de que un día dejara de tener sentido la existencia de ese cuartel encargado de capturar y registrar como siervas a aquellas mujeres que fueran consideradas como traidoras del Gobierno Central. El soldado me miró con una expresión de triste condescendencia en su rostro.

- Las cosas han cambiado desde que estás aquí, pequeña, y a pesar de que la ley Aurora no ha sufrido ninguna modificación, me temo que la ejecución de esa ley sí lo ha hecho - comenzó a explicar mientras se sentaba un poco más erguido y guardaba su teléfono en uno de sus bolsillos - verás, la ley por sí misma es muy ambigua, tiene muchos vacíos de información y, por si eso fuera poco, las órdenes de hacerla cumplir de manera expedita, hacen que los procesos de investigación a veces se reduzcan a cero, por lo que muchas de las mujeres que traemos aquí, no son más que víctimas de un asunto que obedece a otra clase de intereses, algunas de ellas fueron acusadas de traición por familiares o incluso por sus propias parejas al saber que heredarían sus bienes una vez que se convirtieran en siervas, condenándolas a una vida como la tuya, sin que hubiera pruebas de su supuesta traición más allá de algún panfleto de Aurora que supuestamente encontraron entre su ropa o a veces partiendo de la sola palabra de quien las acusó - dijo, apretando los músculos de su mandíbula al final, haciéndome entender que incluso él, a pesar de ser un soldado, entendía lo mal que estaba todo lo que hacía al servicio del gobierno y de esa maldita corporación - sí, pequeña, lamento decirte que todo está muy mal, porque esta no es una buena época para ser mujer, pues a diario reclutamos a decenas de chicas inocentes para ser convertidas en siervas condenando su vida a vivir como tú ya lo haces, pero lamentablemente este es el presente que nos tocó vivir y no hay mucho que hacer al respecto - respondió el soldado con resignación, mientras yo lo miraba con los ojos abiertos como platos, sin poder creer lo que me estaba diciendo, sin poder siquiera seguir masticando la comida que ya tenía en la boca mientras lo miraba suspirando, con la atención perdida en algún punto en el vacío - en cuanto a lo que pasará contigo… - me miró de nuevo, demostrándome la inmensa lástima que yo le infundía ante un futuro que no parecía tener nada de bueno - esa es una historia aparte y creo que no será una que te guste escucha; hace algunas horas, La Corporación anunció la apertura de una nueva división del sistema Siervas del Hombre, donde se nos ha ordenado llevar a las chicas más jóvenes para ser descontaminadas y retirarles el dispositivo anticonceptivo, pues en los siguientes días se convertirán en siervas de crianza, sirviendo en granjas de fertilización donde darán a luz a los hijos del Gobierno Central - explicó el soldado, sonando de nuevo como si aquel discurso lo hubiera aprendido de memoria, haciendo que tragara de golpe lo que tenía en la boca, que me atragantara un poco y él me tuviera que golpear la espalda para evitar ahogarme.

- ¡Pero ¿Qué demonios significa eso?! - pregunté, sin poderme guardar el miedo y la incertidumbre que las palabras de aquel soldado me provocaron.

- Significa que, en unos pocos días, serás prostituida para ser preñada por algún hombre y luego dar a luz a un pequeño que te arrebatarán de las manos para darlo en adopción a familias que no puedan tener niños, o para formar parte del programa hijos del Gobierno Central, donde los chicos serán educados desde pequeños para trabajar en el gobierno o en La Corporación, es decir, nacerán convertidos en propiedad del estado y… ¡Oh, cariño! ¡No llores! ¡Tranquila! ¡Ven aquí! - dijo el hombre cuando me vio entregándome al llanto, pasándome un brazo por encima de los hombros, dejándome acurrucar en su pecho, donde sollocé de forma lastimera, horrorizada por el destino que tendría, sin poder creer que estuviera viviendo algo tan nefasto, horrible y aterrador como lo que ese hombre acababa de describirme - tal vez suene como algo horrible, pero estar en esos lugares no será tan malo, porque cuando quedes preñada te darán mejor comida, tendrás la mejor atención del gobierno y vivirás una vida mucho mejor que la llevas aquí, así que…

- ¡¿No será tan malo?! ¡Quieren que me embarace para robarme a mis bebés! ¿En serio crees que eso no…? - le grité, hasta que el soldado me tapó la boca y me miró con reprobación, mientras su semblante aparentemente desinteresado y desenfadado, se trastornaba en algo distinto, permitiéndome ver al fin lo que creo que era el hombre detrás del uniforme, más allá de la fachada que había conservado tan bien ante las siervas y frente a sus compañeros de escuadrón.

- Escucha, sé que esto es una mierda - dijo en una voz tan baja que apenas era capaz de escucharlo, a pesar de que estuviéramos a tan solo unos pocos centímetros de distancia - y a pesar de que solo seas una sierva, me he encariñado contigo, incluso traté de comprarte cuando me enteré de lo que querían hacerte, pero mis superiores se negaron a que lo hiciera - dijo, dejándome ver el destello de lo que creí que era una lágrima tratando de derramarse desde uno de sus ojos - créeme que no me gusta pensar en que tengas ese destino, porque a todas luces se puede ver que eres una buena chica, pero siendo un soldado no es mucho lo que puedo hacer; aunque, si me prometes que no le dirás a nadie acerca de esta plática ni de lo que estoy por decirte, puede ser que tal vez exista una manera de que te libres de esas granjas de fertilización - dijo de pronto, conservando ese tono mesurado, estirando el cuello de tanto en tanto para asegurarse de que no hubiera nadie cerca, nadie que pudiera escuchar lo que estaba a punto de revelarme, mientras yo asentía, dejándole saber que estaba de acuerdo con aquel trato, que mantendría mi boca cerrada - bien, no seré yo quien te diga qué es lo que tienes que hacer, pero debes saber que a esas granjas solamente se llevarán a las chicas con mejor comportamiento, las que no son agresivas, a las más dóciles y cooperativas, las más jóvenes y de mejores genes, aquellas que no representen un peligro para sí mismas, sus futuros bebés o para las siervas con las que vivirán - explicó, mirándome de una forma significativa, como si quisiera que entendiera el mensaje que me estaba mandando entre líneas - por ello chicas como esa tal Paola que le mordió el pene al sargento, o la otra ¿Cómo se llama? Bueno no lo recuerdo, pero me refiero a la pelirroja que le arrancó un pedazo de oreja a uno de mis compañeros; esa clase de chicas no irán a dar a esos lugares; no, a ellas las llevarán a las galerías de La Corporación para ser prostituidas, donde cada día recibirán tal vez una cantidad más grande de hombres de la que las visita aquí y… - el soldado me miró de nuevo mientras se quedaba en silencio, escuchando el ruido de pasos dirigiéndose a nosotros.

- ¡Hey tú! ¡Tu escuadrón se está reuniendo para salir! ¡Date prisa o nos meterás en problemas a todos! - le advirtió uno de los hombres a quienes les entregó esos misteriosos paquetes como soborno para que me dejaran salir.

- ¡Órale! ¡Ya voy! ¡Gracias por avisarme! - dijo el soldado mientras yo me apuraba a comer lo poco que me quedaba de la comida que me llevó y él me apresuraba para que me pusiera de pie - en unas horas te sacaran del pabellón de los gemidos, te llevarán a descontaminación y luego te entregaran al comandante del cuartel, dijo que quiere tenerte para él solo antes de que te trasladen, así que… - el soldado suspiró antes de mirarme a los ojos de una manera que me hizo sentir un poco extraña, porque creo que al igual que él, de cierta forma había desarrollado algunos sentimientos por ese hombre que me llevaba comida y me trataba un poco mejor que los otros tipos a quienes recibía entre mis piernas todos los días - si de verdad odias tanto la idea de estar en una granja, haz lo necesario para que no te manden a ese lugar, pero ten en cuenta que solo tendrás una oportunidad cuando estés con el comandante y tienes que aprovecharla, o… - un nuevo suspiro precedió a ese beso tan apasionado que me dio en los labios, antes de que se apartara de mí, de que tomara mi brazo y besara el dorso de mi mano, dejando entonces escapar una lágrima que recorrió su rostro hasta perderse en el vacío - no creo que te vuelva a ver, Liliana, pero te deseo toda la suerte del mundo - dijo a modo de despedida, antes de tomarme del brazo, de fingir que me había estado usando a solas por un rato para luego meterme en la carpa donde vivía y marcharse, sin mirar atrás, dejándome con la encomienda de hacer lo que fuera necesario para no terminar en ese abominable lugar que me describió, obligándome a mí misma a irme a mi cama a esperar lo que tuviera que pasar, rogando a los cielos para que ninguna de mis hermanas cayera en un sitio tan terrible como sonaban aquellas infames granjas de fertilización.

***

- ¡Odio mi trabajo! ¡Es horrible tener que limpiar a estas putas cada vez que un oficial quiere coger con ellas! ¡Como si no tuviéramos que encargarnos de las decenas de rameras que traen aquí todos los días! - dijo una malhumorada mujer mientras, de mala gana, me ayudaba a sentarme en un sillón, hablando como si yo no estuviera ahí o como si no le importara lo que una simple sierva pudiera pensar de ella, algo que ocurrió después de que me hubieran dado un baño descontaminante y de que hubiera pasado por la horrible experiencia que suponía el proceso de limpieza de cavidades - ¡En serio! ¡¿Qué culpa tenemos las buenas mujeres como yo, de que estas putas no sepan comportarse como señoritas decentes y…?!

- Si quieres cambiamos de lugar un día de estos - susurré, sin lograr que mi voz se escuchara con la claridad que hubiera querido que sonara, pero con la suficiente fuerza como para hacer que el tipo que estaba a un lado se riera a carcajadas, mientras las palabras del soldado hacían eco en mi cabeza, diciéndome que tenía que dejar la fachada de chica buena, que tenía que hacer algo lo bastante horrible para que se arrepintieran de mandarme a una granja de fertilización, a pesar de que en aquel momento no se me ocurriera nada más para lograrlo que insultar al personal de La Corporación.

Por supuesto que esa tipa me echó unos ojos de pocos amigos ante mi comentario, algo que precedió a la forma como me lastimó deliberadamente cuando al fin se decidió a arreglar mi cabello y maquillarme, haciéndome mucho daño, provocando mi llanto mientras veía a través del espejo cómo disfrutaba de hacerme sufrir, hasta que aquel suplicio terminó y de pronto recordé lo que el ejército estaba haciendo en las calles, esa parte del discurso del soldado en la que me dijo que prácticamente bastaba que alguien señalara a una chica como traidora para que fuera convertida en sierva, una idea que me hizo sonreír al imaginar a esa perra en mi lugar, entregándose a un montón de soldados sin poder hacer nada para evitarlo, algo que resultaba tan gratificante después de la forma como se expresó de las siervas, que me hizo preguntarme ¿Cuánto tiempo pasaría para que esa golfa fuera una de nosotras?

- Bueno, es hora de vestirte para ir a la oficina del comandante - dijo el hombre que se rio de esa mujer minutos atrás, cuando esa tipa al fin acabó de arreglarme, antes de que me diera un conjunto de lencería mucho más vulgar que cualquiera que hubiera usado en el pasado, fabricado con tela roja y encajes negros, que por la parte de arriba levantaba mis senos dejando al descubierto mis pezones, mientras que la parte baja se abría para dejar acceso libre a mi vagina sin necesidad de retirarme las bragas para ser penetrada - sí, se te ve bastante bien, estoy seguro de que el comandante disfrutará mucho de ti y… - dijo el tipo ese cuando terminé de ponérmelo, antes de acercarse tanto a mí, que de pronto sus labios quedaron a tan solo unos centímetros de los míos - tal vez cuando mi turno termine, pase a visitarte, he escuchado que los soldados están muy complacidos contigo - expresó, mirándome de una forma lasciva y burlona mientras tomaba mi mano y me rellenaba el dispositivo de sumisión con ambrosía, al tiempo que yo trataba de esforzarme para no hacer una locura, sintiendo de pronto una oleada de satisfacción al notar que la plática con el soldado había despertado una parte de mí que hasta ese momento había creído muerta, esa parte que me hacía querer pelear, que me hacía tratar de pensar en algo lo bastante horrible como para que desecharan la idea de enviarme a una granja de fertilización donde tuviera que ver a mis hijos partir y resignarme a no volver a verlos nunca más - ¡Listo! ¡Es hora de llevarte con el comandante! - exclamó el hombre, contagiando su voz con orgullo, arreglándose la ropa con cierto entusiasmo, supongo que motivado ante la idea de encontrarse con el oficial de más alto rango en el cuartel, hasta que la horrible mujer que me peinó con exceso de sadismo, carraspeó de una forma tan grosera que hizo que ese tipo compusiera la misma expresión que mostraría de haber percibido un olor muy feo.

- Yo la llevaré - dijo la golfa esa sin más - mirando al hombre con una sonrisa de maliciosa satisfacción.

- Holga, tú le llevaste a esa chica morena la última vez, así que… - respondió el hombre, pero me dio la impresión de que cuidaba demasiado sus palabras, como si esa loca representara un peligro más allá de lo que yo era capaz de entender.

- Yo la llevaré - repitió, sin dar explicaciones, haciendo que el hombre diera la media vuelta y se alejara de mí, furioso ante la respuesta de esa perra que me tomó del brazo con fuerza excesiva para llevarme a la oficina del comandante, sin aflojar su agarre en ningún momento, provocándome tanto dolor que en algún punto del viaje me hizo mirarla a los ojos, con la expresión de mi rostro inyectada de rabia.

- Disfrútalo mientras puedas, perra, porque tarde o temprano terminarás convertida en una maldita sierva como yo - susurré, mientras dábamos los últimos pasos hasta la oficina del comandante, sintiendo cómo esa mujer me apretaba el brazo con más energía mientras tocaba la puerta del despacho.

- Jamás seré una sierva. Siempre he sido fiel al Gobierno Central y llevo diez años trabajando para La Corporación, así que lamento romperte el corazón, pero jamás seremos iguales, mis jefes no lo permitirían, porque soy un elemento primordial del sistema, así que deja de decir estupideces, sierva - contestó, en voz baja, pero mostrándose mucho más ofendida de lo que yo hubiera esperado, haciéndome reír con lo que interpreté como una ficción ridícula en la que esa mujer seguramente se había convencido de que en realidad era importante para una organización tan cruel como lo era La Corporación. La puerta del despacho se abrió antes de que esa amargada encontrara algo hiriente para contrarrestar mis risas.

- Vaya, me alegra que una sierva venga a mí tan sonriente - expresó el comandante, vistiendo un pantalón de franela y una camiseta blanca de tirantes, mientras sostenía un vaso de licor en una de sus manos y un puro encendido en la otra.

- Le traje a la sierva que ordenó comandante - expresó la tal Holga con rigidez, saludando al oficial como si ella fuera también militar, provocando la risa de ese hombre borracho que la miró con condescendencia y un ligero aire de fastidio.

- Pasa, cariño. No tienes idea de lo mucho que quería estar contigo - dijo el oficial, ignorando el apretado saludo de esa ridícula mujer, cerrándole la puerta en la cara mientras me hacía caminar delante de él, seguramente para verme el trasero, pues aquellas diminutas bragas que me obligaron a ponerme se perdían entre mis nalgas, brindándole a ese sujeto un panorama inigualable de esa parte de mi joven cuerpo - sí, definitivamente eres muy hermosa, y siendo tan joven… es una pena que no pueda llevarte a casa, pero en fin, el gobierno tiene otros planes para ti - explicó el hombre mientras yo me volteaba para quedar frente a frente con él, sintiendo cómo la cabeza comenzaba a dolerme sin que se me ocurriera nada lo bastante malo para hacer que me mandaran a una galería y no caer en una de esas granjas.

El comandante me miró los senos con un brillo de lujuria en sus ojos, antes de que apurara su trago y le diera una calada a su puro, para luego dejarlo en un cenicero y acercarse a mí, tomándome de la cintura, haciendo que me sobresaltara un poco, provocando una sonrisa en ese hombre que no se contuvo para tocar mi cuerpo, apretando mis senos con suavidad, acariciando mis pezones, acercándose aún más a mí para tomarme del culo mientras yo trataba de no mirarlo a los ojos, deseando que liberara una gran cantidad de ambrosía en mi cuerpo para adormecerme mientras estuviera con él, pero al mismo tiempo rogando para que no lo hiciera, pues al no estar bajo los efectos de esa droga, estaba segura de que encontraría la forma de hacer que desistieran en su idea de elegirme para convertirme en una sierva de crianza.

- ¡Ahhh! - se me escapó de la boca cuando sus dedos me tocaron la vagina, viendo cómo sus labios componían una sonrisa perversa, aunque algo turbada por los efectos del alcohol que había consumido antes de que yo llegara a su oficina.

- No creo que necesitemos de ambrosía esta noche, cariño, parece que lubricas con mucha facilidad, así que, si te parece bien, prescindiremos de esa maldita droga, porque quiero que recuerdes la ocasión en que tuviste el honor de chupársela a un comandante - susurró cerca de mi oído, antes de que me hiciera cerrar los ojos para tratar de soportar la manera como sus rasposas uñas me lastimaron la vagina y el dolor que me indujo al forzar tres de sus dedos en mi vientre, obligándome a tensar todo el cuerpo, a agarrarme de sus brazos para tener algo que apretar con mis manos, provocando que se excitara aún más y que acercara sus labios a los míos para besarme, haciendo que sintiera mucho asco ante el sabor alcohólico de su lengua y el repugnante aroma del tabaco que estuvo consumiendo un minuto atrás, obligándome a responder a ese beso a pesar del asco que me provocaba, haciéndolo de la mejor forma como pude hacerlo, antes de que el sujeto se apartara de mí para echar un vistazo a todo mi cuerpo mientras se desnudaba, dejándome ver al final un par de huevos colgados y un pene gordo y muy largo que no parecía haber menguado con la edad que ese hombre demostraba.

- Arrodíllate - me ordenó, provocando que de pronto me sintiera vulnerable, que desapareciera espontáneamente aquella actitud con la que confronté a la tipa que me descontaminó, mientras mi respiración comenzaba a agitarse al igual que mi corazón, haciendo que me preguntara ¿Cómo demonios podría hacer algo como lo que esas chicas del pabellón hicieron? Porque no parecía tener el valor para atacar a un hombre que pesaba más del doble que yo y que seguramente podría someterme con él más mínimo de los esfuerzos o tal vez incluso matarme sin que ello le provocara la más mínima de las represalias.

Arrodillarme frente a él fue lo que terminó de derribar cualquier clase de defensa que pudiera interponer para evitar un destino que parecía ser inevitable, una idea que me hizo llorar frente a ese hombre, que a él lo hizo sonreír mientras se acercaba a mí, mirándome desde arriba mientras sentía su verga tocando mi barbilla, experimentando cómo me temblaba la boca, no por el hecho de que estuviera a punto de comerme el miembro de un tipo que no parecía haberse bañado desde hacía mucho tiempo, sino porque entendía que si me llevaban a esa granja, mi vida y mi cordura quedarían en algún momento aplastadas bajo el peso de ver cómo me quitaban a mis hijos de las manos, sin siquiera haber podido nombrarlos, sin que conocieran a sus tías, sin saber lo que se sentiría que me dijeran mamá.

- Amo, antes de comenzar, ¿Me permitiría preguntarle algo? - levanté un poco la voz mientras mi mano comenzaba a masturbarlo, escupiendo un poco en la punta de su miembro para que aquel movimiento fuera más placentero para el comandante, haciendo un último intento para lograr cambiar mi destino, tratando con algo diferente de lo que me sugirió el soldado, algo que se encontraba en un terreno donde me sentía más segura, donde creí que podría tener una oportunidad: la manipulación. El comandante dejó salir una estruendosa carcajada que pronto se entremezcló con los gemidos que le provocaba al manipular su verga entre mis dedos.

- ¡Qué atrevida eres, cariño! ¡Pero voy a permitirlo! ¡Anda, pregunta lo que quieras! - dijo el hombre, echando su cabeza hacia atrás, dejándose consentir por mis manos, en las cuales podía sentir la forma como crecía más y más ese enorme pedazo de carne que el comandante tenía entre las piernas.

- ¿Existe alguna forma de evitar que me manden a una de esas granjas? - pregunté sin rodeos, viendo cómo el comandante me miraba con los ojos muy abiertos, completamente sorprendido, incluso me atrevería a decir que un poco asustado ante el hecho de que una sierva tuviera en sus manos tal clase de información. Una titubeante sonrisa se dibujó en sus labios, una que reflejaba nerviosismo y un aparente enojo que crecía en su interior.

- ¿Cómo sabes que te enviaremos a una granja? ¿Quién te habló de esos lugares? Porque alguien te lo tuvo que decir, alguien que trabaje en este cuartel - preguntó, haciendo que yo suspirara cuando se me ocurrió un nombre, mientras me esforzaba por contener aquella sonrisa que se esforzaba por dibujarse en mis labios.

- Sí, alguien me lo dijo, amo, pero no me gustó la idea - respondí, metiéndome luego el capullo de ese hombre en el boca, besándolo como había aprendido a hacerlo para que los hombres se vinieran muy rápido, antes de sacarlo por entre mis labios y hacer que con ello el comandante me mirara - odiaría tener un hijo para que luego tuviera que despedirme de él sin haberlo nombrado ni haberlo escuchado llamarme mamá, amo, así que si existe una posibilidad de que no me manden a ese lugar… - el comandante dejó salir una nueva carcajada, antes de estirar su mano para tomar una botella de licor que se empinó de inmediato, dándole un gran trago para luego dejarla en el mismo lugar de donde la tomó.

- ¡Eres muy atrevida y traviesa, cariño! ¡Sí, vaya que lo eres! ¡Y me encantaría tenerte en mi casa para cogerte todos los días, pero me temo que eso no es posible…! Aunque… - se detuvo de pronto, provocando que en mi estómago apareciera un vacío algo incómodo ante la repentina creencia de que tal vez había una esperanza, una sospecha que confirmé al mirar ese brillo audaz en los ojos del comandante - estoy seguro de que no sabes lo que me estas pidiendo, porque la única opción que existe para no mandarte a una granja, es enviarte a una galería, y dudo mucho que en verdad quieras eso - mi boca volvió a succionar su verga, metiéndola un poco más adentro, sintiendo cómo ese sabor a orina y semen se dispersaba por mi lengua mientras mamaba su pene como si la vida me fuera en ello.

- Según lo que esa persona me dijo, lo que ocurre en las galerías no es tan diferente de lo que pasa en el pabellón de los gemidos, así que supongo que podré soportarlo, amo - respondí, metiéndome de inmediato el pene del comandante en la boca, dejando que llegara hasta mi garganta, escuchando cómo gemía, emitiendo un sonido gutural que me hizo saber que ese hombre no lo soportaría por demasiado tiempo, entendiendo que debía relajarme un poco para que no terminara antes de haber obtenido lo que yo quería sacar de él.

- Bien, si así lo quieres, este es el trato: te cambio un pase libre a una de las galerías de La Corporación, a cambio de que me des el nombre de la persona que te hizo llegar esa información, claro, eso además de que te portes conmigo tan bien como he escuchado que te has portado con los soldados ¿De acuerdo? ¿Tenemos un trato? - preguntó el tipo, dejándome saber que lo tenía en mis manos, confiando en que al ser un comandante sería un hombre de honor, uno que cumpliría con su palabra.

- Tenemos un trato, amo - dije, metiéndome de inmediato su verga en la boca, mirándolo a los ojos mientras me lo comía entero y acariciaba sus huevos con la punta de mis dedos, esforzándome para complacerlo, logrando superar al asco que ese sujeto me provocaba ante la posibilidad de no pisar una granja de crianza y cobrarme una pequeña venganza en contra de esa golfa que me había maltratado minutos atrás.

- ¡Ahhh! ¡Hija de puta! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Mamas delicioso! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Me voy a correr en tu boca! ¡Ahhh! ¡Trágatelo todo! ¡Trágatelo todo! ¡Ahhhhhh! ¡Ahhhhhh! - gritó al final, sin que yo dejara de mamar de su verga, succionándolo todo con fuerza, dejando que su semen se deslizara por mi garganta mientras acariciaba la apertura de su glande con mi lengua, hasta habérmelo comido todo, hasta haber sacado de sus huevos toda la leche que pudo darme, antes de que lamiera su miembro e hiciera lo mismo con sus testículos, porque en esa noche no había espacio para titubeos, porque antes de salir de esa oficina tenía que haberme asegurado de que ese hombre quedara tan satisfecho con mis mimos que se obligara a sí mismo a cumplir con el trato que hicimos.

Por unos minutos seguí mamando su verga en un esfuerzo para que volviera a endurecerse, un detalle que ese hombre apreció mientras bebía un poco más de aquella botella que estaba por llegar a su final, hasta que volvió a estar lo bastante duro como para penetrarme y lo llevé hasta un sofá ubicado en un rincón de su oficina, donde monté a ese comandante, enterrándome su verga muy despacio, sintiendo cómo me abría por dentro, cómo llegaba a lugares que la mayoría de los soldados no lograban alcanzar, mientras tomaba sus manos y lo hacía tomarme de las tetas, deshaciéndome poco después de esa molesta prenda que las levantaba, algo que le fascinó al comandante, quien sin dudarlo un solo segundo se prendó de ellas como un niño hambriento, mientras yo comenzaba a moverme, despacio, tratando de acostumbrarme a su tamaño, gimiendo ante el inesperado placer que me estaba provocando, no solo con su verga, sino también con la habilidosa forma con la que besaba mis tetas.

- ¿Le gusta lo que le hago, amo? ¿Soy una buena sierva? - pregunté, usando ese tono aniñado que incluso antes de ser una propiedad, había aprendido que volvía locos a los hombres. Él sonrió sin contener su entusiasmo ni lo morboso que seguramente le resultó escucharme hablando de esa manera.

- Me encanta, cariño, pero no quiero que me digas amo, dime papi, eso suena mucho más rico - exigió el hombre, antes de volver a meterse uno de mis senos en la boca, de que yo comenzara a cabalgarlo con más energía, sonriendo ante lo bien que de pronto se sentía tenerlo dentro de mí, besándome los pechos, tocándome el culo con esas enormes y fuertes manos.

- ¡Ahhhhhh! ¡Papi! ¡Ahhh! ¡Qué rica verga tienes, papi! ¡Ahhhhhh! ¡Ahhhhhh! - grité, sintiendo cómo el hombre me cargaba con sus brazos rodeándome la cintura, levantándose del sillón para llevarme al escritorio, depositándome sobre el mueble para cogerme como él quería, para sacudirme con embestidas que me hicieron temblar de pies a cabeza, tomando mis senos entre sus manos, mirándome a los ojos mientras yo gemía sin dejar de llamarlo papi, haciendo que perdiera la cabeza, que se excitara tanto que pude llevarlo al orgasmo en mucho menos tiempo de lo que yo lo tenía contemplado, llenándome el coño con su leche antes de tirarse de nuevo en el sofá, cansado, pero sin perder ese brillo de lujuria que destellaba desde cada uno de sus ojos, ni esa sonrisa maliciosa que me hizo saber que aquello no había terminado, que ese hombre solamente estaba tomándose un respiro.

- Holga - dije de pronto, estando aún sentada en el escritorio, mientras me metía los dedos en la vagina y luego me los llevaba a la boca para saborear la leche del comandante - ella fue la que me dijo lo de las granjas, lo hizo mientras me peinaba y me maquillaba, ahí estaba también ese otro tipo, seguramente él podría confirmar lo que le estoy diciendo si promete librarlo de las consecuencias que conllevaría el no haberla denunciado - me aventuré, sabiendo que aquellos dos no se llevaban bien, que le estaba dando a ese sujeto la oportunidad de cobrarse una pequeña venganza en contra de esa perra que seguramente llevaba un tiempo tratándolo como basura.

El comandante sonrió mientras se levantaba del sillón y se dirigía a tomar su celular del escritorio, no sin que yo acariciara suavemente su pene, compartiendo una mirada llena de complicidad al mismo tiempo que el hombre iniciaba una llamada.

- Tráeme a los dos idiotas que trabajan en el área de descontaminación. Hazlo ahora, tienes dos minutos para que estén aquí - ordenó el comandante, terminando luego la llamada, antes de que se acercara a mis labios y me besara, jugando con mi lengua, tocándome los senos mientras yo trataba de levantar de nuevo ese carnoso miembro con las suaves caricias que le brindaba con mis dedos.

La puerta se abrió de par en par, poco después de que aquella llamada hubiera tenido lugar, dejando entrar a un par de soldados que escoltaban a Holga y al otro tipo que trabajaba en el área de descontaminación. El comandante se paró justo frente a esa horrible mujer.

- La sierva en mi escritorio, dice que Holga le dio información acerca de las granjas de crianza - dijo, mirando directamente los ojos de esa mujer, antes de girar la cabeza y dirigirse al hombre que la acompañaba, quien de pronto se puso muy nervioso cuando notó que la atención del comandante se dirigía a él - ¿Es verdad? - preguntó el oficial, haciendo que ese tipo me dirigiera una mirada tan alarmada como significativa, mientras Holga abría mucho los ojos, sin poder decir ni pio ante el impacto que tal clase de acusación le provocó, al tiempo que el silencio de ese trabajador de La Corporación me hacía sentir que el aire en la habitación era demasiado denso como para poderlo respirar.

- Sí, es verdad - respondió al fin ese tipo sin dejar de mirarme, componiendo una expresión de desconcierto, antes de que recibiera un tremendo puñetazo por parte de quien un minuto atrás hubiera sido su compañera de trabajo.

- ¡Mentiroso! ¡Eres una rata! ¡Yo no le dije nada! ¡Esa perra está mintiendo! - gritó Holga, desesperada y enloquecida, mientras los soldados la sometían y el comandante se dirigía a mí, haciendo que me separara un poco del escritorio para colocarse detrás de mi cuerpo, tomándome de los senos, con su verga metida entre mis nalgas mientras ambos contemplábamos lo que estaba a punto de pasar.

- Caballeros, la mujer es una traidora del Gobierno Central. Procedan - ordenó, dejándome ver cómo esos hombres le arrancaban la ropa a la mujer para luego tirarla al suelo y violarla, sin que hubiera ambrosía de por medio, penetrándola por turnos, dejando que incluso el tipo que antes fuera su compañero la penetrara después de que lo hubieran hecho los soldados - muy bien - dijo el comandante minutos después, cuando esos hombres terminaron de usarla, mientras Holga se retorcía en el suelo, llorando, suplicando que no la convirtieran en una sierva - supongo que tendrás que encargarte de su descontaminación y limpieza. Llévate a uno de los chicos para que te ayude con el trabajo mientras pedimos un remplazo para esta sierva. Ahora lárguense de aquí, que aún tengo un asunto pendiente con esta hermosa chica - dijo el hombre, metiendo su mano entre mis piernas, robándome un gemido tan sonoro y sincero que incluso llamó la atención de los soldados, antes de que cerraran la puerta y nos volvieran a dejar a solas.

- ¿Cumplirás tu palabra, papi? ¿Dejarás que me envíen a una galería, papi? - pregunté, mientras restregaba mi culo en la verga del comandante y él me metía los dedos haciendo que mi cuerpo se sacudiera de placer.

- Por supuesto, pero antes de eso tendrás que tragar un poco más de leche, cariño - respondió, previamente a que nos besáramos, a que volviéramos a coger un par de veces más, antes de que el hombre tomara una navaja y se hiciera varios cortes en el pecho, de que me diera un fuerte golpe en la cara y colocara el arma en mi mano, dejándome casi noqueada para luego mandar llamar a algunos de sus muchachos, fingiendo que estaba muy enfadado, ordenándoles que se presentaran de inmediato en su oficina para llevarse a la sierva que lo había atacado.

- Lamento haberte golpeado, cariño, pero es la única forma de librarte de una de esas granjas - dijo el comandante, acuclillándose a mi lado mientras acariciaba uno de mis senos, sonriéndome con malicia tras haber diseñado el plan perfecto para honrar nuestro acuerdo.

- Gracias, papi - respondí, a pesar de estar apenas consciente tras el fuerte golpe que el hombre me dio, pero logrando ver entre sombras la manera como el comandante me sonreía mientras meneaba la cabeza de un lado a otro.

- ¿Me dirás quién fue en realidad quien te dio esa información? - preguntó el tipo, antes de que se apartara de mi cuando escuchamos los apresurados pasos de los soldados, de que esos hombres entraran en su oficina y yo le sonriera brevemente, a modo de despedida, guardando silencio mientras él fingía estar enfadado, sin decir nada ni revelar la identidad del hombre que me salvó de un destino horrible, mirando la sonrisa del comandante por última vez, antes de que uno de sus soldados me golpeara en el rostro, haciéndome perder la consciencia.

Espero que hayan disfrutado del relato. Si desean apoyar mi trabajo, pueden hacerlo suscribiéndose a mi página de PATREON (donde esta serie ya ha llegado hasta el capítulo 19) o adquiriendo el segundo tomo de esta serie en AMAZON (capitulos 7 - 13) (links en mi perfil) Gracias por leer, compartir, comentar y valorar. Linda noche.

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