Xtories

Esa chica en mi gimnasio

La miró sudar y estirarse, sabiendo que cada movimiento era una provocación calculada. Cuando bajó a ducharse, no esperaba que ella ya estuviera allí, desnuda y con ganas de probar su polla.

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La semana pasada decidí por fin dejar que la indiferencia y el pasotismo dominaran mi vida y me apunté al gimnasio. Elegí uno especialmente cerca de casa, aproximadamente a unos 15 minutos en coche, para evitar la pereza o sobrepensar mi decisión. El precio de la membresía incluía el uso completo de las instalaciones exclusivas para socios, todas las máquinas, la piscina, etc. Desde el primer momento, el precio me pareció razonable y justificado para la cantidad de oportunidades de culto al cuerpo que ofrecía el complejo, así que me puse manos a la obra y firmé el papeleo el mismo día que me enteré de la oferta.

Estaba sentado en recepción, teniendo una amena charla con la encargada y terminando de rellenar los formularios con mis datos. Por el rabillo del ojo podía ver el extenso pasillo, las puertas de los vestuarios para sus respectivos géneros y la puerta trasera para salir al patio. Mientras esta mujer contestaba a mis preguntas y yo extendía mi tarjeta de crédito para pagar, pude ver como del vestuario de mujeres entró lo que yo consideré en el momento la hembra más despampanante que había visto en mi vida. Tendría unos 35 años, de estatura baja, cabello negro recogido en un moño para facilitar la practica deportiva, un top ajustadito que expone un par de generosas tetas, y unas mallas que descubrían dos nalgas gordas y anchas, que tambaleaban con cada paso que daba. Llevaba tan metido en la raja las mallas que asemejaba un tanga, o peor, que iba por ahí desnuda con ese culazo. De golpe, me convencí totalmente de pagar la membresía y empezar directamente momentos después de completar el trámite.

Una vez terminado el registro, me contuve de lujuria e intente disfrazar mi instintivo deseo carnal provocado por aquella hembra caminando de prisa al casillero o vestuario de los hombres. Allí me instalé en mi resguardo asignado y deje allí las cosas, para posteriormente subir al piso superior, donde estaban las máquinas. Había de todo, era el páramo perfecto para cualquier yonki del deporte. Pesas, mancuernas, maquinas para correr, para ejercitar cualquier musculo especifico a conveniencia. Mientras admiraba el panorama decidiendo en mi cabeza casi sin éxito con cual serie iba a comenzar, la vi de nuevo, esta vez en la esquina inferior izquierda, con esas mayas,estirando para practicar algún tipo de aeróbico.

Veía con impotencia como ese culo se paseaba por alrededor del tapete, mientras su dueña sudada me lanzaba miraditas evidentes. Tenía la botellita de agua a un lado con una banda que se ponía en el abdomen, que hasta el sol de hoy no tengo ni la más mínima idea de la finalidad de dicho complemento. Se tiró al suelo y empino las nalgas hacia atrás mientras presionaba sus tetitas turgentes hacia dentro dejándolas ver por entre sus brazos, bien metidas en esa camiseta ajustada. Luego, se puso de pie y se incorporó de nuevo tocándose las puntas de los dedos de los pies con la palma de sus manos, haciendo que las nalgotas se separaran hacia los lados. Era como tortura psicologica, una sesion completa de exposicion al impulso de adiccion, como sacar un brandy en una reunion de alcoholicos anonimos.

Cuando terminó de estirarse y se decidió por fin a compadecerse de mí, se puso en la máquina de al lado, una cinta para correr. Empezó con pasos lentos, una caminata amena mientras ponía la toalla del sudor en el manubrio. A los pocos minutos comenzó ya a correr con potencia, mientras el culo le aplaudía y el sudor se desparramaba por ahí al son del movimiento de sus carnes. La muy condenada me había provocado una erección imposible de esconder, ni buscando la más intrincada posición podía acomodar la polla tiesa que me invadía, así que culpandome a mi mismo por babas baje a las duchas para terminar ya con ese sinsentido de dia, en el que poco mas habia hecho que babear con el culote de esa latina desvergonzada.

En cuanto llegué abajo me sorprendió la poca gente que había. No se si por el día de la semana que era, o por alguna noticia o cambio de política en el tablón del gimnasio. Pero poco más de 4 personas rondaban por ahí, la mayoría señores mayores vistiéndose y preparándose para irse. Ubiqué mi taquilla y me desvestí completamente para meterme en la ducha, fría preferentemente para que aquello bajara. Cuando me quité los calzoncillos la polla me rebotó hacia arriba pegándome en el abdomen y bajó colgando empinada hacia delante como la plancha de un barco pirata.

Y así fui andando hacia las duchas, agradeciendo al universo que no había nadie más para presenciar aquel espectáculo tan bochornoso, con los huevos hinchados y la polla rebosando babas por la punta. Abrí la ducha caliente y sentí el arroyo de gotas recorriéndome todo el cuerpo, haciéndome cosquillas en la polla e inconscientemente poniendome más cachondo. Mire a los alrededores y como no vi ni un alma merodeando, decidí darme un poco de cariño y menearmela ahi mismo.

Comencé despacio, estirando la piel hacia atrás dejándola descapullada, tenía la cabeza roja. La masajeaba de base a punta pensando en aquella zorra, que seguramente seguiría en el piso de arriba poniendose el culo más gordo. Me llego al olfato el olor de su sudor, su esencia, era algo casi mágico, divino, como si la condenada estuviera detrás mío. Y como por arte de magia, como milagro irrepetible, sentí como una mano tersa y caliente me cubría los labios, y como otra se deslizó por detrás de mí, acariciando mi abdomen y sujetando mi nabo caliente.

Era ella, ella misma. Miré hacia atrás en desconcierto y la vi, vi su sonrisa malévola y su cabello recogido en una coleta, vi sus tetitas morenas y su cinturita cerrada, y vi sus nalgotas asomando por las caderas, estaba desnuda. Me había seguido, y se había colado en las duchas masculinas, sin ninguna vergüenza, sin ningún pudor, y me estaba haciendo la mejor paja que me habían hecho nunca. Sus dedos se deslizaban a través de mi venosa polla, deteniéndose en la cabeza y rozandola débilmente, me estaba volviendo loco.

Mi respiración se aceleró hasta tal punto, que ella, al notar mi nerviosismo, me beso delicadamente detrás de la oreja, lamiendo un poquito mi cuello para tranquilizarme.

Me di la vuelta mirándola con seriedad a los ojos, eran color miel, hermosos, brillaban por la excitación. La bese con lengua, jugueteando con la suya, chupándola en ocasiones y deleitándome con el adictivo sabor de su saliva. Mientras le comía la boca, manoseaba a mi antojo esas dos nalgotas como un panadero. Las separaba, las apretujaba, sacaba la deliciosa celulitis que tenía a relucir, metía mi mano dentro sintiendo el calor de su ojete.

Una vez terminamos con el beso, le propuse ir al último cubículo de ducha, cerrarnos y continuar allí. Ella accedió en un sonoro y bonito acento sudamericano.

Una vez llegamos allí, besándonos y metiéndonos mano, la puse de espaldas a mí, contra la pared, y me agache para meter mi cabeza en aquel culo de ensueño. Mi nariz se metió de lleno hasta dentro, el olor de su sudor combinado con la calentura de su coño y la textura de sus jugos era celestial. Esa hembra estaba a punto, receptiva para que me vaciara con ella y nos apareasemos como animales en celo.

Con la nariz cubierta de sus inmundicias genitales, me relamí y le separé las nalgas, metiendo mi pollaza en medio, buscando sus labios vaginales y separándolos con la cabeza, metiéndola poco a poco, notando cada pliegue, el calor, la delicia de su coño en primera fila. Una vez la mitad de mi rabo estaba dentro, empujé el resto de un tirón, haciendo a la pobre gemir y jadear. Le sujeté del cuello, puse mi boca en su oido, y comencé a embestirla sin piedad, con un ritmo lento pero impactante, haciendo aquello sonar por todo el vestuario. Con cada empellón, su culote rebotaba y mis huevos chocaban contra la parte baja de sus nalgas. No pude evitar jadear a la par suya, el placer era indescriptible, no contenía mis ganas de reventarla y me dejaba llevar en su coño, embistiendo a toda velocidad, sintiendo como su coño se extendía ante la entrada implacable de mi polla. Cuando supe que iba a correrme, baje la mano de su cuello y sujete sus caderas, mirando ahora las nalgas hipnóticas, y empujando con todas mis fuerzas, de puntillas, liberando el lechazo dentro y sintiendo como se me iba la vida en ello. Lo único que llegué a ver fue un chorro de semen salir de su coño cuando la saque, pero aseguro sin dudar que jamás en mi vida me había corrido tanto.

La besé de nuevo muy románticamente, mientras acariciaba sus curvas. Ella me dió las gracias, y se fue con la toalla en la mano al vestuario de las mujeres. No me dijo ni su nombre, y yo, en pleno éxtasis sexual, ni siquiera me preocupé en preguntarselo. Solo la miré irse, sudada, con el culo rojo y palmeado, qué mujer. Cuando regresé al día siguiente ya no la vi por ninguna parte, ni al siguiente día, ni a la semana siguiente. Esa misma semana me quité del gym y cancelé mi membresía. Me fuí recogiendo mis pertenencias y mirando aquel cubículo al fondo, con la pequeña esperanza de que al salir del gym la viera a ella entrando por la puerta en mallas. Nunca pasó, así que nunca volví.