Mulata (4)
Maylén no solo busca refugio; busca una firma. Y Luis, cansado de ser un fantasma en su propia vida, está dispuesto a firmar cualquier cosa con tal de sentirse vivo. Pero el precio de esa nueva vida no se paga con amor, sino con la entrega total de lo poco que le queda.
Ella no apartó la mirada. Se incorporó lentamente, con el cuerpo aún sudoroso, los pechos firmes bamboleándose al compás de su respiración. Se arrodilló sobre la cama, con la calma de quien ha tomado una decisión importante.
—Quiero darte lo que nunca he dado —dijo en voz baja, casi un murmullo ronco.
Luis la observaba, confundido, excitado, temeroso. Algo en su tono era solemne, ritual, como si la habitación barata se hubiera transformado en escenario de un pacto.
Ella lo empujó suavemente hacia atrás hasta que quedó tendido. Le besó en la boca, en el cuello, bajó por su pecho con la lengua, lamiendo el sudor, el sabor salado de su piel. Luis jadeaba, tratando de retener cada sensación.
Cuando llegó más abajo, no se detuvo. Tomó otra vez su miembro con la boca, pero esta vez más hondo, más brutal, hasta hacerlo gemir casi de dolor y placer mezclados. No era solo deseo: era entrega, era un poder oscuro que le sometía. Luis apretó los dientes, sujetó las sábanas como si fueran a romperse.
Maylén levantó la cabeza y le miró, con los labios húmedos, los ojos encendidos.
—Nunca hice esto con nadie —susurró, casi como quien confiesa un secreto indecente.
Y entonces giró, poniéndose de espaldas, ofreciéndole lo que hasta ahora había guardado. La forma en que arqueó la espalda, cómo ella misma se abrió las nalgas preciosas y abundantes mirándole por encima del hombro, era a la vez un desafío y una promesa.
Luis sintió un vértigo. Era un territorio nuevo, más íntimo, más oscuro. Un pliegue apretado y vertical, rodeado de piel más oscura y fina, sin marcas, con un vello rizado y escaso alrededor. Era juventud pura en su versión más cruda, un lugar donde la carne se recogía en silencio. Dudó un instante. Maylén, impaciente, le escupió un poco de saliva en la mano y la llevó ella misma hacia el pliegue de su carne, guiándolo sin pudor.
—Sigue tú, papi… —murmuró ella, con voz apenas audible—. Pero con cuidado.
Luis escupió en la mano. La saliva cayó espesa, brillante, entre sus nalgas. La esparció con el pulgar, sintiendo la resistencia del pliegue apretado. Maylén se estremeció. Él insistió con el dedo, tanteando el anillo cerrado, tenso en sus estrías concéntricas.
—Relájate… —susurró.
Ella apretó los dientes. Lanzó un gemido entrecortado, mezcla de dolor y miedo. Luis mojó de nuevo la mano, luego tomó el frasco de aceite corporal que ella había dejado sobre la mesita. Derramó un chorro viscoso que brilló bajo la luz tenue. Con los dedos lo extendió entre las nalgas, pintando la grieta oscura, trabajándola como si fuera un secreto.
Cuando intentó penetrarla por primera vez, el glande chocó contra la resistencia como contra una muralla. Maylén dio un grito agudo, y se giró apenas.
—¡No, espera! Me duele…
Luis retiró la pelvis, jadeando. El sudor le caía por la frente.
—Shhh… despacio. No quiero hacerte daño.
Ella respiró hondo, ahogada en vulnerabilidad, y levantó apenas la cadera, ofreciéndose a medias. Él volvió a intentarlo, empujando despacio, con el miembro empapado en aceite. Otra vez el rechazo de la carne cerrada. Otra vez el gemido entrecortado, el “para, por favor” que sonaba más a invitación que a súplica.
Tercera vez: más saliva, más aceite. El glande presionando con terquedad, la piel tensándose, la resistencia cediendo un milímetro y luego cerrándose de nuevo. Luis gruñó, frustrado. La mulata mordió la almohada, reprimiendo las lágrimas.
Y de pronto, cuando Luis volvió a empujar, decidido, firme, al fin cedió. El anillo se abrió con un dolor sordo, con un grito de Maylén que a Luis le supo a victoria. El glande entró, apenas la punta, y la mulata arqueó la espalda como si se quebrara.
—Dios… despacio papii…
El avance fue lento, farragoso. Ella apretaba los dientes, doblaba la espalda con fuerza. Luis sintió un calor extraño, una presión que lo envolvía por completo. Cada centímetro ganado era un triunfo feroz. El sudor le caía por la frente, el corazón parecía querer romperle el pecho.
—Me vas a romper papi… pero sigue… no te detengas… —soltó ella, con los ojos bien cerrados y la cara cubierta de sudor.
Luis ya estaba perdido. Sujetó sus caderas con fuerza y avanzó. La carne tragaba su verga lentamente, caliente, estrecha, áspera como un túnel vivo. Cada centímetro era una conquista. Ella gemía, a veces con un tono de dolor, a veces con un susurro de placer. Él no supo distinguirlo, no quiso distinguirlo.
Un vez logró enterrarse por completo en ese culo estrechísimo, comenzó un movimiento algo torpe, con fricciones cortas, inseguras. Luego, a medida que el cuerpo de ella se rendía, la embestida se volvió más firme. El sonido era húmedo, carnoso, la respiración animal de Luis, los quejidos gimoteantes de Maylén. El aceite y el sudor resbalaban por sus cuerpos, mezclándose, empapando la sábana.
Luis la sentía temblar, cerrar los puños, tratar de no ofrecer resistencia. Eso le excitaba aún más. La sujetaba con violencia, como si temiera que escapara. La penetraba con furia contenida, con un hambre acumulada de años de soledad.
El ritmo se aceleró, cada embestida más profunda, más salvaje. Maylén gritaba, su voz rota entre el dolor reprimido y el gozo genuino que se colaba por las rendijas.
—¡Así… no pares papi…! —dijo de pronto, y esa frase le enloqueció.
Luis cerró los ojos, gruñó como un animal herido. Sintió que ese culo delicioso le tragaba entero, que ese abismo oscuro era suyo, conquistado, doblegado. Su orgasmo estalló violento, sacudiéndolo hasta la médula. Descargó dentro de ella con un gemido ronco, como si en ese momento hubiera recuperado algo de su propia vida.
Se dejó caer sobre su espalda, jadeando, empapado en sudor. Maylén, con el rostro escondido en la almohada, sonrió en silencio.
*
Luis despertó con la boca seca y el cuerpo pesado, como si hubiera peleado toda la noche. Afuera, la ciudad rugía con motores viejos, vendedores ambulantes, bocinas impacientes. Maylén aún dormía, desnuda de espaldas, los rizos enredados, el cuerpo extendido como una bandera conquistada.
Luis se quedó mirándola largo rato. No era solo deseo: había una mezcla de ternura y vértigo, como si temiera que al moverse demasiado ella pudiera desvanecerse.
Maylén abrió los ojos despacio, sonrió con una dulzura inédita, y se acurrucó contra él.
—Nunca pensé que iba a dejarme así… —dijo en un susurro, casi con vergüenza.
Luis le acarició la nuca, todavía incrédulo de que aquel cuerpo y esa entrega fueran suyos.
El resto del día transcurrió como un espejismo cotidiano. Bajaron a la calle, comieron en una fonda grasienta donde el arroz se mezclaba con frijoles y trozos de pollo duro. Luis bebió cerveza tibia; Maylén, un refresco rojo que le manchaba los labios.
Entre risas y conversaciones banales, ella lanzó la primera piedra con aparente inocencia.
—Me llamaron de la farmacia otra vez —dijo, revolviendo el arroz con el tenedor—. Que realmente necesitan alguien, pero sin papeles no… Usted sabe cómo es esto.
Luis la miró, sintió un nudo en el estómago.
—Sí… ya imagino. Todo son papeles en este país. Papeles y firmas. Y billetes.
Ella bajó la vista, jugando a trazar círculos en el mantel de plástico con el dedo.
—A veces pienso que me voy a pasar la vida esperando. Y mientras, la renta, la comida, los uniformes… ¿Quién me va a ayudar?
La frase quedó flotando entre los dos, ambigua, sin exigencia abierta. Un lamento, no un pedido.
*
Más tarde, en el bar donde solía encontrarse con otros expatriados, Luis bebió whisky barato con dos conocidos: un abogado arruinado y un exprofesor de filosofía que ahora vendía seguros. La conversación se volvió amarga, cargada de cinismo y bromas pesadas sobre el país, las mujeres, el tiempo perdido.
Cuando regresó a la pensión, Maylén le esperaba en el pasillo. Tenía los ojos enrojecidos como si hubiera llorado.
—Fui otra vez a la oficina de migración —dijo, en voz baja—. Me trataron como a una criminal. Hasta me dejaron esperando horas en un pasillo, como si yo no fuera nadie.
Luis le tocó la mejilla, conmovido.
—Eres alguien, Maylén. No dejes que te hagan creer lo contrario.
Ella apoyó la cabeza en su pecho, dejando que el perfume barato de su cabello lo envolviera.
Esa noche, en la habitación, volvió a entregarse con una intensidad casi brutal, como si necesitara purgar lo vivido en la oficina. Cuando acabaron, Maylén, exhausta, susurró:
—Ay papi… No sé qué haría sin ti…
*
La mañana en la pensión había comenzado como siempre: con café aguado, pan duro y la voz cascada del viejo abogado hablando de la ciudad como si fuese su clienta más ingrata.
—Aquí nadie paga lo que debe —rezongaba, con las manos temblorosas sobre el vaso—. Ni la vida, ni la gente, ni los bancos.
Luis lo escuchaba, con media sonrisa y los ojos hundidos en la taza.
—Claro que no pagan. Este lugar es un museo de deudores —dijo-. Pero tranquilo, doctor, que de la ruina también se puede sacar algún recuerdo turístico.
Las carcajadas fueron breves, cansadas. El ventilador giraba lento, repartiendo un aire denso que olía a tabaco barato y a fruta en descomposición.
Luis salió al mediodía. El sol castigaba como un martillo, las calles estaban llenas de baches y perros flacos. Pasó por el mercado, donde las vendedoras gritaban precios con voces roncas, y por los edificios coloniales desmoronados, que parecían huesos de un gigante caído. Pensó, como siempre, que aquella ciudad era un espejo de su propio estado: hermosa en ruina, condenada a la nostalgia.
Cuando llegó a la habitación, ella le esperaba desnuda, tumbada en la cama, con una pierna doblada y la mirada fija en él.
—Llegas tarde —dijo, con un gesto de reproche fingido.
Luis dejó la chaqueta en una silla.
—Me entretuve charlando con los fantasmas del comedor.
Ella se rio, le llamó con un dedo. Luis se acercó, la besó con hambre, y en un instante estuvo encima de ella. El sexo comenzó sin preliminares, como si ambos lo hubiesen estado esperando todo el día.
La penetró profundo, ella arqueó la espalda y soltó un grito. Maylén le montó después, sudorosa, moviendo las caderas en círculos, haciéndolo suplicar. Luego se pusieron de lado, pegados, como si quisieran asfixiarse con sus propios cuerpos. La cama crujía, el aire se llenaba de olor a sexo.
—¡Más, papi, más…! —gritó ella, y él se dejó arrastrar, jadeando, mordiéndole el cuello, arañando su cintura.
El orgasmo llegó como un derrumbe, violento, inevitable. Luis cayó sobre ella, empapado de sudor, con la respiración rota. Se abrazaron fuerte, con las piernas aún enlazadas, como si no quisiera soltarse.
Se quedaron así, en silencio, hasta que ella habló.
—Cuéntame de tu familia en España.
Luis se rio, desdeñoso.
—Una familia que ya no me recuerda. Hijos, esposa, rutina… todo eso se quedó allá. Ahora son figuritas de museo, piezas de un pasado que ni siquiera echan de menos al vigilante.
Ella le acarició la barbilla con suavidad.
—¿Y no piensas volver?
Luis la miró a los ojos.
—¿Volver a qué? A ser un fantasma en una casa donde nadie me espera. Aquí, al menos, me hundo con estilo.
Ella sonrió, con esa mezcla de ternura y picardía que lo enredaba cada vez más.
—Entonces quédate conmigo.
Luis sintió un golpe en el pecho.
*
Más tarde, salieron juntos a caminar por la ciudad. Pasaron frente a un cine clausurado, donde los carteles viejos se caían en pedazos. Maylén se detuvo a mirar una marquesina rota.
—¿Sabes? Me hubiera gustado trabajar algo serio, con bata blanca, con aire acondicionado… pero aquí todo es imposible sin papeles.
Luis le pasó un brazo por los hombros.
—Los papeles son solo una manera elegante de decir “no existes”.
Ella le miró, con ojos húmedos.
—Por eso te necesito. Para existir.
El corazón de Luis se encogió. Le acarició el pelo, creyendo ver en ella a la víctima de un sistema cruel.
Esa noche, de vuelta en la habitación, hicieron el amor de nuevo. Esta vez más lento, como si quisieran explorar hasta el último rincón de sus cuerpos. Ella se abrió bajo él, le cabalgó de frente y de espaldas, se dejó tomar contra la pared, le apretó contra el suelo de la habitación. Era sexo sucio, vital, un choque de carnes sudorosas que olía a animal salvaje y a especias misteriosas.
*
La mañana amaneció pesada, húmeda. Luis se duchaba con el agua tibia que apenas caía en un hilo fino. Había pasado una noche insomne, pensando en la frase de Maylén, “no sé qué haría sin ti”. Lo repetía mentalmente como un mantra dulce y terrible.
No escuchó la puerta del baño cuando se abrió. Solo sintió el aire moverse y, al girar, ella estaba allí, desnuda, con los rizos húmedos pegados a la frente. Sus pezones duros, su piel morena brillando bajo el vapor.
—¿Puedo? —preguntó con una sonrisa tímida.
No esperó respuesta. Entró en la ducha y dejó que el agua le resbalara por el cuello, por la espalda. Luis la miraba, fascinado. Maylén se giró lentamente y apoyó las manos en la pared, inclinando la cadera hacia atrás, ofreciendo esas unos nalgas grandes, firmes, elásticas, de piel tersa y oscura, sin marcas, tan carnosas y prietas que se proyectaban hacia atrás, vibrantes, insolentes, con la fuerza de los veintiséis años.
—Te gustó la otra vez… ¿verdad? —murmuró, apenas audible entre el ruido del agua.
Luis tragó saliva. Se arrodilló detrás, dejó que el agua le empapara la cara y la espalda. Pasó la lengua por el surco de las nalgas, lento, insistente, hasta llegar al punto prohibido. Maylén gimió, encogiendo la cintura como si se resistiera.
Él escupió, la saliva se mezcló con el agua, bajando como un río viscoso. Metió un dedo, tanteando, masajeando el anillo cerrado.
—Con cuidado… —susurró, con temor.
Luis mojó más dedos, frotó con jabón líquido y el aceite corporal que habían traído al baño. La untó, insistiendo, abriéndola poco a poco, como si preparara un fruto difícil de romper.
El primer empuje fue un fracaso. El glande resbaló, chocó contra la carne apretada, y ella soltó un grito breve.
—¡No! Espera…
Luis retrocedió, jadeando. El vapor le nublaba los ojos, pero no la visión: las nalgas firmes, relucientes, ofrecidas en falso sacrificio. Volvió a escupir, volvió a frotar con paciencia, moviendo el dedo en círculos, empujando apenas.
En un segundo intento, el glande presionó, se abrió paso un instante y fue rechazado con violencia. Maylén sollozó, se aferró a los azulejos.
—Por favor papi… despacio…
Luis gruñó, excitado por esa fragilidad. Lo intentó de nuevo con más jabón, más insistencia. La cabeza del pene empujaba una y otra vez, como un ariete contra una puerta cerrada. Ella gemía, resoplando ante el dolor, dejando escapar pequeños jadeos que parecían al mismo tiempo resistencia y súplica.
Y entonces se rompió. Primero entró la punta, que se abrió camino con un chasquido húmedo. Maylén gritó, arqueando la espalda, apretando los muslos como si quisiera expulsarlo. Luis sujetó sus caderas y no la dejó escapar. Empujó más, sintiendo la carne estrecha tragárselo lentamente.
El calor era insoportable, el abrazo del cuerpo de ella lo envolvía con violencia. Luis jadeaba, mordiendo el aire.
Comenzó a moverse. Al principio torpe, con embestidas cortas, casi temiendo que se cerrara otra vez. Luego más firme, más profundo, más brutal. El sonido de la ducha se mezclaba con el de la carne chocando, con el gemido quebrado de Maylén, con el gruñido de Luis.
El jabón hacía que resbalaran, que cada empuje fuera húmedo, sucio, casi animal. Ella apretaba los dientes, fingía resistencia, y al mismo tiempo empujaba apenas la cadera hacia atrás, dándole entrada.
Luis la sujetaba fuerte, la penetraba con hambre, sintiendo que cada embestida era un triunfo. La estrechez lo volvía loco, el calor lo consumía. El vaivén se volvió frenético, cada golpe más duro, más sonoro, la carne rendida al fin. Maylén gemía con un tono ambiguo, entre el dolor fingido y un placer oscuro.
—¡No pares papii…! —soltó, y Luis perdió toda contención.
La tomó con furia, con un frenesí que lo cegó. El agua corría sobre ellos, arrastrando saliva, jabón, sudor, todo mezclado en un mismo líquido. Luis empujaba hasta lo más profundo, sintiéndose amo, conquistador, creyendo haber tomado lo imposible.
El orgasmo lo sacudió entero, un rugido bestial en medio del vapor. Se corrió con violencia, apretándola contra los azulejos, descargando todo en esa grieta oscura que lo había devorado.
Se dejó caer, exhausto, apoyando la frente en su espalda. Ella respiraba rápido, con el rostro vuelto hacia la pared.
*
Cuando salieron de la ducha, Maylén lo besó con ternura y le entregó una carpeta de papeles húmedos, como si fuera algo banal.
—Acompáñame al banco, ¿sí? Me piden una firma de un “responsable” para agilizar el trámite. Solo eso.
Luis apenas lo pensó. Se vistió, la acompañó. La oficina bancaria era fría, con aire acondicionado demasiado fuerte. Firmó donde ella le indicó, confiado, sin leer más que las primeras líneas. Un trámite, nada más.
Salieron de allí como si nada hubiera pasado. Ella le tomó la mano con entusiasmo.
—¿Sabes qué? —dijo, con los ojos brillantes—. ¡Me aceptaron en la farmacia! Empiezo la semana que viene.
Luis sonrió, orgulloso, como si el logro fuera también suyo.
—Te lo mereces.
Ella se inclinó y lo besó, con una intensidad que parecía sincera.
—Quiero que nos mudemos juntos —añadió después, casi con timidez—. He visto un apartamentito en el centro, pequeño, pero nuestro. ¿Qué dices?
Luis la miró, aturdido, con el corazón desbordado. La ciudad, afuera, seguía cayéndose a pedazos. Adentro, Maylén le envolvía con la promesa de un hogar, de un futuro. Y Luis dijo que sí.
*
El apartamento estaba en un edificio viejo del centro, de esos con escalera de mármol gastado y barandales oxidados que alguna vez fueron símbolo de prestigio. Subieron juntos, Maylén con un vestido claro que dejaba ver la curva de sus muslos al subir los escalones. Sonreía, ilusionada, como una niña que lleva a su padre de la mano para enseñarle un dibujo.
La puerta chirrió al abrirse. El interior estaba vacío: paredes desconchadas, un ventanal amplio que dejaba entrar la luz de la tarde, el ruido lejano de la ciudad. El aire olía a polvo, a abandono. Pero Maylén lo recorría con entusiasmo, como si viera otra cosa.
—Aquí podríamos poner la cama —dijo, señalando la esquina—. Allí la mesa. ¿Te imaginas desayunar conmigo aquí, mirando la calle?
Luis la observaba, conmovido. Había en ella una energía que lo contagiaba, una fe en el futuro que él había perdido hacía tiempo.
—Sí —dijo simplemente, y fue a besarla.
Después, en la oficina de un administrador sudoroso y malhumorado, Luis entregó un fajo de billetes como señal. Ni siquiera le dolió. Mientras Maylén le abrazaba con fuerza, con un brillo húmedo en los ojos, él sintió que todo valía la pena.
Celebraron esa noche en la habitación de Luis. Abrieron una botella barata de ron, bebieron a tragos largos, entre risas. Maylén bailó desnuda sobre la cama, con los rizos rebotando y el sudor brillando en su piel oscura. Luis la miraba fascinado, consciente de que nunca había amado así, ni siquiera en su juventud.
Se hicieron el amor como si realmente estuvieran inaugurando un hogar: con una pasión tierna y brutal, con risas mezcladas con gemidos, con promesas entrecortadas entre embestidas. Luis la tomó una y otra vez, con hambre de presente, sin pensar en el mañana.
—Nuestro lugar… —susurró la mulata mientras se derrumbaba sobre él.
Luis cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, creyó en la palabra “nuestro”.
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