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Interracialoct 2025

Mulata (3)

La ciudad se pudre a su alrededor, pero dentro de esa habitación el calor es insoportable. Él sabe que es un error, que el precio será alto, pero cuando ella lo mira con esa mezcla de desafío y hambre, la razón se rinde ante la urgencia de la piel.

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La noche fue larga, desordenada, brutal. Hicieron el amor como dos náufragos que se agarran el uno al otro para no hundirse. Hubo pausas breves para respirar, para reír entre jadeos, y luego otra vez la furia, la urgencia, el roce de piel contra piel.

Al amanecer, Maylén dormía boca abajo, desnuda, con el cuerpo cubierto de marcas: sudor, mordidas, huellas de la lucha nocturna. Luis la observaba con una mezcla de orgullo y vacío. Se sentía joven otra vez, renacido. Pero también sabía, en algún rincón oscuro de su conciencia, que habría un precio que pagar.

Se sirvió un vaso de ron, mirando la ventana abierta, contemplando la ciudad que se desperezaba en ruinas. Ella respiraba profundamente, con la boca entreabierta. Parecía un ángel caído, pero Luis no sabía todavía si estaba salvando a esa mujer o si ella le estaba hundiendo con suavidad, con la misma calma con que dormía ahora, desnuda y satisfecha.

*

Maylén volvió una tarde con los ojos rojos. Tiró la carpeta sobre la mesa de la cocina y se dejó caer en una silla, sin mirarlo. Luis entró un momento después, con el saco al hombro y el sudor pegado a la camisa.

—¿Qué ha pasado?

—Nada —dijo ella, con voz rota.

Luis no insistió. Encendió la hornalla y puso a calentar agua. El silencio pesaba como plomo. Después de unos minutos, la joven estalló:

—Nojombre, pues me dijeron que no. Que sin papeles no. Que ni aunque se muera alguien envenenado por no tener quién despache una jueputa pastilla.

Golpeó la mesa con la palma abierta. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no se las secaba. Luis la miraba en silencio, con un nudo en la garganta. Quiso decirle que todo iba a mejorar, pero se contuvo. Estaba demasiado viejo, demasiado resabiado para una mentira tan obvia.

Le alcanzó un vaso de agua. Maylén lo bebió de golpe y luego rio, una risa amarga, con moco y lágrimas.

—Míreme, papi… llorando por un trabajo en una farmacia de mierda. Como si me fuera la vida.

—A veces sí se va la vida en eso —respondió él, sirviéndose un ron.

Ella le miró con los ojos hinchados, como si le odiara por tener razón.

*

En el patio, esa noche, Luis conversó con Julio, un maestro jubilado que vivía en la pensión desde hacía dos años. Tenía bigote blanco y una voz de barítono apagado.

—Este país es un chiste mal contado —dijo Julio, mientras movía el vino barato en un vaso de plástico—. Antes, usted sabe, esto era la París de Sudamérica. Los teatros, las librerías, las luces de la avenida. Ahora mírela: pura chatarra, pura mugre, pura farsa.

—La decadencia tiene su encanto —dijo Luis, con una media sonrisa.

—El encanto no paga el alquiler.

Luis rio. Julio no.

Otro huésped, un joven periodista desempleado, se unió a la charla. Tenía la insolencia de los veintitantos.

—¿Y usted, don Luis, por qué se quedó? ¿Por el encanto de la decadencia?

Luis se encogió de hombros.

—Porque nadie me espera en otra parte.

Hubo un silencio breve. El periodista bajó la mirada, incómodo. Julio suspiró y apuró su vaso, que le supo extrañamente amargo.

*

Más tarde, en el pasillo, Maylén se cruzó con él. Iba en camisón, descalza, con un frasco de crema en la mano. Lo detuvo con una sonrisa torcida.

—Mire —dijo, levantando el frasco—. No me dieron el trabajo pero me regalaron esta crema. Dice que es de aloe. ¿Quiere probarla?

Antes de que Luis respondiera, se pasó la crema por los brazos, dejando la piel brillante y perfumada. Luego se subió un poco el camisón y se untó los muslos, despacio, mirándole con fijeza.

Luis sintió un calor súbito en el estómago.

—No deberías provocarme así —dijo, casi en un susurro.

Ella se rio.

—Yo no le provoco, papi. Es usted el que se provoca solito. Yo solo me echo crema.

Y se alejó, dejando en el aire un olor fresco y húmedo que le persiguió por el pasillo.

*

El ventilador giraba lento, inútil contra el calor. Estaba desnuda, tumbada boca arriba, con los muslos abiertos y húmedos. Luis se arrodilló entre sus piernas, frotó con el glande la entrada de su sexo varias veces, haciéndola gemir, y finalmente se hundió en ella, despacio, como si temiera romper algo sagrado.

El primer vaivén fue suave, largo, profundo. Maylén le clavó las uñas en la espalda.

—Más, por favor… —susurró, con la voz quebrada.

Tras un momento, le empujó con un gesto brusco y le hizo caer de costado, y después de espaldas. Se subió a horcajadas sobre él, lenta, apoyando las manos en su pecho, dejándose llenar poco a poco. La gravedad ayudaba: su carne se tragaba la suya por completo.

Ella movía las caderas en círculos, le cabalgaba con un ritmo sucio, casi insolente. Sus pechos se sacudían al compás, y su pelo le caía en la cara. Luis le sujetó las caderas, empujando desde abajo, gimiendo como si la vida se le escapara con cada embestida.

—Míreme —le ordenó ella, y lo hizo. Maylén gemía con los ojos abiertos, brillantes, como si hubiera algo más que placer en ese acto: poder.

De pronto, se dejó caer sobre su pecho, le besó con lengua y saliva, y luego rodó de nuevo, poniéndose a cuatro patas.

—Cógeme así, papi… —dijo, con un tono entre súplica y mandato.

Luis se colocó detrás, la sujetó por la cintura, y la penetró con violencia. El sonido era húmedo, brutal, el chasquido rítmico del sexo desatado.

Él la sujetaba por el pelo, tirando de su melena ya empapada. El ritmo se volvió violento, con la cama crujiendo bajo los golpes. Ella se dejó caer de lado, jadeante. Luis la siguió, todavía dentro, y la penetró en esa postura, abrazándola por la espalda, como si la poseyera por completo. El contacto piel con piel era abrasador, el sudor se mezclaba con el de ella, el calor era insoportable.

Maylén gemía más bajo, casi en susurros, mientras él embestía profundo, con un ritmo más lento pero más intenso, sintiendo que se disolvía en su carne.

Finalmente, le empujó de nuevo y abrió las piernas, boca arriba, invitando al final. Luis se lanzó sobre ella, jadeante, desesperado. La penetraba con toda la fuerza que le quedaba, con un ritmo salvaje, sin pausa. Ella gritaba su nombre, lo mordía, lo arañaba. El cuarto se llenó de un olor animal, áspero, sucio, pero embriagador.

Luis sintió cómo la estrechez lo devoraba entero, cómo el orgasmo lo arrastraba sin remedio. Rugió contra su cuello, descargando en ella con una energía que le dejó tiritando.

*

Otro día, compartieron la cena en la cocina. Maylén estaba de mejor humor, y se burlaba de su acento español.

—Usted dice “coche” y yo pienso en un coche fúnebre. Aquí todos decimos “auto”.

—Auto suena a electrodoméstico. Un coche tiene dignidad.

—Una nevera con ruedas, eso es un auto.

Ambos rieron. Ella se inclinó hacia él, con los codos sobre la mesa.

—¿Y allá en España? ¿Lo esperan?

Luis la miró largo, con los ojos cansados.

—Allá no esperan a nadie.

La joven mulata bajó la voz, jugando con una miga de pan.

—Pues yo lo espero aquí.

El silencio se alargó. Luis tragó saliva. Ella sonrió, y le dedicó un guiño pícaro.

*

La ciudad se abría como una herida luminosa bajo el calor nocturno. Calles empedradas que alguna vez habían conocido el paso de carruajes elegantes ahora estaban llenas de charcos y basura. Los faroles, viejos y titilantes, lanzaban destellos amarillos sobre edificios que conservaban un aire imperial en sus balcones de hierro oxidado, fachadas agrietadas donde aún se adivinaban molduras francesas.

Luis caminaba junto a Maylén. Ella avanzaba con soltura, como si perteneciera a cada esquina, a cada sombra. Tenía el cabello recogido a medias, rizos sueltos que le caían sobre el cuello, y un vestido ligero que se pegaba al cuerpo con la humedad.

—¿Ve? —dijo, señalando una cúpula lejana, ennegrecida—. Antes eso era un teatro. Cantaban óperas ahí. Ahora es un estacionamiento.

—La ópera de los autos —rio Luis.

—Aquí todo termina siendo un estacionamiento. O un supermercado. O una iglesia de esas con pastores gritones.

Luis aspiró el aire pesado y pestilente, y se lo soltó en la cara a la noche.

—Todas las ciudades mueren igual: primero pierden la música, luego el deseo, y al final solo queda el dinero. Que también se acaba perdiendo.

Ella le miró de reojo.

—Pero el deseo todavía está —dijo, en voz baja.

Siguieron caminando. Pasaron frente a bares de neón apagado, donde hombres en camisetas sudadas jugaban al billar bajo un ventilador lento. Una pareja discutía en una esquina; una prostituta fumaba sola apoyada en un poste, con tacones gastados y un vestido azul eléctrico.

La ciudad estaba viva en su ruina, palpitando como un animal cansado pero indomable. Luis sintió una ternura feroz por esa decadencia. En ella se veía a sí mismo.

—Yo nací demasiado tarde —murmuró, casi para sí—. Todos hablan de la espléndida borrachera. A mí me ha tocado vivir en la resaca.

La joven le miró y le tomó la mano, sin decir nada.

Llegaron a un hotelito de fachada verde descascarada. En el letrero se leían letras torcidas: “Habitaciones por hora”. Maylén empujó la puerta de cristal, y entraron. El recepcionista, un hombre gordo con una camiseta manchada, ni levantó la vista del televisor. Luis dejó un par de billetes y subieron por una escalera de baldosas rotas.

La habitación era mínima: cama de hierro, sábanas gastadas, un ventilador en el techo que apenas movía el aire. Había un espejo con manchas de humedad y una lámpara de mesa que daba una luz amarillenta, sucia.

Maylén cerró la puerta y, sin hablar, lo besó. Fue un beso de hambre. Se desnudaron con torpeza, tirando la ropa al suelo. Su cuerpo brillaba bajo la luz pobre: piel oscura, húmeda, piernas firmes, senos tensos. Luis pasó las manos por sus caderas anchas, besó la curva de su vientre, bajó hasta el sexo húmedo y palpitante.

Ella gemía con un sonido grave, animal. Le empujó hacia la cama y se subió encima. La fricción era brutal, húmeda, sin adornos. El sudor les corría por la frente, por la espalda, por las ingles. Luis la sujetaba de los muslos, sintiendo la carne vibrar con cada embestida. Maylén cerraba los ojos y movía la cabeza como si estuviera rezando en una lengua desconocida.

El aire era como agua de mar, olía a sexo, a piel, a tabaco impregnado en las cortinas. No había música, solo el chirrido del ventilador y los jadeos entrecortados. Ella mordía el hombro de Luis, le arañaba el pecho, le insultaba y le besaba en la misma respiración.

Hicieron el amor largo, desordenado, crudo, hasta que la cama rechinaba como si protestara. Paraban un momento para beber un sorbo de agua del vaso turbio, y volvían a enredarse con la misma hambre, como si la noche fuera corta y el mundo se acabara afuera.

Al final, Maylén quedó tendida de espaldas, con el pecho subiendo y bajando. Luis, sudoroso, la miraba como si la viera por primera vez. Ella sonrió, con esa sonrisa que nunca decía del todo lo que quería.

—Quiero darte algo —dijo, girándose hacia él.

—¿Qué?

Maylén le miró de hito en hito, sus ojos brillando como brasas en la penumbra.

—Algo especial de mí. Algo que no le he dado a nadie.

Luis sintió un escalofrío. No sabía si era promesa, amenaza o juego. Solo supo que la noche seguía abierta, palpitando, como la ciudad arruinada que los rodeaba: hermosa y peligrosa en su decadencia.

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