Xtories

El precio del deseo (capítulo 3/5)

Andrea no solo quiere a Marcos, quiere destruir la fachada de su vida perfecta. Con una invitación falsa y una verdad cruel, lo arrastra a una noche donde el placer se mezcla con la culpa y la dominación.

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Los días posteriores a la pelea y al sexo salvaje con Sara fueron extraños. No sabría decir si aquello nos había acercado más o terminado de separarnos.En la cocina apenas nos mirábamos. Seguíamos la rutina, cada uno en silencio, como si nada pasara, pero en el fondo ambos sabíamos que cada palabra tenía peso, que cada gesto podía encender todo de nuevo.

Mientras tanto, Andrea no salía de mi cabeza. Me venían a la mente muchos recuerdos, su mirada, su sonrisa, su cuerpo, aquella noche prohibida... Todavía seguimos sin tener claro que sentíamos.

Hasta que un martes por la tarde cualquiera recibí un mensaje en el móvil:

"¿Me ayudas a montar una estantería del IKEA? Necesito un hombre."

Giré el móvil entre las manos, tentado a borrar el mensaje sin pensarlo. Pero el veneno ya me latía en las venas. Varias horas después, sin decidirlo conscientemente, simplemente escribí:-Voy

La casa de Andrea estaba impecable. Cada detalle en su sitio. No había ninguna estantería esperando ser montada. Lo supe en cuanto abrió la puerta: el vino ya descorchado y ese vestido demasiado corto para una tarde de bricolaje la delataban.

—Andrea… —dije apenas crucé el umbral—. No estoy para juegos. Ni siquiera debería estar aquí. Estoy destrozado.

Ella sonrió y me acarició el hombro con delicadeza.

—¿Sara te dijo ya que te engañó? —preguntó sin rodeos.

No respondí. Mi mirada, rota, contestó por mí.Andrea soltó una risa baja, con un punto de crueldad.

—Te la hizo, Marcos. Igual que a mí tantas veces. Siempre quiere quedar como la perfecta, pero a puerta cerrada… —dio un sorbo al vino—. Siempre fue igual, ¿sabes? En el colegio, en la adolescencia, en todo. Ella era la perfecta, la de las buenas notas, la niña que nunca rompió un plato.

Todo pura fachada, yo siempre la tuve calada y ella lo sabe. Competí por todo con ella. Y ahora… ahora te quise a ti.

—¿Ese es tu juego, Andrea? ¿Quitarle lo que más le importa?

Ella se inclinó hacia mí, rozándome los labios.—¿Y si no se trata de Sara? ¿Y si lo que quiero… eres tú?

Sucumbí. La besé. La besé con ansias contenidas. El pulso me explotaba en las sienes. Y, en ese instante, todo lo demás dejó de importarme.

Sus labios sabían a vino y malicia. La tumbé contra el sofá y empecé a recorrer su cuello con mi boca, apartando su cabello rojizo a un lado. Ella gimió suavemente y abrió las piernas, invitándome. Al deslizar la mano bajo su vestido descubrí con sorpresa que no llevaba nada debajo: estaba empapada, húmeda y cálida al tacto.

Deslicé los dedos lentamente por su clítoris, acariciándolo con pausas, lo que la hacían gemir y arquear la espalda. Después, la penetré apenas con la yema de un dedo, sintiendo sus contracciones deseosas. Ella se mordía el labio, sosteniéndome la nuca

como pidiendo no parar.

Se levantó con decisión, mientras yo continuaba sentado en su sofá, me bajó el pantalón hasta los tobillos y se arrodilló frente a mí. Mi erección palpitante quedó al alcance de esa boca que ya conocía demasiado bien. Comenzó con la lengua: lamiendo mi glande en círculos, bajando hasta los huevos, absorbiendo cada gemido que me escapaba. Después se la tragó entera, lenta, dejando que su garganta me estrujara en una oleada de placer.

Me acariciaba los muslos mientras me devoraba sin pausa, disfrutando de verme perder el control. De pronto, se animó a más. Me liberó de los pantalones que colgaban de mis tobillos e, inesperadamente, sujetó mis piernas elevándolas, dejándome con las piernas abiertas ante ella. Mi cara de sorpresa la hizo sonreír con picardía.

Entonces su lengua descendió por mis huevos, pasó por el perineo y llegó a mi ano. Sentí un cosquilleo eléctrico recorrer todo mi cuerpo. Me tensé, vulnerable en esa postura, pero la sensación era enloquecedora. Andrea me lamía despacio mientras me masturbaba con una mano, combinando ambas sensaciones hasta que me vi perdido en ese placer hasta ahora desconocido.

—Soy mucho más guarra que ella… no sabes aún de lo que soy capaz —susurró entre lamidas.

No respondí. Solo la agarré del cabello, guiando su boca de nuevo hacia mí, incapaz de pedirle que se detuviera.

Cuando Andrea notó que mis huevos se endurecían y yo ya no podía más, se levantó, dejó caer su vestido ante mi atenta mirada y se tumbó en el cheslong, con las piernas abiertas.

Sin pensarlo me coloqué sobre ella en postura de misionero, hundiendo apenas la punta de mi polla en su entrada y arrancándole un gemido con el mínimo roce. Su cuerpo respondía con urgencia, moviéndose contra el mío mientras la sujetaba de las caderas y la penetraba al compás que ella misma imponía. El salón retumbaba entre nuestros gemidos y el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando sin tregua.

Tras un rato largo y acelerado, alcé la mirada y vi el sillón junto al sofá. Decidí cambiar el juego: me incorporé y le ordené que se pusiera a cuatro patas sobre él. Andrea me miró con picardía antes de obedecer, colocándose en esa postura que tanto me enciende; su coño abierto y húmedo era un espectáculo desde atrás. Con una mano se frotaba el clítoris mientras yo volvía a penetrarla, adaptando el ritmo al que ella misma me había marcado antes. Separé sus nalgas y mis ojos quedaron fijos en su ano. No resistí la tentación: comencé a frotarlo con el pulgar, presionando poco a poco, tratando de abrirme camino.

De pronto me detuvo con un gesto firme. Desconcertado, la vi desaparecer hacia su habitación. Al volver, traía en la mano un gel lubricante.

—Si quieres mi culo te lo doy... pero no sin esto —dijo con una sonrisa lujuriosa.

La imagen era irresistible: volvió a apoyarse a cuatro patas, ofreciéndome su ano rosado junto con su coño brillante. Me estremecí al verla así. Unté mi pulgar con lubricante y lo presioné en la entrada de su culo mientras continuaba penetrándola. Ella recuperó el ritmo, gimiendo de placer, y pronto mi dedo atravesó el esfínter, apretando contra la resistencia de su interior. La sensación de su cuerpo rechazando y al mismo tiempo cediendo me encendía todavía más.

En cuestión de minutos tuve claro lo que quería. Saqué mi polla de su coño y, como si me leyera la mente, Andrea abrió sus nalgas para facilitarme el acceso. Guié mi glande hasta su cerrada entrada y comencé a hacer presión. El esfínter lo apretaba con fuerza, negándome el paso y excitándome al mismo tiempo. Despacio y sin prisa, fui entrando hasta hundirme por completo en su interior. Ella permanecía quieta, expectante, sin dolor aparente, solo con esa respiración contenida que me hacía enloquecer.

Comencé a mover las caderas lentamente, dándole tiempo a su cuerpo, mientras ella continuaba masturbándose con lentitud. El placer crecía en mí de forma explosiva, y pronto la escuché jadear con fuerza.

—Eso es… suéltalo todo dentro de mi culo —me provocó con voz ronca.

Aquellas palabras apretaron el gatillo. Estallé en un orgasmo intenso mientras sus gemidos se mezclaban con los míos. Sentí el cosquilleo recorrerme entero cuando un chorro de semen se desbordó de su ano al retirarme. Ella soltó una carcajada cómplice antes de dejarse caer, abierta sobre el cheslong.

Mi polla quedó medio flácida tras esa corrida, así que me incliné entre sus muslos y hundí la lengua en su coño, primero con suavidad y después con movimientos más rápidos, acompañando con un dedo que la penetraba rítmicamente. Andrea se estremecía bajo mí, cada jadeo más intenso que el anterior, mientras su cuerpo parecía al borde del colapso. Sentí cómo mi miembro recobraba fuerza, estaba preparado de nuevo.

Me coloqué encima y ella, ya encendida, levantó las piernas apoyándolas sobre mis hombros. La penetré con fuerza, sin perder el ritmo, mientras ella se frotaba el clítoris con desesperación. Sus gemidos se elevaron hasta transformarse en un grito profundo, la señal inequívoca de que el orgasmo había explotado dentro de ella. Sus piernas temblaban sobre mis hombros y su cuerpo entero se sacudía en espasmos bajo mis embestidas.

Seguí moviéndome para prolongar su clímax tanto como pude hasta que, exhausto, decidí detenerme. Apenas tuve tiempo de apartarme: Andrea, aún con la respiración entrecortada, me empujó al sofá y se montó sobre mí, dispuesta a seguir devorándome sin dejar que la intensidad se apagara.

Hundió mi erección en su interior aún empapado y comenzó a cabalgar, primero despacio, después más rápido, aumentando el ritmo cada segundo. Sus pechos rebotaban en mi cara y yo trataba de atrapar sus pezones con la boca, succionándolos mientras ella gemía encima de mí.

—Lo hago mejor que ella, lo sabes… —me susurró jadeando—. Admítelo, Marcos: te gusto más que tu mujer.

La malicia en su voz, lejos de apagarme, me encendía aún más. La sujeté por las caderas con fuerza, entrando en ella con todo, hasta que ya no aguanté más y me corrí dentro, gimiendo con fuerza bajo su mirada cargada de lujuria, malicia y dominación.

Caímos exhaustos en el sofá, desnudos, bañados en sudor y con nuestras respiraciones acceleradas. Andrea acarició mi pecho con calma, satisfecha.

—Ella no va a perdonártelo nunca. Pero yo… yo no tengo nada que perdonarte.

No quise caer en su trampa consciente de mi recaída, me vestí de prisa, sin atreverme a mirarla demasiado.

—Andrea, estás jugando conmigo. No sé lo que siento por ti. No me sigas haciendo esto.

Ella, todavía desnuda, me contemplaba desde el sofá con esa sonrisa tranquila, con un vino en la mano.

—No me culpes a mí. Viniste solo, Marcos. Y sé que volverás.

Sus palabras me atravesaron más que cualquier caricia.

Salí con el corazón en un puño. Bajé las escaleras con las piernas todavía temblorosas.

En ese instante comprendí que Andrea no iba a soltarme, podía fingir que todo había sido un error, una recaída de la que me levantaría, pero en el fondo sabía que volvería a caer en sus juegos. La sombra de Sara me perseguía, su rostro herido aparecía en mi mente, y temí lo peor… que la próxima vez, cuando Andrea volviera a llamarme, ya no quedaría nada entre nosotros que salvar.