Xtories

Luz atrapada en una bombilla

Fingir amor es fácil cuando el odio es la única verdad que te queda. Pero cuando el guardaespaldas que te vigila empieza a mirar más allá del uniforme, el juego de mentiras se vuelve demasiado peligroso para cualquiera de los tres.

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El enfado no me dejó dormir. Bueno, el enfado… los celos, ver aquel macabro partido de tenis, comprender que mi hermana cada vez estaba más lejos de poder ser rescatada…¡Elegid! Para cuando noté a Enrico deslizarse entre las sábanas, ya con el alba pidiendo permiso entre las lamas de las contraventanas, espesas lágrimas de impotencia me resbalaban por las sienes, yendo a morir en la almohada. Fingí dormir.

Fingir, parecía que no sabía hacer más que eso. Y estaba harta.

Lo que sentía por Carlo, me superaba. Sólo las novelas románticas que había leído en mi refugio napolitano me daban un diagnóstico de lo que le pasaba a mi cuerpo cuando él estaba cerca, o se aparecía en mi pensamiento. Síntomas que describían una enfermedad a primera vista. Una tan literaria que crees que solo puede existir en las páginas de los libros; de esos libros que con el escepticismo al que me ha obligado la vida, era como leer ciencia ficción. Eso no pasa en la vida real, no pasa…Hasta que lo hace. ¿Entonces qué? Pues que te jodes. Te jodes y lo sufres como la varicela o alguna infección apocalíptica que vuelve los cuerpos de la gente del revés, como en la novela de Matheson.

Así me sentía yo: del revés.

No, ese no podía ser el camino. No me podía distraer de mi objetivo. Ya era lo que me faltaba: una puta enamorada, como en Pretty Woman, vamos. Si algo no necesitaba eran cuentos de hadas con príncipes azules, brujas de pasarela y enanos cantarines cargados con diamantes de sangre. No, eso estaría bien para el argumento de algún musical de serie B para los callejones aledaños a Brodway, donde acaban todos los fracasados con ansias de candilejas y carencia absoluta de talento. No, yo no era una de esas, no podía serlo. Yo tenía una misión y la iba a lograr aunque para eso tuviera que firmar la hipoteca buitre con el mismísimo diablo convertido en asqueroso director de sucursal de la Caja Rural del Piamonte.

Y, hablando del diablo usurero, Arquiedes me tendría que echar una mano en el plan que mi parte analítica estaba fraguando mientras la sentimental se lamentaba por un amor imposible y por la pérdida de su alma.

Porque claro, en aquel momento era mi parte hijaputa la que estaba montando un mecanismo de relojería con visos de bomba. Y no una cualquiera, una gorda, una que cuando explotara lo hiciera llevándonos a todo por delante y que saliera el sol por el jodido Etna. Tenía que aprovechar lo que había visto. Pero, ¿qué había visto? Alguien dándole algo a un trabajador de mi novio. Algo que tenía que servir para…algo. Sí, ya lo sé: son muchos algos. Pero mi instinto de carterista me decía que esos «algos» tenían valor, y que se habían entregado bajo un aura conspirativa.

Esa sensación, unida a la animadversión que creía haber detectado en Carlo cuando Enrico salió a colación en la gasolinera (y su posterior mirada valorativa), me estaban dando la idea. ¿Hasta que punto querrá mantener en secreto lo que yo había presenciado?¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar para que yo no hablara?¿Sería lo suficientemente valioso para tener que comprar mi silencio haciendo lo que yo le pidiera a cambio?

Esta idea no sé porqué, pero me encajaba. Me parecía factible.

Chantaje es una palabra muy fea. Extorsión, suena incluso peor. Coacción, por el contrario, guarda un deje semántico de cooperación. Vale, vale. Es igual de fea, pero, ¿qué queréis? Estaba desesperada. Si había alguna forma de obligar a Carlo a ayudarme a entrar en el ala este de la Residencia, la iba a utilizar.

Y no creáis que no me jodía hacerlo; porque lo hacía. Pero en mi vida solo he podido poner un pie tras otro apartando sentimientos. Qué puedo decir, no me han valido para nada a parte de para sufrir. Mi situación sentimental había dado un vuelco, pero mis prioridades seguían inalteradas. La primera, claro, era Andrea. La segunda sobrevivir. No me habían enseñado otra cosa. No sabía hacerlo de otra forma.

Había esperado mucho para tener una oportunidad y no la había conseguido. Demasiado. Era el momento de crearla.

Pero, ¿cómo?

Sentí los brazos de Enrico rodeándome desde atrás. Sus manos no perdieron el tiempo, y mientras una se dedicaba a acariciarme un pecho, la otra empezó a explorar mi húmeda intimidad. El agua de la ducha nos caía como lluvia caliente, velándonos en un mar de vapor.

—Alguien se ha levantado con buen humor—comenté, tras la sorpresa inicial, al notar su erección acomodándose entre mis glúteos.

—He descansado como hacía tiempo que no…—se entrecortó al sentir mi mano enjabonada acariciándole el sexo—descansaba así.

—Trabajas demasiado, querido.

Mis palabras, dándome la vuelta hacia él, fueron acompañadas por un descenso meloso por su torso definido; hasta terminar acuclillada frente a su entrepierna. El agua caía por su cuerpo, bifurcándose en los recodos que dibujaba su anatomía.

—Aun así—fingí diversión con voz acaramelada mientras recorría su miembro con mis manos, masajeándolo—, parece que anoche no tuviste suficiente.

—De…ti…querida—suspiró—nunca tengo…suficiente.

—Eres un zalamero, Enrico DiPontoferro. Pero me gusta.

—¿Sí?—preguntó, capciosamente, retirando sus caderas lo suficiente para que su polla resbalara de entre mis manos, quedando fuera de mi alcance—¿Cuánto?¿Cuánto te gusta?

Le dediqué una mirada juguetona desde mi posición inferior. Una mirada brillante de mi superpoder de mierda. Enrico se estremeció desde la raíz de sus cabellos aplastándose contra su frente por el chorro de la ducha, hasta terminar en el respingo de excitación que hizo levantarse a su pene; apuntándome de forma conminatoria. Cuando ya iba a «saludar a papá y mamá que se alegrarán de verme», la impaciencia de Enrico se desató; levantándome suave, pero firmemente, me hizo ponerme contra la mampara, situándose él en posición. En décimas de segundo lo tenía dentro, penetrándome a un ritmo endiabladamente peligroso en superficie tan resbaladiza; por suerte era pizarra, y ahí, el agarre, es mucho mejor.

Tras un rato en esa posición, aplastada contra el cristal por su peso y por sus ganas, estallamos los dos, a dúo, en un sonoro orgasmo. Finjo que me gusta que el que regaló a mi hermana a unos desalmados me folle. Finjo el cariño y la devoción que me obligo a profesarle. Pero lo que no puedo fingir son los orgasmos; entre blasfemias interiores, tragándome las ganas de llorar, pero los tengo. Y bastante intensos, además. Sabe lo que se hace el cabrón. Y me maldigo por ello. Dios, si existiera, sabría cuanto.

—Mañana salgo de viaje, Sofi.

Me lo dice mientras se peina frente al espejo, con una toalla anudada en su magra cintura y tras haber pasado la mano por la superficie para quitar el vaho de la condensación que se había formado. Yo lo escucho metida en el hidromasaje, donde me he dejado sumergir aún con las piernas temblando. Mi mente empieza a trabajar a contrarreloj. Un fallo y todo al carajo.

—¿Mañana? Creí que este fin de semana iríamos a la Villa.

Enrico me miró en el reflejo, levantando su mirada por encima de su hombro.

—Lo sé, cariño. Pero ha surgido algo ineludible.

—Trabajas mucho—repito, simulando la pesadumbre.

—Lo sé. Y lo siento. Pero es algo muy importante, e imprevisto.

—Creí que tú lo controlabas todo—cambié a tono algo picado.

—No seas así, cielo. Te prometo que te compensaré.

—Ya. ¿Otra joya?

Enrico se giró, variando su expresión a una de sorpresa.

—Creí que te gustaban—dijo, acercándose a mí y sentándose en el pretil del jacuzzi.

—Y me gusta—hice puchero (mi registro es incacabable)—¿pero si no estás, para que las quiero? ¿Para ponérmelas para ir a la cocina?

—Vamos, cariño—me apaciguó, cogiéndome con delicadeza la barbilla para que enfrentáramos las caras—. Iremos la semana que viene. A la de Capri, si te apetece.

—Lo sé, perdona, Enrico. Es que cuando te vas, te echo de menos. En este caserón me siento sola.

Enrico sonrió con cariño. En él si que podía leer como en un libro abierto, y para variar, en mi idioma. Veía los engranajes de su cabeza moviéndose para inventar algo con lo que poder salir airoso.

—¿Por qué no vas a visitar a mi madre? Mi hermana está con ella pasando unos días.

—¿Lucre está aquí?

Él asintió complacido, sabía las buenas migas que había hecho con su hermana en las dos o tres ocasiones que nos habíamos visto.

—Sí, además, mi madre siempre se queja que te ve poco. Ya sabes como es la «mamma». Así no estarás tan sola. Seguro que encontráis algo para hacer.

Puse cara de ilusión ante el plan. Enrico estaba complacido al haber solucionado la papeleta. Pero, su gesto cambió rápido al ver como el mío se ensombrecía.

—¿Qué pasa?¿No te apetece?

—No es eso—contesté, remoloneando con la espuma entre mis manos—. Es que desde el tiroteo…

Enrico se envaró, endureciendo el gesto.

—Eso no volverá a pasar—afirmó, seguro—Me he ocupado de ello, personalmente. Vamos, Sofía, lo pasarás bien. Cuando vuelva de este viaje te prometo que nos iremos tú y yo solos a donde quieras.

—Solos…y con tus guardaespaldas, querrás decir.

—No empieces, cariño, por favor. Sabes que es necesario.

—Ya lo sé, perdona. Es que me apena que te vayas. Me había hecho la ilusión de ir a la villa. De todas formas, ¿es necesario que sean tan secos?

Mi novio me miró con una sombra de duda en sus ojos.

—¿Secos?

—Sí, secos. Como ese Carlo. Joder, es que ni me habla. Me siento muy incomoda siendo transportada de una lado a otro en completo silencio. Me entra complejo de paquete postal.

La carcajada resonó en las paredes del baño.

—Carlo es bueno en lo suyo. Ya viste el otro día. Si no hubiera sido por él…—no terminó la frase, yo puse cara de susto—De todas formas le diré que sea un poco más…comunicativo.

—Esta bieeeeen—alargué ñoñamente, después de hacer como que lo pensaba—iré a ver a tu familia. Pero dale un libro de conversación para «dummies» al simpático de mi escolta.

Enrico volvió a reír, inclinándose para depositar un beso suave en mis labios.

—Prometido.

Cuando se volvió hacia el espejo, yo me sumergí entre las burbujas. Actuación de Oscar. Oportunidad y sujeto en cuestión, asegurado. Solo faltaba orquestar la distracción.

***

—Son muchos «y si»—comentó Arquiedes, hojeando un in folio de Da Vinci—. No me va a gustar si me haces perder el tiempo.

—Es la única manera de poder entrar ahí, y conseguir algo de lo que quieres—le reafirmé—. Es ahora, o vete tú a saber cuando se vuelve a presentar una oportunidad así.

Estábamos en una de esas monstruo-librerias del centro. Arquiedes, vestido como un turista más, ni me miraba. Nuestra proximidad, cambiando de posición de tanto en tanto, como en un baile coreografiado, nos permitía intercambiar frases con varios segundos de espera entre una y otra. Era como mandar mensajes a la Luna y tener que esperar que la respuesta recorriera los casi cuatrocientos mil kilómetros que nos separan.

—Eso de oportunidad, habrá que cogerlo con pinzas. No sabes nada a ciencia cierta.

—Seguro, no. Pero mi instinto me dice que es así.

—Apañados vamos si tengo que montar un operativo basándome en el instinto de una puta.

—Pues a esta puta, la pusiste tú donde está. Será por algo, ¿no?

Arquiedes cambió de posición. Yo lo imité, abriendo un libro sobre la historia secreta de las Heteras. Con el rabillo del ojo pude observar como Carlo, situado cerca de la puerta de entrada, empezaba a impacientarse. Cogí el libro y me dirigí a la cola que había ante el mostrador de pagos. El coronel me siguió con dos volúmenes seleccionados al azar.

—¿Estás al menos segura de poder estar donde me has dicho? Como no acudas, y mi equipo se quede haciendo el panoli toda la noche, lo vas a pagar caro.

—Eso será lo más sencillo—aseguré, inclinando la cabeza hacia atrás, simulando que me atusaba el pelo.

—Por tu bien, así lo espero.

Noté como se pegaba más a mi espalda y, subrepticiamente, me tocaba el culo. Mi mirada se dirigió instintivamente hacia donde Carlo aguardaba, atento a quien entraba o salía de la tienda.

—¿Qué coño haces? ¿Quieres joderlo todo?

—No, te quiero joder a ti. Por el culo.

—Eres un cabrón asqueroso.

—Vamos Lore, no me negarás que lo pasamos bien.

La arcada resonó en mi mente. Allí era el único sitio donde era libre.

—Además—añadió antes de que pudiera contestarle—, mi hombre ya ha contactado con los albaneses que retienen a tu hermana. Pronto tendremos noticias de él y espero que seas agradecida.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Un montón de preguntas se me agolparon en el cielo de la boca. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no girarme y agarrarle del cuello de esa camisa hortera que llevaba y sonsacarle todo.

—Pero para eso, claro, tendrá que salir bien lo de mañana por la noche. Si no, olvídate. No te daré nada si tú no cumples con tu parte.

—Funcionará—claudiqué, resignada—. Lo único que tienen que hacer tus hombres es que me permitan escabullirme un rato de la vigilancia. Del resto me encargo yo.

—Más te vale, Lore—amenazó—. Más te vale.

***

—Buenos días, señora.

—Buenos días, Carlo. Espero que no tuvieras mucho trajeteo anoche, porque hoy vas a tener un día bastante movidito.

Mis palabras, dichas con un marcado retintín para ir precalentando, después de entrar en la parte posterior del Alfa Romeo Quadrifoglio, hicieron que Carlo se quedara congelado en el momento de cerrar la puerta. Ponerlo nervioso era parte del plan que había estado elaborando durante aquella noche, después de la charla en fascículos con el cabrón de Arquiedes. Y como se suele decir: la primera en la frente. La turbación con la que el escolta ocupó el asiento a mi lado, me decía que mi comentario lo había asociado a algo que yo desconocía. Lo solté al tuntún, pero, por su expresión descolocada, me podía imaginar que había estado haciendo algo diferente a dormir. De nuevo sentí celos. Celos y un sucio regocijo por haber sembrado la duda en él; y que encima, se le notara.

Durante el trayecto a Bosco del Turlaccio, en Mugello, donde la madre de Enrico tenía su residencia, me dediqué a seguir con mi proposito de desconcertar a mi escolta. Empecé un juego de miradas con Steffano, a través del retrovisor. Lo había notado en otros viajes, el chofer no perdía ocasión de observarme por él cuando creía que no había peligro. Yo me solía hacer la loca, pero esta vez, me quedé esperándolas, haciéndolas todo lo evidente que mi posición me permitía. Cuando Steffano era pillado, apartaba rápidamente la vista, volviéndola a la carretera, cada vez más azorado. Yo me dedicaba a sonreírle con ellos, eso, se me da bien. Después de cada «pillada», bajaba yo los ojos, haciéndome la modosa y sonriendo. Carlo tardó menos de lo esperado en percatarse de que algo inusual pasaba. En más de una ocasión lo vi atento hacia dónde yo miraba, o mirándome con disimulo, hasta el punto que la tablet que siempre le acompañaba en los desplazamientos, se tendría que empezar a sentir bastante desatendida. Loredana Santi, alias Sofía Scicolone, alias Carmina Buotti, alias…. 1; Tablet Apple, alias Invento Carísimo del Diablo para partir el salchichón, 0.

Así continuamos, entre miradas de tonteo y de reproche, generando un ambiente bastante tenso en el interior de la berlina negra que cruzaba la campiña, hasta que sucedió algo que me dejó a mí descolocada.

—Tengo entendido que es usted de Nápoles, señora.

Carlo, mi Carlo, me había hablado. Y lo había hecho, motu propio, para algo que no era darme alguna instrucción, o preguntarme si me encontraba bien, o si tardaría mucho; había pronunciado una inédita frase de conversación…normal.

Tarde unos segundo en salir de mi asombro, mientras fijaba mi vista en él. Se le veía adorablemente incómodo, vestido (también inauditamente) con un polo Lacoste azul marino, apretado hasta la anoxia, y unos pantalones beig de corte informal. Él me devolvió la mirada, inquieto. Se notaba que aquello no había salido de él. Sin duda, Enrico, había tenido mano en eso, como respuesta a mi desolada petición. Me sonreí, poniéndome las gafas de sol para hacérselo más fácil, o para inquietarlo más.

—Lo siento…yo no…

—Sí—le interrumpí antes de que interpretara mi silencio como molestia—, de la parte antigua. ¿Y tú?

—¿Yo?

La pregunta inocente le sobresaltó. Steffano miraba por el retrovisor más de lo que la prudencia vial aconsejaba. Carlo le lanzó una orden con su ojo y el chofer volvió a poner atención a la carretera.

—Sí, tú ¿De dónde eres?

—Yo…de Vigàta. Un pequeño pueblo pesquero de…

—Sicilia, lo sé. Viví allí un tiempo. En Notto.

—Ah. Es bonito.

Me volví a sonreír de nuevo para mis adentros por su crítica geográfica exhaustiva. El encantador pez fuera del agua.

—¿Tu familia está allí?—pregunté, antes de que el silencio volviera a imponerse.

Entonces vi algo que no me esperaba ante lo banal de la pregunta. Una sombra cruzó el iris metálico del escolta, amplificando su color como en los días de tormenta sobre el mar. Tragué saliva, y comprendí.

—A mi no…Yo no…

—Perdona, Carlo. No quería…

Se me hizo un nudo en la garganta, viendo como mi plan se iba al demonio. Lo último que necesitaba es la ternura que me había inspirado su mirada, diera al traste con todo lo que tenía planeado. Ese día quería sacarlo de los nervios, enfadarlo, no comprobar, una vez más, el ascendente que él tenía sobre mí y mis sentimientos. Comprender que estaba solo, como yo, me dio acceso a una panorámica diferente. Una que ves a través de una ventana y que ofrece una vista que no esperabas. Una vista que conmueve; una mirada al alma de alguien que por cosas de la vida, parece estar de alguna forma misteriosa unida con la tuya.

Me estaba metiendo en un berenjenal que no me beneficiaba. Tenía que salir de allí, romper con esa sintonía triste y paradójicamente cómoda que se había instalado tras mi desafortunada pregunta. No quería, no me gustaba, pero no me quedaba más remedio.

—Al menos tendrás novia, ¿no?—dije, levantando un poco la voz para que sonara más despreocupada, más frívola. Quitándole importancia; rompiéndome por dentro.

Sentí un conato de frenazo por parte del chofer. El cambio de tercio sorprendió a los dos empleados. La mirada de Carlo era un poema de incomprensión.

—¿Qué…?

—Sí, que saldrás con alguien. Saldreís—incluí, a través de retrovisor a Steffano en la pregunta—¿No?

—Señora, yo no…

—¡Joder! ¿Qué? No es tan rara la pregunta. Es una conversación ¿no?—dije, intentando sonar picada—. O, ¿sois tan sosos que ni una alegría os dais?

El pitido de la tablet rompió el estupor que se había adueñado de la escena. Carlo, haciendo un esfuerzo, se centró en el aviso del aparato. Steffano, por su parte volvió a mirarme descaradamente. Se le notaba con ganas de decir algo…algo fuera de lugar, pero apretó las manos contra el volante, y se calló.

—Toma el siguiente camino a tu izquierda—ordenó Carlo. Con una voz seca y cortante—. Hemos llegado.

***

En la puerta de entrada, bajo un arco de piedra señorial, aguardaban las dos mujeres. Una mayor, muy recta y de mirada orgullosa, vestida con una elegancia anacrónica que parecía extraída de alguna novela de Lampedusa. La otra joven, de edad similar a la de Loredana y de físico también parecido, pero morena y con unos preciosos ojos azules que compartía con su madre y su hermano. El Alfa Romeo describió el círculo al que obligaba la enorme fuente y se detuvo frente a ellas con la suavidad de un dedo acariciando seda.

Carlo bajó del vehículo, lo rodeó y abrió la puerta para que Loredana bajara.

—Prepararos para esta noche—le dijo ella con una sonrisa en el rostro dirigida a las mujeres que le aguardaban—. Queremos salir de fiesta.

Las mujeres se abrazaron con alegría cuando estuvieron todas reunidas, perdiéndose, a continuación, en la umbría del caserón sin dejar de parlotear. El coche emprendió camino del garaje, dejando a Carlo solo y pequeño en medio de tanta magnificencia arquitectónica. El escolta se giró, perdiéndose en el bucólico reflejo del sol sobre la superficie del lago Bilancino, en cuya ribera, se extendía los dominios de los DiPontoferro.

«Que puta es la vida»pensó, con rabia difícil de contener. «Pero pronto volverá a salir un sol solo para nosotros. Patria e Onore, hermanos. Y a la primera, que la jodan».

***

Cuando aquella noche, Carlo, plantado ante el vehículo otra vez dispuesto frente a la fuente “Bellinesca”, vio salir a las dos mujeres jóvenes, vestidas exactamente igual, con un peinado exactamente igual, con un color de pelo exactamente igual y una complicidad en exceso divertida, supo que iba a tener problemas.