La impaciencia de la araña 7
El cuerpo no miente, pero las mentiras sí pueden ocultar la verdad. Mientras la policía descarta el crimen, Fernando sabe que algo no encaja: la impaciencia de la araña siempre deja una telaraña. Y esta vez, la red incluye a su propia compañera.
Nadie lo sabía. Ni él, ni nadie.
Hay que joderse.
La conclusión a la que ha llegado Marcelo Pascual coincide plenamente con la que nos ha explicado el doctor Cifuentes Ibor, eminente matasanos del difunto y de un buen número de celebridades y ricachones varios.
La primera gestión del día, con orden judicial para poder acceder a los registros médicos de Arnau Viladecans, no ha servido para absolutamente nada.
El ínclito galeno ni ha querido ver el mandato. Nos ha hecho pasar inmediatamente a su despacho de la Vogue, y nos ha servido un desayuno del jodido Ritz mientras un pequeño ejército de secretarias nos traía toda la documentación requerida.
Los de arriba se tienen que estar moviendo de lo lindo para tanta amabilidad con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.
De allí, con todo lo necesario, nos hemos dejado caer por el Anatómico Forense. Pascual, como si quisiera demostrar que la amabilidad de los otros es solo una anomalía en el mundo, nos ha llenado de pestes y maldiciones egipcias antes de dar su brazo a torcer y acceder a comprobar lo que su prestigioso colega nos ha facilitado.
Simple y llanamente—después de una chapa de media hora de jerga médica que ni yo era capaz de seguir del todo—el tumor no estaba ahí cuando se le había hecho el último chequeo anual a la víctima. Se había reproducido, como hacen los gliomas en estos casos, a una velocidad de vértigo para después detenerse sin dar síntoma ninguno al portador. Hay gente que vive cuarenta años con uno y ni lo sabe. Otros, como el caso de Viladecans, la mala suerte se ceba con ellos; no solo se les desarrolla, si no que, además, lo hacen en una zona inoperable y mortal de necesidad que si no te mata hoy, te mata mañana.
Y tú con las entradas del Barça-Madrid para final de temporada y reserva en el DiverXO para el año siguiente.
«Es raro que pase, pero pasa», en palabras del forense. Disposición genética, endogamia entre familias del barrio de Pedralbes, la tómbola de la vida que siempre toca, si no un perrito piloto, una pelota…Elija la que se quiera. O, incluso, todas son ciertas.
Sea cómo sea, un callejón sin salida más que deja a mi intuición con un rival menos. Al menos, los de arriba, pueden andar algo más relajados, las teorías conspirativas de que antes de tres meses la implicación de Viladecans en algún asunto de transcendencia podía significar una diferencia, simplemente, no tiene razón de ser. Fueran los que fueran los motivos, si el asesino (o asesinos) hubiera tenido un poco de paciencia, se habría ahorrado un montón de molestias.
Los de arriba pueden aflojar algo, digo. Pero yo, yo no. Yo tengo algo dándome vueltas a la cabeza que no termino de encajar. Hay algo, lo sé…pero no sé que es.
El pequeño Guillermo de Okham que vive en mis tripas me dice que lo más sencillo es lo más probable. Y lo más probable es que Carme esté implicada hasta el tuétano, ya sea ejecutora o intelectual. El problema está en su coartada. Firme, sin fisuras y encima con testigos. Incluido yo. Ella no pudo inyectar el veneno. Vale. Pero pudo ordenarlo.
Todo esto, obviamente, es como no tener nada. Si no somos capaces de probar móvil y oportunidad… Nada, a parte de ser la conyugue, la relaciona con la muerte.
¡Joder! si hasta me parece que oigo las risas de los miembros del tribunal cuando le presentemos nuestra lista de «nadas».
Pero hay algo… lo sé desde…¿Cuándo? ¡Desde la pesadilla! En la pesadilla…
—¡Tierra llamando a capullo!
El grito de Andrea me saca de mis pensamientos; quedándome como si fuera una merluza a la que acaban de dejar sobre la cubierta del pesquero.
Miro a mi alrededor descolocado. Los otros clientes de la terraza donde estamos sentados otean nuestra mesa. Andrea está enfadada. Con los brazos cruzados y esperando algo de mí que no tengo ni la más remota idea de lo que es.
—¡Hostia, Valverde! Si no sabes salir por las noches como la gente normal, en lugar de cómo un puto enfermo no salgas. Aquí estamos para trabajar no para pasar las resacas o lo que coño estuvieras haciendo.
»¡Mírate, joder! Si parece que hace una semana que no duermes.
Será por la bronca inesperada. Será por el abotagamiento cerebral que tengo, será porque como bien dice, tengo la sensación de no haber dormido en años. El caso es que, sin pensarlo, lo suelto.
—Lucía y yo, hemos terminado.
La inspectora jefe se queda a medio camino de algún otro improperio, con la boca abierta. Pero ya es tarde para rectificar, y el último coletazo de su cabreo ya ha salido de la oficina con el franqueo pagado.
—No me extraña. Hasta los ovarios la tenías que tener con tus devaneos y tus infantilismos. Mucho te ha aguantado.
—Se está acostando con Quílez.
Podría jurar, ante luz y taquígrafos, que he oído el grito dentro de la cabeza de Andrea diciendo eso de: «¡Paren las rotativas!».
—¡¿Con el boy scout?!—exclama, perpleja. Haciendo que todos se vuelvan de nuevo a mirarnos—¡Vamos, no me jodas!
Me limito a asentir mientras enciendo un Marlboro.
—Con…—continúa, echándose para atrás en el asiento—el boy…
Y entonces pasa. Su cara se pone colorada justo antes de estallar en una sonora carcajada.
—Lo siento, Fernando. Lo siento—se disculpa, intentando contener las lágrimas. —Nada, tranquila—digo, con todo el sarcasmo que puedo—. Me alegra que mi desastrosa vida personal le resulte graciosa a alguien.
Andrea se pasa la manga por la cara, esforzándose por recomponer una suerte de gesto de seriedad.
—No, en serio. Perdóname—repite, adoptando una expresión constricta—Pero es que…¿Con…?
—Sí—resumo, sin humor—. Con ese.
—No sabía que se conocían.
—Yo tampoco. Es decir, no tanto. A parte de coincidir un par de veces…De todas formas, no sé. No me ha sorprendido tanto como hubiera debido.
—Joder, que putada.
Por primera vez, parece que habla en serio. Una vez recuperada de la sorpresa, Andrea se recompone, mesándose el peinado ochentero, adelantándose de nuevo hacia la mesa y para mi total desconcierto, cubriendo la mano que tengo sobre la mesa con las suyas. La sorpresa es tan grande que se me cae el cigarro que sostengo en la otra. Ella se queda mirándome fijamente y yo parece que me caigo en sus insondables ojos metálicos.
—Tengo un carácter de mierda, Fer. No pretendía burlarme. Ha estado completamente fuera de lugar.
—No te preocupes. Sin duda lo merezco.
Sutilmente, Andrea niega con la cabeza.
—Nadie se merece eso. Es solo que somos demasiado gilipollas para ponerle remedio antes. De todas formas, eso no se hace. Va contra el Código.
—¿Qué código?
—¿Quieres que vayamos a pegarle una paliza para recordárselo?—ofrece, ignorando mi pregunta.
La miro, sorprendido. Casi me tomo un tiempo para valorar su oferta, pero niego, quedo, un instante después.
—Ya me ocuparé de hacerle una visita cuando todo esto acabe. No quiero que me aparten del caso por un tema personal.
—Pues, avísame. Mira que seguramente, con esa pinta de musculitos de gimnasio de Instagram, sabrá ninjutsu, krav maga o chotis de defensa avanzada. Cualquier mierda que haya aprendido con los fascículos de los «Jóvenes Castores». Puede ser un peligro.
No puedo evitar que una sonrisa aflore en mis labios. Su broma terapéutica me hace tomar distancia de mis miserias.
—Gracias, Andrea—cedo, por unos instantes, a caer en su mirada—. Lo necesitaba.
—Para eso están amigos—responde, tras unos segundos de silencio reconfortante.
—¿Ahora somos amigos?
—Por supuesto que no, capullo.
—X—
Cuando vuelvo de hablar con García del nuevo «no-avance», Andrea sigue al teléfono con la llamada que la he dejado haciendo en mi ausencia.
—Pero, señoría…[…]. Desde luego que nos hacemos cargo. Aún así es de vital importancia que podamos hablar con ella lo antes posible. Como le digo…[…] Usted, claro. […]. Sí, señoría. Buenos días para usted también.
Andrea se aparta el móvil de la oreja y lo tira con hartazgo sobre la mesa. Seguramente quién inventó las fundas protectoras tiene que vivir mirando por encima del hombro para asegurarse que algún sicario contratado por las compañías de móviles no le de caza para hacerlo desaparecer.
La subinspectora emite un gruñido de rabia contenida y alza la mano para llamar la atención del camarero que atiende la terraza con una desgana propia de un funcionario del departamento de pago voluntario de hacienda.
—Dos cañas—pide sin consultar—. Grandes.
—Para mí, otras dos—solicito, elevando la voz, con el fin de que el camarero vuelva al mundo terrenal y deje de hacerse películas con el escote que se insinúa bajo la chupa de cuero de Andrea.
El tipo me mira con mal gesto, como si lo acabara de despertar de un dulce sueño.
—¿Cuatro jarras?—pregunta, un tanto desubicado, mirando las dos sillas vacías que rodean nuestra mesa.
—¡Olé!—exclama la inspectora jefe—. Además de observador, sabe sumar. ¡Que partidazo!
El camarero carraspea, incómodo y se retira como si le hubieran puesto un cohete en el culo.
Dos minutos de reloj después, tenemos las cañas encima de la mesa y un plato de ibéricos, cortesía de la casa, traído por una camarera que ni nos mira cuando deja la ofrenda de paz.
—¿Qué ha dicho el juez?—pregunto, dando el primer sorbo de una de las cervezas tamaño «hooligan».
—Que nanaí—responde con cansancio—. Que a la vista de las pruebas que ratifican la coartada de la señora Folch, es un victima más de este luctuoso suceso. Y, que si su médico considera que en su actual estado nuestras preguntas le van a causar un agravamiento de su condición, no es de recibo. Que tal vez mañana…o pasado.
»Luctuoso suceso—repite—¿Puedes creer a ese gilipollas? Con su señoría Lope de la jodida Vega, hemos tenido que dar.
Andrea pega un sorbo a su jarra de forma airada, dejando en el cristal media capacidad marcada por un rastro de espuma blanca.
—¿Y, tú?—me pregunta con un bigote blanco por encima de sus labios afilados.
—García está contento. Se ve que no le gustaba la sombra de la espada de Damocles que le tapaba el sol. Me ha reconocido, tácitamente, que el tiempo que le quedaba al muerto jugaba mucho a favor de la teoría del complot de altas esferas. El gobierno estaba…intranquilo por si se venía algo gordo. Si nadie lo sabía, bueno no es que aclare pero tampoco apunta.
»Además, creo saber el porqué de tanto impedimento para ver a viuda.
Andrea se incorpora, saca un cigarrillo de mi paquete y se lo pone en la boca, con mirada expectante.
—Por lo visto, Arcadi Folch está en Madrid, y ya se ha entrevistado con varios gerifaltes.
—¿El padre?
Asiento, dándole fuego con el Zippo.
—El financiero va a usar toda su influencia para entorpecer cualquier movimiento que queramos hacer en dirección a su hija.
—Vaya.
—Sí, vaya. Ya te dije que era bueno que mantuviéramos a García al tanto. Él dice mucho sin decir nada. Y eso nos beneficia.
—Pues ya me dirás cómo. Porque si lo único que vamos a encontrar son trabas…
—Es importante saber dónde nos vamos a encontrar las trabas. Tenemos más tiempo para pensar como solucionarlas. De otra forma, solo nos las encontraríamos, mermando nuestra capacidad de reacción.
—Estás convencido de que fue ella ¿verdad?
Doy otro sorbo e imito el tema del «fumeque». Me da tiempo para pensar.
—No creo en las casualidades cuando hay un muerto por medio. Eso es todo.
—Ya. No me lo trago.
Emito un ruido incómodo, acompañado con el humo de la primera calada.
—Hay algo—empiezo, sin mucha seguridad—No sé que es, pero lo siento apretándome las tripas.
—Joder, Valverde, pareces al actor ese, de la película esa.
La miro, confundido por unos instantes.
—Sí, coño. Esa que me hiciste ver un par de veces, en blanco y negro. Cuando tú y yo…
Mi memoria se esclarece, adoptando la profunda textura que produce el haluro de plata en la granularidad del contraste de la imagen de aquel pasado.
Nos recuerdo en la buhardilla de la plaza de Santa Ana, arrebujados bajo una manta raída de lana cruda que olía a tabaco y a libro viejo; viendo algún clásico del cine negro que ella simulaba traerle sin cuidado pero que el brillo de sus ojos desmentía cuando Bogart, Bacall, Wells, Stanwyck o MacMurray, aparecían en alguno de aquellos planos decisivos donde se resolvía la trama.
—Cuando tú y yo…
—Follábamos—responde, inmediatamente, intentando echar tierra sobre su desliz memorístico.
No sé porqué, pero su respuesta me molesta.
—¿Follar? ¿Eso es todo?
—Mira, Valverde. No me jodas y estate a lo que estamos.
Andrea se refugia tras sus brazos, que sitúa delante de su cuerpo para marcar distancias.
Al gesto sigue un silencio que se siente como rodeado por una concertina oxidada.
—Robinson—digo, al cabo de un rato.
—¿Qué?—pregunta, molesta.
—Edward G. Robinson. Perdición, se llamaba la película.
Aunque lo intenta, no lo consigue. En el metal de sus ojos advierto un destello de reconocimiento que traiciona su lenguaje corporal, dejándome claro que se acordaba perfectamente de todo.
Tampoco me pasa por alto la sincronicidad de nombrar esa película en la que su argumento—el acuerdo al que llega el agente de seguros y la futura viuda para deshacerse del marido—, tiene un retorcido tufo con el caso que investigamos.
—Lo que sea. No puede interesarme menos.
—Bueno, mujer. Solo quería…
—¿Te la follaste?
La pregunta me pilla a contrapié, dejándome perplejo.
—¿A quién?
—A la Stanwyck ¡no te jode! A la viuda, Fernando ¿Te follaste a Folch?
—Te gusta esa palabra ¿eh?—respondo, picado por su tono agresivo—. No entiendo a qué viene eso, ahora. No creo que sea relevante si lo hice o no.
—Pues lo es—insiste, con su cabreo en aumento—. Lo es por que sigo pensando que no eres el más indicado para estar en esta investigación. Y si no fuera por tu colegueo con el comisario…
—Andrea, para el carro. Yo no he pedido estar aquí. No me gusta lo que estás insinuando.
—Me importa una mierda que te guste o no—sentencia, levantándose bruscamente—. Esto ha sido una idea pésima. Sabía que no…
La diatriba de Andrea se detiene cuando nuestros móviles empiezan a sonar al unísono.
Mi «Afraid to shoot strangers» contra su «The unforgiven».
Mientras respondemos a la llamada, nuestros ojos se encuentran a través de una mirada interrogativa, criptica e, indudablemente, incrédula.
Al colgar, Andrea se vuelve a sentar. Nuestro enfado parece haberse diluido hasta prácticamente desaparecer. Nadie quiere ser el primero en romper el silencio que nos ha dejado el estupor de la llamada.
Enciendo un Marlboro al tiempo que intento reconocer la naturaleza de mis sensaciones interiores. Por un lado, respiro aliviado. Por el otro, simplemente no me lo creo. Me vuelve con fuerza el recuerdo de mi última pesadilla recurrente. En ella había algo que se aferra a mí, velado por esa sustancia pegajosa del inconsciente con el que los sueños suelen empanarse para no decir a las claras su significado. Es una especie de desafío intelectual con el cual, esa parte relegada del cerebro, se cobra con un atávico rencor los años que llevamos ninguneándola en beneficio de la razón.
—¿Qué opinas?—pregunta Andrea, aún con las ascuas encendidas del cabreo que se ha agarrado.
—Demasiado fácil—traduzco, seco, pensamiento-palabra.
Andrea me mira detenidamente y asiente.
—A veces—empieza, sin ocultar el esfuerzo por convencerse a sí misma—, los casos que parecen más enrevesados, se resuelven con un giro sencillo.
—Sí.
—Pero no te convence.
—No.
La inspectora jefe se remueve en su sitio, incómoda. Pese a todo, mi tono de voz parece estar haciéndole mella.
—Fernando, yo…
—Déjalo, Andrea. Más nos vale ponernos en camino. Tienes que ir a recoger tus laureles de los policías de verdad. Nos vemos en la comisaría.
No me espero a que explote otra vez. Me levanto, dejo un billete bajo la jarra vacía y me encamino hacia mi coche. Antes de poder arrancar el motor, el potente rugido de la moto de Andrea pasa como una exhalación por mi lado, prácticamente rozando mi retrovisor.
Me incorporo al tráfico y tomo la dirección contraria a la comisaria central ¿Qué demonios pinto yo allí, ya? ¿Un par de palmaditas en la espalda?
Acaricio la idea de dejarme caer por la mía y hacerle una visita a Quílez. Pero, cuando me doy cuenta de cómo estoy estrangulando la piel del volante, comprendo que no es el momento. Tengo una idea en ciernes sobre mi futuro inmediato y no quiero que se vaya a la mierda por una satisfacción momentánea de mi orgullo de machito herido.
Además ¿qué derecho tengo a sentirme ofendido? Yo soy el único culpable de mi situación. Cada uno juega sus cartas como mejor sabe o puede. No se puede culpar a nadie por eso. Mucho menos sacarle el alma y los dientes a base de hostias.
En el primer giro que puedo, cambio la dirección. Para realizar mi plan, tengo que seguir a buenas con García.
—X—
Cuando entro en la sala de operaciones de la Comisaría Central, me encuentro con una escena de película americana. Cuanto daño ha hecho al Cuerpo películas como «Tango & Cash».
Los policías de homicidios allí reunidos, en mangas de camisa y con las cartucheras sobaqueras lustradas, se arremolinan en torno a la pantalla donde la fotografía de un tipo aparece junto a una tabla de datos biográficos y biométricos.
Me quedo apoyado en el marco de la puerta, cruzando brazos y piernas.
—Este es Caleb Sanderson.
El comisario García, exultante, con Andrea Castro a su lado, señala la fotografía de un hombre vestido como uno de los lobos de Wall Street. Traje impecable a medida sobre cuerpo trabajado. Con su camisa a rayas y cuello blanco, cerrada por una corbata que tiene pinta de valer más que mi sueldo de un mes, mira a cámara en una de esas imágenes corporativas usadas para presentar el plantel de genios de las finanzas como si de un equipo de primera división se tratara. Es joven y con cara de actor protagonista de culebrón turco. Pelo abundante y peinado a la moda. Mandíbula fuerte y cuadrada, cubierta por una perfecta barbita de cuatro o cinco días. Sonrisa Profident reflejando una arrolladora seguridad personal.
Vamos, lo que uno piensa cuando se deja llevar por los prejuicios y piensa en un subnormal de altos vuelos que creen que han inventado la rueda.
—Inversor de bolsa. Treinta y cuatro años y de nacionalidad estadounidense—continúa el comisario—. Socio de Andreu Viladecans. Cogió un vuelo Madrid-Nueva York la madrugada del asesinato. Desde allí otro a las Bahamas. País que como todos ustedes saben, no tiene tratado de extradición con el nuestro.
»El equipo de la Inspectora Jefe Castro ha descubierto…
Me doy la vuelta y me dirijo a la planta donde están las máquinas de café. No sin antes percatarme de la mirada triste que Andrea me dirige.
Continúa en
- Relato #249159— title-regex: contiguous parts (6 -> 7)
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