Xtories

La sombra de las estrellas (V)

Archimedes no buscaba problemas, pero la fotografía lo perseguía. Cuando la realidad supera a la ficción, la única salida es romper la puerta de Lana y exigir la verdad, aunque la verdad tenga dientes y sangre.

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V

…Y MÁS DUDAS

Entre pitos y flautas aún tuve que permanecer tres días más en la capital, peleando con burócratas con y sin uniforme para arreglar mis asuntos administrativos.

Ya con todo en regla, cogí el primer tren que salía para Chicago, donde enlacé con otro de la Union Pacific destino directo a Los Ángeles. Lo que un principio me pareció una idea cojonuda, con pasar de los días y los kilómetros, me di cuenta de que no lo era tanto. Lo de tener que subirme a otro avión, sin obligación, me aterraba, pero, ver caer las horas, con todo el tiempo que da eso para darle vueltas al coco, resultó nefasto.

Tenía una especie de ansia por llegar que no era normal en mí. La dificultad de contactar con Molly por teléfono esos días, por el trabajo y la diferencia horaria, habían reducido nuestras conversaciones a dos. Eso, si a lo que hicimos se puede llamar conversar. Una comunicación a larga distancia era un suplicio. Perdía el tiempo de la forma más absurda esperando a que una operadora contactara con otra de otra centralita hasta que mi primera llamada llegaba a mi ciudad. Cuando lo hacía, tenía que tener la suerte del ahorcado para que Molly estuviera en casa. Cosa que se demostraba prácticamente imposible.

Por otro lado, tenía la imperiosa necesidad de hablar con mi cliente. De hablar o de gritarle. Desde que supe que la fotografía era auténtica, andaba echando chispas por las esquinas. Y no porque me hubiera engañado, no; sus motivos ya intentaría averiguarlos cuando hablara con ella. Lo que verdaderamente me jodía es saber que mi instinto me había fallado. Me había mirado a los ojos y me había mentido, y, yo, como un novato, me lo había tragado. Un investigador que no puede fiarse de sus instintos es como un artesano manco. Un inútil. La pregunta que me hizo Augello resonaba en mi cabeza como la bola de una máquina de pinball. El amor, ciega. ¿Sería por eso por no que no había podido distinguir la mentira en ella? ¿Podría ser tan idiota?

La última noche que había pasado en la capital volví a cenar con él. Augello, con su eficiencia habitual, me había proporcionado unos informes técnicos de la cámara en cuestión. Sabía como era y qué tenía que buscar si me encontraba otra fotografía que se hubiera hecho con ese aparato. El interrogante de cómo una cámara como esa había llegado a ser empleada en «casa», era mi hilo de Ariadna. El único que tenía hasta el momento.

Pero bueno, no todo iba a ser penas. También tenía mi diversión. Creo que fue el último día de estar allí, aún en mi hotel, cuando vi por primera vez al hombre de gris. Y lo vi porque estaba claro que él no quería ser visto. A ver, no digo que hiciera mal su trabajo, pero, yo, modestamente, tampoco soy malo en el mío. De refilón, casi imperceptiblemente, pude localizarle en dos ocasiones. Una es normal. Dos, mosquea. Tres, comienza a tocarte los cojones. Y fue esa tercera ocasión en la que me pareció verlo, subiéndose al mismo tren que yo cogía, cuando tuve claro que no era una mera coincidencia. Ese tipo me estaba siguiendo. ¡Cojonudo!

Era un tipo completamente anodino. Gris en su traje; gris su sombrero de hongo; gris en su cara; gris en su apariencia y movimientos. Gris en todo, vamos. Tenía, eso sí, unas facciones cetrinas y unos ojillos avaros detrás de unas gafas con montura dorada. Desde el momento que fui consciente de que yo era el objeto de su viaje, me dediqué a jugar subrepticiamente con él al gato y al ratón. Incluso, llegué a chocarme con él «accidentalmente» en el vagón restaurante durante la última cena antes de llegar a mi destino. De ese «fortuito» encuentro, descubrí, sin ninguna sorpresa, que se llamaba John Smith. Los documentos que alojaba en su cartera, tan bien falsificados, me confirmaron que aquel tipo tenía interés en mí. ¿Cuál? El tiempo lo diría. Por lo pronto, cuando tuviéramos que pasar el control de documentación de la Union Station, le sacaría cierta ventaja. Se conoce—y después de mi charla con el «Viejo» me quedó cristalino—que, en los días que corren, ir por ahí sin documentación, está muy mal visto.

Pese a que sus papeles acabaron en algún lugar entre Flagstaff y Joshua Tree, no me fiaba mucho. Hice dar unas cuantas vueltas al taxi que me recogió en la estación antes de asegurarme de que no me seguía y poner rumbo a las cercanías de mi casa. Una vez seguro de que no había nada raro por los alrededores, pude, por fin, tomar posesión de mi residencia.

El piso, como ya me esperaba, estaba vacio. Todo ordenado y en su sitio. Con la máquina de escribir de Molly cubierta con su sudario, fiel recordatorio de que algo había muerto. Lo que no me esperaba tanto, fue descubrir que allí no había dormido nadie en varios días. No había que ser el mejor detective desde Sherlock Holmes, para darse cuenta de ello. Me acerqué al armario de nuestra habitación para cerciorarme de lo que ya sabía. Molly no tenía demasiada ropa, por lo que fue fácil descubrir que faltaban cosas. La certeza y coger el teléfono para llamar al estudio, fue uno.

Más sorpresas. Y, no, tampoco me gustan.

Yo me esperaba encontrar al otro lado de la línea al tipo desabrido de siempre, con su marcado acento…!Coño! ¿Pero como se puede ser tan estúpido? En aquel momento me di cuenta de que el simpático, aquel que me interceptó en la fiesta para comprobar mi invitación, tenía acento germano. Disimulado, todo hay que decirlo, pero más germano que la Oktoberfest. Bueno, volveremos a eso. El caso es que, para mi pasmo, me contestó una mujer. Una mayor a juzgar por su tono de voz y, para variar, amable. Con toda corrección, me informó de que el rodaje se había detenido un par de días para preparar no se qué demonios. Y que todo el plantel artístico, había salido pronto ese día y no volverían hasta pasado el fin de semana. Me dio la opción de dejar recado, cosa que rehusé, amablemente, después de pensar en cagarme en todo el santoral romano. ¿Qué culpa tenía esa señora de mi mala estrella? Me despedí de ella, deseándole un buen día y colgué. ¿Dónde coño estaría Molly si tenía libre? Vale que no supiera exactamente el día que llegaría, pero, ¡coño! No sé…

Me planteé el ir a buscarla. Volví a coger mi sombrero dispuesto a salir, pero me detuve en el umbral de la puerta. ¿Ir dónde?¿A dar vueltas como un idiota? Tampoco me iba a quedar allí esperando a que volviera, las prendas que faltaban restaban puntos a esa opción. Por lo menos hasta la noche. Me decidí por ir acabando cosas, que siempre es un buen comienzo para empezar otras.

Abrí la maleta, saqué la fotografía en su sobre manila y me senté a mi escritorio. Rellené una factura corporativa con celeridad y la incluí en el sobre. También saqué una guía de la ciudad, consulté el capítulo referente a Pacific Palisades y busqué la residencia de Lana Schawnn. Pensé en concertar una cita por si no se encontraba en su casa, pero deseché pronto la idea. Mejor darle una sorpresa. No me gustan que me las den a mí, pero darlas yo…era otro cantar. Salí rápido hacia allá, después de comprobar los accesos y que no había rastro de mi sombra gris, conduciendo mi fiel DeSoto. A estas alturas de la película, creo mi coche era lo único fiel que me quedaba.

Pacific Palisades es otro de los exclusivos barrios de la ciudad. Pegadito a Beverlly Hills, y en forma de triángulo escaleno, desde hacía dos décadas era el lugar elegido por las estrellas para edificarse su particular monumento al ego. Aparqué delante de la mansión que la guía asociaba a la residencia de la Schwann. Una cascada de casitas de estilo español, amontonadas una encima de otra como imitando a un pueblo de montaña ibérica, me dio la bienvenida. Tiré de la cadena y esperé, pacientemente, un tiempo que se me hizo eterno. Ya estaba por darme la vuelta, mascullando en arameo, cuando una mujer de armoniosos rasgos mexica, abrió la gran puerta de madera del arco de la entrada.

—Buen día, señora—saludé ante su silencio inicial—. Quiero ver a la señorita Schawnn.

La mujer me observó con esa calma proverbial de su pueblo. Después, sin decir nada, cerró la puerta. Allí plantado me quedé con cara de gilipollas. Iba a volver a llamar cuando la puerta volvió a abrirse, esta vez para que saliera un tiarrón vestido de chófer, con su gorra de plato y todo.

—¿Qué desea?

—A ver, general—contesté en tono sarcástico—Ya le he dicho a la mujer que me ha abierto antes, que quiero ver a la señorita Schwann.

—Y, ¿usted es?...

Como os podréis imaginar, a esas alturas, la mala baba me goteaba del colmillo. Saqué una placa del Departamento de Policía, regalo de Donovan, para situaciones donde no había que dar demasiadas explicaciones. Me acerqué a aquella montaña vestida de oficial de opereta y me alcé sobre la punta de mis zapatos para ponérsela en la cara.

—Eso a usted, no le importa. Hágame el favor de informar a…

—La señora no está—contestó, impertérrito, ante la identificación.

—¿Dónde ésta?—pregunté en el mismo tono—. Es un asunto oficial, y si no me responde, aténgase a las consecuencias.

Al tipo le impresionó tanto mis palabras que, con la misma pachorra demostrada hasta el momento, se metió en la finca y volvió a cerrarme el portalón en las narices. ¡Esto era inaudito! Cabreado como una mona, volví a engancharme de la cadena, haciéndola repicar como si estuviera llamando a muerto.

Nada.

Era un auténtico pasmarote allí, en medio de una de las calles más lujosas del mundo conocido, con cara de merluza sacada del agua. No por ello dejé de sacudir el llamador. ¡Joder! parecía un aldeano medieval convocando el «a al arma» ante un ataque de piratas.

Hubieron de pasar cinco minutos para que cancela volviera a abrirse y un señor mayor, vestido de mayordomo inglés, asomara su cara de enterrador. ¿Pero cuánta gente vivía en esa casa?

—La señora le recibirá en su casa, agente—me informó, con ademanes de exquisito, el vejestorio.

Ya le iba a seguir, conteniéndome el veneno que bullía en mi interior, cuando me extendió una tarjeta con algo escrito. Acto seguido, me volvió a cerrar la puerta en la cara. Blasfemar, lo que se dice blasfemar, lo hice hasta llegar al altísimo. Antes de perder la calma por completo, leí el papel que arrugaba en mi mano. Era una dirección. Una de Topanga. Cojonudo, otra hora más de coche carcomiéndome por dentro.

Llegué a destino junto con el ocaso. La zona de Topanga Beach estaba salpicada de pequeñas casas y cabañas asomadas a los acantilados del Pacífico. Estacioné en cuesta. El DeSoto se resintió en sus amortiguadores cuando abandoné el vehículo, dejándome con el temor de que el freno no fuera suficiente para aguantar su peso en aquellos caminos empinados.

Era un buen coche. Pero tenía un defecto, no era submarino.

La dirección correspondía a una casita de madera sin ostentaciones de ninguna clase. Un coqueto porche se extendía por el frontal de la construcción, cubierto en su totalidad por una densa capa de buganvillas. Subí los tres escalones y llamé con los nudillos a una puerta con celosía.

Tras unos segundos de espera, me abrió ella. Guapísima, radiante. Natural. Vestía de forma campestre, con unos pantalones de perneras amplias y un jersey de lana con el cuello vuelto derramándose por sus hombros. Iba descalza, y sus famosos bucles estaban recogidos en un moño desaliñado por encima de su nuca.

—¡Archimedes!—se sorprendió al verme allí plantado con pinta de panoli cabreado.

Otra vez mi nombre de pila. Otra vez mi padre en mi memoria. Otra vez sonaba incluso bien.

—¿Qué haces aquí?—continuó, digiriendo la sorpresa—Yo esperaba a la policía.

—Señorita Schwann—saludé, con toda la frialdad de la que fui capaz—, he venido a traerle esto.

Le entregué el sobre manila y me dispuse a marchar.

—¿Qué es esto?—preguntó, con una mano sosteniendo el marco de la puerta y la otra ocupada con lo que le había entregado.

—Su fotografía y mi minuta—contesté antes de darme la vuelta.

—¿Su minuta? No entiendo. ¿Sabe ya quien ha hecho esto?

No terminé de hacer el giro. Me puse frente a ella.

—Sí, mi minuta. No se preocupe, podrá pagarlo sin problemas. He añadido mi descuento especial por ser tan gilipollas.

Lana Schwann cambió su expresión sorprendida por otra de estupor. ¡Qué facilidad tenía para interpretar esa mujer, por Dios!

—Yo…—titubeó—No entiendo que…

—Pues es muy fácil, preciosa. Que cómo me has mentido a la cara—pasé al tuteo para enfatizar mi drama—y yo me lo he tragado con anzuelo y todo, no te cobraré por mi pérdida de tiempo. Tú sabías que esa fotografía era real y ahora lo sé yo también. Así que para lo que me contrastaste, está resuelto. El que te hizo la foto estaba delante de ti mientras te comías esas uvas, con lo que, sabes quien era, o necesitas gafas. Sea una cosa u otra, ya no puedo ayudarte más. Es política de empresa no aceptar casos en los que el propio cliente te miente a la cara para vaya usted a saber que jueguecito. Así que…

Lana estaba a cuadros. Genuinamente sorprendida por mi diatriba. Miraba el sobre con la misma cara de asombro con la que me miraba a mí, o como miraría a un hombrecillo plateado recién aterrizado de la luna.

—De verdad que no sé…

—¿Qué no sabes que?¿Qué no sabes quién te la hizo en tus mismas narices mientras posabas? O, ¿Qué no sabes dónde encontrar una óptica?

Un lagrimón comenzó a descender por su mejilla. Maldije su suerte, quién fuera lágrima para morir en aquellos labios.

—Yo…Yo nunca—se entrecortaba como si el aire se negara a entrar en sus pulmones—… he posado…así. Te lo juro. Tiene que ser una doble o…

¡Qué soberbia interpretación! Me dieron ganas de rebuscar en mis bolsillos por si tenía algún Oscar de sobra para hacerle entrega con toda la solemnidad requerida. El cabreo era épico. No sabía si esperar que se derrumbara para aplaudir o aguardar a ver salir de la casa un «The End» con luces de colores.

—¡Una doble! ¡Claro! Nunca se me hubiera ocurrido. ¡Caso resuelto!—me mofé con la crueldad que da el enfado.

La agarré del brazo y la metí a trompicones en la casa.

—¿Tienes una lupa? Un vaso de culo ancho también me valdría.

Su desconcierto aumentó en enteros. Pero, ¡coño, si hasta yo me asusté con mi tono! Ante su inmóvil perplejidad paseé la vista por la estancia hasta dar con lo que buscaba. La solté y me dirigí a una pequeña mesa donde había vasos rodeando unas cuantas botellas. Ella se quedó expectante, siguiéndome con sus ojos asustados y húmedos. Ya con el vaso en la mano, le quité el sobre, lo desgarré y puse la fotografía encima de otra mesa, apartando lo que había encima sin miramientos. Coloqué el cristal encima de la instantánea, centrándolo en la zona de sus pechos.

—Acércate y dime lo que ves.

Ella lo hizo con miedo y sin entender. Los aumentos proporcionados por la improvisada lente, detallaban una pequeña mancha sobre la teta derecha, justo por encima de la areola. Un lunar. Ella se horrorizó al verlo, convirtiendo mi certeza en verdad absoluta.

—¿Me vas a decir que no eres tú?¿Qué se han recorrido el mundo buscando a tu gemela perdida para jugártela?—escupí con sorna—. No, no lo veo probable. La otra explicación que viene a la cabeza es mucho más lógica, y por tanto tiene más visos de ser real. Así que, depende de a cuantos les hayas enseñado las tetas, tu lista de sospechosos será más o menos larga.

La expresión de su cara volvió a cambiar como por ensalmo. Los músculos de su mandíbula se tensaron, y los ojos—¡ay, los ojos!—, se aceraron; bajando la temperatura de la habitación en varias decenas de grados.

Me pegó una bofetada de las que hacen época. Sonora, llena. Completa. Una señora hostia, con todas sus letras. El lagrimal de mi ojo izquierdo amenazó con estallar, y el pómulo me ardía como si hubiera puesto la cara en una plancha al rojo. La cara me quedó girada, y noté algo viscoso encauzándose en el surco nasolabial. Lana, en el paroxismo de la sorpresa, se llevó las manos a la boca, ahogando un grito que pugnaba por salir de ella. ¡Joder, y que hostia!

Una erupción de ira me subió a la cabeza, nublándome la vista. Mi campo visual se volvió rojo. Rojo con estrellitas chisporroteantes. En cualquier otra situación, hubiera reaccionado de una forma explosiva, abalanzándome al más puro estilo de los toros esos que sueltan en España donde Hemingway perdió la vergüenza. Pero, vayan ustedes a saber por qué, el efecto fue todo el contrario. Me tranquilicé. Toda la tensión acumulada en el cuerpo durante las últimas semanas, se me escurrió por los camales de lo pantalones.

—Lo…siento—comenzó Lana a llorar—. Lo siento mucho, Archie.

Oírla pronunciar mi diminutivo…qué queréis que os diga. Bálsamo para el alma. Se tiró a mi pecho y sus lágrimas comenzaron a filtrarse por la tela de mi camisa. Yo me quedé inmóvil, con los brazos en alto, igual que un atraco de las películas.

—Por favor—sollozó—, tienes que creerme. Tienes que ayudarme. Yo nunca posaría así. Te prometo por lo que quieras que no lo he hecho.

Reaccioné, más por hacer algo que por saber lo que estaba haciendo. La sujeté por los hombros y la aparté con toda la delicadeza de la que fui capaz. Noté resistencia por su parte, pero, finalmente, cedió, quedándose a escasa distancia de mí. Aquellos ojos, del color de los sueños, se incrustaban en mí como jodidos puñales, esperando, supongo, mi decisión. El escrutinio duró unos segundos eternos. Pero, al final, me decidí por un bando. Que los diablos se llevaran la navaja de Ockham a tomar por culo. Aquellos ojos no mentían. Eran tan reales como la fotografía.

—Está bien, Lana—antepuse mi instinto a la lógica—. Te creo. Quiero hacerlo. Aunque no entienda que está pasando aquí.

—Le… estoy muy agradecida—balbuceó—Y, arrepentida por haberle…Yo no…

—¿Volvemos a tratarnos de usted? Creo que ya hemos tenido suficiente contacto para tutearnos—la interrumpí, pasándome la mano por mi carrillo ardiente.

Ella sonrió ligeramente, ruborizándose y sorbiéndose las humedades.

—Déjame que te limpie eso—inició un movimiento para ir a alguna parte—. Tengo alcohol en el botiquín.

—Que sea irlandés, a ser posible. Y con mucho hielo.

Volvió a sonreír, despareciendo por el interior de la casa, negando, para sí, con la cabeza.

Mientras la oía trastear en alguna de las habitaciones, me centré en la fotografía. ¿Es posible hacer que alguien se vista así y pose de aquella forma sin saberlo? Sobre la instantánea cayó una gota de sangre, adhiriéndose, rápidamente a la circunferencia del vaso. Una idea me vino a la cabeza. Una idea que no me gustó nada. Pero aún estaba en el fondo de la vasija de una clepsidra, y cada pista hacía flotar la peregrina explicación que urdía, acercándola más al borde. Tenía pocas, eso es verdad, pero, de momento, la teoría que se estaba formando en mi cabeza, iban apuntando en una misma dirección. Había un nexo de unión. Vago, muy vago. Pero, nexo al fin y al cabo.

Volví a sentir la cercanía de ella y una toalla húmeda tocó mi dolorida cara. Por el momento, no le diría nada. Antes tenía que recabar información sobre un tema algo controvertido.

El whisky, por cierto, me supo a gloria.

***

Los dos amantes se fundían en un abrazo presuroso. Era su primera vez. Intentaban ralentizar el momento, hacerlo acorde a la sucinta información que poseían en aquellos menesteres, pero no podían; su instinto natural había desplazado por completo a los encorsetados manierismos sociales.

Por encima de ellos, crujía la madera del embarcadero cada vez que la suave resaca movía sus pilotes, y la luz de la luna se filtraba por las juntas del entarimado como hojas de espadas de plata. El muchacho comenzó a desabotonar la camisa de ella, pelándola como si su cuerpo fuera la fruta prohibida. Acompañaba sus dedos nerviosos con la no menos inquieta lengua, generando en la muchacha unos leves gemidos de excitación. Ella tampoco permanecía quieta. Sus dedos acariciaban a su amante con el ansía de un ciego leyendo en braille el final de una novela de suspense.

Se tumbaron en la arena. Las pequeñas conchas se clavaron en la espalda de ella, sintiendo el frío y la humedad del terreno. No le importaba. Ella ya tenía el calor metido en el cuerpo. El muchacho se tumbó a su lado, repasando las piernas de ella en toda su longitud; subía y bajaba, ahora sin prisa, pero tampoco sin pausa, desde las pantorrillas cubiertas por unas medias, hasta el interior de sus muslos; alcanzando, como quien pasa por ahí de casualidad, la tela de las bragas. Hacía pequeñas incursiones en esa zona, entrando, cada vez más, por debajo de la tela mojada. Los gemidos de la muchacha aumentaban, juntándose con los sonidos guturales de excitación de él.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo?—preguntó él, ronco, con un miedo atroz a que le dijera que no.

—Estoy…segura—contestó ella, entre suaves jadeos—, cariño. Quiero que hoy sea nuestra noche especial.

Él sonrió en la penumbra y besó con pasión desbocada los labios receptores de ella, sin dejar de mover su mano por el interior de sus bragas. Los resuellos de ambos aumentaban, más cuando el muchacho, sin poder contener por más tiempo la presión que sentía en el interior de sus pantalones, se incorporó para bajárselos. Ella colaboró en lo que pudo, para impedir que la mano de él abandonara su intimidad. Las bragas empapadas siguieron el mismo camino que los calzones de él, al segundo siguiente. Quedaron colgando de una de sus piernas. Las prisas se habían adueñado de nuevo de la pareja, y ya no había marcha atrás.

En el momento que la muchacha sentía como su hombre se estaba adentrando en ella, él sintió que algo le tocaba en la planta de los pies; dándole golpecitos. Fue un contacto desagradable, tanto, como para interrumpir el delicioso y ansiado momento.

Giró la cabeza sin salirse de ella, para echar un vistazo rápido y apartar lo que fuera con el pie. Una de las hojas de plata cortaba cerca del bulto que se mecía con la marea, iluminándolo de refilón. Era algo negruzco y cubierto de algas largas y viscosas. Los ojos del muchacho, ebrios del placer que estaba, por fin, viviendo, tardaron unos segundos en darle forma a aquella masa que golpeaba su cuerpo como si llamara pidiendo permiso para entrar. Cuando finalmente su vista se acomodó a la pobre luz, un frio electrizante congeló su cuerpo. La muchacha se incorporó sobre sus caderas, apoyándose en los codos, sin entender que pasaba. Le pasó por el pensamiento que si «aquello» era así, no se había perdido nada. Ella desde su nueva posición, distinguió rápidamente lo que se había unido a su más íntimo momento; convirtiendo su desfloramiento, en un macabro trío. La noche se rompió en pedazos.

Empezaron los gritos.