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Los días por vivir 7

Fernando se ha ido y Nacho sigue insistiendo. En medio del caos, Alberto le ofrece una mano firme y una mirada serena. Esta vez, ella no quiere huir; quiere quedarse.

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¿Qué tal anoche?

Ver a Fernando aparentemente feliz, sonriendo y cogiendo a su nueva novia de la mano, incluso entrando en un bar a divertirse y a tomar una copa, me sentó como un tiro. Conmigo no lo había hecho. Me acordé de Alberto, de la escena con Iván y Raúl, y me inundó la vergüenza. Le vi sonreír, besarla en una mejilla y hablar con una gran sonrisa. Me alegraba por él, pero aquella imagen de él con su vida rehecha me devolvía mi propia inmadurez, la absurda existencia que estaba teniendo de ama en cama, de gilipollas en gilipollas y sin ponerme seria conmigo misma. Decidí irme porque la rabia me iba a ascender, junto a las lágrimas. Tenía que cambiar, me juré una vez más.

La mañana siguiente me fui al bufete con una sensación extraña, de culpabilidad constante, con un bullicio en mi cabeza que no me permitía concentrarme ni pensar. Estaba ensimismada sin que se me alejaran las imágenes de Fernando y su novia, cuando vi a Nacho desde la cristalera de su despacho. Me miró y mantuvo la vista durante todo mi recorrido por el pasillo, con una media sonrisa de suficiencia. Luego me hizo una seña para que nos viéramos luego. Hice como que no la había visto. Me sentí avergonzada por dejarme influenciar por él. Estaba segura de que no me gustaba hasta el punto de hacerle protagonista en mi vida. Pero, sobre todo, no me fiaba de él. Me atraía, porque no lo podía negar, que siguiera pendiente de mí, de que existiera una posibilidad de volver a follar juntos, de sentir esa tremenda hombría que gastaba. Despegué mi mirada de la de él y me encaminé con rapidez a mi despacho.

Me senté en mi silla y encendí el ordenador. No pude concentrarme en los papeles ni en el correo interno. Miré mi bandeja de entrada y cliqué en algunos que me parecieron los más urgentes. Vi aparecer el rostro de Nacho en la puerta de mi despacho. Su cara seria, pero con un brillo de triunfo en la mirada.

—¿Qué tal anoche?

—Nacho, no estoy de humor… Y menos para ti.

—Me han contado que Albertito te defendió de dos anormales. —Tensó una sonrisa.

—Por favor… tengo trabajo y no quiero escucharte. Déjame en paz.

—¿Estuvo bien en su papel de héroe de mercadillo?

—Nacho, ¿quieres parar? Me aburres, de verdad...

—A mí me da igual. Con que cuando vayas a Madrid me des lo que yo te pida, es suficiente

Cerré los ojos y bufé de fastidio. Él sabía y era consciente de que me afectaba lo que me decía. Y se sentía fuerte y seguro con ese dominio que tenía sobre mí. Ese mantenimiento del hilo que un día, si coincidíamos, nos llevaría a otra sesión de sexo.

—Eres un gilipollas Nacho. Estoy harta de tu… de tu, pose, de tus estupideces… de ti, joder. Madura, coño.

No levanté la voz. Me salió entre dientes, ronca, atravesada y sulfúrica. Pero él no se inmutó. Se limitó a seguir con esa sonrisa de autosuficiencia y antes de cerrar la puerta, me fustigó de nuevo.

—Este fin de semana voy a estar ocupado… Pero el próximo, en Madrid, será diferente. Nos lo pasaremos bien. Te meteré una buena follada… como las que te gustan.

Cerró la puerta y se alejó tranquilamente sin darme tiempo a contestarle. Si hubiera tenido algo en la mano, posiblemente se lo habría tirado, a pesar de que me hubieran visto todos en la oficina.

Me noté nerviosa, con una sensación de ahogo y de vacío interior que me apretaba con fuerza. Tuve que levantarme e irme al baño. Me encerré en uno de los excusados y ahí lloré. Lloré en silencio, purgando a medias, penas, culpas e insensateces. Me había comportado como una estúpida demasiadas veces. Volvió a mi mente la imagen de mi ex y su nueva vida, la chica con la que le había visto ayer. Me sentí mal de nuevo. Y el recuerdo de los días con él volvieron, sobre todo, mi comportamiento cobarde y cínico con Fernando. «Nunca le pedí perdón…»

Regresé a mi despacho casi media hora más tarde. Vi a Lorena en la puerta, que en cuanto me vio, me hizo entrar rápidamente.

—¿Qué te pasa? Estas hecha unos zorros…

—No me encuentro bien…

—Estás demacrada. ¿Ha pasado algo?

Mi silencio debió delatarme.

—No me jodas… Elena. ¿Has vuelto a hacértelo con Nacho? —me dijo en voz baja y cerrando la puerta.

Lo negué aguantándome de nuevo las lágrimas.

—No… No es eso. —Alcancé a decir a duras penas.

—Entonces ¿qué te pasa?

—Es Nacho, siempre Nacho… pero no como te crees. Me consume, me enerva, me harta. Quiere que le ayude y que le dé información, me persigue con ese tema, no me deja en paz, solo quiere… --resoplé--. Y luego soy una completa gilipollas y me dejo convencer para que me lleve a la cama.

—Te lo vengo diciendo desde que empezaste a tontear con él… —intentó consolarme acariciándome la cara.

Volví a hipar y no me pude contener. Dos lagrimones empezaron a rodar silenciosos y pesados por mis mejillas.

—Debes controlarte.

Volví a negar en silencio.

—No sé si puedo… Me siento tan estúpida.

—Tienes que tranquilizarte y decidir qué vas a hacer con tu vida. Sin Nacho, por supuesto.

No nos dimos cuenta, pero en se momento entró Alberto. Bueno, no exactamente, sino que abrió ligeramente la puerta y, sin percatarse de la situación en que me encontraba, me llamó. Pero al vernos así, a las dos, se quedó sorprendido.

—Perdonad…

Fue a irse, pero al verme con los ojos enrojecidos y secándome las lágrimas volvió a entrar, cerró la puerta y nos dijo a ambas.

—¿Pasa algo? —Alternaba la mirada entre Lorena y yo.

—Está indispuesta… —contestó Lorena con rapidez.

Alberto puso cara de extrañeza. Me miró interrogativo.

—No cuela… —dije, intentando incluso una sonrisa que se quedó bastante mustia.

Alberto no dijo nada, tan solo me acarició el brazo.

—Vete a casa. Descansa. Tienes mala cara.

—No… de verdad, Alberto. Te lo agradezco. Es un bajón… Nada que no pueda superar. Dame un cuarto de hora y estoy contigo.

—Como quieras, pero si lo necesitas, me lo dices. A fin de cuentas, a efectos prácticos, ya estás en mi equipo. Vengo en una hora y vemos un tema, si te parece bien.

—Sí, sí… claro.

Me sonrió, volvió a pasarme con suavidad la mano por el brazo y se marchó. Terminé de secarme las lágrimas con un pañuelo de papel que me pasó Lorena. Respiré, sonreí a mi amiga.

—Gracias…

—¿Quieres que me quede un rato?

—No, de verdad. Ya se me pasa.

—Lo que sea… Y, por cierto —señaló con el pulgar a la puerta por donde se había ido Alberto—, este sí que es un tío de verdad, no el gilipollas de Nacho, bonita. Puestas a seguir con tus juegos, date un homenaje con él.

—Qué bruta eres…

—Dicho queda.

—Creo que tiene novia —dije posiblemente con un ligero mohín de fastidio.

—Joder, no queda uno bueno libre… Bueno, Nacho las tiene a pares y es la mitad que este… A mí me pone a mil, con esos trajes impecables, las corbatas divinas, ese pelo, esos ojazos… La sonrisa… Si no fuera porque tengo a Andrés… ¡Anda que lo iba a dejar, libre! ¡Una mierda! —rio—. Aprovecha en Madrid —me dijo guiñándome un ojo.

Me senté en mi mesa un poco más tranquila. Por alguna razón, Alberto tenía una virtud muy particular. Me calmaba las tormentas solo con su presencia, una mirada o un gesto. Justo lo contrario de Nacho.

________

El fin de semana, cuando Fernando se fue de casa, fue el peor de mi vida. Eran las seis de la tarde de aquel viernes y continuaba sin tener la más mínima noticia de él. Llegué a casa y abrí la puerta, esperando encontrármelo allí. Vi un par de cajones a medio abrir y alguna cosa descolocada. Al principio pensé que nos habían robado. Luego, vi la nota. Y entendí todo.

Hola Elena.

Te pido perdón.

Soy un cobarde, Lo sé. Pero no encuentro otra forma para hacer que lo que he decidido sea firme. Si te veo, seguro que me echo para atrás. Sabes que la valentía nunca ha sido mi fuerte.

No sé ni por dónde empezar… Es la tercera carta que empiezo y voy a intentar que sea la última. Bueno ahí voy… Nos hemos destruido mutuamente. Sin necesidad, y en buena parte, la culpa es mía.

Siempre me ha costado creerme que una mujer como tú se fijara en mí. No tiene el menor sentido, la verdad. Yo soy un tipo corriente, sin demasiadas virtudes. Ni tengo un gran trabajo, ni una personalidad arrolladora, ni belleza… Tú, en cambio, eres preciosa. Todo tú, la verdad.

Por eso me conformé con que regresaras cuando decidiste tener una vida más divertida. Entonces apareció Nacho. Ahí empecé a perderte. No soy muy listo y me cuesta muchas veces razonar cuando no veo o toco las cosas. Pero sé que te has acostado con él. En buena medida, porque él me lo dijo, aunque yo ya lo sospechara. Asumí que sería pasajero, algo que surge y que hay que dejarlo terminar, por eso permanecí ajeno a esa vida nocturna tuya y a tus salidas. Esperé que alguna vez todo terminara y regresaras conmigo, como antes. Hice un pacto con el diablo y me he terminado quemando.

Ha pasado un año de aquello. Y cada vez estamos peor. Soy consciente de que necesitas más de lo que te doy. Mucho más… te he visto, sé tus gestos, tus expresiones, tus caras… Lo sé, Elena. Es inútil que lo ocultemos. Y llegará un día, casados o no, en que vuelvas a sentir el vértigo y la emoción de lo divertido, de lo prohibido. Se llamará Nacho o Luis o Pepe. Dará igual, pero volverás a caer en esa vida. Y no sé si es por mí, por ti o por ambos. Ya no estás enamorada de mí y dudo que ni siquiera me quieras. Sí, puede que todavía me guardes cariño y algo de lástima o gratitud por el tiempo que has pasado conmigo. Pero nada más. Por eso es mucho mejor que te deje en paz, que vivas sin mí, sin que aparezca, sin que esté… Sin que te agobie ni asquee.

No me queda mucho más que decirte, Elena. No me llames, porque me partes el corazón. No debo contestarte, es lo mejor para ambos, estoy convencido.

Creo que en el fondo, te querré o sentiré cariño por ti, siempre, rehaga mi vida con quien sea, pero siempre serás alguien importante para mí. Aunque tengo que olvidarte y escapar de lo nuestro.

Ten cuidado con Nacho… No es de fiar. Al final, ha conseguido que rompamos. Sé que te atrae, y que estarías dispuesta a volver a acostarte con él. Pero tengo la absoluta convicción de que solo quiere utilizarte, tener una relación de sexo y dominación contigo.

Pero bueno, ya no es mi problema. Sea lo que decidas, estará bien. No me llames, por favor, y deja que rehaga mi vida.

Nada más Elena. Adiós y te deseo la mejor suerte de todas. Un beso, Fernando.

Fernando había roto nuestra relación. Y estaba siendo un caballero, achacándose buena parte de culpa cuando los dos éramos conscientes de que la tenía yo toda. Yo la había dinamitado y hecho pedazos. Él solo había ratificado aquello. Después de todo este tiempo, de las cosas tan buenas que habíamos construido ambos y vivido juntos, de planes en común, todo terminaba. Con una nota, una triste nota. «Lo tienes merecido…», me dije.

Me quedé un poco noqueada. A pesar de todo, de querer romper y de no haber sido valiente para hacerlo yo, no había vislumbrado esta posibilidad. Si acaso, de forma estúpida y casi egocéntrica, siempre pensé que, llegado el caso, sería yo la que cortara la relación. Aunque no me engañaba. Todo venía de mis dudas, mis temores acerca de Fernando, de nuestra cada vez más exigua sexualidad, la vida alegre y el sexo sin compromiso que me había inoculado yo misma…

Leí la nota varias veces. Como un autómata. Sin dar crédito y pensando que podía ser un calentón. Pero Fernando, yo lo sabía perfectamente, no era de decisiones poco meditadas o rápidas. Esto, sin duda, era algo que le había venido carcomiendo de alguna forma de días o semanas atrás.

Y lo malo, me dije a mí misma, era que no podía colocar un pero a su decisión. Fernando podía ser un hombre que no destacara en muchas cosas. A veces dubitativo, pusilánime con el paso del tiempo, obsesivo y maniático, lejos del que conocía en un principio. Pero no se merecía lo que yo le había hecho. Y también, me daba cuenta de forma lastimosa, lo quería. De una manera especial, quizá incompleta o sin la debida rotundidad que alguien con quien pretendes vivir tu vida, requiere. Volví a llorar. Pero esta vez sola, con la seguridad de que no iba a consolarme. No me pesaba estar sola, era lo que en el fondo deseaba, pero me sentía vacía y cobarde.

¿Y ahora qué? No tuve respuesta. Un hueco desolador me contestó desde el fondo de mi culpa. Porque, aunque él no me lo dijera, ahí yacía, latente y apuntándome, un reproche. Una acusación clara, compacta; esa frialdad, ese aspecto gélido y de aparente distanciamiento hacia las infidelidades cometidas, las indiferencia, desgana y abulia con que yo le había desafiado a él y a nuestra relación, me ponían en el paredón de la culpa.

Y con toda la razón. Pero Fernando se equivocaba en algo. Con el paso del tiempo me di cuenta de que yo solo era fachada. O casi todo. Me avergonzaba de las noches con Nacho o de la orgía interminable y obscena con Iván y Raúl. Mi deseo de verme libre y sin él, era un puro espejismo que con el paso del tiempo se hizo demasiado denso y espeso.

Nacho… Sí, no podía fiarme de él. Era totalmente consciente de ello. Sabía que me utilizaba, que ejercía una influencia tóxica sobre mí, pero por alguna razón no quise que dejara de estar pendiente. Había algo en aquella carta que me escribió en lo que Fernando sí tenía toda la razón. En aquellos días, los de mi vorágine y salidas nocturnas, volvía a tener sexo con él a la menor de las posibilidades. Accedía, si me lo pedía. Ni yo misma entendía esa atracción fatal y oscura que sentía hacia él. Su pose de chulo, sus maneras, sus dictatoriales formas… No eran suficientes para alejarme de él. Y la prueba palpable de aquello, fue que cada vez que Nacho lo decidió, yo regresaba a sus sábanas y su poderosa entrepierna, sin queja ni rechiste alguno. Pero ahora, ya no. Nacho se había acabado. Estaba decidida, harta y completamente enfocada en rehacer mi vida.

Me sulfuré. Ahora, pasado aquellos días, me encontraba sola, cabreada conmigo misma, sin saber cómo enfrentarme a mis decisiones y estupideces del pasado y, sobre todo, sin tener claro la manera de afrontar una nueva vida. Una ola de enfado con esa Elena absurda y estúpida, me empezó a inundar sin pausa ni remedio. Yo había sido culpable de mi actual estado de zozobra. Y lo había pagado muy caro.

Aquel día era también viernes, como el día que se fue Fernando de casa. No tenía ninguna gana de salir, ni de llamar a alguna amiga. Ni siquiera a Lorena. No quería pasear mi tristeza ni mi idiotez por ahí. Decidí que me acostaría temprano, intentaría tranquilizarme. Dar tiempo a que las cosas reposaran, y tras la semana en Madrid, pensar seriamente en qué hacer conmigo y mi vida.

Había gente en la calle. Salían a celebrar un viernes cualquiera. Como yo misma hubiera hecho en otra circunstancia. Observé a la gente reír, caminar. Pensé en que ahora mismo no tenía a y en mí y una sonrisa triste me heló la realidad. Cuando me retiré de la ventana me sentí muy defraudada conmigo misma. Pero debía iniciar algo nuevo y distinto...

______

Por suerte, la semana de trabajo en Madrid estaba pasando relativamente rápida. Estaba cabreada, dolida y enfadada con el mundo. El lunes, además, me vino la regla, rematando mi mal humor.

El equipo de Alberto, cinco chicas y siete chicos, todos jóvenes, ninguno más de treinta años, me hizo las cosas sencillas. Él mismo, aunque no me decía nada, también. Lo notaba pendiente de mí, con una atención cercana, pero tranquila. Moderada, dejándome un espacio que le agradecí. Vi en sus ojos que sospechaba que algo me pasaba, pero no me preguntó, ni hizo acercamiento alguno, sin dejar de transmitirme que, si lo necesitaba, estaba allí.

La semana fue bastante agobiante, y no me refiero ahora al tema del trabajo. Nacho me puso mensajes todos los días. Su idea no variaba: me había pedido diez expedientes de otros tantos clientes y, de premio, según su lógica, yo disfrutaría de un fin de semana lleno de sexo entre él y yo. Me había negado en redondo, sin dar demasiadas explicaciones. Pero Nacho insistía y me presionaba con archivos de audio, un par de llamadas, mails y mensajes. El último, del mismo jueves por la mañana, ya ni lo contesté. También mencionaba a Alberto, llamándole «bobo», «memo», «estirado»… Y tengo que admitir que me enfadó. No me gustaba que le llamara eso. La razón era porque se había portado muy bien conmigo y no tenía nada que reprocharle, además de que no sentía que fuera así, ni mucho menos. Pero, con un pellizco de alegría o de sensación de triunfo, sentí algo parecido a celos en Nacho. Era algo nuevo, que me agradaba, tanto la sensación porque él se preocupara por mí, como la de encontrar, por fin, una brecha en su eterna pose chulesca. No puedo negar ninguna de ambas cosas.

El bufete en donde Alberto trabajaba era grande, importante. Una firma de abogados en clara y rápida expansión, tanto en España como en Europa e Hispanoamérica. Sus oficinas, amplias, espaciosas, modernas, estaban en una de las principales calles de Madrid. Todo era orden, buenas maneras. No sé si por trabajar yo en un despacho de otra ciudad o ser este más pequeño, me parecía todo mejor, más bonito, más académico o profesional. Quizá era solo una impresión, pero lo cierto es que la tuve.

Alberto se portó muy bien conmigo. Tuvimos varias reuniones con el socio responsable de su área y no solo me apoyó, sino que me dejó ser quien planteara algunas de las cuestiones para tener una mejor optimización en la gestión de los clientes. Lo agradecí, de verdad.

El jueves comí con él. Fue algo rápido, no más de media hora, en un restaurante de cerca del despacho. Yo un plato de pasta, él una ensalada.

—Ahora entiendo que no tengas nada de tripa.

—Me halaga que te fijes en mí… —me dijo con desparpajo—. Tú tampoco tienes, por cierto.

—Yo me llevo cuidando siempre. Y tengo suerte. Eso que llaman genética. Mi madre es igual que yo.

—Pues qué suerte. Yo no. Gimnasio, procuro comer sano entresemana, juego al pádel, al golf… Bueno, y cada quince días al fútbol con los de la oficina. Siempre les ganamos a los socios… Salvo cuando traen a dos clientes que fueron jugadores del Real Madrid.

—Lo mismo por eso te quieren ascender…

—Lo primero, eso es una mera suposición, letrada. —Sonrió—. Lo segundo, que no es tan sencillo.

—Es lo que se dice por el despacho.

Le dije la verdad. Y yo estaba segura de que él lo sabía y era consciente. Todo su equipo lo daba por hecho y no desentonaba cuando se le veía trabajar. Tenía carisma y liderazgo.

—Bueno, en cualquier caso, se verá —dijo con tranquilidad mientras comía de su ensalada.

—¿Si no lo consigues? ¿Te irás a otro despacho? Quiero decir, y no me tomes por indiscreta, pero… bueno, serías un buen fichaje. Tienes currículum y clientes… —me encogí de hombros.

—No me mueve eso. O, bueno, mejor dicho… no solamente eso. Quiero vivir, disfrutar con mi familia, de mis hijos si un día los tengo… No me apetece ser un abogado de ciento setenta mil euros y bonus, pero no tener tiempo de tomar un vino con mi amigo Fer o con Rafa, en la bodega; no poder jugar al pádel el cuarteto de la muerte o al golf con mi padre y mis hermanos, o llevar a mi madre al cine o a mi mujer a cenar… Como se dice ahora, no me renta.

—¿Haces todo eso cuando no trabajas?

—Lo procuro.

—Ojalá yo tuviera planes de esos para este fin de semana…

—¿No tienes a una especie de novio por Madrid?

Lo dijo tranquilamente. Obviamente no sabía lo mío con Javier, pero debí poner una cara que le hizo entender que algo no estaba bien entre nosotros.

—Si he metido la pata, lo siento, Elena. No era mi intención —se disculpó enseguida—. Alguien lo dijo en…

—No te preocupes… —le corté con suavidad, respiré con profundidad y desvié la mirada.

Se quedó callado, con la vista fija en mí. Esperando si yo tenía algo que decir. Él, al igual que cuando largó a Iván de la cervecería aquel jueves, no iba a preguntar.

—Ese supuesto —hice la señal de comillas con los dedos de ambas manos— novio de Madrid y yo… hemos roto.

—Lo siento mucho. —Posó una mirada en mí y no indagó más

—No estábamos bien… la verdad. Y lo que me espera en mi casa es soledad… No tengo ganas de salir o… en fin, que no hay el más mínimo plan allí. —Elevé las cejas y aparté un poco lo que quedaba de mi plato de pasta. Me había abandonado de golpe el apetito.

Alberto asintió tres o cuatro veces, como asumiendo el tema. Pinchó los últimos restos de su ensalada, se limpió con la servilleta y apoyó los codos en la mesa.

—No vuelvas, si no tienes ganas.

—Tengo que regresar…

—¿Por qué? —me dijo muy serio—. Si te entristece, no lo fuerces. Siempre hay tiempo de hacr lo que a uno no le apetece, por desgracia...

—Mi trabajo en Madrid termina mañana. ¿Qué hago aquí sola el fin de semana?

—¿Quién ha dicho sola? —se detuvo un momento, se echó hacia atrás en la silla y sonrió un poco más—. Te propongo algo… Hoy tengo una cena con mis alumnos. Es informal, una copa como mucho. Yo luego me voy a casa. Ellos han terminado exámenes y se quedarán, como es normal. Y mañana viernes tengo mesa en un sitio muy especial. La persona que iba a venir conmigo, no lo va a hacer. Me puedes acompañar tú si quieres y así no cancelo la mesa. Y el sábado y el domingo tengo pensado irme a una casita donde me escapo para no tener contacto con nadie.

—¿Y por qué iba a ir yo, si no quieres ver a nadie? —me quedé pensativa imaginando que era la tal Natalia quien no acompañaría a Alberto en esa cena. ¿Qué era ella para él? ¿Una exnovia?

Me quedé mirándolo, intentando descifrarle. Sonreía como siempre. Lentamente, con el brillo verde de sus ojos y una sensación de tranquilidad apabullante.

—Porque, como a ti, a mí se me hace un mundo el fin de semana en mi casa de Madrid. Me temo que habrá alguna movida… —Me confesó sin apartar un momento sus ojos de los míos

—¿Puedo preguntar por qué?

—Sí, claro.

Me quedé esperando su respuesta, abriendo mucho los ojos. Él, ni se inmutó.

—Si quieres saber la respuesta, quédate. No pierdes nada, y lo mismo, hasta te diviertes.

—Te lo agradezco, Alberto. Pero tengo el billete de tren… salgo del hotel mañana por la mañana, no tengo mucha ropa…

—¿Un billete de tren y ropa te va a impedir algo, si te apetece?

—No he dicho que me apetezca… —sonreí.

—Si no te tentara la idea, no habrías puesto de excusa todo eso y sí algo como —compuso un gesto como si estuviera imaginándose algo, mirando al techo y meneando ligeramente la cabeza. Imitó una voz femenina—. Buf, Alberto, me es imposible. —volvió a su tono normal—. Y la excusa sería un compromiso familiar, un cumpleaños de una amiga, una cena o aniversario de tu promoción… Una de esas reuniones aburridas que todos hemos utilizado en alguna ocasión para no quedar mal y que suenan ineludibles.

Me froté la cara con las manos y apoyé los codos en la mesa como él. Era un tipo simpático, agradable y atractivo. Recordé lo que me había dicho Lorena y sonreí de nuevo esta vez más para mí. En otro momento o circunstancia… quizás. Aunque tenía muy claro que Alberto no era como Nacho, Iván o Javier. No lo veía como un amante esporádico o de una noche.

Era evidente que yo le podía atraer, pero no me lo imaginaba tirándome los tejos en un bar, ni siendo un pesado de esos que te invita a una copa y a la primera te pone la mano en la cintura o te mira las tetas. Eso me tranquilizaba. Estaba segura de que, en ese aspecto, se comportaría y no haría nada inadecuado.

Pensé en Nacho y en su mensaje de esta misma mañana insistiendo en que el sábado llegaría pronto y según sus palabras, me das las carpetas de esos clientes y de premio te voy a dar una buena follada. De esas que nunca se te va a olvidar. Solo de pensar en él y en sus manipulaciones, sentía arcadas. me espabtaba la posibilidad de no poder zafarme de él o de que me siguiera importunando. Si aceptaba la propuesta de Alberto, me ayudaría a quitarme de en medio ese compromiso creado por Nacho a mi costa.

—No sé, Alberto. Te lo digo en serio. Estoy un poco plof…

Era cierto. Durante toda esa semana había intentado contactar con Javier un par de veces, para sondearle. No tenía muy clara la razón, pero algo me empujaba a gastar la última bala y tratar de recomponer mi vida de una forma mucho más moderada y tranquila No me contestó a las llamadas y solo a un mensaje, diciéndome que este fin de semana estaba de viaje. Se despidió con un triste y apañado besos y nos vemos cualquier otro día. En el fondo era lo esperado, me dije a mí misma, tras leer aquel mensaje de Javier. Yo quería estar con alguien serio y formal, pero incluso sabiendo que Javier distaba de serlo, era el único que tenía para volver a huir de Nacho y sus redes. Lo cierto era que me creaba mucha incertidumbre e intranquilidad no tener a esa tipo de persona cerca. Para colmo de superficialidades, mi ginecólogo me había recetado la píldora tres semanas antes, el tiempo que llevaba tomándola. Justo ahora que pretendía abandonar la vida de sexo casual y noches locas. Todo en mí era incongruente.

—Razón de más, si estás decaída. Fíate de mí. —Se quedó un momento quieto, mirándome. Puso cara de niño bueno.

Y entonces, asentí. Despacio, mirándolo yo también a los ojos y sintiendo que era cierto; no tenía nada que perder.

—Me alegro de que me permitas ser tu acompañante este fin de semana. Intentare no aburrirte y ser un buen anfitrión.

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Fragmento de "Los días por vivir", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.

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