Xtories

Paola (Versión de Sandra)

Siempre esperó esa faceta canalla que Alberto no tenía, pero no imaginó que encontrarla la convertiría en la esclava de un hombre que la destruiría. Ahora, sentada en un banco, mira cómo el hombre que la amaba incondicionalmente es feliz con otra, mientras ella limpia los baños de una vida que ella misma despreció.

Apasionado 216K vistas9.4· 39 votos

Paola (Versión de Sandra)

No me gire hasta que Alberto cerró la puerta, en ese momento deje de hacerme la ofendida. Camine hasta un parque cercano de mi antigua casa y me senté en uno de los bancos que se encontraba vació, mire el sobre y no pude evitar entristecerme profundamente.

Eche mis manos a mi rostro y no pude evitar echar la vista hacia el pasado, Alberto y yo nos conocimos en la universidad. Era heavy, llevaba el pelo casi hasta la cintura, camisetas de los Iron Maiden y una chupa que le daba una imagen de malote. Cada vez que lo veía, se me mojaban las bragas. Era un hombre muy guapo, tenía que conocerlo y no ceje en mi empeño hasta que lo conocí.

Fue en una de las fiestas de la facultad, me acerqué a él con una idea en la cabeza y me encontré con una persona totalmente diferente. Yo pensé que sería un chulo y un broncas y resulto ser un hombre atento, amable y muy divertido. Me gusto mucho, pero dentro de mí esperaba la versión canalla y al no encontrarla sentí cierto decepción.

La noche fue pasando y llego la hora de volver a casa, Alberto tenía una Harley. Me contó que la construyo desde cero con la ayuda de su padre y tardaron mucho porque encontrar las piezas no resulto nada fácil. Esa parte de Alberto me gusto mucho, él no era el típico hijo de papa que se lo daban todo echo. Él era una persona que conseguía las cosas con el sudor de su frente y trabajo duro.

Sacaba las mejores notas de su promoción, él tenía una beca y tenía que mantener una media para poder mantenerla. Salía con él todos los fines de semana y la verdad es que me divertía mucho. Un día me llevo a un antro de heavy metal, era oscuro y muy lúgubre. Al entrar por la puerta todos se quedaron en silencio, nos miraban. Alberto se reía, después de esa sonrisa, todos empezaron a reírse. Se levantaron y todos y cada uno de ellos/as se fueron presentando a mí.

Fue una noche estupenda, entre los amigos de Alberto había gente de todas las edades. La música no me gustaba nada, pero tengo que reconocer que el ambiente era muy bueno. Parecían una gran familia donde había sido aceptada y ya me consideraban una más. Todos llevaban ropa negra, chupas de cuero o abrigos de cuero. Yo, sin embargo, llevaba un vestido blanco y sobre él una cazadora vaquera que destacaba muchísimo.

La siguiente semana me toco llevarle a mi terreno, le llevé a un local donde sola ir con mis amigas, era un local de esos pijos. Alberto se reía diciendo que me divirtiera pues no creía que le dejaran entrar, cuando llegamos el segurata le miro de arriba abajo y fue a decir algo, cuando se dio cuenta de que iba de mi brazo. Como ya me conocía decidió dejarlo pasar, entramos dentro.

Alberto no paso desapercibido, a diferencia de la semana anterior. Él no fue bien recibido, todas eran miradas llenas de asco y agresividad. Yo me empecé a preocupar, él parecía no inmutarse. Me miro a los ojos y me dijo si quería algo de beber, fue a la barra y espero pacientemente a que el camarero se dignara a atenderlo. Veía como lo ignoraban y atendían a personas que habían pedido después de él, Alberto y el camarero cruzaron un par de palabras y me temí lo peor.

Alberto tenía una cara muy seria, al final le atendieron y se acercó con las bebidas.

• ¿Ha ocurrido algo Alberto, que te ha dicho? – pregunte.

• Nada, Sandra, no te preocupes – con una sonrisa.

Después fuimos a donde se encontraban mis amigas, el recibimiento a Alberto no podía haber sido más frió. Eso fue algo que me enfado muchísimo, los amigos de Alberto me trataron muy bien toda la noche y mis amigas no se estaban mostrando a la altura. Discutí con dos de ellas y fue Alberto quien medio entre nosotras para que la cosa no fuera a mayores.

Esa noche bebí más de la cuenta, no sé cómo llegué a casa, un olor a comida me despertó. El dolor de cabeza era increíble, en mi mesilla tenía un baso de agua y un ibuprofeno. Me lo tomé y fui directa a la cocina, allí se encontraba Alberto cantando una de sus canciones y preparando el desayuno. En ese momento me pareció el hombre más hermoso del mundo, pero no podía dejar de sentir que no estaba completo. Yo quería a un canalla y él no lo era y ni pretendía serlo.

Mientras desayunaba, no podía dejar de mirarlo, tenía una sonrisa magnética. Mi coñito estaba encharcado, aunque tenía un dolor de cabeza que me estaba matando. Me levante y me baje las bragas, Alberto se quedó sin habla. Llegue hasta él y palpe su entrepierna, la tenía dura como el acero y con destreza le baje la cremallera y libere su polla. Esa mañana perdí la virginidad con Alberto, jamás me he arrepentido de esa decisión.

Alberto, me trato con tanto cariño que se me saltaron las lágrimas, al principio estuvimos un poco torpes, pero cuando nos dejamos llevar por nuestros instintos. Todo fue mucho más rodado, Alberto me miro y dirigió su polla a mi coñito.

Me la fue introduciendo poco a poco, estaba tan mojada que cada centímetro que esa polla rozaba mis poderes vaginales me proporcionaba un placer infinito. Empecé un mete saca que él colaboro con movimientos de sus caderas, pronto nos compenetramos y mientras yo bajaba él subía su cadera. No lo hacía nada mal y la verdad es que me estaba haciendo disfrutar.

Al final nos corrimos los dos, no fue el mejor sexo de mi vida, pero para ser el primero no estuvo nada mal.

Siempre esperé esa faceta chulesca donde me tratara como un trozo de carne, pero como me dijo un buen día, el ser heavy era una forma de vida que no estaba reñido con la educación y el saber estar. El tiempo fue pasando y él se enamoró perdidamente de mí, yo, sin embargo, lo quería, pero no lo amaba al punto que él lo hacía conmigo. Su carrera se fue endureciendo y muchos fines de semana se quedaba en su casa estudiando. Yo salía con mis amigas, ellas constantemente me hablaban mal de Alberto.

No les gustaba que alguien con esas pintas fuera mi novio, entonces en el local donde íbamos empezó a trabajar un nuevo camarero, este era tan guapo como Alberto, pero el sí tenía esa vena canalla que a Alberto le faltaba.

• Sandra, mira como te mira el nuevo camarero – dijo una de mis amigas.

• Déjalo, yo estoy con Alberto – dije enfadada.

• No sé que le ves a ese piojoso, déjalo en ese bar apestoso donde lo encontraste y busca un hombre de verdad – dijo mi amiga.

Ese fin de semana no paso nada, pero las palabras de mis amigas empezaron a hacer efecto y paso lo que tenia que pasar. Dentro del local no se podía fumar, salí a fumar a fuera y aproveché para llamar a Alberto. Mientras hablaba con él vi como uno de los coches se movía de forma extraña, me acerque llena de curiosidad y lo que vi me dejo sin palabras.

El nuevo camarero se estaba follando a una chica con tal dureza que se me cayó hasta el móvil, no pude evitar tocarme y eso que estaba en la mitad de la calle. Él me vio y me sonrió, desde ese momento caí en sus redes, aunque yo no fuera consciente todavía. Me fui a casa muy confusa, pase una semana muy mala. No podía mirar a los ojos a Alberto, no se merecía que le hiciera eso y decidí que no ocurriría.

Soy una mujer débil, lo reconozco, porque el viernes siguiente era yo la que estaba en ese mismo coche recibiendo las embestidas de ese camarero con una sonrisa de oreja a oreja y babeando del gusto. Me hizo comerle la polla y fue la primera vez que me trague una corrida, no se lo hacía ni a Alberto.

Mientras duraba el polvo, todo eran alegrías, pero cuando todo acabo y me dejo en el aparcamiento tirada como una colilla. Empecé a sentir un sentimiento de culpa muy grande, me limpié con un kleenex y decidí coger un taxi y volver a mi casa. Solo tenia ganas de llorar, los remordimientos me duraban hasta que volvía a ver a ese camarero y volvía a terminar bramando dentro de ese coche.

La infidelidad duró hasta que un fin de semana volvimos al local y había un camarero nuevo, según nos enteramos, el anterior camarero se había follado a la mujer del dueño del local y este les había descubierto. Yo respiré aliviada, lo había pasado muy bien y no había sido descubierta, pero también tenia claro que no amaba a Alberto. No tenia intención de dejarlo, ningún hombre me había tratado como lo bien que me trataba él.

Los años fueron pasando y ambos terminamos nuestras carreras, Alberto se convirtió en un ingeniero con las mejores notas de su promoción y para cuando le dieron el diploma las mejores empresas se lo rifaban. Yo fui escalando puestos hasta convertirme en una de las ejecutivas más jóvenes de la empresa, este puesto me lo gané a base de esfuerzo. No vayáis a pensar mal.

Alberto y yo llevábamos algunos años de novios, lo de casarnos jamás se pasó por nuestras mentes, hasta que mi madre me dijo que era hora que nos casáramos, que hombres como Alberto no abundaban. Mis padres eran muy antiguos y no concebían que viviéramos juntos sin estar casados. La insistencia fue tan grande que al final se lo pedí a Alberto, este me miraba extrañado, pero con lo enamorado que estaba de mi acepto con una bonita sonrisa en el rostro.

Nos casamos en una bonita ceremonia, solo fueron familiares y amigos. La luna de miel fue muy intensa, casi no salimos de la habitación del hotel. A la vuelta fue cuando todo empezó a cambiar, yo seguía quedando con mis amigas. Algunas veces venía Alberto y otras no, mis amigas eran muy ariscas con él. Alberto me dijo que jamás me prohibiría dejar de ver a mis amigas, pero él prefería mantener las distancias con ellas.

Yo lo entendí, sé que debí quedarme al lado de Alberto, pero yo quería seguir saliendo y no me di cuenta de que mi vida había cambia y era yo la culpable de ese cambio al haberle pedido a Alberto de casarnos. Mi madre volvió a entrometerse diciendo que era una mujer casada y que no estaba bien llegar a las tantas, mientras mi marido me esperaba en casa.

Mi actitud hacia el cambio, me sentía atrapada como un pájaro en una jaula y sé que eso hacía mucho daño a Alberto. Llego al punto de pensar que ya no le quería y me dijo que si no estaba a gusto que nos divorciáramos, yo no quería divorciarme. No por mí, sino por lo que dirían mis padres. Era mirar a Alberto y mi sonrisa se borraba, intentaba evitarlo, pero era imposible.

Inconscientemente, culpaba a Alberto del cambio de mi vida cuando había sido yo la única culpable. Todo cambio cuando llego un proyecto que tendríamos que hacer entre la empresa de Alberto y la mía. Él sería el ingeniero encargado de hacer el proyecto y yo la que tendría que negociarlo en Milán. Alberto estaba muy nervioso, pero yo sabía que si alguien podía llevar el proyecto a buen puerto era él.

Llego mi primer viaje a Milán y allí tendría que reunirme con el cliente que nos había contratado, llegue al aeropuerto y había una limusina que me llevaría a su despacho. Cuando llegue me encontré con el hombre más guapo que hubiera visto en toda mi vida, él sabía el magnetismo que causaba con las mujeres y no lo disimulaba. Me sonrojé como una colegiala, ese hombre cumplía con los requisitos que tenia que tener mi hombre ideal.

Nuestras reuniones dejaron de ser de trabajo para convertirse en algo mucho más íntimo, una noche me invito a su yate para cenar y hablar sobre el proyecto. Hablar hablamos poco, más bien porque lo primero que hizo cuando llegue al barco fue ponerme de rodillas y hacerle una mamada, reconozco que las mamadas no eran mi fuerte, pero con sus indicaciones conseguí proporcionarle mucho placer.

Esa noche follamos por todo el barco y terminé aullando a la luna mientras me embestía desde atrás, su polla era más grande que la de Alberto y este era todo un experto en lo referido al sexo. Para cuando se corrió el yo había tenido unos cuatro orgasmos, desde esa noche me convertí en su mujer. Me exhibía ante todos sus amigos y yo me sentía la mujer más feliz del mundo, durante los viajes no me acordaba de Alberto,

Llegue al punto de no mandarle ni un mísero mensaje de que había aterrizado bien, ignoraba sus llamadas. Había encontrado la felicidad al lado de un poderoso hombre que me había elegido por encima de otras mujeres más hermosas y más jóvenes. Alberto sería mi marido a ojos de todos, sobre todo a ojos de mis padres y yo sería feliz al lado de Piero. Lo duro se hacía cuando tenia que volver a casa, una de las veces llegue tan contenta a casa, me dolía todo de lo mucho que había follado con Piero, me había llevado al cielo orgasmo tras orgasmo.

Cuando entre en casa vi la felicidad reflejada en el rostro de Alberto y seguido mi sonrisa y buen humor se esfumaron, ver a Alberto llorar no fue un plato de buen gusto. Me dijo que él ya no me hacía feliz y tenia razón, pero yo no quería divorciarme. De esta manera podía tener a Alberto como tapadera a ojos de los demás y disfrutar con Piero. Sé que soy egoísta, pero por primera vez era feliz de verdad y no pensaba renunciar a nada. El proyecto se acabó, Alberto y yo teníamos que viajar a Milán para que él hiciera la presentación del proyecto. Alberto vio este viaje la manera de reconstruir nuestro matrimonio, eso era imposible, pero se le veía tan ilusionado que no quise decirle nada. La presentación era muy importante, cuando llegamos la presentación se haría en uno de los mejores hoteles de Milán, Piero era el dueño. Alberto y yo cogimos una habitación, a mí no me apetecía, pero tenia que guardar las apariencias.

Llego la hora de la presentación y tengo que decirlo, el rato que puse atención a Alberto tengo que decir que hizo un trabajo de diez, entonces Piero se sentó a mi lado y empezó uno de sus juegos, en este quería humillar descaradamente a Alberto. Sé que tendría que haberlo impedido, pero ese hombre era superior a mí. Exagere mis risas para que Alberto las pudiera ver, se mantuvo firme y termino la presentación de forma impecable.

Cuando término y todos terminaron de felicitarle se acercó a la mesa, yo me estaba riendo con Piero, un serio Alberto le pidió educadamente a Piero, que dejase su asiento libre y este volviera al sitio que le habían asignado. Vi enfado en el rostro de Piero y ese enfado lo reflejo en mí, yo estaba totalmente hechizada por ese hombre e hice algo de lo que más adelante me arrepentiría.

• Le importaría volver a su sitio, está ocupando el mío – dijo serio.

• ¿Sabe usted quien soy yo? – pregunto Piero molesto.

• No y la verdad es que me importa muy poco, con que deje mi sitio libre me conformo – dijo Alberto.

Después de escuchar lo que dijo Alberto lo mire con odio.

• Alberto, discúlpate con Piero y después ve al lugar que tenía el asignado – dijo Sandra.

• ¿Cómo dices? – pregunte cabreado.

• Que me estorbas, así te queda más claro – dijo Sandra.

Alberto estaba rojo de ira, le estaba humillando innecesariamente y todo por contentar a Piero, también tengo que reconocer que eso me excitaba. Alberto volvió a pedir con educación a Piero que le devolviera su sitio y eso que se le notaba muy cabreado. Piero era un hombre que no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria y se levantó muy enfadado.

Era más alto que Alberto, pero mi marido no se achicaba, estaba acostumbrado a ese bar heavy que tanto frecuentamos y allí había personas muy duras, entonces apareció uno de los jefes de Alberto y se lo llevo a un lado de la sala. No sé que le diría, pero Alberto salió de esta en dirección a la salida muy enfadado y con el semblante más triste que jamás le hubiera visto.

Entonces me fije en una mujer muy hermosa que no perdía detalle, no le di más importancia y seguí disfrutando de la compañía de Piero sin Alberto incordiando, estuvimos bailando, las miradas de mis jefes y los jefes de Alberto eran de desaprobación, pero yo era feliz y eso era lo único que me importaba. No sé cuanto tiempo había pasado, pero salimos de la fiesta y nos dirigimos a la habitación que Alberto y yo habíamos alquilado, la humillación seguía y yo era partícipe y culpable absoluta. Piero me ponía tan caliente que mientras subíamos en el ascensor me agache y sacando su polla me la metí en el boca, Piero apretó todos los botones para que el ascensor se parara en todos los pisos, podíamos ser descubiertos y ese peligro me ponía muy caliente. Por suerte no nos pilló nadie, cuando llegamos a la habitación. Yo me desnudé y Piero pudo ver como no llevaba ropa interior como él me había pedido, se acercó a mí.

Metió dos dedos en mi encharcado coñito y después me los dio a oler y a probar para que pudiera degustar mis propios flujos. Piero tenia la polla a punto de reventar, se la saqué del pantalón y me la metí en la boca. Con Alberto me costaba hacer sexo oral y, sin embargo, con Piero lo disfrutaba como nunca. Piero me tumbo en la cama y poniendo mi cabeza en la esquina de esta. Metió su polla y empezó a follarme la boca muy fuerte, su polla traspasaba mi garganta y tenia que aguantarme las ganas de vomitar.

Lágrimas caían por mis mejillas, pero todo por contentar al hombre que amaba de verdad. Estuvo un buen rato en un mete saca frenético cuando saco su polla de mi boca y me puso en la cama a cuatro patas, me la clavo por atrás y me empotro contra el cabecero de la cama, las embestidas eran brutales, pero también eran las más placenteras que hubiera experimentado. Entonces escuchamos unos aplausos y Piero se desacopló de mí, era Alberto. No se porque, pero sentí mucha vergüenza e intente taparme con lo primero que pude alcanzar, Piero se levantó muy enfadado, pero no le dio tiempo a decir nada.

Alberto le soltó un bofetón tan fuerte que pensé que se había roto el brazo, Piero cayó para atrás. La cara de Piero se transformó, cogió el móvil e hizo una llamada, después se rió y en poco tiempo llegaron dos de sus guardaespaldas, para llevarse a Alberto. Después de eso no supe nada más de él en mucho tiempo, yo empecé una relación con el que creí que era el hombre de mi vida.

Que ilusa fui, todo fue bien durante un tiempo, después empezó a llevarme a clubs de intercambio. Yo estaba tan enamorada, hacia lo que me pedía sin chistar, con él descubrí el sexo anal, era una práctica que no me agradaba mucho, pero a sus amigos socios les encantaba follarse mi culo y yo me dejaba hacer. En una ocasión me follaron dos de ellos a la vez, uno por el culo y el otro por la vagina. Me dolió a horrores, pero siempre con una sonrisa para el hombre que amaba.

Pasados ocho meses Piero empezó a ignorarme paulatinamente, una noche me llamo para decirme que tenia que quedarse en la oficina, prepare la cena para llevar, quería sorprenderlo. Me monté en el coche y me dirigí a su oficina, no lo he dicho, después de la fiesta de presentación fui despedida de mi empresa, Piero me contrato como su secretaria. Era un trabajo menor que el que tenia, pero estaba al lado de Piero y eso para mí era suficiente.

Cuando llegue use mi tarjeta de acceso y me dirigí a su despacho, según me acercaba escuche los ruidos de dos personas follando apasionadamente, el despacho de Piero tenia ventanas y detrás de una de ellas pude ver como Piero enculaba salvajemente a una becaria que acababa de entrar a trabajar hacía poco. Entonces una ira se apoderó de mí y entré en su despacho después de patear la puerta.

• ¡Cómo has sido capaz! – dije furiosa.

Piero dejo de follar y mirándome con una sonrisa me dijo.

• Tú ya eres historia, me he cansado de ti, de aquí en adelante tendrás que devolverme todo lo que he gastado en ti, para eso tendrás que ser complaciente con todos mis clientes – riéndose.

Me marché, había perdió a Alberto, había perdido mi trabajo y ahora le debía un dineral a un hombre que no le había importado lo más mínimo. Con lo poco que tenía volví al hotel donde Piero me alquilo una habitación y recogí mis cosas, cogí el primer vuelo de vuelta y cuando llegue pensé en ir a casa de mis padres. Sabía como se pondrían y se me ocurrió ir a nuestra antigua casa, sabía lo mucho que me amaba Alberto y seguro que conseguiría que me perdonase.

Cuando llegue y toque la puerta, me abrió Alberto, estaba guapísimo. Enseguida me di cuenta de que no me saldría con la mía, detrás de él apareció la preciosa mujer que se encontraba aquella noche en la fiesta de presentación. No pude evitar sentir ciertos celos aunque no tuviera derecho a sentirlos, tuve el descaro de pedirle ayuda a Alberto, este entro en casa y salió con un sobre.

• Esto es lo único que puedo ofrecerte Sandra – dijo.

• Estos son los papeles del divorcio y ¿esto? – dije asombrada.

• Es la empresa de un cliente, necesitan gente para limpiarla, no pagan mucho, pero ya es más de lo que tú hiciste por mí – dijo serio.

• ¡Yo limpiando la mierda de los demás! – dije muy furiosa.

• Es eso o ser la puta literal de Piero, tú eliges – dijo la mujer.

No me quedo más remedio que darme la vuelta y fingir un cabreo que no sentía para no ponerme a llorar. Ahora sentada en ese banco me daba cuenta de que Alberto era feliz y tenia esa sonrisa que solía dedicarme todos los días, solo que ahora esa sonrisa era para otra mujer que no era yo. Una mujer que le ayudo en sus peores momentos y ahora le hacía feliz.

Sentada en ese banco fui consciente de lo que había tenido y había dejado escapar. Conocía muy bien a Alberto y sabía que se había enamorado de esa otra mujer y yo tendría que volver a casa de mis padres con el rabo entre las patas, tuve a un gran hombre enamorado de mí y fui incapaz de apreciarlo, con las manos en el rostro no pude contener el llanto fruto de mi estupidez.

EPÍLOGO

Llevo un tempo trabajando limpiando la mierda de los demás, la peor parte es limpiar los baños. Cada día los dejan más sucios, yo era directiva de una gran empresa y ahora estaba en el puesto más bajo de otra empresa distinta. Todos los viernes solía ir a la cafetería donde solía quedar con Alberto, me escondía en el edificio de enfrente y espiaba a Alberto mientras tomaba un café y reía con esa otra mujer que para inri se veía que estaba embarazada.

Volví a echarme a llorar, el único consuelo que tuve fue enterarme de que a Piero le habían metido en prisión y se pasaría muchos años allí. La verdad es que era un consuelo muy pequeño, pues yo seguiría cumpliendo mi penitencia y está seria para toda la vida.

Tuve una buena vida y la eché por la borda por un hombre que no merecía la pena, tal vez la que no merecía la pena era yo.

FIN.