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Los días por vivir 6

Elena no iba a irse sola esa noche. Había decidido humillarlo, probarle que podía tener a cualquier hombre si lo deseaba. Pero cuando el desconocido la miró, supo que esa noche no se iría con su novio.

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¿Estás sola?

Aquel día nos fuimos en taxi, en silencio, rumiando nuestro mutuo cabreo por la ventanilla. Separada de mi novio en el espacio y en el contacto, con la mirada del conductor en el espejo preguntándose qué clase de pareja se había montado en su vehículo.

Había accedido a la propuesta de Fernando y él a la mía, Ambos por estúpidos, soberbios y orgullosos. En parte para humillarlo, hacerle sentir mal por lo que había dicho. Y, en segundo lugar, porque había alcanzado ese punto de no retorno. Yo quería aplacar ese hormigueo que me crecía dentro y que no paraba hasta tener un sexo que me llenara, por cruel que sonara esa palabra.

No era tarde. Apenas las diez y media de la noche. Una hora en que un jueves, en donde se trasnochaba menos que en un fin de semana, podía valer. Yo sabía, por algún comentario del despacho, que los clientes que venían de fuera de la ciudad solían ir a tomar una copa a un bar frecuentado por gente de alrededor de cuarenta años, divorciados, ejecutivos de viaje, solteros maduros… Un lugar al que nunca habría ido, ni siquiera entrado en mis planes de fiesta nocturna. Me pareció el adecuado para buscar a un hombre. Porque, eso iba a hacer. Ofuscada por Fernando, enfadada conmigo misma, encendida por haber cambiado a Nacho por él. Todo me encajaba y me conducía a ello.

Entré y vi el bar medio vacío. Con unas treinta o cuarenta personas. Quizá la hora, que era la del fin de la cena, podía ser la razón. Aun así, entré y me senté en la barra. Yo, distante, seria, sin mirar a nadie ni a Fernando. Me centré en el móvil, viendo las redes sociales, contestando algún mensaje…

—Qué, ¿no ves a nadie? —me dijo con una media sonrisa que intentó ser sarcástica.

—No me seas patético, Fernando… —Le hice un gesto con la mano pidiéndole que se alejara unos metros. Notaba que con él me faltaba el aire.

—Muy chula te has puesto.

—Y tú muy gilipollas.

Se apartó retador. Quizá también dolido, y humillado. Yo, en cambio, no sentía arrepentimiento, sino que era algo que me motivaba aún más a continuar con aquello. Era bizarro, extraño, excitante y morboso, pero feroz y casi desalmado.

Lo vi pedir una copa, alejado de mí. A unos cinco o seis metros, intentando disimular que estaba pendiente de lo que sucedía a mi alrededor. El camarero me sirvió una bebida que yo no había pedido, pero entendí que era de Fernando. Ni siquiera se lo agradecí. Empecé a beber despacio, con tranquilidad, dejando que mis piernas se vieran, moviéndolas en el aire, embutidas en unos pantalones vaqueros tobilleros, con rotos y rasgaduras, pero ajustados y sinuosos. En los pies, uno botines marrones de buen tacón. Una camisa y una cazadora de piel del mismo color que el calzado, completaban mi atuendo.

El bar se fue llenando, poco a poco, con grupos de dos o tres hombres y alguna mujer que los acompañaba. Por un momento pensé que me podían confundir con una puta, pero mi forma de vestir creía que lo desmentía.

No tardó en acercarse un hombre, de unos cincuenta años. Rechoncho, calvo, de gafas. Gracioso y con soltura. No me gustó ni por asomo y lo despaché enseguida, sin ser demasiado cortante. Luego llegaron dos más, juntos, ambos cretinos, creyéndose la octava maravilla del mundo. A esos sí les solté una frase que los dejó sin habla, haciendo que se volvieran hasta el grupo de amigos de donde habían salido.

Volví a concentrarme en el móvil, como si aquello fuera una defensa y una muralla ante mi estado.

—¿Estás sola? —la voz era grave, bien modulada.

Era un hombre de unos cuarenta y pocos años. Con todavía algún atractivo, aunque ya algo caduco. Se apoyó a mi lado, sin agobiarme.

—Es evidente, ¿no? —contesté con un punto de chulería.

Él giró la vista hacia donde estaba Fernando. Me preguntó con la mirada.

—Es un amigo… —dije sin dar ninguna importancia

—Ya… Bueno, a mí quien me importas eres tú. Pero no sé qué eres…

—Si con eso estás pensando que soy una puta, ya te puedes ir dando la vuelta.

—Sé que no eres una puta. No soy de los que las buscan, no es mi estilo. Pero no te quita ojo.

Miré a Fernando con un cierto toque de recriminación.

—Como te he dicho, es un amigo…

—Vale. ¿Y qué hacéis separados? ¿Os habéis cabreado? —volvió a mirarlo con un toque de guasa.

Lo miré. Luego al reloj. No tenía mucho tiempo, ni me apetecía aguantar a pesados. Decidí acotar los tiempos. No estaba de buen humor ni con ganas de alternar.

—Es mi novio. Y no le importa que me folle a otros —dije con una tranquilidad que mí misma me sorprendió.

Me quedé quieta, observando su reacción. Seria, expectante. Ese hombre me valía como cualquier otro. De hecho, de lo que había visto en el bar, era de lo mejor.

Miro de nuevo a Fernando que empezó a ponerse nervioso, luego a mí. Bebió un sorbo de su copa y pareció calibrar lo que le había dicho. No se sobresaltó ni pareció inmutarse apenas. Era un comienzo decente.

—¿Lo dices en serio?

—Sí. Pero eso te debería dar igual. La que decido si follo o no soy yo —Respiré con profundidad dando a entender que no estaba para muchas conversaciones.

—Por mí no hay problema. Si quieres, nos vamos ya mismo.

—¿Hotel o tu casa? —dije con tranquilidad.

—Mi casa, la tuya… —se encogió de hombros—. Donde quieras.

—Tu casa mejor. —Espeté directa—. ¿Está cerca?

—Aquí mismo. A pocas calles. Se puede ir andando…

Me bajé del taburete dejando la copa a medias y sin decir nada más, me encaminé a la puerta. No vi que Fernando me siguiera, mientras que el hombre pagaba las consumiciones. Saqué mi móvil y empecé a teclear. Entonces se me acercó casi a la carrera.

—¿De verdad te vas a ir con uno en mis narices?

—Espera un momento —le dije a mi acompañante, separándome unos metros con Fernando—. Es lo que tú has querido.

Yo en realidad no quería llegar a tanto y esperaba que se fuera, para tomarme una copa tranquila y volver a casa. Hacerle sufrir y castigarlo. No era tan malvada. La cara de Fernando era de sufrimiento contenido. Y le dolía. Quizá especialmente ese día.

—No pensaba que fueras a ser tan…

—¿Tan puta? Es la segunda vez que me lo llamas.

—Me estás probando —me apuntó con el dedo nervioso, pero intranquilo

—Sí… puede ser. O no —dije mostrando indiferencia, mientras seguía tecleando con rapidez.

—¿A quién escribes? ¿A… a Nacho?

—No empieces, Fernando… me agotas con ese tema.

—Estoy seguro de que es a Nacho…

—Pues si tú te lo crees, perfecto.

—Vámonos a casa —me pidió

—Fernando, por Dios, déjame en paz… vete tú y déjame que me tome una copa.

—No creo que solo te tomes una copa.

—Lo que quieras… —le dije cansada de aquella conversación.

—Te apetece montártelo con este o quien sea. No me imaginaba esto de ti, zorra… —masculló.

—Muy bien. Lo quiero yo. —Intenté zanjar el tema antes de terminar discutiendo de veras—. ¿Contento? Vete a casa y déjame en paz, anda.

—¿Qué le has dicho para que se decidiera tan pronto?

—La verdad. Que no te importa que me follen.

—Te doy asco, ya lo sé.

Bufé de cansancio y de molestia.

—Cuando te pones así, sí, te detesto.

Lo solté tal cual, sin mirar a Fernando. Sin estudiar su reacción o sin apenas importarme. Sabía que le dolía aquello, pero me era inevitable hablarle así, con unas dosis de desprecio, humillación y crueldad.

Miré para el interior del local. Aquel hombre, que ni siquiera sabía el nombre, estaba pagando con tarjeta. En ese momento tecleando el número secreto en la máquina del camarero. Giró la vista y sus ojos se cruzaron con los míos. Me sonrió.

—Pues aquí te quedas. Si no vienes conmigo, olvídate de mí.

—Déjame sola, por favor. Me pones de los nervios, joder.

Sé que aquello dolió mucho a Fernando porque se quedó un segundo quieto, impactado, procesando aquello. Pensó que en efecto me iba a acostar con un hombre al que ni siquiera había dicho cómo me llamaba. Despacio empezó a moverse. Le vi darse la vuelta con una expresión de profunda pena y decepción en su rostro. Yo estaba ofuscada, enfadada y molesta. Pero con ganas de sexo, también.

En ese momento, el hombre, salió del bar. Con la noche, sin la luz artificial me pareció más atractivo. Sin llegar a ser nada del otro mundo, pero su expresión era hasta de cierta simpatía. De hecho, saludó a Fernando presentándose.

—Hola soy Pedro…

Fernando no le contestó, ya se había dado la vuelta y empezó irse sin mirar atrás. Lo vi alejarse unos metros, hasta que se montó en un taxi y salió para nuestra casa.

—Me llamo Elena.

Mientras íbamos a su casa, andando tranquilamente, hice por no pensar en Fernando. Ya estaba todo dinamitado, sin duda. Y era lo mejor, me dije. Sabía que estaría en casa, desesperado.

—¿Es verdad que sois novios? —me preguntó Pedro mirando hacia detrás y apuntando con su pulgar hacia donde se había ido Fernando.

Asentí. Me dolía admitir aquello. Era como si supieran que me hacía falta algo más que él no me daba. Pero en ese momento de mezcla de excitación febril y enfado no pensaba en mi novio.

—Perdona que pregunte… —se excusaba Pedro, en voz baja—, pero es la primera vez que me pasa.

—No te preocupes —le contesté apuntando una tensa sonrisa.

—Bueno… entonces, subimos, ¿no te arrepientes, ¿no?

Mo le dije nada. Ni siquiera lo tenía decidido, pero entonces me llegó un mensaje de Fernando.

«Vuelve a casa, por favor.»

Cerré los ojos y me imaginé de nuevo con él. Me vi incapaz de renunciar a mi nueva vida, a Nacho y al sexo que me proporcionaba. Mi reacción era tóxica para mí misma, pero no me veía con él. Viviendo una vida sin ganas y espesa. Si continuaba, mi noviazgo se terminaba, pero lo prefería. Sonreí a Pedro.

—Sí. No me arrepiento

—Bien —sonrió complacido.

—Vas a follar conmigo, nada más.

Creo que le impactaba mi seriedad, mi tranquilidad. Mi aparente frialdad ante todo aquello. Pero por dentro me consumía, martilleándome mi conciencia con mensajes continuados de vergüenza y de que parara todo aquello ahora que estaba a tiempo.

—Aquí es. —Habíamos llegado a un portal de un edificio de casas modernas, de reciente construcción. Abrió con la llave—. Es el bajo, que tiene un poco de jardín. Por lo niños. Soy divorciado. —Se explicó, aunque no le hice mucho caso.

La casa estaba oscura y Pedro encendió la luz. No había desorden y los muebles eran baratos, pero con relativo buen gusto. Quizá los había comprado todos ya conjuntados o una mujer le había aconsejado.

—El dormitorio… está allí —me señaló poniéndome ya una mano en la cintura.

Me encaminé cogiéndole de la mano y volviendo a ignorar todo lo referente a Fernando y al nuevo mensaje que me acababa de enviar. Solo Pedro, de vez en cuando le echaba una mirada dubitativa a mi móvil cada vez que sonaba, quizá preguntándose si todo aquello era real.

La cama era grande. Con dos mesillas, una a cada uno de los lados y un armario de dimensiones normales. Dos alfombras a los pies del lecho y una butaca. Vi ropa en ella, en el respaldo. Una camisa, una corbata y un pantalón de vestir.

—Disculpa, espera que lo guarde.

Lo cogió todo y lo llevó fuera de la habitación. Me quedé sola unos instantes.

Me quité la cazadora y la dejé en una de las butacas, quedándome en camisa. Pedro llegó al momento al dormitorio y se acercó a mí. Me besó. Abrí los labios y nuestras lenguas juguetearon, veloces, voraces; yo con ganas, él excitado por la situación. Sentí sus brazos en mi espalda, aferrándome más que abrazando y yo sentí su miembro tenso y duro. Se lo acaricié por encima del pantalón, emitiendo él un suspiro de placer. Me sonrió y volvió a besarme. Noté sus manos en mi culo, apretándolo.

—Joder… estás muy buena. Ni en sueños… —me susurró en el oído intentando que fuera un cumplido y sin saber que esa frase me detonaría mañana, con seguridad, en mi interior.

Empezó a desabotonarme la camisa, besando mi canalillo, mordisqueando mi cuello. Me excitaba su delicadeza, o me excitaba aún más de lo que ya estaba. No era mi hombre ideal y estaba lejos de serlo, pero al menos sabía lo que hacía. Le desabroché también la camisa y salió un pecho con algo de vello, no demasiado fortalecido, pero tampoco fofo. Le acaricie el vientre rozándole con los dedos, enervando sus impulsos. No estaba gordo, pero tampoco delgado. Era un hombre de cuarenta y pocos años, en relativa buena forma, pero sin horas de ejercicio continuado.

Lo volví a besar con un punto más de deseo y él me quitó la camisa que cayó al suelo. Yo ya tenía mi mano derecha agarrando, por encima de su pantalón vaquero, su polla, que se adivinaba de un tamaño normal y ya preparada para follarme. Le desbotoné la bragueta con una sonrisa, lamiéndonos las lenguas por fuera de la boca.

Miré un momento al móvil con nuevos mensajes suplicantes de Fernando. Aquello, lejos de convencerme, me hizo sentir más lejanía hacia él. Sé que no me estaba comportando como era debido, pero ya estaba harta de él y de nuestras vidas. No le contesté y eché mi cuello hacia atrás al sentir que Pedro volvía a besarme en la garganta. Me desabroché el sujetador y mis tetas saltaron rotundas y firmes.

—Joder, qué preciosidad… —me dijo antes de lanzarse a comerme los pezones con avidez.

Pedro terminó de desabrocharse el pantalón y con cierto nerviosismo, empezó a quitarme el mío. Se aturulló con los botones y mi cinturón.

—Tranquilo, cariño. Ya lo hago yo —le dije mientras me descalzaba y descendía alrededor de ocho centímetros quedándome un poco más baja que él en esos momentos. Me senté en la cama para ayudarme a desprenderme de los pantalones y los dejé al lado de la camisa tirados en el suelo. Él, igualmente, se despojó de los suyos y del calzoncillo, quedando al aire una polla gruesa, de tamaño normal.

Pedro se quedó de pie enfrente a mí, que ya solo vestía unas braguitas tanga de color negro, igual que el sujetador que también yacía desmadejado en el suelo, al lado de mi pantalón y mi camisa. Le acaricié la polla. Estaba muy dura, llena de venas y un capullo rosáceo, como una seta. Así, sentada, se lo lamí despacio, mirándole a los ojos, recreándome en ello.

—Sigue, preciosa… sigue así —me susurró mirándome extasiado y acariciándome la cara con delicadeza— Buf… eso que haces me pone a mil.

Continué con la lengua, muy despacio, recorriendo el capullo en círculos muy lentos, sin dejar de sosteniéndole la mirada. Le agarré la polla y la sopesé en la mano. Era gruesa, de buena circunferencia, lejos de la de Nacho, que se me apareció en ese momento en mi imaginación. Chulo, déspota e imbécil, pero atractivo y atrayente. Pero hoy, él no me importaba nada. Estaba lamiendo la polla de un tío que me acababa de ligar en un bar.

Aquello me excitó y abrí la boca, dejando que su polla entrara en ella despacio, casi hasta la mitad, mientras con mi lengua continuaba lamiendo su glande por dentro. Me quedé así un momento, cerrando los ojos y sintiéndola toda dentro. Dura, palpitante, dispuesta a follarme. Moví la boca adelante y atrás, sin que llegara a salir su pene. Luego, sosteniéndolo y dejándolo apoyado en su vientre con mi mano derecha, le lamí los huevos y los masajeé con la izquierda. Estaban apretados, duros como piedras.

Fernando me vino a la mente en ese momento. Cerré los ojos para no verlo y me volví a introducir la polla en mi boca, más que antes, dejándola de nuevo un tiempo en ella. Me quedé quieta, volviendo a saborearla, mientras empujaba ligeramente sus glúteos con mis manos.

—Joder… para, que me corro…

La saqué y le sonreí tumbándome en la cama. Me imitó y me ayudó a quitarme las bragas que cayeron en el mismo sitio del resto de mi ropa. Él se acercó de rodillas a mis piernas separándomelas, me empezó a besar con suavidad los muslos por dentro.

Noté como su boca se acercaba a mi coño mojado, sediento de sexo, receptivo a sus caricias y movimientos. Me acarició con dos dedos y yo me quedé tumbada, con las piernas abiertas y apoyada en los codos.

Él, con una sonrisa empezó a lamerme el clítoris separando mis labios vaginales con los dedos. Emití un suspiro largo, continuado, de puro placer ansiado. Notaba su lengua experta, sabiendo lo que hacía, provocándome accesos de gozo profundos y muy placenteros. En eso, desde luego ganaba a Fernando por diferencia. Pedro, a diferencia de él, lo hacía despacio, constante, insistiendo en los puntos en donde notaba que yo me estimulaba más. Era bueno, sabía buscar el placer y dejé que continuara. No tenía miedo a un orgasmo ni a que eso me cortara las ganas. Al contrario… Le empujé ligeramente la cabeza con mi mano derecha. No hacía falta que lo guiara, pero me gustaba sentirlo así.

Continué gimiendo, cada vez un poco más alto. Echaba de menos la chulería de Nacho, diciendo que le repitiera lo bien que me follaba. Arqueé ligeramente la espalda sintiendo el inicio de un torrente de placer. Me dejé llevar con un gruñido dilatado, extenso. Un nuevo jadeo más prolongado, grave y extenuante que los demás, alcancé mi primer orgasmo.

No nos dimos apenas descanso. Con el orgasmo reciente inundándome, Pedro me empezó a besar las tetas con suavidad, siendo incluso cariñoso. Quizá eso me hizo relajarme y dejarme llevar más por la situación. Nos besamos de nuevo y le acaricié la polla, todavía tan dura como antes.

—Eres una pasada… —me susurraba en el oído con voz tranquila, casi tierna.

Me gustaba que ese hombre, un desconocido, me tratara bien. Quizá necesitaba ese sexo que notaba cada vez más necesario para mí.

Gemíamos solo con la boca, con nuestras lenguas enroscándose y tocándonos sin prisa, pero sabiendo que en breve volveríamos a acometernos.

—Me voy a poner un condón… —me dijo.

Y en ese momento, mientras él abrió un cajón de la mesilla y rompía el envase con los dientes, me estiré para chupársela y mantenerla dura. Pedro terminó de colocárselo y me puso a gatas, yo mirando al cabecero. Antes de metérmela me dio unos cuantos lametones, tanto en mi coño como en el orificio del culo, que me estremecieron de placer. Era muy bueno con la lengua. Un instante después noté su polla en la entrada de mi vagina y como empujaba con cierta prisa. Me agarró de las caderas y casi a la vez, inició un movimiento más apresurado que lo que me hubiera esperado de él, a tenor de cómo habíamos comenzado la noche.

Fueron un par de minutos continuados de feroces acometidas, de gruñidos de deseo, de dedos marcándose en mi piel, besos en mis pechos, apretones en mis tetas. Gemía, suspiraba y me percaté de que se empezaba a poner nervioso. Paraba y aceleraba inmediatamente después tras un respiro, intentando conseguir un orgasmo rápido. A pesar de su esfuerzo, era una continua serie de acelerones y retenciones que le detenían a él y a mí. Cada vez más impaciente, volvía a acometerme con demasiada velocidad. Yo estaba disfrutando, recibiendo con soltura y naturalidad unas embestidas más firmes que lo que esperaba. Gemí y suspiré, empezando a sentir verdadero gusto. Empezó a murmurar.

—Joder… joder…

Le busqué la boca en esa posición para tranquilizarlo. Le abracé por la nuca y le llevé una mano a una de mis tetas buscando que se concentrara en mí. La sacó y me puso a gatas. Volvió a metérmela y a empujar con ganas.

—Tranquilo, yo te ayudo… —le susurré con una media sonrisa para que se sosegara.

—Joder, lo siento… he bebido algo —me confesó en voz baja.

—Sigue… solo fóllame. —Le besé con un escorzo de mi cabeza y me recibió con receptividad, seguramente agradeciendo mi gesto.

Con mis movimientos, le ayudé a que su cadera me invadiera hasta el final, acompasando su ritmo al mío, haciendo que su velocidad fuera reduciéndose y se centrara en su deseo. Me besó la espalda, me acarició los pezones y me lamió por el cuello. Consiguió que yo alcanzara un corto orgasmo, solo vaginal, pero agradable y sedoso. Él continuó con su empeño, intentando endurecer su fuerza, su penetración hasta el fondo. Pero tuvo, finalmente, que desistir. Lo intentó varias veces, con verdadero interés, pero no lo lograba. Se quitó de encima de mí con fastidio.

—Coño, no puedo…

Le sonreí y le quité el condón de su polla. Me la introduje en la boca sintiendo el sabor del látex, de un punto salado que era el preseminal y me centré en engullírsela hasta el fondo. Moví el cuello con determinación, succionando, acariciándole las pelotas, recorriendo toda la longitud de su pene con mi lengua. Varias veces, con lujuria, acompañando mi mamada con gemidos, suspiros, miradas provocativas. Conseguí endurecérsela de nuevo. Me elevé para besarle. Volvía a tenerla muy dura. Seguidamente me senté sobre él, a horcajadas, y me introduje su polla. Me puse en cuclillas, subiendo y bajando y noté que empezaba a gemir.

Esta vez pensé que sí lo lograría. Apreté mis muslos para que notara todas las paredes vaginales en su miembro sin condón. Ascendí con lentitud, sintiendo todos los centímetros de su pene en mí, le acaricié el pecho y el me atrajo para sí, quedándome yo encima con las rodillas en paralelo a él.

—Tócame lo huevos a la vez… —me dijo en un jadeo.

Lo hice, pasando mis dedos, suaves, acariciándolos, pero impidiéndome imprimir la misma presión que un instante antes a mi cabalgada. Volvió a enfadarse consigo mismo al no alcanzar el orgasmo. La volvía a tener algo floja. Me la saqué y empecé a pajearle mientras le besaba, no permitiéndole hablar siquiera para que no se me distrajera. Primero con suavidad, con un movimiento firme, agarrando toda su circunferencia y sintiendo la humedad de mis fluidos en la mano.

Alternaba también con algún masajeo en sus testículos, queriendo que sus huevos se volvieran a hinchar como al principio y la polla se le endureciera. Necesitaba que me la metiera, que alcanzáramos un orgasmo cada uno.

—Lo siento… No eres tú…

Le sonreí. Casi era enternecedor su tono, como disculpándose. Tan distinto a con los que había estado últimamente. Le besé en los labios

Suspiré. El día se torcía definitivamente. Yo había alcanzado un orgasmo con su lengua y otro más pequeño después, pero me parecía muy egoísta pedirle que me volviera a lamer mi pubis, sin que él hubiera llegado al orgasmo.

—Lo siento… yo, es que pensaba que iba a ser capaz… —de defendió Pedro.

Lo callé con un beso. La polla de Pedro se venía abajo y temía que ya no se recuperara.

—Tranquilo y déjame hacer —le susurré

Alargué el beso y volví a meterme la polla de Pedro en la boca. De inmediato se endureció y me puso otra vez a gatas acometiéndome sin preocuparse por colocarse un condón, ni yo pedírselo. Esta vez, yo también empujé hacia él, con lo que en realidad era yo quien se lo follaba. Y ahora, con mejor ritmo, sin fisuras en su cadencia y con mucho más control por mi parte, alcanzó el orgasmo en poco tiempo.

—Córrete fuera —le pedí unos instantes antes de que con un bufido brutal tres largos disparos de su semen me impactaran en la espalda.

Se tumbó a mi lado, sonriente, complacido y alegre por haber alcanzado finalmente el orgasmo.

—Me voy a duchar…

—Te acompaño… —me dijo con la sonrisa, mientras yo notaba que el reguero de su esperma se escurría por mi espalda al levantarme.

—No te preocupes, ahora cambio las sábanas.

Me metí en la ducha y él detrás de mí. Empezamos a besarnos mientras el agua nos caía a ambos. Me hizo sentarme en el borde de la bañera y empezó a comerme de nuevo el coño con esa sabiduría que él conocía que tenía. Noté que era una especie de homenaje a mí, orgulloso por haber hecho que se corriera finalmente, con esa rapidez y contundencia.

Acompañaba a su lengua con el dedo, abriendo mis labios vaginales, hurgando, pulsando mi botón de placer con suavidad no exenta de firmeza. Consiguió que me volviera a correr de nuevo, menos explosivo que el primero, menos intenso, pero interno, fluido y denso.

Salimos de la ducha.

—Eres un maestro con la lengua… —le dije dándole un ligero piquito en los labios.

—Me esfuerzo… soy capaz de comerme un yogur sin cuchara. —No es que me hiciera mucha gracia esa imagen, pero al menos, me hizo sonreír. Noté sus manos en mis caderas. Queriendo continuar.

—Tengo que irme, cariño.

—Quiero verte otra vez…

—Tengo unas semanas muy complicadas ahora. Con viajes y mucho trabajo… —le respondí sin entrar en aclararle si era posible volvernos a ver o no.

—¿Me das tu teléfono?

—No suelo hacerlo… —le mentí.

—Te doy el mío… y me llamas tú. Si quieres… —Me besó en el cuello.

Fui a mi ropa que descansaba a los pies de la cama. Me senté y comencé a vestirme. Él me alargó una tarjeta. Era responsable de una zona comercial de una empresa de suministros de gas. Ya sabía a qué empresa no llamar en caso de que se nos estropeara la caldera. Mi intención era no volverlo a ver. A pesar de su cortesía, amabilidad y hasta buenas maneras, no era mi tipo.

Terminé de vestirme, y él se quedó en pantalón de pijama y una camiseta. Se volvió a acercar a mí mientras yo ya me ponía la cazadora, tirada al lado de la butaca. Me atusé la melena y él me abrazó.

—Eres preciosa… jamás te compartiría.

—Cariño… soy yo la que quiere.

Le planté en beso en la boca, sonreí y salí de la habitación.

—Te acompaño.

—No, no… De verdad, prefiero irme sola. No es tan tarde y hay taxis. Pido uno por el móvil. Gracias de todas formas.

Nos volvimos a besar y él me abrazo casi con ternura. Me noté como si fuera una especie de novia o amiga con derechos. No pude evitar despegarme de él.

—Llámame… por favor —me dijo.

Pero yo solo le sonreí y salí de aquel apartamento. Me miré el móvil. Tenía varios mensajes. Pasó un taxi en ese momento y lo paré. Me monté, ajena y distantes a toda mi vida con Fernando.

Cuando llegué a casa, Fernando me miró con despecho. No le dirigí la palabra ni le dije nada si había follado finalmente o no. Él siguió frío y con nula comunicación. Intenté sosegarme, pero le vi hermético, apartado de mí. Sin querer ni siquiera acercarse. Noté su mirada gélida, alejada de conexión. Me cambié y me senté en la cama mirando mi móvil. No tenía sueño. Fernando seguía de pie. Con unas palabras en la boca que no terminaban de salirle. Lo notaba alterado, nervioso. Le miré extrañada. Se quedó quieto de pie, cerró los ojos y pareció armarse de valor.

—El fin de semana me iré fuera, con Luis… Tienes razón. Necesitamos espacio.

No esperó a mi respuesta. Fue al dormitorio y le vi cogerse una almohada y una manta.

—Hablamos mañana… —intenté reducir mi tono y colocar uno más neutro, incluso cercano. Entendía que estuviera muy molesto conmigo y que lo nuestro se hubiera acabado. Por desgracia, no me parecía mala idea.

—No Elena. Yo ya no quiero hablar de esto. Me supera… Tu frialdad, tu soberbia, tus humillaciones. Y lo de hoy ha sido excesivo…

—Fernando… —intenté detener el torrente de palabras que se le estaban agolpando.

—… tu infidelidad con Nacho, tus ganas de no arreglar las cosas, tu falta de empatía cuando me disculpo contigo…

—Mañana, por favor… te pido perdón y te prometo que todo cambiará... —le rogué.

—…tu crueldad… —continuaba sin tomar en cuenta lo que le acababa de decir—. Hoy ha sido... ---resopló---... no quiero hablar más, Elena.

—Lo de hoy… Fernando, estoy muy… Tienes razón, ha sido...

—Yo estoy harto. --Me cortó con rabia---. No quieres que sigamos juntos. Lo tengo muy claro. No te preocupes. Podrás hacer lo que quieras, pero sin mí.

---Fernando...

---Déjame en paz, por favor.

Se marchó del dormitorio y yo miré por la ventana. Era ya noche cerrada, casi las dos de la mañana. Pensé en mí, en lo sucedido en esa noche, en lo absurdo de una decisión que ni yo misma entendía. ¿Qué me había llevado en realidad a follar con un desconocido de un bar de maduros? ¿Era tan necesario ese sexo?, ¿u hoy había sido un cabreo interno por no alcanzar con Fernando ese orgasmo que me había autoimpuesto?

«Joder…» me dije empezando a notar una presión en la garganta y en el pecho. No pude detener una especie de congoja, de pulsión por llorar, por sacarme aquella tristeza que me empezaba a pesar demasiado. Me vi a mí misma con asco, con vergüenza infinita y demasiado sólida para perdonarme. Me senté en la cama con una gran sensación de vacío, de pérdida. De valores rotos, olvidados y abandonados.

Yo no era así, me dije en un intento vano de consolarme. Entonces, ¿por qué lo hacía? ¿Qué me hacía perder los estribos? «Nacho», me contesté. Por desgracia, podía ser la clave de todo lo que me pasaba. Entendía que había sido el detonante de mi cambio de vida. La clave para no saber reaccionar ante una promesa falsa de diversión y disfrute sexual. Nacho había sido el detonador de esa necesidad de alcanzar un orgasmo sublime y brutal.

Nacho… O no. Quizá era yo misma, mis ensoñaciones, mis juegos absurdos, mi recorrido desde ese sexo con Fernando que ya se mostraba incompleto. Pero ¿si no me colmaba, entonces por qué me entraban unas ganas enormes de llorar y de sacarme el alma a golpes? Me quedé un tiempo así, sentada en el borde de nuestra cama, pensando solo en eso, en lo que tenía y lo que me faltaba. Miré el reloj. Eran más de las dos y media de la mañana y fui a buscar a Fernando. A decirle otra vez que volviera a dormir conmigo, a rescatarnos de un nuevo naufragio. Ya estaba dormido. Tenía el ceño fruncido. Seguramente se había dormido con el enfado y la sensación de lejanía con que abandonó nuestro dormitorio. Le acaricié el brazo y respiré. Mañana intentaría arreglarlo con él. Tendríamos que buscar nuestros trozos rotos y esparcidos, pegarlos con todo nuestro cariño e intentar luchar juntos con algo que habíamos creado sin tener necesidad de ello.

Cuando me levanté, Fernando ya no estaba. Le llamé al móvil, pero no me contestó. Le dejé un mensaje y deduje que habría acudido al trabajo pronto. Tenía que hablar con él y decirle que tenía razón y no debíamos continuar con nuestra relación. Al menos, me dije, debes ser clara con Fernando. «Se lo debes.»

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Fragmento de "Los días por vivir", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.