Greg & Silvia. La novia de mi amigo me morrea
Silvia corta el pelo de Greg con una delicadeza que esconde un deseo voraz. Cuando la puerta se cierra tras su novio, la máscara de amistad cae y el calor de la cocina se vuelve insuficiente para contener lo que sus cuerpos llevan tiempo pidiendo.
PRESENTACIÓN
Mi nombre es Gregorio —aunque todos me llaman Greg—, tengo veintiséis años y me dispongo a narrar una de las muchísimas anécdotas e historias que conforman la que fue mi alocada adolescencia y lo que es mi juventud.
Llevaba muchísimo tiempo queriendo iniciar este relato, pero soy víctima de la llamada “parálisis por análisis” y me ha costado mucho empezar, sobre todo porque considero que he vivido cosas que dan para película y he querido contarlo todo con tantos pelos y señales —escudriñando mis múltiples diarios de entonces— que me he ido retrasando.
He optado, pues, por narrar esta época a la cual hago mención sin tantos miramientos, yendo, en esencia, más al grano y sin respetar la cronología verdadera. Como tengo muchas experiencias de las que servirme, será en función del éxito de cada relato publicado y de sus comentarios que iré orientándome para escribir acerca de un periodo u otro. Vosotros decidís.
Por último, quiero comentar lo evidente: todos los nombres están cambiados, y los sucesos, alterados y adornados a fin de que resulten más atractivos. Solo he respetado —y hasta donde mi propia habilidad como escritor me permite— la apariencia física de los personajes. Qué creer y qué no, así como la ética o falta de ella que en mis textos se plasme, queda a juicio de cada uno, aunque es completamente irrelevante porque el objetivo último es entretener y, sí, también excitar. Espero que os guste.
MI MEJOR AMIGA ME CORTA EL PELO
Como decía me llamo Greg, y la vivencia de hoy tuvo lugar a mis veintidós años, una tarde en que Silvia, mi mejor amiga —y amante—, se me ofreció para hacerme de peluquera en mi propia casa, estando Manuel, su novio —y buen amigo mío—, presente.
Permitidme hacer, antes de continuar, una descripción de los tres:
Yo soy alto y delgado, aunque fibrado y con algo de músculo, tengo la piel blanca —tendiente a la palidez—, el pelo castaño oscuro y corto, los ojos también castaños, la nariz respingona y una sonrisa de labios con color.
Manuel, de mi edad, es algo más bajito y entrado en quilos —aunque también fuerte—, de tez pálida y moreno de pelo y ojos como yo.
Finalmente, la joya de la corona: Silvia tenía por entonces veintiún años, aunque de cuello para abajo bien aparentaba el cuarto de siglo. Alta para ser una chica, no es delgada pero tiene un cuerpazo de infarto debido a lo mucho que entrena: las piernas, las caderas, el trasero, los pechos… Tiene un físico para pecar, sobre todo sus tetas, grandes y erguidas. Es de tez pálida —en ocasiones mucho—, tiene una larga cabellera lisa y muy rubia —que se tiñe de tonos cobrizos o morados según le apetece—, los ojos castaños claros —a veces algo verdosos— y algo ojerosos, las orejas pequeñas y puntiagudas —recuerdan a los elfos— y la boca y sonrisa anchas, con unos labios rosaditos en ligera forma de corazón que son muy agradecidos al besar.
Tiene algo de complejo con su nariz, que no es enorme pero sí es verdad que destaca un poco: es simétrica pero tiene el tabique nasal ancho, dándole un aspecto chato —o, como dice ella, “aplastado”— y de generosas proporciones. Ella no me cree cuando le aseguro que me parece muy sexy, especialmente cuando sonríe o se pone de perfil.
Dicho esto, ahora sí podemos continuar:
Era verano y hacía un calor de mil demonios, así que bajamos las persianas y colocamos una silla para mí en el salón. Manuel deambulaba alrededor, observando a su chica con una mezcla de curiosidad y confianza.
—¿Seguro que quieres cortárselo aquí? —preguntó con una sonrisa, mientras acariciaba distraído el brazo de ella.
—Claro, será divertido —asintió ella, sonriendo con dulzura—. Es solo un cortecito veraniego, no puede salir mal. ¿Cómo lo quieres, Greg? —me preguntó, justo detrás de mí, con su mano derecha en mi hombro y su generoso escote rozando mi nuca.
—Déjame bien rapado de detrás y de los lados, y de arriba, córtame lo justo para que pueda peinarme rápido —le expliqué, viendo todo borroso porque me había quitado las gafas—. Más allá de eso, confío en ti.
A través del espejo que habíamos colocado delante, vi cómo Manuel se apegaba más a ella, apoyando una mano en su cintura, su gesto protector, tierno. Silvia giró la cabeza para mirarlo, luciendo su nariz ancha, mordiéndose el labio, y sus ojos se encontraron con la seguridad de su novio. Decidí animarla yo también:
—Sabes que me encanta cómo cortas el pelo, Silvia —la halagué, viendo cómo al mismo tiempo su novio le acariciaba la mejilla con el pulgar—. Lo harás bien, ya verás.
—Muy bien, pues quédate quieto y déjame hacer —me pidió ella, ahora más decidida, rascándome la cabeza con la mano, y con un brillo en la mirada.
Empezó a separar mechones, deslizando las tijeras con cuidado, cortando despacio para hacérmelo agradable, suave. Cerré los ojos y disfruté de la sensación de sus dedos recorriéndome el cuello, la nuca, los costados…
Manuel se echó en el sofá, observando con una sonrisa distraída, sin comprender que ese simple corte era un gesto mucho más íntimo para nosotros dos.
Silvia era atenta y cariñosa con su chico: le hablaba con ternura, le acariciaba el brazo cuando él se acercaba, compartía miradas suaves que denotaban confianza y afecto... Pero a cada mechón que me cortaba, su mirada se volvía más profunda, sus gestos más delicados, como si me estuviera regalando algo que solo yo podía recibir… Me estaba dedicando aquel momento.
—¿Lo quieres más corto? —me preguntó ella con voz dulce.
Antes de que pudiera decirle que sí, Manuel nos sobresaltó tras mirar su móvil, levantándose rápidamente y exclamando un “¡Hostia!”:
—Me tengo que ir: hoy entraba antes al curro.
—¡Ay, corre, no llegues tarde, cariño! —le apremió su novia, acercándose a él para despedirse.
Silvia quería darle un buen beso en los labios, pero tuvo que conformarse con uno rápido —aunque tierno— en la frente. Segundos después, y tras darme un rápido apretón de manos, salió por la puerta sin mirar atrás.
Mi amiga se me acercó entonces lentamente por la derecha, con sus ojos brillando de nuevo, mirándome con complicidad.
—Por fin solos —musitó.
La recibí con una sonrisa intensa, tomé su rostro entre mis manos y la besé con pasión, acercando nuestros cuerpos y buscando esa calidez que tanto nos gustaba. Ella me devolvió el beso largamente, sonriendo entre los labios, presionando su rostro contra el mío con una mezcla de ternura y deseo.
Después nos separamos y Silvia me rodeó el cuello con las manos, tocándome la nuca con gran afecto.
—Nunca pensé que cortarte el pelo pudiera sentirse así, tan tranquilo… Tan… apacible —me susurró, apoyando su frente contra la mía.
—No es solo el corte —la corregí, sonriendo con cariño—: eres tú. Que estés aquí. Me das mucha paz, Silvia.
Me dio un pico y retomó, toda sonriente, los ejercicios de peluquería, pero ahora con otra intención, más suave, más lenta, como un ritual que nos unía: cada gesto, cada toque, era una confesión silenciosa de amor y deseo prohibido.
Me pasaba los dedos por donde antes había mechones, acariciando la piel recién expuesta. También por el cuello, la nuca y los hombros, en una danza íntima de ternura y seducción.
Yo mantenía los ojos cerrados, disfrutando del contacto, de la confianza, de ese momento suspendido en el tiempo.
—Me relaja estar así contigo, Greg —me susurró, acercándose a mis labios con una sonrisa—. Cuidarte… Tocarte… Compartir este momento.
Los minutos se diluyeron en caricias y susurros. Ella terminó de cortar, dejándome el pelo más corto, más desnudo, y lo acarició como si estuviera tocando algo sagrado.
Me puso las gafas para que pudiera examinarme yo mismo y quedé realmente satisfecho: verdaderamente a la novia de Manuel se le daba genial.
—Eres una peluquera excelente, Silvia —le di las gracias, atrayéndola hacia mí, cogiéndole la cara con las manos y plantándole un buen beso de amor en los morros, en esos labios que tanto me gustaban y que tan bien conocía ya.
—¿De verdad? —quiso confirmar, toda ilusionada, apoyándose en mi pecho y quedándose ahí quieta, pegadita a mí, bien a gusto.
***
Nos fuimos dando tiernos besitos que, poco a poco, hicieron que nos calentáramos y se tornaran más y más pasionales. Abracé a Silvia por la cintura, con menos delicadeza y más fuerza cada vez, y ella se dejó atrapar por mi cuerpo, desnudo de cintura para arriba.
En un segundo, y poseído por un instinto animal, la empotré contra la nevera, produciéndose entonces el sonido sordo de su espalda golpeando el frío metal, y mezclándose este con un gemido suave y profundo.
La novia de mi colega me rodeó el cuello con los brazos, teniendo los labios ya abiertos antes del beso, el cual, cuando llegó, fue ya como un estallido hasta ese preciso instante contenido.
La besé con hambre, sin pausa, con una entrega brutal y dulce al mismo tiempo. Nuestras bocas se aplastaron, nuestras narices chocaron y Silvia sonrió entre beso y beso, jadeando por momentos.
—Te encanta besarme así… —susurró, con la respiración entrecortada—. En modo animal. Salvaje… Me gusta, Greg. Me pone muchísimo. Continúa.
Ella me besó entonces más lento, más profundo, presionando intencionadamente nuestros rostros, aplastando su nariz ancha y sensual contra la mía, haciéndome gemir de placer contenido.
Bajé las manos por su espalda, recorriendo su silueta con la seguridad de quien la conoce entera. Mi querida se apretó más contra mí, aplastada entre su pecho y la nevera. El frío del metal contrastaba con el calor brutal que emanaba de nuestros cuerpos, fruto de nuestro aliento, nuestros labios y nuestros cuerpos pegados.
La mordí suavemente en el labio inferior, y luego descendí hacia su cuello. Silvia cerró los ojos, ladeando la cabeza, entregada, caliente, receptiva, tremendamente sexual, con sus uñas clavadas en mi espalda.
—No te imaginas cuánto te he necesitado —murmuré, entre piel y respiración.
Ella asintió sin abrir los ojos, la boca abierta, jadeante, hundiendo los dedos en mi nuca.
—Lo sé... Lo sé… Yo también… Aaahhh… Te juro que casi no aguanto más…
Nuestras caderas se rozaban, tensas, en una danza muda. Mi hembra ladeó el rostro, buscó otra vez mi boca y me besó con una mezcla de urgencia y ternura.
Sabíamos que no había prisa alguna, ya que estábamos en mi casa, su novio no terminaría el turno hasta pasada la medianoche y aún no eran ni las seis de la tarde. Nos lo podíamos tomar con toda la calma del mundo.
Sin soltarla, deslicé una mano por debajo de su camiseta, sintiendo su piel caliente y tensa. Mi mejor amiga cerró los ojos y se mordió el labio, dejando que el frío de la nevera detrás de su espalda contrastara con el fuego que subía por su vientre.
Le comí los morros otra vez, más hondo, más sucio. Esta vez no era un beso dulce: era uno que exigía. Que rompía. Nuestras bocas se devoraban, nuestros cuerpos pegados como si hiciera semanas que no se tocaban. Silvia subió una pierna, envolviéndome la cadera, y le sujeté el muslo con una mano.
—Dios, cómo me gusta tomarte cuando aún llevas su olor encima… —le susurré, con la boca rozando su oreja, olisqueándola.
Mi amada tembló, exhalando un gemido agudo, casi roto. Me miró con los ojos abiertos de par en par, sin miedo ni culpa… Solo deseo y lujuria.
—¿Te excita eso? —me preguntó, provocándome, ya que sabía perfectamente la respuesta—. ¿Saber que aún llevo dentro de mí su dulce y sabroso exilir… y que ahora te quiero a ti?
Aquellas palabras me terminaron de encender y gruñí, y la alcé de golpe, haciéndola sentarse de espaldas sobre la encimera de la cocina. Toda sonriente, se acomodó sola, sin perderme la mirada, estirando de su camiseta hacia arriba para liberarse de ella.
—No sabes cuánto —le respondí, finalmente.
Bajé la cabeza hasta sus pechos, besando, lamiendo, mordiendo por encima de la ropa interior. Silvia me empujó contra su cuerpo, desesperada por el contacto, presionándome la cabeza contra sus tetas, contra su vientre, contra todo.
CONTINUARÁ…
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