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Saboreando los cuernos - Parte 4

Andrea sabe que Eric la espera, pero esta noche su mirada no será solo para él. Mientras él observa, impotente y encendido, ella se entrega a un baile prohibido con un desconocido que promete cruzar todos los límites.

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Capítulo 4: Tentaciones Prohibidas

Eric miraba a Andrea mientras se colocaba frente al espejo, ajustando su tanga de hilo rojo de encaje y un vestido negro ceñido que había elegido para la ocasión. Era aún más atrevido que el del pub: un escote pronunciado que dejaba poco a la imaginación, sin sujetador, claro, y una abertura en la pierna que apenas alcanzaba a cubrir el liguero. Su cabello caía en ondas sueltas, y su maquillaje resaltaba sus ojos, dándole un aire de confianza y sensualidad.

—Estás… impresionante —dijo Eric, con la voz algo ronca mientras la observaba desde la cama.

Andrea se giró hacia él con una sonrisa traviesa.

—¿Demasiado? —preguntó, alisándose el vestido con las manos.

Eric negó con la cabeza, sus ojos recorriendo cada detalle de su figura.

—Es perfecto. No puedo creer que te atrevas a salir así… Y que yo lo permita.

Andrea rió suavemente, acercándose a él con pasos lentos y deliberados. Se inclinó hacia adelante, colocándose entre sus piernas.

—¿Permitir? Cariño, esta noche es nuestra. Esto lo hacemos juntos.

Eric tragó saliva. Sus manos se deslizaron instintivamente hacia las caderas de Andrea, sintiendo la suave tela del vestido y el calor de su piel debajo.

—No sé cómo voy a manejarlo. Anoche… verte con ese tipo, la forma en que te miraba, cómo te dejaste llevar… No puedo dejar de pensar en eso.

Andrea lo miró fijamente, sus ojos brillando con una mezcla de ternura y excitación.

—¿Te puso celoso, mi amor? —preguntó en un susurro, deslizando sus dedos por el cabello de Eric.

—Un poco… pero también me volvió loco de excitación. Pensar que todos te desean y que al final eres mía… —Su voz se quebró ligeramente al confesarlo.

Andrea mordió su labio inferior, disfrutando de la vulnerabilidad de Eric y del control que sentía en ese momento.

—Entonces esta noche será aún mejor —respondió, inclinándose para rozar sus labios con los de él, apenas un toque que lo dejó anhelando más.

Eric no pudo resistirse. La atrajo hacia sí con fuerza, besándola profundamente mientras sus manos exploraban su cuerpo a través del vestido. Andrea se dejó llevar, su respiración acelerándose mientras el ambiente en la habitación se cargaba de tensión.

—Quizá deberíamos quedarnos aquí un rato antes de salir… —murmuró Eric contra sus labios, deslizando una mano por su muslo hasta encontrar el borde del liguero.

Andrea rio, un sonido bajo y provocador.

—No me voy a despeinar antes de llegar al club —bromeó, pero su tono sugería que tampoco le importaría demasiado.

Eric la levantó de repente, haciendo que soltara una pequeña exclamación de sorpresa, y la tumbó en la cama. Sus labios encontraron el cuello de Andrea mientras sus manos se encargaban de explorar cada centímetro de su cuerpo, subiendo lentamente el vestido para revelar sus medias de rejilla y el encaje del liguero.

—¿Y si llegamos un poco tarde? —propuso Eric, con la voz cargada de deseo.

Andrea respondió con una sonrisa pícara, rodeando la cintura de Eric con sus piernas.

—Mientras me dejes ir con este vestido intacto, puedes hacer lo que quieras.

Eric deslizó sus manos por los muslos de Andrea, subiendo el vestido lo suficiente como para ver el delicioso tanga rojo que tanto le gustaba. Sus ojos se oscurecieron al admirarla, y no pudo contenerse más. Bajó la cabeza, dejando un rastro de besos húmedos desde su cuello hasta el borde de sus pechos, presionados contra la tela del vestido.

Andrea arqueó la espalda, dejándose llevar por la intensidad de sus caricias. Sus gemidos suaves llenaban la habitación, animando a Eric a moverse con más urgencia. Él desabrochó rápidamente el liguero y apartó a un lado el hilo del tanga, exponiéndola completamente a su mirada hambrienta.

—Eres demasiado perfecta… —susurró antes de posicionarse entre sus piernas.

Andrea le sonrió con un aire juguetón, pero al notar su ansiedad, le acarició el rostro.

—Tranquilo, cariño. Tenemos toda la noche…

Pero Eric no podía esperar. La presión en su interior crecía con cada segundo que pasaba. Entró en ella con un movimiento firme, provocando un jadeo ahogado en ambos. Andrea cerró los ojos, disfrutando de la conexión, pero rápidamente notó el ritmo frenético y descoordinado de Eric.

—Eric… despacio —murmuró, aunque su tono no era de queja.

Sin embargo, Eric estaba perdido en el calor del momento. Sus caderas se movían con un deseo desenfrenado, como si no pudiera detenerse. Andrea, excitada por su entrega pero consciente de su inexperiencia en controlar este tipo de situaciones, lo sostuvo de los hombros para intentar moderar el ritmo.

No sirvió de mucho. Después de apenas unos instantes, Eric soltó un gemido profundo, clavando sus dedos en las caderas de Andrea mientras alcanzaba un orgasmo abrupto y precoz. Su cuerpo se tensó, y colapsó sobre ella, jadeando con fuerza.

Andrea abrió los ojos, sorprendida, y luego dejó escapar una risita suave mientras le acariciaba el cabello.

—Bueno… eso fue rápido —bromeó, con un tono cariñoso que dejaba claro que no estaba molesta.

Eric levantó la cabeza, su rostro rojo de vergüenza.

—Lo siento, Andrea… es que no podía…

Ella lo interrumpió colocando un dedo sobre sus labios.

—Tranquilo, tonto. Me gusta saber que te pongo así. —Su sonrisa se tornó más traviesa mientras añadía—: Pero vas a tener que compensármelo más tarde, ¿vale?

Eric asintió rápidamente, besándola con ternura pero con la promesa de que esto no terminaría aquí. Andrea, aún con las piernas alrededor de su cintura, lo miró con una chispa en los ojos.

—Además, esta noche apenas empieza, cariño. Aún hay mucho que podemos disfrutar juntos.

El ambiente seguía cargado de erotismo, pero ahora también de expectativas para lo que vendría más tarde en el club. Ambos sabían que esta experiencia recién estaba comenzando.

El taxi se detuvo frente a un edificio discreto, en un barrio discreto de Barcelona, sin rótulos llamativos ni señales evidentes de lo que ocurría dentro. Las luces tenues del lugar iluminaban una pequeña puerta negra custodiada por un portero. Eric ayudó a Andrea a bajar del vehículo, sus ojos recorriendo una vez más su figura. El vestido negro que había elegido parecía aún más provocativo bajo la tenue iluminación de la calle.

—¿Estás lista? —preguntó Eric, intentando ocultar el nerviosismo en su voz.

Andrea le lanzó una sonrisa juguetona mientras se acomodaba el vestido y tiraba ligeramente de las medias de liguero que apenas asomaban por la abertura de su falda.

—Creo que la pregunta es si tú estás listo.

Eric tragó saliva, sintiendo una mezcla de emoción y ansiedad. Era su primera vez en un lugar así, y aunque lo habían planeado juntos, no podía evitar la oleada de pensamientos que lo inundaban. ¿Cómo sería? ¿Cómo reaccionaría Andrea al ser el centro de atención?

El portero los saludó con un gesto cortés y, tras verificar sus nombres en la lista, les abrió la puerta. Adentro, el ambiente cambió por completo. Una música suave y rítmica llenaba el espacio, acompañada por un murmullo constante de conversaciones y risas. Las luces bajas teñían la habitación de tonos cálidos, mientras que parejas y pequeños grupos se movían con una naturalidad sorprendente.

Andrea se aferró al brazo de Eric mientras avanzaban hacia el bar, sus tacones resonando levemente contra el suelo de madera.

—Es… más elegante de lo que imaginaba —susurró, sus ojos recorriendo el lugar con curiosidad.

Eric asintió, sus nervios disminuyendo ligeramente al ver que el ambiente no era intimidante. Muchas de las mujeres estaban vestidas de forma provocativa, pero sin cruzar el límite de lo vulgar, y los hombres lucían relajados, con copas en mano y miradas que oscilaban entre el respeto y la admiración.

Cuando llegaron al bar, Eric pidió dos copas de vino tinto mientras Andrea se recostaba ligeramente contra la barra, permitiendo que el escote de su vestido quedara en plena vista. Sabía perfectamente el efecto que tenía, y disfrutaba de las miradas furtivas que se clavaban en ella.

—Esto es… diferente —dijo Andrea, tomando su copa y dándole un pequeño sorbo.

Eric rio suavemente.

—¿Diferente para bien o para mal?

Andrea lo miró con una chispa en los ojos.

—Definitivamente para bien.

Eric se sintió aliviado por su reacción. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para relajarse. Un hombre de aspecto atractivo, vestido con una camisa blanca ajustada y unos pantalones oscuros, se acercó a la barra y les dedicó una sonrisa educada.

—Buenas noches. ¿Primera vez aquí? —preguntó, dirigiéndose tanto a Andrea como a Eric.

Andrea respondió antes de que Eric pudiera abrir la boca.

—Sí, primera vez. ¿Tú vienes seguido? —dijo, su tono ligero y amigable, pero con un toque coqueto que no pasó desapercibido para ninguno de los presentes.

El hombre asintió, apoyándose en la barra.

—Un par de veces. Es un buen lugar para… conocer gente interesante. —Sus ojos se detuvieron brevemente en el escote de Andrea, pero mantuvo su actitud respetuosa.

Eric observaba la interacción, sintiendo cómo su pulso se aceleraba. La mezcla de celos y excitación lo mantenía inmóvil, con la copa de vino en la mano. Andrea, consciente de su reacción, decidió ir un paso más allá.

—Bueno, esperamos que la noche sea… interesante para nosotros también —respondió, jugando con el borde de su copa.

El hombre sonrió, levantando su vaso para brindar.

—Estoy seguro de que lo será, soy Marco, por cierto. Nos vemos luego.

Cuando se alejó, Andrea giró hacia Eric con una sonrisa traviesa.

—¿Qué te pareció? —preguntó, dejando que la pregunta flotara en el aire.

Eric tomó un sorbo de vino antes de responder.

—Te estabas divirtiendo mucho, ¿no? —dijo con un tono mezcla de reproche y humor.

Andrea se inclinó hacia él, sus labios a pocos centímetros de su oído.

—Admito que me gusta cómo se siente. Que me miren. Que tú lo veas. ¿Te molesta?

Eric negó con la cabeza, aunque sentía un leve nudo en el estómago.

—No sé si me molesta… pero me pone nervioso. Aunque también me excita.

Andrea acarició su mejilla con delicadeza, mirándolo a los ojos.

—Entonces relájate, cariño. Estamos aquí para disfrutar. Es lo que tú querías después de todo.

Con las copas en la mano, Andrea tomó la iniciativa. Entre la música que llenaba el lugar y las miradas que se cruzaban, la atmósfera vibraba con una energía cargada de sensualidad. Andrea, sintiéndose cada vez más confiada, rozó levemente el brazo de Eric.

—Vamos a ver más allá de la barra, ¿no crees? —sugirió, inclinándose hacia él de forma que su escote quedara aún más pronunciado.

Eric tragó saliva y asintió, permitiendo que ella lo guiara. Caminaron por un pasillo iluminado con luces cálidas, mientras sus pasos resonaban en el silencio relativo de esa parte del lugar. El ambiente se volvía más íntimo conforme avanzaban, con pequeños salones con varias camas de rojas sabanas y áreas decoradas con sillones bajos y cómodos. Algunas parejas estaban sentadas, sus cuerpos demasiado cerca para ser casuales.

En una esquina, una mujer de cabello largo y oscuro reía mientras su acompañante le acariciaba descaradamente la pierna. Andrea no pudo evitar mirarlos por un segundo más de lo necesario.

—Esto es… atrevido —susurró, apretando la mano de Eric.

—¿Te incomoda? —preguntó él, aunque la sonrisa en sus labios reflejaba más curiosidad que preocupación.

—¿Incomodarme? Para nada. Es como estar dentro de una película… pero más real —respondió ella, girándose hacia él con una mirada brillante.

Pasaron frente a una cortina ligeramente entreabierta que dejaba ver otra sala. Dentro, un grupo pequeño charlaba animadamente, pero lo que realmente llamó la atención de Andrea fue una pareja al fondo. La mujer estaba sentada en el regazo del hombre, moviéndose de forma lenta, casi imperceptible, mientras él le susurraba algo al oído.

Andrea se detuvo, y su mano apretó la de Eric con más fuerza.

—Mira… —dijo en un susurro, sin apartar la vista.

Eric siguió su mirada y sintió que su corazón se aceleraba. La escena era explícita, pero a la vez elegante. La mujer llevaba un vestido ajustado, pero claramente sin ropa interior, y la forma en que el hombre la tocaba, con posesión y ternura, era hipnotizante.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Andrea, inclinándose para susurrarle al oído.

Eric tragó saliva, intentando recuperar el aliento.

—Es… intenso.

Andrea sonrió de forma traviesa, sintiendo cómo su propia excitación aumentaba al ver la reacción de Eric. Su rostro estaba ligeramente sonrojado, sus ojos más oscuros de lo habitual.

—A mí también me gusta. Es como si estuvieran en su propio mundo, sin importarles nada más.

Sin decir más, Andrea lo llevó hacia uno de los sillones vacíos en la sala contigua. La música seguía envolviéndolos, y aunque había otras personas alrededor, parecía que nadie les prestaba demasiada atención. Andrea cruzó las piernas lentamente, dejando que el borde de su vestido subiera un poco más, lo suficiente para revelar el encaje de las medias.

Eric la observaba, completamente embelesado. Sabía que las miradas no tardarían en llegar. Andrea, consciente de ello, decidió subir un poco el juego.

—¿Crees que alguien nos está mirando? —preguntó, inclinándose hacia él y dejando que su escote rozara ligeramente su brazo.

Eric recorrió el lugar con la mirada y notó que, efectivamente, un par de ojos se habían detenido en Andrea.

—Sí. —Su voz salió más ronca de lo que esperaba.

Andrea sonrió, sus labios apenas curvándose mientras sus dedos rozaban la pierna de Eric, subiendo lentamente hacia su muslo.

—¿Te pone nervioso?

Eric negó con la cabeza, aunque su respiración delataba lo contrario.

—No… me pone…

Andrea no le dejó terminar. Se acercó más a él, sus labios a un susurro de distancia de los suyos.

—Excitado.

El calor entre ellos era palpable, y aunque no se atrevían a hacer algo más en ese momento, la tensión era insoportable. Andrea se reclinó en el sillón, dejando que su mano jugueteara con el borde de su vestido, mientras miraba directamente a Eric.

—Dime, cariño… —murmuró, dejando que sus dedos acariciaran lentamente el borde de sus medias—, ¿qué te gustaría que hiciera ahora…?

Eric estaba a punto de responder cuando sintió una mano en su hombro. Se giró, encontrándose con un hombre que le resultaba familiar, alto, de mirada confiada y sonrisa amable.

—Perdón por interrumpir, pero tenía que decirlo: tu pareja es realmente hermosa —dijo, mirando a Andrea con admiración.

Andrea sonrió, disfrutando del cumplido.

—Gracias. Él también lo piensa… ¿verdad, cariño?

Eric asintió lentamente, sin saber qué decir. Andrea, por su parte, extendió la mano hacia el desconocido.

—Soy Andrea. Y él es Eric.

El hombre estrechó su mano con elegancia.

—Un placer. Yo soy Marco. Nos hemos visto en la barra, hace un rato. Espero que estén disfrutando de la noche.

Andrea lo miró con una mezcla de curiosidad y coquetería, inclinándose ligeramente hacia él.

—Oh, apenas estamos empezando…

Andrea sonrió, aún sintiendo el leve roce de la mano de Marco al estrecharla en su presentación. Su mirada estaba fija en él, curiosa, intrigada. Era alto, seguro de sí mismo, y parecía estar acostumbrado a llamar la atención.

—Así que, Marco… ¿decías que vienes mucho por aquí, no? —preguntó Andrea, jugueteando con su copa, su tono despreocupado pero con un matiz juguetón.

—De vez en cuando me dejo caer —respondió Marco, apoyándose en la barra con aire relajado—. Pero debo admitir que es raro encontrar a alguien como tú aquí.

Andrea alzó una ceja, divertida.

—¿Alguien como yo?

Marco sonrió, dejando que su mirada bajara lentamente hasta su vestido antes de volver a sus ojos.

—Alguien que claramente disfruta ser observada.

Eric, sentado en un taburete al lado de Andrea, sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo. Observaba la interacción, mudo, sintiendo una mezcla de celos, excitación y una incomodidad electrizante.

—¿Qué te hace pensar eso? —respondió Andrea, fingiendo inocencia mientras jugueteaba con el borde de su copa.

—Es solo una impresión —respondió Marco, con una sonrisa que era mitad desafío, mitad seducción.

Eric intervino, aclarando su garganta.

—Somos nuevos por aquí —dijo, intentando recuperar algo de control sobre la conversación.

Marco lo miró, estudiándolo por un momento antes de asentir.

—Lo imaginaba. Pero parece que tú también estás disfrutando tanto como ella, ¿me equivoco?

El comentario hizo que Eric se ruborizara, incapaz de responder. Andrea, notando su incomodidad, se inclinó hacia él, colocando una mano sobre su rodilla.

—Cariño, relájate —le susurró, dándole un suave apretón antes de volverse nuevamente hacia Marco—. Eric es más observador, pero sí, creo que ambos estamos disfrutando de esto.

La afirmación de Andrea cargó el ambiente de un nuevo nivel de tensión. Marco sonrió, tomando un sorbo de su bebida, parecía un gintonic común a los ojos de la pareja.

—Eso es lo que importa. Aunque creo que podrías disfrutar más, Andrea, si te lo permites.

Andrea ladeó la cabeza, evaluándolo. La seguridad de Marco era casi intimidante, pero también increíblemente atractiva.

—¿Cómo propones que lo haga? —preguntó, su tono un poco más bajo, casi susurrante.

Marco se inclinó hacia ella, sus labios a apenas unos centímetros de su oído.

—Baila conmigo —sugirió, su voz grave y firme.

Andrea se volvió hacia Eric, buscando su aprobación con una leve sonrisa. Él asintió lentamente, su mente inundada de dudas pero incapaz de resistirse a la curiosidad de ver cómo se desarrollaría la noche.

Marco tomó la mano de Andrea y la guió hacia la pista de baile, dejándola bajo las luces tenues que parecían acariciar su vestido. Eric se quedó atrás, observando cómo la figura de su novia se movía al compás de la música, cada giro y cada movimiento dejando claro que ella estaba disfrutando más de lo que hubiera admitido.

La pista de baile no estaba abarrotada, pero había suficiente gente para crear un ambiente íntimo. La música era lenta, con un ritmo envolvente que parecía diseñado para acercar cuerpos. Marco y Andrea comenzaron a moverse, manteniendo al principio una distancia respetuosa, pero con cada compás esa distancia se reducía.

—¿Sueles venir a estos lugares? —preguntó Marco, inclinándose lo suficiente para que Andrea pudiera escucharlo sobre la música.

—La verdad es que no, es mi primera vez explorando este ambiente. ¿Y tú? —respondió ella, sintiendo cómo su voz se volvía más suave, casi susurrada.

—Solo cuando quiero encontrar algo interesante. Y parece que hoy tuve suerte.

Andrea rio, nerviosa pero halagada. Mientras movían sus cuerpos al compás, Marco colocó sus manos en su cintura. Al principio fue un toque ligero, como si buscara permiso. Pero cuando Andrea no se apartó, sus manos se afirmaron, guiándola con más confianza.

—Bailas bien —comentó Andrea, manteniendo la mirada fija en él.

—Gracias. Pero debo decir que tú haces que sea fácil. —Marco sonrió, dejando que su mirada descendiera brevemente por el escote del vestido de Andrea antes de volver a sus ojos.

Desde su mesa, Eric observaba con una mezcla de fascinación y tensión. La forma en que Marco tocaba a Andrea era más íntima de lo que esperaba, pero no podía negar que el espectáculo lo tenía completamente cautivado. Andrea le lanzó una mirada rápida, asegurándose de que seguía cómodo. Lo que encontró en sus ojos no fue desaprobación, sino una mezcla de deseo y curiosidad.

La música cambió a un ritmo aún más lento, y Marco aprovechó para acercarse más. Sus cuerpos ahora casi se tocaban por completo, y Andrea sintió el calor de su proximidad. Las manos de Marco se deslizaron sutilmente hacia la parte baja de su espalda, trazando un pequeño círculo con los dedos.

—Tienes un movimiento increíble —susurró Marco, su aliento rozando la oreja de Andrea.

Andrea cerró los ojos por un instante, disfrutando del momento.

—Eres muy bueno halagando, ¿siempre eres así? —preguntó, dejando que su tono sonara juguetón.

—Solo cuando estoy realmente impresionado.

Andrea sonrió, pero no respondió. En cambio, dejó que sus manos descansaran en los hombros de Marco, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela de la camisa. Poco a poco, comenzó a deslizar sus manos hacia abajo, hasta llegar a la parte superior de su pecho. Marco no hizo ningún intento de detenerla.

Sus cuerpos seguían moviéndose en perfecta sincronía, y Andrea no pudo evitar notar cómo Marco se inclinaba ligeramente, como si estuviera considerando la idea de besarla.

El baile se volvió casi estático, con movimientos mínimos que sólo reforzaban la cercanía entre ellos. Marco bajó la voz, asegurándose de que sus palabras fueran audibles solo para Andrea.

—No puedo evitar darme cuenta de la manera en cómo me miras.

Andrea levantó una ceja, divertida.

—¿Y cómo es eso?

—Como si quisieras ver hasta dónde soy capaz de llegar.

Andrea rió suavemente, inclinando la cabeza hacia un lado.

—¿Y hasta dónde podrías llegar, Marco?

Él sonrió, un gesto lleno de confianza. Sus manos bajaron un poco más, hasta el límite permitido por la prudencia. Andrea no se apartó, pero sintió cómo el calor subía por su piel.

Desde la mesa, Eric estaba completamente absorto. Cada movimiento, cada gesto entre ellos era una mezcla de provocación y deseo. Aunque una parte de él quería intervenir, otra parte estaba demasiado intrigada como para hacerlo.

Marco, consciente de que Eric seguía observándolos, bajó aún más su tono de voz.

—Tu novio tiene suerte. No sé si yo podría compartir algo tan perfecto.

Andrea lo miró, sintiendo cómo su pulso se aceleraba.

—¿Y quién dijo que estoy compartida?

Marco rió, inclinándose hacia ella para rozar su mejilla con la suya.

—Me gusta cómo piensas.

Andrea cerró los ojos por un instante, sintiendo el calor de sus palabras y de sus manos. El juego estaba escalando, y aunque sabía que estaba cruzando un límite, no podía negar que el morbo la estaba llevando a querer más.

La música seguía llenando el ambiente, pero para Andrea y Marco parecía haberse desvanecido, dejando solo el espacio que compartían, cargado de una tensión palpable.

Andrea sintió cómo Marco movía sus manos de manera más segura, deslizándose hacia sus caderas y presionando su cuerpo levemente contra él mientras bailaban.

—Sabes que eres increíblemente sexy, ¿verdad? —le susurró Marco, inclinándose para que su voz quedara justo al nivel de su oído.

Andrea sintió un escalofrío recorrer su espalda. No respondió de inmediato, dejando que su silencio hablara por ella mientras su respiración se aceleraba ligeramente. Marco aprovechó ese momento para deslizar sus dedos por el contorno de su vestido, recorriendo la tela suave que apenas ocultaba el calor de su piel.

—¿Siempre bailas así con desconocidos? —preguntó Andrea, buscando recuperar algo de control en el juego.

—Solo con las mujeres que realmente me inspiran. —La respuesta de Marco fue directa, acompañada por una ligera presión de sus manos en las caderas de Andrea, guiándola en un movimiento lento y deliberado contra él.

Desde su lugar en la mesa, Eric seguía observando cada detalle. Sus ojos no perdían ni un segundo de lo que estaba ocurriendo en la pista. Su corazón latía con fuerza, dividido entre los celos que comenzaban a brotar y una excitación que no podía ignorar. Andrea captó su mirada por un instante, y algo en su expresión le dio permiso para seguir.

La distancia entre Marco y Andrea se redujo aún más. Marco inclinó la cabeza, su mejilla rozando la de ella mientras su aliento caliente la hacía estremecer.

—¿Te molesta si hago esto? —preguntó, mientras sus dedos rozaban la parte baja de su espalda desnuda, justo donde terminaba el vestido y comenzaban las medias de liguero.

Andrea cerró los ojos, permitiendo que un pequeño suspiro escapara de sus labios.

—Supongo que depende de qué quieras hacer.

La respuesta fue suficiente para Marco. Sus dedos se aventuraron ligeramente bajo la tela, acariciando apenas la línea de sus medias, probando hasta dónde podía llegar. Andrea no se movió, pero su respiración se hizo más pesada.

—Eres peligrosa, Andrea. Muy peligrosa —dijo Marco, su voz teñida de deseo mientras movía sus labios lo suficientemente cerca de su cuello como para que ella sintiera el roce sin ser un beso directo.

—¿Y tú? —respondió Andrea, con un tono desafiante que apenas ocultaba su propio deseo—. ¿Eres tan valiente como pareces?

Marco rió bajo, un sonido cargado de confianza.

—¿Quieres averiguarlo?

Andrea inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, exponiendo más de su cuello. Marco tomó eso como una invitación y dejó un roce más firme, sus labios trazando un camino lento y tentador que apenas tocaba su piel. Mientras tanto, sus manos subieron por su espalda, jugando con la línea del vestido y dejando que sus dedos se deslizaran cerca de la cremallera.

Desde la mesa, Eric sentía que su cuerpo entero estaba en llamas. La forma en que Marco tocaba a Andrea, cómo ella se dejaba llevar, era un espectáculo que lo tenía al borde de sus límites. No sabía si intervenir o seguir observando, pero lo que sí sabía era que la excitación que sentía era casi insoportable.

Andrea giró ligeramente el rostro, quedando cara a cara con Marco. Sus labios estaban a centímetros de distancia, sus respiraciones se mezclaban en el aire denso de la pista de baile.

—¿Qué pasa? —preguntó Marco, con una sonrisa ladeada que irradiaba confianza.

Andrea mordió su labio inferior, como si estuviera debatiéndose internamente. Su mirada viajó un instante hacia Eric, buscando en él una señal. Lo que vio en sus ojos fue suficiente para hacerla tomar una decisión.

—Nada. Sigue bailando, Marco —respondió finalmente, su voz cargada de una mezcla de nervios y deseo.

La música cambió a un ritmo más rápido, pero Marco no se apartó. Su cuerpo seguía pegado al de Andrea, sus manos continuaban explorando con movimientos que se sentían demasiado íntimos para ser solo un baile. Mientras sus manos subían nuevamente por su espalda, Marco inclinó la cabeza y dejó un beso, suave pero intencionado, en la base de su cuello.

Andrea no se apartó. En lugar de eso, dejó escapar un suave gemido que solo Marco pudo escuchar. La línea que separaba el juego inocente del terreno prohibido se desdibujaba rápidamente, y ambos parecían dispuestos a seguir cruzándola.

Eric, al borde de su autocontrol, se levantó de la mesa. El simple movimiento captó la atención de Andrea, quien giró ligeramente la cabeza para verlo. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, un entendimiento tácito pasó entre ellos. Ella estaba jugando al límite, y él, aunque en conflicto, no podía dejar de desear que el juego continuara.

La pregunta ahora era cuánto más estaban dispuestos a explorar antes de que todo explotara.

Andrea seguía moviéndose al ritmo de la música, cada vez más cerca de Marco. La intensidad entre ellos era palpable, una conexión electrizante que hacía que los límites se desdibujaran. Marco, con una mano firme en la curva de su cintura y la otra rozando sutilmente la parte baja de su espalda, sonreía con picardía mientras sus ojos se perdían en los de Andrea.

Eric observaba desde su mesa, con la respiración entrecortada. Sentía una mezcla embriagadora de celos y excitación, pero no podía apartar la vista. Andrea, consciente de la atención de Eric, giró la cabeza hacia él en un movimiento sutil, asegurándose de que su novio estaba viendo cada detalle.

Marco inclinó su rostro hacia ella, acercando sus labios a su oído.

—Eres increíble, Andrea. Es difícil no perderse contigo —murmuró, su voz cargada de deseo.

Andrea sonrió, ligeramente ruborizada. El calor de sus palabras, junto con el roce de sus manos, encendía cada fibra de su ser. Su respuesta fue suave, juguetona, pero cargada de intención.

—¿Eso crees? —dijo, ladeando la cabeza para mirarlo más de cerca.

El espacio entre ellos se redujo aún más, sus labios ahora a escasos centímetros. Marco deslizó su mano hacia su mejilla, acariciándola con el pulgar mientras la miraba intensamente, como si pidiera permiso sin necesidad de palabras. Andrea sintió que el mundo a su alrededor se detenía.

Lanzó una mirada rápida a Eric, buscando su reacción. Él estaba al borde del asiento, con los ojos clavados en ellos. Andrea no necesitaba palabras para entender que, aunque nervioso, Eric estaba completamente entregado al momento. Esa mezcla de deseo y permiso tácito la hizo sentir aún más atrevida.

Sus labios se encontraron.

El beso comenzó lento, como un roce suave que exploraba un terreno prohibido. Marco tomó el control, profundizando el contacto con una seguridad que hizo que Andrea se aferrara a sus hombros. Sus lenguas se encontraron, moviéndose con una sincronía que aceleró sus pulsaciones.

Andrea gimió suavemente contra su boca, olvidándose por un momento de dónde estaban. La mano de Marco bajó lentamente por su espalda, deteniéndose justo en la curva de su cadera, mientras sus dedos acariciaban con suavidad la tela del vestido.

Eric sintió una punzada de celos mezclada con una ola arrolladora de excitación. Cada movimiento de Andrea, cada gemido contenido, parecía encenderlo aún más.

Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban agitados. Andrea, todavía aferrada a Marco, giró la cabeza hacia Eric. Su mirada estaba cargada de lujuria y un desafío juguetón.

—¿Qué tal, cariño? —preguntó, su voz ronca por la intensidad del beso.

Eric tragó saliva, incapaz de ocultar su excitación.

—Es… increíble verte así.

Andrea sonrió, sus labios todavía húmedos por el beso. Marco, por su parte, mantenía una expresión de satisfacción mientras miraba a Eric, como si reconociera la peculiar dinámica que compartían.

—Creo que deberíamos tomar algo —sugirió Andrea, rompiendo la tensión con un toque de picardía. Pero mientras hablaba, deslizó sus dedos por el pecho de Marco, dejando claro que no había terminado con él.

Eric se levantó de la mesa, caminando hacia ellos. La conexión entre los tres era más fuerte que nunca, cargada de posibilidades que ninguno había imaginado antes de esa noche. La noche apenas comenzaba, y todos lo sabían.

Andrea aún sentía el calor de los labios de Marco en los suyos mientras lo miraba, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y nerviosismo. Eric, observaba la escena con la respiración entrecortada, incapaz de apartar la vista de su novia y del extraño que parecía leer cada rincón de su cuerpo.

—¿Qué te parece si vamos a un lugar más tranquilo? —propuso Marco, su voz profunda y cargada de intenciones. Sus dedos se deslizaron por el brazo desnudo de Andrea, dejando un rastro de electricidad a su paso.

Andrea tragó saliva, consciente de la intensidad del momento. Miró a Eric, buscando su aprobación, su mirada cargada de incertidumbre pero también de excitación. Eric asintió ligeramente, sus labios apenas moviéndose, como si el peso de lo que estaba sucediendo lo dejara sin palabras.

—Vamos, entonces, —respondió Andrea finalmente, con una sonrisa que escondía su propio nerviosismo.

Marco tomó su mano y la guió a través del club, cruzando pasillos iluminados con luces tenues. Eric los seguía de cerca, su mente atrapada en una vorágine de pensamientos. Cada paso que daban aumentaba la tensión entre ellos, y el eco de los tacones de Andrea resonaba como un tambor en su pecho.

Entraron en una habitación privada, decorada con sofás amplios y espejos que reflejaban las luces cálidas del lugar. El ambiente era íntimo, diseñado para encuentros como aquel. Andrea se detuvo en el centro de la habitación, observando su alrededor mientras Marco cerraba la puerta tras ellos.

—¿Te sientes cómoda? —preguntó Marco, acercándose a ella con movimientos controlados, su mirada fija en los ojos de Andrea.

—Sí… creo que sí, —respondió ella, con la voz un poco más baja de lo habitual.

Eric se apoyó en una de las paredes, su posición deliberadamente pasiva, pero sus ojos seguían cada movimiento de ambos. Era como si el aire en la habitación vibrara con una energía que lo mantenía en vilo.

Marco se sentó en uno de los sofás y, con un gesto relajado pero invitante, palmeó el espacio a su lado. Andrea dudó solo un instante antes de acercarse y tomar asiento. Las piernas cruzadas de Andrea y el escote profundo de su vestido captaron la atención de Marco, quien dejó escapar una sonrisa de admiración.

—Eres realmente preciosa, Andrea, —dijo Marco, sin ocultar su interés.

Andrea se mordió el labio, sus mejillas ruborizándose ligeramente. Había algo en la forma en que Marco la miraba que la hacía sentirse poderosa y vulnerable al mismo tiempo.

Marco no perdió el tiempo. Deslizó una mano hacia el muslo de Andrea, dejándola descansar sobre la parte superior de la media.

—¿Puedo? —preguntó, su tono más suave pero igual de cargado de intención.

Andrea miró a Eric nuevamente, quien seguía inmóvil en la esquina. Había algo en su rostro que mezclaba el nerviosismo con una clara excitación. La aprobación estaba allí, tácita pero presente.

—Sí… puedes, —respondió ella, su voz apenas audible.

La mano de Marco se deslizó lentamente, explorando bajo aquel vestido negro con cuidado pero con firmeza. Andrea se arqueó ligeramente hacia él, dejándose llevar por la intensidad del momento. Marco se inclinó hacia ella, su aliento cálido acariciando su cuello mientras sus dedos trazaban círculos sobre su piel.

Eric, desde su posición, sentía cómo su corazón se aceleraba al ver la escena desarrollarse. Las emociones se agolpaban en su pecho: celos, excitación, nervios. Todo se mezclaba en un torbellino que no podía controlar, pero tampoco quería ni iba a detener…

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